El círculo de papel

Bruno Fischer · Capítulo 4 de 20

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El círculo de papel

Capítulo IV

 

 

En aquellos días me divertía más a menudo con la encantadora Nancy que con los individuos de su mismo sexo pero de más edad, cuyas direcciones estaban anotadas en mi pequeña agenda roja. El sábado a la tarde la llevé a la kermese de los Bomberos Voluntarios de Raventon.

Nancy era una jugadora empedernida y tiraba mi dinero en los juegos automáticos que era un gusto. Juntó los más insignificantes premios como si fueran trofeos triunfalmente ganados y sólo en el stand de las muñecas no tuvimos suerte. Cuando ya era bastante tarde, me remolcó nuevamente para allá, para que intentáramos de nuevo.

A esa hora ya andábamos abrumados de premios. Nancy llevaba un sombrero de cowboy echado sobre la nuca y en su pecho un enorme botón donde se leía: “Soy una cosa seria”. En sus brazos cargaba una enorme cartera (que el primer aguacero echaría a perder), una caja de caramelos que yo le había aconsejado regalar a alguien antes de que nos intoxicáramos nosotros y una serie de otras cosas. Mi parte del botín era un bastón de bambú que pendía graciosamente de mi antebrazo, un botellón de sidra y una lata con una libra de café. Mientras tratábamos de no perder nada, chupábamos cada uno un enorme palo de caramelo.

No fué, pues, extraño que la maestra de Nancy pareciera muy divertida cuando nos vió. Estaba al lado del stand de las muñecas, a pleno sol, así que las aplicaciones doradas de su vestido lucían casi tanto como el oro en sus ojos. En ese momento, su cutis y cabellos también parecían de oro.

—¡Oh, buenos días, miss Jaret! —dijo Nancy.

—Hola, Nancy.

Saqué el palo de caramelo de entre mis dientes y me fijé en esos ojos que tan bien recordaba. Eran celestes, naturalmente, la radiación dorada estaba alrededor del iris. Su mirada no tenía nada de hostilidad, pero tampoco era amistosa del todo. Me saludó con una ligera inclinación de cabeza.

—Nancy —dije—, preséntame a tu maestra.

—¿Pero no son amigos? —preguntó la chica.

—Te dije que nos conocíamos —la corrigió Nora como si estuvieran en clase.

Mirando a Nancy, dije:

—Temía que me hubiera olvidado. —Luego volví a mirar a Nora y agregué—: Hola, Nora.

Ella hizo el hociquito y yo recordé que solía besarle la nariz cuando lo hacía.

—Hola, Kip —contestó.

Se alejó unos pasos del stand y se detuvo. Echándome la botella de sidra al hombro la seguí, y Nancy me siguió a mí. Llegado junto a ella, puse la botella en el suelo y me apoyé en el bastón; me sentía alegre y despreocupado, lleno de espíritu carnavalesco y el orgullo me pareció un asunto de poca importancia.

—Nancy —le dije—, pregunta a tu maestra si puedo ir a verla esta noche.

—¿Por qué no se lo preguntas tú mismo? —replicó la chica con juvenil realismo.

—Tengo la esperanza de que una alumna ejerza alguna influencia especial en el ánimo de su maestra.

—¿Realmente quieres una cita?

Los ojos de Nancy se encendieron ante la idea de un romance que iba a empezar.

—Sí, quiero una cita —dije.

—Dile a tu primo que esta noche estoy ocupada —informó Nora a Nancy.

Eso podía ser verdad, ya que no era una muchacha para estarse sentadita en su casa en una noche de sábado. Pero ya que había empezado a componer lo roto, no quería darme por vencido así nomás.

—Pregúntale si estará libre mañana por la noche —indiqué a Nancy—, y si no es mañana, el lunes, martes o miércoles.

—¿Estará libre, miss Jaret? —preguntó Nancy afanosamente.

Nora miró algún punto distante. Durante un ratito estuvimos solos ella y yo, en medio de ese gentío que giraba alrededor de nosotros. Chupando mi palo de azúcar, esperé.

Su cabello color ámbar oscuro estaba anudado en un rodete con una ancha cinta negra. Una aplicación en su cuello estilo Peter Pan y el infantil cinturón que llevaba eran dorados, el resto de hilo color crema.

Volvió a sonreír y la sonrisa tomó posesión de toda su cara, de los ojos no menos que de la boca y de la nariz, mientras miraba no a mí, sino a Nancy.

—Me encantaría verlo mañana a las ocho —dijo.

Bueno: ahí estábamos de nuevo, comenzando otra vez.

Ahora me dirigí directamente a ella:

—¿Qué le parece si seguimos celebrando los tres juntos?

—Tengo que irme. Adiós, Nancy. Adiós, Kip.

Observé cómo se abría camino por entre la multitud. Aunque llevaba zapatos de taco bajo era más bien alta. A diferencia de su hermana Dulcy y más todavía de Peonía Joy Wallace, no contoneaba las caderas. Caminaba resueltamente, sin tratar de provocar las miradas de todos los hombres, aunque lo hiciera sin querer.

—La muñeca —me recordó Nancy, impaciente.

Levanté la botella y volví al stand. Mis fondos se habían reducido a dos dólares cuando conseguimos ganar una muñeca. Para los dos, la kermese había sido un gran éxito.

El domingo por la noche Nancy vino tarde a cenar. No era una cosa tan descomunal como para que se desequilibrara el mundo, pero mientras servían huevos revueltos y salchichas, Gordon y Adela se echaron mutuamente la culpa de tal acontecimiento. Adela dijo que Gordon no sabía disciplinar a su hija y Gordon replicó que Adela le daba el ejemplo porque ella misma jamás era puntual. Modestamente observé que desde tiempos inmemorables, los chicos solían llegar tarde para la comida, pero mi sabiduría no fué debidamente apreciada.

Cuando traían el café, Nancy entró como una bala. El cabello le caía desordenadamente sobre la pícara carita, roja de excitación. Su usual vestimenta, pantalones y camisa suelta, estaba enriquecida por una nueva prenda: un raído chal de piel de visón.

—¡Mami! —exclamó—, mira lo que…

—¡Por Dios! ¿De dónde sacaste ese trapo horrible? —la interrumpió Adela con el típico desconocimiento de modales de los padres frente a sus niños.

—Lo encontré —dijo—, Betty Sanderson dice que es auténtico visón. ¿Es, mamita?

Probablemente era auténtico visón. Parecía que la pieza se componía de dos partes, la boca de una mordía la cola de otra, pero no era fácil distinguirlo. Las polilla se habían comido tanto la piel, que en todas partes aparecía el cuero.

Adela miró a su hija con severidad.

—¿Dónde lo encontraste?

—Bueno… —Nancy se retorcía; su entusiasmo empezaba a fallarle—. Lo encontré en la casa de los fantasmas.

—¿En la qué?— intervino Gordon.

—¿Sabes?, aquella casa grande de la colina, que tiene todas las ventanas rotas. Los chicos la llaman la casa de los fantasmas.

—La casa de Mark Lister —expliqué yo, innecesariamente.

Nunca había oído que alguien se refiriese a la casa en tales términos, pero tampoco había hablado sobre ella con chicos. Hay que confiar en ellos; siempre encuentran la denominación adecuada.

Adela dijo con todo el énfasis propio de una madre:

—¿Y tienes el descaro de decirnos que entraste en una casa ajena y robaste algo?

—Pero, mamita, nadie hace caso si uno saca algo de la casa de los fantasmas; todo el mundo lo hace.

Adela se dirigió a su esposo:

—¿Vas a quedarte sentado allí sin decirle nada a tu hija?

El padre de familia suspiró hondamente:

—Nancy, ya eres bastante grande para saber que no se puede entrar en una propiedad ajena.

—Pero, papito, la puerta estaba abierta…

Debía tratarse de la puerta trasera, la que Georgie había abierto con su pequeña herramienta.

—¿Qué otra cosa te llevaste? —preguntó Adela llena de sospechas.

Vacilante, Nancy sacó de los bolsillos de su pantalón un manojo de llaves y una cigarrera barata.

—¿Puedo quedarme con la piel, mamita? —preguntó.

—¡Por supuesto que no! Gordon, quiero que lleves de vuelta todas esas cosas.

Gordon colocó su taza de café sobre la mesa.

—¿Por qué diablos?…

—Hay que devolverlas. No quiero que la gente piense que yo permito a mi hija que ande robando.

—No robó nada —dijo Gordon disgustado—, y si no quieres que esas cosas anden por aquí, tíralas a la basura, de todos modos, allí es donde debían estar.

—Las cosas deben estar donde estaban antes.

—Entonces, llévalas tú.

Un momento más y hubiera estallado una guerra sin cuartel entre los dos.

—Miren —dije—, dentro de poco pasaré por allí: yo me encargo de este asunto.

Esto satisfizo a todo el mundo menos a Nancy, pero como era una niña, nadie hizo caso de ella.

Después de la cena subí a mi pieza para afeitarme por segunda vez en el día y ponerme lo más presentable que había tenido desde hacía tiempo. Gordon y Adela estaban todavía en el comedor cuando bajé. Tomé el chal de piel, las llaves y la cigarrera y dije buenas noches.

Cuando saqué mi sombrero del “placard” del “hall”, oí como Nancy decía excitada:

—¿Sabes con quién va a encontrarse? Con miss Jaret, mi maestra.

—¡Qué sabes tú! —contestó Gordon.

—Así que comienza otra vez… —comentó Adela y yo deseé que tuviese razón.

Diez minutos más tarde, en casa de los Lister, me encontraba con una rata sentada en el piano.

La casa, donde ya no había una sola ventana entera era realmente un lugar apropiado para los espectros. La alfombra persa, que costara tanto como lo que yo ganaba en seis meses de trabajo, estaba cubierta de una capa de moho; los paneles de la pared se habían alabeado, las chapas de madera del piano y de los muebles de nogal se estaban levantando en todas partes y el cielorraso cedía bajo la influencia de la lluvia y nieve que habían entrado en el piso superior. Y ahora, dos seres vivos, una rata y yo, nos mirábamos fijamente.

Hice: “¡Sh, sh!” y desapareció. No la vi saltar ni correr. De repente no estaba más. Posiblemente tenía su nido entre las cuerdas del instrumento.

Puse el collar de piel, las llaves y la cigarrera sobre la mesa y entré en lo que tiempo antes fuera el estudio de Mark.

La casa de los fantasmas. Era cierto, estaba llena de fantasmas. Para mí, era el lugar donde había muerto mi único amor verdadero.

Pues era allí, en esa misma habitación, donde Dulcy Lister me había hecho el amor. No había tenido ganas de asistir a aquella fiesta. Denegada la apelación de Mark, él había organizado el “party” uno o dos días antes de ir a la cárcel. Había invitado a todo el mundo, pero vinieron sólo unos pocos, incluso yo, y eso porque Nora me había persuadido.

—No puedo herir a Mark, negándome a ir —dijo. Es mi cuñado.

—Anda, entonces.

—No es posible abandonar a tu mejor amigo cuando más te necesita. — Nora se me arrimaba cariñosamente—. Lo menos que se puede hacer por él, es venir conmigo.

Y así ocurrió que fui con ella.

Cuando llegamos Nora y yo, Mark ya estaba muy borracho. Era una de esas tertulias cuya mayor actividad se desarrolla alrededor del bar, que en este caso se hallaba en la pieza de juegos, situada en el sótano.

—¡A mi salud! —decía Mark, invitando a un brindis. Allí estaba de pie, delante de nosotros, con la cara enardecida, un hombre más bien débil, muy correctamente vestido, con un dejo de femineidad. Ojos y boca estaban serenos cuando, levantando su copa agregó—: ¿Qué es un año de vida?

Pensé en mí mismo y en millones de otros que, como yo, habían dado años de su vida en el infierno de la guerra y pensé en aquéllos que habían dado todos sus años. No pude participar de ese brindis. Me dirigí al piso alto y entré al estudio para estar lejos de esa espectral alegría.

Poco después vino Dulcy a hacerme compañía.

—¿Así que te escondías aquí? —dijo, puso su copa en la mesa y vino hacia mí, ondulando sus atrayentes curvas.

Era tan alta como su hermana y cuando llevaba zapatos de tacones gruesos, sus ojos quedaban a la altura de los míos, ojos de un azul más pálido y sin los reflejos de oro. Su cabello era muy oscuro, casi negro y lo llevaba bien corto. Cuando estaba de pie se notaban claramente sus redondeces, y cuando se movía, era como si algo se le enroscara en uno. Como casi todos los participantes de la fiesta, había bebido demasiado.

Con las palabras, “Kip, ¿qué voy a hacer ahora?” se abalanzó sobre mí.

—¿Dónde está el problema? Tienes esta bonita casa, eres rica y en un año tu marido estará de vuelta. Imagina que está en gira de negocios. En realidad no es otra cosa, una gira comercial, después de la cual ustedes dos vivirán el resto de sus vidas a todo lujo.

—Estás amargado —dijo.

—¿Yo? ¿Por qué he de estarlo?

Ella metió su mano debajo de mi saco.

—Piensas que Mark tiene de todo. Bueno… no tiene.

Y me besó. Lo hizo con el interior de sus labios. En un remoto rincón de mi cerebro deseaba que me dejara en paz; pero era bella y sensual y resultaba placentero ser besado de ese modo.

—Estás borracha —le dije.

—No te preocupes, Kip. Tenme fuerte.

Yo no la tenía fuerte, pero ella sí me tenía fuerte y seguía besándome.

Atiné todavía a decir: “Mira, Dulcy…” y luego vi a Nora.

Evidentemente había subido para buscarme. No pude saber cuánto tiempo había estado allí con su amplio vestido azul, observándonos; pero por la indignación que emanaba de ella podía calcularse que había sido un tiempo considerable.

Traté de librarme de Dulcy, la que agarrándose cada vez más fuerte de mí, balbuceaba:

—Querido mío.

Dije:

—Nora, ¿quieres despegar de mi cuello a la grandota de tu hermana?

Dulcy se dió vuelta y rió mientras yo tironeaba de su cabello.

—Espero que no lo tomes a mal si tomo prestado tu amigo por unos minutos —dijo.

—No tomo a mal nada de lo que hagas con él —dijo Nora con sequedad y se alejó a largos pasos.

La seguí, pero no la encontré en el “living-room”, ni en el sótano, donde los invitados habían progresado bastante en su afán de emborracharse a cuál más. Busqué por todas las habitaciones del segundo piso y de la planta baja, luego recorrí todo el terreno y finalmente me dirigí en mi coche hasta la quinta de los Jaret, distante unas doce millas. En ese momento arrancaba un taxi desocupado y el chófer me dijo que acababa de traer a una joven desde la ciudad.

Toqué el timbre y la única luz que había visto en la casa, se apagó. Seguí llamando largo rato, y luego abandoné mis intentos por esa noche.

A la mañana siguiente llamé a Nora antes de que fuera a su trabajo.

—¿Por qué tanta historia? —pregunté—. En un “party” como ése todo el mundo se besa.

—Fué algo más que besar.

—Estaba borracha y desesperada, y yo tampoco estaba muy sobrio.

—¡Con mi propia hermana!

—Seguro —dije—, todo quedó en familia.

Nunca he aprendido a evitar un chiste cuando se me ocurre. Posiblemente nada habría cambiado la situación, pero esa pavada completó mi fracaso. Nora colgó el auricular.

En la tarde del día siguiente la esperé delante del colegio donde ella enseñaba. Pasó de largo como si yo no existiera y subió al ómnibus del colegio. Durante la semana la llamé repetidas veces. Cuando contestaban sus padres o su hermanito, me decían que no estaba en casa. Si contestaba ella misma, cortaba en el mismo momento en que oía mi voz.

Ahora, al terminar un domingo de mayo, me encontraba una vez más en ese estudio, arruinado y vacío de vida, pero lleno de los espectros de la ambición, la avidez, la pasión, la desesperación. Pero esta noche no tenía por qué perderme en pensamientos lúgubres: dentro de media hora iba a ver a Nora Jaret como en los viejos tiempos. Volví al “living-room”.

Una sombra gris se escurrió a lo largo de la pared. Pensé si esos animales habrían asustado a Nancy.

Pero lo que asustara a Peonía Joy Wallace haciéndola esconderse detrás del piano y lo que indujera a Georgie a tener su revólver listo para la acción, no habían sido ratas. ¿Qué, entonces?

Algo que estaba en esa casa.

Miré las llaves, tres o cuatro, colgadas en los ganchos de un estuche de cuero todavía en buenas condiciones. ¿Había allí puertas cerradas? Y si las había, ¿por qué Mark las cerraba, y no se preocupaba por cerrar la entrada y las ventanas? Me quedaban otros cinco minutos; tomé el manojo de llaves.

La vez pasada, cuando encontrara la puerta abierta dejando entrar la nieve, había recorrido todos los ambientes de la planta baja. Ahora subí la escalera. El colchón sobre la cama descomunalmente ancha estaba destripado a causa de la actividad de las ratas. Abrí de un puntapié la puerta del baño y revisé dos “placards”.

Después de una breve inspección en un cuarto de vestir y dos de los restantes dormitorios, encontré una puerta que no pude abrir. Ninguna de las llaves me servía, pues no había cerradura. La puerta estaba al lado derecho de la escalera; era, por consiguiente, el segundo cuarto de baño del piso alto.

Hice girar el picaporte y la puerta cedió una pulgada, de modo que pude ver unos clavos, dos de ellos doblados y entrados en el parante.

Por lo visto yo no era el único que había clavado puertas allí. ¿Pero por qué ésta?

Traté de sacar los clavos con los dedos, pero para eso mis fuerzas eran insuficientes. Primero pensé en bajar otra vez y buscar unas tenazas de mi coche, pero luego resolví que era más simple usar el hombro. La puerta cedió y se abrió de golpe.

Yacía en la bañera. Supe que había sido una mujer por la cabellera larga y desordenada y por los restos de un vestido amarillo y las arrugadas medias de nylon en las piernas dobladas.

Más no se podía decir de ella. Debía de haber estado largo, largo tiempo en la bañera, y las ratas habían estado con ella. Mi estómago se revolvió.

Me di vuelta para no ver más esa cara, o lo que había quedado de ellas. Gané el “hall”, cerré la puerta y respiré hondamente el aire puro.

Dulcy Lister nunca había abandonado su hogar.