El círculo de papel

Bruno Fischer · Capítulo 5 de 20

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El círculo de papel

Capítulo V

 

 

En la tarde del lunes el fiscal me hizo llamar.

La noche anterior había estado largo tiempo con él, y con todo el equipo policial de Raventon. En el curso de las quince horas que habían transcurrido, podían haber sucedido muchas cosas. Al entrar a su despacho, pregunté:

—¿Qué hay de nuevo, John?

Lo único impresionante en la personalidad del fiscal era el enorme escritorio de roble sobre el cual se podía haber jugado al ping-pong. Con un ademán me invitó a sentarme en una silla, luego me observó con los ojos entornados e hizo lo que pudo por ostentar el aspecto de un hombre que penetra en cualquier secreto y lo sabe todo.

—¿Qué hay de nuevo? —repitió, haciéndose eco de mi pregunta, mientras rumiaba sus pensamientos.

—Lo que me interesa son cosas viejas para usted, Herling, que la noche pasada se olvidó de mencionar.

Así que ahora yo era “Herling” para él. Los dos éramos miembros de la comisión directiva del club de Raventon y nos habíamos tratado siempre de John y Kip, incluso la noche anterior en la casa donde una mujer, muerta hacía mucho tiempo, yacía dentro de una bañera. Y de pronto el hombre se ponía formal.

—Cuando lo interrogué anoche no mencionó que, apenas encontró el cadáver, corrió a un teléfono público y llamó a Nora Jaret.

—Corrí para llamar a la policía y ya que estaba junto al teléfono, aproveché la oportunidad para decirle a ella que no podría acudir a la cita. Después volví a la casa de Lister. ¿Qué tiene de malo eso?

—Lo decisivo es que usted le contó a Nora Jaret por teléfono que su hermana había sido asesinada.

—Era necesario darle la noticia a ella y a sus padres. Hasta podría decir que era mi deber dársela.

—¿Qué noticia? ¿Cómo estaba tan seguro que era el cadáver de Dulcy Lister?

—Parecía lógico.

—Era una posibilidad, hasta una probabilidad, pero no había certeza. Usted no es un adivino, Herling.

—¿Me quieres dar a entender que la muerta no es Dulcy Lister?

—Le estoy preguntando qué era lo que le dió esa seguridad, si ya casi no quedaba nada que ver en la bañera; ni su propia hermana ni los padres fueron capaces de identificar el cadáver.

—¿Estuvieron allí anoche?

—Los hice venir; llegaron después que se fué usted.

—¿Y los hiciste entrar en el cuarto de baño?

—Era penoso, pero necesario; no había otra alternativa.

—A mí me gusta jugar al escondite como a cualquiera, pero este juego tuyo empieza a cansarme. La muerta… ¿es o no Dulcy Lister?

—Es, pero fué necesaria la intervención del dentista doctor Farbstein, para identificarla positivamente.

—Entonces —dije— se deduce que yo la asesiné hace varios años, clavé la puerta del cuarto de baño donde la había dejado y volví anoche para fingir el hallazgo. Por eso me constaba que ella se había ido definitivamente. ¿Es así?

—¿La asesinó usted?

—Tú sabes quién fué.

—Tengo ideas al respecto, que me parecen bastante acertadas —me corrigió Randolph, torpemente—. Yo ocupo una posición oficial, a diferencia de usted, y no puedo permitirme el lujo de afirmar con tanta certeza que una cosa es así y no asá. ¿Dónde está Mark Lister?

—Mi contestación no varió desde anoche: no lo sé.

—Él es su mejor amigo.

—Era.

—¿Por qué era?

—La gente hace amistades y las deshace en cualquier momento.

—¿Por qué no se sorprendió usted demasiado al descubrir que Dulcy Lister había sido asesinada?

—Nunca dije que no me sorprendiera.

—Usted tenía sus motivos para presumir que el cadáver era el de Dulcy Lister.

Era ésa la meta de esfuerzos. Saqué un atado de cigarillos de mi bolsillo.

—A lo mejor tienes razón, pero no sé explicármelo tendría que darle un vistazo a mi subconsciente.

—¿Fué su subconsciente lo que le mandó anoche a buscar el cadáver?

—No el cadáver de ella, quizá ningún cadáver. Pero se me impuso la idea de que debía ser algo horrendo lo que asustaba de tal manera a gentes como Peonía Joy Wallace y Georgie. ¿Por qué no lo discutes con ellos?

—Es lo que trato de hacer. La policía de Chicago no tuvo mayores dificultades para ubicarlos, pues la mujer es bien conocida en su profesión. Hace una hora hablé con ella por teléfono y me prometió venir mañana.

—¿Con Georgie?

—Insistí en que viniera con él. ¿Dijo que el hombre tenía un revólver?

—Sí. Supongo que volvió a martillar los dos clavos con la culata de esa arma después de haber forzado la puerta.

Randolph se reclinó en su sillón giratorio y miró a la pared por encima de mi cabeza. Veíase que por su mente pasaban profundos pensamientos.

—Kip —dijo repentinamente—, cuéntame todo lo que sabes de Mark Lister.

Así que yo era nuevamente Kip y él volvía a tutearme; trataba, pues, de acercárseme desde otro ángulo.

—¿Dónde debo empezar?

—Cuéntame todo, desde el momento en que lo conociste.

—Eso ocurrió en 1938. Los dos estábamos trabajando en una pequeña fábrica de receptores de radio de New York City, la Dorson Corporation. Yo acababa de terminar mis estudios de ingeniero industrial: por lo menos así rezaba mi diploma. El empleo no eran gran cosa, pues en aquellos tiempos no se volvían locos buscando ingenieros industriales. Mark era viajante y los dos andábamos en yunta, ya que éramos solteros y no teníamos familiares. Finalmente alquilamos juntos un departamento. Empezó la guerra en Europa. La fábrica cambió de producción, comenzó a producir artículos para el ejército, lo cual trajo como resultado cierta prosperidad de la cual yo participé. Pero cuando la guerra llegó hasta nosotros, sentí el deber de enrolarme.

—¿Y Mark?

—Opinó que yo debía tener pulgas en el cerebro. Espera hasta que te llamen —me dijo—, por ahora hay oportunidad de hacer dinero. Había conocido a un tipo Mort Fowler, que trabajaba en el renglón de telas blancas. El hilo ya empezaba a escasear.

—¿No fué llamado a las filas?

—Tenía algo en los riñones, era un tipo de suerte. Yo, a mi modo también fui un tipo de suerte: volví a casa vivo y entero. Pero a Mark lo encontré nadando en la abundancia.

—Suena como si hubieses lamentado tal estado de cosas.

—¿Te parece? Puede ser que lo envidiara. Cada uno agarra lo que puede y Mark lo hizo en el mercado negro. No me propongo erigirme en juez de mi amigo; lo que a ti te interesa es Mark, no mis reacciones éticas. En aquel entonces él estaba liquidando su negocio. Era vivo y ya tenía mucho dinero acumulado. Retirándose, estaba mejor protegido contra los abusos del gobierno. Sea como fuera, Mark se retiró a los veintinueve años con una fortuna; un verdadero niño prodigio.

—¿Cómo llegó a sentar sus reales en Raventon?

—Indirectamente por mi influencia, pues yo había venido para trabajar en la empresa de mi primo Gordon Herling, quien estaba ampliando su planta industrial.

—Equipos escolares, ¿verdad?

—Sí, estábamos vendiendo a los colegios de todo el país y extendíamos la producción a otros útiles de enseñanza, mayormente pizarrones. Gordon tenía la idea de fabricar uno de aluminio, pero se presentaron ciertas dificultades técnicas, por lo cual le hacía falta un ingeniero industrial. Era justo lo que yo necesitaba. Algunos meses después de haberme radicado aquí, vino Mark a visitarme. Había una gran reunión social en casa de los Jaret y lo llevé allí.

—Por lo que yo sé, ya entonces andabas constantemente con Nora Jaret.

—Sí, frecuentemente; recién después de unas semanas el asunto se hizo permanente. En aquella tertulia Mark conoció a Dulcy, la hermana de Nora, y se enamoró de ella a primera vista. Se quedó en Raventon; vivía en el Hotel Premier, y al cabo de cuatro semanas estaban casados.

—Se apuró más con Dulcy que tú con Nora.

Miré a Randolph.

—¿Quieres mi historia o la de Mark?

—Ambas se entrelazan.

—Puede ser que tengas razón, hasta cierto punto. Bueno, yo me había conseguido el empleo y a Nora le faltaban algunos meses de colegio para recibirse de maestra. Yo todavía no podía permitirme el lujo de casarme; pero Mark sí, porque era rico. Y él llegó a la convicción de que Raventon era un lugar de residencia bastante agradable para un comerciante retirado. Se construyó aquella casa de concreto, pero antes de que se la terminaran, lo pescó el gobierno. De eso ya estarás enterado.

—Sólo en la medida en que me lo permitió la lectura de los diarios. Fué un proceso con el que mi oficina no tuvo nada que ver. Según recuerdo, no lo procesaron por sus actividades en el mercado negro.

—No, en ese asunto se había cubierto hábilmente. Su botín lo tenía casi todo en efectivo y a buen recaudo. La guerra había terminado, los precios topes estaban eliminados y ya nadie hacía caso si estafaban al público. Pero Mark había estafado también al gobierno y fué allí donde cometió su error fatal. Había conseguido importantes pedidos de vendas quirúrgicas, pero derivaba parte del material adjudicado hacia el mercado negro.

—¿Supiste lo de las vendas antes del proceso?

—No; llámame testarudo, pero yo tengo la idea de que un hombre que lucha por su país puede pretender que haya vendas como la gente para sus heridos, aunque eso le prive a su mejor amigo de alguna ganancia extra.

—¿Así que dejó de ser tu amigo?

—Dejé de respetarlo, lo cual, al final de cuentas, es lo mismo.

Sonó el teléfono. El fiscal lo atendió, refunfuñando algo ininteligible, se levantó, dió unas vueltas por el despacho y volvió a sentarse.

—¿Qué sabes del hombre que era socio de Mark? —Dió una rápida ojeada a las anotaciones que tenía en un papel, para refrescarse la memoria—. De aquel Mort Fowler que mencionaste y también de cierto Elmer Rubic, tenedor de libros, que parece haber jugado un papel importante en el negocio.

—Fowler es un tipo que no retrocede ante nada y pone a prueba los nervios de cualquiera. A Rubic no lo conocí nunca y dudo de que Dulcy haya conocido a los dos.

—Pero estaban vinculados a los negocios de Lister. Ya mandé por ellos. Ahora, cuéntame algo sobre Dulcy Lister.

—¿Por qué yo? —Tiré mi cigarrillo en un cenicero de pie—. Era una muchacha de esta ciudad y docenas de personas de aquí saben de ella más que yo.

—Me gustaría conocer el punto de vista de su amante.

—¿Cómo?

—Tú fuiste, sin duda alguna, el amante de Dulcy.

—Lo que me gusta es este “sin duda” que pone más allá de toda discusión una suposición harto vaga, pero sin duda alguna yo no fui su amante.

—¿Niegas que Nora Jaret rompió contigo porque se enteró de lo que había entre su hermana y tú?

—¿Nora te contó eso?

—Esta misma mañana, sentada justamente donde tú estás sentado ahora.

—Me estás mintiendo. Pudo haber dicho que una vez nos sorprendió besándonos, pero nada más.

—Todo lo demás es lógica consecuencia. Dejaste de ser amigo de Mark Lister, pero no de su mujer.

—Tan amigo de ella, que la maté… ¿verdad?

—Sabemos quién la mató —dijo Randolph—, y allí también tenemos el motivo de su desaparición y de la dejadez con que Mark permite que su casa se eche a perder: dejó la mansión como una especie de mausoleo para el cadáver de su mujer. Debe haber sido idiota el tipo. Tengo la idea de que mientras estaba en la cárcel, se enteró de que su mujer se había metido contigo.

—No puede haberse enterado porque tal cosa no sucedió nunca.

—Haya sucedido o no, él pensó que sí. Supongamos que alguien que sabía acerca de ti y su mujer, le hubiera mandado una carta al presidio.

—Cuando dices “alguien” te refieres a Nora. ¿Lo hizo?

—Se negó a admitirlo, pero esta mañana parecía bastante amargada a causa de ti. Y no menos amargado estaría un marido que, detrás de las rejas, llega a saber que su mujer obsequia sus favores a otro hombre que, para colmo, es su más íntimo amigo. Una cosa como ésa puede afectar el espíritu de cualquiera. Cuando salió en libertad, la mató, encerró el cadáver y clavó la puerta del baño. Luego hizo lo mismo con la puerta de la calle y salió, dejando atrás…

—¡Un momento! Yo clavé la puerta de la calle.

—¿Tú?

—Ya te conté cuándo y por qué lo hice.

Randolph movió una pierna que golpeó contra el escritorio.

—Dos puertas clavadas —musitó.

—¿Es que esto vuelve a hacerme sospechoso? ¿Si yo clavé una puerta por qué no la otra también?

Me miró, pensativo.

—Tú eres un crack como maestro de ceremonias en los banquetes del Club; guárdate tus bromas para esas ocasiones. Quien la mató es Mark Lister. ¿O tienes otra teoría?

—No.

—¿Por qué insistes entonces en meterte en el asunto?

—Eres tú quien me mete.

—Hasta cierto punto. Yo creo que tú fuiste el causante de todo. ¿Qué puedes perder, admitiéndolo? Sostienes que ya no eres amigo de él. ¿Tratas de protegerlo?

—No, no hago otra cosa que decir la verdad y lamento si ésta no te satisface.

Randolph se puso nuevamente en movimiento, dio una vuelta alrededor del escritorio, volvió a sentarse y me miró con ojos escudriñadores, dándose ínfulas.

—Puedes retirarte —me dijo.

Fui hasta la puerta y me detuve.

—¿Sabes ya cómo fué que la mataron?

Movió las manos en un ademán de duda. Después de todo, el estado de descomposición…

—¿Ninguna bala, ninguna fractura del cráneo, nada por el estilo?

—Hay armas que después de varios años no dejan vestigios. Un cuchillo, por ejemplo, o ciertos venenos.

—¿Entonces será imposible probar que ha sido asesinada?

—No hay duda de que fué asesinada.

—No soy abogado —dije—, pero veo más que una duda desde el punto de vista legal.

—Deja que ponga mis manos sobre Lister y voy a probar un montón de cosas.

Volví a mi trabajo.