El círculo de papel
Capítulo XVII
Yacía como debe haber yacido Dulcy cuando Gordon la encontrara, tres años atrás, retorcida al lado de la cama.
—Deja que la vea —dijo Randolph.
El gendarme retiró la frazada con que la habían tapado. Su rostro, sobre el cabello platinado, estaba afeado por la violenta muerte que había sufrido; la boca anaranjada, entreabierta como una herida reciente; debajo de las cejas ennegrecidas los ojos habían salido de sus cuencas. Las demás partes de su cuerpo expresaban más bien un gran cansancio.
La bata de nylon rosado que tenía puesta ya la había visto yo en una oportunidad anterior; pero esta vez su transparencia no revelaba carne deseosa, sino un modesto pijama blanco. En adelante, Joy ya no necesitaría dinero.
—¿La identificas? —me preguntó Randolph.
La pregunta era simplemente necia. Acababa de ver a Georgie delante de la casa, y si al Fiscal no le satisfacía la identificación efectuada por ese hombre, él mismo había conocido a Joy pocos días antes en ocasión de su interrogatorio.
Consciente de mis deberes, dije que era —o había sido— Peonía Joy Wallace, y pregunté si la habían estrangulado.
—Asfixiada por un par de manos —Randolph señaló el cuello de la muerta—. No necesitábamos al médico para que nos lo diga. Si la miras de cerca, puedes ver las marcas, iguales a las de Dulcy Lister.
—El mismo asesino —susurré.
—No me sorprendería.
—Y no puede ser Gordon, porque está en la cárcel.
—Estás muy equivocado —dijo Randolph—; el examen preliminar del médico forense prueba que puede haber muerto en la medianoche pasada, o de todos modos, no más tarde que al amanecer. Gordon Herling fué detenido recién a las diez y treinta de esta mañana.
El gendarme podría tapar el cadáver, puesto que yo lo había visto e identificado, pero seguía con la frazada en la mano. Todo estaba tranquilo y tenso, en la cabaña N.º 3. Afuera, en la playa de estacionamiento, oíanse muchas voces, aunque apagadas, porque la gente se sabía cerca del teatro de un asesinato.
—Bueno —dije—, ¿qué es lo que quieres de mí?
—Según reconstruyo yo los acontecimientos, ella estaba acostada cuando el matador llamó a la puerta de la cabaña entre medianoche y la madrugada. La víctima debe haberlo conocido bastante bien para dejarlo entrar a esa hora. Me han dicho que andabas en buenos términos con ella.
—Para decirlo con más precisión: nos conocíamos.
Randolph se acarició la calva.
—Si el mismo asesino estranguló a ambas mujeres, a la Lister y a ésta, tenemos que buscar a un hombre que las conocía a las dos y estaba en Raventon cuando se cometieron los respectivos asesinatos.
—Como yo —dije—; sólo que tengo una coartada perfecta para la noche pasada. Desde ayer por la tarde hasta casi las once de esta mañana estuve en casa de Nora Jaret. Si no das crédito al testimonio de ella, sus padres confirmarán lo que digo.
—Pensé que entre tú y miss Jaret había desavenencias.
—Nos besamos y nos reconciliamos.
Aquellos ojos muertos seguían mirándome sin compasión.
—¿Es indispensable que hablemos aquí? —dije a Randolph.
—No me impresiona precisamente como un tipo supersensible, Kip.
Técnica de criminalista, pensé. Efectúa la prueba del hierro candente aquí, al lado de la muerta, en la esperanza de que la mirada de esos ojos inertes resulte insoportable para quien estrujó la vida de ese cuerpo.
—¿Quién la encontró? —pregunté.
—Georgie Geller, cuya cabaña linda con ésta. Dice que se levantó esta mañana a las diez y que pensaba llevar a Joy para desayunar en la ciudad. Encontró la puerta cerrada y las persianas bajadas; nadie contestó cuando llamaba a la puerta. Geller dice que ella solía levantarse tarde, así que supuso que todavía dormía y se fué solo. Cuando volvió a las dos y treinta de esta tarde, la puerta seguía cerrada. Acudió a Winston por una llave maestra, abrió la puerta y halló a la mujer como la ve. Parece que el asesino cerró la puerta desde afuera al salir y que se llevó la llave consigo.
—¿Oíste hablar alguna vez de lo que se llama pista falsa?
—No trates de enseñarme mi propio oficio. Claro está que él es nuestro sospechoso número uno.
—¿Qué sabes de él?
—Parece que era “manager” de ella.
—Quiero decir, ¿había intimidad entre los dos?
—Nunca tuve oportunidad de conocer la verdad al respecto. Como ves, ocupaban cabañas separadas, si es que esto significaba algo.
—Yo sé menos que tú. Me sorprende —dijo Randolph y se fué a grandes zancadas hacia la ventana frontal, para volver en seguida—. ¿Qué más me puedes decir que tenga algún significado?
—Bastante más, probablemente, si es que el dinero tiene algún significado en este asunto. Pero primero tendría que decir algo sobre la última fase del desarrollo de los sucesos relacionados con Ben Helm. Él, un “cazador de hombres” profesional, fué el único que me parecía suficientemente digno como para que Nora Jaret y yo depositáramos en él nuestra confianza. ¿Dónde está Helm? —pregunté.
—No me interesa.
—¿No mandaste por él?
Randolph se sintió tan azorado que se ruborizó.
—Gracias, pero yo atiendo asuntos muy bien sin ayudantes de Nueva York; y en cuanto a ti, ¿puedes contestar a una o dos preguntas sin consultar con él? ¿Me quieres decir quién más en esta ciudad conocía a esta mujer?
—Sí; Morton Fowler y Elmer Rubic.
—¿Están todavía en la ciudad?
—Estuvieron ayer.
—¿Tenían frecuente contacto con ella?
—Supongo que sí, ya que se hallaban metidos en los negocios de Mark cuando él estaba casado con Joy.
—Haré que los encuentren —Randolph hizo un ademán hacia la muerta y ordenó—: ¡Tápenla!
El gendarme puso la frazada sobre el cadáver y yo salí con Randolph.
La playa de estacionamiento del barrio Winston se hallaba fuera de los límites de la ciudad, por lo cual allí el servicio de seguridad estaba en manos de la gendarmería.
Media docena de sus hombres se ocupaban ahora de contener a la multitud de curiosos, que en una tarde de domingo no tenían mejor cosa que hacer sino concentrarse donde había sido cometido un asesinato. Delante de la cabaña vecina estaba apostado un sargento, vigilando a Georgie, que se hallaba cómodamente sentado en una silla de hierro. Por primera vez no frunció las cejas al mirarme. Su vista reposó sobre mí como si fuera aire y en sus ojos se reflejó una calculada impasibilidad adecuada a la cercanía del lugar de un crimen.
—Hay otra cosa más —dijo Randolph—, las dos mujeres de Mark han sido muertas por estrangulación… Posiblemente Lister ha estado de vuelta en la ciudad ayer por la noche.
—¡Pero se hallaba en el penal cuando Dulcy fué asesinada! —le recordé.
—Estoy hablando del asesinato actual. ¿Mark se puso en contacto contigo?
—No —dije—, a lo mejor Georgie sabe algo de él.
Observé al amigo de Joy, vi cómo pasaba la punta de la lengua sobre su filoso bigotito; sus ojos no eran pues la única parte de su físico que delataba su nerviosidad. Me habría interesado saber si llevaba bien escondida su linda pistola automática de color azul, pues si la policía daba con ella, lo menos que podría ocurrirle sería una sanción por posesión ilegal de armas.
—¡Despiértate! —gritó Randolph—. Te pregunté cómo puedo encontrar a Lister.
—Mi contestación no ha cambiado desde el principio de esta semana: no sé. Mark no se ha puesto en contacto conmigo. ¿Cuánto tiempo más quieres que me quede?
—Vete a tu casa y al diablo —dijo y se dirigió hacia Georgie.
Me abrí camino entre la multitud. Puesto que había llegado en el coche del gendarme, tuve que esperar a que alguno de los autos que pasaban por el lugar, me quisiera llevar a la ciudad; me hice dejar delante del Hotel Premier.
El empleado de la recepción llamo a la pieza de Ben Helm, pero nadie contestó; dejé un recado para él, pidiéndole que se comunicara conmigo. Cuando crucé el hall para salir, vi a Mort Fowler, sentado en un sillón junto a una columna, tenía la cara medio ocultada detrás de un diario. Me acerqué a él y le dije:
—¿Conoce las últimas noticias?
Fowler bajó el diario; el cigarro que masticaba se movía al ritmo de las nerviosas contracciones de sus labios. Evidentemente, me tenía miedo.
—Están en los diarios —dijo—. ¿Así que su primo mató a la mujer de Mark?
—No, y dudo que ese diario lo diga, pero el problema del momento es: ¿quién asesinó a la primera mujer de Mark?
—¿Qué?
—¿No se enteró todavía? Usted o alguien, estranguló a Peonía Joy Wallace. Eso ocurrió después que ustedes se apoderaron del botín. ¡Lo que la gente no hace por dinero!
Fowler se quedó boquiabierto y por poco se le cayó el cigarro. No me había imaginado que fuera tan buen actor.
—Está bromeando —dijo, atónito.
—Quédese por aquí y lo sabrá —dije—, la policía ya viene a buscarlo.
Cuando lo dejé volvió a poner el cigarro entre sus dientes.
Llamé un taxi y me fui a casa. Desde el hall oí la radio del “living-room” relatando el crimen; era la emisora local y ese día había muchas novedades lugareñas, tales como el arresto de un respetable industrial a la mañana y el asesinato de una luchadora de catch por la tarde.
—¡Clifton! —exclamó Adela—. ¡Estábamos tan preocupadas por usted!
Encontré a Adela y a Nancy en estrecho abrazo, sentadas sobre el sofá escuchando el noticiero de las seis. Ambas tenían los ojos inflamados y las mejillas hundidas.
—No me precisaban sino para identificar el cadáver —dije.
—¿Pero qué es lo que ocurrió? —preguntó Adela.
—La radio sabe tanto como yo —dije y apagué el receptor—. Nancy, quiero que hagas memoria: cuando yo salí ayer por la noche, ¿preguntó alguien por mí?
—¿Ayer? —murmuró la chica.
—Acuérdate, yo salí inmediatamente después del llamado de miss Jaret. ¿Hablaste con alguien, fuera de tus padres, sobre el lugar adonde yo había ido?
—Sí; con un hombre.
—¿Lo conocías?
Nancy pensó esforzadamente y dijo:
—Creo que no.
—¿Pero te pareció no del todo desconocido?
—Creo que no.
—Bueno —dije—, ¿dónde hablaste con él?
—Estaba en la vereda jugando a la rayuela con Janie. Él paró su coche y me llamó para preguntarme si yo era la chica de Herling y yo dije que sí y él preguntó si tú estabas en casa y yo dije que no, pero que mis padres estaban. Dijo que quería verte y no sabía dónde encontrarte y yo le dije que habías ido a lo de miss Jaret.
—¿Sabía dónde quedaba la casa de miss Jaret?
—Preguntó si ella seguía viviendo en la quinta y le dije que creía que sí.
—¿Qué hora era?
—Inmediatamente después de la cena.
Dirigiéndome a Adela, pregunté:
—¿Usted vió a ese hombre?
—Recuerdo haber notado que Nancy hablaba con alguien sentado en un auto frente a la casa, pero no pude distinguir quién era. —Frunciendo la frente, Adela preguntó—: ¿Quién era? ¿Qué quería?
—Es lo que traté de averiguar de Nancy.
Subí a mi cuarto, me di una ducha, me afeité y me puse ropa limpia. Cuando volví a bajar, Adela sirvió la cena para nosotros tres en la cocina. Fué una tertulia harto sombría. Por una vez, Nancy no sazonaba la comida con su incesante parloteo. Adela y yo sólo cambiamos unas pocas palabras.
Sonó el teléfono.
—Tiene que ser Nora —dijo Adela—. Me olvidé de decirle que ya llamó dos veces.
La voz de Nora revelaba un estado de gran tensión nerviosa, cuando dijo:
—Kip, acaba de irse un policía que me preguntó si tú habías pasado aquí toda la noche. ¿Tiene algo que ver eso con lo que le pasó a Joy? Oí la noticia.
—La policía cree que a mí me hace falta una coartada.
—No le conté lo de anoche. ¿Debí hacerlo?
—Yo tampoco se lo conté a nadie, pero todo lo referente a ese dinero tendrá que salir a la superficie en cualquier momento.
—No me importa —contestó ella—; eso ya no cuenta para nada.
—Muy pronto serás mi esposa.
—Sí querido, ¡oh, sí!
—Entonces no habrá nada por qué preocuparse. Ten un poco más de paciencia.
Colgué el auricular y salí de la casa. Si Mark Lister todavía no había abandonado la ciudad, no me pareció problema dónde encontrarlo.