El Dia D

Anthony Beevor · Capítulo 14 de 25

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El Dia D

Capítulo 18

La batalla final en Saint-Ló

El 6 de julio, mientras los americanos seguían atascados en el avance general hacia el sur en dirección a Saint-Ló, llegó a Francia el general George S. Patton.

Debía de ponerse al mando del 3.er Ejército estadounidense, tan pronto como se hiciera efectiva la orden de Eisenhower. Inmovilizado en Inglaterra desde el momento de la invasión, había estado «terriblemente inquieto».1 «Es un infierno estar en el banquillo y ver que toda la gloria pasa de largo junto a mí», había escrito a su esposa el Día D. Empezó a llevar la pistolera bajo el brazo «para acostumbrarme al papel», y a continuación se preparó para pasar a Francia, aunque no había ninguna perspectiva inmediata de que lo llamaran allí.2 De momento, debía desempeñar su papel de comandante en jefe del I Grupo de Ejército americano, una unidad ficticia que constituía un elemento fundamental de la Operación Fortitude. Los alemanes seguían convencidos de que iba a ponerse al frente, de una segunda invasión por el paso de Calais.

Patton estaba agradecido a Eisenhower por haberle dado una segunda oportunidad en dos ocasiones. La primera vez había sido cuando en Sicilia había abofeteado a un soldado víctima de fatiga de combate; la segunda, tras la metedura de pata cometida en un discurso pronunciado en Inglaterra, cuando dijo que los americanos y los británicos estaban destinados a dominar el mundo.

Pero nunca había respetado a Ike «como soldado». Cuando acompañó al comandante supremo en una gira que éste realizó por el suroeste de Inglaterra 356

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visitando a las divisiones, calificó su manera amistosa de tratar a las tropas de propias de un «candidato a un cargo, no de un soldado».

«Tiene la teoría de que con ese método se pone uno a la altura de los hombres. Un comandante no puede mandar a unos hombres y estar a su misma altura. Al menos ésa es mi opinión. Yo intento suscitar una emoción combativa.

Él busca votos. ¿Para qué? No obstante, resultó

muy agradable [para mí].»3

Patton despreciaba también a Montgomery, al que llamaba «el monito». Pero el 1 de junio, poco antes de la invasión, había sentido cierto agradecimiento hacia él cuando había insistido por dos veces ante Bradley en que «Patton debería ponerse al frente de la operación de Bretaña, y posiblemente de la de Rennes». A la mañana siguiente anotó en su diario: «Tengo de Monty una impresión mejor de la que tenía». Patton, que seguía los sucesos de Normandía con un profundo sentimiento de frustración, pensaba que el intento de Bradley de avanzar a lo largo de un frente amplio era un error. En su opinión, los ataques menores, pero constantes, destinados a ganar terreno producían a la larga más bajas que una ofensiva concentrada en un solo objetivo.

Los altos mandos alemanes eran de su misma opinión. «No puedo seguir el razonamiento», escribía el teniente general Schimpf, de la 3.a División Paracaidista, «que da por supuesto que esa táctica ha contribuido a evitar el derramamiento de sangre, como me dijeron unos oficiales americanos que capturamos. Pues aunque las pérdidas sufridas el día del ataque puedan mantenerse a un nivel relativamente bajo, por otro lado las pérdidas sufridas mediante los ataques menores, pero continuos, durante un período largo serían en total mucho más graves de lo que lo serían en caso de que se llevara a cabo un ataque en toda regla». En otra ocasión escribió hablando de los ataques de los americanos batallón a batallón: «Para nuestras tropas, este tipo de defensa contra ofensivas continuas constituía un entrenamiento estupendo y suponía una perfecta aclimatación al modo de lucha del enemigo».4 Haciendo gala de una previsión extraordinaria, Patton escribía el 2 de julio que debían atacar por la costa oeste, en dirección a Avranches, «de frente con una o dos divisiones acorazadas», respaldadas por la aviación.5

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Por fin, el día 4 de julio, el cuartel general de su 3.er Ejército empezó a embarcarse. El propio Patton voló dos días después a Francia en un C-47 y aterrizó en la pista situada encima de la playa Omaha. Su avión fue escoltado por cuatro P-47 Thunderbolt, el cazabom-bardero que luego prestaría apoyo

aéreo a su asombroso avance por el interior de Francia. En cuanto pisó suelo francés, Patton se mostró de un humor exultante. La noticia de su llegada se difundió inmediatamente entre los soldados y marineros del comando de playa de Omaha. Se suponía que su presencia debía ser guardada celosamente en secreto, pero las tropas se agolparon a su alrededor con cámaras fotográficas, como si de una estrella de cine se tratara. Patton se puso de pie en el jeep que había sido enviado para que lo recogiera y les dirigió una arenga con su inimitable estilo: «Me siento orgulloso de estar aquí para luchar a vuestro lado.

Ahora, cortémosles los huevos a esos alemanes y vamonos a Berlín de una puta vez. Y cuando lleguemos a Berlín, yo mismo voy a pegar un tiro a ese empapelador hijo de puta, como si fuera una serpiente». A su público le encantó aquello, y se puso a aplaudir y a vitorearlo con entusiasmo. Patton y Eisenhower no podían ser más distintos, desde luego.

Al día siguiente almorzó con Bradley, Montgomery y el jefe del Estado Mayor de éste, el encantador general Freddie de Guingand.

«Tras el almuerzo, Montgomery, Bradley y yo nos fuimos a la tienda de campaña», anotó Patton en su diario.6 «Allí Montgomery habló largo y tendido explicando por qué los británicos no habían hecho nada.» A pesar del primitivo apoyo que había prestado a Patton, Montgomery ahora no quería que el 3.er Ejército fuera operativo hasta que no fuera tomada Avranches.

Los americanos sospechaban que aquello no era más que un intento de mantener durante más tiempo a Bradley a las órdenes del XXI Grupo de Ejército, que él comandaba. Bradley se negó astutamente a responder. En cuanto se activara el 3.er Ejército de Patton, en la práctica él dejaría de depender de Montgomery, pues pasaría a estar al frente del XII Grupo de Ejército americano, con Hodges y Patton como comandantes. Bradley y su Estado Mayor se pusieron a discutir algunas ideas acerca de la Operación Cobra, que había de dar lugar a la gran penetración hacia Avranches y Bretaña. Pero mientras tanto, Bradley in-3|8

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sistió en que había que continuar el avance general para tomar Saint-Ló y la carretera al oeste de Périers. Situada más allá de los pantanos y el bocage de Cotentin y del Bessin, la carretera Saint-Ló-Périers debía constituir el punto de partida para la Operación Cobra. Pero todavía tendría que librarse en ella una lucha larga y sangrienta.

Al mismo tiempo que la Panzer-Lehr-Division emprendía la ofensiva a primera hora de la mañana del 11 de julio, otras dos unidades alemanas, el 5.° y el 9.° Regimiento Paracaidista, habían atacado al este del río Vire a la 29.a División y a su vecina, la 2.a División. Pero mientras que el asalto de la Panzer-Lehr-Division contra la 30.a trastocó los planes que tenía ésta de llevar a cabo el

avance general sobre Saint-Ló, la 35.a, la 29.a y la 2.a División de Infantería seguían en condiciones de iniciar la operación a las 06:00.

El plan general de los americanos consistía en efectuar un avance a lo largo de un frente amplio. Mientras el XIX Cuerpo atacaba por el sur con la 20.a, la 35.a y la 29.a División, el 5.° Ejército debía prestar ayuda por el este enviando a la 2.a División de Infantería a tomar la Colina 192, la principal altura de la extensa cresta que dominaba la carretera de Saint-Ló a Bayeux. La topografía de aquella comarca ondulada, llena de pequeños campos y huertos, bordeados de setos impenetrables y senderos hundidos, resultaba ya terriblemente familiar a todos los soldados, excepto a los reemplazos y a la 35.a División, que acababa de integrarse al operativo.

Los equipos de Registro de Sepulturas tendrían un trabajo horrible. Un teniente comunicaba que habían encontrado setenta cadáveres junto a un solo seto. «Vi a soldados estadounidenses cargados de minas alemanas», seguía diciendo. «El enemigo ponía trampas explosivas en el hueco que dejaba la espalda del muerto. Teníamos que volar los cadáveres, con lo cual los cuerpos quedaban destrozados, pero aun así podíamos identificarlos.» Los alemanes pegaban a veces una granada oculta a la cadena de la chapa de identificación, de modo que si alguien quería retirarla, detonaba la bomba.»7

Los cuerpos se hinchaban con el calor. Un equipo de la 4.a División explicaba que había que «liberar el gas del cadáver» dándole la 360

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vuelta y poniéndolo boca abajo, y apretando a continuación con la rodilla apoyada en la espalda.8 «Uno llega a acostumbrarse rápido», señalaba. Otro observaba que «el hedor insoportable» de la «muerte humana» era muy fuerte en los cocineros que tenían que recoger los cadáveres y luego volver a sus cocinas a preparar la comida.9 Quizá el trabajo más repugnante consistiera en recoger los restos no identifi-cables de los tripulantes de los carros blindados del interior de una torreta quemada. «Por repugnante que suene, las herramientas del oficio eran una taza de campaña y una cuchara.»

El tiempo resultaba ya igualmente familiar a todo el mundo en aquel verano húmedo. Estaba nublado, lloviznaba continuamente y caían chaparrones intermitentes, situación que una vez más impedía el apoyo de la aviación y dificultaba la observación de la artillería. El avance de la 29.a División se aceleró tras unos comienzos muy lentos. Encabezada por un batallón del 116.a de Infantería con apoyo de tanques, la unidad encontró un hueco en la línea que defendía el 9.°

Regimiento Paracaidista alemán y llegó a Saint-André-de-1'Épinal. Pero el 115.° de Infantería, a su derecha, a uno y otro lado de la carretera de Isigny, avanzó con mucha lentitud y chocó con unas posiciones bien defendidas, que le costó trabajo rebasar por el flanco. El general Gerhardt, al mando de la división, advirtió esa tarde al general Corlett, del XIX Cuerpo, que «la faena que nos espera es bastante gorda». Pero el 116.° ya había alcanzado en parte la cresta de las colinas de Martinville, mientras que los téjanos de la división contigua, la 2.a, lograron conquistar la Colina 192 después de duros combates. Aquello supuso un gran alivio para los americanos. La Colina 192

había permitido a los alemanes ver con claridad la retaguardia del sector correspondiente al V Cuerpo y todo el flanco derecho del frente británico.

La 2.a División llevaba planeando esta operación desde el 16 de junio. El 1

de julio, aprovechando la tendencia de los alemanes a retirar el grueso de su primera línea por la noche para evitar las bajas producidas por el bombardeo de primera hora de la mañana, uno de sus batallones se adelantó en medio de la oscuridad y ocupó todas las trincheras alemanas. Se trataba de un riesgo calculado, pues los alemanes siempre marcaban sus propias posiciones de primera línea como ob- La batalla final en Saint-Ló 361

jetivo de los morteros y la artillería. Pero resultó una acción muy útil. Este avance repentino proporcionó a la división un excelente punto de arranque para la operación que se habían visto obligados a posponer en varias ocasiones. No habían perdido el tiempo durante aquella larga espera. Los batallones habían sido retirados de forma rotativa para que recibieran un adiestramiento intensivo

en acciones conjuntas de infantería y tanques con grupos de ingenieros adjuntos.

Sabían que necesitaban toda la experiencia y la ayuda que pudieran conseguir.

Iban a enfrentarse a parte de la 3.a División Paracaidista alemana, que había estado llenando los setos de la ladera de posiciones de fuego camufladas, túneles y bunkeres de tierra. Los morteros alemanes de 50

mm apuntaban a todos los setos próximos y los cañones antiaéreos de 20

mm dominaban la carretera que discurría más abajo. La artillería pesada y los tanques situados más atrás, en la parte sur de la carretera de Bayeux, estaban siempre listos para dar cobertura.

La 2.a División puso en práctica todas las duras lecciones que había tenido que aprender hasta ese momento en el bocage. Todos los tanques de apoyo de los que disponía tenían un teléfono instalado en la parte trasera del vehículo, de modo que los comandantes de las unidades de infantería podían indicar a los tripulantes de los blindados a qué objetivos debían apuntar sin que éstos tuvieran que subirse a la torreta y exponerse así peligrosamente. Y toda la fuerza de ataque estaba dividida en equipos conjuntos de infantería y blindados, cada uno de los cuales contaba con su propio grupo de ingenieros encargado de abrir huecos en los setos mediante la colocación de explosivos. Los Sherman debían bombardear cada intersección de los setos con su arma principal de 75 mm, y luego lanzar ráfagas de ametralladora contra los arbustos mientras avanzaba la artillería. Todo ello debía combinarse con una cortina de fuego continua más flexible, capaz de adaptarse a las demoras inesperadas que se produjeran en la velocidad de avance. Una vez conquistado un seto, debía ser tratado como una nueva línea de partida.

Quizá más que en cualquier otra operación anterior en el bocage, el avance de la 2.a División se desarrolló según un plan, pero siguió siendo una «faena horrible». Incluso cuando parecía que un sistema de setos había quedado totalmente despejado, salían otra vez por al-362

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guna boca escondida paracaidistas alemanes que disparaban por la espalda.

La ladera occidental de la Colina 192 fue la que tuvo una defensa más fiera, lo que le valió el apodo de «Kraut Córner» [«el Rincón de los Teutones»].

Finalmente fue rebasada al cabo de una hora y se hicieron quince prisioneros.

«Tres paracaidistas enemigos que seguían resistiendo fueron eliminados por un tanque apisonadora que los enterró bajo metro y medio de escombros.»10

Cerca de allí, la localidad de Cloville tuvo que ser despejada casa por casa, con combates en medio de las ruinas producidas por el bombardeo de la artillería, que, sin embargo, no pudo acabar con un cañón de asalto y un tanque encargados de dar cobertura a los paracaidistas alemanes. Un Sherman logró

poner fuera de combate a los dos vehículos blindados y asegurar así el objetivo.

El avance siguió adelante poco antes de las 12:00. Para evitar nuevas demoras, la localidad de Le Soulaire, un kilómetro más adelante, fue flanqueada, y a las 17:00

los primeros escuadrones empezaron a cruzar la carretera de Bayeux en pequeños grupos. El apoyo blindado no pudo seguir con ellos debido a los cañones antitanque que todavía había escondidos en los espesos bosques del otro lado de la Colina 192.

Mientras seguían siendo tiroteados, hizo su aparición un oficial de alta graduación desconocido que venía a reconocer sus posiciones. Un soldado le gritó que se echara al suelo, porque si no le iban a dar.

—¡Soldado, ocúpese de sus asuntos, me cago en Dios! —rugió el oficial como toda respuesta.11

Se trataba del general Patton, que había ido a efectuar personalmente una inspección para familiarizarse con el terreno. Por el centro, los Sherman avanzaban al paso de la infantería. Pudieron adentrarse incluso en los bosques por el lado de la cumbre debido a la saturación de bombas de fósforo blanco lanzadas durante el bombardeo inicial, que habían quemado los árboles y arrasado prácticamente el terreno. Encontraron sólo una «oposición aislada» y siguieron avanzando por la ladera sur.12 Aunque no pudieron cruzar la carretera de Bayeux al anochecer, habían logrado penetrar firmemente en su parte norte.

En el flanco izquierdo del ataque, el 23.° de Infantería tuvo que librar unos combates muy duros, y sufrió muchas bajas cerca de una La batalla final en Saint-Ló

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entrada existente en la ladera noreste de la colina, apodada la «rambla del Corazón Púrpura». Se había comprobado que los tanques no podían pasar por ella y que estaba demasiado expuesta para que la infantería se internara por allí sola, pues la artillería y las baterías de mortero alemanas habían marcado todos los blancos de la zona. En unas casas situadas unos cientos de metros a la izquierda, que habían debido de ser alcanzadas durante el bombardeo de los americanos, había unos alemanes que contribuyeron también a la devastación del fuego automático hasta que dos Sherman del 741.° Batallón de Tanques se internó por la rambla unos treinta metros y voló los cimientos de los edificios, haciendo que éstos se hundieran sobre los equipos encargados de manejar las ametralladoras que había en su interior. Más cerca de la cima, la compañía del batallón situada a la derecha perfeccionó una técnica consistente en disparar granadas de fragmentación para que estallaran en el aire sobre las ametralladoras atrincheradas de los alemanes. Al término de la jornada, el batallón había

avanzado unos mil quinientos metros y había llegado a la cresta, pero estaba todavía a cuatrocientos metros de la carretera de Bayeux. Uno de los logros más inesperados de la operación conjunta llevada a cabo aquel día por la infantería y los tanques fue que no se perdió ni un solo Sherman. Y el 12 de julio, el avance continuó por el centro y por el este, de modo que la 2.a División tuvo en sus manos todos sus objetivos al norte de la carretera de Bayeux. Con la captura de la Colina 192, los americanos contaban con puestos de observación que ofrecían una clara visión de Saint-Ló y sus alrededores. Al sur de Caumont, al este del sector correspondiente a la 1.a División, se había producido un interesante contraste con los duros combates por la carretera de Bayeux. El 9 de julio, los americanos lograron firmar una tregua con la 2.a División Acorazada alemana para entregar a un segundo grupo de enfermeras de esta nacionalidad que habían sido capturadas en Cherburgo. «Esta segunda entrega y el caballeroso trato dispensado a estas enfermeras», escribió su comandante, el teniente general barón Von Lüttwitz, «causaron en aquel momento una profunda impresión en toda la división».13 Lüttwitz informó de lo sucedido a Rommel, que decidió entonces que ése debía ser el lugar en el que iban a contactar con los americanos para 364

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negociar un alto el fuego en Normandía si Hitler seguía negándose a acabar la guerra. Las discusiones de Rommel con sus comandantes sobre la eventualidad de llevar a cabo una acción unilateral en contra del régimen se desarrollaron en paralelo, pero al margen de los preparativos del asesinato de Hitler en Rastenburg. En la margen derecha del Vire, la 35.a División, que todavía no se había teñido las manos de sangre, empezaría el 11 de julio la ofensiva con una maniobra complicada, debido a la línea en forma de «L» que ocupaba. Luego, casi de inmediato, el oficial al mando de su regimiento de cabeza, el 137.° de Infantería, fue herido por los disparos de una ametralladora.

Cerca de Saint-Gilíes, los alemanes habían fortificado en ese sector un castillo y una iglesia, que seguían resistiendo a pesar del fuerte bombardeo de la artillería de la división. Los nidos de ametralladoras colocados en las tapias del cementerio y dentro de la propia iglesia mantenían a raya el batallón en su intento de atacar la localidad. Cuando finalmente se llevó a cabo el asalto después de otro bombardeo, «sólo se hicieron tres prisioneros, dos de ellos heridos, en aquel terreno tan disputado».

Pero según el general Bayerlein, la 17.a División de Granaderos Acorazados de la SS Gótz von Berlichingen se encontraba «en muy mal estado y no tenía voluntad de lucha». Sólo se podía confiar en los paracaidistas y en el grupo de combate Das Reich. A ello tal vez contribuyera el hecho de que el oficial al

mando de la Kampfgruppe das Reich, el Obersturmbahnführer Wisliczeny

—«hombre gigantesco y brutal», según Bayerlein— estaba detrás de las líneas con un bastón y golpeaba a todo aquel que intentaba salir huyendo.14

Al oeste del Vire, la 30.a División, que aún estaba recuperándose del ataque de la Panzer-Lehr-Division, avanzó junto con el Comando de Combate B de la 3.a División Acorazada y con la cobertura de la artillería de la división y de todo el cuerpo, que lanzó catorce mil bombas. Llegaron a la salida norte de Pont-Hébert y Haut Vents a costa de otras 367 bajas.

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El avance general de Bradley el día 11 de julio se extendió a lo largo de casi todo el frente del l.er Ejército norteamericano. En la costa atlántica de la península de Cotentin, en el sector del VIII Cuerpo, la 79.a División, con la ayuda de importantes ataques de la aviación, se internó hacia el oeste de La Haye-du-Puits y tomó las alturas que rodean Montgardon. La 8.a División capturó la Colina 92 y avanzó

otros dos kilómetros hacia el sur.

La 90.a División, que finalmente había logrado tomar el día anterior las estribaciones de Mont Castre, empezó a despejar el bosque de la ladera contraria. Sus hombres estaban aterrados de tener que vérselas con el 15.°

Regimiento Paracaidista, perfectamente camuflado en la espesísima maleza, en la que apenas había diez metros de visibilidad. El contacto entre las unidades, incluso entre los individuos de cada pelotón, resultaba muy difícil. Los oficiales calificaban la situación de algo «más parecido a la lucha en la selva».15 El avance progresó sólo gracias al coraje de unos cuantos individuos que lograron rebasar por el flanco las posiciones de las ametralladoras. La elevada proporción de muertos respecto a la de heridos demuestra que la mayoría de los enfrentamientos se libraron a muy corta distancia. Aquella experiencia supuso una tensión considerable para una división que todavía no se había habituado a la situación. Al día siguiente, un batallón del 358.° Regimiento de Infantería había perdido tantos efectivos que hubo que fusionar tres compañías en una.16

Por fortuna, la 90.° División descubrió entonces que los paracaidistas alemanes se habían escabullido por la noche.

El cuartel general del 7.° Ejército alemán estaba ya enormemente preocupado por la situación en ese sector oeste, pues el general V.on Choltitz carecía de reservas y la línea de defensa Mahlmann había sido rebasada. El Oberstgruppenführer Hausser había hablado con Rommel el día 10 de julio por la noche, insistiendo en que había que recortar ese sector del frente. El Grupo de

Ejército B sólo dio su consentimiento a última hora de la tarde del 11 de julio.

Choltitz ordenó

que se llevara a cabo una retirada general hasta la línea del río Ay y hasta la localidad de Lessay.

«La población debe ser evacuada ahora mismo, se trata de una verdadera migración en masa», escribía el Obergefreiter de la 91.a 366

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Luftlande-Division. «Las que más sudan son las monjas gordas con sus carretas, que ellas mismas tienen que empujar. Se hace muy duro ver lo que es esta maldita guerra y participar en ella. Seguir creyendo en la victoria se hace muy cuesta arriba, pues los estadounidenses ganan cada vez más terreno».17

Los cazabombarderos aliados siguieron atacando no sólo las posiciones de primera línea, sino también a todos los camiones de aprovisionamiento que llegaban desde la retaguardia con alimentos, municiones o combustible. La ausencia casi total de la Luftwaffe, cuya misión era poner en entredicho la supremacía aérea del enemigo siguió provocando la ira de las tropas alemanas, aunque a menudo recurrían al humor negro. «Si ves aviones plateados, son americanos», decía un chiste. «Si ves aviones color caqui, son británicos; y si no ves aviones de ningún tipo, son alemanes.» Otra versión del mismo decía: «Si aparecen aviones británicos, nos encogemos y agachamos la cabeza. Si vienen los aviones americanos, todo el mundo se encoge y agacha la cabeza. Y si aparece la Luftwaffe, nadie se encoge ni agacha la cabeza.» Las fuerzas americanas tenían un problema muy distinto. Sus soldados, demasiado aficionados a apretar el gatillo, abrían fuego en todo momento contra cualquier avión, a pesar de las órdenes recibidas en sentido contrario, pues era mucho más probable que dispararan contra un aparato aliado que contra uno enemigo. En el sector del VII Cuerpo, la 4.a División y la 83.a avanzaron por uno y otro lado de la carretera Carentan-Périers, pero la 9.a División, cuyos planes se vieron severamente trastocados por el ataque de la Panzer-Lehr-Division, fue incapaz de reunirse con ellas ese día. El puesto de mando de uno de sus batallones recibió un golpe directo. Pensando que el único puesto de observación posible de los alemanes estaba situado en la torre de una iglesia, la artillería de la división la derribó. Las torres y los campanarios de las iglesias resultaban siempre sospechosos. Unos días después, durante el lento avance hacia Périers, unos soldados de la división aseguraron que en la torre de una iglesia habían encontrado a un oficial de observación de la artillería alemana vestido de cura con una radio. Le habían pegado un La batalla finalen Saint-Ló 367

tiro.18 Pero incluso en la 9.a División, que tenía más experiencia, unos oficiales comunicaron que seguían produciéndose bajas innecesarias porque sus soldados no disparaban mientras avanzaban. «Los hombres decían que cesaban el fuego porque no veían al enemigo.»

El general Meindl, del II Cuerpo Paracaidista, estaba convencido con razón de que los americanos utilizarían la cresta de Martinville, al este de Saint-Ló, para llevar a cabo el asalto de la ciudad, pero él no tenía las fuerzas necesarias para reconquistar la Colina 192. Con la 2.a División firmemente instalada al sur de la Colina 192, los principales esfuerzos de los americanos se concentraron en el sector de la 29.a División hacia la parte occidental de la cresta. Aquella noche se lanzó otro ataque, pero tuvo poco éxito frente al fuego de los morteros y la artillería de los alemanes, y se interrumpió la noche del 12 de julio. La 29.a División tardaría otros cinco días en despejar la cresta y establecer posiciones al sur de la carretera de Bayeux, y además, a costa de numerosas bajas. El jueves 13 de julio no se produjeron muchos combates y el personal sanitario pudo al fin descansar. Los cirujanos de la 3.a División Acorazada pudieron disfrutar de

«unas partidas de póquer y unos cuantos julepes de menta por la noche ... hasta las doce», como anotó uno de ellos en su diario.19 El 14

de julio, hizo tan mal tiempo que el ataque americano se interrumpió y por primera vez los alemanes consideraron «posible relevar algunas unidades a plena luz del día». Pero el XIX Cuerpo planeaba un ataque para el día siguiente. El general Corlett lo llamaba su «golpe definitivo».20

El cuartel general del XIX Cuerpo de Corlett resultaba especialmente vistoso debido a la presencia en él del oficial de enlace británico, el vizconde Weymouth (que pronto se convertiría en 6.° marqués de Bath), «un británico alto, que se había ganado fama de excéntrico por sus viajes entre las líneas alemanas y su costumbre de andar por ahí con dos patos atados de una cuerda».21

El 14 de julio al anochecer, tuvo lugar el funeral del general de brigada Teddy Roosevelt, que, para mayor disgusto suyo, había muerto de un ataque al corazón y no en el campo de batalla. Los ge-368

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nerales Bradley, Hodges, Collins, Patton, Barton y Huebner fueron los encargados de llevar el féretro, tributo harto elocuente en medio de una ofensiva al extraordinario valor y a la popularidad de Roose-velt. Patton, que era muy aficionado al ceremonial militar, se sintió, sin embargo, un tanto decepcionado.

La guardia de honor estaba demasiado lejos y había formado en columna, no en línea. Le irritaron particularmente los «dos predicadores de no sé qué iglesias», que «pronunciaron unos discursos que hicieron pasar por oraciones». De hecho, el único toque apropiado, en su opinión, se produjo casi

al final del oficio, cuando «nuestros cañones antiaéreos abrieron fuego contra unos aviones alemanes e hicieron sonar un réquiem adecuado al funeral de un hombre verdaderamente gallardo». Pero ni siquiera una ocasión tan solemne como aquélla se vio libre del divismo castrense. «Brad dice que me propondrá en cuanto pueda», escribió Patton en su diario. «Podría hacerlo ahora con gran ventaja para sí mismo si tuviera agallas. Naturalmente Monty no quiere saber nada de mí, pues teme que le robe protagonismo, cosa que desde luego pienso hacer.»22

En el sector situado más al oeste, la retirada alemana, llevada a cabo en secreto por Choltitz, había permitido al VIII Cuerpo avanzar hasta el río Ay.

Junto a él, el VII Cuerpo comprobó que su artillería tenía finalmente a tiro Périers. Los morteros pesados de los batallones químicos se concentraron en disparar bombas de fósforo y cada vez se encontraron más cadáveres de alemanes con quemaduras terribles. En medio de los elevados setos del bocage, la observación de la caída de las bombas de mortero y de artillería resultaba sumamente difícil. Los americanos aprendieron a usar explosivo de gran potencia cada vez que abrían fuego porque levantaba mucho más polvo. Pero la mayor ventaja se la proporcionaban los aviones Piper Cub y la valentía de sus pilotos de observación de artillería, encargados de corregir los bombardeos. Las explosiones en el aire resultaban muy eficaces a la hora del asalto, pues obligaban a los alemanes a permaneces en el fondo de sus trincheras mientras la infantería, con el apoyo de los tanques, atacaba una posición. La 83.a División comunicó que sus hombres pillaron así por sorpresa a muchos alemanes y que lúe- La batallafinal en Saint-Ló

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go los habían hecho salir. En una ocasión, un Landser que no quiso rendirse se pegó un tiro.23 Los pilotos de los aviones de observación podían asimismo lanzar botes de humo rojo sobre un blanco a menos de ochocientos metros delante de sus tropas, para marcar el objetivo de los cazabombarderos.

Las familias francesas que se negaban a abandonar sus granjas corrieron mucho peligro durante los combates. «Recuerdo una escena conmovedora que nos emocionó a todos», evocaba un oficial de un batallón químico. «Pasó por delante de nuestra posición un familia que llevaba el cuerpo de un niño tendido encima de una puerta. No sabíamos cómo había muerto. El dolor pintado en los rostros de aquella familia inocente nos afectó a todos e hizo que nos emocionáramos por los habitantes de la comarca y lo que debían de estar pasando.»24

A veces, los campesinos franceses y sus familias, al ver un soldado muerto, colocaban el cadáver junto a un crucifijo al pie del camino y le ponían unas

flores, a pesar de hallarse atrapados en medio de aquella lucha cada vez más despiadada. Cerca de Périers, fue capturada una pequeña patrulla norteamericana. Según el cirujano de un batallón de la 4.a División, un oficial alemán quiso saber el paradero de la unidad de radiotransmisión americana más próxima. Al no recibir respuesta, pegó un tiro en una pierna a uno de los prisioneros. «Luego disparó al jefe de la patrulla en la cabeza por negarse a hablar.»25

Parece que de vez en cuando ni siquiera el símbolo de la Cruz Roja protegía de las represalias. «Vi a unos sanitarios y a unos oficiales médicos que habían sido asesinados sin más por los alemanes», informó un cirujano de la 2.a División Acorazada. «A un sanitario lo desnudaron, lo colgaron del techo y lo mataron a golpes de bayoneta en el estómago.»26 Los alemanes, por otra parte, se quejaban de que los cazas de los aliados a menudo atacaban sus ambulancias a pesar de llevar la marca de la Cruz Roja.

En los hospitales de campaña situados detrás de las líneas, el principal peligro era la tensión. Irremediablemente algunos cirujanos perdían los nervios debido a la presión física y psicológica. Los gritos, el hedor de la gangrena, la sangre, los miembros amputados, las terribles quemaduras de las tropas de las unidades acorazadas tenían por fuerza que tener un efecto acumulativo. Lo increíblemente asom- yjo El Día D

broso es que la inmensa mayoría no se viniera abajo. Un capitán del 100.°

Hospital de Evacuación calculaba que en tres meses y medio había realizado más de seis mil operaciones. «He hecho tantas que por el tipo de herida puedo decir si nuestras tropas están avanzando, retrocediendo o quietas en un punto.

Puedo detectar incluso las heridas que se deben a autolesiones». Los soldados bisónos eran los que tenían más probabilidad de ser víctimas de trampas explosivas y de minas. «Las autolesiones aumentan por lo general en cuanto empiezan los combates. Durante el avance las heridas suelen ser de mortero, de ametralladora o de armas cortas. Tras el asalto o la toma de una posición, nos llegan casos de minas y trampas explosivas. Cuando las tropas están quietas en un punto, todos dicen que los ha alcanzado un 88.»27 Pero el jefe de la sección de rayos X del 2.° Hospital de Evacuación expresaba su asombro por lo poco que solían quejarse los heridos.

«Resulta paradójica esta guerra», escribía. «Saca lo peor que hay en un hombre, pero también lo eleva a la cima del autosacrificio, la abnegación y el altruismo.»28

Las lesiones psicológicas constituían todavía una gran minoría de los casos.

Los servicios médicos del ejército estadounidense tuvieron que tratar en Normandía treinta mil casos de agotamiento de combate. A finales de julio,

estaban operativos dos centros de mil camas cada uno. Al principio los médicos se habían sorprendido al oír hablar a los mandos de la necesidad de que los soldados bisónos se «tiñeran de sangre» entrando en acción, pero una introducción gradual era a todas luces mejor que un shock repentino.29

Sin embargo, nada parecía reducir la marea de casos de hombres que en medio del fuego de la artillería caminaban «con los ojos abiertos de par en par y temblando», o «echaban a correr dando vueltas en círculo y llorando», o «se encogían formando una bolita», o incluso salían en trance a campo abierto y se ponían a coger flores mientras las bombas estallaban a su alrededor. Otros se venían abajo debido a la presión de las patrullas y se ponían a llorar de forma repentina gritando: «¡Nos van a matar! ¡Nos van a matar!». Los oficiales jóvenes tenían que vérselas a veces con «hombres que de pronto se ponían a lloriquear, se encogían en un rincón y se negaban a levantarse o a salir de una trinchera y a seguir adelante bajo el fuego». Aunque algunos La batalla final en Saint-Ló

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soldados recurrieron a las autolesiones, un número menor, aunque desconocido, se suicidó.

Los médicos militares tenían que atender también asuntos más triviales. Las picaduras de pulga sufridas en granjas y pajares podían infectarse. Muchos accidentes innecesarios eran fruto de una mezcla de agotamiento y Calvados a palo seco, que los soldados llamaban «aguardiente de manzana» o a veces «rayo blanco», debido a lo fuerte que era. El número de casos de diarrea se incrementó de manera alarmante, pero el estreñimiento era también un problema, especialmente entre las tripulaciones de los blindados. El contenido de las raciones K, excesivamente salado, resultaba odioso. Incluso la limonada en polvo con vitamina C era utilizada para limpiar y fregar los platos. Se popularizó un chiste que decía que los prisioneros de guerra alemanes se quejaban de que obligarles a comer las raciones K era una violación de la Convención de Ginebra.30 Todos soñaban con helados, perritos calientes y batidos. La única esperanza que tenían de gozar de esas comodidades se producía cuando estaban en la reserva y aparecía el carrito de rosquillas de la Cruz Roja americana conducido por jóvenes voluntarias. Su aparición añadía además la promesa de un poco de chachara con una chica de casa. Pero en los momentos de descanso los soldados recurrían también a actividades más viriles. Los días de paga podían verse partidas de todo tipo de juegos, de dados o de seven cardstud

[variante de póquer]. Y si no había dinero, los hombres se jugaban los cigarrillos, como solían hacer antes, cuando esperaban que llegara el Día D.

También costaba trabajo mantener la higiene personal en aquel verano tan húmedo, cuando había pocas oportunidades de lavarse. Evidentemente algunas mujeres francesas no podían evitar su curiosidad, para incomodidad de la modestia de los americanos. «Me cuesta un poquillo de trabajo acostumbrarme a las mujeres de aquí

mirando cómo se bañan los hombres», anotó un oficial médico en su diario.

«Había decenas de hombres desnudos como su madre los trajo al mundo lavándose y nadando en el estanque alrededor del molino, y dos mujeres sentadas por allí con el mayor aplomo, levantándose a veces y mirando la escena.»31

Poner cualquier cosa a salvo de la lluvia aquel mes de julio requería buenas dosis de ingenio. Un sargento de la 1.a División de Infan-372

E l D í a D

tería contaba que siempre tenía un par de calcetines secos y un poco de papel higiénico en la parte superior del forro de su casco.32 Los soldados debían además tener mucho cuidado con su equipo, pues los niños, fascinados con él, a menudo intentaban llevarse alguna cosa como souvenir. Los niños franceses atosigaban a los americanos pidiendo «cigarettes pour papa», pero una vez conseguidos, se fumaban los pitillos ellos mismos. Constantemente rondaban por los comedores de campaña en la retaguardia, a pesar de las órdenes repetidas una y otra vez de que debían ser echados de allí. Pero los soldados americanos siempre se mostraban indulgentes con ellos. «Los niños franceses solían andar a nuestro alrededor, con sus cubitos de lata, y se ponían en la cola del comedor, y siempre nos encargábamos de que nos dieran un poco más de comida para dársela.»33

En Caumont, detrás de las líneas de la 1.a División, convencieron a un gendarme de que probara el chicle. Una de las principales tareas del buen hombre era vigilar a los soldados que iban registrando las bodegas en busca de vino o de Calvados. Tanto sus hombres como él habían tenido la idea de garabatear la palabra «Minas» en las paredes situadas junto a la entrada. Pero si bien estaba dispuesto a perdonar a los soldados que sentían una necesidad desesperada de alcohol, le chocó enormemente comprobar, al encontrar a su primer soldado aliado muerto, que alguien le había robado las botas. «Sé que carecemos de todo, pero aún así», escribiría más tarde. El pillaje al que se lanzaban sus conciudadanos le llevaba a mirarlos como si no los conociera.

«Nos llevamos una gran sorpresa cuando lo encontramos en todas las clases de la sociedad. La guerra ha despertado los instintos primitivos de la gente y ha transformado a muchos individuos paGÍfi-cos en delincuentes.»34

Mientras que el 7.° Ejército alemán temía que Périers se convirtiera en el centro inmediato de la próxima ofensiva americana, Bradley seguía decidido a tomar Saint-Ló desde la cresta de Martinville, al noreste de la ciudad.

A los mandos alemanes les preocupaba el sector de la cresta de Martinville porque la 3.a División Paracaidista de Schimpf iba a que- La batalla final en Saint-Ló

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dar en terreno bajo. Una interceptación de Ultra permitió a Bradley enterarse de que el II Cuerpo Paracaidista de Meindl había perdido seis mil hombres. A Rommel no le quedó la menor duda de la gravedad de la situación cuando visitó al general Meindl en el cuartel general del II Cuerpo Paracaidista la noche del 14

de julio. (Aquel día había hecho un tiempo malísimo, y Rommel había podido viajar sin miedo a la intervención de los cazas de los aliados.) Meindl le advirtió que la exigencia de Hitler de mantener la actual línea de frente a toda costa podía resultar desastrosa. Menos de una semana después, Meindl se lamentaría ante el general Karl Student, comandante en jefe de las tropas paracaidistas, de que ninguna de las dos peticiones de refuerzos que había hecho había recibido respuesta. Los que llegaban, a menudo no eran aptos para el combate y enseguida pasaban a engrosar el número de bajas, como por otra parte habían podido comprobar americanos y británicos. Algunos de esos paracaidistas de reemplazo habían sido pilotos bien entrenados que no habían podido completar sus cursos de vuelo en Alemania debido a la tremenda escasez de combustible.

Rommel era perfectamente consciente de los peligros. Había sido advertido de que la «costura» que unía al 7.° Ejército y a la Panzer-gruppe West (que correspondía al límite entre británicos y americanos) podía romperse. De hecho, a lo largo de toda la línea se necesitaban desesperadamente tropas de reserva, sobre todo cuando una formación completa, como la 353.a División de Infantería, había quedado reducida a menos de setecientos hombres después de once días de lucha. Y eso había sido en un período durante el cual la fuerza aérea norteamericana se había visto obligada a permanecer en tierra corno consecuencia del mal tiempo.

A los americanos también les preocupaban las graves pérdidas sufridas, así como la lentitud de su avance. En la margen derecha del Vire, la 35.a División había intentado abrirse paso a la fuerza, mientras que en el lado más alejado del río la 30.a División había intentado también romper las líneas con escaso éxito.

El temprano revés sufrido por la 9.a División, que se vio obligada a reducir la marcha, había hecho 374 ________________________ El Día D

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que la 30.a quedara con el flanco derecho desguarnecido. Esta misma unidad comprobó además que se enfrentaba a algunos grupos de la 2.a División Acorazada de la SS Das Reich.

La situación no empezó a mejorar hasta el 15 de julio, el día del

«golpe definitivo» de Corlett. El XIX Cuerpo fue al menos capaz de aprovechar el apoyo aéreo de los P-47 Thunderbolt, que ametrallaron y bombardearon las posiciones alemanas. Por desgracia, un par de Thunderbolt identificaron erróneamente un destacamento del Comando de Combate B y destruyeron un tanque americano y un semioruga. Pero utilizando aquella mañana una treta muy bien preparada, la 35.a División logró romper las líneas alemanas y forzar la retirada del enemigo. La presión a lo largo de todo el frente del XIX

Cuerpo, con un potente fuego de contrabatería de su artillería, había obligado a los alemanes a utilizar casi toda su munición. El comandante de la 30.a División calificó aquel día de auténtico «aporreo».*

Todos los ojos de la estructura de mando norteamericana estaban fijos en la 20.a División, responsable del sector que constituía la llave de Saint-Ló. Su llamativo comandante, el general Gerhardt, estaba decidido a aprovechar plenamente la ocasión. Gerhardt no atraía desde luego el respeto de todos.

Bradley Holbrook, corresponsal de guerra del Baltimore Sun agregado a la 29.a División, había observado los deseos de notoriedad de Gerhardt a medida que progresaba la batalla de Saint-Ló. «Recuerdo que una mañana subí al sitio en el que estaba él», contaría más tarde. «Las bajas eran cada vez mayores y a mí me parecía una cosa totalmente inútil. Le pregunté por qué estábamos teniendo tantas bajas cuando podíamos simplemente rodear aquel lugar y seguir adelante.

El se dio media vuelta, me miró y dijo: "Porque es un nombre que todo el mundo va a recordar". Y yo pensé: "¡Ah, mierda! ¿Pero qué clase de guerra estamos haciendo?".»35

Al igual que Patton, también Gerhardt era muy exigente en lo tocante a la corrección del atuendo en el campo de batalla. No podía hacer mucho respecto al desaliño general de sus hombres, pues las posibilidades de afeitarse llegaban sólo cuando un batallón estaba en

* La 30.a División había sufrido desde el 7 de julio más de 2.300 bajas, de las cuales 961 se habían producido en los últimos dos días. NA II407/427/24232. La batalla final en Saint-Ló 375

la reserva. Más justificada, en cambio, estaba su exasperación por el hecho de que la mayoría de los soldados se ataran la correa de su casco de acero por detrás de la cabeza, y no por debajo de la barbilla. Esta costumbre se debía al

absurdo temor a que una explosión cercana le arrancara a uno la cabeza si el casco estaba bien atado. Gerhardt llevaba siempre su casco correctamente sujeto con la hebilla, y rara vez lo cambiaba por otro tocado, al parecer porque deseaba ocultar a la vista su calvicie.

El objetivo inmediato de su división era la localidad de Martinvi-lle, en lo alto de la colina principal. Se trataba de un puñado de casas rústicas normandas de piedra, con patios cercados a uno y otro lado de la carretera sin asfaltar que recorría la cresta de oeste a este. Los setos eran tan espesos y tan altos como en cualquier otro lugar de la comarca, y los huertos de manzanos densamente poblados proporcionaban a los vehículos y a los escondites de los cañones una cobertura perfecta frente a las labores de observación desde el aire. Los paracaidistas alemanes se habían protegido astutamente en profundos refugios subterráneos y en bunkeres tapados con troncos y tierra, capaces de sobrevivir a cualquier cosa excepto a un golpe directo con una bomba o un obús de gran calibre. Se habían reforzado con ingenieros de combate y con otras compañías de su propia división, así como con lo que quedaba de la 30.a Brigada Móvil, provista de ametralladoras y morteros, y algunos restos de la 352.a División de Infantería y cañones de asalto bien camuflados, colocados para disparar desde lo alto de los setos.

El ataque americano contó con el apoyo de trece batallones de artillería, así como de varios P-47 Thunderbolt, que lanzaron bombas de quinientas libras sobre las baterías de cañones de 88 mm. Pero en casi todos los ejes de avance, el fuego alemán produjo numerosas bajas. A las 19:30, el general Gerhardt ordenó que se llevara a cabo una última embestida antes del anochecer, en los siguientes términos:

—¡Calen sus bayonetas! ¡Chicos del Veintinueve! ¡Adelante!36

El 116.° de Infantería arremetió casi de frente a lo largo de la cresta de la colina desde el este con tres batallones. Tras varias horas sufriendo graves pérdidas, Gerhardt interrumpió la acción a regañadientes dando órdenes de que se cavaran trincheras y se defendiera 376

El Día D

el terreno ganado. Pero la instrucción tardó bastante en llegar al comandante Bingham, que estaba al mando del 2.° Batallón. Cuando lo hizo y Bingham se precipitó al encuentro de su primera compañía, ésta ya había llegado a su objetivo de La Capelle, en la carretera de Bayeux. Bingham nunca pensó en retroceder. Inmediatamente ordenó a su batallón que cavara trincheras para montar una defensa en redondo. Martinville, en lo alto de la colina, había sido despejada, pero los paracaidistas alemanes, siguiendo la práctica habitual en

ellos, se infiltraron de nuevo por detrás de la fuerza de Bingham, de modo que ésta quedó aislada.

Gerhardt quedó sorprendido al enterarse de que el 2.° Batallón había logrado pasar. No quería que se retirara, pero la unidad se encontraba en una posición muy arriesgada, con la cresta de la colina todavía parcialmente en manos de los alemanes. Ordenó al 115.° de Infantería, situado a la derecha, avanzar al amanecer del día siguiente, 16 de julio, bajando tan rápidamente como pudiera por la carretera de Isigny a Saint-Ló. Si lograban pasar, los alemanes de la cresta probablemente se verían obligados a retirarse. Pero el 115.° se encontró con un fuego tan pesado de morteros, ametralladoras y cañones de asalto que no tuvo más remedio que esconderse.

Los hombres de Bingham, acorralados en la carretera de Bayeux, lograron repeler un contraataque, pero estaban quedándose sin municiones y sin víveres.

El agua no representaba problema alguno, pues había por allí dos pozos, pero el batallón tenía 35 heridos y sólo tres sanitarios inexpertos para atenderlos. Un avión de observación de artillería les lanzó algo de plasma, pero murieron varios hombres que habrían sobrevivido si hubieran podido ser evacuados. El batallón de Bingham, en cualquier caso, fue enormemente afortunado. La mala comunicación existente entre los alemanes hizo que su posición no fuera identificada con claridad por la artillería enemiga, que durante todo el día, para deleite de los observadores americanos, había apuntado sus bombas contra sus propias tropas casi tanto como contra el adversario. En lo alto de las colinas, a medio kilómetro al este de Martinville, el 1.° Batallón sufrió feroces contraataques de los paracaidistas alemanes armados con lanzallamas y respaldados por tres tanques. Los soldados de infantería americanos salieron de sus trincheras para La batalla final en Saint-Ló yjy

asegurarse de que abatían a los equipos de lanzallamas, cargados con un peso enorme, antes de que llegaran a una distancia que les permitiera utilizar sus armas. Una compañía del l.er Batallón, situada a la derecha, había perdido a todos sus oficiales el día anterior. Se hallaba ahora al mando del soldado Harold E. Peterson, pues los supervivientes lo habían elegido como su comandante. Un joven teniente fue enviado a ponerse al frente de la compañía, pero como era novato, tomó la acertada decisión de hacer todo lo que Peterson le decía. Los alemanes atacaron de nuevo desde Martinville. Esta vez llevaban un tanque de apoyo, que voló el seto en el que se ocultaban los hombres de Peterson. El equipo encargado de la bazooka fue puesto fuera de combate, y los que recogieron el arma fueron tiroteados también. Los supervivientes tuvieron que salir corriendo, llevando tras de sí a rastras a los heridos «como si de un trineo

se tratara». Pero se reunieron otra vez bajo el liderazgo de Peterson y otro soldado, un americano nativo de pura cepa «llamado simplemente "Jefe"».

Peterson acechó al tanque con un lanzagranadas, que apenas tenía efectividad a la hora de atravesar el blindaje. Logró lanzar seis granadas contra el exterior, y sólo el ruido que produjeron los proyectiles debió de convencer a la dotación del tanque de que más valía dar media vuelta y regresar a Martinville. Lo que quedaba de la compañía de Peterson volvió a ocupar sus posiciones.

Aquella noche, Peterson ordenó que un soldado de los dos que ocupaban cada trinchera permaneciera despierto mientras el otro dormía. A la mañana siguiente, a primera hora, salió arrastrándose de su hoyo para comprobar cómo estaban las otras. En algunas de aquellas cuyos dos ocupantes se habían quedado dormidos, descubrió quejes habían cortado el cuello. El grupo de paracaidistas enemigos que habían llevado a cabo la incursión, integrado por unos quince hombres, seguía por allí y Peterson los atacó con granadas. Se vio forzado a retroceder, pero luego consiguió situar dos ametralladoras ligeras y una bazooka que le permitieron mantener a raya a los paracaidistas alemanes. De hecho con ellas logró reducir al enemigo a pedazos, en algunos casos literalmente.

Murieron todos los alemanes. Durante todo este tiempo, el cuartel general del batallón estuvo sin saber que era Peterson el que estaba al mando.

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El Día D

Durante la noche del 15 de julio, el general Gerhardt ordenó a su segundo, el general de brigada Norman Cota, que reuniera «en tres horas» un destacamento especial con el fin de completar la ocupación de Saint-Ló.37 Quizá fuera una orden un poco prematura, teniendo en cuenta la feroz batalla que estaba librándose en la cresta y la escasez de munición de artillería que tenía la división. También esa noche llegaron 269 reemplazos, que fueron enviados de inmediato a reforzar al l.er Batallón del 116.° de Infantería en lo alto de las colinas. El suyo fue un bautismo de fuego brutal, en contra de las recomendaciones del psiquiatra de la división, pero Gerhardt no quería perder la iniciativa. El 3.er Batallón, al mando del comandante Thomas D. Howie, se encontraba también muy mermado de fuerzas, pero recibió sólo un puñado de oficiales nuevos. El batallón de Howie debía atacar por el oeste antes del amanecer a lo largo de la ladera sur de la colina, con el fin de reunirse abajo con los hombres de Bingham y luego avanzar juntos hacia Saint-Ló. Para aprovechar el factor sorpresa, ordenó a sus hombres recurrir a la bayoneta. Sólo dos hombres por escuadrón recibieron autorización para disparar en caso de emergencia. El batallón de Howie «hizo su aparición» el 16 de julio, cuando sólo había un pequeño resplandor que anunciaba el amanecer, avanzando

rápidamente en columna por compañías. Tuvieron la suerte de que los envolviera una niebla matutina, pero reaccionando probablemente ante el ruido que hacían, las ametralladoras alemanas abrieron fuego en su dirección. Tal como se les había ordenado, los soldados de Howie no respondieron a los disparos. La disciplina y la rapidez de la marcha los llevaron a alcanzar su objetivo cerca del batallón de Bingham hacia las 06:00. Howie se lo comunicó por radio al comandante de su regimiento. Le dijeron que su misión consistía en penetrar de inmediato hasta las afueras de Saint-Ló, poco más de un kilómetro hacia el oeste. «Lo haremos», respondió. Sus hombres repartieron rápidamente sus raciones de comida con los del hambriento 2.° Batallón, aunque no andaban sobrados de munición. Pero justo cuando el comandante Howie dio la orden de avanzar hacia Saint-Ló, una bomba de mortero alemana explotó entre los integrantes de su cuartel general. Howie murió al instante. El capitán H.

Puntenney, el oficial La batalla final en Saint-Ló 379

ejecutivo, asumió el mando e intentó continuar al ataque. Pero la artillería y las baterías de mortero alemanas habían localizado finalmente su posición y empezaron a bombardear también aquel tramo de la carretera Bayeux-Saint-Lo.

El 3.er Batallón cavó inmediatamente trincheras para protegerse del bombardeo y se preparó para resistir al contraataque. Por fin se produjo uno a última hora de la tarde, pero lo repelieron. Los tanques alemanes se oían en la distancia, de modo que se solicitó

un ataque de la aviación antes de que cayera la noche. La 506.a Escuadrilla de Cazabombarderos realizó una salida de emergencia y se lanzó contra la concentración de carros blindados. Su actuación resultó muy desmoralizadora para los alemanes, pero además supuso una gran inyección de moral para los americanos. Algunos hombres de Puntenney descubrieron un depósito alemán de municiones en las proximidades. Supuso un gran alivio, pues a la unidad le quedaba sólo una carga de bazooka. Cogieron algunas tellerminen y las colocaron a lo largo del camino de Bayeux y en la ruta secundaria que cruzaba la carretera por La Madeleine. Fue una noche angustiosa. Puntenney tenía la sensación de que resistían por chiripa. Pero a la mañana siguiente, 17 de julio, recibieron una sorpresa milagrosa. De repente apareció un médico austríaco dispuesto a rendirse. Logró

salvar las vidas de varios heridos utilizando el plasma lanzado por los aviones el día anterior.

En la cresta, encima de donde estaban ellos, el l.er Batallón proseguía el ataque contra Martinville, utilizando una pequeña fuerza provista de un cañón antitanque y un tanque destructor para tomar posiciones en el lado este del

pueblecito. Los otros dos regimientos de la 29.a División, el 175.° más arriba por la carretera de Bayeux, y el 115.°, que seguía intentando bajar por la carretera de Isigny, no hicieron muchos progresos aquel día. Un batallón del 115.° logró desviarse para atacar la colina de Martinville por su lado norte, pero aquella tarde fue golpeado por los alemanes con una fortísima concentración de fuego de mortero, y muchos heridos murieron aquella misma noche sin recibir atención médica. La escasez de sanitarios en todo el frente era ya crítica, sobre todo debido a las numerosísimas bajas sufridas y a la falta de reemplazos bien entrenados.

380

El Día D

El batallón del 115.° Regimiento, conmocionado por el número de bajas, había empezado a cavar trincheras esa misma noche al este de Martinville cuando llegó el oficial al mando de su unidad. De manera increíble, recibió la orden de seguir avanzando sin demora. «Esta orden causó una consternación enorme en el batallón», comentó el comandante del regimiento. Pero una vez acallados los rumores de protesta, los soldados se vieron avanzando a lo largo de la ladera oeste de la colina en dirección a Saint-Ló sin encontrar demasiada resistencia. Parecía que los alemanes se hubieran esfumado en la noche.*

Los dos batallones, el de Bingham y el de Puntenney, aislados al pie de la colina cerca de la Madeleine, podían ahora recibir pertrechos desde el norte a través de una línea de salvación a través del barranco. Pero esta ruta de aprovisionamiento seguía siendo una tarea azarosa en medio del fuego mortal de los cañones de 88 mm situados al sur de la carretera de Bayeux. La compañía del soldado Peterson fue reforzada con 85 reemplazos y un nuevo oficial al mando, el capitán Rabbitt. Entre los reemplazos había recién llegados y veteranos, para que los primeros no fueran víctimas del pánico tan fácilmente.

Esta compañía se encargaría de la ruta de aprovisionamiento a través del barranco, con pequeños grupos en cada parcela armados con ametralladoras.

Para su sorpresa, de repente avistaron una columna de soldados alemanes que bajaban la colina. Las ametralladoras abrieron fuego y los abatieron a todos.

Durante la noche del 17 de julio, los alemanes evacuaron la colina y en su retirada tuvieron que dar un gran rodeo. Rebasados por los blancos en la carretera de Bayeux y en la cresta de Martinville, se vieron obligados a replegarse al sector que tenía enfrente a la 35.a Divi-* El oficial al mando del 116.° Regimiento, el coronel Ordway, que apenas había podido dormir hora y media, regresó agotado a su cuartel general. El general Gerhardt lo llamó por teléfono a las 05:30. Ordway, haciendo gala de muy poco tacto, no se puso al aparato. Gerhardt volvió a llamar a las 06:15 para decirle que había sido

relevado del mando. Considerando que su primer batallón había empezado ya a adentrarse por las afueras de Saint-Ló, Ordway se enfadó muchísimo, pues pensaba que su táctica había tenido buenos resultados, mientras que la de Gerhardt había sido desastrosa. [Entrevista al coronel Godwin Ordway Jr., oficial al mando del 115.° de Infantería, 20 de julio, NA II407/427/24034.]

La batalla final en Saint-Ló

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sión, e incluso a abandonar una cantidad considerable de equipos y de armamento. El general Corlett dijo a Gerhardt la mañana del 18 de julio que tomara Saint-Ló, que las tropas americanas denominaban ahora «Stilo». El destacamento especial del general Cota, reforzado con elementos de reconocimiento, tanques Sherman, tanques destructores e ingenieros, estaba listo para ponerse en marcha. «Parece que estamos todos preparados», comunicó Gerhardt al cuartel general del cuerpo. A las 14:30, Cota envió el siguiente mensaje: «Listo para marchar». Su columna empezó a bajar por la carretera de Isigny a Saint-Ló, donde se reunió con ella un batallón del 115.° de Infantería.

Tras los duros combates de las últimas semanas, la resistencia alemana parecía relativamente poca. Sufrieron el acoso de las posiciones de la artillería alemana situadas al sur de Saint-Ló, y algunos grupos de la 30.a Brigada Móvil opusieron cierta resistencia en algunos puntos de la ciudad. El destacamento especial de Cota entró en «el esqueleto de una ciudad», aplastada por el primitivo bombardeo aliado del 6 de junio y por el fuego de artillería de la batalla más reciente. Podía verse el cielo a través de las ventanas de los pisos altos de los edificios sin tejado. Las calles estaban bloqueadas por vehículos destruidos y escombros, que impedían prácticamente la circulación. Se asignaron distintos grupos encargados de ocupar los puntos claves de la población y de luchar casa por casa contra los grupos de rezagados de la 30.a Brigada Móvil. A las 19:00

Gerhardt estaba en condiciones de afirmar que la plaza estaba asegurada. Los ingenieros y las apisonadoras blindadas se pusieron manos a la obra despejando las calles para permitir la libre circulación de vehículos y personas, pero el fuego de hostigamiento no cesó. Un observador avanzado de la artillería de la división planeaba utilizar una de las dos agujas gemelas de la pequeña catedral de Saint-Ló como punto de observación, pero antes de que tanto él como sus hombres ocuparan la posición, la artillería alemana había derribado las dos torres. El general Dutch Cota resultó herido por varios fragmentos de bomba, tras mostrar tan poco aprecio por su seguridad personal como en la playa Omaha. «Cota resultó herido por un fragmento de bomba en el brazo», escribió un teniente de la unidad de reconocimiento de caballería. «Recuerdo cómo la sangre le 382

ElDía D

corría por la manga y goteaba de sus dedos. No era una herida grave, pero él siguió hablando como si tal cosa. No le molestaba lo más mínimo.»38

La toma de Saint-Ló supuso cierta dosis de exceso de confianza. Cuando al día siguiente la unidad de reconocimiento de la 29.a División fue relevada por el 25.° Escuadrón de Caballería, los recién llegados cargaron de frente, a pesar de las advertencias de que había algunos cañones antitanque alemanes, y perdieron varios jeeps y carros blindados.39

El avance general llevado a cabo entre el 7 y el 20 de julio había costado a los americanos unas 40.000 bajas. Pero ajuicio de Bradley, finalmente se había logrado asegurar el flanco izquierdo de la Operación Cobra y se había aplastado a las fuerzas alemanas hasta tal punto que la embestida que se planeaba tenía muchas más posibilidades de éxito. El general Gerhardt quiso marcar la victoria de la 29.a División con un acto simbólico. Ordenó que el cuerpo del comandante Howie, jefe de batallón muerto justo antes de que diera comienzo el asalto final de la localidad, fuera traído a la ciudad en ruinas. El cadáver de Howie, envuelto en una bandera norteamericana, llegó

en un jeep. Fue colocado sobre un montón de escombros en la iglesia episcopal de Notre Dame. Howie fue llamado en adelante «Comandante Saint-Ló». Su muerte pasó a representar el sacrificio de todos aquellos a los que el general Montgomery, en su discurso de agradecimiento, llamó «los magníficos soldados americanos que tomaron Saint-Ló».40 Pero las autoridades militares alemanas, incluso después de la guerra, seguían pensando que el enorme esfuerzo realizado por los americanos para tomar la ciudad había sido innecesario. Saint-Ló

habría podido ser flanqueada inmediatamente cuando el gran ataque americano, la Operación Cobra, se abriera hacia el oeste justo una semana más tarde.