El Dia D

Anthony Beevor · Capítulo 15 de 25 · parte 1/2

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Capítulo 19

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

Goodwood

Tras los costosos combates por la conquista del norte de Caen, a Montgomery comenzó a preocuparle todavía más la crisis que padecía la infantería. Las pérdidas de británicos y canadienses ascendían en aquellos momentos a 37.563 hombres. Sir Ronald Adam, general responsable del aparato administrativo del ejército británico, había visitado Normandía para advertir a Montgomery y a Dempsey de que iban a quedarse sin reemplazos en las próximas semanas. Sin embargo, el 2.° Ejército de Dempsey no andaba escaso de tanques. Contaba ahora con tres divisiones acorazadas, cinco brigadas blindadas independientes y tres brigadas de carros de combate. Si por un lado Montgomery seguía fiel a su idea de mantener ocupadas en su frente a las

formaciones acorazadas alemanas para permitir el avance de los americanos, por otro Dempsey estaba firmemente decidido a poner fin a aquel maldito estancamiento. La cabeza de puente al este del Orne parecía ofrecer una buena oportunidad para lanzar por el sureste un gran asalto con los carros blindados campo a través en dirección a Falaise. Dempsey había quedado fuertemente impresionado por el poder destructivo de los bombarderos pesados durante el ataque llevado a cabo el 7 de julio. Pero parece que estaba extrañamente equivocado respecto a la falta de efectividad militar que había tenido. El 12 de julio Dempsey convenció a Montgomery de que debía unir las tres divisiones acorazadas al VIII Cuerpo del general Richard O'Connor. Montgomery era extremadamente reacio. No le gustaba 384

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la idea de que unas formaciones de tanques «fueran dando vueltas de un lado para otro con aires de superioridad», como había ocurrido en el desierto occidental, a veces con consecuencias realmente nefastas. Pero se daba cuenta de que no le quedaba más remedio en aquellas circunstancias. No quería correr el riesgo de que la infantería se viera obligada a librar otra gran batalla, pero tenía que hacer algo para atajar las críticas que empezaban a escucharse en Londres y en el cuartel general del SHAEF. El ataque en Caen no había permitido ganar el terreno necesario para la construcción de aeródromos ni el despliegue del l.er Ejército canadiense.

Pero lo más importante de todo, ajuicio de Montgomery, es que esa ofensiva representaba un duro golpe en el frente de Caen antes de que los americanos pudieran poner en marcha la Operación Cobra en el oeste. Al menos, evitaría que los alemanes consiguieran trasladar sus divisiones acorazadas para contrarrestar el ataque del l.er Ejército a las órdenes de Bradley. Sin embargo, sigue sin estar claro qué pensaba Montgomery en realidad. O bien se convenció de repente de que la operación iba a permitir grandes progresos, o bien se vio obligado a despistar a sus superiores con el fin de asegurarse la participación de bombarderos pesados para romper las líneas enemigas. Desde el punto de vista político, fue un proceder muy poco inteligente. El 12 de julio intentó vender a Eisenhower el plan de Dempsey, aduciendo que ofrecía la posibilidad de dar un paso adelante decisivo. El comandante supremo, que se había desesperado ante la cautela de Montgomery, contestó eufóricamente al cabo de dos días en los siguientes términos: «Estoy considerando las perspectivas con gran optimismo y entusiasmo. No me sorprendería en absoluto ver cómo usted obtiene una victoria que haría que algunas de las "clásicas del pasado" parezcan una escaramuza entre un par de patrullas».1 Ese mismo 14 de julio, Montgomery escribió al mariscal Brooke, diciendo que «ha llegado la hora del "momento decisivo" en el

flanco oriental». A continuación, al día siguiente, dio a Dempsey y a Connor las nuevas directrices revisadas. Eran más modestas en sus objetivos. Montgomery quería que se avanzara sólo un tercio del camino que llevaba a Falaise, y luego ver cómo iban las cosas. Es probable que esa valoración fuera más acorde con la realidad y con lo que podía Goodwood

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hacerse, pero Montgomery nunca la comentó con Eisenhower ni con su propio cuartel general del XXI Grupo de Ejército. Las consecuencias serían nefastas para la reputación y la credibilidad de este general británico.

La División Acorazada de la Guardia, cuya llegada al continente había debido ser pospuesta por culpa de la gran tormenta, ya estaba preparada para entrar en acción. Sus oficiales visitaron inmediatamente en jeep los distintos frentes para adquirir el mayor conocimiento posible de la situación en el campo de batalla. Pero la experiencia no resultó precisamente alentadora. «Pude ver una formación de seis o siete tanques británicos Sherman», escribió un integrante de la Guardia Irlandesa, «todos ellos con un boquete en un lado. La mayoría había sufrido un incendio. Es evidente que una rápida sucesión de proyectiles había hecho blanco en ellos, probablemente disparada por la misma arma de artillería».2 A su regreso, cuando fueron convocados para informarles de la Operación Goodwood, se les dijo que iban

«a lanzar un ataque frontal». Goodwood, que como Epsom debía su nombre a un hipódromo, daría lugar al chiste de que iba a ser como

«un día en las carreras de caballos».

Montgomery, valiéndose de su estrategia de «alternar ataques»3

para desequilibrar a los alemanes antes de llevar a cabo la principal ofensiva, convenció a Dempsey de que se emprendieran más al oeste asaltos de diversión.

Poco antes de la medianoche del 15 de julio, los británicos lanzaron un ataque cerca de Esquay, la Colina 112 y Mal-tot con tanques Crocodile lanzallamas.4

En plena oscuridad, estos carros de combate debían de parecer una especie de dragones blindados. Más al oeste incluso, el XXX Cuerpo organizó un pequeño avance. «Una brisa fresca y agradable mueve los trigos que maduran», escribió un capitán que se encontraba en las inmediaciones de Fontenay-le-Pesnel. «En medio de los campos de grano puede verse cómo despuntan los cañones y los tanques, y también las llamaradas y las nubes de polvo que se levantan cuando disparan ... un día más gloriosamente caluroso. Polvoriento, calinoso, con el humo de los cañones cubriendo los campos de grano como niebla del mes de noviembre.»5

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Una vez más, en la Colina 112, en el «monte Calvario», se vivió el combate más encarnizado. El comandante en jefe de la 9.a División Acorazada de la SS

Hohenstaufen contaría que la tarde del 16 de julio los británicos levantaron unas cortinas de humo tan densas y espesas en ese cerro, que sus hombres se pusieron malos y pensaron que se trataba de un ataque con gases. Los tanques británicos consiguieron abrirse paso aproximadamente a las 21:00, capturando a sesenta de sus Panzergrenadiere. Pero los Panther de la división Hohenstaufen que se encontraban en la ladera opuesta contraatacaron y, según su versión de los hechos, lograron inutilizar quince tanques aliados.6

La 277.a División de Infantería alemana acababa de llegar al frente de Evrecy procedente de la ciudad de Béziers, junto a la costa del Mediterráneo. Un joven artillero integrado en esta división, Eberhard Beck, viajó en tren con su regimiento de artillería hasta el Loira, y de allí se trasladó a su destino caminando toda la noche. Incluso los caballos de tiro que arrastraban los obuses de 150 mm y los armones marchaban medio dormidos. Cuando la columna se detenía, cosa que ocurría a menudo, los caballos apenas podían dar paso, y los soldados adormilados en la trasera de la cureña que iba delante de un animal se encontraban de pronto con el morro de éste pegado a la cara. El único aspecto excitante de su viaje fue el saqueo de la bodega de un castillo llena de botellas de vino. Beck y sus compañeros no tenían ni idea de lo que les esperaba en Normandía.

Cuando ya se encontraban más cerca del frente, se les unió un grupo de soldados de infantería que llevaban al hombro sus lanzagra-nadas Panzerfaust antitanque. Pudieron ver en la distancia la pálida luz de las bengalas de magnesio y cómo «se iluminaba y relampagueaba toda la extensión del frente».

Beck quería esconderse en las profundidades de un bosque. «Soldados y caballos fuimos presa de un nerviosismo increíble.» El sonido de aviones sobrevolándonos se convirtió en «un rugido continuo e implacable».7

El comandante en jefe de sus baterías, el Oberleutnant barón Von Stenglin, los condujo a su primera posición de combate al oeste de Evrécy. Casi de inmediato comenzaron a explotar bombas y granadas. Un pedazo de metralla arrancó de cuajo la cabeza de un conductor apellidado Pommer. Los caballos retrocedían espantados, y un Goodwood

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contenedor con comida caliente, que habían subido hasta allí desde la cocina de campaña, saltó por los aires, cubriendo la tierra de gulasch. Beck tenía dos preocupaciones. Una era poder dormir un poco después de aquella agotadora marcha. Y la otra era que, como la mayoría de los soldados más jóvenes, no quería morir virgen.8

Los bombardeos contra las concentraciones de tanques británicos en los alrededores de Evrécy fueron escasos, debido a la falta de municiones. Hubo muchos días en los que su batería sólo dispuso de tres proyectiles por cañón.

Como les sobraba tiempo, Beck y los otros artilleros jugaban al ajedrez y al skat cuando no estaban sometidos al fuego intenso del enemigo. Por otra parte, los ataques aéreos aliados contra sus líneas de aprovisionamiento redujeron sus raciones de comida. Beck pasaba tanta hambre que se le ocurrió la «disparatada idea»9 de adelantarse hasta la línea del frente para desenterrar patatas. Pero al igual que los soldados británicos que había al otro lado, casi todos los alemanes padecían de disentería, dolencia que se había extendido por culpa de los insectos que se alimentaban de cadáveres. No tardarían en encontrarse con jovencísimos Panzergrenadiere de la SS vestidos con uniformes de camuflaje,

«increíblemente bien equipados» en comparación con su propia infantería. «Sin embargo, no teníamos nada que envidiarles», pensó Beck. «Tenían ambición y en el frente eran unos soldados excelentes. Todos sentíamos respeto por ellos.»

Pero «para nosotros ya hacía tiempo que la guerra estaba perdida. Lo importante era sobrevivir». Es indudable que ésa era la opinión de los soldados más veteranos. «Eran más maduros, estaban más preocupados, eran más paternales y más humanos. No les interesaban las heroicidades.» A veces, Beck y sus camaradas tenían que ir a las posiciones avanzadas con una carretilla de dos ruedas a recoger heridos, que les decían que, como soldados de artillería, tenían la suerte de no estar en la primera línea. «Ahí arriba es un infierno.»

Los jóvenes artilleros, cuando se refugiaban de los bombardeos en sus trincheras, también solían hablar del tipo exacto de Heimatschuss cuya gravedad les permitiera el traslado a un hospital en Alemania.

«Mis pensamientos», escribía Beck, «eran: herida, puesto de socorro, hospital, casa y final de la guerra. Sólo quería salir de aquella miseria». Pero los bombardeos de los británicos, incluidos los de su artillería 388

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naval que abrían cráteres de cuatro metros de diámetro y dos de profundidad, provocaban heridas tanto físicas como psicológicas. Cuando un sargento primero saltó por los aires por culpa de una granada, el soldado de diecisiete años encargado de las comunicaciones que se encontraba a su lado perdió el control y sufrió un ataque de nervios.10

Las pérdidas de la infantería alemana fueron tan importantes que en tres semanas fue pulverizada una división. El cuartel general de Rommel señaló que a fecha 16 de julio la 277.a División de Infantería había perdido treinta y tres oficiales y ochocientos hombres, todos ellos en los últimos días.11 En aquellos momentos había sido reforzada con parte de la 9.a División Acorazada de la SS

Hohenstaufen, pero incluso esta unidad había perdido tantos hombres que se había visto obligada a unir sus dos regimientos de Panzergrenadiere para formar tres débiles batallones.

Durante la noche del 16 de julio, Ultra interceptó un mensaje del Ge-neralfeldmarschall Hugo Sperrle, comandante en jefe de la 3.a Flota Aérea. En él el alto oficial alemán avisaba de la posibilidad de que se produjera una gran ofensiva, «determinante para el curso de la guerra, al sureste de Caen la noche del 17 al 18».12 Los aviones de reconocimiento alemanes habían logrado penetrar las líneas aliadas y habían sobrevolado la cabeza de puente del río Orne para fotografiar los preparativos. En cualquier caso, los británicos sabían perfectamente que los alemanes instalados en el distrito industrial de Colombelles, en la margen derecha del Orne, contaban con puestos de observación en lo alto de las elevadas chimeneas de la zona y que podían ver prácticamente todo lo que sucedía en la cabeza de puente. Sin embargo, el comunicado de Ultra avisando con claridad de que los alemanes eran perfectamente conscientes de la inminencia de la gran ofensiva británica no hizo que Dempsey revisara la lista y el orden de sus prioridades. No fue una sorpresa, pues, que su única posibilidad de éxito pasara por atacar con determinación inmediatamente después del bombardeo.

El general Eberbach de la Panzergruppe West no creía que sus fuerzas, con ciento cincuenta tanques, pudieran contrarrestar el asalto de ochocientos carros de combate británicos. Cuando el 7.° Ejército Goodwood 389

de Hausser solicitó el envío de una división acorazada de la zona de Caen porque se había quedado sin fuerzas de reserva para enfrentarse al ataque de los americanos en las inmediaciones de Saint-Ló, Eberbach dijo que ese tema estaba totalmente «fuera de discusión».13

Rommel respaldó su postura.

El 17 de julio el Standartenführer Kurt Meyer, comandante en jefe de la División de la SS Hitlerjugend, recibió la orden de informar de la situación al mariscal Rommel en el cuartel general del I Cuerpo Acorazado de la SS de Dietrich. El grueso de su división se había retirado cerca de Livarot para poder descansar y recuperar fuerzas tras el descalabro vivido en Caen. Rommel preguntó a Meyer cuál era su valoración del inminente ataque de los británicos.

«Las unidades pelearán, y los soldados seguirán muriendo en sus posiciones», contestó

Meyer, «pero no podrán impedir que los tanques británicos pasen por encima de sus cadáveres y avancen hasta París. La abrumadora supremacía aérea del

enemigo hace que sea prácticamente imposible llevar a cabo una maniobra táctica. Los cazabombarderos atacan incluso a nuestros correos militares».14

Rommel se exaltó con la conversación. Habló de cómo lo exasperaba el OKW, que seguía negándose a escuchar sus advertencias. «Ya no se creen mis informes. Debe hacerse algo. La guerra en el oeste tiene que acabar ... ¿Pero qué ocurrirá en el este?» Cuando Rommel abandonaba la reunión, Sepp Dietrich le aconsejó evitar la carretera principal en su viaje de regreso a La Roche-Guyon.

Al parecer, Rommel rechazó la sugerencia con una sonrisa. No había transcurrido ni una hora cuando el Horch descapotable de Rommel fue atacado por dos aviones Spitfíre a la altura de Sainte-Foy-de-Montgommery. El mariscal alemán salió despedido del automóvil y quedó gravemente herido. Una francesa que se dirigía a comprar carne se vio obligada a encogerse en el suelo cuando los cazas aparecieron en el cielo. Contó que a la gente del lugar le pareció toda una ironía que el ataque se hubiera producido en las inmediaciones de un pueblo con un nombre tan parecido al del comandante enemigo del alto oficial alemán.15 Rommel fue trasladado primero a una farmacia de Livarot y más tarde a un hospital en Bernay. Había quedado fuera de la guerra.

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Eberbach, al enterarse de la noticia, partió inmediatamente con un médico del ejército. A las 21:30, Speidel telefoneó al cuartel general de la Panzergruppe para comunicar que Hitler había ordenado que el mariscal Von Kluge asumiera el mando del Grupo de Ejército B, sin abandonar su cargo de comandante en jefe del oeste. A su regreso, Eberbach recibió una llamada del Estado Mayor de Kluge ordenando el traslado de una división acorazada al 7.° Ejército para impedir que los americanos se abrieran paso en Saint-Ló. Aunque sus palabras no están recogidas en los registros, es evidente que el general Eberbach se negó.

En cuestión de minutos, el propio Kluge estaba al otro lado del teléfono.

Eberbach dijo «que la Panzergruppe se enfrenta a una gran ofensiva de los ingleses».16 A continuación, dio los detalles del tipo de amenaza del que estaba hablando. La única reserva disponible era la 12.a División Acorazada de la SS

Hitler Jugend, que le acababan de quitar. En el transcurso de lo que a todas luces fue una conversación tensa y destemplada, Kluge rechazó de plano la petición de refuerzos que le hizo Eberbach, pues era un tema que estaba fuera de toda discusión. El informe añade a continuación que Kluge puso de relieve la situación en el frente oriental, tras la gran embestida del Ejército Rojo según lo previsto en la Operación Bagration. Pero Eberbach no se dejó intimidar por sus palabras y volvió a la carga, hablando de la amenaza que se cernía sobre su sector y de las consecuencias que iba a tener el traslado a Saint-Ló de una de sus

divisiones acorazadas. Aquella noche empezaron los bombardeos preliminares de la Operación Goodwood, y también de la Operación Atlantic.17 La idea era ocultar el sonido de los motores de los tanques que avanzaban a sus posiciones, pero sólo vino a confirmar lo que los alemanes ya sabían. La Operación Atlantic era la ofensiva que iban a lanzar simultáneamente los canadienses con el objetivo, en parte, de tomar Vaucelles, el sector sur de Caen y sus alrededores.

La artillería canadiense hizo saltar por los aires un gran depósito de combustible y munición en Vauceñes, provocando una enorme explosión.

De todas las ofensivas lanzadas en Normandía, la Operación Goodwood fue la más evidente para el enemigo. Los intentos de ocul- Goodwood 391

tarla con medidas de diversión, como, por ejemplo, la transmisión de

«mensajes por radio grabados de antemano»18 para simular un ataque en Caumont, estaban condenados al fracaso. Incluso si los alemanes no hubieran estado al corriente de esta ofensiva de buenas a primeras, ya fuera por las fotografías obtenidas en sus vuelos de reconocimiento o por los informes transmitidos desde sus puestos de observación en Colombelles, las nubes de polvo, con unas temperaturas curiosamente tan elevadas como las de aquel mes, indicaban el movimiento de formaciones de tanques. Los letreros a un lado de la carretera que avisaban de que «El polvo mata» (porque atraía el fuego de la artillería alemana) no parecían más que un recordatorio irónico cuando la policía militar, con sus polainas de lona y sus guantes blancos, saludaron a los vehículos a su paso.

Goodwood representó también un fracaso de los servicios de inteligencia militar. A pesar de disponer de las fotografías tomadas por los Mustang de la RAF en sus misiones de reconocimiento, el Estado Mayor de Dempsey dio por hecho que las defensas de Eberbach tenían una profundidad inferior a los cinco kilómetros. Pero la realidad era que contaban con cinco líneas que se extendían hasta el otro lado de la cota de Bourgébus, a diez kilómetros de distancia. Y

aunque habían identificado a la 16 Luftwaffe-Feld-Division, desconocían el número de cañones de 88 mm que habían llegado con el Flakkorps del teniente general Pickert. Los regimientos de caballería maldecirían más tarde a los miembros de los servicios de inteligencia, a los que apodaban «los adivinos de la bola de cristal».

La 11.a División Acorazada encabezó la marcha cruzando el río Orne hasta llegar aquella noche a la cabeza de puente situada más al este. A pesar de la revisión del plan llevada a cabo por Montgo-mery, el cuartel general de Dempsey no había tomado medida alguna para rebajar unas expectativas delirantes.

«¡Avanzaremos a toda velocidad!», dijo a sus oficiales el comandante de una brigada de la 7.a División Acorazada.19 «Sin duda estamos ante una batalla mucho más importante que la del Alamein», escribió en su diario el jefe de un escuadrón del 13.°/18.° de Húsares.

«Hay que ver la aglomeración de hombres al este del Orne para creerla. No hay un huerto, ni un campo, que esté vacío.»20 Los recuerdos de la victoria en el norte de

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África probablemente rondaran en muchas cabezas, tal vez también por el gran calor, el horrible polvo «que todos coincidimos en comparar con el del desierto» y los inhumanos enjambres de mosquitos. Los soldados se quejaban de que el insecticida que les había entregado el ejército, más que repeler, los atraía.

Los oficiales de la División Acorazada de la Guardia eran muy conscientes del hecho de que no habían combatido en el norte de África y de que ésa iba a ser su primera batalla. Rex Whistler, el pintor y escenógrafo, aunque tenía quince años más que los demás jefes de tropa del batallón blindado de la Guardia Galesa, había decidido quedarse con los de su escuadrón. Y

precisamente porque estaban en guerra, no veía razón alguna para dejar de pintar. En Inglaterra, Whistler había encargado al herrero de su pueblo que le fabricara una caja de metal para acoplarla a la parte externa de la torreta de su tanque y en la que poder guardar sus pinturas, sus pinceles y algunos lienzos de pequeñas dimensiones. Pero como era el subalterno más veterano, Whistler fue nombrado oficial de enterramientos del batallón. A la supersticiosa tripulación de su tanque no le gustaba mucho tener que llevar veinte cruces de madera en el vehículo. Al igual que Keith Douglas, el poeta, parece que Whistler intuyó su propia muerte. Dijo a un amigo que no quería ser enterrado en un gran cementerio militar, sino allí donde hubiera caído. Poco antes de que el comandante en jefe de su división, el general Adair, se reuniera con los oficiales para dar las últimas órdenes, Whistler escribió una carta a su madre desde el huerto en el que habían acampado. Le enviaba también «una ramita de muérdago del árbol que está encima de mi vivac»,21 la lona alquitranada que se extendía a los lados del tanque bajo la cual dormía la dotación. Al anochecer del 17 de julio, Francis Portal, un oficial compañero suyo, estuvo hablando con Whistler mientras se comprobaba por última vez el perfecto funcionamiento de los motores de los tanques. «Probablemente nos volvamos a ver mañana por la noche», le dijo Portal cuando partían. «Eso espero», respondió Whistler entre pensativo y melancólico.

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Todos los altos oficiales del bando aliado rezaban para que Montgo-mery se decidiera por fin a dar un gran salto adelante. Ni siquiera sus enemigos de la RAF, entre ellos Bomber Harris, pusieron objeciones a su petición de apoyo de bombarderos pesados. El comandante en jefe de las fuerzas aéreas tácticas, el mariscal del Aire Coningham, que aborrecía a Montgomery más que nadie, quería desesperadamente una victoria que permitiera disponer del terreno suficiente para la construcción de aeródromos en posiciones avanzadas. El mariscal del Aire Tedder, que había estado hablando en privado con Coningham

sobre la posibilidad de destituir a Montgomery, escribió al comandante en jefe una nota en la que le aseguraba que todas las fuerzas aéreas iban a estar «listas para apoyar este plan tan ambicioso y decisivo que ha preparado».22

A las 05:30 del 18 de julio la primera oleada de bombarderos apareció por el norte para atacar sus objetivos. Durante las dos horas y media siguientes, dos mil bombarderos pesados y seiscientos bombarderos medianos de la RAF y de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos lanzaron 7.567 toneladas de bombas sobre un frente de siete mil metros. Fue la mayor concentración de fuerzas aéreas en apoyo de una ofensiva terrestre conocida hasta entonces. Los barcos de guerra de la Marina Real británica anclados frente a la costa también hicieron su aportación con intensos bombardeos. Las tripulaciones de los tanques que esperaban para entrar en acción se subieron a las torretas de sus vehículos para ver las espectaculares nubes de polvo levantadas por aquella sucesión de explosiones que parecía no tener fin. Para los que contemplaban la escena, era impensable que alguien lograra sobrevivir a semejante carnicería.

Los alemanes que resistieron a aquel terremoto provocado por la mano del hombre quedaron conmocionados y ensordecidos. Los heridos, y los que habían enloquecido, gritaban y gritaban sin parar. Algunos, incapaces de soportar durante más tiempo el estruendo, las ondas expansivas y los temblores de tierra, se pegaron un tiro. Las explosiones hicieron que los tanques pesados Tiger dieran vueltas de campana o quedaran semienterrados en cráteres enormes. Pero como el polvo y el humo habían ocultado los objetivos, los británicos no pudieron apreciar que los bombardeos habían sido muy poco preci- Goodwood 395

sos. Y seguían sin saber que Eberbach había formado cinco líneas de defensa. La más importante de ellas, situada junto a Bourgébus, debía ser tomada si el 2.° Ejército avanzaba hacia Falaise. Pero en esta línea no cayó casi ninguna bomba.*

El 3.er Regimiento Real de Carros de Combate avanzó para conducir a la 11.a División Acorazada al campo de batalla. Ante ellos apareció una gran extensión de campos ondulados, principalmente de cereal, salpicada de aldeas de casas de piedra normandas rodeadas de huertos. El terreno ascendía en una pequeña cuesta hacia el objetivo principal, la cota de Bourgébus, que los ingleses rápidamente apodaron Buggersbus («Autobús de maricones»). Muy pronto surgió un grave inconveniente en el plan. En su avance, la 51.a División Highland se había encontrado con un campo de minas que no figuraba en los mapas. El general O'Connor se dio cuenta de que no podían barrer todo aquel campo sin alertar a los alemanes, preocupación que en aquellos momentos ya carecía de sentido, de modo que se despejaron durante la noche únicamente una

docena de estrechos caminos. Ello supuso la ralentización de todo el avance, con consecuencias desastrosas.

Por otro lado, detrás se produjeron grandes atascos de tráfico, cuando la 7.a División Acorazada y la de la Guardia tuvieron que esperar a que la 11.a Acorazada despejara la zona para que pudieran cruzar los seis puentes Bailey del Orne. El sol cada vez se elevaba más sobre el horizonte. Las tripulaciones de los tanques se pusieron a comer o incluso a echar un sueñecito en los campos de cereal que bordeaban la carretera. A pesar del polvo y el humo de los motores, Rex Whistler

* El informe oficial de la RAF reconocería más tarde los siguientes errores: en lo concerniente al bombardeo del sector M en los alrededores de Cagny, las primeras señalizaciones fueron bombardeadas en exceso. Se llevaron a cabo las correcciones, pero el humo y el polvo no tardaron en ocultar el objetivo, y no se destruyó

una batería de cañones de 88 mm. En el Sector I en los alrededores de Troarn, a la izquierda, sólo un 18 por 100 de las bombas cayeron dentro de la zona marcada. Y en cuanto al Sector P, que comprendía Hubert-Folie, Soliers y la localidad de Bourgébus, sólo el 40 por 100 de las bombas cayeron en la zona marcada. [Informe de la RAF sobre los bombardeos de la Operación Goodwood.

Air Support, Air Publications 3235, Air Ministry, 1955, AHB.]

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y unos cuantos oficiales de la Guardia Galesa jugaron ■Apiquet para matar el tiempo. Incluso cuando las columnas comenzaron a moverse, el panorama recordaba el que ofrecían «los coches que avanzan a paso de tortuga en su viaje de vuelta a Londres, procedentes de la costa, un domingo cualquiera de verano, parados en largas hileras que llegan más allá de donde alcanza la vista y que para avanzar tienen que formar una sola».23 El mariscal del Aire Coningham, que se encontraba cerca del cuartel general de O'Connor en compañía de Dempsey, se sentía impotente ante la situación y estaba fuera de sí. El lento avance de las brigadas acorazadas por el campo de minas significaba que la conmoción que habían provocado los bombardeos iba a ser en balde. En el flanco occidental de la principal línea ofensiva de O'Connor, la 3.a División canadiense avanzaba hacia Vaucelles, el sector del sur de Caen al otro lado del Orne. Pero la firme resistencia de los alemanes obligó al Régiment de la Chaudiére a detenerse a las 10:30 horas. El Queen's Own Régiment de Canadá se desvió hacia la izquierda para evitar la obstrucción y tomar Giberville, y a continuación los Regina Rifles cruzaron el Orne en Caen y tomaron Vaucelles.

Mientras tanto, los Highlanders de Nueva Escocia procedieron a tomar la localidad vecina de Mondeville. El Regimiento North Shore atacó las instalaciones industriales de Colombelles en la margen derecha del Orne, donde los soldados de infantería de la 16

Luftwaffe-Feld-Division, sumamente debilitados, quedaron tan conmocionados por los bombardeos que al principio no fueron capaces ni de echar a andar. En el lado izquierdo de la principal línea ofensiva, la 3.a División de Infantería británica, apoyada por una brigada acorazada, avanzaba hacia Touffreville para luego seguir hacia Troarn.

Durante las dos primeras horas de la batalla, los atacantes vieron muchos indicios sumamente alentadores. El 3.er Regimiento Real de Carros de Combate dio con un grupo de soldados de infantería alemanes completamente aturdidos, que apareció en medio de los campos de cereal con las manos en alto en señal de rendición. Las tripulaciones de los tanques los mandaron a la retaguardia. El Escuadrón B del 11.° de Húsares encontró unas trincheras alemanas en las que los hombres parecían dormir. Sus cuerpos no presentaban herida alguna, pero estaban muertos, sin duda a consecuencia de las Goodwood 397

ondas expansivas. El 13.°/18.° de Húsares que avanzaba por el flanco oriental hacia Touffreville con la 3.a División de Infantería, disparaba con sus ametralladoras contra las trincheras hasta que el enemigo se rendía y salía con los brazos en alto. «Ante nosotros pasa una marea continua de prisioneros, aterrorizados a consecuencia de nuestros bombardeos», escribió un comandante integrado en el l.er Batallón Paracaidista canadiense que se encontraba en la cabeza de puente sobre el Orne.24 Hasta el comandante en jefe de la Panzergruppe West, el general Eberbach, escribiría que «el avance [enemigo]

parecía inevitable».25

El grueso de las fuerzas de la 16 Feld-Division habían sido aplastadas por los bombardeos que las habían dejado «completamente vapuleadas».26 La 21.a División Acorazada, que había contado con el apoyo de los Tiger del 503.°

Batallón de Tanques Pesados, era la formación acorazada alemana que había quedado más maltrecha. «Algunos carros de combate habían sido alcanzados de lleno, otros habían volcado o habían caído en los cráteres abiertos por las bombas. Sus torretas habían quedado atrancadas por el polvo que se había formado, y las miras de los cañones y sus aparatos de radio inutilizados.»27

La 21.a División no tardaría en recibir la orden de Eberbach de participar en un contraataque junto con la 1.a División Acorazada de la SS

Leibstandarte AdolfHitler, pero más tarde hubo de posponer la acción en dos ocasiones debido al estado en que se encontraba la unidad. Los observadores de

la artillería alemana seguían sin apenas poder ver bien por culpa del polvo y el humo, de modo que sus baterías pesadas instaladas detrás de la cota de Bourgébus permanecían en silencio. «A las 10:00 horas», escribió Eberbach,

«llegó la terrible noticia de que, el enemigo había logrado avanzar y abrir una brecha de diez kilómetros de profundidad».28

Los del 3.er Regimiento Real de Carros de Combate no tardarían en descubrir, sin embargo, que la Operación Goodwood no iba a ser como «un día en las carreras». Cuando se dirigían hacia Le-Mesnil-Frementel, una pequeña aldea de casas de piedra situada en las inmediaciones de Cagny, se vieron sorprendidos por el fuego intenso de las baterías antitanque alemanas. «De pronto un Sherman que iba por mi izquierda se detuvo vomitando humo», escribía el jefe del escuadrón

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que iba delante. Todos los cañones giraron hacia el punto del que procedía el proyectil. Pusieron fuera de combate a los cañones alemanes, pero entonces se vieron sorprendidos por el fuego que venía de otra dirección. Muchos Sherman fueron alcanzados y los trigales que los rodeaban empezaron a arder.29

A su izquierda, el escuadrón que iba a la cabeza del 2.° Regimiento Fife and Forfar Yeomanry quedó atrapado en medio de un fuego devastador procedente de Cagny. Era el lugar en el que durante los bombardeos aéreos se había refugiado una batería de cañones de 88

mm perteneciente a la 16 Feld-Division, junto con otros dos de 105

mm. El escuadrón fue prácticamente aniquilado en pocos minutos. La 3.a de Carros de Combate recibió la orden de sortear Le Mes-nil y dirigirse hacia el suroeste en dirección a Grentheville. Otra grave deficiencia en el plan de Dempsey comenzaba a vislumbrarse. O'Connor había querido enviar a la infantería con los regimientos acorazados para limpiar las aldeas y los pueblos defendidos por los alemanes, pero a raíz de las limitaciones que imponía el campo de minas, Dempsey le dijo que retuviera a la infantería. Para las tripulaciones de los vehículos blindados, toda aquella palabrería de que por fin iban a entrar en «un terreno bueno para los tanques» sonaba en aquellos momentos a broma macabra. El alcance y la precisión de los cañones de 88 mm enemigos hacían que se encontraran en una situación de inferioridad mucho mayor que la que habían vivido durante los combates en el bocage. Había posiciones de baterías antitanque por todos los alrededores de Grentheville, así como cañones de asalto perfectamente ocultos. La 3.a de Carros de Combate no tuvo más remedio que cargar contra las armas enemigas como una unidad de caballería, y varios vehículos se pusieron a arder. Sus tripulantes, convertidos en

antorchas humanas, se retorcían llenos de dolor en el suelo, intentando apagar las llamas. Las pérdidas del regimiento fueron tan importantes, que se vio obligado a retirarse y a pedir la ayuda del 13.° Royal Horse Arti-llery. La 11.a División Acorazada había sufrido un golpe inesperado al poco de empezar la batalla, cuando cayó su oficial de enlace de la RAF. No podía ponerse en contacto con los aviones Typhoon que sobrevolaban la zona, dispuestos a atacar el objetivo que se les indicara.

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La División Acorazada de la Guardia, mientras tanto, había llegado a la llanura ondulada. Sus oficiales, conscientes del hecho de que eran novatos en la batalla, intentaron mostrar una despreocupación innecesariamente peligrosa, con actos, por ejemplo, como no meter la cabeza dentro de la torreta cuando eran atacados. El 2.° Batallón Acorazado de los Granaderos se dirigió a Cagny, donde el Fife and Forfar había sido pulverizado. Los cañones de 88 mm alemanes trituraron también a nueve de sus tanques Sherman. Este revés detuvo inexplicablemente el avance de la División Acorazada de la Guardia, que habría tenido que seguir adelante hacia Vimont sin esperar que llegara la infantería. El general Eberbach no podía creer su golpe de suerte. Con cierta exageración, escribió: «Lo ocurrido era incomprensible para un soldado de las fuerzas blindadas: ¡Los tanques del enemigo permanecieron inmóviles durante las decisivas horas comprendidas entre las 10:00 y las 15:00!».30

En el flanco derecho los del escuadrón de Rex Whistler con sus tanques Cromwell tenían la misión de apoyar a la infantería canadiense que avanzaba hacia Giberville, a unos tres kilómetros y medio de la línea de partida. Rodearon Giberville por el este para cortar la retirada al enemigo. El pueblo parecía desierto. Uno de los Cromwell tuvo que detenerse, pues una de sus ruedas se había enredado con una alambrada. Whistler bajó de su tanque y se acercó con unas tenazas para cortar el alambre. No habría debido salir de su vehículo. El enemigo abrió fuego. Whistler fue corriendo al tanque del sargento de su tropa para darle la orden de responder a los disparos que procedían del pueblo. Pero en lugar de permanecer al abrigo del Cromwell del suboficial mientras maniobraba hacia adelante, volvió a toda prisa a su tanque, quedando al descubierto. Una bomba de mortero estalló a sus pies, haciéndolo volar por los aires y partiéndole el cuello. Whistler, que había sido nombrado oficial de enterramientos del batallón, fue la primera baja de la unidad.

Las baterías antitanque alemanas, y no los tanques, fueron las principales responsables de lo que más tarde se denominaría la «cabalgata de la muerte»31

de las divisiones acorazadas británicas. La ausencia de infantería en los

regimientos que iban a la cabeza tendría consecuencias desastrosas. Cagny no fue tomada hasta las 16:00

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horas, cuando el l.er Batallón de Granaderos motorizado entró en la localidad a pie. Los cañones de asalto y de 88 mm no contaban con protección de infantería, y los granaderos se hicieron con ellos rápidamente. A mediodía, el general Eberbach había ordenado una contraofensiva con los tanques que quedaban de la 21.a División Acorazada y los de la 1.a División Acorazada de la SS, que se habían mantenido en la reserva detrás de la cota de Bourgébus.

Recibieron la orden de dirigirse a Hubert-Folie para concentrarse ante la inminente llegada de una punta de lanza del enemigo, la 11.a División Acorazada. Pero al cabo de dos horas, la 21.a, que se había quedado tras los bombardeos con sólo cinco carros de combate Tiger y ocho Mark IV, seguía sin poder moverse.32 El grupo de tanques de la Leibstandarte tuvo que ponerse en marcha solo.

A las 13:05, Eberbach pidió también que entrara en acción lo que quedaba de la 12.a División Acorazada de la SS, unidad que, por orden personal del Führer, había sido retirada a los alrededores de Lisieux para recuperar fuerzas.

Como ya no podía contar con «más tropas de reserva»,33 su petición pasó del Grupo de Ejército B en La Roche-Guyon al OB West en Saint-Germain-en-Laye, y de allí al OKW, que en aquellos momentos se encontraba en el cuartel general Wolfsschanze que tenía Hitler en Prusia oriental. La autorización no llegó hasta dos horas más tarde.

La 1.a División Acorazada de la SS, organizada ahora en tres grupos de combate, llegó a la zona de Soliers, cerca del extremo occidental de la cota de Bourgébus, a eso de las tres de la tarde.34 Ya estaba en posición de ataque cuando la 3.a de Carros de Combate y una parte de la 29.a Brigada Acorazada

—el Fife and Forfar y el 23.° de Húsares—

avanzaron hacia la aldea de Ifs-Bras. En esta localidad la 3.a División de Carros de Combate se enfrentó a los Panther de la Leibstandarte, a los que sólo los Sherman Firefly podían esperar derrotar. Los otros Sherman se concentrarían en eliminar los cañones antitanque. Mientras tanto, la Northhamptonshire Yeomanry en sus Cromwell torció

hacia el oeste para atacar desde el flanco, pero perdió en el camino Goodwood

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una docena de tanques. Ese día, el jefe de escuadrón de la 3.a División de Carros de Combate logró escapar por segunda vez de un Sherman en llamas, de

modo que tuvo que trasladarse a un tercer tanque. Hacía falta ser muy valiente para volver a meterse en un tanque tras haber estado a punto de morir «cocido».

La 11.a División Acorazada habría debido recibir el apoyo de la 7.a, pero los atascos de tráfico y los retrasos provocados por el campo de minas en la línea de partida hicieron que las Ratas del Desierto no pudieran prácticamente entrar en acción. O'Connor, perfectamente consciente de que la ofensiva no había salido como esperaba, solicitó

un nuevo ataque de los bombarderos contra la cota de Bourgébus, pero su petición fue rechazada. No obstante, incluso cuando la Leib-standarte ya había entrado en acción, Montgomery, en el peor de los momentos, proclamó el éxito de la ofensiva.

A las 16:00 horas transmitió al mariscal Brooke el siguiente mensaje:

«Operaciones de la mañana, éxito absoluto. Los bombardeos han sido decisivos, y el espectáculo increíble ... la situación es muy prometedora, y es difícil prever qué puede hacer el enemigo en estos momentos. Hasta ahora sólo se han encontrado unos pocos tanques enemigos, y ninguna (repito) ninguna mina».35

A continuación afirmaba, con bastante inexactitud, que la 11.a División Acorazada había llegado a Tilly-la-Campagne, y que la División Acorazada de la Guardia había tomado Vimont. Montgomery no sólo transmitiría una información errónea a Brooke, sino que también emitiría un comunicado similar para la BBC y daría una conferencia de prensa. Según uno de sus generales de brigada, se dirigió a los periodistas allí

reunidos «como si fueran niños».36 Este hecho daría lugar a una reacción muy negativa. Los británicos perdieron unos doscientos tanques aquel día. Por fortuna, disponían de unas reservas de casi quinientos. Muchos de ellos avanzaron por la noche hasta la cabeza de puente sobre el río Orne. La 29.a Brigada Acorazada —la 3.a División de Carros de Combate, el Fife and Forfar y el 23.° de Húsares— era la primera que debía beneficiarse después de las graves pérdidas que había sufrido. Aunque 4O2

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los británicos habían visto cómo quedaban fuera de combate muchos de sus tanques, la mayoría de los tripulantes de los carros blindados habían conseguido salvarse relativamente con pocos heridos. Fueron concentrados en la cabeza de puente sobre el Orne a la espera de que les asignaran un nuevo tanque. Pero en lo que podríamos calificar de cruel ironía, al final la Luftwaffe se atrevió a realizar una incursión aérea, y muchos de los que ese día habían logrado sobrevivir acabaron heridos o muertos.

Por su parte, los equipos alemanes de recuperación de tanques remolcaron los vehículos dañados hasta los talleres secretos que tenían instalados en el

bosque de Cingláis. Conscientes de las pocas reservas con las que podían contar, sus mecánicos trabajaron con gran dedicación e ingenio, y volvieron a poner en funcionamiento todos los tanques que les fue posible. «Hacíamos la guerra del pobre», escribiría Eberbach.37

En el flanco oriental, la 3.a División de Infantería británica se había visto obligada a detener su avance tras encontrarse con una resistencia mucho más fuerte de lo esperado. Se trataba de uno de aquellos objetivos de los bombarderos que no habían sido destruidos. Sin embargo, una parte de la división consiguió abrirse paso por el extremo sur del bosque de Bavent y llegar a las puertas de Troarn al caer la noche. Tras los combates de ese día, la situación de la 346.a División de Infantería alemana era tan precaria que el general Eberbach comenzó a mostrar una gran preocupación; una preocupación que fue en aumento por la brecha que se había abierto entre Troarn y Emiéville,

.que, afortunadamente para él, había pasado inobservada a los británicos.

«El enemigo no tenía más que avanzar en esa dirección, y luego se produciría la embestida. Pasábamos por muy malos momentos.»38

A las 17:45 mandó a la 12.a División Acorazada de la SS Hitler Jugend a llenar ese hueco en el frente. Pero apenas quince minutos más tarde, Eberbach recibió la noticia de que la Hitler Jugend había sido atacada por los cazabombarderos aliados y había perdido diez tanques.39 Al caer la noche, según Eberbach, «los británicos seguían sin moverse, como si se hubiera producido un milagro».40 La Hitler Goodwood 403

Jugend pudo llenar el hueco, y el frente de Eberbach volvió a ser una línea continua, pero frágil y delgada.

Al día siguiente, 19 de julio, las divisiones británicas lanzaron nuevos ataques, pero ninguno de ellos particularmente duro. El cielo se nubló y empezó a llover, de modo que los Typhhoon brillaron por su ausencia. Se tomaron unas cuantas aldeas, pero la cota de Bourgébous siguió prácticamente en manos de los alemanes. Las baterías de cañones de 88 mm instaladas en ella continuaron bombardeando los tanques con facilidad. Los alemanes pudieron traer tropas de la retaguardia en sustitución de las bajas, así como otras divisiones para reforzar el frente. Su 2.a División Acorazada, que se encontraba al otro lado de la línea divisoria entre los ejércitos británico y americano, se dirigió hacia el este para reforzar el flanco izquierdo de la Panzergruppe West, y la 116.a División Acorazada comenzó a avanzar desde Amiens. El único efecto importante verdaderamente positivo que tendría la Operación Goodwood sería que Eberbach y Kluge acabarían convencidos de que la gran ofensiva en Normandía iba a producirse en el frente británico con el objetivo de avanzar hacia París. Al

cabo de unos días, los mensajes interceptados por Ultra pondrían de manifiesto esta idea que tenían los alemanes. El mariscal Brooke voló a Francia al mediodía, en parte para resolver un ridículo litigio con Churchill, que estaba convencido de que Monty pretendía impedir que visitase Francia. Cuando se entrevistó

con Montgomery después del almuerzo, «lo vio en gran forma y feliz por su triunfo en el este de Caen».41 Tal vez Montgomery estuviera haciendo simplemente de tripas corazón. El abismo existente entre sus declaraciones antes de comenzar la operación, y la realidad de la situación que se puso de manifiesto tras dar su conferencia de prensa, estaba convirtiéndose en un grave apuro para él.

El día previo a la batalla, se había hablado a los corresponsales de guerra de una «embestida a la rusa» que podría llevar al 2.° Ejército a avanzar entre ciento cincuenta y doscientos kilómetros. Varios de los periodistas presentes señalaron que eso significaba llegar a París. Cuando dos días más tarde el mismo coronel tuvo que reconocer que la ofensiva había quedado estancada, se levantaron muchos gritos de 404

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protesta. El oficial intentó explicar la inesperada aparición de tanques Tiger y Sherman, y que el general Montgomery había recibido órdenes estrictas de las más altas instancias de no poner en peligro el éxito de la operación. Nadie creyó esas declaraciones.

Al día siguiente se recurrió al general de brigada Alfred Neville del XXI Grupo de Ejército para aplacar el enfado de los periodistas. El alto oficial intentó ofrecer una perspectiva positiva de lo que se había conseguido. El 2.° Ejército había ocupado el sector sur de Caen y controlaba ahora una importantísima red de comunicaciones. Pero a continuación declaró que el objetivo no había sido nunca abrir una brecha en las posiciones alemanas, sino simplemente penetrarlas. Los periodistas le echaron en cara que sus palabras distaban mucho de lo que se les había explicado antes de lanzar la ofensiva. Al día siguiente, el jefe del Estado Mayor de Dempsey intentó exponer de nuevo cuál era la situación, pero esta vez utilizando una jerga militar incomprensible. Un corresponsal americano provocó grandes carcajadas cuando pidió una traducción del informe.42

El 20 de julio amaneció con un calor insoportable, y luego se puso a llover con fuerza de nuevo. Con aquel diluvio el polvo se convirtió en barro, y las trincheras se llenaron de agua. Las orugas de los tanques se hundían casi medio metro en el barro. Las condiciones eran tan horribles que supusieron la excusa perfecta para dar por terminada oficialmente la Operación Goodwood.

Para las tropas que habían participado en ella, aquello representó una amarga decepción después de tantas promesas. Un oficial de infantería integrado en la 7.a División Acorazada estuvo al vivaque con su batallón cerca de Demouville en «un campo sembrado de alemanes muertos». «Los cadáveres estaban cubiertos de enjambres de moscas. Los gusanos asomaban por las heridas abiertas. Era nauseabundo, pero no pude apartar los ojos de un muchacho que apenas había cumplido los dieciséis; no tenía ni barba, sólo pelusa. Sus ojos abiertos parecían mirar al infinito, sus dientes al descubierto indicaban una muerte agónica. El chico no habría dudado en disparar contra mí; sin embargo, me embargó la tristeza.*

.»43

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Para algunos la tensión había sido demasiada. El jefe de escuadrón de la 3.a de Carros de Combate contó que tres sargentos veteranos pidieron ser relevados de misiones con blindados. «Llega un momento en el que el pozo del valor se seca», comentó.44 Las tripulaciones de tanques de otras formaciones quedaron impactadas también por las pérdidas sufridas por la 11.a División Acorazada. «O

bien fueron fruto de una manera incompetente de conducir la operación por parte de los altos mandos», escribió en su diario el comandante Julius Neave del 13.°/18.° de Húsares, «o bien de unas pésimas "dotes de adivino". Tal vez pensaran que sólo había una fina corteza, y que una vez traspasada ésta, ya estaba todo hecho. Sin embargo, me parece monstruoso que una división que ha sido entrenada durante tres años

—y al máximo nivel— pierda dos terceras partes de sus tanques en su segunda batalla.»45

El único consuelo durante aquel diluvio era poder permanecer relativamente secos dentro de los tanques o debajo de la lona alquitranada que extendían a uno de sus lados. «A Dios gracias que no soy un soldado de infantería que tiene que elegir entre estar «al seco» sobre la superficie o esquivar el impacto de los morteros saltando a una trinchera con un metro de agua», escribió el comandante Neave. La unidad sanitaria de campaña de la 3.a División de Infantería tenía su base en Escoville, cerca del problemático campo de minas.

«Llovía a cántaros y había una verdadera plaga de mosquitos, y te levantabas por la mañana con la cara llena de ronchas», escribió uno de sus médicos. «Fue allí donde tuvimos muchísimos casos de fatiga

[de combate]. Algunos de nuestros hombres se contagiaron, y eso sí que fue muy preocupante. Más tarde empezó a dar la sensación de que estábamos gafados, porque los heridos llegaban en bastante buena forma y de pronto, sin

razón aparente, empezaban a decaer y a apagarse. Y murieron más en nuestras manos que en otro lugar.»46

Entre británicos y canadienses las bajas ascendieron en aquella breve operación a 5.537. Esta cifra elevaba las pérdidas de estos dos contingentes en Normandía a un total de 52.165 hombres.47 Goodwood había fracasado por una combinación de razones. Había habido falta 4o6

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de claridad por parte de los cerebros que había detrás de la operación y falta de franqueza en las reuniones y sesiones informativas. Mientras Dempsey seguía soñando con romper la línea del frente enemigo, Montgomery no había dejado de presionar a O'Connor, recordándole que debía proceder con suma cautela.

Pero una carga a medias estaba prácticamente condenada a perder un mayor número de tanques que un ataque firme y decidido. El mayor error de O'Connor no fue admitir que nunca habrían debido confiar en que iban a ser capaces de ocultar a los alemanes la operación. Habrían tenido que limpiar todo el campo de minas. Sólo entonces, con un avance muy acelerado, habrían podido aprovechar al máximo el estado de conmoción provocado por los bombarderos pesados entre las filas enemigas. A pesar de su intensidad, los bombardeos fueron mucho menos efectivos de lo que se había imaginado. Los oficiales del Ejército de Tierra se quejaron después a la RAF de que habrían debido lanzarse más bombas en la cota de Bourgébus, y menos en los objetivos más cercanos, pero este error en la lista de prioridades fue culpa en gran medida del personal de los servicios de inteligencia militares.48 Por su parte, la RAF estaba furibunda. Tedder, Harris y Coningham se sentían engañados por Montgomery.

Monty había prometido llevar a cabo un espectacular avance con tal de asegurarse el apoyo de los escuadrones de bombarderos pesados, pero en su fuero interno sabía que iba a lanzar una ofensiva muy limitada. Ese enfado seguiría enfrentándolos mucho tiempo después de acabada la guerra. «Se le recordó al general Montgomery», dice la versión de los primeros, «que las Fuerzas Aéreas confiaban en la rápida conquista de territorio más allá de Caen, pero a los pocos días parecía aceptar la situación con una especie de complacencia».49

Liddell-Hart, sin embargo, temía que el problema fuera más fundamental.

Consideraba que había habido «una decadencia nacional en cuanto a audacia e iniciativa». El cansancio de la guerra había fomentado una actitud de «dejar que la máquina gane la batalla». Los británicos eran obstinados en la defensa, como reconocían los alemanes en sus informes. Pero había lo que Liddell-Hart definía como

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