El Dia D
Capítulo 21
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
Operación Cobra: la gran ofensiva
El 21 de julio, los alemanes interceptaron un mensaje por radio en el que se convocaba a los altos mandos norteamericanos a una reunión de jefes.1 Este hecho vino a confirmar sus sospechas de que el l.er Ejército estadounidense se preparaba para llevar a cabo una ofensiva a gran escala, pero seguían sin saber dónde. Tras los duros combates en Saint-Ló, el Oberstgruppenführer Hausser esperaba que se produjera un avance hacia el suroeste por el valle del Vire desde Saint-Ló hasta Torigni. El mariscal Von Kluge, por su parte, estaba convencido de que el principal ataque en Normandía iba a venir de nuevo de los británicos en el frente de Caen. En el mundo en la sombra de las interceptaciones de las transmisiones radiotelegráficas, los aliados gozaban de una enorme ventaja. El general Bradley sabía por Ultra que las fuerzas alemanas, excesivamente
presionadas, estaban a punto de sucumbir. El momento de la gran ofensiva por fin había llegado.
Las fuerzas de Bradley habían alcanzado el largo tramo recto de carretera que iba desde Lessay, en la costa oeste, a Périers y Saint-Ló, la línea desde la que iba a lanzarse la Operación Cobra. El único problema se encontraba en el sector de Lessay. El 22 de julio, los alemanes habían lanzado un repentino ataque y la infortunada 90.a División americana, que había continuado su espiral descendente debido a las bajas sufridas por la oficialidad, se llevó la peor parte.
«Una unidad se entregó al enemigo», afirmaba el informe, «y casi todas las restantes
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se desmoronaron y se retiraron desordenadamente».2 Patrón anotó en su diario que «un batallón de la 90.a División se ha comportado hoy de forma realmente vergonzosa», y que el comandante de la división habría debido ser relevado del mando.3
La Operación Cobra se retrasó varios días debido a las copiosas lluvias que empezaron a caer el día 20 de julio, y porque el cielo siguió muy nublado algún tiempo. Los chaparrones habían sido tan intensos que las cajas de raciones K usadas por los soldados para alinear sus trincheras se desintegraron formando una especie de papilla irreconocible.
Al igual que los británicos y los canadienses, los americanos también eran atormentados por los mosquitos. A muchos la demora les resultaba demasiado pesada. Un oficial de la 3.a División Acorazada se expresaba en términos más filosóficos. «En un noventa por ciento la guerra consiste en esperar», escribió en su diario, «cosa que no está tan mal mientras siga habiendo material de lectura».4 Pero el general de brigada Maurice Rose, que se revelaría uno de los mejores comandantes de blindados del ejército americano, no malgastó los días de mal tiempo. Antes bien, los utilizó para llevar a cabo un entrenamiento intensivo con sus equipos de infantería de tanques. Bradley necesitaba buena visibilidad. Estaba decidido a romper el frente enemigo con los bombarderos pesados, pero quería evitar el gran error cometido durante la Operación Goodwood, en la que el avance no se había producido con la rapidez suficiente para aprovechar la conmoción provocada por los bombarderos. Bradley voló a Inglaterra el 19 de julio para estudiar el plan de bombardeo con los comandantes de las fuerzas
aéreas. Sólo quería emplear bombas ligeras, para impedir que se produjeran profundos socavones que ralenti-zaran el avance de sus fuerzas acorazadas.
La zona designada para el bombardeo de saturación debía ser un rectángulo a lo largo del lado sur de la carretera Périers-Saint-Ló.
Los jefazos del Aire accedieron a las peticiones de Bradley, pero dejaron bien claro que no podrían atacar siguiendo la línea de la carretera.*
Habrían debido irrumpir desde el norte sobrevolando a un ejér-* Un bombardeo lateral habría significado abordar el lado más estrecho de la zona marcada como objetivo. Para ello habrían tenido que atacar en una formación 432
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cito que estaba sobre aviso y los esperaba, y no como lo habían hecho en Omaha. Pensaban asimismo que el hecho de retirar las tropas de vanguardia sólo un kilómetro, como proponía Bradley para asegurar un aprovechamiento rápido de la acción, no proporcionaría un margen suficiente de seguridad. El ejército y la fuerza aérea regatearon sobre este punto y se pusieron de acuerdo en efectuar una retirada de 1.200
m. Los informes meteorológicos indicaban que el cielo estaría lo suficientemente claro a mediodía del 24 de julio, y se fijó las 13:00 como hora H.
El mariscal del Aire Leigh-Mallory se había trasladado a Nor-mandía para observar en persona la operación. A mediodía el cielo todavía no estaba despejado, tal como había sido pronosticado. Leigh-Mallory decidió entonces que la visibilidad no era lo bastante buena. Envió un mensaje por radio a Inglaterra para posponer el ataque hasta el día siguiente, pero los bombarderos ya habían despegado. Se dio la orden de abortar la misión, pero a la mayoría de las tropas que estaban esperando el ataque no se les dijo nada. Los periodistas y los oficiales de los ejércitos aliados, incluido el Ejército Rojo, habían sido invitados a los puestos de mando avanzados para que tuvieran una buena visión del espectáculo. «Los observadores andaban por ahí sin hacer nada, se movían con nerviosismo, contaban chistes, y esperaban», anotó un oficial de la 4.a División de Infantería.5
La mayoría de los aparatos recibieron la orden a tiempo y dieron media vuelta. Algunos lanzaron sus bombas al sur de la carretera, tal como había sido planeado, pero en el primer avión de una escuadrilla, un bombardero tuvo problemas con el mecanismo de lanzamiento y dejó caer accidentalmente su carga a más de un kilómetro al norte de la carretera
Périers-Saint-Ló. El resto de la escuadrilla pensó que se trataba de la señal convenida y lanzó también la suya. Los soldados de la 3.a División situados debajo no estaban en sus trincheras. Andaban ociosos o estaban sentados sobre sus vehículos, y no se fijaron en los bombarderos que los sobrevolaban. De repente oyeron el «característico susurro en el cielo» que indicaba que había sido lanzado muy limitada. Habría expuesto, además, sus aparatos al fuego de las baterías antiaéreas a lo largo de todo el frente alemán.
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un gran número de bombas.6 Salieron corriendo en todas direcciones intentando encontrar dónde cubrirse. Murieron veinticinco hombres y resultaron heridos 131.7 El general Bradley se puso hecho una furia. Se había convencido a sí mismo de que los mandos de la aviación habían accedido a su petición de efectuar el ataque a lo largo de la línea marcada por la carretera, y no en perpendicular al objetivo. Había que tomar rápidamente una decisión, si se quería lanzar la Operación Cobra al día siguiente. Los altos mandos de la fuerza aérea insistieron en que todos debían seguir el mismo enfoque, de lo contrario se produciría una nueva demora. Bradley pensó que no tenía más remedio que darles la razón.
Un número aún mayor de observadores se había reunido en el cuartel general del VII Cuerpo de Collins para contemplar «el gran espectáculo».
Los periodistas, impacientes se empujaban unos a otros mientras esperaban.
El corresponsal de guerra soviético, coronel Kraminov, que tenía siempre una palabra mordaz para casi todo el mundo, describió a Ernest Hemingway diciendo que miraba a todos por encima del hombro. «Aquel knickerbocker pelirrojo y rimbombante», añadió, «contaba anécdotas tan aburridas como sus numerosas y superficiales obras».8 Cuando el general Bradley terminó su informe para los corresponsales, los oficiales del Estado Mayor continuaron dando explicaciones. «No se trata de un ataque con un objetivo limitado. Eso es. Se trata de la gran ofensiva». No se aludió en ningún momento a las bajas producidas por sus propias bombas.
Una misión militar soviética procedente de Londres estaba visitando también por aquel entonces al l.er Ejército estadounidense. El general Hodges llegó al V Cuerpo de Gerow con un grupo de oficiales soviéticos vistiendo unos pantalones con raya roja y charreteras doradas. Los oficiales del Ejército Rojo se mostraron muy interesados por todo lo que veían y preguntaron por los soldados enemigos capturados. Se «pusieron perceptiblemente rígidos», sin embargo, cuando un miembro del cuartel general de Gerow dijo: «No valían gran cosa; eran polacos y rusos».
Probablemente no fuera el desdén por sus cualidades militares lo que les disgustó, sino la forma de recordarles que casi un millón de antiguos soldados del Ejército Rojo Operación Cobra: la gran ofensiva 435
prestaba servicio con uniforme de la Wehrmacht bajo distintos grados de coacción.*9
El teniente general Leslie J. McNair, comandante de las fuerzas de Tierra, era otro de los observadores. Su visita al frente había sido mantenida en secreto porque debía suceder a Patton como comandante en jefe del I Grupo de Ejército norteamericano, totalmente ficticio, que amenazaba al paso de Calais.** McNair se encontraba en el cuartel general de la 30.a División, pero entonces decidió trasladarse al 120.° Regimiento de Infantería para contemplar el bombardeo desde primera línea. Un presagio siniestro tuvo lugar justo antes del ataque. De repente los alemanes dispararon una salva de artillería certera y rápida. Dos soldados americanos de la 30.a División, que habían salido corriendo en direcciones distintas para lanzarse a la misma trinchera en busca de protección, se clavaron uno a otro la bayoneta. Un sanitario fue corriendo a prestarles ayuda y les vendó las heridas.10 Poco después, el general McNair, que tuvo noticia de este insólito accidente, mandó
llamar al sanitario para preguntarle por el suceso. Pero esta misma desgracia estaba a punto de repetirse a una escala mucho mayor. Aquella mañana, 25 de julio, la hora H estaba prevista para las 11:00. El proceso de bombardeo se repitió. El rugido de los primeros cazabombarderos se oyó llegar a la 09:40, justo a la hora prevista. Durante los veinte minutos siguientes distintas escuadrillas, en sucesivas oleadas, bombardearon sus objetivos situados entre el frente y
* El gobierno de Stalin era sumamente sensible a esta cuestión. El embajador soviético en Washington presentó una queja oficial cuando las anécdotas acerca de los antiguos soldados del Ejército Rojo que luchaban para los alemanes fueron presentadas por los corresponsales de Associated Press y United Press en Normandía. Véanse las cartas de Eisenhower de 26
y 27 de julio, PDDE III, pp. 2031 y 2032.
** Tres días después, el 28 de julio, los alemanes se dieron cuenta por ciertos documentos que lograron capturar, de que el 2° Ejército americano ya había pasado a Francia, pero el Estado Mayor que dirigía la Operación Fortitude ya estaba preparado para la eventualidad de que se produjera la filtración de este detalle. A través de sus agentes, habían engrosado la fuerza de invasión ficticia con un nuevo Grupo de Ejército y con el llamado
«14.° Ejército estadounidense». TNA FIW 40/6. 436
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la carretera Périers-Saint-Ló, con gran precisión. Los soldados, unos sentados y otros de pie sobre sus vehículos, saludaron con gestos y vítores la llegada de los aviones. Luego, antes incluso de que el ruido de los motores de los Thunderbolt se disipara, pudo oírse el constante rugido de los bombarderos pesados que venían desde atrás, y todos pudieron ver cómo se aproximaban en formación mil B-17 Flying Fortresses y B-24
Liberators.
Parece que a nadie se le había ocurrido pensar que las cosas pudieran salir mal por segunda vez. El general McNair había dejado su coche oficial detrás de un tanque y se adelantó un poco a pie para gozar de una vista mejor. Soplaba una brisa del sur, cuyo efecto no se había tenido en cuenta.
Las primeras bombas fueron lanzadas sobre el objetivo, pero el viento alejó el humo y el polvo hacia el norte, más allá de la carretera Périers-Saint-Lo, de modo que las siguientes oleadas de bombarderos empezaron a lanzar su cargamento antes de la zona marcada. Las compañías más adelantadas se dieron cuenta del peligro y lanzaron granadas de humo naranja como señal de advertencia, pero la cantidad de humo y de polvo era tal que las tapó por completo. Entre las fuerzas de tierra y los bombarderos pesados no había comunicación por radio.
Los tripulantes de los tanques se metieron a toda prisa en sus vehículos y cerraron las escotillas, pero la infantería y el general McNair quedaron totalmente al descubierto. En los regimientos de infantería más avanzados se produjeron en total 101 muertos y 463 heridos. Uno de los médicos que fue a prestar ayuda se sorprendió al constatar que «las caras de los muertos seguían sonrosadas».11 Presumiblemente se debiera a que murieron como consecuencia de la explosión y no de las heridas de metralla.
McNair fue una de las víctimas. Su cadáver fue trasladado a un hospital de campaña y todo el personal del mismo juró guardar el secreto. Al margen de las bajas sufridas, el efecto de aquel segundo error sobre los hombres que se encontraban a punto de lanzar la ofensiva fue devastador. Un teniente recordaba que sus hombres quedaron enterrados en sus trincheras.
«En muchos casos sólo asomaba entre los escombros un brazo o una pierna, y hubo que desenterrarlos.»12 La 4.a División de Infantería comunicó que
«todos los soldados y oficiales Operación Cobra: la gran ofensiva 437
que fueron bombardeados fueron testigos de la terrible conmoción que supuso la experiencia. Muchos hombres se quedaron confusos durante un
rato, mirando con los ojos ausentes e incapaces de entender cuando les preguntaban».13 En la 30.a División, hubo 164 hombres que tuvieron que ser evacuados víctimas de fatiga de combate como consecuencia del incidente.
Las compañías que habían sufrido el bombardeo esperaban que la hora H se pospusiera tras lo ocurrido, pero Bradley insistió en que la operación diera comienzo de inmediato. Su actitud suponía un optimismo excesivo, dadas las circunstancias. Aparte del shock sufrido, los tanques que debían acompañar el avance de la infantería se habían replegado durante el bombardeo y habían perdido contacto con ella. Los alemanes, que habían sufrido de lleno la embestida del bombardeo, se
hallaban
en
una
situación
mucho
peor.
La
Panzer-Lehr-Di-vision de Bayerlein y la 275.a División de Infantería se hallaban en el ojo del huracán. La Panzer Lehr había sufrido graves daños el día anterior, a pesar de que el bombardeo había sido muy limitado, y la artillería alemana había utilizado una gran proporción de su reducida provisión de municiones, dando por supuesto que se trataba del ataque principal. Bayerlein había replegado el grueso de sus fuerzas, lo que las situó justo en la zona marcada como objetivo para el día 25. Algunos mandos alemanes creían incluso que habían logrado repeler el ataque abortado, de modo que el retraso de un día vino a confundir aún más al enemigo y no desenmascaró el plan de los americanos. Kluge pensó incluso que el bombardeo del día 24 quizá fuera una táctica de diversión para ocultar una gran ofensiva de los británicos. Inmediatamente se trasladó al frente a visitar a la Panzergruppe West y discutió la situación con el general Eberbach.
Sus sospechas parecieron confirmarse porque Montgomery, con un sentido de la oportunidad perfecto, lanzó la Operación Spring al amanecer del día siguiente, justo cuatro horas antes de que empezara en serio la Operación Cobra. Fue el intento de tomar la cresta de Verriéres, junto a la
carretera Caen-Falaise, que llevó a cabo el II Cuerpo canadiense. Aunque la ofensiva fracasó estrepitosamente, lo 438
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cierto es que no habría podido tener mejores consecuencias. Kluge se convenció aún más de que Falaise era el objetivo fundamental de los aliados. Así pues, no accedió a trasladar dos divisiones acorzadas del sector británico al americano hasta más de veinticuatro horas después del lanzamiento de la Operación Cobra y todas estas fuerzas tardaron en llegar al frente otros dos días.* La Operación Goodwood y la Operación Spring lograron, pues, el principal objetivo de Montgomery, aunque ni una ni otra consiguió ningún hito importante.**14
El bombardeo en toda regla del 25 de julio tuvo un efecto devastador sobre los soldados y los vehículos alemanes. «Todo el lugar parecía un paisaje lunar; todo estaba quemado y reventado», escribió Bayerlein.
«Resultaba imposible poner en marcha los vehículos o recuperar los que habían sido dañados. Los supervivientes estaban como locos y no eran de ninguna utilidad. No creo que el infierno pueda ser peor de lo que hemos visto aquí.»15 Bayerlein, que era propenso a la exageración, afirmó al principio que la Panzer-Lehr-Division había perdido 35 tanques, 15 cañones de asalto y 2.000 hombres. Luego revisó esas cifras y dijo que habían sido 25 tanques, 10 cañones de asalto y casi 1.000 hombres.16 Un regimiento paracaidista de su sector fue también aniquilado. En cualquier caso, no cabe duda de la conmoción que debió de suponer. Un médico americano anotó en su diario que
«muchos [de los prisioneros capturados] apenas podían balbucir, estaban como atontados».17
Un oficial de artillería americano que se internó en la zona marcada como objetivo observó que «al término de esta gran operación
* Patton e incluso Bradley estaban convencidos de que los alemanes habían trasladado dos divisiones acorazadas antes de que comenzara la Operación Cobra. Las fuentes alemanas revelan que no fue así. Bradley, p.
341.
** El oficial de enlace personal de Montgomery con el ejército norteamericano observaría más tarde que «la retirada de los acorazados alemanes y el lanzamiento de la Operación Cobra puso fin a los intentos, sobre todo por parte de Tedder, de que Churchill y Ike reemplazaran a Monty». Coronel Thomas Bigland, oficial de enlace con el l.er Ejército
americano, por entonces XII Grupo de Ejército, SWWEC 99-10. Operación Cobra: la gran ofensiva
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de bombardeo la tierra parecía como si hubiera sido surcada por un arado. Dentro de un área de varios kilómetros cuadrados, no podía verse prácticamente a ningún ser humano o animal vivo y había toda clase de camiones, cañones y máquinas de todo tipo en absoluto desorden sobre el suelo cubierto de profundas cicatrices».18 En algunos casos los tanques Panther habían volcado y se apoyaban en su caparazón como si fueran tortugas. Varios días después del ataque, Patton sobrevoló el sector correspondiente a la Operación Cobra a unos mil metros de altura en un avión de observación. Incluso allí arriba, el hedor de las vacas muertas resultaba insoportable.
Sin embargo, no había sido eliminada toda la resistencia. La 4.a División de Infantería comenzó su avance mientras esperaba que sus tanques la alcanzaran. Tras los primeros setecientos metros, se encontró con las posiciones alemanas, que contaban con el apoyo de tranques escondidos en un sendero hundido entre los setos. Los grupos de bazookas dejaron fuera de combate los tanques, que quizá estuvieran estropeados, y acribillaron al grupo de alemanes que les salió
al encuentro junto al seto. «El resto se apelotonaron en un rincón del seto y se pusieron a gritar: "Kamerad!"» Uno de los jefes del pelotón se adelantó y les hizo señas de que se acercaran. Mientras lo hacía, alguien le pegó un tiro. El otro jefe del pelotón se adelantó también, pero fue alcanzado por una granada. No podíamos ver de qué parte de la posición enemiga procedía el fuego y no podíamos poner en peligro a nadie más, así que abatimos a balazos a los alemanes que se querían rendir.»19
La 4.a División de Infantería no consiguió avanzar más de dos kilómetros aproximadamente. «El resultado del primer día no puede decirse que fuera una verdadera ofensiva general», reconocía el cuartel general de la unidad.20 La 9.a División, a su derecha, y la 30.a, a su izquierda, no hicieron mucho más. Se generalizó la sensación de que el bombardeo había resultado profundamente decepcionante. Tanto los mandos como las tropas se mostraban extremadamente cautelosos, en parte a consecuencia de las largas semanas de combate en el bocage. El comandante del cuerpo, el general Collins, tomó entonces una decisión muy audaz. El 26 de julio acordó sacar a las divisiones acorazadas antes de lo previsto.
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Ese día, los alemanes enviaron sus últimas reservas a La-Chapelle-en-Juger, pero fueron víctima de los ataques de los cazabombarderos. No tardó en quedar patente que el sector comprendido entre la 4.a y la 9.a División estaba prácticamente abierto. Choltitz y Hausser no comprendieron el verdadero alcance del peligro, sobre todo porque los bombardeos habían destruido muchas líneas telefónicas y telegráficas.
Por el centro, la 4.a División de Infantería avanzaba ahora sin problema.
«La eficacia del bombardeo seguía siendo evidente», comunicó la división.
«Aunque ya había pasado un día, muchos alemanes seguían pareciendo turbados. Fueron capturados muchos prisioneros y daba la sensación de que estaban totalmente abatidos.»21 En una ocasión, tres tanques Panther fueron rodeados por la infantería y sus tripulaciones se rindieron. A una unidad le hizo mucha gracia descubrir en un tanque abandonado por la Panzer-Lehr-Division «toda una colección de ropa de mujer, incluidas medias de seda y bragas».22
En el flanco este, tras recuperarse notablemente bien del bombardeo accidental sufrido el día anterior, la 30.a División hizo frente a duros combates en torno a Hébécrevon, al noroeste de Saint-Ló. Pero luego la resistencia alemana empezó a venirse abajo rápidamente. La mañana del 26
de julio, Collins ordenó que la 1.a División, junto con un comando de combate de la 3.a División Acorazada, arremetiera por la derecha. Mientras tanto, el comando de combate del general de brigada Rose, de la 2.a División Acorazada, debía atacar por la izquierda, primero junto con la 30.a División, y luego avanzando solo hacia el sur en dirección a Saint-Gilíes. El entrenamiento intensivo realizado previamente por Rose para «armonizar»
a la infantería y a los blindados en una táctica conjunta surtió efecto.
Tenía al 22.° Regimiento de Infantería de la 4.a División para tripular los tanques, ocho hombres por cada Sherman, y cuatro por cada tanque ligero.
El tercer batallón venía detrás en camiones. Los socavones provocados en las carreteras por los bombardeos aéreos y por la artillería los obligaban a entretenerse a veces, y cuando encontraban alguna resistencia, la infantería se apeaba de los vehículos. Avanzaban arrastrándose por el suelo para localizar los carros blindados enemigos, tarea facilitada en gran medida por la costumbre de los alemanes de dejar los motores de sus tanques encendidos. La infantería indi- Operación Cobra: la gran ofensiva 441
caba entonces su posición a sus blindados, que procedían a entablar combate con ellos. Consciente de que el principal problema iba a ser el reavituallamiento, Rose había ordenado que se cargara en los tanques el doble de raciones de comida, de granadas y de bandoleras de balas de fusil para la infantería.
La 2.a División Acorazada, orgullosamente conocida como «el Infierno sobre Ruedas», había sido organizada por el propio general Patton. Se jactaba de ser una formación de grandes bebedores y grandes combatientes.
Esos tankers adoptaban aires de superioridad con la infantería, a cuyos integrantes llamaban los «doughs», y el espíritu de temeridad de Patton se reflejaba también en su gusto por el juego. Un oficial reconocía que eran
«pero que muy aficionados al saqueo».23 Las tropas encargadas de tripular los tanques en todos los ejércitos suelen ser los peores saqueadores, aunque sólo sea porque son los primeros que entran en acción con la infantería, pero tienen más oportunidades que ésta de esconder el botín. Otro oficial observaba, en cambio, que pocos de sus hombres perdían el control en la batalla. «El número de individuos a los que les gusta matar es afortunadamente muy pequeño», escribía. «Son traicioneros y desmañados y es peligroso tenerlos cerca.»24 En cualquier caso, la profesionalidad y la actitud chovinista de la 2.a División Acorazada era exactamente lo que se necesitaba para aprovechar la oportunidad proporcionada por la Operación Cobra.
La marcha de los tanques cargados con la infantería, que se vio ralentizada por los setos y los socavones, alcanzó una media de aproximadamente un kilómetro y medio por hora, pero con todo era un avance incomparablemente más rápido que el de las semanas anteriores, durante los combates en el bocage. El 22.° Regimiento de Infantería se apeó de los vehículos para despejar la pequeña localidad de Saint-Gilíes, en la carretera Coutances-Saint-Ló. Cuando los tanques se dirigían al sur para abandonar el pueblo, pasaron ante el
«soldado De Castro, que yacía junto a la carretera gravemente herido.
Tenía el pie derecho casi cercenado por encima del tobillo, colgando sólo del tendón. En el hombro derecho se le veía además un corte terrible.
Cuando pasamos ante él, intentó incorporarse, agitó el brazo izquierdo y dijo: "¡A por ellos, chicos!"».25
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Una vez que la columna de blindados de Rose salió de la zona bombardeada y pasó Saint-Gilíes, la velocidad de avance aumentó, aunque ya había caído la noche. Rose no vio motivo para detenerse durante las horas de oscuridad. Sus acorazados rebasaron las posiciones alemanas.
Algunos vehículos enemigos, pensando que la columna quizá fuera una de sus unidades en retirada, se unieron a ella y enseguida fueron capturados.
En la carretera al sur de Canisy, los Sher-man de Rose volaron unos semiorugas alemanes que para su defensa no llevaban más armamento pesado que una ametralladora. Canisy estaba en llamas, tras ser bombardeada por los P-47
Thunderbolt. La columna de blindados tardó en atravesar aquel montón de ruinas. En el castillo de la localidad encontraron un hospital de campaña alemán en el que capturaron a los soldados heridos, a los médicos y a las enfermeras. Rose no quería perder tiempo. Ordenó a sus hombres proseguir hacia Le-Mesnil-Herman, a más de doce kilómetros al sur de Saint-Ló. Por el flanco derecho, la 1.a División de Infantería y el Comando de Combate A de la 3.a División Acorazada, a las órdenes del general de brigada Doyle O.
Hickey, lanzaron un ataque hacia el sur. Localizaron un cañón de asalto y un tanque Mark IV en Montreuil-sur-Luzon. Comunicaron la noticia por radio a una escuadrilla de P-47 Thunderbolt, que se precipitó sobre el cañón de asalto en vuelo rasante y lo destruyó. La tripulación del tanque saltó del vehículo y huyó a la carrera.26
Cada comando de combate disponía de un destacamento de apoyo aéreo que iba en unos tanques proporcionados por orden de Brad-ley a los oficiales de enlace de la fuerza aérea. Se había establecido una relación de trabajo extraordinariamente eficaz con el teniente general Elwood R.
Quesada, jefe del 9.° Comando Táctico Aéreo. A diferencia de la mayor parte de los militares de aviación, Pete Quesada, de cuarenta años de edad, sentía un verdadero entusiasmo por el papel del ataque por tierra. Se creó así la base para el sistema de «cobertura de columnas de blindados», en el que había siempre a mano escuadrillas de cazabombarderos que se relevaban constantemente encargados
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de prestar apoyo aéreo, como en el sistema de reserva de Typhons que operaba con el 2.° Ejército británico. Aquel día, los cazabombarderos de Quesada salieron con todos sus efectivos. Un comandante alemán se quejó
amargamente de que los tenían «ahí arriba, como halcones acechando cualquier movimiento en tierra para lanzarse al ataque».27
El comando de combate de Hickey y la 1.a División prosiguieron hacia el sur hasta Marigny, seis kilómetros más allá de la carretera Périers-Saint-Ló. A las 13:00 del 26 de julio, el piloto de un Piper Cub comunicó la presencia de «tanques amigos» en Marigny.28 Pero la ciudad no cayó inmediatamente. Las calles estaban bloqueadas por los escombros y las paredes de las casas en llamas se venían abajo. Los americanos hicieron casi doscientos prisioneros alemanes, muchos de ellos reemplazos que acababan de llegar de sus batallones de adiestramiento. «Un soldado veterano», comentó el teniente Schneider, que fue capturado entre ellos, «es el que lleva en este sector desde el domingo». Al anochecer, Marigny había quedado completamente asegurada. Las bajas de los americanos habían sido muy pocas. Un batallón comunicó que sólo había tenido una docena de heridos en todo el día.
Por fortuna para las unidades de tanques americanos, entre los alemanes habían empezado a escasear las bombas de 88 mm, como reveló un mensaje interceptado por Ultra a primera hora del 26 de julio. Otra interceptación de Ultra obtenida ese mismo día informó de que los alemanes seguían creyendo que la ofensiva principal iba venir desde el frente de Caen y no desde el oeste, bajando por la costa del Atlántico. Choltitz, cada vez más cerca de la crisis, empezó a replegar sus fuerzas entre Périers y la costa.
Sólo dejó atrás una pequeña pantalla protectora, que no pudo hacer gran cosa cuando la 6.a División Acorazada estadounidense entró en Lessay.
«Pasábamos por las calles en medio de la gente que nos saludaba y nos tiraba flores», comunicaba el comandante de un escuadrón de tanques, cuando de pronto los alemanes abrieron fuego con ametralladoras y metralletas.29 La 6.a División Acorazada siguió adelante por la carretera de la costa, dejando a la infantería tras de sí para despejar la zona. El general Patton, que aguardaba con impaciencia el momento en que su 3.er Ejército estuviera operativo, recibió una llamada de Brad-444
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ley diciéndole que fuera a cenar vestido con «ropa buena». Patton se sintió ligeramente desconcertado.
—Siempre visto así —fue el comentario que hizo por toda respuesta.30
En realidad Bradley no había querido decirle por teléfono el verdadero motivo de su invitación. Debían enterrar al general McNair en absoluto
secreto.
La acometida decisiva de los americanos tuvo una notable repercusión sobre la moral de los alemanes. Los soldados empezaron a hablar entre ellos de un modo en el que no se habían atrevido a hacerlo nunca hasta entonces.
Un veterano suboficial médico llamado Klein relata lo ocurrido la noche del 26 de julio, cuando recibieron la orden de abandonar su puesto de socorro al sur de Saint-Ló con 78 heridos graves, y replegarse a Vire. Gracias a él conocemos las conversaciones de los heridos mientras caminaban.
Un cabo que había obtenido la Cruz Alemana de oro por haber destruido cinco tanques en el frente oriental le comentó:
—Te diré una cosa, sanitario, esto de aquí en Normandía ya no es una guerra. El enemigo es superior en hombres y en material. A nosotros simplemente nos mandan a la muerte sin armas suficientes. Nuestro mando supremo [Hitler y el OKW] no hacen nada para ayudarnos. Ni un solo avión, munición insuficiente para la artillería... Bueno, para mí la guerra se ha acabado.
Un soldado de infantería con una herida de metralla en el hombro señaló:
—Ese pedazo de hierro que me hirió a mí ojalá le hubiera dado al Führer en la cabeza el 20 de julio; así la guerra se habría acabado ya. Otro soldado que ayudaba a Klein a llevar al herido dijo:
—No tengo consuelo. Dos hermanos míos fueron sacrificados en Stalingrado y fue en vano. Y aquí tenemos otra vez lo mismo. Los heridos más jóvenes preguntaban «si su herida era suficiente». Querían saber si los iban a mandar a casa o si simplemente eran trasladados al punto de socorro central. Los heridos leves, como los que habían perdido algún dedo o habían recibido un balazo en la pier- Operación Cobra: la gran ofensiva 445
na sin que se hubiera roto el hueso, eran enviados de nuevo al frente al cabo de cinco días.31
El 27 de julio a mediodía, Bradley dio nuevas órdenes. La Operación Cobra estaba saliendo tan bien que quería llevar a cabo un avance en toda regla hacia Avranches, la puerta de entrada a Bretaña. El comandante de las fuerzas aerotransportadas británicas, el teniente general sir Frederick Boy Browning había intentado vender a Bradley la idea de un lanzamiento de paracaidistas sobre Avranches, en la retaguardia alemana. Pero Bradley rechazó la propuesta. Un lanzamiento aéreo habría reducido muchísimo la
flexibilidad que necesitaba en una operación de ese tipo, pues habría creado el imperativo moral de relevar a la fuerza aerotransportada antes que cualquier otra cosa.32
Bradley decidió dar a Patton de forma no oficial el mando del VIII Cuerpo en el oeste, aunque el 3.er Ejército no fuera a ser operativo hasta el 1 de agosto. «Me siento mucho más contento con la guerra», anotó Patton en su diario. «Todavía puedo meterme de lleno.»33
Siguiendo los firmes preceptos de Patton, la 4.a División Acorazada de Wood y la 6.a División Acorazada de Gerow se convirtieron en las dos puntas de lanza del VIII Cuerpo.
De repente los altos mandos alemanes comprendieron la enormidad del desastre al que se enfrentaban. Su reacción había sido lenta en gran medida debido a la táctica americana de cortar todos los cables telegráficos y las líneas telefónicas. En muchos lugares, las tropas alemanes ignoraban por completo que se había producido una ofensiva. A menudo se quedaban sorprendidas cuando encontraban tropas estadounidenses muy por detrás de donde se creía que estaba la línea del frente. Algunos oficiales que iban en un Kübelwagen estuvieron a punto de chocar con una columna americana y en varias ocasiones un motociclista alemán se acercó a los vehículos americanos a ver qué era lo que estaba pasando simplemente para ser abatido a tiros. El general Meindl comunicó que el II Cuerpo Paracaidista al sur de Saint-Ló, en el valle del Vire, había quedado reducido a 3.400
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hombres. «Debido a las graves pérdidas sufridas ya no [eran] capaces de afrontar la fuerte presión de los aliados.»34 Kluge se vio así obligado a aceptar que la ofensiva americana constituía el principal peligro. Accedió a la aterrorizada petición de blindados que le hizo Hausser y ordenó el traslado de la 2.a y de la 116.a División Acorazada del frente británico al americano.
El 26 de julio por la noche, Lüttwitz fue a visitar el cuartel general de Meindl, donde se encontró con «una situación bastante confusa».35 El propio Meindl escribió que el estruendo de los obuses y de los motores de los tanques era tan grande que resultaba totalmente imposible hablar por teléfono».36 Su puesto de mando estaba escondido entre unos montones de escombros que al menos proporcionaban un buen camuflaje frente a los cazabombarderos norteamericanos. Meindl, que se irritó muchísimo al
comprobar que Lüttwitz no estaba directamente a sus órdenes, dijo que era una locura lanzar un ataque, especialmente a la luz del día. Las cosas iban tan mal que prácticamente no podían seguir así.
—¿Qué está usted pensando? —replicó Lüttwitz—. Lo único que quiero es que se encargue usted de que mi flanco derecho esté debidamente guardado durante el ataque.
Meindl contestó que le guardarían el flanco, pero que no podían seguir al ritmo de los acorazados.
Lüttwitz fue llamado entonces al cuartel general del 7.° Ejército de Hausser, a 15 km al sur de Percy. Allí fue informado por su nuevo comandante del cuerpo, el general Von Funck. Debía cruzar el Vire alrededor de Tessy, y luego avanzar hacia el noroeste para bloquear la carretera de Saint-Ló a Percy. Se trataba de la carretera por la que avanzaba la columna del general Rose. En cuanto llegara, la 116.a Panzer-Division seguiría los pasos de Lüttwitz.
Meindl, que todavía se sentía irritado, decidió hablar personalmente con el general Von Funck. De ese modo, aunque su unidad se encontraba en medio de un combate desesperado, montó en su Kübel-wagen, al
que
apodaba
su
Jaboflitzer
o
«esquiva-cazabombarderos», y siguió a Lüttwitz hasta el puesto de mando del 7.° Ejército para protestar de que la 2.a Panzer-Division no hubiera sido puesta a sus órdenes. La visita no le resultó nada bien. Durante el viaje de vuelta,
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tuvo que parar en varias ocasiones y tirarse a la cuneta debido a los ataques de los cazas americanos.
A su regreso, encontró al teniente coronel Von Kluge, hijo del mariscal del mismo nombre, esperándolo con impaciencia en su cuartel general junto con el Generaloberst Heinz Guderian, nuevo jefe del Estado Mayor. Von Kluge mandaba a su hijo «de cuartel general en cuartel general en calidad de lo que él llamaba "viajero del frente"», escribió Meindl,
«o sea, en calidad de lo que, según nuestra manera de hablar, se llama espía, para recoger impresiones y transmitírselas a su padre». Meindl, que estaba de un humor de perros, dijo al joven Von Kluge que hiciera saber a su padre que ya no era posible resistir en Normandía y que el ataque de las dos divisiones acorazadas no iba a servir de nada. Por el contrario, los blindados debían utilizarse para formar una defensa antitanques, «en vez de lanzarlos en vano contra objetivos imaginarios, como si se tratara de unas maniobras con carros blindados sobre el mapa».37
Meindl no ocultó su desdén por los comandantes de las unidades blindadas, «esos hombres superiores». No salían nunca de sus «carretas movidas con gasolina» a reconocer el terreno a pie, «pues no resultaba agradable meterse en la zona de fuego. Era mucho más seguro meterse dentro y cerrar la escotilla. Sólo unos cuantos comandantes de tanque tenían inteligencia suficiente para ver —o se les podía convencer de ello en una discusión— que para nosotros ya había pasado el momento de las grandes batallas con carros blindados. ¡Tenían que despertar de un hermoso sueño!»
«Al parecer, los de arriba seguían esperando que ocurriera un milagro.
Además, nuestra propaganda hizo público el atentado del 20 de julio y sus consecuencias. De modo que a nosotros como paracaidistas nos tocaba asegurarnos de que nuestro honor no quedara manchado. El mundo estaba empeñado en nuestra destrucción. ¡Pues bien!
Echaríamos mano a nuestros trabucos.»
Aunque el 27 de julio estuvo nublado, circunstancia que salvó a la 2.a Panzer-Division de los ataques aéreos durante su marcha hasta el Vire, esta unidad no empezó a cruzar el río a la altura de Tessy hasta la noche, sesenta horas después de que diera comienzo la Operación Cobra. Pero entonces era ya demasiado tarde para detener el avance de los americanos.
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En la costa oeste, cuando la 6.a División Acorazada llegó a Coutances el 27 de julio, recibió la grata sorpresa de que su unidad de reconocimiento ya había tomado la ciudad. Vivaquearon allí aquella noche y luego
«simplemente siguieron adelante a toda velocidad» para dirigirse a Granville.38 La infantería alemana se ocultaba en los setos a uno y otro lado de la carretera, de modo que los tanques ligeros de la 6.a División Acorazada avanzaban a casi veinticinco kilómetros por hora, disparando ráfagas de ametralladora a derecha e izquierda. La columna de la 3.a
División Acorazada del general Hickey se dirigía también a Coutances.
Pero el general Collins, así como el coronel Luckett, del 12.° Regimiento de Infantería, agregado a esa división, criticaron a su unidad por avanzar con demasiada prudencia.39
El 27 de julio el avance resultó más difícil para las formaciones norteamericanas por el centro de la ofensiva. Las divisiones acorazadas se demoraron debido a la densidad del tráfico militar por las carreteras, con columnas que se extendían a lo largo de casi veinticinco kilómetros. Los atascos se debían por lo general a la presencia de vehículos alemanes fuera de combate que bloqueaban los caminos. Brad-ley, que había previsto estos problemas, había reunido para la Operación Cobra un contingente de 15.000 ingenieros. Su principal tarea consistía en «abrir y mantener grandes rutas de aprovisionamiento» a lo largo de todo aquel boquete. Ello significaba tener que rellenar socavones, despejar los vehículos alemanes destruidos e incluso construir pasillos para rodear las poblaciones que habían sido destruidas.
El 28 de julio, para alivio de los comandantes norteamericanos, la visibilidad mejoró. La acometida de Lüttwitz con la 2.a Panzer-Di-vision al oeste del río Vire fue rápidamente neutralizada mediante ataques aéreos. La 116.a Panzer-Division no salió mucho mejor parada. El cuerpo que comandaba Choltitz estaba en peligro de verse rodeado y el cuartel general del 7.° Ejército le ordenó
replegarse hacia el centro, a las proximidades de Roncey. El Obersturmbannführer Tychsen, nuevo comandante de la división Das Reich, resultó muerto cerca de su puesto de mando por una unidad de reconocimiento norteamericana. Y esa misma noche, el Standartenführer Baum, de la
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17.a División de Granaderos Acorazados de la SS Gótz von Berlichingen, asumió el mando de lo que quedaba de ambas divisiones.
El avance de los americanos se aceleró por la carretera de la costa.
Teniendo el mar a su derecha, la 6.a División Acorazada avanzó casi cincuenta kilómetros. Cada vez que llegaban a un puesto de bloqueo en la carretera, el oficial de enlace de aviación que iba en el tanque o en el semioruga simplemente pedía ayuda a una escuadrilla de P-47
Thunderbolts y la posición defensiva era destruida, habitualmente en el plazo de quince minutos.40
Los alemanes cayeron víctimas de la espiral descendente marcada por la retirada y la destrucción de las comunicaciones. Eran pocos los mandos que sabían dónde estaban sus tropas. Las divisiones estaban fragmentadas y en las carreteras reinaba el caos. El aprovisionamiento de munición y de combustible no llegaba, de modo que tanques y vehículos debían ser abandonados. La resistencia era mantenida sólo por pequeños grupos de soldados, provistos de un cañón antitanque o un cañón de asalto como apoyo. La Panzer-Lehr-Division comunicó
que no disponía de «fuerzas aptas para el combate». Lo que quedaba de ella tuvo que volver a Percy. Ese mismo día, el cuartel general del II Cuerpo Paracaidista informó de que «no estaba disponible munición alguna de obús de campaña ni ligero ni medio».41
Por el centro, los duros combates continuaron cerca de Cérisy-la-Salle, pero en realidad no eran más que un intento desesperado por parte de una formación alemana acorralada de encontrar una salida luchando, no una muestra de resistencia a toda costa. La artillería de campaña y las baterías antiaéreas de los americanos eran «utilizadas para disparar a quemarropa contra los atacantes».42 Los P-47 Thun-derbolt también entraron al ataque, pero se produjo asimismo una inesperada salida de Messerschmitt 109, que ametrallaron a las tropas americanas.
Parte de la Kampfgruppe Heintz logró abrirse paso por detrás de los setos y evitando las poblaciones urbanas hasta encontrar un hueco por el que escapar del círculo en el que había quedado encerrada. Algunos hombres sugirieron que debían rendirse, pero sus oficiales se negaron.
«Durante cinco días», escribió un suboficial, «no tuvimos nada que comer, nada más que fruta sin madurar y las raciones de 45<3
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hierro que quitábamos a nuestros camaradas muertos. Una vez más el ejército fue sacrificado para salvaguardar a las unidades de la SS y que éstas no fueran hechas prisioneras ... Tuvimos que dejar atrás a 178
heridos».43 La rendición no era siempre una opción segura. Un oficial americano de la 9.a División señala que «cuando otros elementos del enemigo, como, por ejemplo, los polacos, intentaban rendirse, la SS
disparaba contra ellos».44 Durante las marchas nocturnas para intentar escapar, la moral empezaba a decaer rápidamente y se producían arranques
de malhumor. Los paracaidistas echaban la culpa a la SS
del estado en que se hallaban y la SS a su vez les echaba la culpa a ellos.45 Algunos oficiales no pudieron soportar la tensión nerviosa y el agotamiento y se vinieron abajo.
En el sector este de la gran ofensiva, en el valle del Vire, la 2.a División Acorazada estaba ya más allá de Villebaudon, a la misma altura que Tessy.
El comando de combate de Rose se dirigía a Saint-Sever-Calvados, en la carretera Villedieu-Vire. De repente el cuartel general del 7.° Ejército tuvo miedo de que el cuerpo que comandaba Choltitz, al oeste, quedara totalmente aislado. Choltitz recibió una orden del Generalmajor Pemsel, jefe del Estado Mayor del 7.° Ejército, diciendo que contraatacara en dirección a Percy para aislar a la punta de flecha de los americanos. Choltitz sabía que aquello provocaría un verdadero caos y que los expondría a los ataques de los cazabombar-deros en cuanto amaneciera. Además dejaría la carretera de la costa totalmente abierta hasta Avranches. Pero Hausser insistió en que obedeciera la orden.
Esa noche, mientras escuchaba en la Roche-Guyon la decisión que había tomado el 7.° Ejército de escapar por el sureste, Kluge perdió los nervios. Telefoneó al Oberstgruppenführer Hausser y le ordenó que revocara la orden de inmediato. Hausser respondió que probablemente ya fuera demasiado tarde, pero que lo intentaría. A eso de la media noche un mensaje enviado a través de un oficial en motocicleta llegó finalmente a manos de Choltitz, pero éste no tenía comunicación alguna con sus divisiones. Continuaron el ataque hacia el sureste, lejos de la costa.
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Kluge, que temía destituir por este error a Hausser, perteneciente a la Waffen-SS, ordenó que fuera sustituido Pemsel.46 El general Von Choltitz, que fue mandado llamar para hacerse cargo de la comandancia de la región de París, debía entregar el LXXIV Cuerpo al general Elfeldt. Además Hitler se enfureció cuando se enteró de que la carretera que conducía a Avranches y, de paso, a Bretaña había quedado expedita. El OKW dio orden de contraatacar sin dilación. Kluge solicitó además refuerzos inmediatos. Pidió que le mandaran la 9.a División Acorazada, que estaba en el sur de Francia, y más divisiones de infantería. El OKW aceptó su petición con una insólita rapidez.
Mientras muchas de las tropas alemanas en retirada se concentraban en los alrededores de Roncey, el Comando de Combate B de la 2.a División Acorazada americana empezó a establecer puestos de bloqueo a lo largo de una línea en dirección sur. Pero durante la noche del 28
de julio, el ejército estadounidense fue víctima de su propio exceso de mecanización. Las rutas situadas más al norte estaban tan bloqueadas en el corredor de la invasión que los elementos de avance del cuartel general de la 4.a División de Infantería «se pasaron en la carretera toda la noche». Se provocaron cuellos de botella, debidos en todos los casos a algún «vehículo enemigo fuera de combate que interceptaba parcialmente el camino en un punto particularmente embarrado».47 Los ingenieros no lograron encontrar un pasillo para despejar los obstáculos. En un caso en concreto, un oficial del Estado Mayor tuvo que ponerse al mando de un bulldozer y mover él solo un vehículo calcinado. Algunos franceses, que trabajaron frenéticamente ayudando a rellenar los socavones, se negaron a aceptar que les pagaran, insistiendo en que «lo hacían para ayudarnos a matar a más boches».
El general Huebner, de la 1.a División de Infantería, la «Gran Uno Rojo», estaba decidido a no permitir que nada detuviera su avance. Insistió en que «únicamente tendría validez un tráfico en un solo sentido» por las estrechas carreteras normandas.49 Ni siquiera a las ambulancias se les permitiría dar media vuelta. «Los heridos tendrían que ser cuidados como mejor se pudiera en la ruta de avance.» La in-452
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fantería blindada de la 3.a División Acorazada se montaba en los tanques para que sus semiorugas pudieran cargarse de latas de gasolina, munición y otros pertrechos. En la costa, la 6.a División Acorazada había decidido también que no era momento de volcar los víveres ni de distribuir raciones en las zonas de vivaque. «¡Diablos! En un par de días», comentó un oficial, «estaremos repartiendo raciones de comida como Santa Claus en su trineo, con los repartidores y los beneficiarios en plena marcha».50 Los tripulantes de los Sherman no se paraban casi nunca a cocinar ni a hacer sus necesidades. Seguían adelante a base de huevos duros y café instantáneo.
Hablando de los cascos-flaneros de los tripulantes de los tanques, un oficial médico decía: «Cagaban en ellos y guisaban en ellos».51 Otro oficial médico de la 2.a División Acorazada comentaba otra ventaja del avance rápido. Había muy pocas bajas por minas o trampas explosivas. Los
alemanes no habían tenido tiempo de dejar tras de sí ninguna de sus criminales sorpresas. El 29 de julio, el Comando de Combate A de Rose, de la 2.a División Acorazada, tuvo que librar una dura batalla en la carretera al sur de Villebaudon. Se encontró con una Kampfgruppe de la 2.a PanzerDivision de Lüttwitz en el cruce de La Denisiére, con casi 20
tanques y dos compañías de granaderos acorazados en semiorugas. La división de Lüttwitz y la recién llegada 116.a División Acorazada habían recibido la orden de atacar por el oeste para aislar a los americanos en su avance, uniéndose a la división conjunta de la SS. Pero Lüttwitz se dio cuenta de que era imposible. Decidió que era más importante proteger el flanco a lo largo del río Vire, que era acosado por la 30.a División de Infantería americana. Los tanques destructores estadounidenses dejaron fuera de combate varios panzers y obligaron al resto a retirarse hacia el este hasta Moyon, donde tuvo lugar una batalla todavía más dura.52 Una columna de tanques del comando de combate de Rose, con los destacamentos de infantería de la 4.a División de Infantería que tenía agregados, se adentró en la pequeña localidad de Moyon, mientras el capitán Reid se ponía al frente de una patrulla de su compañía por el lado este. Los hombres de Reid abatieron a tiros al equipo de un cañón antitanque, pero luego se vieron atacados por un carro de Operación Cobra: la gran ofensiva
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combate alemán. El soldado Sharkey, «un sabueso del bazooka», localizó un blindado desde el extremo más alejado de un seto y lo dejó fuera de combate con su segundo y último disparo. Apareció otro tanque cerca del primero y empezó a disparar su ametralladora. El capitán Reid volvió arrastrándose junto al seto, se levantó y lanzó una granada de fósforo blanco por encima del carro blindado y otra por debajo del mismo.
El tanque ardió de inmediato.
En la propia Moyon, sin embargo, otro tanque alemán dejó fuera de combate a un Sherman. El comandante del batallón de tanques decidió retirarse del pueblo y bombardearlo con explosivos de gran potencia. Dijo a los escuadrones de infantería que iban delante que también se retiraran.
Justo antes de hacerlo, el soldado Sharkey disparó la última carga de su bazooka contra otro tanque alemán, el primero de una columna de vehículos con soldados de infantería que se acerca a la población. Acertó a dar directamente en el anillo de la torreta. El capitán Reid gritó:
—¡Salgamos de aquí antes de que nos apunten!