El dilema

B. A. Paris · Capítulo 23 de 60

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El dilema

Adam

DE SEIS A SIETE DE LA TARDE

 

 

Dejo que Liv me lleve al jardín. Cuando salimos a la terraza, el sol del atardecer, que aún está alto en el cielo, me abrasa los ojos. ¿Qué hago dejándola que me saque aquí? Tengo que contárselo, tengo que contarle lo de Marnie. Estoy preparado para hacerlo, me he mentalizado. Pero nos ha interrumpido Josh y, antes de que me diera tiempo a decir nada, me ha soltado que ella también me quiere. ¿Por qué me ha dicho eso? ¿En serio pensaba que le iba a decir que la quiero? ¿O un sexto sentido la ha advertido de que no iba a gustarle lo que le quería contar?

Me ha dicho que la he hecho la persona más feliz del mundo. Y así es como la veo cuando salimos al jardín. Se vuelve despacio, mirándolo todo, y me alegro de que Max la esté grabando porque algún día, si ha ocurrido lo peor, no quiero ni pensarlo, y Marnie iba en ese vuelo, voy a necesitar echar la vista atrás y recordar lo feliz que era en este momento. Las palabras me resuenan en la cabeza, «lo feliz que era», y se me parte el corazón. Tengo que contárselo antes de que se emocione. Esta fiesta no puede celebrarse de ninguna de las maneras.

—Livia… —le vuelvo a decir.

—Ya —dice ella, mirándome con los ojos brillantes—. ¡Es precioso! — La cojo de la mano, la atraigo hacia mí, la estrecho en mis brazos, pero ella se vuelve a mirar el jardín, con su espalda caliente pegada a mi pecho—. Es muchísimo más de lo que imaginaba —añade—. ¿A que tenemos los mejores hijos del mundo? ¿Has visto lo que ha hecho Josh allí, en la valla?

No me he fijado en nada cuando hemos subido los escalones al jardín. He visto luces, flores y globos, pero como apelotonados en una nebulosa indefinida. Veo que esto me está nublando todos los sentidos. La voz de Livia me suena muy lejana y apenas noto el tacto de su mano cuando tira de mí hacia la valla. El aire debe de estar perfumadísimo de sus rosas, pero yo no huelo nada, salvo mi miedo.

Llegamos a la valla y mi mundo entero se hace pedazos. Le suelto la mano a Livia y me aparto torpemente de ella. Hay fotos de Marnie por todas partes: de cuando era bebé, del colegio, en el jardín, de vacaciones, en Hong Kong, fotos que yo no había visto antes, pegadas por toda la valla. Y encima una cartel que reza: «¡FELICIDADES, MAMÁ!».

Por suerte, Livia malinterpreta mi aspaviento.

—Ya, ¿a que es alucinante? —me dice.

Cierro los ojos y oigo a Marnie decir: «¡Felicidades, mamá!». Suena tan cerca que parece que, si alargo la mano, podría tocarla.

Viene Josh y nos pasa un brazo por los hombros a cada uno, juntándonos. Durante un segundo horrible, me dan ganas de apoyar la cabeza en él y llorar.

—Bueno… —dice—, ¿qué te parece?

—Maravilloso.

No puedo mirar. Fijo los ojos por encima de la valla e intento centrarme en la posibilidad de que Marnie siga con vida.

—¡Jamás he visto nada igual! —exclama Livia, abrazándolo—. Muchísimas gracias, Josh. Te has tomado muchas molestias.

—Ha sido idea de Marnie; es su regalo.

—No podría haber pedido nada mejor. Recuerdo cuando hice esa foto — dice, señalando—. Y esa, disfrazada de Star Wars. ¿De dónde las has sacado?

—Casi todas me las ha pasado ella; las demás las he sacado de tus álbumes. He hecho foto de foto y luego las he ampliado.

—Ojalá pudiera decirle lo mucho que me gusta. —Se vuelve hacia mí—. ¿Intento llamarla?

—¡No! —Consciente de que he saltado muy rápido, procuro moderar el tono—. Allí es plena noche ahora. Además, ¿no te dijo que se iba a repasar a un sitio sin wifi para que no la molestaran?

—Pero podrá recibir llamadas —replica Livia—. Me parece mal no llamarla para darle las gracias.

—Papá tiene razón —dice Josh—. Mañana sabremos de ella, cuando vuelva de su fin de semana fuera. —Nos suelta y de pronto tengo frío—. Bueno, os dejo, que tengo cosas que hacer.

Se va y nos quedamos solos Livia y yo. ¿Se lo digo aquí, delante de las fotos de Marnie, o la llevo adentro?

—Por cierto, ha llamado tu madre —dice.

—Ah, ¿sí? ¿Cuándo?

—Mientras estabas en la ducha.

—¿Qué quería?

—Solo felicitarme. —Hace una pausa—. He pensado que igual era Marnie la que llamaba. ¿No es precioso lo que ha hecho?

—Sí —digo, alegrándome de no haber oído el teléfono, de haberme ahorrado la terrible decepción de que no fuese nuestra hija.

—Podría quedarme aquí toda la noche, mirando estas fotos, pero más vale que vaya a arreglarme.

Se dispone a marcharse y yo vuelvo a agarrarla de la mano.

—Livia, espera…

Pero ella me besa y se va, con la cabeza en otro sitio ya.

No cae en la cuenta hasta que anda ya por los escalones de la terraza.

—¡Perdona! —dice, volviéndose y riendo—. ¿Querías decirme algo?

La miro, con el pelo brillante al sol, la cara colorada de emoción, y no puedo pensar más que en que es posible que esta sea la última vez que es feliz de verdad. En el futuro, el futuro lejano, si Marnie no está bien, puede que tenga momentos de olvido, pero el resto del tiempo, cada segundo de cada minuto de cada hora de cada día del resto de su vida, Livia sentirá el dolor de una pena inconsolable. Mientras espera mi respuesta, allí plantada, no puedo pensar más que en que estos podrían ser sus últimos momentos de felicidad.

Así que los prolongo. Me tomo mi tiempo para contestar, estirando los segundos.

—¡Adam! ¿Puede esperar? —insiste.

Sus palabras resuenan en mis oídos. «¿Puede esperar?» Inspiro hondo, superado por un súbito pensamiento. ¿Y si…, y si se lo cuento después de la fiesta? No tengo confirmación oficial de que Marnie fuera en ese vuelo y podría ser que no. ¿Y si le digo a Livia que puede que Marnie no vuelva a casa, que puede que jamás volvamos a verla, y luego, unas horas más tarde, entra por la puerta? Le habré causado una pena y una angustia inimaginables para nada. Y si no entra por la puerta, si ha ocurrido lo peor…

—¡Adam! —Livia, que espera mi respuesta, se impacienta.

Respiro hondo. Si ha ocurrido lo peor, a Marnie le dará igual que se lo cuente a su madre ahora o no. Si Livia puede disfrutar de unas cuantas horas más de felicidad, seguro que ese es el mejor regalo que podría hacerle.

—¡Puede esperar! —le grito, y ella me tira un beso y baja corriendo los escalones que llevan a casa.

Se merece muchísimo ser feliz.