El dilema

B. A. Paris · Capítulo 6 de 60

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El dilema

Livia

 

 

Llevo mis nuevas sandalias rojas en la mano para no despertar a Josh con el taconeo al bajar la escalera. Me paro delante de su puerta, notándome el suelo de madera caliente en los pies. No lo oigo moverse. No me sorprende. Anoche llegó tarde y venía repasando en el tren. Me pidió que lo despertara temprano esta mañana, pero prefiero dejarlo dormir.

Agarrada a la barandilla, bajo las escaleras saltándome los peldaños que crujen y, al llegar al último, me siento para calzarme. Hay un montón de tarjetas tiradas junto a la puerta. Las recojo, me las llevo a la cocina y voy mirando los remitentes, decepcionadísima de que no haya ninguna de mis padres. A pesar de lo que le he dicho a Adam antes, necesito que vengan porque, si no lo hacen hoy que cumplo cuarenta años, ya no lo harán y tendré que olvidarme de ellos por el bien de mi cordura; veintidós años son más que suficientes para perdonar a tu hija.

La ilusión a la que he conseguido aferrarme desde que Adam me ha cantado el Cumpleaños feliz empieza a desvanecerse. De hecho, siento náuseas, algo que me ocurre a menudo cuando pienso en mis padres. No hay rastro del desayuno, ni de Adam, que estará fuera. Anoche me sentí un poco mal al ver que habían instalado la carpa tan al fondo, pero también me alegra un poquitín pensar que Nelson no cabe por el hueco. Adam y él tienen la costumbre de esconderse en la cabaña para tomarse una cerveza y esta noche necesito tenerlo cerca.

Le doy a Murphy su achuchón matinal. La cocina huele un poco a los filetes que cenamos anoche, así que abro la ventana. Entra de golpe un aire caliente. Me cuesta creer el día tan estupendo que hace. Podría haberme ahorrado cientos de libras prescindiendo de la carpa. Claro que no está de más que haya algún sitio cubierto donde los del cáterin puedan poner la comida. Vienen a las cinco y aún pasarán horas hasta que empiece la fiesta de verdad.

Me siento a la mesa, busco con los pies el barrote donde me gusta apoyarlos y empiezo a abrir mis tarjetas. Llaman a la puerta y, cuando abro, me encuentro a un hombre con un ramo precioso de rosas amarillas.

—¿Señora Harman?

—Esa soy yo.

Me entrega las flores.

—Son para usted.

—¡Vaya, qué bonitas!

—Corte dos o tres centímetros del tallo antes de ponerlas en agua —me aconseja—, pero mantenga el ramo atado.

—Eso haré. Gracias… —Antes de que termine la frase, ya ha enfilado el camino de salida.

Entierro la nariz en el ramo e inhalo el aroma embriagador de las rosas, preguntándome quién me las mandará. Por un segundo pienso si serán de mis padres, pero lo más seguro es que sean de Adam.

Me las llevo a la cocina, las dejo en la mesa y arranco la tarjeta que va pegada al ramo.

Que pases un día estupendo, mamá. Siento no poder acompañarte, pero estaré

pensando en ti. Te quiero un montón. Tu Marnie. P. D.: Este es el ramo que no tuviste.

Se me saltan las lágrimas. No recuerdo haberle contado a mi hija que tenía pensado llevar un ramo de rosas amarillas el día de mi boda, pero igual se lo dije. Y cuando me viene a la memoria nuestra última conversación, hace más de una semana ya, me siento fatal.

Adam había salido a tomar algo con Nelson y, como sabía que volvería tarde, aproveché para llamarla. Esperé a las diez en punto; solo eran las seis de la mañana en Hong Kong, pero me dio igual que pudiera estar durmiendo.

—¿Mamá? —dijo, entre adormilada y asustada—. ¿Ha pasado algo?

—No, no, no ha pasado nada —la tranquilicé enseguida—. Se me ha ocurrido llamarte, nada más.

La oí buscar algo a tientas, el reloj, quizá.

—Solo son las seis de la mañana.

—Ya, pero me apetecía hablar y he pensado que a lo mejor ya estabas levantada. Lo siento.

—Tranquila. ¿Cómo es que no has hecho videollamada?

—Ah…, no sé. Habré pulsado la opción que no era. Bueno, ¿cómo estás?

—Liada. Aún me queda mucho por repasar. Cuando vuelva a casa, voy a dormir un mes seguido.

—De eso quería hablarte.

—Ah…

—Es que no entiendo por qué renuncias a la posibilidad de viajar —le dije sin rodeos, preocupada de que llegara Adam y me oyera intentando convencer a su hija de que no volviera a casa hasta finales de agosto, como había previsto inicialmente.

—Porque me quiero sacar el carné de moto. ¡Ya os lo expliqué!

—Pero eso lo puedes hacer en cualquier momento —repuse yo, sabiendo que la razón por la que quería volver no tenía nada que ver con el examen de conducir—. De todas formas, tampoco te puedes comprar una moto ahora.

—¿Esto es cosa de papá?

—No, es cosa mía.

—Pensé que te gustaría que volviera a casa antes —dijo con voz triste.

—Me parece que es una pena que no aproveches para conocer más sitios de Asia. Y tampoco entiendo qué prisa tienes por sacarte un carné que vas a tardar una eternidad en poder usar.

—Pues ya tengo el billete, así que es demasiado tarde.

—Siempre lo puedes cambiar.

Se hizo el silencio.

—¿No me quieres en casa, mamá?

—¡Claro que sí! —exclamé enseguida.

—Además, tampoco es solo por el carné. Tengo más cosas que hacer.

—¿Cómo qué? —Me costaba no alterarme.

—Cosas. Perdona, mamá, pero si me has llamado para pedirme que no vuelva a finales de junio, estás perdiendo el tiempo. Quiero estar en casa y punto.

Por el tono de su voz, supe que debía recular. De todas formas, tampoco podía tener con ella la conversación que pretendía, así no.

—Lo sé. Y será maravilloso volver a verte. —Callé un segundo, buscando el modo de arreglarlo—. Pensaba que, como hace un año que no nos vemos, igual te sentías obligada a volver a casa para pasar el verano con nosotros…

—No me siento obligada a volver a casa, quiero volver a casa. —Soltó una risita—. Supongo que soy más hogareña de lo que pensaba.

Aguantamos un rato, yo interesándome por lo que iba a hacer ese día, Marnie preguntándome por los preparativos de la fiesta, pero ninguna de las dos tenía ganas de seguir hablando. A mí me angustiaba el desastre que se avecinaba y a ella seguramente el saber que su madre no la quería de vuelta aún, pese a que yo se lo había desmentido.

—Te he comprado una tarjeta de cumpleaños —dijo de pronto—. Te la mandaré hoy. Puede que no llegue a tiempo, pero te la envío de todos modos.

—Me encantará recibirla, llegue cuando llegue —le contesté. Y luego colgamos.

A lo mejor por eso me ha mandado flores, por si la tarjeta no llegaba a tiempo, que no ha llegado. Justo cuando empiezo a preocuparme por lo que le habrán costado las rosas, oigo el rasgueo de una guitarra y veo a Josh al pie de la escalera, con su mata de pelo negro aún sin aplastar por el agua o el fijador. Se pone a tocar una versión rap del Cumpleaños feliz y yo caigo en la cuenta de que por él, por Adam y por todos los que me han ayudado a organizar esta fiesta, tengo que dejar de sentirme culpable y disfrutar del día. Se lo debo.

—¡Gracias! —le grito, aplaudiéndolo con entusiasmo.

Deja la guitarra en la escalera y resuena el golpe de madera contra madera.

—Bueno, ¿qué tal sienta cumplir los cuarenta? —me pregunta, entrando en la cocina y cogiéndome en volandas.

—¡Fenomenal! —contesto, riendo—. Aunque la novedad habrá pasado mañana.

Me deja en el suelo, retrocede y me mira de arriba abajo.

—Bonito vestido.

Me estiro la falda de mi vestido blanco de verano.

—Gracias. Lo compré expresamente para comer con Kirin hoy.

Se agacha a acariciar a Murphy.

—¿Qué tal, chico? —masculla—. Al menos tú te alegras de verme, no como Mimi, que ni siquiera ha venido a saludarme. ¿Dónde está, por cierto?

—Dormida en nuestra cama.

—¿Y papá?

—En su estudio.

Se yergue.

—¿Su estudio? Venga ya, mamá, lo puedes llamar cabaña, como hace él.

Me encojo de hombros y voy a llenar de agua el hervidor. La tensión que hay entre Adam y Josh me parte el corazón, pero son las críticas maliciosas hacia su padre lo que más me duele: que si su peinado, que si ya está mayor, que si trabaja en una cabaña… Adam no para de esforzarse. A lo mejor ese es el problema: que se esfuerza demasiado.

—¿Quién te ha mandado flores? —pregunta, señalándolas con la cabeza.

—Marnie. ¿Verdad que son preciosas?

—Hablé con ella ayer —dice mientras abre la nevera y saca un cartón de zumo—. Estaba hecha polvo por no poder venir esta noche.

—Ya, yo también. —Llevo las rosas al fregadero e, ignorando las sabias palabras del hombre que las ha traído, corto un pedacito minúsculo de cada tallo porque dos o tres centímetros me parece demasiado—. ¿Podrías traerme un jarrón del comedor?

—Claro.

—Bueno —digo cuando vuelve—, ¿cómo van tus exámenes?

—No van mal de momento.

—¿Seguro que no necesitas repasar hoy?

Levanta los brazos por encima de la cabeza y se estira, tocando el techo con las manos. Es curioso cómo se transmiten los hábitos de una generación a otra instintivamente, porque Adam también lo hace. Se le sube la camiseta y enseña el vientre. Demasiado plano, decido, y me pregunto si estará comiendo bien.

—No, está todo controlado —contesta, disimulando un bostezo—. Anoche repasé un poco en el tren y repasaré un par de horas más mañana en el trayecto de vuelta. Hoy estoy libre para hacer lo que haga falta.

Le sonrío agradecida.

—¿Has conseguido organizar la música, ya sabes, a gusto de todos?

—Sí, Max me ha ayudado a hacer una lista de canciones.

Max, el amigo de la infancia de Josh que perdió a su madre a los cinco años y que ha sido como de la familia desde entonces, un hijo para Adam y para mí, un hermano para Josh y para Marnie. Max, al que he estado evitando los últimos seis meses.

—Seguro que os han hecho peticiones raras y maravillosas.

—Algo así. Con un rango de edades tan amplio, la mezcolanza iba a ser notable de todas formas —dice, dándome un toque suave en el brazo para que sepa que bromea. Me coge el jarrón—. ¿Dónde lo pongo?

—Déjalo en la encimera de momento, para que pueda disfrutarlas. ¿Té o café?

—Té. Ya lo hago yo.

Me siento a la mesa. Josh tiene razón: esta noche viene gente de varias generaciones, desde la hija de Rob y Jess, Cleo, que tiene diecinueve, hasta los padres de Adam, que tienen setenta y tantos. Quiero que haya música para todos los gustos; por eso he pedido a los invitados que le digan a Josh cuál es su canción favorita para que la ponga en algún momento de la velada. Parte de la diversión de esta noche consistirá en tratar de emparejar los temas con los invitados.

—¿Qué tal Amy?

Josh se recuesta en la encimera.

—Bien.

—¿Seguro que no puede venir esta noche?

Se rasca el pecho.

—Seguro, pero puedo entender que para sus padres los ochenta años de su abuelo sean más importantes que tus cuarenta.

—Cierto.

Me acerca una taza de té.

—¿Quieres comer algo?

—Gracias, pero voy a esperar a tu padre, que me ha dicho que me haría el desayuno.

—No te importa que empiece sin vosotros, ¿no?

Se acerca al armarito, busca los cereales, se sirve un cuenco, añade leche, agarra una cuchara del cajón, se apoya en la nevera y empieza a comer. Siempre está apoyado en algo, como si su cuerpo no se sostuviera solo. El gesto algo ceñudo que pone al pensar que Amy no podrá venir esta noche no lo afea en absoluto. Se parece muchísimo a Adam a su edad.

Contengo un suspiro. La ausencia de Amy no es lo único que le preocupa.

—¿Cuándo vas a hablar con papá? —pregunto.

—Pronto.

—Se lo tienes que contar —le digo, perfectamente consciente del cinismo de mi comentario.

—Ya —contesta, limpiándose la boca con el dorso de la mano.

—Lo entenderá.

Josh niega con la cabeza.

—No —responde sombrío—. Dudo que lo entienda.