El dilema

B. A. Paris · Capítulo 2 de 60

Páginas del PDF

El dilema

Adam

 

Recorro las calles desiertas a toda velocidad, espantando a un gato callejero, tomando una curva a ras, haciendo pedazos el silencio sepulcral de la noche con el rugido de mi moto. De pronto veo al frente la vía de acceso a la autopista M4. Piso a fondo el acelerador y me incorporo rápido, ruidosamente, adelantando a un coche lentísimo. La moto se desliza bajo mi cuerpo con el acelerón.

El azote del viento me nubla el entendimiento de tal forma que siento la tentación casi irresistible de soltar el manillar y dejarme arrastrar a la muerte. ¿No es espantoso que Livia y Josh no sean razón de vivir suficiente para mí? El remordimiento se suma a la angustia de las últimas catorce horas y el bramido de una rabia inmensa se añade al estrépito de la moto mientras avanzo por la autopista, empeñado en mi destrucción.

Entre lágrimas, veo por el retrovisor que me sigue implacable un vehículo con luces azules intermitentes, y mi bramido de dolor se convierte en uno de frustración. Pongo la moto a ciento sesenta por hora, sabiendo que, si hace falta, puedo apretar aún más, porque ahora ya nada me va a parar. Pero el coche patrulla salva rápidamente la distancia que nos separa, desplazándose al carril exterior y, cuando lo tengo a mi altura, veo de reojo a un agente gesticulando con vehemencia desde el asiento del copiloto.

Aunque acelero, el vehículo me adelanta y se sitúa en mi carril, impidiéndome el paso. Me dispongo a pisarle a fondo para poner la moto al máximo, pero algo me lo impide. Entonces el policía aminora la marcha y me obliga a frenar y, no sé por qué, se lo permito. Quizá porque no quiero complicarle aún más la vida a Livia. O tal vez haya sido la voz de Marnie suplicándome «¡No, papá, no!». Juro que por un momento me he notado sus brazos ceñidos a la cintura, su cabeza apoyada en la nuca.

Cuando me detengo detrás del coche patrulla y apago el motor, me tiembla todo. Bajan del coche patrulla dos agentes: un hombre y una mujer. El hombre se dirige a mí a grandes zancadas.

—¿Qué pretende, matarse o qué? —grita, calzándose la gorra de un golpe seco.

Se acerca la agente, la que conducía.

—Apártese del vehículo, señor —ladra—. ¿Me ha oído? Apártese del vehículo. —Intento soltar el manillar, despegar las piernas de la moto, pero es como si estuviera soldado a ella—. Si no obedece, voy a tener que arrestarlo, señor.

—Vamos a tener que arrestarlo igual —dice su compañero.

Da un paso hacia mí y, cuando le veo las esposas colgadas del cinturón, el susto me hace hablar.

Me levanto la visera del casco.

—¡Un momento! —digo.

Detectan algo en mi voz, o quizá en mi semblante, que los tranquiliza.

—Continúe…

—Es por Marnie.

—¿Marnie?

—Sí.

—¿Quién es Marnie?

—Mi hija —digo, tragando saliva con dificultad—. Marnie es mi hija.

Se miran.

—¿Dónde está su hija, señor?