El dilema

B. A. Paris · Capítulo 33 de 60

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El dilema

Adam

DE ONCE A DOCE DE LA NOCHE

 

 

No puedo quedarme en el baño eternamente. Llevo aquí demasiado rato, delante del lavabo, viendo salir la sangre por el corte de la palma de la mano, sin sentir nada. El estruendo de la música fuera iguala el martilleo de mi cabeza. Estoy tan al límite que me dan ganas de salir al jardín y gritarles a todos que se larguen de nuestra casa de una vez. Para contenerme, imagino el desastre que supondría: todos mirándome estupefactos; luego Livia, mi padre, Josh, Nelson intentando calmarme, preguntándome qué me pasa, preocupados por una posible crisis nerviosa.

¿Sería capaz de callármelo, de ocultarles que Marnie podría haber ido en el avión que se ha estrellado, o me desharía en alaridos de dolor y de rabia, y les diría que los odio a todos porque ellos están vivos y Marnie podría estar muerta? Los horrorizaría, los destrozaría. Y nadie entendería, ni por un segundo, que haya dejado que la fiesta siga adelante.

Oigo pasos en la escalera. Josh.

—¿Papá? ¿Dónde estás?

Aprieto la mano, siento la sangre caliente.

—¡Curándome un corte!

—Te he estado buscando por todas partes —me dice desde fuera.

—Enseguida bajo.

—¿Dos minutos?

—Sí, dos minutos.

—Vale. Te necesito allí.

Oigo retumbar sus pasos por la escalera. No he pensado mucho en Josh, la verdad, en cómo le afectará perder a Marnie, pero no puedo hacerlo ahora. Además, aún hay esperanza. Necesito creer que hay esperanza.

Me refresco un poco la cara y voy para abajo, procurando no mirar la puerta del dormitorio de Marnie. Ya casi estoy en el vestíbulo cuando se interrumpe la música a media canción y se hace de pronto el silencio. Se oye un pequeño murmullo de voces, alguna que otra carcajada, un grito. El murmullo aumenta, como si estuviera a punto de ocurrir algo, el discurso de Livia, seguramente. Y entonces, de la nada, oigo: «¡Estoy aquí, mamá!».

El mundo se detiene en seco. Tengo alucinaciones, es cosa de mi imaginación. Entonces Livia suelta un grito de alegría y todos ríen y vitorean, y yo cruzo la cocina corriendo, atravieso la terraza, subo los escalones de piedra hasta el jardín, donde están todos, y me pongo de puntillas para ver por encima de los hombros de los invitados donde está Livia, de la que veo un trocito de vestido. Oigo a Marnie hablando emocionada de cómo ha preparado la sorpresa con Josh y me abro camino entre la gente, tan ocupada riendo que nadie repara en mí. Y por fin, por fin, llego al centro del corrillo, apartando de un codazo a Nelson y a Rob.

—¡Cuidado! —exclama Rob.

—Déjalo pasar, Rob, que quiere ver a su hija —dice Nelson, y yo busco a Marnie, la oigo pero solo veo a Livia, y ella está tan feliz que sé que está mirando a nuestra hija. Sigo su mirada hasta que llego adonde se posa. Y la misma debilidad horrible que he sentido antes me asalta de nuevo, y tropiezo con Nelson. Y Nelson, con los ojos aún clavados en el portátil de Josh, donde Marnie le dice a Livia que está deseando volver a casa, me pasa un brazo por los hombros.

—¿No te parece genial? ¡Mira la cara de Livia! Le ha alegrado la fiesta. ¡Marnie está guapísima!, ¿verdad? —Se vuelve hacia mí—. ¿Tú lo sabías? — Pero yo no soy capaz más que de mirar fijamente el vídeo de mi hija, atrapado en la pesadilla de poder verla pero no poder abrazarla; de tenerla aquí pero no tenerla. Y Nelson, al ver que me he quedado sin habla, me estruja el hombro —. Pronto estará en casa —me dice—. Pronto estará en casa.

—Y papá, ¿dónde estás? ¡Ah, ahí estás! —grita Marnie, fingiendo que me ve, y todos ríen—. También estoy deseando verte. Ya no queda mucho, solo unos meses. Y quién sabe, a lo mejor hasta vemos esto juntos —añade, con una sonrisa que es solo para mí. Una sonrisa de complicidad, porque soy el único que entiende lo que acaba de decir y todos están demasiado distraídos despidiéndose de la pantalla para planteárselo siquiera.

Se acerca Livia, colorada, con los ojos vidriosos.

—¿No te ha parecido precioso? ¿Ha sido cosa tuya?

—No, he sido yo —dice Josh, que se une a nosotros, con el portátil ya cerrado y debajo del brazo. No puedo dejar de mirar ese portátil—. Quería que Marnie nos hiciera un FaceTime esta noche, pero cuando me dijo que igual no podía porque iba a estar fuera, le pedí que nos mandara un vídeo por si acaso. Me dijo que esperara hasta las once y media y que, si no conseguíamos conectar, que lo pusiera. A lo mejor aún llama —añade.

«No, no va a llamar», me digo, y siento una pena honda al aceptar por fin lo que me he empeñado en negar. No volverá a hacernos un FaceTime. Marnie solo accedió a hacer el vídeo para que Josh no supiera que venía a casa. Ella no esperaba que fueran a reproducirlo porque ya estaría aquí. Porque todo iba a salir como lo habíamos planeado.

Los sonidos son demasiado fuertes; los colores de los globos, los vestidos, las luces…, demasiado intensos. Todo se nubla. No me puedo mover. No puedo hablar. A mi lado, Livia y Josh se abrazan, y el tejido suave de su vestido me roza la mano. Veo a nuestra familia, a nuestros amigos, en grupos, bebiendo y riendo, pero es como si yo no estuviera aquí.