El Enigma de Cambises
—Sí. Me dijo exactamente: «¿Dónde están los jeroglíficos?».
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
—¿Jeroglíficos?
—Sí. Me dijo exactamente: «¿Dónde están los jeroglíficos?».
—¿Estás segura de que utilizó esa palabra, «jeroglíficos»?
—Creo que sí, aunque estaba muy aturdida.
Daniel dio una calada al puro y unas cintas de humo azul grisáceo ascendieron desde la comisura de sus labios.
—Jeroglíficos —musitó—. Pero ¿qué jeroglíficos?
Le dio otra calada al cigarro y empezó a caminar arriba y abajo por la habitación.
—¿Has comprado algo desde que estás en Egipto? —preguntó—.
¿Alguna antigüedad?
—No he tenido tiempo.
—¿Y dices que ese hombre estuvo en la casa de tu padre en el campamento?
—Sí. Estoy completamente segura.
Daniel guardó silencio y se frotó las sienes, pensativo. Una avispa entró por la ventana y fue a posarse en el borde del vaso de Tara.
—Pues entonces está claro que creen que tienes algo que les pertenece
—dijo al fin Daniel-. Y, presumiblemente, lo creen porque suponen que antes lo tenía tu padre. De modo que debemos contestar a dos preguntas; la primera: ¿de qué clase de objeto se trata? Y la segunda: ¿por qué creen que estaba en poder de tu padre?
Daniel fue hasta el sofá y se sentó a reflexionar. Tara recordaba que ésa era una actitud habitual en él: siempre que tenía que solucionar algún problema se sentaba a reflexionar como si estuviese en trance. Su mente parecía funcionar como una máquina. Tenía una expresión entre dolorida y placentera en el rostro, como si concentrarse le resultase duro y, a la vez, agradable.
Daniel siguió en silencio por unos minutos, y finalmente se levantó.
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—Vamos —dijo dirigiéndose hacia la puerta.
—¿Adónde? ¿A la policía?
—No, si quieres seguir mi consejo. No harían sino archivar la denuncia.
Sé cómo actúan.
—¿Adónde, entonces?
—A Saqqara. A la casa de tu padre. Empezaremos por ahí. ¿Vienes?
Tara lo miró a los ojos y vio en ellos la misma fuerza, energía y determinación de siempre. Pero también algo más. Algo que no había visto
nunca. Tardó en precisar de qué se trataba, y no acababa de encontrar la palabra justa.
Sentimiento de culpabilidad. Eso era lo que veía.
—Sí —dijo Tara, que recogió su bolso y lo siguió—. Voy contigo.
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Luxor
De camino a casa desde Deir el-Bahari, Jalifa se detuvo a ver al doctor Masri alMasri, director del Departamento de Antigüedades del museo de Tebas occidental. Al-Masri tenía un gran prestigio. Había ingresado muy joven en el funcionariado y, dado que estaba a punto de cumplir los setenta, debería haber ocupado un cargo más alto. Le habían ofrecido puestos de mayor lustre en numerosas ocasiones, pero siempre los había rechazado.
Era un gran amante de su país y consideraba sus monumentos como algo propio. Había consagrado su vida a su conservación y protección, y, aunque carecía de título académico, todo el mundo lo llamaba «doctor», tanto por respeto como por el temor que inspiraba. Porque, al decir de todos, Al-Masri tenía peor carácter que Seth, el dios egipcio del trueno.
Estaba en una reunión cuando llegó Jalifa, de modo que éste tuvo que aguardar junto a su despacho, fumando y mirando hacia el otro lado de la carretera, en dirección a las ruinas del templo funerario de Amenofis III. No pudo evitar oír cómo el doctor Al-Masri discutía acaloradamente con alguien.
Tiempo atrás Jalifa había llegado a pensar en entrar a trabajar en el Departamento de Antigüedades. Y habría ingresado si Alí no hubiera muerto y él no se hubiese visto obligado a responsabilizarse del cuidado de su madre. Por entonces estudiaba en la universidad, y durante cierto tiempo compatibilizó
sus estudios con un empleo como guía turístico. Pero sus ingresos no bastaban, sobre todo después de casarse con Zainab y que ella quedase embarazada de su primer hijo. De modo que abandonó la egiptología e ingresó en el cuerpo de policía. Su madre y Zainab le rogaron que no lo hiciese, al igual que su tutor de la facultad, el profesor Al-Habibi, pero Jalifa no vio otro medio de sacar decorosamente adelante a su familia. No ganaba mucho, pero era más de lo que hubiese obtenido como funcionario del Departamento del Patrimonio Cultural, y además se trataba de un trabajo estable. Lo entristeció dejar los estudios, y en cierto modo aún lamentaba haberlo hecho. Habría sido estupendo poder trabajar entre los
objetos y monumentos que tanto amaba. Sin embargo, lo que no lamentaba era haber antepuesto sus seres queridos a su vocación. Y, además, la arqueología y la tarea de investigación policial no eran tan distintas. En ambos casos se trataba de seguir pistas, de analizar pruebas y de aclarar misterios. La única diferencia era que mientras que la arqueología trataba de desenterrar cosas maravillosas, en la mayoría de los casos los detectives tenían que desentrañar cosas terribles.
Dio una calada al cigarrillo. La discusión que oía era más violenta por momentos. Oyó que alguien daba un puñetazo en la mesa, y de pronto la puerta del despacho de Al-Masri se abrió y salió un hombre fibroso vestido con una sucia galabeya.
—¡Ojalá que un perro se cague en su tumba! —le gritó a Al-Masri gesticulando como un poseso—. ¡Y que se mee también! —añadió mientras se alejaba a grandes zancadas, muy furioso.
Jalifa sonrió para sí y se puso de pie. La puerta del despacho estaba abierta, pero se asomó, por si acaso...
—Ya, doktora?
Al-Masri se hallaba sentado detrás de un escritorio de madera contrachapada, cubierto de papeles. Era un hombre alto y delgado, moreno, de cara alargada y pelo rizado, muy corto. No podía negar que se trataba de un saidee, como llamaban a los nativos del alto Egipto.
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—Ah, Jalifa —dijo al alzar la vista y ver al inspector—. Entre usted, entre —
añadió señalando uno de los sillones—. ¡Condenado patán! —exclamó mirando hacia la puerta—. Descubrimos en sus tierras lo que parece una extensión del templo funerario de Seti I y él pretende ararla y sembrar molochia.
—Debe de necesitarlo para comer —observó Jalifa sonriente.
—Pero no a costa de destruir nuestra historia. Por mí... ¡que se muera de hambre! ¡Bárbaro ignorante! —Al-Masri dio una fuerte palmada en la mesa que hizo caer al suelo un montón de papeles. Se agachó a recogerlos—.
¿Té? —preguntó con la cabeza oculta aún detrás de la mesa.
—Sí, gracias.
Al-Masri dio una voz y al instante entró un joven.
—Tráiganos dos vasos de té, por favor, Mahmud. —Reordenó los papeles y los guardó en un cajón—. ¡Al diablo! —exclamó—. ¡No pienso
ni leérmelo! —Se retrepó en el sillón y miró a Jalifa con las manos cruzadas tras la nuca—. Y bien, ¿qué puedo hacer por usted? Viene a pedirme empleo, ¿verdad?
El doctor conocía la vocación de Jalifa y le gustaba bromear con él al respecto y, aunque nunca se lo dijese, lo admiraba. Al-Masri conocía pocas personas cuya pasión por el pasado fuese tan grande como la del inspector.
—No exactamente —repuso con una sonrisa Jalifa, que se inclinó hacia delante y apagó el cigarrillo en el cenicero que había sobre el escritorio. A continuación puso a Al-Masri al corriente del asesinato de Abu Nayar.
Aquél lo escuchó con atención.
—Supongo que usted no sabrá nada, ¿verdad? —preguntó Jalifa cuando hubo terminado.
—Por supuesto que no sé nada —repuso Al-Masri, y se echó a reír—. Si se hiciese un nuevo descubrimiento por aquí seríamos los últimos en enterarnos.
—Pero es posible que se haya descubierto algo, ¿no?
—Claro que es posible. Creo que, hasta la fecha, no hemos descubierto más que un veinte por ciento de lo que queda del antiguo Egipto. O puede que menos. Las colinas de Tebas están llenas de tumbas por descubrir.
Tardarán otros quinientos años en dar con ellas.
Mahmud entró en ese momento con el té.
—Creo que debe de tratarse de algo importante —dijo Jalifa, aceptando el vaso que le ofrecía el joven y bebiendo un sorbo—. Algo tan importante como para que haya gente dispuesta a matar por ello. Y a guardar el secreto.
—Por aquí no faltan quienes matarían por un par de estatuillas funerarias.
—Se trata de algo más importante, doctor. He interrogado a muchas personas, y todas están muy asustadas. Hemos hablado con todos los anticuarios de Luxor y con sospechosos de traficar con antigüedades, y el pánico es el denominador común. Estoy convencido de que se trata de algo muy importante.
Al-Masri bebió un sorbo de té con expresión displicente. Pero Jalifa advirtió que el tema le interesaba. El doctor bebió otro sorbo y, luego, tras dejar el vaso a un lado, se levantó y empezó a pasear arriba y abajo por el despacho.
—Curioso —musitó—. Muy curioso.
—¿Tiene idea de lo que pueda ser? —preguntó Jalifa—. ¿Una tumba real, quizá?
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—No, no es probable. Mejor dicho, es muy improbable. La mayor parte de los grandes enterramientos reales ya se conocen, excepto los de Tutmosis II y Ramsés VIII; y posiblemente el de Smenjare, si aceptamos que el cuerpo de la KV55 era el de Akenatón, algo que personalmente no creo.
—Yo creía que la tumba de Amenofis I seguía sin ser descubierta —dijo Jalifa.
—Bobadas. Lo enterraron en la KV39, como admite todo arqueólogo sensato. Además, la cuestión es que, si se tratase de un enterramiento real importante, estaría, casi con toda seguridad, en el Valle de los Reyes, y allí no habría forma de mantener en secreto un descubrimiento semejante, por más gente a la que matasen. Aquello está tan lleno de turistas que uno apenas puede moverse. El doctor andaba con las manos cruzadas a la espalda. De vez en cuando se pasaba la lengua por el labio inferior.
—¿Y en el valle occidental? —preguntó Jalifa refiriéndose a un valle pequeño, menos frecuentado, que se abría hacia el centro del Valle de los Reyes.
—Allí sería más factible; pero si se hubiese descubierto algo, lo sabríamos.
—¿Una momia oculta?
—Ya no quedan momias, o, por lo menos, no quedan momias importantes, aparte de algunas de la época de la vigésima dinastía, y dudo de que nadie las considere tan importantes como para matar por ellas.
—Pues entonces podría tratarse del enterramiento de un personaje menor; de un príncipe, una princesa o una reina secundaria.
—También estarían enterrados en el Valle de los Reyes o en el Valle de las Reinas, en algún lugar cercano a la necrópolis. Les gustaba estar juntos.
Jalifa se inclinó hacia delante y encendió un cigarrillo.
—¿Un funcionario importante? ¿Un noble?
—Eso ya es más probable —admitió Al-Masri—. Aunque me sorprendería. Casi todas las tumbas de altos cargos que hemos descubierto estaban en el Valle de los Reyes o muy cerca, demasiado cerca para poder realizar excavaciones clandestinas, de hecho. Y esos enterramientos rara vez contienen algo interesante. Históricamente son valiosos, por supuesto, pero me refiero a que no contienen oro ni nada por el estilo. O por lo menos
no lo bastante para que alguien quiera matar para obtenerlo. Las excepciones obvias fueron Yuya y Tjuju, pero como digo, eran eso, excepciones. Al-Masri se detuvo frente a la ventana y dejó de hacer girar los pulgares.
—La verdad es que me deja usted perplejo, Jalifa —prosiguió—. Que alguien descubra una nueva tumba no es sorprendente. Como le he dicho, las colinas están llenas de tumbas por descubrir. Pero que alguien descubra una tumba que contenga tesoros y que esa tumba esté lo bastante alejada de los emplazamientos habituales como para poder mantenerlo en secreto, sería algo insólito.
—O sea, que no tiene ni idea de qué pueda tratarse, ¿no?
—Ni la menor idea. Por supuesto, abundan las historias sobre secretos enterrados en las colinas. Dicen que los sacerdotes de Karnak enterraron todo el oro del templo en una cueva bajo el Qurn para evitar que cayese en manos de los persas. Diez toneladas de oro. Pero son cuentos de viejas. No, inspector, me temo que estoy tan a oscuras como usted.
Al-Masri volvió a su mesa y se dejó caer en el sillón. Jalifa se terminó el té y se levantó. No había dormido en toda la noche y de pronto se sintió agotado.
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—De acuerdo, doctor —dijo—. Pero, si se enterase de algo no deje de informarme. Y nada de pesquisas de aficionados. Se trata de un asunto policial. El doctor agitó una mano como desestimando tal posibilidad.
—No irá a creer en serio que iré por mi cuenta a esas colinas a tratar de encontrar su condenada tumba, ¿verdad?
—Eso es exactamente lo que creo —repuso Jalifa mirando al doctor con expresión risueña.
Al-Masri frunció el entrecejo con fingido enojo y a continuación soltó una carcajada.
—De acuerdo, inspector. Haré lo que me dice. Si me entero de algo usted será el primero en saberlo.
Jalifa fue hacia la puerta.
—Maah salama, ya, doktora. Que la paz sea con usted.
—Y con usted, inspector. Aunque, si es cierto lo que me ha contado de este caso, me parece que tendrá muy poca paz.
Jalifa asintió con la cabeza y salió.
—Ah, inspector —lo llamó Al-Masri.
Jalifa se volvió a mirarlo.
—Si alguna vez viene de verdad a pedirme empleo, me encantaría concedérselo. Buenos días.
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Saqqara
Cogieron un taxi para ir a Saqqara y siguieron prácticamente la misma ruta que había hecho Tara dos días antes. Hassan, el hombre con quien había encontrado el cadáver de su padre, no estaba en la oficina. Pero uno de sus colegas la reconoció y le dio las llaves de la casa del campamento.
Siguieron con el taxi y se detuvieron frente a la casa. Se apearon y le dijeron al taxista que aguardase. Cruzaron el patio, abrieron la puerta y entraron.
El interior estaba oscuro y frío. Daniel abrió dos ventanas y los postigos para dejar entrar la luz. Tara miró alrededor. Al ver las paredes encaladas, el deshilachado sofá y las desvencijadas estanterías, pensó con tristeza en lo feliz que había sido allí
su padre y que, en cierto sentido, aquella casa se había convertido en parte de su vida. Se pasó la manga por los ojos y se volvió hacia Daniel, que estaba mirando un grabado enmarcado.
—¿Qué tenemos que buscar exactamente? —preguntó Tara.
—No lo sé —repuso él, encogiéndose de hombros—. Algo antiguo, supongo; con jeroglíficos.
Daniel fue hacia las estanterías y se puso a hojear uno de los libros. Tara dejó
caer el bolso en una silla y fue a una de las habitaciones que comunicaba con el salón. Había una cama turca en un rincón, un armario junto a la pared y, colgada de un gancho de la puerta, una raída chaqueta de safari. Metió la mano en uno de los bolsillos y sacó una cartera. Se mordió el labio inferior. Era de su padre.
—Éste es su dormitorio —dijo en voz alta.
Daniel fue hacia allí y juntos examinaron las pertenencias del finado.
No tenía muchas, sólo un poco de ropa, equipo fotográfico, un par de cuadernos y un diario encuadernado en piel. Sus anotaciones eran breves y poco reveladoras, relativas casi exclusivamente al día a día de sus excavaciones. Había varias menciones a Tara, a quien se refería con la inicial T. La última anotación acerca de ella era del día anterior a su llegada a Egipto, o sea, el penúltimo día de su vida.
A El Cairo por la mañana. Reunión en la Universidad Americana para decidir el programa de estudios del curso que viene. Almuerzo en el Departamento de Antigüedades. Compra por la tarde en Jan al-Jalili para la llegada de T. De vuelta en Saqqara a última hora de la tarde.
Eso era todo. Nada que arrojase luz sobre los acontecimientos recientes.
Dejaron el diario a un lado.
—A lo mejor es que ya han encontrado lo que buscaban —aventuró Tara.
—Lo dudo. De ser así no te habrían perseguido.
—¿Y cómo podemos saber que lo que buscan está aquí y no en El Cairo?
—No tenemos modo de saberlo. Mi impresión es que, fuera lo que fuese, no debía de hacer muchos días que obraba en poder de tu padre. Y
como es aquí donde vivió durante los tres últimos meses, lo lógico es empezar la búsqueda por aquí. Inspeccionemos el resto de la casa.
Pasaron una hora mirando en todos los armarios y en todos los cajones; e incluso debajo de las camas, sin éxito. Aparte del equipo fotográfico, no había allí
nada que pudiese interesar ni siquiera a un ladronzuelo.
—Empiezo a temer que me he equivocado —dijo Daniel, desanimado.
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Tara estaba en una de las habitaciones. La excitación de la búsqueda le había provocado una descarga de adrenalina, pero de pronto se sintió abatida. El dolor por la muerte de su padre, momentáneamente olvidado, volvió con mayor intensidad que antes, junto con una opresiva sensación de impotencia ante su irreparable pérdida. Se pasó la mano por el pelo, se dejó caer en la cama y apoyó la cabeza en la almohada. Al oír un crujido debajo de ésta, se incorporó y la levantó. Allí doblado encima de la sábana había un papiro con su nombre, Tara, escrito con tinta negra. Lo abrió y leyó.
—¡Daniel! —llamó—. Ven a ver esto.
Daniel entró en la habitación y ella le pasó el papiro. Daniel se apresuró a leerlo: Uno de ocho, primer eslabón de la cadena, pista a pista, paso a paso, y al final la recompensa, algo oculto, pero ¿se trata de un tesoro o sólo de huesos?. Quizá los dioses te ayuden si se lo pides amablemente, acaso lmhotep, o puede que Isis o Seth. Aunque, personalmente, yo lo buscaría un poco más cerca de casa, porque nadie sabe más que el viejo Mariette.
—¿No crees que eres ya un poco mayorcita para jugar a la busca del tesoro? —
dijo Daniel.
—Cuando yo tenía quince años mi padre me preparó una busca del tesoro para mi cumpleaños —dijo ella con una sonrisa de tristeza al recordarlo—. Fue una de las pocas veces que tuve la sensación de que realmente me quería. Creo que ésta es su manera de curar viejas heridas.
Una especie de ofrecimiento de paz. Daniel le apretó cariñosamente el hombro y volvió a mirar el papiro.
—Quizá... —dijo.
—Ya sé lo que piensas —lo interrumpió ella.
—Que la recompensa acaso sea lo que buscamos, ¿no? No lo sé. Pero merece la pena averiguarlo —dijo Daniel volviendo hacia el salón—.
Mariette es Auguste Mariette
—añadió—. Uno de los pioneros de la egiptología. Realizó importantes trabajos en Saqqara. Descubrió el Serapeo, las galerías subterráneas de Saqqara donde los egipcios enterraban a los toros sagrados, deidades adoradas en el templo de Menfis. Tara lo siguió y él volvió a detenerse delante del grabado que había estado contemplando.
—Auguste Mariette —dijo señalando la imagen, que representaba a un hombre de barba vestido con traje y el tradicional turbante egipcio.
Descolgó el grabado de la pared y le dio la vuelta. Fijado con cinta adhesiva había otro papiro doblado.
—Me parece que lo hemos encontrado —dijo con un brillo de entusiasmo en los ojos.
—Vamos, léelo, me estás poniendo nerviosa —lo apremió Tara.
Daniel desprendió el papiro y lo leyó.
Es una reina para un faraón y un faraón también, gobernó entre el esposo y el hijo de su esposo, se llamaba Nefertiti, un bello nombre, y con ella llegó el hermoso. El herético esposo, el condenado Akenatón, abandonado por los dioses por haberlos abandonado. Vivieron juntos, pero
¿dónde vivía ella? Quizá encuentres la respuesta en el libro.
—¿Y qué demonios significa esto? —exclamó Tara.
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—Nefertiti fue la principal esposa del faraón Akenatón —le explicó Daniel-. Su nombre significa «La Bella Venida». Después de la muerte de
Akenatón, Nefertiti cambió su nombre por el de Smenjare y gobernó como un faraón. La sucedió
Tutankamón, un hijo que Akenatón tuvo con otra esposa.
—Clarísimo —dijo Tara.
—Posteriores generaciones repudiaron a Akenatón por haber abandonado a los dioses tradicionales de Egipto en favor de la adoración de un único dios: Atón —
explicó Daniel-. Él y Nefertiti mandaron construir una nueva capital, a trescientos kilómetros de aquí, que fue llamada Akenatón, el Horizonte de Atón, aunque en la actualidad se conoce con el nombre árabe: Tell el-Amarna. Realicé excavaciones allí
una temporada. —Se acercó a la librería y añadió—: Al parecer tenemos que buscar un libro sobre Amarna.
Tara fue con él y recorrieron con la mirada los títulos de los libros.
Había varios relativos a Amarna, pero que no contenían ninguna pista. En uno de los dormitorios había otra librería, cuyos libros también examinaron, aunque sin éxito. Tara meneó la cabeza, desanimada.
—Esto es muy propio de mi padre. Si con la ayuda de un egiptólogo no logro dar con la pista, ¿qué hubiese podido hacer yo sola? ¡Nunca acabó de metérsele en la cabeza que a mí no me interesaban estas cosas!
Daniel no le prestaba atención. Estaba en cuclillas, con el entrecejo fruncido.
—¿Dónde vivió? —musitó—. ¿Dónde vivió Nefertiti? —Se irguió de pronto y exclamó—: Merde! ¡Seré imbécil! —Volvió a la habitación principal, se arrodilló frente a la librería y pasó el índice de la mano derecha por los lomos de los libros. Sacó un pequeño volumen y miró la portada—.
Me he pasado de listo. La clave era más literal de lo que parecía.
Daniel le tendió el libro a Tara y con una sonrisa de satisfacción señaló el título: Nefertiti vivió aquí.
—Probablemente es el mejor libro sobre excavaciones que se haya escrito nunca. Es de Mary Chubb. Tuve ocasión de conocerla. Una mujer fascinante. A ver qué dice la clave.
El siguiente pasaje, acerca de las dinastías del antiguo Egipto resultó ser más fácil que los últimos y los condujo a un póster de la máscara mortuoria de Tutankamón colgado en una pared de la cocina. La quinta clave se hallaba en el interior de un ánfora, en uno de los dormitorios; la sexta dentro del cañón de la chimenea; la séptima detrás de la cisterna del lavabo,
y la octava y última enrollada dentro de un tubo para guardar planos, en un armario del salón. Tara y Daniel ya se sentían muy impacientes. Leyeron el último pasaje juntos, atropellándose con las palabras por su impaciencia por descubrir lo que decía: La última al fin, ocho de ocho, la más difícil, que obliga a usar la cabeza, cerca de donde estás, pero no dentro, un viejo banco de cinco mil años, para los muertos, quince pasos hacia el sur (o quince hacia el norte), golpea en el centro, y ahora utiliza mis ojos, busca la señal de Anubis el Chacal, porque Anubis es el guardián del tesoro.
—¿Banco para los muertos? —preguntó Tara.
—Una mastaba —explicó Daniel-. Un tipo de tumba rectangular hecha de adobe. Mastaba significa «banco» en árabe. Ven.
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Tara recogió su bolso y salió de la casa tras él, haciendo una mueca de agobio ante el contraste del calor del exterior con el frescor que reinaba dentro de la casa. El taxista había aparcado a la sombra enfrente de la casa y se había adormilado, con la cabeza recostada en el respaldo y los pies asomando por la ventanilla. Daniel miró
alrededor, haciendo visera con la mano para protegerse del sol, y a continuación señaló a un montículo de forma redondeada que se alzaba de la arena a unos cincuenta metros por delante de ellos, a su izquierda.
—Debe de ser eso —le dijo—. No veo por aquí ninguna otra mastaba.
Cruzaron el camino y fueron hasta el montículo. A medida que se acercaban, Tara reparó en una estructura hecha de adobes muy deteriorados que coronaba el montículo. Daniel contó quince pasos y alcanzó uno de los lados de la mastaba, cuya parte superior le llegaba casi al cuello.
—Debe de ser aquí —dijo Daniel-. Tenemos que buscar la imagen de un chacal. Se acuclillaron y estudiaron la desigual superficie. Tara no tardó en descubrirlo.
—¡Aquí está! —exclamó llena de júbilo.
Grabada en uno de los adobes, apenas visible, se apreciaba la imagen de un chacal echado, con las patas extendidas y las orejas erguidas. El adobe parecía estar algo desencajado. Tara introdujo los dedos por las rendijas y empezó a extraerlo. Era obvio que ya lo habían retirado antes, porque le resultó fácil sacarlo. El hueco dejó
una profunda cavidad. Daniel se remangó, echó un vistazo para asegurarse de que no hubiese escorpiones, introdujo la mano en el hueco y
la retiró enseguida sujetando una caja de cartón plana atada con un cordel.
La posó sobre una rodilla y empezó a deshacer los nudos del cordel.
—¿Qué es esto? —preguntó Tara.
—No estoy seguro —respondió él—. Pesa bastante. Creo que podría tratarse de... Una sombra se cernió sobre ellos a la vez que oían un «clic»
metálico. Alzaron la vista, sobresaltados. De pie en lo alto de la mastaba, empuñando una pistola, un hombre de barba, con vestiduras y turbante negros, les hizo señas de que se levantasen y les habló en árabe.
—¿Qué dice? —preguntó Tara mirando a Daniel.
—Quiere la caja —contestó él. Fue a tenderle la caja al individuo, pero Tara le sujetó el brazo.
—No —dijo.
—¿Qué...?
—Primero hemos de saber qué contiene —añadió ella.
El de la barba volvió a hablar sin dejar de apuntarles. Daniel se aprestó a tenderle la caja, y de nuevo Tara le sujetó el brazo.
—¡He dicho que no! —masculló—. Antes quiero saber qué se proponen.
—¡Por el amor de Dios, Tara! ¡Esto no es un juego! ¡Nos matará!
¡Conozco a esta gente!
El de la barba empezaba a impacientarse. Apuntó a Tara a la cabeza, luego a Daniel y después a la parte superior de la mastaba. Hizo varios disparos contra los adobes provocando una lluvia de esquirlas y de polvo que les dio en la cara y en los pies. Daniel se soltó el brazo y lanzó la caja al interior de la tumba.
—Déjalo, Tara. A mí me interesa tanto como a ti saber lo que contiene, pero no merece la pena. Créeme. Es mejor dejarlo correr.
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Sin dejar de apuntarles, el individuo se acuclilló, alargó una mano y palpó en busca de la caja. Estaba ligeramente a su izquierda pero no acertaba. Desvió la mirada hacia abajo y sin pensárselo dos veces Tara tendió el brazo, lo agarró de la túnica y tiró de ella. El hombre gritó y cayó por el borde de la mastaba, de bruces en la arena entre Daniel y Tara, con el cuello torcido en un ángulo extraño. Por un instante ninguno de ellos se movió. Luego, mirando a Tara, Daniel se arrodilló y comprobó el pulso del hombre.
—¿Está inconsciente? —musitó Tara.
—Está muerto —respondió Daniel.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó ella llevándose las manos a la cara—.
¡Dios mío!
Daniel se quedó mirando al cuerpo. Le retiró el turbante y vieron que tenía una cicatriz vertical en el entrecejo. Luego se irguió y cogió a Tara del brazo con cierta brusquedad.
—Debemos marcharnos de aquí enseguida —dijo.
Daniel tiró del brazo de Tara pero, apenas habían recorrido unos metros cuando ella se soltó, volvió hasta la mastaba y recogió la caja.
—¡Por el amor de Dios! —gritó Daniel, yendo tras ella y sujetándola por los hombros—. ¡Déjala! Esto está provocado... ¿Es que no le entiendes?
Este tipo no es el único que... Debe de haber otros...
Tara se soltó de nuevo.
—¡Ellos mataron a mi padre! —gritó en tono desafiante—. ¡Tú haz lo que quieras, pero no voy a permitir que se queden con esta caja! ¿Lo has entendido? ¡No van a quedarse con ella!
Se miraron fijamente por unos instantes y por fin ella lo apartó con el brazo y se dirigió hacia la casa, metiendo la caja en su bolso. Daniel la siguió con la mirada, furioso, y luego fue tras ella protestando entre dientes.
Los disparos habían despertado al taxista, que en ese momento estaba de pie en medio del camino, mirando en dirección a la pareja.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó al ver que se acercaban.
—Nada —le espetó Daniel-. Llévenos de vuelta a El Cairo.
—He oído disparos.
—¡Usted no se preocupe por eso y haga lo que le digo!
Se oyeron varios disparos más y vieron a dos individuos vestidos de negro corriendo por el sendero hacia ellos. Sonaron más disparos, esta vez a sus espaldas. Otros dos hombres corrían hacia ellos por el lado del desierto.
El taxista gritó y se arrojó al suelo.
—¡Te advertí que ese tipo no estaba solo, Tara! —le gritó Daniel-. ¡A la casa!
¡Corre!
Daniel tiró del brazo de Tara y corrieron hacia la casa. Una bala pasó rozando sus cabezas, y otra se estrelló en el suelo y levantó una columna de polvo a dos palmos de sus pies. Llegaron a uno de los lados del edificio y saltaron a la terraza, que daba a una pendiente arenosa que llegaba hasta el
pueblo, donde numerosas personas habían salido de sus viviendas y miraban hacia arriba, alarmadas por los disparos.
—¡Corre hacia el pueblo, Tara!
—¿Y tú?
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—Ve tú delante. Yo bajaré enseguida.
—¡No pienso dejarte solo!
—¡Oh, Dios! —exclamó Daniel, exasperado.
Se oyeron pisadas. Alguien se acercaba corriendo. Daniel miró alrededor y vio una touria apoyada contra un banco. Cogió la azada, volvió a la casa y se apostó
junto a una pared. Las pisadas se oían cada vez más cerca. Alzó la touria, respiró
hondo y, en cuanto uno de sus perseguidores asomó por la esquina, le descargó un tremendo golpe en la cabeza. Se oyó un crujido sobrecogedor y el hombre, sin soltar su Heckler and Koch, cayó de espaldas sobre la maleza. Daniel se abalanzó sobre él y le arrebató el arma.
—¡Ahora, Tara! —gritó—. ¡Mientras tenemos ocasión!
Corrieron hasta el borde de la terraza y saltaron a la pendiente en medio de una polvareda. Había una franja de arena al pie de la pendiente y luego un sendero, paralelo a un palmeral, que llegaba hasta el pueblo. Un coche traqueteaba en dirección a ellos y Daniel corrió haciéndole señas de que se detuviera. El conductor aminoró la marcha al ver el arma y se detuvo.
Se oyeron disparos procedentes de lo alto de la pendiente. Daniel se volvió y contestó al fuego. Los lugareños gritaron y se dispersaron. Daniel siguió disparando hasta vaciar el cargador y corrió hacia el coche. El conductor había salido del vehículo, dejando las llaves en el contacto y el motor en marcha. Daniel saltó al volante.
—¡Sube! —le gritó a Tara—. ¡Sube enseguida!
Ella subió por el lado del acompañante y Daniel pisó el acelerador. Los neumáticos levantaron una lluvia de gravilla al acelerar el vehículo por el sendero. Una bala destrozó una de las ventanillas traseras y otra agujereó el capó. Pillaron un bache y el coche dio un bandazo. Por un momento pensaron que se estrellarían, pero Daniel logró dominar el vehículo y se alejaron sin dejar de oír disparos. Una gran polvareda envolvía la casa que había ocupado el padre de Tara.
—No sé qué demonios hay en esa puta caja tuya —dijo Daniel-, pero después de todo esto, espero que merezca la pena.
90
Luxor
Cuando Jalifa llegó a su casa a media tarde estaba tan agotado que a duras penas conseguía mantener los ojos abiertos. En cuanto entró por la puerta su hijo Alí
saltó a su cuello.
—¡Papi! ¡Papi! ¿Me comprarás una trompeta para Abu Haggag?
Las fiestas de Abu el-Haggag empezarían dentro de un par de días.
Hacía semanas que Alí y sus compañeros de escuela estaban decorando una balsa para la procesión de los niños, y el pequeño estaba muy nervioso esperando a que llegasen las fiestas.
—¿Me la comprarás? —gimoteó Alí tirando de la chaqueta de su padre
—. Mustafá
tiene una. Y Said.
Jalifa lo cogió en brazos y le alborotó el pelo.
—¡Claro que te la compraré!
Alí se agitaba entre sus brazos, exultante.
—¡Mamá! —gritó—. ¡Papi dice que me comprará una trompeta para Abu Haggag!
Jalifa se cargó al pequeño al hombro y, rodeando los materiales de construcción para su inacabada fuente, fue hasta el salón.
Zainab estaba sentada en el sofá, con el bebé en brazos. A su lado se encontraba su hermana Sama y su cuñado Hosni. Jalifa gruñó para sus adentros.
—Hola, Sama; hola, Hosni —los saludó dejando a su hijo en el suelo.
Hosni se levantó y ambos se.abrazaron. Alí fue a esconderse detrás del sofá.
—Acaban de llegar de El Cairo —explicó Zainab en un tono vagamente acusador. Zainab no hacía más que pedirle a Jalifa que la llevase a El Cairo a pasar unos días, pero él no acababa de encontrar el momento. Aparte de que suponía un gasto considerable.
—Hemos venido en avión —alardeó Sama—. Es mucho más rápido que el tren.
—Por negocios —intervino Hosni—. Tenía que ver a un nuevo proveedor. Hosni era un mayorista de aceite y rara vez hablaba de otra cosa que no fuese su negocio.
—Tenemos problemas para cubrir la demanda —prosiguió—. La gente tiene que comer, y para comer ha de cocinar con buen aceite. Es un mercado cautivo. Jalifa procuró mostrarse interesado.
—No sé si Zainab te lo habrá dicho, pero estamos a punto de lanzar un nuevo aceite de semillas de sésamo —continuó Hosni—. Es un poco más caro que el aceite que gastáis vosotros, pero de calidad excepcional. Puedo enviaros un par de latas, si queréis.
—Gracias —dijo Jalifa—. Nos encantaría, ¿verdad, Zainab? —añadió mirando a su esposa, que dejó escapar una risita.
Se moría de risa por dentro al ver cómo su esposo fingía interesarse por el negocio de su cuñado.
—Vamos, Sama —dijo Zainab, levantándose—. Dejémoslos hablar de sus cosas.
¿Quieres un vaso de karkaday, Hosni?
—Sí, gracias.
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—¿Y tú, Yusuf?
—Por favor.
Las hermanas fueron a la cocina y Jalifa y Hosni se sentaron evitando mirarse, algo incómodos. Permanecieron unos instantes en silencio.
—Bueno, ¿y qué tal van las cosas en la policía? —preguntó por fin Hosni—. ¿Has atrapado a algún asesino hoy? —añadió, aunque estaba menos interesado en el trabajo de Jalifa que éste en el suyo.
En realidad, Hosni miraba a su cuñado por encima del hombro.
¡Trabajar todo el día por un sueldo miserable! Zainab no había conseguido lo que se llama un buen partido. Aunque, claro, podría haber sido peor. Pero también podría haber encontrado a un hombre más en consonancia con el nivel económico a que estaba acostumbrada de soltera. Alguien que comerciase con aceite, por ejemplo. Ése era el futuro. Un mercado cautivo.
Y con el nuevo aceite de sésamo, los beneficios se dispararían.
—No, hoy no —repuso Jalifa.
—¿Perdón?
—Que hoy no he detenido a ningún asesino.
—Ah, bien... Tanto mejor, ¿no? O peor —dijo Hosni, e hizo una pausa tratando de retomar el hilo de la conversación—. Tengo entendido que has pedido un ascenso.
¿Crees que te lo concederán?
—Inshallah, si Alá lo quiere —repuso Jalifa encogiéndose de hombros.
—¿No crees que se trata más bien de lo que quiera tu jefe? —dijo Hosni, y se echó a reír dando palmadas en el brazo del sofá—. ¡Sama! ¡Eh, Sama! Me dice Yusuf que lo ascenderán si Alá lo quiere, y yo le digo que será si quiere su jefe. Se oyó una carcajada procedente de la cocina. Al parecer, a Sama la ocurrencia de su esposo le hacía tanta gracia como a él.
Alí acababa de asomar por detrás del sillón y estaba a punto de atizarle a Hosni con un cojín, pero Jalifa lo fulminó con la mirada y el pequeño se esfumó al instante.
—¿Y qué tal va la fuente? —preguntó Hosni tras un largo silencio, por decir algo.
—Aún está a medio hacer. ¿Quieres echarle un vistazo?
—¿Por qué no?
Fueron al vestíbulo y pasaron entre sacos de cemento y botes de pintura, a ver el minúsculo estante donde Jalifa iba a instalar la fuente de la que pretendía que algún día manase agua.
—Me parece un poco pequeña —comentó Hosni.
—Habrá más espacio cuando quite todos los materiales.
—¿De dónde haces llegar el agua?
—De la cocina.
Hosni se rascó el mentón, muerto de risa por dentro.
—¿Y por qué no te limitas a...?
Lo interrumpió Alí, que eligió aquel momento para correr hacia ellos y, sin querer, volcó un bote lleno de aguarrás. Un líquido viscoso de un color blanco grisáceo se extendió sobre el cemento del suelo.
—¡Maldita sea, Alí! —exclamó Jalifa—. ¡Zainab! ¡Trae un trapo!
Su esposa se asomó y dijo:
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—No voy a malgastar un trapo de cocina para fregar eso. Límpialo con papel de periódico.
—No tengo.
—Yo sí llevo uno, un ejemplar atrasado del Al-Ahram —dijo Hosni—.
Espera... Hosni fue a buscar el periódico al salón y empezó a cubrir el charco de aguarrás con hojas del mismo.
—¿Lo ves? Es un absorbente estupendo —dijo, y en el momento en que se disponía a colocar otra hoja, Jalifa le sujetó el brazo.
—Espera... —le dijo, arrodillándose—. ¿De qué fecha es este periódico?
—Pues...
—¿De qué fecha? —repitió Jalifa en tono apremiante.
—De ayer —contestó Hosni, desconcertado.
El inspector había apoyado una rodilla en el charco de aguarrás pero no pareció
percatarse de ello. Estaba inclinado hacia delante, leyendo con sumo interés algo que aparecía en la parte inferior de una página, pasando el índice de la mano derecha por las líneas a medida que las leía. Alí se acercó a él y se arrodilló a su lado, pasando también el dedo por el papel, imitando a su padre.
—Ayer —musitó Jalifa cuando hubo terminado de leer el artículo—.
Ayer. O sea, a Nayar lo mataron el viernes, y a éste..., con un día de diferencia. —Guardó silencio por unos segundos, pensativo, y luego exclamó—: ¡Joder! —Se irguió. Tenía una mancha en la rodilla izquierda
—. ¡Joder!
—¡Joder! —repitió Alí, saltando tras él. Su padre lo fulminó con la mirada.
—¿Qué ocurre? —preguntó Hosni—. ¿Qué pasa?
Jalifa no le hizo caso y corrió a la cocina, olvidando su agotamiento.
—Debo irme, Zainab —informó a su esposa.
—¿Irte? ¿Adónde?
—A El Cairo.
—¡A El Cairo!
Por un momento pareció que su esposa iba a montar una escena, pero en lugar de ello se le acercó y lo besó en la frente.
—Espera, te traeré unos pantalones limpios.
En el pasillo Hosni leía el artículo que había sobresaltado a Jalifa.
Aparecía una fotografía de un tipo malcarado con un parche en el ojo. El titular rezaba: «Anticuario de El Cairo brutalmente asesinado».
Hosni meneó la cabeza. En el mundo del aceite no ocurrían esas cosas, pensó.
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El Cairo
Durante el trayecto de regreso a El Cairo apenas hablaron. Daniel iba concentrado en la conducción mirando nerviosamente por el espejo
retrovisor para comprobar si los seguían. Tara no hacía más que mirar su bolso. Hasta que hubieron llegado a la carretera El Cairo-Gizeh y giraron a la derecha hacia el centro de la ciudad no rompió Daniel el silencio.
—Perdona, Tara, pero no creo que llegues a entender lo peligroso que es todo esto. Esos tipos... son seguidores de Saif al-Thar. ¿Te has fijado en la cicatriz vertical que tienen en el entrecejo? Es la marca que los identifica.
Tara estaba jugueteando distraídamente con la cremallera de su bolso.
—¿Quién es ese Saif al-Thar? —preguntó—. No hago más que oír su nombre.
—Un líder fundamentalista —respondió Daniel, que dio un ligero golpe de volante para esquivar a un ciclista que llevaba en la cabeza una bandeja de mimbre llena de pastas para el té—. Su nombre significa «la Espada Vengadora». Predica una mezcla de nacionalismo egipcio y extremismo islámico. No se sabe mucho acerca de él, salvo que apareció en el mundo del terrorismo en los años ochenta. Desde entonces no ha hecho sino organizar atentados mortales, casi siempre contra occidentales. Hace un par de años hizo estallar un coche bomba al paso del embajador estadounidense. El gobierno ofrece un millón de dólares de recompensa por su captura, vivo o muerto. —
Ladeó ligeramente la cabeza sonriéndole con un rictus de amargura y añadió—: Te has cubierto de gloria, Tara. Acabas de crearte un enemigo que es el tipo más peligroso de Egipto. ¡Dios!
Tara guardó silencio. Siguieron a lo largo de un par de kilómetros, adentrándose cada vez más en la ciudad hasta llegar a un tramo sobreelevado donde había un atasco descomunal. Estuvieron parados durante cinco minutos y luego, maldiciendo entre dientes, Daniel giró a la izquierda y logró encontrar aparcamiento en un callejón lleno de basura.
—Debemos salir cuanto antes de aquí —dijo Daniel en cuanto se hubo apeado—. Es demasiado peligroso. No creo que nos hayan seguido, pero nunca se sabe. Tienen gente por todas partes.
Echaron a andar hasta unos terrenos cercados. Tara pensó que debían de corresponder a un parque, pero enseguida reparó en que se trataba de un zoológico. Había una entrada treinta metros más adelante; Daniel la cogió del brazo y fueron hacia allí.
—Entremos. Será menos probable que nos vean. Además, hay teléfono público. Pagaron las veinte piastras que costaba la entrada y traspusieron uno de los tornos. El ruido de la ciudad se extinguió como por ensalmo en
cuanto se hubieron adentrado unos metros en el zoo. Apenas oían más que el canto de los pájaros. Pasaron junto a familias y jóvenes parejas sentadas en los bancos con las manos entrelazadas. Oyeron el murmullo del agua cerca de donde estaban. Se adentraron por un sendero sombrío mirando continuamente hacia atrás, por si los seguían. Pasaron por delante del foso de los rinocerontes, de la jaula de los monos, de un estanque en el que se bañaban varias focas y de otro lleno de flamencos, hasta llegar junto a un banano a cuya sombra había un banco de piedra. Se sentaron. Había una cabina telefónica a cinco metros de allí, y, enfrente, un foso con un elefante de aspecto cansino, con una pata sujeta a unos barrotes con una cadena.
Daniel miró hacia los senderos que desembocaban en aquel sector. Luego cogió el bolso de Tara, lo abrió y sacó la caja.
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—Vayamos por partes y veamos qué contiene —dijo.
Miró alrededor, retiró el cordel y destapó la caja. Dentro, encima de una capa de paja, había un objeto plano envuelto en papel de periódico, con una tarjeta fijada con cinta adhesiva:
Esto me ha parecido apropiado, Tara. Con mi cariño de siempre. Papá.
Daniel miró a Tara, sacó el objeto y retiró el papel. Era un fragmento, al parecer de yeso, de forma cuadrangular, con los bordes irregulares. Estaba pintado de un color amarillo pálido y tenía tres columnas de jeroglíficos de color negro y, a la izquierda, parte de una cuarta columna. Al pie había una hilera de figuras que representaban serpientes con la cabeza erguida. Tara dedujo que ésa debía de ser la razón por la que su padre había elegido aquel objeto.
Daniel le dio la vuelta a la tablilla y asintió con la cabeza como si comprendiese.
—¿Sabes qué es? —preguntó Tara.
Como Daniel no contestó, Tara repitió la pregunta.
—Yeso —respondió él, abstraído—; parte de la decoración de una tumba. Los jeroglíficos pertenecen a un texto más extenso. ¿Ves? Esto es parte de una frase... Artísticamente es bastante bueno. O, mejor dicho, muy bueno —añadió con una sonrisa.
—¿Es auténtico?
—Sin duda; del período tardío. Probablemente griego, o romano; o quizá de la época de la ocupación persa. No muy anterior. Y casi con toda seguridad de Luxor.
—¿Cómo lo sabes?
Daniel miró el trozo de periódico en el que estaba envuelto el fragmento. En la parte superior había algo escrito en árabe.
—Al-Ugsur —tradujo—. Luxor. Es de un periódico local.
Tara se acercó el fragmento y lo miró meneando la cabeza.
—No entiendo que mi padre lo comprase, si es auténtico. Detestaba el tráfico de antigüedades del patrimonio cultural. No paraba de lamentarse del gran daño que causa.
Daniel se encogió de hombros.
—Es probable que creyese que se trataba de una falsificación. No pertenece a la época en que él era especialista. Para quien no sea un experto en el arte funerario del período tardío, resulta difícil de distinguir de un fragmento auténtico. De haber sido del Imperio Antiguo tu padre lo habría reconocido de inmediato.
—Pobre papá —dijo Tara, y soltó un suspiro—. Se habría llevado un tremendo disgusto —añadió devolviéndole el fragmento—. ¿Qué significan los jeroglíficos?
Daniel posó la tablilla en su regazo y la examinó.
—Se lee de derecha a izquierda. Fíjate: la primera columna dice abed, que significa «mes». Esos trazos equivalen al número tres, y luego dice peret, que era una de las divisiones del año egipcio, más o menos equivalente a nuestro invierno. O sea, que dice: «En el tercer mes del invierno». Luego... —Frunció el ceño y añadió—: Esto parece un nombre: Ib-Wer-Imenty. Gran Corazón del Oeste; ib-wer, «gran corazón»; imenty,