El Enigma de Cambises

Paul Sussman · Capítulo 1 de 4 · parte 1/4

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El Enigma de Cambises

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Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

El Enigma de Cambises

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1

Paul Sussman

El enigma

de Cambises

Las calcinantes arenas del desierto egipcio

esconden soberbios tesoros aún por descubrir.

Pero ¿qué nuevas maldiciones podrían caer si la moderna arqueología alumbrara una auténtica

epopeya de tiempos remotos? ¿Qué castigo a la avaricia

de

los

hombres

representaría

desenterrar dos mil quinientos años de historia, cubiertos por la terrible ira del oráculo de Amón?. Una furia desatada que sepultó bajo

tierra a un ejército de cincuenta mil hombres y que escribió la hermética leyenda del enigma de Cambises.

2

A mi hermosa Alicky, por soportarme,

y a mi madre y mi padre,

por apoyarme sin obligarme jamás.

La tropa que había sido enviada para atacar a los amonitas partió de Tebas acompañada de guías, y puede seguirse su avance hasta la ciudad de Oasis, que dista de Tebas siete jornadas de camino a través de una zona desértica. Cuentan que el ejército llegó hasta allí, pero nada se sabe de su suerte posterior. No llegó al territorio de los amonitas ni tampoco regresó a Egipto. Corre la versión, entre los propios amonitas y entre quienes se la habían escuchado contar a aquéllos, de que cuando los hombres habían dejado Oasis, y en su avance a través del desierto habían llegado a mitad de camino entre la ciudad y la frontera del país amonita, un viento del sur sumamente violento lanzó la arena a montones sobre ellos mientras comían, y desaparecieron para siempre.

HERÓDOTO, Historia, Libro tercero, traducido por Aubrey de Sélincourt

3

E l e n i g m a d e C a m b i s e s

P a u l S u s s m a n

En el desierto occidental, año 523 a.C.

La mosca llevaba toda la mañana incordiando al griego, quien, como si el sofocante calor del desierto, las marchas agotadoras y las magras raciones no fuesen suplicio suficiente, tenía que soportar ese tormento añadido.

Maldijo a los dioses y se dio una bofetada en la mejilla que provocó una lluvia de gotitas de sudor, pero sin acertar a aplastar al insecto.

—¡Malditas moscas! —exclamó.

—No les hagas caso —le aconsejó su compañero.

—¡Qué más quisiera! ¡Van a volverme loco! Deben de haberlas enviado nuestros enemigos.

Su compañero se encogió de hombros.

—Pues quizá sí hayan sido ellos. Dicen que los amonitas tienen extraños poderes. He oído que pueden convertirse en animales salvajes; en chacales, leones y otras fieras.

—Por mí, que se conviertan en lo que quieran —refunfuñó el griego—.

Pero como les ponga las manos encima pagarán por esta maldita marcha.

¡Ya hace cuatro semanas que salimos! ¡Cuatro semanas!

Se descolgó el pellejo de agua que llevaba al hombro y bebió haciendo una mueca de desagrado al notar el líquido caliente y oleoso. Habría dado cualquier cosa por una jarra de agua fresca de las fuentes de Naxos; en vez de aquélla que sabía como si cincuenta rameras picadas de viruela se hubiesen bañado en ella.

—No pienso seguir alistándome como mercenario —añadió—. Esta campaña es la última.

—Siempre dices lo mismo.

—Pero esta vez va en serio. Volveré a Naxos a buscar esposa, una buena parcela y un olivar. Ya sabes que eso da dinero.

—Nunca te acostumbrarías.

—Ya lo creo que sí —replicó el griego, tratando en vano de darle un manotazo a la mosca—. Estoy seguro. Esta vez es distinto.

Y, ciertamente, aquella vez era distinto. Llevaba veinte años luchando en las guerras de otros. Era demasiado tiempo. Ya no soportaba más aquellas marchas. Y el dolor de su vieja herida de flecha se le había agravado aquel año. Apenas podía levantar el escudo por encima del pecho.

Esa expedición sería la última. Volvería a la isla en la que había nacido y cultivaría un olivar.

—Y bien, ¿quiénes son los amonitas? —dijo tras beber otro trago de agua.

—No tengo ni idea —contestó su compañero—. Al parecer tienen un templo que Cambises quiere que destruyamos. Por lo visto hay allí un oráculo. Es todo lo que sé. El griego volvió a refunfuñar, pero no quiso seguir con el tema. En realidad, nunca le interesaba saber contra quién iba a luchar. Le daba igual que fuesen libios, egipcios, carios, hebreos o compatriotas. Se alistaba, mataba a quien tuviese que matar y, una vez terminada la campaña, se alistaba para otra, muy a menudo, contra los mismos que le habían pagado por la anterior. En esos momentos su señor era Cambises de Persia, pero hacía sólo unos meses había luchado contra éste en el ejército de Egipto. Así era la vida de los mercenarios.

Bebió otro trago de agua y dejó vagar el pensamiento hacia Tebas, hacia el último día que pasó allí antes de disponerse a partir rumbo al desierto. Él y un amigo, 4

Faedis de Macedonia, bebieron un odre de cerveza y cruzaron el caudaloso Iteru hacia el valle conocido como las Puertas de los Muertos, donde se decía que estaban enterrados grandes reyes. Pasaron la tarde

bebiendo y explorando. Descubrieron una estrecha cueva al pie de una pendiente muy escarpada y, casi como si se tratara de un desafío, se adentraron para explorarla. Las paredes y el techo estaban cubiertas de imágenes pintadas. El griego sacó un cuchillo y empezó a grabar su nombre en el yeso: AYMMAXO2: MENENAOY NASIO2: TAYTA TA OAYMAITA EIAON AYPION TOI1

THI AMMONIAI EAPAI ENOIKOY1IN EIIIETPATEYEQ EII'AP...

(«Yo, Dimacos, hijo de Menendos de Naxos, vi estas maravillas. Mañana marcharé contra los amonitas. Si yo

...»).

Antes de terminar la frase, el pobre Faedis apoyó la rodilla sobre un escorpión. Profirió un grito y salió de la cueva como un gato asustado.

¡Cómo se había reído Dimacos!

Pero quien ríe el último ríe mejor: como la pierna se le hinchó hasta ponerse como un tronco, Faedis no pudo marchar al día siguiente y se ahorró cuatro semanas de tormento en el desierto. ¿Pobre Faedis?

¡Afortunado Faedis!, y rió al recordarlo. La voz de su compañero lo sacó de su ensoñación.

—¡Dimacos! ¡Eh, Dimacos!

—¿Qué?

—¡Mira eso, imbécil! ¡Por delante!

El griego alzó la vista hacia la parte delantera de la columna. Estaban cruzando un valle entre dunas muy altas y, allá delante, con su contorno difuminado por el intenso resplandor del sol del mediodía, se alzaba una enorme roca en forma de pirámide, con los lados tan uniformes que parecían tallados. La visión de aquella mole en un paraje tan desnudo era estremecedora. El griego se llevó instintivamente la mano al amuleto de Isis que llevaba colgado del cuello y musitó una plegaria para protegerse de los malos espíritus.

Marcharon durante otra media hora hasta que, a mediodía, les ordenaron detenerse para almorzar. La compañía griega ya casi se hallaba frente a la roca. El griego fue tambaleándose hacia la base de ésta y se dejó caer en la franja de sombra que proyectaba.

—¿Cuánto falta? —preguntó crispado—. ¡Oh, Zeus! ¿Cuánto falta?

Varios muchachos empezaron a repartir higos y pan, y los hombres comieron y bebieron. Luego, varios grabaron su nombre en la superficie de la roca. Pero el griego se recostó y cerró los ojos para disfrutar de la brisa

suave que había empezado a soplar. Notó el cosquilleo de una mosca que se había posado en su mejilla. Estaba seguro de que era la misma que lo había mortificado durante toda la mañana. Sin embargo, no hizo nada para espantarla. La dejó vagar por sus labios y sus párpados. La mosca echó a volar y, al instante, volvió a posarse. Repitió la maniobra una y otra vez, como si lo pusiese a prueba. Pero el griego siguió sin moverse y el insecto, confiado, terminó por posarse en la frente. Con sumo cuidado, el griego fue alzando la mano, la detuvo a menos de un palmo de la cara y a continuación la estampó

violentamente contra la frente.

—¡Ya te he cazado, condenada! —exclamó el griego mirando hacia los restos de la mosca que impregnaban su mano derecha—. ¡Por fin!

Su alegría, no obstante, duró muy poco, pues de pronto llegó a sus oídos un clamor procedente de la retaguardia de la columna.

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—¿Qué ocurre? —preguntó limpiándose los restos de la mosca. Se puso en pie y llevó la mano derecha a la empuñadura de la espada—. ¿Nos atacan?

—No lo sé —respondió el hombre que estaba a su lado—. Pero algo ocurre por ahí atrás.

El clamor era ensordecedor. Cuatro camellos desbocados pasaron por su lado como una exhalación echando espuma por la boca. Sus cascos atronaban como si fuesen una manada. Los fardos que llevaban colgaban por detrás, casi desprendidos de sus ataduras. Se oían gritos, unos estentóreos y otros semiahogados. También el viento arreciaba, alborotándole el cabello.

El griego hizo pantalla con la mano para protegerse los ojos y miró hacia el sur, en dirección al valle. Le pareció divisar algo oscuro en la retaguardia. Pensó que era una carga de caballería, pero de pronto una violenta ráfaga de viento le dio en la cara, y entonces oyó con claridad lo que hasta ese momento había sido un grito ininteligible.

—Oh, Isis... —musitó.

—¿Qué ocurre? —preguntó su compañero. El griego lo miró, visiblemente asustado. —Una tormenta de arena.

Nadie se movió ni dijo nada. Todos habían oído hablar de las tormentas de arena del desierto. Se desataban como por ensalmo y se tragaban cuanto

encontraban a su paso, a veces ciudades enteras, según se decía, y hasta civilizaciones.

—Si te encuentras con una tormenta de arena, sólo puedes hacer una cosa —les había dicho uno de los guías libios. —¿Qué? —preguntaron el griego y su compañero al unísono. —Morir —había respondido el libio.

—¡Que los dioses nos protejan! —se oyó clamar a uno.

Al cabo de unos instantes se produjo la desbandada. Los guerreros gritaban aterrorizados.

—¡Piedad!

—Oh, dioses, ¡tened compasión!

Algunos se desprendieron de sus fardos y echaron a correr enloquecidos valle arriba. Otros subieron trabajosamente por la pendiente de la duna, cayeron de rodillas o se arrimaron a la mole de roca. Un hombre cayó de bruces en la arena, llorando. Otro fue arrollado por un caballo al intentar subir a su grupa. Sólo el griego permaneció donde estaba. No pronunció palabra ni se movió, sino que se limitó a seguir allí, inmóvil, mientras la oscura pared avanzaba inexorablemente hacia él. Por su lado pasaba un incesante desfile de animales de carga y de hombres que, despavoridos, se habían desprendido de sus armas.

—¡Corre! —le gritaban—. ¡Ya se ha tragado la mitad del ejército!

¡Corre, si no quieres morir!

El viento arreciaba y levantaba densos velos de arena en torno a sus piernas y su cintura. Oyó un estruendo semejante al de una catarata. El sol se oscurecía por momentos.

—¡Vamos, Dimacos! ¡Alejémonos! —le gritó su compañero—. Si seguimos aquí

moriremos enterrados vivos.

Pero el griego siguió sin moverse, con una sonrisa en el rostro. De todas las maneras de morir que había imaginado, que eran muchas, aquélla nunca se le había pasado por la cabeza. ¡Y en la que se proponía que fuese su última campaña! Era un cruel sarcasmo. Terminó por echarse a reír, sin ganas.

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—¿Te has vuelto loco, Dimacos? ¿Qué te pasa?

—Vete —dijo el griego alzando la voz para que se le oyese pese al fragor de la tormenta—. ¡Corre tú si quieres! Me da igual morir donde estoy que un poco más allá. Desenfundó la espada y miró la imagen de la

serpiente grabada en la hoja reluciente, enrollada y con las mandíbulas ceñidas a la punta. Había conseguido aquella espada en su primera campaña, hacía ya más de veinte años, contra los lidios, y desde entonces siempre la había llevado consigo. Era como un talismán. Deslizó el pulgar por la hoja. Su compañero echó a correr despavorido.

—¡Estás loco! —le gritó volviéndose a mirarlo—. ¡Completamente loco!

El griego hizo caso omiso. Empuñó la espada con firmeza y miró hacia la gigantesca y oscura nube que se acercaba. No tardaría en echársele encima. Tensó los músculos.

—¡Vamos! —susurró—. ¡A ver lo valiente que eres!

De pronto se sintió exultante. Siempre le ocurría igual: el miedo inicial, el peso en los brazos y las piernas, y luego el repentino goce de la batalla.

Quizá cultivar olivos no fuese lo suyo, después de todo. Él era un machimos. Llevaba el combate en la sangre. Quizá así fuese mejor. Empezó a entonar un viejo cántico egipcio, a modo de conjuro para protegerse del mal.

¡La flecha de Sajmet está contigo! ¡La magia de Tot está en tu cuerpo!

¡Que Isis te maldiga!

¡Que Neftis te castigue!

¡La lanza de Horus está en tu cabeza!

Y entonces lo embistió la tormenta, con la fuerza de mil carros de guerra. El viento casi lo levantaba del suelo y la arena lo cegaba; le rasgaba la túnica y le arañaba la piel. Formas siniestras asomaban de la gigantesca sombra, brazos que se agitaban. Se oían gritos ahogados por el ensordecedor rugido de la ola de arena. Uno de los estandartes del ejército, desprendido del asta, se le enrolló en las piernas unos instantes; luego salió despedido y desapareció en el torbellino. El griego daba inútilmente tajos contra el viento, que lo zarandeó hasta obligarlo a arrodillarse. Un puño de arena se hundió en la boca de su estómago, ahogándolo. Logró ponerse de pie, pero casi de inmediato la tormenta volvió a arrojarlo al suelo. Y

esta vez ya no se levantó. Una ola de arena lo cubrió.

El griego se debatió por unos instantes y finalmente quedó inerte. De pronto se sintió muy cansado, muy tranquilo y casi ingrávido. Varias imágenes cruzaron lentamente por su mente: Naxos, donde había nacido y crecido; la tumba de Tebas; Faedis y el escorpión; su primera campaña, hacía tantos años, contra los feroces lidios, cuando había conseguido la

espada. Con un supremo esfuerzo alzó ésta por encima de la cabeza.

Cuando su cuerpo quedase enterrado, la gruesa hoja con la serpiente grabada asomaría a la superficie y marcaría el lugar en el que había caído.

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El Cairo, septiembre de 2000

La limusina, semejante a una ballena negra, cruzó lentamente la verja de la embajada y se detuvo por un momento antes de adentrarse en el tráfico.

Dos motoristas de la policía se situaron delante y otros dos detrás. La limusina y su escolta enfilaron la avenida flanqueada de árboles y edificios y al cabo de unos cien metros giraron a la derecha hasta Corniche el-Nil.

Los conductores de otros coches que circulaban cerca trataban de ver quién era el ocupante de la limusina, pero ésta tenía las lunas ahumadas y sólo se distinguía la borrosa silueta de dos cabezas. Un banderín con las barras y estrellas estadounidenses se agitaba en la parte delantera izquierda del vehículo.

Tras recorrer un kilómetro, la limusina llegó a un laberinto de intersecciones de carreteras y de pasos elevados. Los motoristas que iban delante redujeron la velocidad, hicieron sonar la sirena y fueron guiando la limusina hasta la rampa de acceso a un tramo elevado, por donde el tráfico no era muy denso. El pequeño convoy aceleró y fue siguiendo las señales que indicaban la dirección del aeropuerto. Los motoristas que iban detrás se acercaron y empezaron a charlar entre ellos. La deflagración fue tan inesperada que desconcertó a todos. Primero se oyó un ruido sordo y un siseo. La limusina saltó por los aires, rebasó el quitamiedos y fue a estrellarse contra un muro de hormigón. De pronto se oyó otro ruido sordo, más fuerte que el anterior, que hizo temblar el vehículo, debajo del cual brotó una llamarada. Entonces quedó claro que no había sido un accidente de tráfico. Los motoristas se detuvieron. La puerta del lado del conductor se abrió de golpe y el chófer salió tambaleándose y gritando, con la chaqueta en llamas. Dos automovilistas trataron de apagarlas con sus chaquetas; otros dos intentaron abrir las puertas traseras, contra la que golpeaban, frenéticas, unas manos. Una columna de humo que adoptó la forma de un paraguas se elevó hacia el cielo. El aire se volvió

denso y empezó a oler a gasolina y a caucho quemado. Los coches redujeron la velocidad y sus ocupantes se detuvieron a mirar, atónitos. El banderín de las barras y estrellas empezó a arder y en pocos segundos quedó reducido a cenizas.

8

En el desierto occidental, una semana después

—¡Esto es genial! —exclamó el conductor del Toyota todoterreno al llegar a lo alto de la duna.

El vehículo quedó suspendido en el aire por unos instantes, como un desgarbado pájaro blanco, antes de deslizarse de nuevo por el otro lado. El conductor estuvo a punto de perder el control del vehículo al describir éste un pronunciado ángulo hacia abajo, pero logró dominarlo y llegar al pie de la duna. Acto seguido pisó de nuevo el acelerador y se dispuso a ascender por la siguiente duna.

—¡Genial, genial!

El viento agitaba la rubia melena del conductor mientras el vehículo avanzaba en medio de la música atronadora que surgía del radiocasete. Al cabo de veinte minutos se detuvo en un altozano y el conductor apagó el motor. Le dio una calada al porro, cogió los prismáticos, bajó del vehículo y sus botas rechinaron sobre la arena. El silencio del desierto era espectral y el aire muy caliente. El cielo, de un tono blanquecino cegador, parecía oprimir la tierra. El conductor se detuvo por un momento a contemplar el abigarrado collage de dunas y franjas pedregosas que se extendía en derredor. Era un paisaje extraño y sobrenatural, sin vida ni movimiento. Dio una nueva calada al porro, alzó los prismáticos y los enfocó hacia el noroeste. Vio una escarpa de piedra caliza en forma de medialuna, y en el medio de ésta el verdor de un oasis. Unas construcciones blancas asomaban diseminadas entre palmerales y lagunas de agua salada. Una franja ancha y blancuzca, en el lado oeste de los cultivos, marcaba el límite de una pequeña población.

—Siwa —dijo el hombre del todoterreno con una sonrisa, exhalando unas volutas de humo por la nariz—. Gracias a Dios.

Permaneció donde estaba durante unos minutos, oteando el horizonte; luego regresó al vehículo, puso el motor en marcha y la música del radiocasete volvió a atronar entre las dunas.

Al cabo de una hora alcanzó los límites del oasis traqueteando por la arena y se internó en una carretera de tierra compacta. A su derecha se elevaban tres antenas de radio y una cisterna de hormigón. Unos perros se arremolinaron ladrando junto a las ruedas.

—¡Hola, tíos, me alegro de veros! —El conductor se echó a reír e hizo sonar el claxon, espantando a los perros.

Pasó por delante de dos antenas parabólicas y un improvisado campamento militar antes de llegar a una carretera asfaltada que lo condujo hasta el centro del extenso enclave que había divisado desde lo alto de la duna. Era el poblado de Siwa. El lugar estaba casi desierto. Un par de carromatos tirados por asnos avanzaban por la carretera, y en la plaza principal un grupo de mujeres con el rostro cubierto por unos velos de algodón gris se apiñaban frente a un polvoriento tenderete de verduras. Los demás habitantes del enclave estaban dentro de sus viviendas, a salvo del calor del mediodía.

Estacionó el todoterreno a un lado de la plaza, al pie de un montículo en el que se alzaban unas viviendas en ruinas. Cogió del asiento trasero un sobre grande de color crema, se apeó y, sin molestarse en cerrar las puertas, empezó a cruzar la plaza. Se detuvo en una tienda en la que vendían un poco de todo, habló por un instante con el dueño, le dio un trozo de papel y un fajo de billetes y señaló hacia el

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Toyota. Luego siguió adelante, hacia una bocacalle, y entró en un edificio de aspecto destartalado. A un lado de la puerta un letrero pintado anunciaba: WELCOME HOTEL. En cuanto lo vio entrar, el hombre que estaba detrás del mostrador de recepción saltó del taburete con expresión de júbilo y corrió a saludarlo.

—¡Doctor John! ¡Me alegro de verte de nuevo! —exclamó en beréber.

—Yo también me alegro de verte, Yakub —dijo el otro, también en beréber—.

¿Cómo estás?

—Bien. ¿Y tú?

—Sucio —repuso el joven del todoterreno, sacudiéndose el polvo adherido a la camiseta, que llevaba estampado el lema I love Egypt—.

Necesito ducharme enseguida.

—Claro, por supuesto, ya sabes dónde están las duchas. No hay agua caliente, pero de la fría puedes gastar toda la que quieras. ¡Mohamed!

¡Mohamed! —Al instante un muchacho salió por una puerta contigua—. El doctor John ha vuelto. Tráele una toalla y jabón.

El muchacho fue a cumplir con el encargo, golpeteando con sus chancletas sobre el suelo de baldosas.

—¿Quieres comer? —preguntó Yakub.

—Estoy muerto de hambre. Llevo ocho semanas viviendo a base de alubias y sardinas en lata. No ha pasado noche que no haya soñado con tu pollo al curry. Yakub se echó a reír.

—¿Lo quieres con patatas fritas?

—Con patatas fritas, pan tierno, una Coca-Cola, y todo lo que puedas servirme. Yakub soltó otra carcajada.

—Veo que sigues siendo el mismo doctor John de siempre.

El muchacho de las chancletas regresó con una toalla y una pequeña pastilla de jabón y se la tendió al huésped.

—Primero he de hacer una llamada —dijo éste.

—No hay problema. Acompáñame.

El dueño del hotel lo condujo a lo que parecía un cuarto trastero. En él había un expositor de postales, tan manoseadas que tenían las puntas dobladas, y, en lo alto de un archivador, un teléfono. El joven dejó el sobre encima de una silla, descolgó el auricular y marcó.

—¿Podría ponerme con...? —preguntó en árabe al cabo de unos momentos. Yakub le hizo ademán de que hablase tranquilamente y volvió dos minutos después con el refresco. Pero, como vio que su huésped seguía hablando, dejó la botella encima del archivador y fue a prepararle la comida.

Media hora más tarde, duchado y afeitado, con el cabello peinado hacia atrás revelando una frente quemada por el sol, el joven estaba sentado en el jardín del hotel a la sombra de una palmera, dando cuenta del almuerzo.

—Bueno... ¿y qué ha ocurrido por estos mundos, Yakub? —preguntó mientras partía un trozo de pan y rebañaba el plato.

Yakub bebió un sorbo de Fanta y dijo:

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—¿Te has enterado de lo del embajador estadounidense?

—Llevo dos meses sin saber nada de lo que pasa en el mundo. Es como si hubiese estado viviendo en Marte.

—Hicieron estallar una bomba a su paso.

El joven dejó escapar un silbido.

—Hace una semana —añadió Yakub—. En El Cairo. Fueron los de la Espada Vengadora.

—¿Muerto?

—No. Se salvó de milagro.

El joven soltó un gruñido de contrariedad.

—Es una lástima —dijo—. Si acabasen con todos los burócratas, el mundo sería más agradable. En fin... Este curry está formidable, Yakub.

Dos jóvenes europeas se levantaron de una mesa del fondo del jardín.

Una de ellas ladeó la cabeza, miró al nuevo huésped y le sonrió. John correspondió con una ligera inclinación de cabeza.

—Me parece que le gustas —dijo Yakub cuando las jóvenes hubieron salido.

—Quizá —dijo John—. Pero en cuanto le diga que soy arqueólogo echará a correr despavorida. ¿Sabes cuál es la primera regla de la arqueología, Yakub? Nunca le digas a una mujer a qué te dedicas. Sería como darle el beso de la muerte. Acabó de rebañar el plato y se repantigó en la silla. Un enjambre de moscas zumbaba por encima de su cabeza, junto a la palmera. El aire estaba impregnado de olor a leña quemada y a carne a la brasa.

—¿Cuánto tiempo vas a quedarte? —preguntó Yakub.

—¿En Siwa? Una hora más o menos.

—¿Y vuelves al desierto?

—Así es. Vuelvo al desierto.

Yakub meneó la cabeza.

—Llevas un año así. Vuelves en busca de provisiones y desapareces de nuevo.

¿Se puede saber qué haces?

—Mediciones —repuso John con una sonrisa—. Y excavaciones. Trazo planos. Y

en los días más entretenidos saco fotografías.

—¿Qué buscas? ¿Alguna tumba?

John se encogió de hombros.

—Más o menos.

—¿Y la has encontrado?

—No lo sé, Yakub. Puede que sí, puede que no. El desierto te juega malas pasadas. Crees haber encontrado algo y después resulta que no es nada. Y en otras ocasiones crees que lo que has encontrado carece de interés y luego resulta que es importante. El Sahara, como lo llamamos en mi país, es una de las regiones más jodidamente endiabladas del planeta.

Sacó del bolsillo de la camisa un cigarrillo y una bolsa de marihuana.

Lió un porro, lo encendió y aspiró el humo profundamente. Luego recostó la cabeza contra el tronco de la palmera y exhaló el humo con delectación.

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—Fumas demasiado de esa mierda, doctor John —lo reprendió el egipcio—. Te volverá loco.

—Al contrario, amigo mío —replicó el joven suspirando y cerrando los ojos—. Ahí, en pleno desierto, es casi lo único que me mantiene cuerdo.

John salió del hotel al cabo de una media hora. Seguía llevando en la mano el sobre color crema. El sol ya se ponía hacia el oeste, adquiriendo una tonalidad anaranjada. Fue caminando hasta la plaza junto a la que había estacionado el todoterreno, ahora abarrotado de cajas con provisiones.

Subió al vehículo, puso el motor en marcha y recorrió unos cincuenta metros hasta la única gasolinera de la población.

—Lleno —indicó al empleado—. Lléneme también las latas; y los bidones de plástico con agua del grifo.

Le lanzó las llaves y se dirigió a la estafeta de correos, que estaba a unos cien metros. Una vez allí abrió el sobre y sacó varias fotografías. Las examinó, volvió a meterlas en el sobre y lo cerró.

—Quiero enviar esto certificado —le dijo al empleado, que cogió el sobre y, tras pesarlo, sacó un impreso de un cajón y empezó a rellenarlo.

—Profesor Ibrahim Az-Zahir —dijo leyendo el nombre en voz alta para asegurarse de que lo escribía bien—. Universidad de El Cairo.

John guardó el comprobante, pagó y volvió a la gasolinera. Después de comprobar que todo estaba en orden, miró alrededor, subió al vehículo y arrancó, alejándose lentamente hacia el límite de la población.

Sólo se detuvo un momento en el límite del desierto y dirigió una melancólica mirada hacia atrás. Luego puso la música a todo volumen y aceleró en dirección a las dunas.

Encontraron su cadáver dos meses después. O, mejor dicho, los restos de su cadáver, carbonizados dentro del todoterreno. Unos turistas toparon con éste a unos cincuenta kilómetros al sudoeste de Siwa, volcado al pie de una duna, convertido en un amasijo de hierros retorcidos, con lo que parecía una forma humana en su interior. Todo indicaba que se había precipitado desde lo alto de la duna, pese a que no era muy empinada. Sin embargo, llamaba la atención que hubiese cerca marcas de neumáticos de otro vehículo, como si no hubiese estado solo en el momento de ocurrir el accidente. El cuerpo estaba tan desfigurado que sólo lograron identificarlo después de enviar a Estados Unidos las radiografías de sus piezas dentales.

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Londres, catorce meses después La doctora Tara Mullray apartó de sus ojos un mechón de su cabello cobrizo y continuó avanzando por el pasadizo. Las lámparas irradiaban un calor sofocante. Una película de sudor brillaba en su frente, suave y pálida.

A través de los orificios de ventilación de los tanques entrevió a las serpientes, pero les prestó tan poca atención como éstas a ella. Llevaba trabajando allí más de cuatro años, y hacía mucho tiempo que las serpientes habían dejado de ser una novedad.

Pasó junto a una pitón, una culebra y un par de víboras de Gabón y se detuvo frente al tanque de la cobra de cuello negro. Estaba enrollada en un rincón, pero en cuanto la vio alzó la cabeza, sacó la lengua y su cuerpo de color oliváceo empezó a oscilar como un metrónomo.

—Hola, Joey —la saludó Tara, que dejó en el suelo la lata y el gancho que empleaba para trasladar a la serpiente y se agachó—. ¿Qué tal te encuentras hoy?

La serpiente se arrimó a la tapa del tanque y le dirigió una mirada inquisitiva. La doctora se puso unos gruesos guantes de piel y unas gafas que la protegían de las escupidas venenosas de la cobra.

—Bueno, vamos a curarte —dijo Tara cogiendo el gancho.

Se inclinó hacia delante y levantó la tapa del tanque. Echó el cuerpo hacia atrás al ver que la serpiente acercaba la cabeza hacia ella. Luego, con movimientos ágiles y coordinados, sujetó el asa de la tapa de la lata, levantó a la serpiente con el gancho y, con mucho cuidado, la dejó caer en la lata y cerró la tapa de inmediato. Del interior le llegó un siseo; la cobra exploraba su nuevo entorno.

—Es por tu bien, Joey —dijo Tara—. Así que no te enfades.

Aquella cobra macho de cuello negro era la única de la colección que no le gustaba. Con las demás, incluida la taipan, la enorme serpiente australiana que mordía sin avisar, se sentía tranquila. Pero la cobra siempre la ponía nerviosa. Era astuta y agresiva, y tenía mal carácter. Le había mordido una vez, hacía un año, al sacarla de su tanque para limpiarlo. La había cogido muy hacia la cola y la serpiente se rebulló y le mordió en la mano. Por suerte, no llegó a inocularle veneno, pero ese suceso la afectó mucho. Llevaba casi diez años trabajando con serpientes y era la primera vez que una le mordía; desde entonces trataba a aquella cobra con enorme precaución, hasta el punto de que era la única con quien se ponía guantes

para trasladarla. Tras asegurarse de que la lata estaba bien cerrada, la levantó y regresó

sobre sus pasos. Bajó con cuidado por un tramo de escaleras que había al fondo del pasadizo y siguió por el pasillo en el que estaba su despacho.

Al notar que la serpiente se movía dentro del recipiente aminoró el paso para no inquietar a la irritable serpiente. No tenía por qué alterarla más de lo necesario.

En el despacho aguardaba Alexandra, su ayudante. Entre las dos sacaron a la cobra de la lata y la depositaron sobre un banco. Alexandra la inmovilizó y Tara se agachó para examinarla.

—Ya debería habérsele curado —dijo Tara palpando la sección central del dorso de la cobra, que tenía las escamas hinchadas y llagadas.

—Se ha vuelto a restregar contra la piedra. Creo que deberíamos dejar el tanque completamente vacío durante unos días, para darle tiempo a cicatrizar. Tara cogió un antiséptico del estante de un armario y procedió a curarle la herida con delicadeza. La cobra sacaba la lengua y la escondía mientras sus ojos negros la miraban amenazadoramente.

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—¿A qué hora sale tu vuelo? —preguntó Alexandra.

—A las cinco —contestó la doctora mirando el reloj de pared—. Tendré que salir en cuanto termine esto.

—Ojalá mi padre viviese en el extranjero. Así la relación sería mucho más exótica.

Tara sonrió.

—Mis relaciones con mi padre podrían describirse de muchas maneras, Alexandra, pero nunca las definiría como exóticas.

Tara terminó de limpiar la zona infectada. Se puso un poco de ungüento en la yema del índice de la mano derecha y lo aplicó sobre la herida de la cobra.

—Mientras yo esté fuera hay que limpiarla cada dos días, ¿de acuerdo?

Y sigue con los antibióticos hasta el viernes. No quiero que se le extienda la celulitis.

—No te preocupes, y pásalo bien —dijo Alexandra.

—Llamaré a finales de semana, para asegurarme de que no han surgido complicaciones.

—¿Quieres dejar de preocuparte? Todo irá bien. Aunque te parezca increíble, el zoo puede sobrevivir sin ti durante dos semanas.

Tara volvió a sonreír. Alexandra tenía razón. Se obsesionaba demasiado con el trabajo. Igual que su padre. Iba a tomarse unas verdaderas vacaciones por primera vez en dos años, y era consciente de que debía aprovecharlas al máximo. Le apretó

cariñosamente el brazo a Alexandra y dijo:

—Perdona. Es cierto, me preocupo demasiado.

—Además, las serpientes no van a echarte de menos. No tienen sentimientos. Tara hizo una mueca de fingida contrariedad.

—¡Cómo te atreves a hablar así de mis criaturitas! Todas las noches llorarán mi ausencia.

Se echaron a reír las dos. Tara cogió el gancho y entre las dos volvieron a meter a la cobra en la lata.

—¿Seguro que no te importa llevarla al tanque tú sola?

—Claro que no —le aseguró Alexandra—. Vete tranquila.

Tara se puso el abrigo y el casco de motorista y se encaminó hacia la puerta.

—Antibióticos hasta el viernes. No lo olvides —le recordó a Alexandra antes de salir.

—¿Quieres hacer el favor de irte de una vez?

—Y tampoco olvides quitarle la piedra, para que no se restriegue.

—¡Oh, Tara...! —exclamó Alexandra, arrojándole un trapo. Tara lo esquivó, soltó

una carcajada y echó a andar por el pasillo.

—¡Ah! ¡Y tampoco olvides ponerte las gafas cuando la metas en el tanque! ¡Ya sabes del humor que se pone después de las curas!

El tráfico era muy denso por la tarde, pero maniobró hábilmente con su ciclomotor, cruzó el Támesis por el puente Vauxhall y recorrió a gran velocidad los tres kilómetros finales hasta Brixton. De vez en cuando miraba su reloj. Su vuelo partía al cabo de tres horas y aún no había hecho las maletas.

—¡Joder! —masculló para sí.

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Vivía sola en un apartamento de un sótano, frente al parque Brockwell.

Lo había comprado hacía cinco años con parte del dinero que le había dejado su madre y lo había compartido con su mejor amiga, Jenny.

Durante dos años llevaron una vida despreocupada y bohemia, de fiesta en fiesta, empezando y terminando relaciones sin tomarse ninguna en serio.

Pero entonces Jenny conoció a Andrew, con el que se fue a vivir al cabo de unos meses, y Tara se quedó sola en el apartamento. Tener que pagar la hipoteca sin ayuda de nadie era ruinoso, pero no quiso meter a nadie más en el piso. En realidad le gustaba disponer de más espacio. A veces se preguntaba si sería capaz de convivir con un hombre como había hecho Jenny. Años atrás había tenido algunas relaciones más o menos serias, pero aquello había acabado, y no le importaba estar sola. Encontró el apartamento desordenado. Se sirvió una copa de vino, puso un compact de Lou Reed y entró en su despacho para escuchar los mensajes del contestador. «Tiene seis mensajes», le anunció una metálica voz de mujer.

Dos eran de Nigel, un viejo amigo de la universidad; el primero para invitarla a cenar el sábado por la noche, y el segundo cancelando la invitación al recordar que ella iba a estar fuera. Otro era de Jenny, quien le advertía que no fuese a ninguna excursión en camello porque todos los camelleros eran unos pervertidos. Un cuarto era de un colegio, confirmándole la fecha para una conferencia que tenía que dar sobre las serpientes; y otro era de Harry, el broker que llevaba acosándola dos meses y cuyos mensajes ella nunca contestaba. El último era de su padre: «Soy papá, Tara. ¿Podrías traerme whisky y el Times? Si hay algún problema, llámame. Si no, te espero en el aeropuerto. Tengo muchísimas ganas de verte. Hasta luego».

Tara sonrió. Su padre siempre revelaba cierta timidez cuando quería mostrarse afectuoso. Como la mayoría de los profesores universitarios, el catedrático Michael Mullray sólo se sentía cómodo en el mundo de las ideas. Las emociones interferían en la claridad del pensamiento. Por eso se había separado de su esposa. Porque era incapaz de afrontar su necesidad de afecto. Ni siquiera al morir ella, hacía ya seis años, le había resultado fácil exteriorizar sus sentimientos. En el funeral se sentó en uno de los bancos del fondo, ensimismado y sin manifestar emoción alguna. Y en cuanto el funeral hubo terminado, fue a dar una conferencia en Oxford. Tara apuró el vino y volvió a la cocina para llenar de nuevo la copa. Se dijo que debía adecentar un poco el apartamento, pero como apenas tenía tiempo se limitó a sacar la bolsa de la basura y a lavar los platos, después de lo cual fue a su dormitorio para hacer el equipaje.

Hacía casi un año que no veía a su padre, desde la última vez que él había estado en Inglaterra. Hablaban por teléfono con cierta frecuencia, pero sus conversaciones eran más de orden práctico que cariñosas. Él le

hablaba de algún nuevo objeto que había desenterrado, o de un curso que iba a dar; y ella le contaba algún chismorreo sobre sus amigas o el trabajo.

Rara vez hablaban más de unos pocos minutos. Él le enviaba todos los años una felicitación para su cumpleaños que, indefectiblemente, llegaba con una semana de retraso.

De modo que a Tara le sorprendió que el mes anterior la invitase a pasar un par de semanas con él. Llevaba cinco años viviendo en el extranjero y era la primera vez que le pedía algo así.

—La temporada casi ha terminado —le había dicho su padre—. ¿Por qué no te vienes? Puedes alojarte en el campamento de excavaciones. Te llevaré a ver algunas cosas de interés.

La primera reacción de Tara fue de inquietud. Su padre ya era setentón, tenía el corazón delicado y debía medicarse a diario. Quizá ésa fuese su manera de decir que

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su salud era precaria y que, antes de que llegase el final, deseaba reconciliarse con ella de verdad. Pero su padre le aseguró que se encontraba muy bien y que, sencillamente, había pensado que sería bonito que ambos pasaran unas semanas juntos. No era una actitud muy propia de él y eso la había hecho recelar. Pero desechó esos pensamientos y sacó un billete para ir a verlo. Al llamarlo para informarle del día y la hora de su llegada, advirtió que se alegraba de verdad.

—¡Estupendo! —exclamó—. Lo pasaremos como en los viejos tiempos.

Tara eligió unas cuantas prendas del montón de ropa que había encima de la cama y las metió en una bolsa de viaje. Le apetecía fumar un cigarrillo, pero resistió

la tentación. Hacía casi un año que lo había dejado y no quería reincidir, entre otras cosas porque, si lograba completar el año sin fumar, le ganaría cien libras a Jenny. Y, como hacía siempre que el deseo de fumar la asaltaba, fue al frigorífico a por un cubito de hielo y se puso a chuparlo.

Pensó que tal vez debería haberle comprado un regalo a su padre, pero ya no había tiempo para eso y, además, aunque le comprase algo, lo más probable era que no le gustase. Recordaba la desilusión que se había llevado de niña unas Navidades. Había pasado semanas estrujándose el cerebro para elegir un regalo, y cuando su padre abrió el paquete se limitó a musitar de manera muy poco convincente «Muy bien, cariño, justo lo que necesitaba», y volvió a concentrarse de inmediato en la lectura del periódico. De manera

que le compraría una botella de whisky, el Times y tal vez una loción para después del afeitado, y ya estaría bien con eso. Después de meter en la bolsa algunas cosas más, fue al cuarto de baño a ducharse. En cierto modo, temía hacer aquel viaje. Estaba segura de que terminarían discutiendo, por más que se esforzasen porque no ocurriera. Y, al mismo tiempo, no podía evitar sentirse exultante. Hacía mucho tiempo que no viajaba al extranjero y, además, si las cosas se ponían muy feas, podía pasar unos días sola. Ya no era una niña que dependiese de su padre. Podía hacer lo que se le antojara. Abrió más el grifo del agua caliente, echó la cabeza hacia atrás para que el agua corriese por sus pechos y su vientre, y tarareó una melodía.

Luego, ya vestida, cerró las ventanas, cogió la bolsa de viaje y salió del apartamento. Ya había oscurecido y empezaba a lloviznar. El asfalto brillaba y reflejaba la luz de las farolas. Normalmente, aquel tiempo la deprimía, pero esa tarde era distinto. Se aseguró de que llevaba el pasaporte y el billete de avión y se dirigió a la estación, sonriente. Por lo visto, en El Cairo estaban a más de treinta grados. Todo un cambio.

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El Cairo

—He de cerrar, pequeña —dijo el viejo Iqbar—. Deberías marcharte ya a casa. La niña permaneció inmóvil, jugueteando con su cabello. Tenía la cara sucia y moqueaba.

—Vamos, vete —insistió Iqbar—. Y mañana, si quieres, puedes venir a ayudarme.

La niña lo miró fijamente, en silencio. Él dio un paso hacia ella, cojeando y jadeante.

—No estoy para juegos. Soy viejo y me siento cansado.

En la tienda apenas había luz, sólo la que procedía de una bombilla desnuda, y en los rincones se arremolinaban las sombras. Montones de baratijas se hundían lentamente en la penumbra como si se sumergiesen en el mar. Se oyó un claxon y un persistente martilleo. Iqbar dio otro paso hacia delante. El viejo llevaba una galabeya de algodón que abultaba mucho a la altura del vientre. Su deteriorada dentadura y el parche negro que le cubría un ojo le daban un aspecto amenazador. Pero era amable y la niña no tenía miedo de él.

—¿Vas a irte a casa o no?

La niña meneó la cabeza.

—En ese caso... —dijo Iqbar volviéndose y yendo con andar vacilante hacia la entrada de la tienda— tendré que dejarte aquí encerrada toda la noche. Y, como sabes, es por la noche cuando aparecen los fantasmas. —Se detuvo frente a la puerta y sacó un manojo de llaves del bolsillo—. Te he hablado de los fantasmas, ¿verdad?

Estoy seguro de que sí. En todas las tiendas de antigüedades hay fantasmas. En aquella vieja lámpara, por ejemplo —añadió señalando una lámpara de bronce que había en una estantería—, vive un genio llamado Al-Ghul. Tiene diez mil años de edad y puede convertirse en lo que quiera.

La niña miró la lámpara con unos ojos como platos.

—¿Y ves el cofre de madera que está en aquel rincón —prosiguió Iqbar

—, el que tiene el candado grande y unos flejes de hierro? Pues dentro hay un cocodrilo. Durante el día duerme, pero por la noche sale a cazar niños.

¿Y para qué crees que quiere cazarlos? Pues para comérselos, naturalmente.

Los agarra con los dientes y se los traga.

La niña se mordisqueó el labio inferior y miró alternativamente la lámpara y el cofre.

—Y aquel puñal de la pared —continuó Iqbar—, el de la hoja curvada, perteneció

a un rey. Era un hombre muy cruel. Todas las noches vuelve al mundo de los vivos, coge el puñal y degüella a todo aquel que se le pone por delante. Como te he dicho, esta tienda está llena de fantasmas. De manera que, si quieres pasar aquí la noche, amiguita, ya sabes a qué atenerte...

Iqbar rió por lo bajo y abrió la puerta. Las campanillas de bronce repiquetearon. La niña avanzó unos pasos al pensar que iba a dejarla encerrada y, en cuanto la oyó

moverse, Iqbar dio media vuelta, alzó las manos como si fuesen garras y soltó un rugido. La niña gritó, se echó a reír y corrió a esconderse entre las sombras del fondo de la tienda, detrás de dos cestos de mimbre.

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—Vaya, con que quieres jugar al escondite, ¿eh? —refunfuñó el viejo, y fue cojeando tras ella con una sonrisa en el rostro—. Pues te costará trabajo.

Aunque sólo tenga un ojo, es un buen ojo. Nadie puede ocultarse de Iqbar.

La niña lo vio moverse entre los cestos, cómo miraba por el hueco que había entre ambos, pero él no quería desilusionarla demasiado pronto y estropearle el juego, así que en lugar de descubrirla pasó de largo y abrió las puertas de un viejo aparador de madera.

—¿Dónde se habrá metido esta niña? —se preguntó Iqbar fingiendo que la buscaba dentro del aparador—. Ah, no, no está aquí. Es más lista de lo que yo creía.

—Cerró las puertas del aparador y fue a la trastienda. Hizo tanto ruido como pudo abriendo y cerrando cajones y archivadores—. Estás aquí,

¿verdad, diablilla? —

bromeó. Se lo estaba pasando en grande—. Te has metido en mi despacho secreto,

¿eh? ¡Vaya, qué lista es esta niña!

Finalmente, regresó y se detuvo delante de los cestos. Oía la risita ahogada de la niña.

—A ver. Pensemos. Si no está en el aparador ni en la trastienda, y como sé que no es tan insensata como para haberse escondido en el cofre con el cocodrilo, o mucho me equivoco o sólo le quedaba un sitio donde ocultarse: detrás de los cestos. Vamos a ver si acierto...

Se agachó y, al hacerlo, se oyeron las campanillas de la puerta y entró alguien. El viejo se incorporó y se dio la vuelta. La niña permaneció donde estaba, inmóvil.

—Íbamos a cerrar —dijo Iqbar mientras se acercaba arrastrando los pies a los dos hombres que estaban en la entrada—, pero si quieren echar un vistazo, pueden hacerlo.

Los dos hombres no le hicieron caso. Eran dos jóvenes de veintitantos años, con barba. Llevaban sendas túnicas, negras y mugrientas, y una imma también negra, ceñida a la frente. Miraron alrededor y luego uno de ellos dio un paso hacia la acera y señaló con el dedo. A continuación, volvió a entrar seguido de un hombre blanco.

—¿Qué desean? —preguntó Iqbar—. ¿Buscan algo en concreto?

El hombre blanco era muy alto y corpulento. Su traje de hilo le venía tan estrecho que se tensaba en los hombros y los pectorales. Llevaba un cigarro a medio fumar en una mano y con la otra sujetaba un maletín con las letras CD grabadas en la piel, muy raída. En la mejilla izquierda, desde la sien hasta casi la boca, tenía una marca de nacimiento de color púrpura pálido. Igbar se estremeció al verlo.

—¿Qué desean? —repitió.

El gigante cerró la puerta con suavidad, hizo girar la llave y asintió con la cabeza en dirección a sus dos compañeros, que se acercaron a Iqbar con rostro inexpresivo. El anticuario retrocedió hasta el mostrador.

—¿Qué quieren? —preguntó en tono nervioso—. Por favor, díganme lo que desean.

El gigante avanzó unos pasos y se plantó delante de Iqbar hasta casi tocarle el vientre. Lo miró con una sonrisa en los labios y luego, alzando el cigarro, se lo hundió

en el parche por el extremo encendido.

—¡Por favor! ¡Por favor! —gritó Iqbar, levantando las manos—. No tengo dinero. Soy pobre.

—Tienes algo que nos pertenece —dijo el gigante—. Una antigüedad.

La recibiste ayer.

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—No sé de qué me está hablando —repuso Iqbar, inclinándose hacia delante y agitando las manos—. Ninguna de estas antigüedades es auténtica. Si lo fueran estaría infringiendo la ley.

El gigante señaló a sus dos secuaces, que cogieron al viejo por los codos y lo obligaron a incorporarse. Iqbar inclinó la cabeza, como si intentara ocultarse. A uno de los secuaces se le subió un poco la imma, revelando una cicatriz, suave y pálida, como si una sanguijuela se hubiese pegado a la piel, que le cruzaba la frente. Iqbar tragó saliva con dificultad, aterrorizado.

—¡Por favor! ¡Por favor! —clamó.

—¿Dónde está? —repitió el gigante.

—Por favor, por favor...

El gigante musitó algo para sí, dejó el maletín en el suelo y sacó de él lo que parecía una pequeña paleta. La hoja, de forma triangular, era opaca salvo en los bordes, que resplandecían como si los hubiesen afilado.

—¿Sabes qué es esto? —le preguntó el gigante a Iqbar. El viejo miraba la hoja con expresión de horror.

—Es una paleta de arqueólogo. La utilizamos para excavar, con mucho cuidado, así... —El gigante le hizo una demostración pasando una y otra vez la paleta por su frente—. Pero tiene otras aplicaciones —añadió, y con un movimiento sorprendentemente ágil para un hombre de su corpulencia, dirigió la paleta hacia arriba y le rajó la mejilla al viejo.

Iqbar gritó y se contorsionó patéticamente mientras la sangre que manaba de la herida manchaba su galabeya.

—Bien —dijo el gigante—. Te lo volveré a preguntar. ¿Dónde está la pieza?

Detrás de los cestos, la niña rezó para que el genio Al-Ghul saliese de la lámpara y ayudase al viejo.

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Era más de medianoche cuando el avión de Tara aterrizó.

—Bienvenida a El Cairo —le dijo una azafata cuando se disponía a bajar—. Feliz estancia.

Al asomar por la escalerilla, una ráfaga de viento le dio en la cara. El aire olía a gasóleo.

El vuelo había transcurrido sin problemas. Le había tocado un asiento contiguo al pasillo, junto a un matrimonio de rostro rubicundo que había pasado la primera mitad del vuelo previniéndola sobre los problemas estomacales que tendría como consecuencia de la comida egipcia, y la segunda mitad durmiendo. Tara se tomó un par de vodkas, siguió a medias la película que proyectaron y compró una botella de whisky al pasar una azafata ofreciendo artículos libres de impuestos. Luego reclinó el asiento hacia atrás, recostó la cabeza y se quedó mirando el techo. El deseo de fumar la acuciaba, como siempre que viajaba en avión, pero se abstuvo, ayudándose con los cubitos de hielo.

Su padre llevaba trabajando en Egipto desde que ella era una niña; según los que entendían de esas cosas, se trataba de uno de los egiptólogos más célebres de su tiempo. «Está a la altura de Petrie y de Carter —le había asegurado en cierta ocasión uno de los colegas de su padre—. No conozco a nadie que haya contribuido más a nuestro conocimiento del Imperio Antiguo.»

Tara tenía motivos para sentirse orgullosa de él, pero lo cierto era que los logros académicos de su padre la dejaban fría. Lo que a ella siempre le había importado más, desde muy temprana edad, era que su padre parecía sentirse más feliz en un mundo que había muerto hacía cuatro mil años que con su propia familia. Incluso su nombre, Tara, lo había elegido porque le recordaba a Ra, el dios egipcio del sol. Cuando ella era pequeña, su padre viajaba a Egipto todos los años para realizar excavaciones. Al principio, sólo permanecía en el país alrededor de un mes, partía en noviembre y regresaba antes de Navidad. Sin embargo, a medida que ella crecía y que la relación conyugal de sus padres se enfriaba, él empezó a pasar cada vez más tiempo allí.

—Tu padre tiene otro amor —le dijo su madre una vez—. Y ese amor se llama Egipto.

Luego, el cáncer empezó a minar la salud de su madre y a precipitar su fin. En aquella época Tara llegó a odiar a su padre. Mientras la enfermedad se cebaba en los pulmones y en el hígado de su madre, él permaneció alejado, sin dirigirle una palabra de consuelo. A Tara la consumía el resentimiento contra aquel hombre que parecía valorar más las tumbas y los antiguos fragmentos de vasijas que su propia carne y su propia sangre.

Pocos días antes de la muerte de su madre, Tara lo llamó a Egipto y lo cubrió de improperios e insultos, con tanta violencia que incluso ella se sorprendió. En el funeral apenas se dirigieron la palabra. Inmediatamente después, su padre se instaló en Egipto de manera permanente. Durante ocho meses al año enseñaba en la Universidad Americana de El Cairo; los otros cuatro los dedicaba a realizar excavaciones. Estuvieron casi dos años sin hablarse.

No obstante, no todo eran malos recuerdos. Por ejemplo, en cierta ocasión cogió

un berrinche, y él, para consolarla, le hizo un truco de magia en el que parecía desprenderse el pulgar de una mano. Ella dejó de llorar y se puso a reír. Le pidió que repitiese el truco; su padre accedió y lo repitió una y otra vez, quejándose como si de verdad le arrancasen el dedo. Pero su mejor recuerdo era del día en que cumplió

quince años. Nada más levantarse vio en la repisa de la chimenea un sobre dirigido a ella. Al abrirlo, encontró la primera pista de una «búsqueda del tesoro» que la condujo por toda la casa hasta llegar a la buhardilla, donde descubrió una preciosa gargantilla

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de oro oculta en el fondo de un viejo baúl. Todas las pistas estaban escritas en un pergamino y en forma de versos rimados, con dibujos y símbolos para darle un aire más misterioso. Su padre debió de tardar horas en idearlo y prepararlo todo. Luego las llevó a cenar, a ella y a su madre, y les contó maravillosas historias de excavaciones, descubrimientos y arqueólogos excéntricos.

—Estás preciosa, Tara —le había dicho su padre inclinándose hacia delante para ajustarle la gargaltilla, que Tara había querido estrenar esa misma noche—. Eres la chica más bonita del mundo. Estoy muy orgulloso de ti.

Momentos como aquél, aunque pocos y muy espaciados, contribuían a compensarla un poco de la frialdad y del ensimismamiento de su padre, y

hacían que se sintiese unida a él. Por eso lo llamó dos años después de la muerte de su madre, pidiéndole que hicieran las paces tras aquel largo silencio. Y ésa era una de las razones que la habían impulsado a viajar a Egipto. Porque en su fuero interno estaba convencida de que, a pesar de sus muchos defectos, su padre era una buena persona, que la quería y la necesitaba, tanto como ella lo necesitaba a él. Y, por supuesto, siempre cabía la esperanza, como pensaba cada vez que se veían, de que las cosas cambiaran. Quizá en esta ocasión no terminasen discutiendo y pasaran un par de semanas felices y relajados, como era lo normal entre padre e hija.

Seguir: parte 2 de 4