El Enigma de Cambises
—Bueno, queda claro. La gasolina me la…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
—Bueno, queda claro. La gasolina me la pagarás. Ah, y toma esto.
Abdul sacó un teléfono móvil del bolsillo y se lo tendió.
—Si tuvieses algún problema, por pequeño que sea; si oyeses cualquier ruido raro, quiero que pares, cierres el contacto y me llames de inmediato.
—¿Estás seguro de que funciona bien en el desierto? —preguntó Jalifa.
—Que yo sepa funciona bien en todas partes menos en El Cairo. Ahora, prométeme otra vez que tendrás cuidado.
218
—Te lo prometo —dijo Jalifa al tiempo que ponía el motor en marcha.
—Y que volverás dentro de cinco días —añadió Abdul.
—Espero estar de regreso antes. Gracias de nuevo, Abdul. Eres un buen tipo.
—¿Un buen tipo? Lo que soy es un loco. ¡Cuarenta mil dólares!
Al arrancar, Abdul lo siguió sin despegarse del lado del conductor.
—Ah; lo que no me has dicho es a qué desierto vas.
—Al desierto occidental.
—¿A los oasis?
—Más allá de los oasis; al Gran Mar de Dunas.
Abdul se agarró con ambas manos al marco de la ventanilla.
—Eh, un momento. ¡No me has dicho que ibas al Mar de Dunas! ¡Dios santo!
¡Aquello es una tumba para cualquier vehículo! No puedes llevarte mi...
—Gracias de nuevo, Abdul. Eres un verdadero amigo.
Jalifa aceleró y Abdul echó a correr tras él, pero estaba demasiado obeso y tuvo que desistir a los pocos metros. Por el retrovisor Jalifa lo vio gesticular como un poseso en mitad de la calle. Hizo sonar el claxon por dos veces y se perdió de vista al girar la esquina.
219
En el desierto occidental
El helicóptero sobrevoló el campamento y fue a posarse en una franja lisa, a unos cincuenta metros de aquél. En cuanto se hubo detenido se abrió la puerta lateral y bajaron dos personas: un hombre y un muchacho. El hombre se detuvo por un instante, miró alrededor y a continuación se arrodilló y besó la arena.
—¡Egipto! —exclamó con la voz ahogada por el estruendo de los rotores—. ¡Mi tierra! ¡Mi patria! ¡Al fin he regresado!
Permaneció arrodillado por unos momentos, al cabo de los cuales se levantó y se dirigió hacia el campamento seguido por el muchacho. La actividad era febril. Varios grupos de hombres vestidos con túnicas negras transportaban cajas de embalaje, unos valle arriba y los más pesados hacia el perímetro del campamento. Todos estaban tan concentrados en su tarea que hasta que Saif al-Thar y Mehmet hubieron llegado a pocos metros de las tiendas nadie reparó en ellos. Tres hombres que llevaban rodando un bidón de gasolina alzaron la vista y, al verlos, se detuvieron y exclamaron alborozados:
—¡Es Saif al-Thar! ¡Está aquí! ¡Saif al-Thar!
Al instante todos sus compañeros corrieron a saludar al maestro.
—¡Saif al-Thar! —gritaban—. ¡Saif al-Thar ha vuelto!
Pero el maestro siguió cruzando el campamento, impasible, mientras sus hombres formaban una improvisada columna detrás de él, como la cola de un cometa. La noticia de su llegada llegó también a quienes trabajaban en las excavaciones, que dejaron sus herramientas y corrieron hacia el campamento profiriendo gritos de júbilo y agitando los brazos. Los centinelas que montaban guardia en las dunas dispararon sus armas al aire entusiasmados.
Al llegar a lo alto del montículo del otro lado del enclave, siempre seguido por Mehmet, Saif al-Thar miró alrededor. Los trabajos habían proseguido durante toda la noche, y el cráter abierto en el valle semejaba una profunda herida. Habían cubierto uno de los lados con capas de plástico sobre las que apilaban multitud de objetos: escudos, espadas, lanzas, cascos, armaduras. En la parte descubierta de la zanja yacían cientos de cadáveres de hombres y de animales, con la piel pardusca, seca y cuarteada. La escena tenía algo de apocalíptica, como si hubiese llegado el fin del mundo y los muertos saliesen de las tumbas para someterse al juicio Final. Eso al menos pensó Saif al-Thar, convencido de que había llegado la hora de que los
hombres fueran juzgados. Siguió mirando hacia abajo por unos instantes y a continuación alzó los brazos con expresión triunfal.
—Allahu akbar! —exclamó con voz tan potente que resonó en el desierto—. ¡Dios es grande!
—Allahu akbar! —respondieron sus hombres—. ¡Alabado sea Dios!
Estas exclamaciones se repitieron varias veces acompañadas de disparos desde lo alto de las dunas. Luego, Saif al-Thar indicó por señas a sus hombres que volvieran al trabajo. Los siguió con la mirada mientras se dispersaban cada cual rumbo a su tarea. Entonces le ordenó a Mehmet que regresase al campamento y él bajó hasta la zanja. Se acercó a Dravic, que estaba bajo una sombrilla supervisando el embalaje de objetos.
—Perdone. No he tenido tiempo de ir a mostrar mi júbilo por su llegada
—dijo el alemán en tono áspero—. Tengo mucho que hacer aquí.
220
Si Saif al-Thar reparó en el sarcasmo de esta última frase, no lo manifestó. Se detuvo justo donde terminaba el rodal oscuro que creaba la sombrilla y miró en dirección a los cadáveres. Al estar más cerca se percató de que muchos habían sido mutilados. Con las prisas para despojarlos de cuanto tuviesen encima, les habían arrancado brazos y piernas de cuajo.
Muchos incluso aparecían decapitados.
—¿Era necesario destrozar los cuerpos de esa manera? —dijo en tono de reproche.
—No —repuso Dravic—. Podíamos haber sido más respetuosos y considerados... y tardar una semana en despojarlos de todo uno a uno. En cuyo caso, a estas horas, no habríamos recuperado más que un par de lanzas.
También esta vez Saif al-Thar pasó por alto el sarcasmo de Dravic. Se agachó a recoger del suelo una espada y admiró su estilizada hoja y el pomo primorosamente trabajado. Sólo había visto espadas como aquélla en los museos, encerradas en vitrinas. Pero allí tenía centenares, miles, al alcance de la mano. Y no era más que una mínima parte de lo que seguía oculto bajo la arena. La magnitud del hallazgo era tan descomunal que desbordaba la imaginación. Era más de lo que había soñado. La respuesta a sus plegarias.
—¿Sabemos ya hasta dónde llega el yacimiento?
Dravic exhaló una bocanada de humo.
—He enviado brigadas a sondear por los alrededores —repuso—.
Hemos localizado la vanguardia del ejército a alrededor de un kilómetro valle arriba. Pero aún no hemos dado con la retaguardia. Era un ejército enorme —añadió secándose el sudor de la frente con el antebrazo—.
¿Cuándo llegará la caravana de camellos?
—Pasado mañana, o quizá antes —respondió Saif al-Thar.
—Sigo pensando que deberíamos empezar a transportar por aire parte del cargamento cuanto antes.
Saif al-Thar meneó la cabeza.
—No podemos arriesgarnos a que los helicópteros crucen una y otra vez la frontera. Llamaría la atención.
—Ése es el medio que hemos empleado para transportar a los hombres y al equipo, y no ha ocurrido nada —objetó el alemán.
—Hemos tenido suerte. Necesitábamos empezar los trabajos de inmediato y Alá
nos ha dispensado su favor. Pero podría no volver a hacerlo.
Aguardaremos a que llegue la caravana de camellos para transportarlo todo.
¿Ha enviado patrullas a vigilar la zona?
—He enviado hombres que recorren un perímetro de cincuenta kilómetros a la redonda en motocicleta.
—¿Y bien?
—¿Y usted qué cree? Estamos en mitad de este jodido desierto. No parece muy probable que pase nadie por aquí por casualidad.
Guardaron silencio. Saif al-Thar dejó la espada en el suelo y tomó un pequeño amuleto de jaspe. No era mayor que la uña del pulgar, pero tenía un primoroso grabado que representaba a Osiris, dios del inframundo. Lo frotó entre los dedos.
—Disponemos de cinco o seis días —dijo—. ¿Qué parte del ejército podríamos exhumar en ese tiempo?
Dravic dio una calada al puro.
221
—Una pequeña parte. Trabajamos las veinticuatro horas del día, y hasta el momento sólo hemos desenterrado una pequeña sección del ejército. Los trabajos se van haciendo más fáciles a medida que avanzamos en dirección norte, porque los cuerpos aparecen más cerca de la superficie, pero en ese tiempo no podremos desenterrar gran cosa. Aunque quizá no necesitemos
más, ¿no cree? Sólo lo que ya hemos exhumado valdrá millones.
Dominaremos el mercado de antigüedades durante los próximos cien años.
—¿Y para el resto? ¿Se están haciendo preparativos?
—Excavamos hacia atrás, desde la vanguardia. No se preocupe. Todo está bajo control. Y, ahora, si no le importa, tengo trabajo.
El alemán volvió a llevarse el cigarro a la boca y se encaminó a grandes zancadas hacia los aspiradores de arena. Saif al-Thar lo observó marcharse con expresión de repugnancia. Después, sin soltar el amuleto, rodeó la excavación hasta llegar a la base de la enorme roca piramidal. Y allí se acuclilló. Le entristecía pensar lo que le estaban haciendo a aquel ejército.
De haber tenido otra alternativa la habría preferido. Pero no la había. El riesgo de que otros encontrasen aquel auténtico tesoro era demasiado grande. Tenían que cubrirse. Iba en contra de su inclinación natural, pero no había más remedio. Era como matar. Inevitable.
Se recostó contra la pared rocosa frotando el amuleto entre el índice y el pulgar, observando aquel mar de cadáveres. Uno de los soldados, hundido hasta la cintura en la arena, parecía mirarlo fijamente. Saif al-Thar desvió la mirada varias veces, pero siempre se encontraba con la de aquellas cuencas vacías; los labios, resecos, estaban encogidos de tal manera que descubrían los dientes. Había en aquella cara un odio que parecía dirigido hacia él. Saif al-Thar le sostuvo la mirada por unos momentos y luego, visiblemente incómodo, se levantó y se alejó. Notó que el amuleto se le había partido entre los dedos. Lo miró y luego, refunfuñando, lo arrojó a la zanja.
222
El Cairo
A través del cristal ahumado de la ventanilla de la limusina, Squires miró los dos carriles contiguos. No era una caravana sino un atasco en toda regla. Junto a él estaba un pequeño Peugeot en el que viajaban nueve personas que parecían ser miembros de una misma familia, y, más allá, una camioneta con la caja repleta de coliflores. De vez en cuando los vehículos de uno de los tres carriles avanzaba un poco y se veía momentáneamente mirando a otro vecino de atasco. Casi de inmediato los otros carriles avanzaban también y se restablecía la familiar configuración que formaban la limusina, el Peugeot y la camioneta, como si fuesen frutos del tambor de una enorme máquina tragaperras que, al activarse, girase lentamente para volver siempre a la misma posición.
—¿Y a qué hora ha sido eso? —preguntó a través del teléfono móvil. Le contestó una voz cascada y distorsionada por interferencias.
—¿No tiene idea de cómo ha sido? ¿Ni cuándo?
De nuevo repuso la misma voz. Un muchacho que vendía frasquitos de perfume se acercó a la limusina. El chófer asomó la cabeza y lo instó de mala manera a seguir adelante.
—¿Y su familia?
La respuesta llegó mezclada con un zumbido.
—Bueno, no es cuestión de lamentarse por lo que no tiene remedio.
Habrá que resignarse. Haga lo que pueda para encontrarlo y manténgame informado. Squires apagó el móvil y volvió a guardárselo en el bolsillo de la chaqueta. Aunque aparentaba tranquilidad, su mirada reflejaba inquietud.
—Parece ser que nuestro amigo el inspector ha desaparecido —dijo.
—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Joder! —exclamó Massey dando un puñetazo contra el asiento. Su mano era tan rolliza que dejó en la tapicería un hueco que tardó varios segundos en desaparecer—. Creía que Yamal lo tenía vigilado.
—Pues todo indica que se las ha arreglado para darle esquinazo.
—Ya dije que teníamos que deshacernos de él. ¿Lo dije o no?
—Sí, tenía usted razón.
—¡Mierda! —El estadounidense acompañó su exclamación con otra palmada en el asiento. Luego se dejó caer hacia atrás contra el respaldo—.
¿Cuándo ha sido?
—No están seguros —repuso Squires, y soltó un suspiro—. Por lo visto, su esposa y sus hijos han salido de casa esta mañana a las siete. Como a las diez él seguía sin aparecer han echado la puerta abajo, pero no estaba.
—¡Aficionados! —masculló Massey—. ¡Aficionados!
Oyeron el aparatoso claxon de un autobús, que el conductor hacía sonar una y otra vez inútilmente.
—Parece que ayer estuvo en una biblioteca —dijo Squires—, consultando mapas del desierto occidental.
—¡Dios Santo! Entonces ¡sabe lo del ejército!
—Eso parece.
—¿Cree que habrá informado a alguien? ¿A la prensa? ¿Al Departamento del Patrimonio Cultural?
223
Squires se encogió de hombros.
—Me inclino a pensar que no, porque de lo contrario ya habríamos sabido algo.
—¿Y qué cree que debe de estar haciendo ahora?
—Ni idea. Aunque todo indica que ha debido de dirigirse allí por su cuenta. Me temo que tendremos que actuar antes de lo previsto.
Por una vez Massey no replicó.
—¿Está listo todo el equipo? —preguntó Squires.
—Por lo que a mí respecta, puede estar tranquilo. Todo se encuentra a punto. En cuanto a Yamal, lo ignoro; es un payaso.
—Yamal cumplirá con lo que esperamos de él, igual que el resto de nosotros. El estadounidense sacó un pañuelo y se sonó.
—Esto no va a ser fácil. Saif al-Thar puede disponer de muchos hombres para proteger su hallazgo.
—Pese a ello, confío en que tengamos éxito. ¿Informará usted a su gente de Estados Unidos?
Massey asintió con la cabeza, tan rápidamente que parecía uno de los retratos cinéticos de Bacon.
—Bien —dijo Squires—. Pues entonces todo indica que estamos en el buen camino.
La limusina dio un salto hacia delante, pero sólo avanzó unos palmos.
—Si conseguimos salir de este condenado atasco —añadió inclinándose hacia el chófer—. ¿Se puede saber qué ocurre por ahí delante?
—Un camión atravesado —contestó el chófer.
Squires suspiró, sacó un caramelo del bolsillo y empezó a desenvolverlo mirando abstraído al Peugeot del carril contiguo.
La ruta más lógica que Jalifa debería haber seguido, y la más directa, era hacia el sudoeste, en dirección al oasis Bahariya, y desde allí hacia el oeste a través del desierto. Pero prefirió dar un rodeo. Quienquiera que lo hubiese estado siguiendo la noche anterior, sabría que les había dado esquinazo y probablemente también que había tomado el tren que salía a las diez de la noche con destino a El Cairo. No haría falta ser un genio para deducir que se dirigía al desierto, en cuyo caso tratarían de interceptarlo en el camino. Y la ruta que supondrían que habría tomado era la más rápida.
Por lo tanto, en lugar de ir en dirección sudoeste decidió hacerlo en dirección casi opuesta, hacia el noroeste, a Alejandría, tomando la autopista de la costa a Marsa Matruh para dirigirse luego al sur hasta el oasis de Siwa. Era una ruta más larga pero tenía claras ventajas. Las carreteras
estaban en mejor estado por aquella zona; tendría que cruzar una franja de desierto más corta desde Siwa que desde Bahariya, y, sobre todo, sería la ruta en la que menos se les ocurriría pensar a sus perseguidores. De manera que, después de llenar el depósito puso rumbo a El Cairo y, desde allí, tomó la autopista en dirección a la costa mediterránea. Conducía deprisa sin parar de fumar, a través de un paisaje en el que el desierto alternaba con campos de cultivo. El salpicadero llevaba incorporado un radiocasete, pero sólo encontró una cinta (de Kadim al-Saher), y después de escucharla cuatro veces la quitó y volvió a conducir en silencio.
224
Tardó dos horas en llegar a Alejandría y cinco a Marsa. Sólo se detuvo dos veces durante el trayecto; una para volver a repostar y otra en las afueras de Alejandría, para contemplar el mar. Era la primera vez en su vida que veía el mar. Desde Marsa, después de repostar de nuevo, continuó hacia el oeste a lo largo de veinte kilómetros. Luego se desvió hacia el sur por la carretera de Siwa, una desnuda cinta de asfalto que se adentraba en el desierto. El sol ya se ponía, y Jalifa pisó el acelerador a fondo. Un extraño edificio en ruinas pasó como un rayo en dirección contraria. Una hilera de señales oxidadas indicaba el curso de un oleoducto subterráneo. Todo cuanto se veía era una desolada superficie lisa y anaranjada cubierta de grava, interrumpida de trecho en trecho por lomas y escarpaduras. No volvió a ver señales de tráfico ni más rastro de vida que rebaños de dromedarios ramoneando hierbajos.
A mitad de camino de Siwa vio un bar, un improvisado chiringuito que, en un alarde publicitario, lucía un letrero que rezaba «Restaurante Alexandre». Se detuvo a tomar café y, sin apenas entretenerse, reanudó el viaje.
Al caer la noche el desierto se fundió en la oscuridad. Cada dos por tres entreveía luces a lo lejos, probablemente de un enclave o acaso de un campamento militar, y, en una ocasión, vio la vacilante llama de un pozo de petróleo. La soledad era tan sobrecogedora que trató de mitigarla volviendo a poner la cinta de Al-Saher. Hacia las siete de la tarde advirtió que la lisura del paisaje que lo rodeaba empezaba a dejar paso a un terreno más accidentado. Vio a lo lejos el vago perfil de pendientes escarpadas y colinas. La carretera empezó a descender, zigzagueando a través de un laberinto de grietas y pedregales. De pronto, el paisaje recobró la lisura de los primeros tramos del trayecto, y Jalifa vio a lo lejos luces que
parpadeaban, como si estuviese frente a un mar surcado por multitud de barcas que cabeceasen mecidas por un suave oleaje. Había llegado al oasis de Siwa. Redujo la velocidad unos momentos para contemplar la vista y luego siguió descendiendo.
Llevaba nueve horas conduciendo y estaba a punto de terminar su segundo paquete de cigarrillos.
225
En el desierto occidental
El hombre se materializó como si fuese un cuerpo moldeado por la propia oscuridad. Tara y Daniel estaban sentados en el suelo, con los brazos entrelazados, contemplando la vacilante llama de la lámpara de queroseno.
Al alzar la vista lo vieron en la entrada de la tienda, con la cara y la cabeza en sombra. Saif al-Thar le hizo una seña al centinela, un leve movimiento del índice de su mano derecha, y de inmediato el hombre se levantó y salió.
—Usted es Saif al-Thar, ¿verdad? —preguntó Daniel. El hombre se limitó a mirarlos en silencio.
—¿A qué ha venido? —prosiguió Daniel-. ¿A mirarnos antes de matarnos? ¿A refocilarse? —añadió señalando el tumefacto rostro de Tara y su blusa rasgada—. En tal caso vaya a hacerlo a otra parte. Alá debe de estar muy orgulloso de usted.
—No pronuncie el nombre de Alá —dijo el hombre en un tono tan tranquilo como grave—. No es usted digno de ello. —Dio un paso hacia delante, y entonces reparó en las señales de violencia que tenía Tara, no sólo en el rostro sino también en los brazos. Sus labios esbozaron una ligera mueca de desaprobación—. ¿Eso ha sido obra de Dravic?
Tara asintió con la cabeza.
—Pues no volverá a suceder. Ha sido un desgraciado...
—No —lo interrumpió Daniel—. No podía esperarse otra cosa. Es lo que hace la gente como usted y como Dravic.
—No me juzgue a mí por el mismo rasero que a Dravic, doctor Lacage
—dijo Saif al-Thar torciendo el gesto—. Él no es más que un instrumento.
Yo sirvo a Dios. Daniel sacudió la cabeza con expresión de hastío.
—Las personas como usted me hacen reír. Asesinan a mujeres y niños y quieren convencerse de que lo hacen todo por el bien de Alá.
—Ya le he dicho que no pronuncie su nombre —le recordó Saif al-Thar con aspereza—. Su boca lo contamina.
—No —replicó Daniel, mirándolo con dureza—. Usted es quien lo contamina. Lo contamina cada vez que lo utiliza para justificar las cosas que hace. ¿De verdad cree que Alá quiere...?
La reacción de Saif al-Thar fue tan súbita e inesperada que ni Daniel ni Tara repararon en que dirigía la mano hacia el cuello de Daniel, y cerraba los dedos en torno a él.
—¡Suéltelo! —gritó Tara—. ¡Suéltelo, por favor!
Saif al-Thar no le hizo caso.
—Ustedes los occidentales son todos iguales —masculló con acritud—.
Su hipocresía no tiene límites. Todos los días mueren cien niños en Iraq a causa de las sanciones que sus gobiernos han impuesto al país, y aún tienen el descaro de darnos lecciones sobre lo que está bien y lo que está mal.
El rostro de Daniel empezaba a enrojecer.
—¿Ve esto? —prosiguió Saif al-Thar llevándose la mano izquierda a la cicatriz que tenía en la frente—. Esto me lo hicieron en un calabozo de la policía. Me dieron tales patadas durante los interrogatorios que estuve ciego durante tres días. ¿Sabe cuál había sido mi delito? Hablar en nombre de millones de ciudadanos de este país
226
que viven en la miseria y la desesperanza. ¿Protesta usted por ello?
¿Protestan porque la mitad del mundo viva en la pobreza para que unos pocos privilegiados puedan malgastar sus vidas con lujos inútiles? No. Al igual que todos los de su clase, ustedes utilizan un doble rasero para condenar sólo aquello que les conviene condenar. Y respecto a lo demás miran para otro lado.
Saif al-Thar apretó un poco más a su presa y luego abrió la mano.
Daniel se desplomó.
—Usted está loco —dijo con voz entrecortada—. Es usted un loco fanático.
—Muy probablemente —replicó Saif al-Thar sin alterarse—, pero en todo caso habría que preguntarse por qué. Ustedes nos descalifican, a mí y a mis seguidores, tachándonos de extremistas y fanáticos, pero nunca se molestan en ir más allá, en tratar de comprender las causas que nos crearon.
—Se acercó un poco más a Daniel. Su túnica negra parecía fundirse con la oscuridad, de modo tal que sólo se le veía la cara, como si flotase separada del cuerpo—. He presenciado cosas espantosas, doctor Lacage —continuó con voz susurrante—. Hombres tullidos a causa de las palizas que
recibieron en las cámaras de tortura del Estado. Personas tan hambrientas que buscaban restos de comida podrida en los vertederos. Niños y niñas violados por el único delito de tener un pariente lejano cuyas opiniones no coinciden con las del poder. Ésas son las cosas que hacen enloquecer a los hombres. Ésas son las cosas que ustedes deberían condenar.
—¿Y cree usted que la solución es asesinar turistas? —replicó Daniel.
Saif al-Thar esbozó una sonrisa. Le brillaban los ojos.
—¿La solución? No, no creo que lo sea. Sólo se trata de una advertencia.
—¿Una advertencia? ¡Matar a personas inocentes!
—Sí, una advertencia —repitió Saif al-Thar levantando las manos de dedos largos y esqueléticos—. Una advertencia de que no estamos dispuestos a que sigan entrometiéndose en nuestros asuntos; apoyando a regímenes impíos porque son los que políticamente más les interesan; utilizando nuestro país como un juguete, mientras nosotros, la gente que vivimos aquí, padecemos hambre, opresión y abusos. Miró a Daniel. El tejido de su cicatriz reflejaba un tenue resplandor rojizo con la vacilante llama de la lámpara de queroseno.
—Me pregunto a menudo cómo reaccionarían ustedes en Occidente si se cambiasen las tornas; si fuesen sus hijos, niños occidentales, los que mendigasen por las calles mientras nosotros los egipcios alardeábamos de nuestra riqueza e insultábamos sus costumbres; si la mitad de sus tesoros nacionales les hubiesen sido arrebatados y traídos a museos egipcios; si un crimen como el de Palestina se hubiese cometido en su suelo, contra su pueblo, por déspotas egipcios. Sería un experimento interesante. Ayudar a que comprendiesen la razón de nuestra ira. Saif al-Thar seguía hablando con voz pausada, pero había aparecido una saliva blancuzca en la comisura de sus labios.
—Verán... —prosiguió—, cuando Carter descubrió la tumba de Tutankamón firmó
un contrato con el.Times de Londres que estipulaba que éste, y sólo éste, podría informar sobre lo que hubiese en ella. De modo que para enterarnos de un descubrimiento realizado en nuestro propio país, el descubrimiento de algo nuestro, de la tumba de uno de nuestros reyes, los egipcios teníamos que recurrir a un periódico extranjero.
—De eso hace casi ochenta años —dijo Daniel, tosiendo y meneando la cabeza—. Ahora es distinto.
227
—¡No, no lo es! Las actitudes son las mismas. Se sigue pensando que, como egipcios y musulmanes, somos menos civilizados y estamos menos capacitados para ordenar nuestros propios asuntos; que pueden tratarnos como les venga en gana. Eso no ha cambiado. Y a quienes tratamos de combatir esa actitud se nos descalifica tachándonos de locos.
Daniel lo miró en silencio.
—¿Lo ve? —dijo Saif al-Thar—. No tiene usted réplica para eso. Y no la tiene porque no la hay. Lo único que pueden hacer es pedir perdón por el modo en que este país y su pueblo han sido tratados. Han esquilmado ustedes nuestro legado, nos han exprimido hasta la última gota. No han hecho más que despojarnos sin dar nada a cambio. Pero ha llegado el momento de restablecer el equilibrio. Como dice el santo Corán: «No recibiréis más recompensa que la que merezcáis».
Su sombra, una sombra negra, informe, amenazadora, se proyectaba en la lona de la tienda. Desde el exterior les llegaba el ruido de los trabajos de excavación, pero en la tienda se produjo un silencio profundo, como si se hallasen en otro mundo. Tara se puso lentamente en pie.
—No sé mucho de Egipto —dijo plantándose frente a Saif al-Thar y mirándolo a los ojos—, pero sé que mi padre, cuya muerte pesa sobre su conciencia, amaba este país, a su pueblo y su legado. Los amaba mucho más que usted. Fíjese en lo que está
usted haciendo aquí. Destruir. Mi padre jamás lo hubiese hecho. Él quería preservar el pasado. Usted, en cambio, sólo quiere venderlo al mejor postor. Usted es el hipócrita. Saif al-Thar apretó los labios y, por un instante, Tara temió que fuese a pegarle; pero permaneció inmóvil.
—No crea que me gusta saquear al ejército de esta manera, señorita Mullray —
dijo—, pero a veces no hay más remedio que hacer cosas desagradables para alcanzar un fin más importante. Si hemos de sacrificar parte de nuestro legado para liberarnos de la opresión, debe hacerse. Mi conciencia así me lo dicta. —Miró fijamente a Tara y luego, lentamente, se acuclilló frente a la lámpara—. Hago la voluntad de Dios. Y Dios lo sabe. Dios está conmigo.
—Posó la mano en el ardiente metal de la lámpara, sin ni siquiera parpadear. El olor a carne quemada hizo que Tara sintiese náuseas—. No subestime la fuerza de nuestra fe, señorita Mullray. La marca que mis seguidores llevan en la frente debería decirle algo. Es una prueba de la
profundidad de sus convicciones. Nuestra fidelidad es inconmovible. No dudamos.
Saif al-Thar siguió abrasándose la mano, impasible, durante lo que a Tara se le antojó una eternidad. Luego, se levantó con la palma en carne viva.
—Antes me ha preguntado usted por qué he venido, doctor Lacage —
continuó—. No ha sido como ha dicho usted para ver a mis prisioneros, sino más bien para que mis prisioneros me viesen. Para que me viesen y comprendieran.
Se encaminó hacia la entrada de la tienda.
—No se saldrá con la suya —le dijo Daniel antes de que saliese—. Su plan de exhumar el ejército y vender lo que desentierren no resultará. Sólo conseguirán desenterrar una pequeña parte, y luego vendrán otros que desenterrarán el resto y el valor de lo que ustedes se hayan llevado caerá en picado. No les servirá de nada si no se lo llevan todo.
Saif al-Thar se volvió.
—Lo tenemos todo previsto, doctor Lacage —replicó con una sonrisa
—. Dios nos ha dado este ejército, y Dios se encargará de que sólo nosotros nos beneficiemos. Los saludó con una inclinación de cabeza y se fundió con la noche.
228
Oasis de Siwa
Al entrar Jalifa en la única gasolinera de Siwa, un corte de energía eléctrica sumió el asentamiento en la oscuridad.
—Si quiere gasolina tendrá que esperar —dijo el empleado de la gasolinera—. Los surtidores no funcionan sin electricidad.
—¿Cuánto puede tardar?
El empleado se encogió de hombros.
—Cinco minutos o cinco horas. Nunca se sabe. Una vez estuvimos dos días a oscuras.
—Espero que esta vez no tarde tanto.
—Inshallah —dijo el empleado.
Jalifa aparcó a un lado de la gasolinera y bajó del Toyota. Hacía frío, de modo que metió la mano por la ventanilla, cogió la chaqueta y se la puso.
Tres mujeres que iban en un carromato tirado por un asno pasaron por delante de la gasolinera. Llevaban sendos chales, ceñidos a la cabeza para
ocultar el rostro, que les daban un aspecto informe, como figuras de cera semifundidas. De pronto, se oyó el ruido de un generador.
El inspector se puso a pasear de un lado para otro para estirar las piernas y luego, tras encender un cigarrillo, fue hasta un tenderete de refrescos que estaba en la plaza principal y compró un vasito de té. Había un banco de madera a pocos pasos y fue a sentarse allí. Sacó el móvil de Abdul del bolsillo y marcó el número de Hosni. Su cuñado contestó a la cuarta llamada.
—Hola, Hosni, soy Yusuf.
—¿Se puede saber qué pasa, Yusuf? —preguntó Hosni en tono de crispación—. Han venido unos de la Brigada de Seguridad preguntando por ti. ¿Dónde estás?
—En Bahariya —mintió Jalifa.
—¡En Bahariya! ¿Y qué haces ahí?
—Asuntos de trabajo. No puedo entrar en detalles.
—¡Han venido a mi oficina, Yusuf! ¿Lo entiendes? Los de la Brigada de Seguridad han venido a mi oficina. ¿Sabes lo que esto puede significar para el negocio? En nuestro mundillo enseguida se propagan los rumores.
—Lo lamento, Hosni.
—Si vuelven, no tendré más remedio que decirles dónde estás. Nos hallamos en una fase muy delicada en este proyecto del aceite de sésamo.
No puedo dejar que un asunto como éste lo eche todo a perder.
—Lo entiendo, Hosni. Si no tienes más remedio que decírselo, pues hazlo. ¿Está
Zainab?
—Sí, sí que está. Se ha presentado en casa esta mañana. Y hemos de hablar, Yusuf. Cuando vuelvas. De hombre a hombre. Tenemos que aclarar algunas cosas.
—De acuerdo, de acuerdo. Cuando vuelva hablaremos. Pero haz el favor de pasarme a Zainab.
Jalifa oyó unos siseos y luego pasos. Al cabo de un instante se puso Zainab, que dijo:
—Y cierra la puerta, por favor, Hosni.
229
Jalifa oyó más siseos y después un portazo.
—¡Menudo entrometido está hecho! —exclamó Zainab. Jalifa sonrió.
—¿Estás bien?
—Sí —contestó ella—. ¿Y tú?
—También.
—No voy a preguntarte dónde estás.
—Mejor no. ¿Y los niños?
—Te echan de menos. Alí dice que no tocará la trompeta hasta que regreses. Así
que puedes tardar cuanto quieras.
Se echaron a reír, aunque un tanto forzadamente.
—Han salido con Sama —le explicó ella—. Al festival. Les diré que has llamado.
—Dales un beso de mi parte.
—Descuida.
Jalifa había estado pensando en Zainab casi todo el día, pero en ese momento, sin saber por qué, no se le ocurría nada que decirle. Le habría gustado seguir allí
sentado durante una hora sin más que oírla respirar.
—Bueno... sólo te he llamado un momento para saber cómo estáis —
dijo él—, para asegurarme de que Hosni no os haga la vida demasiado imposible.
—Bah... no se atreverá. —Zainab guardó silencio por unos segundos y luego añadió—: Esos tipos, Yusuf...
—No me preguntes nada, Zainab por favor. Cuanto menos sepas, mejor.
Lo único que importa es que estés bien.
—Estamos bien.
—Bien, ahora ya me siento más tranquilo. —Trató de encontrar unas palabras para infundirle confianza pero lo único que se le ocurrió decirle fue que había visto el mar—. Me gustaría que un día fuésemos juntos. Me encantaría verte en traje de baño.
—Me parece que tendrás que esperar mucho tiempo para que yo me ponga una de esas cosas. —Zainab se echó a reír con fingida indignación—.
Te quiero, Yusuf.
—Y yo a ti, más que a nada en el mundo. Dales un beso a los niños.
—Lo haré, lo haré. Y tú, cuídate.
Cuando hubieron colgado, Jalifa apuró el té y se puso de pie. Aún no habían vuelto a dar la luz y la plaza estaba llena de sombras. No lejos de allí se alzaba una mezquita. Su fachada blanquecina resplandecía a la luz de la luna como si fuese de hielo.
Jalifa había pensado en comer algo, pero en lugar de eso fue hasta la entrada de la mezquita, se quitó los zapatos, se mojó las manos y la cara con el agua del grifo que asomaba de la pared y entró en el templo, oscuro y silencioso. Las pocas velas que estaban encendidas apenas lograban disipar la oscuridad. Tuvo la impresión de ser la única persona que se hallaba allí, pero enseguida reparó en que había un hombre arrodillado al fondo, con la frente pegada al suelo. Al cabo de unos momentos avanzó por la alfombra.
Se detuvo bajo una enorme lámpara de araña, de la que colgaban cientos de lágrimas de cristal que goteaban desde las sombras como si el techo llorase.
Alzó la vista un momento y luego, de cara al mihrab, bajó la cabeza y empezó a rezar.
230
Alabado sea Alá, señor de todas las cosas, el Misericordioso, Señor del Día del juicio, el único a quien servimos. Sólo a Ti acudimos en busca de ayuda. Guíanos por el camino recto, el camino de aquellos a quienes bendices, no el de aquellos que provocan Tu ira ni el de los descarriados.
Mientras rezaba, pidiéndole a Dios que lo protegiese a él y a su familia, su inquietud y su temor se fueron mitigando, como le ocurría siempre que se dirigía a Alá. Era como si el mundo exterior menguase y el templo se agigantase, de manera que su serenidad y silencio llenasen el universo entero. Saif al-Thar, Dravic, el comisario Hassani y el ejército de Cambises parecían quedar reducidos a motitas de polvo que flotaban en la eternidad del abrazo de Dios. Una confortadora calma inundó todo su ser.
Siguió allí durante veinte minutos, rezando diez rekahs, o ciclos de oración. Nada más terminar se encendieron varios candelabros y el interior de la mezquita se llenó
de una radiante claridad.
Jalifa sonrió. La súbita luz se le antojó una señal de que sus plegarias habían sido escuchadas.
También la plaza estaba en aquellos momentos iluminada. Los surtidores de la gasolinera volvían a funcionar. El empleado llenó el depósito del todoterreno y las ocho latas, mientras Jalifa llenaba los tres bidones de agua del grifo que asomaba de la pared. Después de pagar la gasolina y tres paquetes de Cleopatra, se quedó prácticamente sin dinero. Volvió a subir al Toyota, cruzó la población y puso rumbo de nuevo hacia las dunas que se extendían al sudeste.
Al cabo de un par de kilómetros se detuvo junto a una loma de arena cubierta de maleza. A su espalda titilaban las luces de Siwa. Hacia el otro lado, en dirección a la inmensidad del desierto, no había nada, sólo una superficie desolada iluminada por la luna. Se oía aullar a un perro a lo lejos.
Jalifa dio cuenta de parte de la comida que Zainab le había preparado; era la primera vez que probaba bocado aquel día. Luego cogió las dos mantas que llevaba bajo el salpicadero, a la derecha del volante, echó el asiento hacia atrás y se recostó
mirando las estrellas a través de la ventanilla. De pronto cayó en la cuenta de que, después de haber llegado tan lejos, no tenía ni idea de qué haría cuando encontrase el lugar donde se hallaba el ejército de Cambises.
Trató de pensar en ello, pero estaba demasiado cansado. Cuanto más intentaba concentrarse, más se desvanecían en su mente Saif al-Thar, Dravic y el ejército, hasta desaparecer y dejar paso a un enorme manantial que brotaba del desierto y convertía la arena en un paraje rebosante de vegetación.
Puso el seguro de ambas puertas, comprobó que la pistola que reposaba en el asiento del acompañante tuviese bala en la recámara y se dispuso a dormir.
231
En el desierto occidental
Tara despertó sobresaltada. Tenía la cabeza recostada en el regazo de Daniel, que estaba mirándola.
—Me arrancabas el corazón —musitó ella—. Me arrancabas el corazón con una paleta.
—Tranquila, que sigues teniéndolo en su sitio. No ha sido más que una pesadilla
—le dijo él en tono cariñoso, acariciándole la cabeza.
—Ibas a enterrarme. Había un ataúd al lado.
Daniel se inclinó hacia ella y la besó en la frente.
—Vuelve a dormirte —le susurró—. Todo irá bien.
Ella alzó la vista hacia él, pero enseguida se le cerraron los ojos y volvió a quedarse dormida. Estaba pálida. Daniel la miró, le recostó la cabeza en el suelo con delicadeza y se levantó. Empezó a caminar de un lado a otro de la tienda, mirando constantemente hacia la entrada. Estaba tan crispado que, a la luz de la lámpara de queroseno, su rostro parecía una máscara.
—Vamos —musitó—. ¿Dónde estás? ¡Vamos!
El centinela lo miró impasible, con el dedo en el gatillo de su fusil.
232
En el desierto occidental, cerca de Siwa
Jalifa sintió que Zainab lo acariciaba, pero al despertar y abrir los ojos reparó en que el calorcillo que sentía era el de los primeros rayos del sol que penetraban por la ventanilla. Retiró las mantas, abrió la puerta y bajó del vehículo, temblando, porque el mundo aún no había tenido tiempo de entrar en calor.
Rezó sus oraciones matinales, encendió un cigarrillo y subió a la loma junto a la que había aparcado. Al norte se veía la dentada media luna del oasis que se extendía a derecha e izquierda. Sus salinas reflejaban un resplandor sonrosado con los primeros rayos del sol. De los palmerales y los olivares se elevaban columnas de humo. Alrededor todo era desierto, un paisaje árido de arena, grava y escarpaduras. Permaneció unos momentos contemplándolo, sobrecogido por la desolación. Arrojó la colilla, volvió al vehículo y sacó el GPS portátil de la guantera. Tal como Abdul le había asegurado, era muy fácil de manejar. Marcó las coordenadas de la roca en forma de pirámide y pulsó el botón de activación. Según lo que indicaba la pantalla de cristal líquido, estaba a ciento setenta y nueve kilómetros de allí, ciento treinta y tres grados al norte. Marcó también las coordenadas de su posición y las del oasis Al-Farafra, y a continuación guardó el GPS en su bolsa junto al teléfono móvil y a su pistola. Después desinfló un poco los neumáticos del todoterreno para mejorar la tracción y volvió a subir.
Arrancó y se adentró lentamente en el desierto, dejando profundos surcos en la arena.
Como nunca había conducido por el desierto se lo tomó con calma, manteniendo una velocidad moderada y regular. Aunque la superficie del terreno pareciese firme, cedía en muchos tramos en los que la arena ocultaba baches y hondonadas. A veces, llegaba a lo alto de lo que parecía una duna de suave pendiente y de pronto se encontraba con una pared de arena casi vertical, en ocasiones hasta de unos veinte metros. En una ocasión había estado a punto de volcar, pero había logrado dominar el vehículo y hacerlo bajar de costado por la pendiente. A partir de entonces redujo la velocidad aún más.
A lo largo de los primeros kilómetros vio huellas de neumáticos, presumiblemente de los todoterrenos que llevaban a los turistas desde Siwa a hacer safaris o excursiones por el desierto. Dejó atrás matorrales que
porfiaban por elevarse en las dunas, y en un par de ocasiones pasó junto a esqueletos semienterrados en la arena, tan abrasados por el sol que eran de un blanco sobrenatural. Pensó que debía de tratarse de chacales, aunque no estaba seguro. Aquéllos eran los únicos rastros de vida, por así decirlo. El resto era arena, roca, y grava, bajo un cielo azul blancuzco. El verdor de la vegetación del oasis se iba difuminando en la distancia hasta perderse por completo en el horizonte.
Jalifa no tardó en ver claro que, aunque el GPS hubiese calculado que la distancia hasta la roca piramidal era de ciento setenta y nueve kilómetros, iba a tener que recorrer muchos más para llegar a su destino. El GPS le había proporcionado la distancia en línea recta. Pero sobre el terreno era imposible atenerse a ésta debido a las inaccesibles pendientes de arena, los altos riscos de piedra caliza y los pedregales llenos de grietas, que lo obligaban a zigzaguear de continuo y seguir por un firme practicable para el vehículo. A veces, los rodeos que tenía que dar eran cortos, de sólo unos centenares de metros, pero en otras ocasiones eran de tres o cuatro kilómetros. Al cabo de dos horas de conducir en esas condiciones y, tras haber recorrido setenta kilómetros, miró la pantalla de cristal líquido del GPS, la cual le indicó que en realidad sólo había avanzado cuarenta kilómetros. De seguir así, se eternizaría. La mañana transcurrió lentamente.
Se detuvo un rato para hacer sus necesidades, cerró el contacto y se alejó unos metros del Toyota. El silencio era tan
233
absoluto e insólito para él que lo sobrecogía. Reparó en la intrusión que debía de significar el ruido del motor del todoterreno en aquel entorno callado. Si Saif al-Thar tenía hombres patrullando por la zona, como era casi seguro, lo oirían desde varios kilómetros a la redonda.
«Sería como decirles por radio que voy de camino», pensó mientras regresaba al vehículo. Al arrancar se sintió muy vulnerable.
Durante las dos horas siguientes el paisaje siguió siendo muy similar.
Después, hacia mediodía, vio lo que parecía una sucesión de colinas que se elevaban en el horizonte. Era imposible distinguirlas con claridad a aquella distancia porque el calor enturbiaba la atmósfera y difuminaba los contornos. Reverberaban como si fuesen formas líquidas, dilatándose y encogiéndose. A medida que se acercaba, los contornos se veían más nítidos, y advirtió que no se trataba de colinas sino de una enorme duna, de una altísima pared de arena que se extendía hasta donde abarcaba la vista
describiendo una curva, frente a otras dunas similares que semejaban olas gigantescas. Eran las primeras dunas del Gran Mar.
—Allahu akbar! —musitó.
Siguió adelante hasta llegar al pie de la primera duna, que daba la impresión de ejercer de parapeto, a la manera de un enorme dique que impedía que las otras dunas se desbordasen.
Se apeó y ascendió hasta lo alto de la duna, jadeante y sudoroso. Ante él se extendían otras que se perdían hasta el horizonte. Pero aquéllas eran suaves y de contornos nítidos y configuraban un paisaje completamente distinto del que había visto hasta el momento. Recordó que de pequeño su padre le había contado que el desierto era, en realidad, un león que se había quedado dormido en el amanecer de los tiempos, y que un día despertaría y devoraría todo el mundo. Al ver aquel mar de dunas estuvo tentado de creer que era verdad, porque la arena tenía el color y la aterciopelada textura de la piel de los leones, y los riscos semejaban las arrugas del lomo de una fiera viejísima, de edad incalculable. Sintió un extraño e irracional sentimiento de culpabilidad al enterrar la colilla en la arena, como si estuviese quemando la piel de un ser vivo. Siguió allí unos momentos contemplando el panorama y luego volvió al vehículo, hundiéndose en la arena hasta las rodillas. Había oído que por aquella zona abundaban las arenas movedizas, especialmente al pie de las dunas. Se estremeció al pensar que podía ser tragado por uno de aquellos traicioneros rodales. Pero se dijo que, terminase como terminara su aventura, no lo haría de aquel modo. Desinfló un poco más los neumáticos del Toyota, descargó tres de las latas de gasolina que llevaba en la baca y rellenó el depósito, que ya estaba por la mitad. Volvió a arrancar, puso primera y aceleró en dirección a las dunas. Según el GPS le faltaban aún cien kilómetros por recorrer.
Condujo durante toda la tarde. El todoterreno parecía una motita saltarina entre las enormes paredes de arena, como una barca que cabecease en un inmenso océano. Jalifa iba despacio, reducía aún más la velocidad cada vez que llegaba a lo alto de una duna y descendía con suma precaución. En algunos tramos las dunas estaban muy cerca unas de otras; en otras, se hallaban separadas por varios centenares de metros. Por detrás de él las huellas de los neumáticos se extendían a lo lejos como una línea pespunteada.
Inicialmente pudo seguir un rumbo razonablemente recto, pero poco a poco fue encontrándose con dunas cada vez más altas y pendientes más
pronunciadas, de manera que, a veces, al remontar la cumbre se encontraba mirando hacia la base de una pared casi vertical. Entonces tenía que bajar del vehículo y gatear por el borde hasta encontrar una pendiente menos pronunciada o dar media vuelta, volver a
234
descender y dar un rodeo, lo que podía significar recorrer diez o doce kilómetros más. Incluso con las ventanillas cerradas y el aire acondicionado a toda potencia el calor era asfixiante. Cuanto más se adentraba en el desierto, más se le antojaba que aquel paisaje poseía una rudimentaria conciencia propia, que los cambios de tonalidad del amarillo y del anaranjado de la superficie reflejaban distintos estados de ánimo. Se detuvo un momento a beber agua y notó que se levantaba un suave viento que hacía sisear la arena, como si las dunas respirasen. Sintió el impulso de gritar, de decirle al desierto que no pretendía hacerle ningún daño, que no era más que un intruso temporal que se adentraba en su corazón secreto y que, en cuanto terminase lo que tenía entre manos, se marcharía para no volver. Jamás se había sentido tan pequeño ni solo. Pensó volver a poner el casete de Kadim al-Saher pero le pareció
inapropiado. Estaba tan sobrecogido por aquel mar de arena que incluso se olvidó de fumar.
Hacia las cinco de la tarde el sol estaba ya muy bajo. Jalifa llegó a la cima de una de las dunas más enormes que había encontrado y redujo la velocidad para examinar cómo era la pendiente por el otro lado. Al hacerlo, casi echado encima del volante para mirar por el parabrisas, algo llamó su atención hacia la izquierda. Cerró el contacto y bajó del vehículo.
No podía ver con claridad porque el aire seguía enrarecido a causa del calor de la tarde. Parecía un triángulo nebuloso que flotase por encima de las dunas. Volvió al Toyota, cogió los prismáticos que llevaba en el asiento y los ajustó. Por unos instantes lo vio todo borroso, pero entonces distinguió con nitidez una gran roca de color oscuro y forma piramidal que se elevaba de la arena como un negro iceberg. Calculó que debía de estar a unos veinte kilómetros de distancia, y al comprobarlo con el GPS
resultó que estaba exactamente a veintiocho. Miró a un lado y a otro de la roca pero no vio nada que indicase actividad humana, salvo un par de siluetas negras que quizá
fuesen centinelas. Cerró los ojos, aguzó el oído y percibió el lejano pero inconfundible runrún de un motor, intermitente y cada vez más audible. Era
difícil precisar de dónde procedía. Pero al cabo de un minuto reparó, con un sobresalto, en que no procedía de la dirección por la que había llegado hasta allí. Se volvió y dirigió los prismáticos hacia los surcos que las ruedas del Toyota habían dejado en el suelo. Y de pronto vio brincar, literalmente, dos motocicletas desde lo alto de la cuarta duna a partir de donde se encontraba, a unos dos kilómetros y siguiendo su rastro. Jalifa maldijo para sus adentros y miró por el borde de la duna. Era de las que tenía una pared casi vertical, que hacía imposible descender con el todoterreno. Subió de nuevo al vehículo, arrancó, puso marcha atrás y descendió por la pendiente. Al llegar al pie de la duna dio un golpe de volante, puso primera y pisó a fondo el acelerador. Las ruedas de atrás patinaron y se hundieron en la arena.
—¡Joder! —gritó, desesperado.
Volvió a poner marcha atrás mirando hacia lo alto de la duna opuesta, esperando que de un momento a otro las motocicletas saltasen por el borde.
El Toyota se deslizó
unos metros hacia abajo y Jalifa creyó haber liberado las ruedas traseras, pero volvieron a patinar y se hundieron más que antes, casi hasta el eje. Se apeó de un salto y comprobó que las ruedas prácticamente habían desaparecido en la arena. Sería imposible desenterrarlas. De modo que volvió a subir al vehículo, metió el GPS
en la bolsa, cogió uno de los bidones de agua y empezó a ascender por la pendiente por la que acababa de descender, hundiéndose en la arena a cada paso. Hacia mitad de la cuesta la duna empezó a resbalar. Jalifa saltaba hacia delante una y otra vez, pero siempre parecía encontrarse a la misma distancia de la cumbre, como si estuviese en una gigantesca cinta de gimnasio. El bidón de agua entorpecía sus movimientos, de modo que lo soltó, aunque a regañadientes. Oyó que las
235
motocicletas ya subían por la duna contigua. Si llegaban a la cumbre y lo veían podía darse por muerto.
—¡Vamos! ¡Vamos! —se apremió, porfiando por seguir ascendiendo.
Por unos segundos no logró avanzar, pero, cuando ya se resignaba a ser descubierto, consiguió asentar los pies con firmeza y, con un supremo esfuerzo, volvió
a ascender, con los ojos desorbitados a causa del esfuerzo. Llegó a la cumbre y se arrojó al suelo justo cuando las motocicletas asomaban por la
otra duna en dirección a su abandonado vehículo.
Permaneció inmóvil hasta recobrar el aliento y luego sacó la pistola y se asomó
con precaución por el borde de la duna. Cuando las motocicletas llegaron junto al Toyota, los motoristas se apearon empuñando sendos fusiles. Uno de ellos abrió la puerta, miró hacia el interior y sacó la chaqueta que Jalifa, en su apresuramiento, había dejado allí. El otro empezó a ascender por la ladera de la duna tras las huellas de las pisadas de Jalifa y las de los neumáticos. Se detuvo junto al desechado bidón de agua y lo perforó de un disparo que resonó como un trueno en aquel desolado paraje.
Jalifa se alejó del borde de la cumbre. Era inútil echar a correr para tratar de escapar. Aquel tipo lo vería y lo cazaría como a un conejo. Podía dispararle en cuanto asomase, pero quedaría su compañero. Miró alrededor.
Del borde del otro lado de la cumbre partía una grieta, larga pero poco profunda, en la que Jalifa vio que podía ocultarse y no ser descubierto aunque aquel tipo se detuviese justo al lado. No se.trataba de un escondrijo inexpugnable, desde luego, pero era lo mejor que podía esperar en un desierto. De modo que agarró la bolsa y se metió en la grieta, boca arriba, empuñando la pistola.
Durante unos minutos no sucedió nada, pero de pronto, oyó pisadas.
Imaginó al motorista llegando a lo alto, mirando alrededor y deteniéndose junto al borde. Y así
fue. Un reguero de arena desplazada por los pies del motorista cayó a su escondrijo. Jalifa contuvo la respiración y acercó el dedo al gatillo.
El silencio resultaba angustioso. Imaginó que el motorista debía de estar tratando de adivinar por dónde se había escabullido su presa. Otro reguero de arena cayó en la grieta. Jalifa temió que su perseguidor fuese a descender por allí, pero al cabo de unos segundos dejó de caer arena.
—Al parecer ha estado aquí pero ha vuelto a bajar. Ha debido de retroceder —
gritó el motorista mirando en dirección al Toyota.
Jalifa lo oyó alejarse del borde y respiró con alivio.
—Gracias, Alá —musitó.
De pronto sonó el móvil de Abdul.
Fue tan inesperado que Jalifa tardó varios segundos en reaccionar.
Metió la mano en la bolsa para tratar de apagarlo, pero fue demasiado tarde.
Oyó gritar al motorista y rápidas pisadas. En cuanto lo vio asomar hizo tres
disparos. Uno de los proyectiles pasó por encima de la cabeza de aquél y otro a centímetros de su costado, pero el tercero lo alcanzó en la frente.
Cayó de espaldas y empezó a rodar por la pendiente. Jalifa se irguió y gateó hasta la cumbre. Pero una ráfaga lo obligó a echar cuerpo a tierra. Al instante oyó otra ráfaga, pero que no iba dirigida contra él. Se incorporó lo justo para mirar abajo y vio que el motorista que estaba junto al Toyota había disparado a los neumáticos de la motocicleta de su compañero. Jalifa disparó pero no le acertó al motorista superviviente, que replicó con otra granizada de balas que lo obligó a retroceder. Al cabo de unos instantes Jalifa oyó que la motocicleta se ponía en marcha. Contó hasta tres y volvió a levantar la cabeza. La motocicleta se alejaba.
236
Entonces se arrodilló y vació el cargador de su pistola en la espalda del motorista, que se tambaleó pero no llegó a caer. Como ya no le quedaban balas, todo lo que pudo hacer Jalifa fue seguir con la mirada al motorista.
Al cabo de unos cien metros, éste se detuvo, se volvió y disparó una ráfaga contra el Toyota, que con un estruendo ensordecedor, explotó convertido en una bola de fuego de la que se elevó una negra humareda.
A continuación se alejó.
Jalifa, sin aliento, miró hacia la pira que acababa de brotar del desierto.
Le temblaban las manos. Se acercó a su bolsa, donde el móvil seguía sonando.
—¿Sí?
—¿Por qué has tardado tanto en contestar? —tronó la voz de Abdul—.
¿Cómo está mi Toyota?
Jalifa miró hacia la columna de humo que se elevaba hacia el cielo del desierto y se sintió descorazonado.
—Estupendamente, Abdul —mintió—. Estupendamente.
237
En el desierto occidental
Saif al-Thar llevaba en lo alto de la duna desde el amanecer, observando cómo iban exhumando los restos del ejército. De sol a sol el cráter había ido ensanchándose inexorablemente. Pero ya a mediodía habían desenterrado tantos cuerpos y amontonado tantas piezas que habían agotado las cajas para embalarlos. Por la noche llegarían más con la caravana de camellos, pero ni aun así serían suficientes para embalar los miles de objetos desenterrados. El fondo del valle semejaba un enorme y macabro vertedero,