El Enigma de Cambises

Paul Sussman · Capítulo 3 de 4 · parte 1/4

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El Enigma de Cambises

—Ya sé que no es lo reglamentario…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

—Ya sé que no es lo reglamentario —dijo Jalifa—, pero le he dejado los objetos a un amigo del museo. Los examinará y los enviará a primera hora de mañana. Espero que no le importe.

—En absoluto —repuso Tauba—. De todos modos no habría podido hacer nada con ellos hasta mañana.

—La niña me ha descrito muy bien a los agresores —dijo Jalifa tras sentarse—. Al parecer dos de ellos eran hombres de Saif al-Thar.

—Formidable...

—El otro no era egipcio. A juzgar por lo que me ha dicho la niña, debía de ser europeo o americano. Se trataba de un hombre muy alto, con una marca de nacimiento en la mejilla.

—Es Dravic —dijo Tauba.

—¿Lo conoce usted?

—No hay agente en Oriente Próximo que no conozca a Casper Dravic.

Me extraña que usted no haya oído hablar de él. Es un verdadero canalla.

Alemán. Tauba repitió en voz alta el nombre de Dravic a uno de sus colegas, que empezó

a buscar algo en un archivador.

—Eso sin duda vincula el caso con Saif al-Thar —prosiguió Tauba—.

Nos consta que Dravic lleva varios años trabajando para él, como una especie de perito en antigüedades, aparte de como conexión para sacarlas del país. Saif al-Thar no se atrevería a poner los pies en Egipto. De manera que está tranquilamente en Sudán mientras Dravic se encarga de todo aquí.

El colega de Tauba se acercó y dejó tres abultadas carpetas rojas encima del escritorio. Tauba abrió la de encima.

—Éste es Dravic —dijo sacando una fotografía en blanco y negro del alemán y pasándosela a Jalifa.

—Bien parecido.

—Hace un tiempo pasó dos meses en la cárcel de Tura por posesión de antigüedades, pero nunca hemos podido probarle nada gordo —explicó Tauba—. Es listo. Encarga a otros que hagan el trabajo sucio. Y como es un hombre de Saif alThar, nadie se atreve a denunciarlo. Una chica a la que violó presentó una denuncia, y esto es lo que le ocurrió —añadió pasándole otra fotografía a Jalifa.

—¡Dios mío!

—La chica sólo tenía quince años. Como le digo, es un verdadero cabrón. Tauba echó hacia atrás la silla, cruzó las piernas y encendió un

cigarrillo mientras Jalifa hojeaba las carpetas.

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—Fui a ver a un tipo de la embajada británica —dijo el inspector al cabo de unos momentos.

—¿Y?

—No me dijo nada que no supiese. Me pareció que me ocultaba algo.

¿Tiene idea de por qué?

—¿Y usted qué cree? —exclamó Tauba—. Nunca nos han perdonado por nacionalizar el canal de Suez y decirles que se largasen de nuestro país.

De modo que, siempre que pueden ponernos palos en las ruedas, nos los ponen.

—Noté algo más. Estoy seguro de que sabe algo acerca del caso, y no quiere que sepa que lo sabe.

—No irá a decirme que cree que la embajada británica está implicada,

¿verdad?

—exclamó Tauba, frunciendo el entrecejo.

—Si he de serle sincero, estoy tan desconcertado que ya no sé qué pensar —

repuso Jalifa en tono cansado. Se inclinó hacia delante y se frotó los párpados—. Estoy seguro de que aquí hay gato encerrado, pero... no sé de qué maldito gato se trata.

Charles Squires se ajustó las gafas sobre el puente de la nariz y le echó un vistazo a la carta. Estuvo casi dos minutos repasándola en silencio y por fin la dejó a un lado y asintió satisfecho.

—Tomaré la codorniz. Sí, siempre la preparan muy bien. Y como entrante, empanada de mariscos. ¿Y usted, Yamal?

—No tengo apetito.

—Oh, vamos. Lo necesitamos en forma. Debe comer algo.

—He venido aquí a hablar, no a comer.

Squires refunfuñó y se volvió hacia el hombre que estaba sentado a su izquierda; era obeso, calvo y con un Rolex tan ostentoso que su muñeca parecía un lingote.

—¿Y usted, Massey? ¿O piensa dejarme comer solo?

El estadounidense cogió la carta y se pasó un pañuelo por la nuca, que a pesar de la refrigeración del restaurante tenía cubierta de sudor.

—¿No tienen filetes? —preguntó con acento sureño.

—Sí, creo que el filet mignon le encantará —repuso Squires señalándoselo en la carta.

—¿Lleva salsa? Porque no quiero nada que lleve salsa. Sólo el filete.

—El filet mignon lleva salsa, ¿verdad? —le preguntó Squires al camarero.

—Sí, señor; una salsa de pimienta.

—No quiero salsa —insistió Massey—. Lo quiero solo. Sin porquerías.

¿Es que no pueden hacer un simple filete?

—Por supuesto, señor.

—Pues tomaré un filete con patatas fritas.

—¿Y de entrante, señor?

—¡Joder! No lo sé. ¿Qué es eso que ha pedido usted?

—Empanada de mariscos.

—Bueno, pues tomaré lo mismo. Y el filete al punto.

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—Estupendo —dijo Squires con una sonrisa—. Y la empanada de marisco y la codorniz para mí. ¿Podría traernos la carta de vinos? —añadió devolviéndole el menú

al camarero, que le hizo una deferente inclinación de cabeza y se alejó.

Massey partió un panecillo, untó una mitad con mantequilla y le dio un bocado.

—Bueno, ¿qué ocurre? —preguntó con la boca llena.

Squires miró la boca del estadounidense con una mezcla de asombro y repugnancia.

—Pues parece que nuestros amigos han aparecido en Luxor —repuso

—. ¿Verdad, Yamal?

—Sí, esta tarde —confirmó el egipcio.

—Todo esto me parece una pantomima ridícula —dijo Massey, visiblemente contrariado—. Sabemos dónde está la pieza. ¿Por qué no nos limitamos a apoderarnos de ella y dejamos de hacer el gilipollas?

—Porque corremos el riesgo de delatarnos —respondió Squires—. No tenemos que jugar nuestras cartas hasta el momento oportuno.

—Esto no es una puta partida de bridge —le espetó el estadounidense

—. Es un juego de envite, y nos va mucho en él.

—Lo sé perfectamente —dijo Squires—, pero por el momento es mejor mantenerse a la expectativa. ¿Por qué correr riesgos innecesarios, si Lacage y la chica pueden correrlos por nosotros?

—No me gusta esto —protestó Massey sin dejar de masticar—. No me gusta una mierda.

—Todo saldrá bien.

—Y no me gusta nada, porque Saif al-Thar…

—Todo saldrá bien —lo interrumpió Squires con un dejo de crispación

—. Siempre y cuando conservemos la calma.

El camarero regresó en ese momento con la carta de vinos. Squires volvió a ajustarse las gafas y la leyó. Massey procedió a untar con mantequilla la otra mitad del panecillo.

—Hay un pequeño problema —dijo Squires al cabo de un momento, sin alzar la vista.

—¡Ya me lo temía! ¿Qué ocurre?

—Al parecer, un policía de Luxor ha averiguado lo de los jeroglíficos.

—¡Joder! ¿Tiene idea de lo que nos jugamos aquí?

—Por supuesto —replicó Squires, visiblemente molesto—, pero no pienso ponerme histérico.

—¡A mí no me haga ese tipo de insinuaciones, soplapollas!

Yamal dio un puñetazo en la, mesa. Hizo saltar los cubiertos y dos copas que estuvieron a punto de volcar.

—¡Basta ya! —les espetó—. Así no vamos a ninguna parte.

Se produjo un embarazoso silencio. Massey devoró la otra mitad del panecillo; Squires jugueteó distraídamente con su tenedor; Yamal sacó del bolsillo su rosario de cuentas de jade e hizo entrechocar éstas en la palma de la mano para tranquilizarse.

—Yamal tiene razón —dijo el inglés—. Discutir entre nosotros no conduce a nada. Lo que hemos de decidir es qué hacer con ese tipo de Luxor.

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—Me parece que es obvio —masculló Massey—. Este asunto es demasiado importante para dejar que un sabueso de tres al cuarto nos lo joda todo.

—¡Maravilloso! —exclamó Yamal-. ¿Insinúa que debemos... matar a un policía?

—No. Si le parece, le compramos un esmoquin y lo llevamos a bailar.

¿Qué

demonios cree que insinúo?

Yamal miró a Massey sin disimular el desprecio que le inspiraba. Estaba tan crispado que abría y cerraba los puños bajo el mantel. Squires dejó a un lado la carta de vinos, unió las palmas de las manos y apoyó el mentón en las yemas.

—Liquidarlo parece algo drástico en estas circunstancias —dijo quedamente—. Sería como matar moscas a cañonazos. No veo por qué no podemos solucionar el problema sin recurrir a la violencia. ¿Qué opina usted, Yamal?

—Haré que lo retiren del caso —repuso el egipcio—. No habrá problemas.

—Sí, creo que eso sería lo mejor —convino Squires—. La muerte de un policía podría provocar toda clase de complicaciones. Pero asegúrese de que no lo pierdan de vista.

Yamal asintió con la cabeza.

—Sigo pensando que habría que quitarlo de en medio —objetó Massey.

—Tal vez llegue a ser necesario —concedió Squires—, pero sugiero que no perdamos los estribos. Este asunto ya ha provocado demasiadas muertes.

—Si lo que usted quiere es el premio Nobel de la Paz, creo que ha equivocado la carrera —dijo Massey.

Squires hizo caso omiso del sarcasmo y volvió a examinar la carta de vinos pasando el índice por la lista. Al fondo del local un hombre empezó a tocar el piano.

—Hay algo curioso acerca de ese policía. Parece que tiene una cuenta pendiente con Saif al-Thar, ¿verdad, Yamal?

—Por lo visto, sí. —El egipcio asintió haciendo sonar las cuentas de jade—. Un asunto de familia.

—¡Lo que nos faltaba! —exclamó Massey.

—Increíble, ¿verdad? —Squires sonrió, ya mucho más tranquilo—. Está visto que el mundo es un pañuelo. Bueno... me parece que ya llegan nuestras empanadas. Quizá media botellita de chablis nos vendrá estupendamente para acompañar; y luego un borgoña.

Squires desdobló la servilleta, la posó cuidadosamente en el regazo y aguardó a que le sirvieran.

Al profesor Mohamed al-Habibi le dolían los ojos. Se dio un masaje suave en los párpados con los nudillos, lo que mitigó el dolor. Pero en cuanto volvió a examinar los objetos el dolor se reprodujo, tan intenso como antes. Le dolían tanto que le lagrimeaban y sentía pinchazos en las

sienes. Era un problema que se le venía repitiendo desde hacía un tiempo.

Sus ojos estaban cansados y ya no soportaban los largos esfuerzos. Sabía que lo que tenía que hacer era recoger sus cosas y volver a casa para descansar, pero no podía. Todavía no. Hasta que descubriese todo lo que aquellos objetos pudieran decirle, no se marcharía. Yusuf era su amigo. Se lo debía, y en cierto sentido también se lo debía a Alí, al pobre Alí.

Se sirvió otra copa de jerez o, mejor dicho, lo poco que quedaba en la botella, y volvió a encender la pipa. Luego cogió la lupa y reanudó su examen del peto de oro. Había algo desconcertante en los objetos que su joven amigo le había llevado para que examinase; no tanto por su aspecto, sino por la impresión que transmitían. Para

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Habibi, los objetos antiguos eran organismos vivos que transmitían señales que se comunicaban con él. Si uno sabía escuchar podían decirte muchas cosas. Pero en aquel caso, cuanto más escuchaba más perplejo estaba. Al estudiarlos por primera vez, mientras Jalifa se encontraba en su despacho, no reparó en nada fuera de lo común. Eran objetos más bien toscos, de diseño corriente, fáciles de fechar, similares a docenas de otros similares que se exhibían en el museo. Pero, al poco de haberse marchado Jalifa, empezó a tener dudas. No era por ninguna razón concreta, sino por el presentimiento de que, a pesar de su aspecto corriente, aquellos objetos trataban de decirle algo muy concreto.

—¿Qué quieres decirme? —preguntó en voz alta, examinando el peto con la lupa—. ¿Qué quieres que sepa?

En aquellos momentos no había en el despacho más luz que la de la lamparita de su mesa. De vez en cuando oía las pisadas de un vigilante de seguridad que hacía la ronda pero, por lo demás, el museo estaba sumido en el silencio. El humo azulado de su pipa flotaba por encima de su cabeza como una densa nube.

Habibi dejó a un lado el peto y cogió la daga, sujetándola por la hoja y examinándola a la luz. Se trataba de una daga muy corriente, de quince centímetros de hoja, de hierro, con unas toscas incrustaciones de bronce cerca de la punta y una tira de cuero enrollada a la empuñadura. Era una daga característica de la época. Había autentificado una casi exactamente igual hacía sólo unos meses. Apuró el jerez. El humo de la pipa oscureció por un momento el objeto que tenía delante. Al disiparse el humo, vio con claridad que una punta de la tira de cuero de la empuñadura estaba

ligeramente levantada en la parte inferior de ésta. Le bastó tirar suavemente para que la tira empezara a desenrollarse.

Al principio pensó que no eran sino minúsculas rascaduras, pero al acercarla más a la luz y examinarlas con la lupa reparó en que las supuestas marcas eran signos alfabéticos. No eran persas ni egipcios, como habría podido esperar, sino griegos; una serie de minúsculas letras griegas inscritas en el metal de la empuñadura. AYMMAXOE

MENENAOY, Dimacos, hijo de Menendos. Parpadeó, perplejo, y musitó:

—De modo que éste es tu secreto, ¿eh?

Escribió las palabras en un bloc, las deletreó y comprobó una y otra vez para asegurarse de que las transcribía bien. Dejó la daga a un lado, se acercó el bloc y se retrepó en el sillón a examinar las palabras. «¿Dónde habré visto yo antes esto?», se preguntó.

Permaneció unos veinte minutos prácticamente inmóvil, mirando al vacío, alzando de vez en vez la copa de jerez e inclinándola hacia la boca, a sabiendas de que ya no quedaba gota por apurar. Y, de pronto, dejó el bloc a un lado, se levantó y fue hacia la librería del fondo del despacho, con paso sorprendentemente vivo para un hombre de su edad.

—¡Imposible! —exclamó—. ¡No puede ser!

Pasó el índice de la mano derecha por los lomos de los libros hasta dar con uno que estaba en el centro. Era un volumen encuadernado en piel, de gruesas páginas de pergamino y el título impreso en letras doradas en el lomo: Inscriptions grecques et latines des tombeaux des rois ou syringes á Thébes. J. Baillet. Volvió rápidamente al escritorio y lo despejó un poco para hacerse sitio, puso el libro bajo la luz de la lámpara y empezó a hojearlo nerviosamente. Desde el pasillo, el vigilante de seguridad, al ver luz bajo la puerta, le gritó buenas noches al pasar, pero el profesor ni siquiera lo oyó, absorto por completo en la lectura de un fragmento del libro. En el silencio de su despacho su respiración jadeante parecía más agitada de lo que estaba.

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—¡Es imposible! —musitó—. ¡Es imposible! Pero, Dios mío, ¿y si no lo fuese?

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Luxor, colinas de Tebas

A pesar de la protección de los muretes,.hacía demasiado frío para seguir desnudos. Después de hacer el amor volvieron a ponerse la ropa y fueron hacia las colinas. El viento les daba en la espalda. El paisaje proyectaba ahora una plateado resplandor de luna. Tara se colgó del brazo de Daniel. Aún notaba un delicioso dolorcillo entre las piernas. Había comprobado cuán poderoso amante era él.

—¿Qué buscas? —preguntó ella al reparar en que Daniel miraba con expresión escrutadora en dirección a las sombras que cubrían la pendiente.

—Nada concreto. Orientarme, en realidad, porque hace bastante tiempo que no he estado aquí.

—¿Te arrepientes de haberlo hecho?

—¿Qué?, ¿el amor? —preguntó él con una sonrisa—. Ha sido maravilloso. ¿Te arrepientes tú?

Ella lo retuvo, sujetándolo del brazo, se puso de puntillas y lo besó apasionadamente en los labios.

—Interpretaré esto como un no —dijo Daniel, y soltó una carcajada.

Siguieron caminando, entrelazados por la cintura, adentrándose cada vez más en las colinas. El silencio era tan sepulcral que no se oía más que el ruido de sus pisadas, el susurro del viento y, de vez en cuando, el lejano aullido de un perro salvaje. Tara tuvo la impresión de cruzar una altiplanicie. A su derecha, el terreno se empinaba suavemente bloqueándoles la vista en aquella dirección; a su izquierda, se extendía un llano de varios centenares de metros de longitud, que luego se desdibujaba formando riscos y torrenteras secas. A lo lejos, se elevaban las cumbres más altas, negras, recortadas contra un cielo gris azulado. Tara no tenía ni idea de adónde iban, y en realidad no le importaba. Se sentía feliz por estar al lado de Daniel, y todo lo demás quedaba en segundo plano.

Tras una hora de caminata, Daniel empezó a aflojar el paso y luego se detuvo. A partir de allí, el sendero descendía ligeramente y cruzaba el cauce seco de un río, zigzagueando de izquierda a derecha como el surco que deja una serpiente. Tara rodeó la cintura de Daniel con sus brazos.

—Estás temblando —dijo.

—Tengo frío —respondió él—. Había olvidado cómo refresca por aquí por la noche.

Tara introdujo las manos en los bolsillos posteriores de los tejanos de Daniel y arrimó la cara a su cuello.

—¿No crees que tendríamos que ir pensando en regresar? —dijo—.

Llevamos fuera casi tres horas. Omar debe de estar preocupado.

—Sí, supongo que tendríamos que dar media vuelta.

Ninguno de los dos se movió. Una estrella fugaz cruzó el cielo.

—Con luz, podríamos regresar por otro camino —dijo Daniel-. Hay muchos senderos. Pero es mejor no aventurarse en la oscuridad. Estas colinas están llenas de fosas de antiguas tumbas. Si se sale uno del sendero y cae en una de ellas tiene muchas probabilidades de no poder salir. Hace varios años una canadiense cayó en una en Deir el-Bahari. Nadie la oyó gritar. Y murió de hambre. Cuando encontraron su cuerpo... —Dejó la frase sin concluir y se puso tenso.

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—¿Qué ocurre? —preguntó Tara.

—Me parece que he oído... ¡Escucha!

Tara no percibió más que el viento.

—¿Qué ocurre? —repitió.

—Es que oigo... ¡Escucha!

Entonces ella también lo oyó. Procedía de su izquierda, de los riscos.

Era un leve repiqueteo, como los golpes amortiguados de un martillo contra un yunque. Alguien se acercaba. Ella entornó los ojos para aguzar la vista, pero estaba demasiado oscuro.

—Tal vez se trate de una patrulla del ejército —dijo Daniel con voz queda— Será

mejor que no nos descubran —añadió tirando de ella para saltar al otro lado de un arroyuelo.

Se ocultaron detrás de una peña, agachados, al amparo de las sombras.

—¿Y qué problema hay en que nos descubran?

—Sospechan de cualquiera que ronde por aquí de noche. Son muy cortos de entendederas y aunque somos occidentales y lo más probable es que no hubiese problemas, en la actual situación creo que es mejor eludir todo contacto con las autoridades.

Se asomaron un poco por detrás de la peña.

—¿Y si nos ven?

—Quédate donde estás y asegúrate de que crean que eres una turista.

Estas patrullas suelen estar formadas por jóvenes soldados de reemplazo, y tengo entendido que les gusta apretar el gatillo.

Seguían oyendo pisadas, cada vez más cercanas. También oyeron voces quedas y un canturreo. Tara se mordió el labio inferior. «Menuda suerte la nuestra —pensó—. Después de todo lo que hemos pasado, terminar muriendo por error...» Notaba la presión de la mano de Daniel en su brazo.

Estaba tenso. Al cabo de un minuto vieron a los miembros de la patrulla.

Entre una retícula de sombras y rayos de luna empezaron a asomar siluetas junto a un arroyo seco. Eran nueve, en fila india. Los dos últimos portaban lo que parecía un ataúd, y abriendo la marcha iba un hombre alto, con un traje de color claro. Tara se estremeció.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó con voz ahogada—. ¡Es él!

Al inclinarse un poco hacia delante para ver mejor, movió un pie que hizo resbalar grava hasta el arroyuelo. El sonido que produjo al caer al agua resonó en la noche. Daniel la sujetó del brazo y tiró de ella hacia el otro lado de la peña tapándole la boca con la mano. Permanecieron inmóviles, sin apenas respirar. Las pisadas seguían avanzando hacia ellos, hasta llegar tan cerca que Tara pudo oír con claridad las voces. Parecía inevitable que los descubriesen, y Tara tensó los músculos de las piernas, dispuesta a echar a correr. Pero, cuando ya los tenían casi encima y olió el aroma del cigarro de Dravic, la columna dio media vuelta en dirección al valle del Nilo.

Dejaron pasar un minuto, al cabo del cual Daniel se incorporó y se asomó por el borde de la peña.

—Se han marchado —dijo.

Tara se arrimó a él siguiendo con la mirada a las figuras que se perdían en las sombras.

—¿Qué estarían haciendo aquí arriba? —musitó Tara.

—Han estado en una tumba.

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Tara le dirigió una mirada inquisitiva.

—¿Qué crees, que iban a estar dando un plácido paseo a la luz de la luna portando un féretro? —Salió de detrás de la peña y miró en la dirección en que se habían marchado—. Deben de conocer otro sendero para bajar —agregó—, lo que seguramente les permitirá que los centinelas no los vean desde las garitas situadas en torno al Valle de los Reyes. Como ya te he dicho, estas colinas están llenas de senderos. —Miró unos momentos hacia la oscuridad y respiró hondo—. Dame. Llevaré yo el bolso.

Tara se lo entregó.

—Quiero que vuelvas a casa de Omar —le dijo él—. Cuando llegues a lo alto del Qurn, sigue por donde hemos venido. No te apartes de ese sendero. Ve directamente a casa de Omar y no te muevas de allí.

—¿Y qué harás tú?

—No te preocupes por mí.

—Vas a buscar la tumba, ¿verdad?

—¡Por supuesto que voy a buscar esa condenada tumba! Para eso hemos venido,

¿no? Vete. Yo iré después.

—Voy contigo —declaró Tara, mirándolo fijamente.

—Yo conozco estas colinas, Tara. Es mejor que vaya solo.

—Iremos juntos. A mí me interesa tanto como a ti saber qué hay en esa tumba.

—¡Por el amor de Dios, Tara! ¡No tengo tiempo para discutir! ¡Esos tipos pueden volver de un momento a otro!

—Pues mayor razón para intentar encontrarla cuanto antes.

Tara echó a caminar hacia el arroyuelo. Él fue tras ella y la sujetó del hombro, obligándola a volverse.

—¡Por favor, Tara! No lo entiendes. Estas colinas... son peligrosas. He trabajado aquí y sé cómo moverme. Tú serías...

—¿Qué sería, Daniel? ¿Un estorbo? —le espetó ella, fulminándolo con la mirada—

. ¿Es eso lo que sería?

—No, no serías un estorbo. Es sólo que... no quiero que sufras ningún daño. —El tono de Daniel revelaba auténtica desesperación. A pesar del viento tenía la frente cubierta de sudor. Estaba temblando—. No quiero que sufras ningún daño —repitió—.

¿No puedes entenderlo? Esto no es ningún juego.

Guardaron silencio por unos instantes, crispados. Finalmente, ella dijo:

—No me debes nada, Daniel, ni tienes nada que demostrarme. Estamos en esto juntos, y si tú vas, yo voy también.

Daniel fue a replicarle para tratar de convencerla, pero vio en sus ojos que sería inútil.

—No sabes en lo que te metes —farfulló.

—Sea lo que sea, ya estoy metida —replicó ella—. De modo que no tiene mucho sentido que ahora me quede al margen. Creo que debemos aprovechar la ocasión —

añadió poniéndose de puntillas y besándolo en el mentón.

—Es que no quiero que sufras ningún daño —insistió él en tono de impotencia.

—¿Y no se te ha ocurrido pensar que yo tampoco quiero que lo sufras tú?

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Siguieron por el cauce seco del arroyo en dirección al sendero por el que habían visto asomar a Dravic y a sus hombres. El aire de la noche era frío. Habían empezado a aparecer jirones de niebla que flotaban a escasos metros del suelo, resplandeciendo a la luz de la luna como algodón de azúcar. Un perro salvaje aullaba a lo lejos. A lo largo de unos doscientos metros el cauce zigzagueaba por el llano, para luego descender hacia la cara sur de una colina.

—Las cumbres de las lomas de este lado son muy abruptas —dijo Daniel mirando hacia la oscuridad—. La tumba debe de encontrarse en una de ellas, cerca del cauce. Pero ¿dónde concretamente? Sólo Dios lo sabe.

Sin un equipo de escalada probablemente sea inaccesible.

Siguieron descendiendo junto al cauce, que gradualmente se convertía en una garganta estrecha, muy empinada y abrupta. Tenían que pisar con cuidado para no tropezar. Daniel sacó del bolsillo de la camisa una linterna-bolígrafo, la encendió y enfocó hacia delante.

—Si provocamos un desprendimiento... estamos perdidos —musitó—.

Nos despeñaríamos. Si el desnivel sigue aumentando tendremos que retroceder. No entiendo cómo se las habrán arreglado para subir el féretro hasta aquí. Siguieron adelante. La pendiente era cada vez más pronunciada.

A cada paso que daban provocaban pequeños desprendimientos. El sendero se estrechaba tanto que si estiraban los brazos podían tocar ambas paredes de roca. Daniel insistió por dos veces en que Tara regresase, pero ella se negó.

—He llegado hasta aquí, y no pienso desistir ahora —argumentó.

Arribaron a un punto en que el sendero enlazaba con una pendiente de esquisto, tan pronunciada que parecía un tobogán. A su vez, esta pendiente se prolongaba unos veinte metros y luego, bruscamente, como si se abriese una puerta de par en par, las paredes de la garganta desaparecían y no se veía más que el cielo y, abajo, el resplandor plateado del llano.

—Ése es el borde del precipicio —dijo Daniel enfocando con la linterna

—. Tiene una pared de unos cien metros. No podemos pasar de aquí.

Se sujetó a una grieta, asegurándose de que podía resistir su peso, se asomó y dirigió hacia abajo el haz de luz.

—¿Ves algo? —preguntó Tara.

—Una abertura —contestó él—. Al parecer se adentra en la roca justo debajo de donde tenemos los pies. Está tapada con esquisto, pero tengo la certeza de que no se trata de una cueva, sino de una entrada hecha a propósito. —Se apartó del borde y le tendió la linterna a Tara—.

Alúmbrame; no dejes de enfocar hacia abajo. Se descolgó por el borde hasta la cornisa, con agilidad, como si se hubiese movido toda la vida por aquellas alturas. Al cabo de medio minuto estaba abajo. Tara lo siguió, más lentamente, pisando con cuidado y sujetándose con los dedos a las grietas.

Al llegar abajo vio a Daniel en cuclillas frente a una pequeña entrada rectangular abierta en la roca viva.

—¿Está aquí? —musitó ella.

—Es una tumba, no hay duda —contestó Daniel pidiéndole la linterna

—. ¿No lo ves? La entrada tiene señales inequívocas de estar hecha adrede.

Se notan las marcas de un escoplo.

La parte inferior de la entrada estaba bloqueada por esquisto y escombros, pero por arriba quedaba un hueco de aproximadamente un metro de alto. Daniel metió la

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cabeza y alumbró el interior. De pronto se oyó un aleteo y unas sombras salieron volando y se perdieron en la noche.

—¿Qué demonios ha sido eso? —exclamó Tara.

—Murciélagos —repuso Daniel con una sonrisa—. Les encantan las tumbas. Son inofensivos.

Estudió el hueco iluminándolo con la linterna y a continuación entró.

Tara se irguió para entrar también, pero tropezó con una gruesa lámina de esquisto que se deslizó bajo su pie y le hizo perder el equilibrio. Se tambaleó por unos segundos, aferrándose a la roca, y luego toda la lámina de esquisto cedió y ella cayó de espaldas deslizándose hacia el borde del precipicio como si fuese montada en un trineo.

—¡Tara! —gritó Daniel.

Ella agitaba los brazos desesperadamente tratando de asirse a donde fuese. Daba la impresión de que la arrastrase el agua de un torrente. Varias láminas de esquisto salieron despedidas y cayeron al vacío. Sin poder auxiliarla, desde la entrada de la tumba, Daniel la vio deslizarse cuesta

abajo. Cuando ya estaba a punto de precipitarse en el vacío, Tara logró encajar un pie en un afloramiento de roca que detuvo su caída. Se produjo un largo silencio, roto al cabo de unos instantes por las piedras que caían por el precipicio.

—¡Mierda! —masculló Tara.

Se quedó unos momentos inmóvil, jadeante, y luego, con mucha precaución, se irguió.

—¿Estás bien, Tara?

—Más o menos.

—No te muevas de ahí —le indicó Daniel saliendo de la tumba. Enfocó con la linterna hacia el esquisto y fue hacia ella. La agarró de una muñeca y la arrastró hasta el saliente. La cara y las ropas de Tara estaban cubiertas de polvo, la blusa rasgada por el codo y manchada de sangre.

—Te has herido —musitó él.

—No es nada —dijo ella sacudiéndose el polvo del pelo—. Vamos. A ver qué hay en la tumba.

Daniel no pudo evitar sonreír.

—¡Y yo que me tenía por terco! Deberías haber sido arqueóloga.

—Es menos apasionante de lo que tú crees —dijo ella, guiñándole un ojo. Al adentrarse en la tumba se encontraron con un estrecho pasadizo descendente. Con la luz de la linterna comprobaron que la mitad inferior de la entrada estaba bloqueada con adobes, sobre los que habían apilado las lascas de esquisto. Daniel miró alrededor.

—Originariamente, toda la entrada debió de estar tapiada con adobes —

dijo—. Con los años debieron de acumularse piedras hasta cegar la parte superior. Quienquiera que haya encontrado la tumba derribó la tapia y sólo dejó intacta la parte inferior. Mira... —añadió enfocando con la linterna—.

Ahí están los adobes. Junto a una pared del pasadizo había un montón de adobes. Daniel se agachó y levantó uno. En una de sus caras había un dibujo que representaba a nueve hombres arrodillados, con las manos atadas a la espalda, bajo la imagen de un chacal sentado.

—¿Qué es esto? —preguntó Tara.

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—El sello de la necrópolis real —contestó Daniel sonriendo—. Nueve cautivos atados coronados por Anubis, el chacal. Si la tapia de la tumba seguía intacta, con el sello de la necrópolis, significaba que la tumba también lo estaba cuando la descubrieron. Intacta desde la Antigüedad.

Deben de quedar muy pocas. Siguió examinando el adobe. Luego lo dejó con cuidado en el suelo y enfocó la linterna hacia el pasadizo. Vio un hueco, la boca de otro pasadizo mucho más estrecho que descendía suavemente a lo largo de unos treinta metros, hasta un ensanchamiento que parecía una cámara. La oscuridad era tan absoluta que parecía sólida.

Empezaron a avanzar alumbrándose con la linterna. Al cabo de unos pasos se detuvieron.

—¿Qué ocurre? —preguntó Tara.

—Ahí abajo hay algo que se mueve.

—¿Murciélagos?

—No, en el suelo. Allí —indicó, enfocando con la linterna. Algo se acercaba a ellos rápidamente.

—Daniel... —dijo ella tratando de conservar la calma—. No muevas un músculo.

¡Por el amor de Dios, Daniel! ¡No hagas el menor movimiento!

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Entre El Cairo y Luxor

El tren nocturno con destino a Luxor no iba tan lleno como a la ida. De hecho, Jalifa tuvo el vagón para él solo. Se quitó los zapatos, encendió un cigarrillo y empezó

a leer el expediente de Dravic, que Tauba le había hecho fotocopiar.

Detrás de él, al fondo del vagón, dos mochileros, un chico y una chica, jugaban a las cartas. La lectura del expediente no le resultó nada reconfortante. Dravic había nacido en 1951, en la ex Alemania del este, hijo de un oficial de las SS que luego ingresó en el Partido Comunista, donde alcanzó puestos de cierta relevancia. Dravic había sido un buen estudiante, sobre todo en idiomas, y con sólo diecisiete años había ingresado en la Universidad de Rostock, donde se doctoró en arqueología de Oriente Próximo. A los veinte años había publicado su primer libro, un análisis sobre una inscripción minoica que nadie había logrado descifrar aún; a partir de entonces había escrito una serie de obras, una de las cuales, Asentamientos griegos en el delta del Nilo en el período tardío, seguía siendo considerada de obligada lectura para la especialidad.

Jalifa se terminó el cigarrillo y encendió otro. Recordaba haber tenido que leer aquel libro para hacer un trabajo en la facultad. Miró por la ventanilla. El paisaje era llano, oscuro y desierto. Sólo de vez en cuando se

veían las luces de los poblados a lo lejos. Volvió a concentrarse en el expediente.

Desde el principio, los logros académicos de Dravic se habían visto ensombrecidos por su tendencia a la violencia. A los doce años le había sacado un ojo a un compañero de colegio durante una pelea. Se había librado de que lo procesasen gracias a la intervención de un alto cargo local del partido, amigo de su padre. Tres años después, se había visto implicado en la muerte de un mendigo, cuyo cuerpo fue encontrado carbonizado en un parque público, y, al año siguiente, en la violación en grupo de una joven judía. También en estas dos ocasiones se había librado del castigo gracias a la influencia de su padre.

Jalifa meneó la cabeza, estupefacto.

Dravic había empezado a participar en excavaciones con veintitantos años, primero en Siria, luego en Sudán y después en Egipto, donde había estado trabajando durante dos temporadas en Naucratis, en el Delta. A pesar de los persistentes rumores de escamoteo de antigüedades, y de cosas peores, nunca se había presentado ninguna denuncia contra él, que siguió progresando en su carrera. El historial incluía una fotografía de Dravic estrechándole la mano al presidente Anuar el Sadat, y otra en la que el presidente de la República Democrática Alemana, Erich Honecker, le entregaba un premio.

Parecía destinado a hacer grandes cosas. Pero entonces violó a una de las voluntarias que trabajaban con él, y eso supuso su fin. Aunque el hecho se había producido en Egipto, la chica era alemana, y en Alemania lo juzgaron. La justicia oficial no lo condenó, pero se hundió en el oprobio. Lo privaron de su beca de investigación, le retiraron la licencia para dirigir excavaciones y los editores dejaron de publicar sus libros. De eso hacía veinte años, y desde entonces se había ganado la vida en el mercado de antigüedades utilizando sus conocimientos para conseguir y autentificar objetos para personas adineradas. En 1994 había sido detenido en Alejandría por posesión de antigüedades robadas y había pasado tres meses en la prisión cairota de Tura, que era donde le habían hecho la última fotografía que tenían de él. Jalifa la estudió. Era una de esas características fotos carcelarias en blanco y

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negro. El alemán estaba de pie, apoyado contra una pared y sujetando a la altura del pecho un cartel con un número, mirando a la cámara con el

entrecejo fruncido y expresión malévola. Jalifa se estremeció.

Tras salir de la cárcel de Tura, Dravic había pasado a la clandestinidad, saliendo y entrando ilegalmente en el país, organizando el contrabando de antigüedades y su venta en los mercados negros de Europa y del Lejano Oriente A pesar de estar reclamado por la justicia de siete países, siempre había logrado escabullirse. Los datos sobre sus movimientos más recientes eran escasos. Todo lo que se sabía era que había empezado a trabajar para Saif al-Thar a mediados de los años noventa, y que seguía con él. Se rumoreaba que tenía cuentas numeradas en bancos suizos, vínculos con organizaciones neonazis e incluso con servicios secretos occidentales, pero de nada de ello había pruebas. A partir de 1994 había mantenido un tono discreto. Sin embargo, de lo que no cabía duda era de que seguía siendo tan canalla como siempre. Jalifa terminó de leer el expediente y se puso de pie para estirar las piernas. Fue hasta el final del vagón. Los mochileros habían dejado de jugar a las cartas y escuchaban la música de un radiocasete. Los saludó con una inclinación de la cabeza y les preguntó adónde iban. Los jóvenes no hicieron caso de él.

«Tal vez crean que pretendo venderles algo», pensó, se encogió de hombros y volvió a su sitio. Encendió otro Cleopatra y se dispuso a leer el informe del forense sobre la muerte del viejo Iqbar.

La música del radiocasete de los mochileros parecía armonizarse con el traqueteo del tren. A Jalifa se le cerraban los ojos. Justo al sur de Beni Suef el tren se detuvo. Estuvo parado durante cinco minutos, emitiendo un siseo como si tomase aliento, y luego reemprendió la marcha. Al cabo de un minuto oyó que abrían la puerta que quedaba a su espalda. Se oyó un grito y a continuación un estrépito. La música del radiocasete cesó bruscamente.

Jalifa se volvió.

Tres hombres vestidos con galabeyas negras se hallaban junto a los mochileros, cuyo radiocasete estaba destrozado en el suelo. Uno de los hombres agarró al chico por el pelo, le echó la cabeza hacia atrás y, con un movimiento tan rápido que Jalifa apenas lo vio, sacó un cuchillo y lo degolló. La sangre manó a borbotones de la herida.

El inspector se levantó y fue a sacar su pistola cuando recordó que se la había dejado en Luxor. Miró alrededor en busca de un objeto que pudiese utilizar como arma. Alguien había dejado un montón de libros en el asiento de enfrente. Empezó a lanzarles los libros a la vez que gritaba: «¡Policía!

¡Arrojen las armas!». Los tres rieron y se encaminaron hacia él. Jalifa sintió

el impulso de hacerles frente. Pero eran tres y vaciló por un instante, se volvió y echó a correr hacia el otro extremo del vagón, en el que iban más pasajeros, incluyendo un grupo de niños que portaban lamparitas de bronce.

Jalifa siguió corriendo, pero tropezó con una lata de aceite y cayó al suelo. Una mano lo agarró por la frente y le echó la cabeza hacia atrás.

—¡Ayúdame, Dios mío! —exclamó con voz entrecortada—.

¡Protégeme, Alá!

Una cara, grande como una pelota de playa, medio blanca y medio morada, apareció delante de la suya.

—¡Pobre pequeño Alí! —farfulló el hombre—. Alí, Alí, Alí —añadió esgrimiendo una paleta triangular con los bordes afilados. Se echó a reír a carcajadas y la clavó en el cuello de Jalifa. El inspector despertó sobresaltado.

El informe del forense se le había caído al suelo. Oyó la música del radiocasete de los mochileros. Dormían, uno recostado en el otro.

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Jalifa meneó la cabeza, soltó un suspiro de alivio y se agachó a recoger el informe.

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Luxor, colinas de Tebas

La serpiente iba derecha hacia ellos por el pasadizo. Sus ojos brillaban a la luz de la linterna.

—Quédate completamente inmóvil —repitió Tara.

—¡Oh, Dios! —exclamó Daniel-. ¿Qué es eso?

—Una Naja nigricollis —repuso ella—. Una cobra de cuello negro.

—¿Es peligrosa?

—Humm...

—¿Muy peligrosa?

—Si te muerde, date por muerto. Es muy agresiva y muy venenosa. Y

además escupe veneno. De modo que no hagas ningún movimiento brusco.

La cobra producía un ruido sibilante al arrastrarse por el suelo. Daniel trató de dirigir hacia ella el haz de luz de la linterna.

—¡Joder! —exclamó.

Al llegar a unos pasos de donde estaban, la cobra se detuvo, se irguió ligeramente y los miró con sus amenazadores ojos negros. Medía más de dos metros y tenía el cuerpo grueso como un brazo. Tara notó que Daniel estaba temblando.

—Si conservas la calma todo irá bien —le susurró.

La cobra balanceó el cuerpo hacia atrás y hacia delante por unos segundos. Después volvió a pegarse al suelo y siguió reptando hasta las botas de Daniel, proyectando la lengua como si quisiera lustrárselas. Se irguió de nuevo y empezó a explorar un tobillo.

—Apaga la linterna —dijo Tara.

—¿Qué?

—Que apagues la linterna. La luz está excitándola.

La cobra tenía la lengua cerca de la pantorrilla de Daniel, que jadeaba.

—No puedo. No puedo quedarme a oscuras con este bicho...

—¡Apágala! —insistió Tara con firmeza.

—Oh, Dios.

Daniel apagó la linterna y quedaron sumidos en las tinieblas, como si acabaran de taparles los ojos con una gruesa venda de terciopelo. El silencio era tan absoluto que resultaba opresivo, y sólo lo rompía el siseo de la cobra y la jadeante respiración de Daniel.

—Me está rozando una pantorrilla —dijo él con voz temblorosa.

—No te muevas.

—¡Va a morderme!

—Si permaneces quieto, no lo hará.

—Se está enrollando en torno a mi pierna. No puedo soportarlo, Tara.

¡Haz algo, por favor! ¡Por favor!

Daniel estaba aterrorizado. Si lo advertía, la serpiente se asustaría a su vez, y entonces las probabilidades de que lo mordiese aumentarían.

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—Háblame de Meriamón —dijo ella, desesperada.

—¡A la mierda Meriamón!

—Háblame de él —insistió Tara.

—Era el segundo hijo del rey Amasis —dijo Daniel con voz entrecortada por el terror—. Vivió hacia el año quinientos cincuenta antes de Cristo. Fue sumo sacerdote de Amón en Karnak. ¡Oh, Dios!

—Sigue hablando.

—Carter encontró una tablilla con su nombre en el valle. Parecía contener información sobre el lugar donde se encontraba la tumba. Junto al camino sur, a veinte codos del Agua en el Cielo, que, según creemos, es un precipicio de la parte alta del valle.

Daniel guardó silencio, casi sin aliento.

—¿Qué ocurre? —preguntó Tara.

—No lo sé. Ya no está en mi pierna, pero aún la noto...

Tara guardó silencio, reflexionando.

—¿Tara?

—Enciende de nuevo la linterna, pero no la enfoques hacia el suelo sino hacia el techo. Y hazlo muy lentamente, sin movimientos bruscos.

Un fino haz de luz iluminó el techo, y Tara vio a la cobra. Estaba entre las piernas de Daniel, con la cabeza erguida, y casi rozando su entrepierna.

—Me parece que le gustas.

—Sí, debo de ser su tipo —masculló Daniel.

Tara se acuclilló, lentamente. La cola de la serpiente rozó una de las botas de Daniel.

—Baja un poco el haz, pero despacio.

El haz fue descendiendo lentamente hacia el suelo.

La cobra se balanceaba, con la boca abierta. Mala señal. Eso indicaba que se estaba poniendo nerviosa. Tara metió una mano en un bolsillo, sacó un pañuelo y lo agitó para llamar la atención de la cobra, que dirigió la cabeza hacia el pañuelo, luego hacia ella y de nuevo hacia el pañuelo.

Siguió balanceándose, se irguió de pronto y lanzó un chorro de veneno hacia el pañuelo que también salpicó la mano y el brazo a Tara, produciéndole un intenso escozor.

—¿Qué ocurre? —musitó Daniel, tratando de mirar hacia abajo sin mover la cabeza.

—Sigue inmóvil. Voy a tratar de agarrarla.

—¿Estás loca? ¡Ni se te ocurra tocarla!

—No va a pasarme nada. Tenemos una cobra como ésta en el zoo. Las transporto continuamente de un lado para otro.

Pero... con un gancho apropiado, se dijo Tara, y con guantes y gafas protectoras. No había olvidado que ya la habían mordido en una ocasión, pero siguió agitando el pañuelo con la mano izquierda, a la vez que movía lentamente la mano derecha hacia el cuello del reptil, procurando no temblar demasiado. Notaba pinchazos en los oídos.

—¡Oh, Dios! —exclamó Daniel.

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Tara hizo caso omiso de él y concentró toda su atención en la cobra, que volvió a erguirse y escupió por dos veces en dirección al pañuelo. En ambas Tara alejó la mano derecha y cerró los ojos, esperando lo peor para luego

abrirlos lentamente y acercar con mucho cuidado los dedos al cuello de la serpiente, temiendo sentir de un momento a otro la mordedura de sus colmillos.

«He de agarrarla por el sitio exacto —se dijo Tara—. Si la agarro muy abajo podría girarse y morderme, y si lo hago muy arriba prácticamente metería la mano en su boca. Tiene que ser un movimiento milimétrico.»

—¿Qué haces? —preguntó Daniel, angustiado.

—Ya casi.... —musitó ella—. Casi la...

Tara tenía la mano derecha a sólo unos centímetros del cuello de la cobra. El sudor que resbalaba por su frente se le metía en los ojos, que le escocían. Le costaba controlar el temblor de los dedos.

—Por favor, Tara, ¿qué haces?

La serpiente se lanzó hacia delante, pero más hacia el pañuelo que hacia la mano. Tara retiró la mano izquierda a la vez que alargaba la derecha y agarraba a la cobra justo por debajo de la cabeza. La serpiente se agitó enfurecida y golpeó con la cola una pierna de Daniel.

—¡Dios santo! —gritó él, y al saltar hacia atrás dejó caer la linterna.

—No importa, Daniel. ¡Ya la tengo! —le gritó—. ¡Ya la tengo!

La serpiente trató de enrollarse al brazo de Tara, pero ésta le apretaba el cuello con firmeza, impidiéndoselo. Temblando, Daniel recogió la linterna del suelo y la enfocó hacia Tara. La serpiente tenía la boca abierta y dejaba ver sus colmillos, finos como agujas.

—¡Dios mío! ¡No puedo creer lo que has hecho!

—Ni yo tampoco.

Tara fue hacia la entrada y salió al exterior sin soltar a la cobra. Bajó despacio por la pendiente hasta llegar casi al borde y lanzó el reptil al vacío, que cayó como una cinta que el viento agitara y se perdió de vista. Tara desanduvo el camino y volvió

a entrar en la tumba, jadeante.

—Bien —dijo, aparentando más calma de la que tenía—. Ahora veamos qué hay aquí.

La cámara del fondo del pasadizo era de forma rectangular y muy pequeña, de no más de cinco por dos y medio. Las paredes estaban decoradas con columnas de jeroglíficos y pinturas de colores rojo, verde y amarillo. En todo el perímetro, a modo de zócalo, había una serie de serpientes pintadas, erguidas, como las de la tablilla de yeso que habían encontrado en Saqqara. El suelo de la cámara quedaba un metro más abajo

que el del pasadizo. Tara saltó sin dificultad. Daniel se detuvo un momento a recorrer con el haz de la linterna el suelo de la cámara y a continuación saltó

también. Después enfocó hacia las paredes, recubiertas de pinturas.

Seguía nervioso y miraba una y otra vez hacia atrás. Pero poco a poco fue concentrando su atención en las pinturas; en sus brillantes colores, en los extraños rostros, en las columnas de intrincados jeroglíficos. Su nerviosismo fue dejando paso al entusiasmo. Le brillaban los ojos.

—Es extraordinaria —musitó para sí asintiendo con la cabeza—.

Extraordinaria —

repitió enfocando una de las pinturas que representaba a un personaje con cabeza de chacal conduciendo a un hombre hacia una balanza junto a otra figura, con cabeza de ibis y una pluma y una tablilla en la mano.

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—¿Qué es eso? —preguntó Tara.

—Pertenece al Libro de los muertos —contestó él mirando la pintura—.

Anubis, dios de la necrópolis, conduce al difunto hacia las balanzas del juicio. Pesa su corazón y el dios Toth anota el resultado. Es una escena típica de las tumbas egipcias. Como ésa...

Daniel enfocó otra pintura con la linterna. Una persona de piel rojiza y falda blanca sostenía con ambas manos una jarra, con los brazos extendidos.

Enfrente, estaba representada otra persona, de piel amarillenta y con la cabeza coronada por lo que parecían los cuernos de un toro en medio de los cuales había un círculo.

—El difunto le hace una ofrenda a la diosa Isis —explicó Daniel-.

Pintaban a los hombres con la piel rojiza y a las mujeres con la piel amarillenta. Es un fresco maravilloso. Fíjate en la perfección de las líneas, en la riqueza de los colores. Increíble... —musitó.

—¿Y esas otras figuras? —preguntó Tara señalando una de las escenas representadas en las paredes.

Dos hombres, de barba y con complicadas pelucas trenzadas, se hallaban enfrentados, uno en posición sentado y el otro arrodillado.

—Parecen de otro estilo —añadió Tara.

—Exacto —repuso Daniel—. No son de estilo egipcio sino persa. Se distinguen por los tocados y las barbas. En las ruinas de Susa y de Persépolis abundan pinturas similares a éstas. Pero nunca aparecen en las tumbas egipcias. —Enfocó la linterna hacia otra escena que representaba a

un hombre de barba con túnica blanca frente a una mesa cubierta de fruta, y añadió—: Ésta, en cambio, es de estilo griego. Fíjate en la toga; además, su piel es pálida y lleva la barba más corta y perfilada. También es rarísimo encontrar este tipo de imágenes en una tumba egipcia. No es un caso único, porque las hay también en la tumba de Petosiris en Tuna el-Gebel, y en la de Siamón en Siwa. Pero son casos excepcionales, y éste lo es aún más, porque incluye pinturas de estilo persa. Es como si hubiesen enterrado aquí a tres personas de distintas épocas. ¡Es increíble!

Daniel se volvió lentamente y Tara se acercó a un pequeño recodo del fondo.

—Ésta es la hornacina canopea —explicó Daniel-; para los vasos canopeos. Cuando el difunto era momificado le extraían los órganos y los metían en cuatro recipientes: para el hígado, los intestinos, el estómago y los pulmones respectivamente. Y ahí es donde debieron de estar los vasos.

Daniel parecía un guía turístico. Tara sonrió para sí recordando sus visitas al Museo Británico, cuando habían empezado a salir juntos, y las detalladas explicaciones de Daniel sobre todo lo que veían.

—¿Y esto qué es, profesor? —preguntó ella en tono jocoso señalando un fresco que estaba justo a la izquierda de la hornacina.

Daniel dirigió el foco de luz hacia allí. El fresco estaba dividido en tres secciones superpuestas. En la superior se veía a unos hombres en fila india sobre un fondo amarillo; en la siguiente las figuras parecían tropezar y caer.

Seguir: parte 2 de 4