El eslabón perdido

Belén Morales · Capítulo 2 de 3 · parte 1/8

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El eslabón perdido

Segunda parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.

Su heroico corazón

Beulah Fork y Atlanta, Georgia

El matrimonio domestica. El divorcio desbarata. La soltería empalaga. Y es el trabajo, no el tiempo, el que cura los males del corazón.

El negocio prosperaba en el West Bank. Yo dormía saludablemente por primera vez en dos años. Resulta extraño observar cómo la prosperidad de un negocio le tranquiliza a uno mucho mejor que una nana.

Finalmente me las había arreglado para convencerme de que Ruth-Claire y yo habíamos roto el uno con el otro, como hombre y esposa, si no como amigos tristemente cautelosos. Al fin y al cabo, ella iba a tener un hijo de su esposo habilino, Adán Montaraz, y nadie podía negarle a ella la devoción que sentía por el pequeño hombre, quien la había hecho fecunda allí donde yo había fracasado. Se había trasladado con ella a Atlanta. Se había convertido en un artista de éxito por derecho propio, y progresaba su evolución privada hacia una especie de suave sofisticación sureña. Ocasionalmente, el Constitution de Atlanta informaba que los Montaraz habían asistido a la inauguración de una exposición, a una obra de teatro, a un acontecimiento deportivo. En tres ocasiones vi la fotografía de Adán en el periódico, y en dos de esas ocasiones llevaba un esmoquin.

Ruth-Claire, por su parte, llevaba ropas de maternidad especialmente diseñadas.

Al encontrarme con esas cosas, yo solía murmurar:

—Me alegro de que les vayan bien las cosas. Me alegro de que sean felices juntos.

Luego dejaba el periódico a un lado y me ocupaba en revisar el menú del fin de semana.

Como ya digo, el negocio prosperaba.

A principios de diciembre empecé a decorar el West Bank para las Navidades. Un día, con ayuda de Livia George, estaba poniendo una ramita de muérdago en una arcada de plástico envuelta en papel de color, frente a la lavandería de la parada de la Greyhound. Sobre nosotros se cernía una neblivizna, que es el término original portmanteau que emplea Livia George para designar «neblina» y «llovizna», que era como la maldición de un meteorólogo.

De repente, como surgido de aquella lóbrega melancolía, un pequeño coche deportivo de color plateado retrocedió en diagonal hacia el aparcamiento libre situado justo debajo de la escalera donde me encontraba.

—Eh —exclamó Livia George—, ahí está ese tipo que la señorita Ruth-Claire trajo aquí el pasado mes de enero. Ya sabe, el que lo vomitó todo sobre la mesa.

—¡Adán! —exclamé.

—Y ahora ha ascendido tanto que hasta conduce un coche plateado. ¡Y mire quién viene con él!

—¡Ruth-Claire! —grité.

Incluso en la calle envuelta por la neblina, las sílabas de su nombre reverberaron como notas de campanas.

Nos abrazamos y saludamos. Incluso abracé a Adán que, al devolverme el abrazo me dio tal sacudida que por un momento pensé que me había roto alguna vértebra. Se mostró mucho más suave con Livia George, probablemente inducido por su innata caballerosidad habilina.

Cuando Ruth-Claire y yo nos abrazamos, sin embargo, no hicimos sino chocar nuestros vientres. Ella se echó a reír, muy consciente de su figura, y yo supe que el bebé no tardaría en llegar. Desafiando la posibilidad muy real de que el parto se iniciara durante el viaje, ella y Adán habían cubierto el trayecto de dos horas desde Atlanta. Eso me pareció una locura. Enojado, se lo dije así a ambos.

—Relájate, Paul. Aunque hubiera sucedido así, no habría sido una catástrofe.

—¿En el arcén de la autopista? ¿Como una salvaje o algo así? ¡Tienes que estar bromeando!

Me volví hacia Adán. Aunque estaba lejos de ser un gigante, era más alto de lo que yo recordaba, debido quizá a las botas de cuero hechas a mano, con tacones muy altos. Me disponía a reprenderle por haber hecho el viaje con su esposa tan cerca del parto, cuando Ruth-Claire se lanzó a una animada mini-perorata.

—Sólo una diminuta fracción de todos los bebés nacidos en nuestra especie lo han hecho en hospitales, Paul. Las actuales cifras de población demuestran a las claras que eso no nos ha conducido a la extinción.

Me giré hacia ella.

—¿Y si hubieras tenido algún problema?

Ella se dio unas palmaditas sobre la redondeada y opaca protuberancia de su embarazo.

—El que está aquí dentro no nos va a causar ningún problema. Lo tendré tal como un perro tiene a sus cachorros, expulsándolo. ¡Zum!, y ya está.

—¿Para cuándo lo esperas? —pregunté sacudiendo la cabeza.

—En realidad no lo saben. Llevo embarazada por lo menos desde junio; eso quiere decir que debo de estar en mi séptimo mes.

—En ese caso, ya está a salvo —me aseguró Livia George.

Con el rostro refrescado por la neblina de diciembre, Ruth-Claire dijo:

—Eso no es del todo cierto, Livia George. Nadie tiene una idea muy exacta acerca del período de gestación del habilino. O al menos, nadie la tenía. Adán dice que cuando era un muchacho en Montaraz asistió a un par de partos, pero no recuerda que su gente intentara averiguar la prolongación del embarazo de una mujer.

—No me cabe la menor duda de que cualquiera de esos bobos antropólogos de Emory tendrían una opinión al respecto.

—Estoy segura de que sí, Paul, pero no les hemos preguntado. Nosotros creemos que no debe de faltar mucho. Es posible que las habilinas sólo permanezcan embarazadas durante cinco o seis meses, quizá menos. Como ya sabes, son pequeños.

—Sí, incluso cuando llevan zapatos con tacón de tipo plataforma.

—Eso es sólo para ayudarle a alcanzar los pedales del freno y el acelerador, no para halagar su vanidad. Aun así, hemos tenido que elevar esos pedales diez centímetros desde el piso del coche.

—¡Jesús! —exclamé sin dejar de mirar la amenazante negrura del cielo—. Una madonna de treinta y seis años a punto de romper aguas y un Richard Petty de África oriental que apenas puede llegar a los frenos.

—¿Los va a tener toda la tarde aquí fuera, señor Paul, o los va a hacer pasar para terminar los saludos?

Hice gestos a todos para que pasaran y envié a Livia George a la cocina para que trajera café y chocolate caliente. Todavía faltaban un par de horas para que empezara a llegar la clientela de la noche.

—¿Por qué no me has llamado por teléfono? Podría no haber estado aquí.

—Tú siempre estás aquí, Paul. Lo único que haces es dedicarte al West Bank.

—Sí, pero ¿por qué no me has llamado por teléfono?

—Cada vez que marco un número de Beulah Fork no puedo evitar el ver a Edna Twiggs sentada ante la centralita, a pesar de la reorganización de la AT&T, la automatización y todo eso. No confío en los teléfonos, al menos desde el pasado verano.

—¿Y has preferido arriesgarte a convertir a Adán en tu obstetra?

—Absolutamente. Mira, Paul, Adán y yo hemos tomado una decisión. No voy a tener al bebé en un hospital —incapaz de evitarlo, hice rodar los ojos en mis órbitas—. Ya basta. Desprecias todo aquello que no comprendes.

—¿Qué va a ser entonces, un parto en la bañera? Por lo que he oído decir, esa es una de las últimas manías de moda. Ahora resulta que mamá pretende ser una marsopa en Marinelandia.

—Paul…

—Las sillas de parto también son estupendas. Tienes al niño acuclillada, como un central de fútbol que se sacara la piel de cerdo de debajo del jersey.

Adán se miró las manos engarfiadas sobre mi nuevo mantel de color verde menta. Ruth-Claire, mientras tanto, habló con los dientes apretados.

—Nunca he llegado a comprender cómo pudimos casarnos. Nunca.

Al darme cuenta de que había ido demasiado lejos, pedí disculpas.

—Ninguno de esos métodos es tan absurdo como tú los presentas —comentó—. El parto en inmersión no exige tanto esfuerzo ni a la madre ni al niño, y en cuanto a la silla de parto ofrece a la mujer un cierto grado de control sobre un proceso que, de todos modos, debería ser justamente suyo. Si alguna vez tuvieras conciencia, Paul Loyd, para ti debería ser con un adoquín y un aparejo.

Livia George entró en el comedor, procedente de la cocina, con las bebidas calientes.

—Yo tuve seis bebés, aunque en presencia de un médico —nos dijo—. En un colchón de plumas, en mi propia casa. Y el mayor de todos mide uno noventa y cinco de altura. El más joven no ha estado nunca enfermo.

Adán hizo una serie de gestos con las manos, que Ruth-Claire se ocupó de traducir.

—Me pide que te diga, Paul, que queremos que nuestro hijo nazca en la granja Paraíso. Estamos incluso dispuestos a pagar por ese privilegio. Es importante para nosotros.

—Pero ¿por qué? —pregunté, casi —aunque no del todo— anonadado.

—En cuanto yo ingrese en un hospital, los medios de comunicación van a llover sobre nosotros. Supongo que eso es comprensible, pero no puedo permitirles que conviertan el nacimiento de nuestro bebé en un circo internacional. La granja Paraíso ya dispone de un buen sistema de seguridad, y está lo bastante alejada de Atlanta como para evitar al menos a unos pocos de esos inevitables pelmazos.

—Ruth-Claire, ¿por qué no vuelas a alguna isla remota del Caribe? Te lo puedes permitir. Aquí en Beulah Fork va a hacer mucho frío. Esto no es como Zarakal, o como Haití.

—Todo se reduce a que… bueno, me sentiré cómoda allí. Y ¿qué lugar más adecuado para tener el hijo de Adán, que el lugar donde nos vimos por primera vez?

Se volvió y dirigió una mirada de admiración y hasta cariñosa al habilino, que éste devolvió con una resolución inteligente. Desconcertado, dije:

—Puedes quedarte allí, Ruthie Ce, con dos condiciones.

—¡Dos!

Me levanté.

—Sólo escúchame; son fáciles de cumplir. Primero, no me pagarás ni un céntimo.

Adán y Ruth-Claire intercambiaron una mirada, cuyo significado era claramente tanto de gratitud como de aceptación.

—Segunda condición, que me permitas encontrar un médico discreto y digno de confianza para que te ayude en el parto.

—¡Absolutamente no! Un extraño no haría sino complicar innecesariamente las cosas, y yo voy a estar bien de todos modos.

Le dije que, aun así, existía la posibilidad de que pudiera necesitar ayuda. ¿Cómo podría yo seguir viviendo si algo salía mal? Ella me replicó que durante los seis últimos meses Adán había estado leyendo…, sí, leyendo, todos los libros sobre parto que cayeron en sus manos. En su opinión, el cuerpo grácil del niño —¡grácil, por el amor de Dios!— se abriría paso con facilidad por el canal del parto. Ruthie Ce, como una perra teniendo cachorros…

Mi dedo índice se adelantó acusador hacia Adán.

—Me resulta difícil creer que haya hecho tantos progresos en apenas seis meses. ¿Me disculparás si me muestro escéptico ante su supuesta experiencia médica?

—Es más brillante que la mayoría, Paul, y ya tuvo unos comienzos en Montaraz que nadie parece reconocerle.

—Sí, pero no es un médico. Y esa es mi segunda condición.

Ruth-Claire se levantó. Adán se levantó. Por un momento, temí que fueran a marcharse y me maldije a mí mismo por mi intransigencia. Ya estaba a punto de eliminar mi segunda condición, cuando Livia George me ofreció una salida que me permitiera salvar la cara.

—¿Y si actuara yo como comadrona de la señorita Ruth-Claire? ¿Qué les parecería eso? —preguntó, al tiempo que movía las manos por delante de sus pechos—. Tengo mucha experiencia en eso de traer bebés al mundo.

¡Aleluya! Ruth-Claire, Adán y yo estuvimos de acuerdo con la propuesta de Livia George. Hubo algo en su forma de decirlo, algo en aquella inteligente burla de sí misma que nos convenció. Resuelto así nuestro conflicto, los cuatro nos abrazamos por turno, tal como habíamos hecho momentos antes sobre la acera.

Envié a los Montaraz a la granja Paraíso con un juego de llaves. Livia George y yo terminamos la decoración y luego nos quedamos a esperar a la clientela de la noche. Hazel Upchurch y Nancy Teavers llegaron a las cuatro y media. Teniendo en cuenta la afluencia habitual, el negocio fue lento y la noche se arrastró con parsimonia.

A las once y media salí a la carretera para ver cómo les iban las cosas a mis nuevos huéspedes. Todavía no se habían acostado; los encontré en el viejo estudio de Ruth-Claire. Durante los últimos meses había entrado a menudo en la buhardilla deshabitada, para permanecer un rato allí de pie, en medio de aquel vacío poblado de recuerdos, entregado precisamente a imaginar una reunión como ésta. Ahora, ella había regresado realmente, mi perdida Ruth-Claire.

Adán, naturalmente, estaba con ella. Se encontraba sentado, con las piernas cruzadas, sobre la mesa de dibujo, frente al bajo sofá Naugahyde de Ruth-Claire. Sostenía un libro entre las piernas y tenía unas gafas con montura de oro afianzadas sobre el extremo superior de su ancha y plana nariz. Tenía subidas las mangas de la camisa de terciopelo azul marino, y se había bajado la cremallera hasta la mitad del esternón, revelando un afranelado nido de vello pectoral de color rojizo negruzco. Me vio antes que Ruth-Claire.

—¿Todavía leyendo cosas sobre el parto? —le pregunté.

Me mostró los dientes —una sonrisa antes que una amenaza o expresión de temor— y levantó el libro para que pudiera verlo. Ruth-Claire se incorporó y se sentó sobre el sofá, con mi querida manta beige alrededor de los hombros. Avancé desde la puerta, me incliné hacia ella y la besé en la frente. Luego crucé la estancia para acercarme a la mesa de dibujo y ver qué estaba leyendo Adán. Un pequeño ensayo especializado, titulado El problema del dolor, de C. S. Lewis.

—¿C. S. Lewis? —pregunté con incredulidad, al tiempo que me volvía a mirar a Ruth-Claire—. ¿Un habilino residual del Pleistoceno leyendo a C. S. Lewis?

—¿Qué hay de malo en ello?

Tomé el libro de manos de Adán.

—¿Tu esposo, un descendiente viviente de un puñado de seres topo del África oriental, dedicado a digerir activamente una obra de teología?

—¿Acaso no crees que sea capaz de leer?

Miré a Adán de soslayo. Sabía que había dominado el lenguaje de los signos, yo mismo le había visto conducir un coche, y sus ojos me miraban apreciativamente, con una intensidad que me hizo reflexionar.

—Sí —admití con un gruñido—. ¿Por qué no?

—Entonces, ¿por qué te resulta tan difícil creer que lee a C. S. Lewis? Ese hombre escribió para niños, como bien sabes. Llegó a escribir incluso ciencia ficción.

Cambié de táctica.

—Debería leer algo así como Las comadronas se lo ponen fácil, o a Benjamin Spock, o algo similar.

—Eso ya lo ha hecho. ¿No lo comprendes? Su conciencia emerge desde una especie de Paleolítico Superior mental. Adán intenta descubrir quién es.

—¿Más charlatanería psicológica del tipo de la silla de parto?

—Sólo si tú prefieres considerarla de ese modo.

Adán hizo una serie de signos con ambas manos. No pude interpretarlos. La ironía de que él conociera un sistema de comunicación del que yo era totalmente ignorante no hizo sino subrayar la estupidez de mis dudas acerca de su interés por la teología. (Si era capaz de hacer señas, podía realizar con la misma facilidad una genuflexión.)

—Desea saber si tiene un alma —me tradujo Ruth-Claire.

—Toma, y yo también. Quiero decir que a mí también me gustaría saber si tengo un alma.

—Tu falta de corazón puede implicar que también tienes algo igualmente pobre en cuanto a tu equipamiento espiritual, Paul.

—Muy divertido. Bueno, ya es más de medianoche. Casi no puedo creer que estemos hablando de esto.

—¿Qué te parece a ti? ¿Crees que Adán tiene un alma?

—¿Qué clase de alma, por el amor de Dios? ¿Un alma animal? ¿Un alma racional? ¿Un alma inmortal? Toda esa clase de juegos mentales para adolescentes no harán sino producirte una migraña y hacerte ganar una buena reputación como quisquillosa filosófica.

Ruth-Claire hizo aletear la manta a su alrededor.

—Dejémoslo así. Tienes la sensibilidad del tapacubos de una rueda.

Repentinamente cansado, casi arrastré los pies hasta el sofá y me dejé caer frente a Ruth-Claire. Ella se apiadó de mí y me tendió una punta de la manta que yo coloqué sobre mis rodillas.

—Casi como en los viejos tiempos, ¿eh, Paul?

—No recuerdo que antes tuviéramos a ninguna carabina.

—Livia George.

—Livia George es una carabina del mismo modo que el coronel Sanders es un portavoz del fondo para la salvación de las gallinas.

Ruth-Claire se echó a reír, y empezamos a hablar. De algún modo, y debido en parte a lo absorto que Adán se hallaba entregado a su libro, era casi como si nos encontráramos a solas en la amplia y fría estancia. Ella me comentó que había visto en la planta alta mi creciente colección de platos de su colección Pasos en el camino hacia el hombre, y que eso le había complacido mucho. Yo había dispuesto los ocho títulos emitidos hasta el momento en pedestales de latón con bisagras, guardados en un pequeño armario de madera de arce, con puertas acristaladas. Los platos incluían Ramapithecus, Australopitecus afarensis, A. africanus, A. boisei, Homo habilis, Homo erectus, Homo sapiens y Homo neanderthalensis. El habilino, que fue el tema correspondiente al mes de agosto, mostraba un parecido innegable con la gárgola colgada de la mesa de dibujo.

—Mira —le dije—, tienes hasta ahora diez platos en esta serie y ya has hecho los ocho homínidos principales en el camino hacia el Homo sapiens sapiens. ¿Qué viene a continuación?

—Variaciones raciales contemporáneas.

—¿Negros, caucásicos, orientales?

—En efecto. Ya he terminado las pinturas para esos y algunos otros, como los oceánicos, aborígenes e indios americanos. Los cuatro últimos todavía están pendientes porque es inevitable que se produzca alguna yuxtaposición. Probablemente, haré esquimales, árabes, pigmeos y nórdicos, pero también es posible que los sustituya por bosquimanos, montagnards o aínos. Es algo arbitrario, claro, puesto que sólo se trata de una forma de elevar el número a dieciocho. AmeriCred ya me pide a gritos los cuatro últimos, para poder iniciar la producción de los platos, pero yo ya estoy harta de todo este podrido asunto. Me da náuseas.

—¿De veras? ¿Ya no disfrutas al hacerlos?

—Es un trabajo de burros, Paul. Disfruté al hacer los números prehistóricos, el retrato de Adán y todo eso. Pero estos diez últimos no son más que puro exceso comercial. AmeriCred sólo desea que los suscriptores continúen pagando por algo llamativo e inútil. Me siento como un plumífero mercenario que escribe historias sin valor alguno.

—Disfruta de tu popularidad. Nadie maneja totalmente a su antojo a los demás.

—No es que esté haciendo un mal trabajo; lo que sucede es que estos últimos platos no contribuyen en nada al desarrollo de mi arte. No es más que material de representación. Mi público está compuesto casi por completo por viejas señoras ricachonas y gordos ejecutivos de grandes corporaciones que buscan una inversión cultural «con clase». —sacó la lengua, como para mirar si había un hilo o una brizna de tabaco en la punta. (No, no había ninguno.) — Esa es la razón por la que he tardado tanto tiempo en terminar este encargo.

—Achácalo a tu embarazo.

—Eso ya lo he hecho. Pero es mentira.

—Las personas que se niegan a ganar dinero son bobas.

—Lo lamentable, la culpabilidad, procede de lo que haces para ganarlo. Hasta tú sabes eso. En estos momentos, no hago más que prostituirme.

Adán levantó la mirada de El problema del dolor. Efectuó una secuencia de gestos que, traducida libremente, significaba: «No digas tonterías», y luego volvió a enfrascarse en el libro de teodicea de Lewis.

—¿Prostituirte? No te sentiste de ese modo cuando trabajabas en Jerarquía celestial, ¿verdad?

—En ningún momento. Esas fueron pinturas con las que conseguí grandes progresos, y en las que evité toda clase de clichés, como arcángeles con espadas flamígeras, querubines rollizos y desnudos con alas en los talones, o Jesús arrastrando su viejo y robusto árbol del ahorcado. Hice algo nuevo. Fue un pequeño milagro que la serie tuviera tanto éxito. Y un mayor milagro aún fue el hecho de que me la encargaran.

—Eso te hizo popular. No tuviste que regatear por ello.

—«Tan público como una rana» —citó Ruth-Claire.

—Eso no es más que elitismo presuntuoso —le dije—. Probablemente, tampoco es sincero del todo. Finges despreciar el éxito porque hay una vieja actitud artística que imagina que nada que sea popular puede valer un pimiento.

—Mira, Paul, en la comunidad artística de Atlanta se ha producido una reacción contra mí, debido precisamente a mi éxito. La gente que vale algo allí, bueno, ven mi trabajo con estos estúpidos platos como una especie de renuncia. Y yo también lo veo así, especialmente ahora.

—Si esa opinión se refleja en los platos de los que te sientes tan orgullosa, al diablo con ellos.

—Paul, es algo más complicado que eso. Ellos no respetan lo que hago y, en el fondo, yo tampoco puedo respetarlo, al menos en lo que se refiere a estos últimos diez ejemplos de porcelana de calendario.

—Lo que les pasa es que están celosos.

—Eso también se me ha ocurrido a mí, claro. Pero siempre he creído ser una especie de visionaria. Mi trabajo para AmeriCred ha socavado todo esto, y lo peor de la reacción en contra mía es que yo sé que me lo tengo bien merecido.

Los fluorescentes del estudio parpadeaban pálidamente mientras el viento soplaba y gemía. Frente al doble panel de cristal, el tejo hizo crujir su alta sombra a través de nuestras imaginaciones. Hasta Adán levantó la mirada.

—¿Es esa otra de las razones por las que has venido aquí? ¿Para escapar de la desaprobación de los cognoscenti del ambiente artístico?

Ruth-Claire frunció el ceño.

—No lo sé —entonces, misteriosamente, su estado de ánimo se avivó—. Les gusta lo que hace Adán. En febrero, la gente de Abraxas va a dedicar todo el tercer piso de sus salas para las pinturas de Adán. La exposición durará dos semanas; prométeme que acudirás a verla.

—Ten en cuenta el West Bank —le recordé a Ruth-Claire—. Resulta difícil dejarlo.

—El pasado mes de febrero te las arreglaste para dejarlo, cuando fuiste a ver a Brian Nollinger en ese puesto rural de primates al norte de Atlanta. Bueno, Abraxas está treinta kilómetros más cerca de Beulah Fork que ese campo de concentración de nuestros primos peludos —una mueca de verdadera repulsión deformó su boca, pero en sus ojos había una inconfundible expresión de ruego—. Escucha, señor Loyd, acabo de hacerte una oferta que no puedes rechazar, ¿de acuerdo?

—Sí, señora —asentí—. Sí, señora.

Y así fue como Adán y Ruth-Claire se quedaron a vivir en casa. Cada noche, Livia George regresaba a casa conmigo desde el West Bank para estar disponible por si acaso mi ex esposa se ponía de parto. En el restaurante habíamos dispuesto una señal telefónica previamente acordada. Adán, desde la Granja Paraíso, marcaría el número y dejaría que sonara una sola vez. Luego colgaría, dejaría transcurrir treinta segundos y repetiría el procedimiento. Después de la segunda llamada y sin que importara lo ocupados que pudiéramos estar, Livia George y yo recorreríamos a toda velocidad la carretera de Tocqueville en mi Mercedes en respuesta a su llamada.

Los medios de comunicación de Atlanta finalmente se enteraron de que los Montaraz habían abandonado la ciudad, y llamaron por teléfono al West Bank en busca de una pista que les permitiera encontrarlos. Hubo ocasiones en las que incluso trataron de inducir a Edna Twiggs para que les diera mi número de teléfono no registrado de la granja Paraíso. Ella se resistió. De hecho, un día, durante el almuerzo, me comentó que había llegado a rechazar un soborno de dinero a cambio de esa información. ¡Edna Twiggs como aliada! Aun así, tomé la precaución extra de conectar todos los teléfonos de mi casa a un contestador automático, de modo que, en mi ausencia, Ruth-Claire y Adán pudieran controlar las llamadas que se recibieran. Afortunadamente, nadie excepto yo mismo trató de ponerse en contacto con ellos.

A mí todavía me preocupaba que alguien, en una camioneta de la televisión o en el coche de una empresa periodística, tratara de colarse. Recientemente los periódicos de Atlanta habían publicado titulares acerca de Adán y Ruth-Claire.

En el Constitution de la mañana publicaron:

ARTISTA LOCAL Y SU ESPOSO HABILINO

DESAPARECEN AL FINAL DE SU EMBARAZO HISTÓRICO

En el Journal, el periódico de la tarde, publicaron:

JUEGO SUCIO INSOSPECHADO EN AUSENCIA DE ARTISTAS LOCALES,

PERO EL JEFE DE ABRAXAS SE MUESTRA ANSIOSO POR LA FAMOSA PAREJA

La historia que se publicaba bajo este último titular informaba de una entrevista hecha a David Blau, director de la galería Abraxas. Blau creía que los Montaraz se encontraban probablemente bien, pero seguía convencido de que deberían ponerse en contacto con él, o con uno de sus asociados, para confirmar ese hecho.

—¿Es ese tipo uno de los capitostes de la vanguardia convencidos de que se te ha agotado la vena? —le pregunté a Ruth-Claire.

—David es más caritativo que la mayoría. Al menos, me concede el practicar una ruptura deliberadamente seria y comercial.

—Parece un tipo bastante decente.

—Lo es. Por eso tengo que hacerle una llamada.

—No lo hagas —farfullé; mi reciente pero todavía tibia consideración hacia Edna Twiggs aún no me permitía confiar plenamente en ella—. Escríbele una nota. No pongas remitente en el sobre; yo la enviaré por correo mañana desde Tocqueville. La recibirá al día siguiente.

Eso fue lo que hicimos. Mientras me encontraba en Tocqueville para enviar la carta por correo, contraté a un trío de guardias privados de una agencia de seguridad en el Tocqueville Commons Mall. El primero de ellos entró de servicio aquella misma tarde.

Una vez que los guardias empezaron a hacer sus turnos de vigilancia, mis tensos nervios se tranquilizaron. Parecía remota la probabilidad de que alguien rondara por la granja y nos sorprendiera viniendo desde White Cow Creek. Esa probabilidad también debió de parecerle remota a Ruth-Claire: decidió que iba a tener al bebé en una tienda cónica de lona que instalaron con Adán bajo una pacana, en la parte de atrás de la casa. La tienda era de color espliego; eso me recordó los aleteantes capuchones cónicos de E. L. Teavers, Craig Puddicombe y sus anónimos compinches del Klan, la noche en que llegaron dispuestos a matar a Adán. Así se lo dije a Ruth-Claire la primera mañana que vi levantada la tienda, con sus superficies espliego cubiertas de escarcha.

—Tienes razón —admitió, asombrada—. La compramos en una tienda de artículos deportivos de Atlanta, y ni siquiera se me ocurrió pensar en eso. Sin embargo, es posible que a Adán se le ocurriera. Probablemente la túnica de Teavers le evitó contraer una neumonía.

—Esa tienda no será suficiente para mantenerte caliente. La temperatura hoy ronda los cinco grados bajo cero, Ruth-Claire.

—Estaré bien, no te preocupes.

—Y un cuerno. ¿Qué me dices del bebé?

—El niño es medio habilino, Paul. Y los habilinos dan a luz tradicional y naturalmente en el exterior. La tienda sólo es un compromiso.

—Cuando dices en el exterior, ¿te refieres a África o a Haití?

—Si hace frío, Livia George podrá envolver al bebé en una manta y llevarlo directamente al interior de la casa.

—Entonces, ¿a qué viene esa estúpida tienda púrpura?

—Ya te lo he dicho. ¿Es que no me has oído?

Dio media vuelta y se dirigió hacia las puertas de cristal que brillaban por encima del tejado del patio. La seguí, sin dejar de sacudir la cabeza y murmurar maldiciones por lo bajo.

Adán continuó leyendo El problema del dolor, de Lewis. También me hizo buscar en la biblioteca de Tocqueville —un encargo que realicé el mismo día que contraté a los guardias de seguridad y que envié la nota— algunos otros libros básicos sobre temas religiosos o espirituales: Las cartas dictadas, de Lewis; El progreso del peregrino, de Bunyan, una guía para jóvenes sobre las grandes religiones mundiales, una traducción inglesa del Corán, una biografía de Gandhi, La montaña de los siete círculos, de Thomas Merton, algo titulado El alfabeto de la gracia, de Frederick Buechner, El camino del sufi, de Idries Shah, una obra elemental sobre el Talmud y Cómo pensar sobre Dios, de Mortimer Adler. Temas todos bastante fuertes para un habilino. Tuve que transportar todo el lote de libros hasta casa en una bolsa de comestibles de Gilman No-Tare, desde nuestro A&P local.

Adán se dedicaba a pintar durante el día y a leer por la noche. Ruthie Ce, por su parte, ni pintaba ni leía. Se pasaba la mayor parte del tiempo dormida, mientras Adán trabajaba. A veces ella le observaba; Adán le daba los toques finales a un enorme paisaje semiabstracto que representaba un mandarino, aunque a mí me recordaba a un baobab africano. Ocasionalmente ella preparaba la comida para los dos, pero no de una manera regular. No tenía necesidad de hacerlo con regularidad. Livia George y yo nos mostrábamos muy escrupulosos en cuanto a traerles al menos una comida caliente por día.

Era sábado por la noche en el West Bank. Había seis o siete personas que esperaban alegremente —aunque también con algo de impaciencia— en el pequeño vestíbulo de entrada, a que se desocupara una mesa. Chaquetas de piel o elegantes abrigos de cuero para las mujeres. Los hombres iban embutidos en chaquetas con punto de escapulario o en caros chaquetones de piel vuelta de oveja. El aire frío se arremolinaba alrededor de los recién llegados como el vapor en una lata de alimentos congelados.

En ese momento sonó el teléfono situado junto a la caja registradora. Miré hacia la divisoria que ocultaba el aparato. No sonó por segunda vez.

Oh, no, pensé. ¡Esta noche no!

Le sonreí a una mujer —cuyo rostro se asemejaba al de una máscara mortuoria de la portada de una revista— y puse una mano tranquilizadora sobre el hombro de su acompañante. Mentalmente, sin embargo, conté lentamente hasta treinta. El teléfono volvió a sonar.

—¡Es la señal! —grité—. ¡Es la señal!

Livia George salió rápidamente de la cocina, limpiándose las manos en el delantal; sus pesados brazos aparecían desnudos, pero no hizo el menor intento por encontrar su abrigo.

—Tenemos que marcharnos, señor Paul —me dijo, al tiempo que se abría paso entre la asombrada gente que esperaba junto a la puerta—. Tenemos que ayudar a la señorita Ruth-Claire a traer al mundo a ese precioso bebé.

Salió presurosa por la puerta, descendió a la acera y se instaló ante el volante de mi Mercedes. Impotente, la seguí, resignado ya a desempeñar el papel de pasajero en mi propio coche.

Apenas tardamos nueve minutos en efectuar el recorrido. Automáticamente, nuestro guardia de seguridad nos franqueó el paso por la puerta, y los tapacubos de acero irradiado del coche arrojaron gravilla hacia atrás cuando Livia George dirigió el vehículo a toda velocidad por el camino que conducía a la casa.

Había empezado a subir los escalones de dos en dos hacia la entrada principal, cuando Liwy me gritó desde la esquina:

—¡Por ahí no, señor Paul! ¡Ella está en la tienda púrpura, aquí detrás!

—Continúa tú —le grité, dándole prisas—. Tengo que coger un abrigo o algo.

El calor de la casa me golpeó como un viento de la costa del Golfo. Tomé una chaqueta que colgaba de los hombros de la estatuilla de sátiro, donde la había dejado hacía varios días, me la puse y recorrí el salón a la búsqueda de un chal o suéter para Livia George. Del respaldo de una silla tomé un jersey afgano de color melocotón, pero cuando ya me dirigía hacia las puertas correderas vacilé.

¿Deseaba realmente ver a la mujer que amaba en el trance de dar a luz a un niño?

Claro. Desde luego que lo deseaba. ¿Acaso no es eso lo que desea actualmente todo hombre sensible? Los hombres llegan incluso a asistir a clases para ofrecer apoyo en el momento de la verdad. Algunos llegan a refregarse las manos y ponerse batas quirúrgicas para participar en el acontecimiento. Si sus compañeras fueran defensoras de volver a la naturaleza, hasta podrían construir sillas de parto o prepararse para el parto bajo el agua mediante la compra de una bañera grande y adecuada. Todo lo que tenía que hacer ahora era deslizar la puerta de cristal y cruzar el patio hasta la tienda situada bajo la arboleda de pacanas.

Pero yo ya no era el esposo de Ruth-Claire. El niño que ella estaba a punto de dar a luz no tenía contraída ninguna deuda genética conmigo. En lugar de eso, había contraído su deuda paterna con una criatura muda y nervuda que había surgido del Paleolítico Superior. ¿Deseaba asistir realmente a la llegada de esta chillona reliquia? Debería haberme sentido preocupado por la seguridad de Ruth-Claire, por la salud y el bienestar de su hijo, pero unos impulsos más básicos se apoderaron de mí… y vacilé.

Respiré profundamente y salí al patio de atrás. El frío me golpeó como un martillo ártico, pero conseguí avanzar tambaleante a través de las columnas de mis silueteadas pacanas hacia la tienda color espliego. Dentro de la mancha translúcida de la lona, unas figuras como sombras se incorporaban, se enderezaban y gesticulaban. Me alegró ver que Adán había llevado mi linterna PowerLit a la tienda. Hasta se le había ocurrido llevar una de las lámparas solares del estudio, enchufada a un alargue extensible conectado desde el patio hasta la arboleda de pacana, lo que creaba un rastro que pude seguir.

A unos cien metros más allá de la tienda percibí un rápido fogonazo de luz. Me detuve, cegado, y volví a mirar, pero el corredor de vigilantes pacanas estaba ahora vacío de cualquier intruso excepto el viento cortante.

—¡Señor Paul, será mejor que mueva rápido las nalgas si quiere ver esto! —gritó Livia George.

Moví las nalgas con rapidez. Después de haberme deslizado sobre la capa de hierba cubierta de helada escarcha, aparté la solapa de entrada a la tienda, me escabullí al interior y encontré a Ruth-Claire tumbada de espaldas, sobre un montón de mantas y antiguas sábanas extendidas sobre una tela plástica. Adán estaba arrodillado a un costado de su esposa, pero Liwy se acuclillaba entre sus piernas abiertas, que, según observé, estaban envueltas en un par de esos feos calentadores de punto que se ponen las mujeres en las pantorrillas cuando realizan ejercicios aeróbicos. Livia George guiaba el producto del embarazo, de un color crema moka.

—¡Ya te dije que sería fácil! —gritó Ruth-Claire, extasiada; luego, dejó caer la cabeza hacia atrás y echó a reír.

Liwy, con movimientos expertos, hizo algo con el cordón umbilical, y luego levantó al minúsculo infante por los tobillos, le sostuvo la espalda con una mano y se lo mostró primero a Adán y después a mí. Era un niño de aspecto arrugado y frágil. Cuando Liwy le dio una cachetada en las angulares nalgas, el pequeño absorbió aire y empezó a llorar. Sorprendentemente, el sonido sólo duró unos pocos segundos. Más tarde me daría cuenta de que la evolución ocurrida en las llanuras cubiertas de pastos del Serengeti había seleccionado a aquellos habilinos cuyos recién nacidos se callaban con rapidez.

—¿Verdad que es un primor?

Puse el jersey afgano alrededor de los hombros de Livia George. Adán extendió una mano por entre las alas de la toalla que envolvía al bebé para tocar la cabeza de su hijo. Algo parecido a una sonrisa apareció fugazmente entre sus labios.

—Muy bien —dije—. Hemos demostrado que Ruthie ha podido tener a su hijo en el patio trasero. Ahora entremos en la casa.

—Aún tengo algo de que ocuparme —dijo Liwy, al tiempo que le entregaba el bebé al padre. Se arrodilló y masajeó las partes interiores de los muslos de Ruth-Claire. Después empezó a empujar con suavidad sobre el flojo abdomen desnudo para estimular la expulsión de la placenta—. Ya pueden marcharse a casa. Aquí ya no tienen nada más que ver.

Sin embargo, antes de que Adán y yo pudiéramos salir, dos extraños se introdujeron en la tienda.

El primero de ellos, un hombre rubio que llevaba una chaqueta safari de doble forro, se dirigió a nosotros. Por detrás de él, con una unidad de vídeo portátil equilibrada sobre la hombrera de su chaqueta, había un delgado hombre negro. Los intrusos fueron tan profesionales al desplegar su equipo y sus personas en el abarrotado interior de la tienda, que hasta llegué a considerar la posibilidad de que Adán y Ruth-Claire los hubieran contratado para filmar el nacimiento de su hijo. En ese caso, habían llegado tarde.

—Soy Brad Barrington, de Contact Cable News —anunció el intruso rubio—. Mi cámara, Rudy Starnes —el hombre negro nos dirigió un gesto de saludo convencional—. Bien, bien, bien. ¿Es éste el pequeño bebé Montaraz? —con un dedo enfundado en un guante levantó ligeramente la barbilla del recién nacido—. Parece ser que hemos subestimado el tiempo que tardaríamos en cruzar los bosques, Rudy. El gran espectáculo ya ha concluido.

—La lámpara solar nos ofrece la luz suficiente para filmar, Brad. Quizá pueda filmar algo que nos permita reconstruir la escena para salvar la situación.

—Sí —dijo Barrington—. Y con entrevistas directas en el mismo escenario.

Con una mueca en su rostro, Ruth-Claire se incorporó sobre los codos.

—¿Qué diablos se creen que están haciendo aquí?

—Están violando una propiedad —protesté—. Se han introducido a hurtadillas en la granja Paraíso desde la propiedad de Clive Snyder.

Con un micrófono empuñado, sin hacernos caso, Barrington se agachó por debajo de la colgada lámpara solar hacia el hombro de Ruth-Claire, y le preguntó si había sido un parto difícil.

Ruth-Claire se inclinó sobre el micrófono y emitió un fuerte y agudo chillido. Barrington retrocedió y estuvo a punto de caer cuan largo era. Mientras tanto, Livia George había deslizado la reluciente placenta sobre un trozo de sábana desgarrada. Toda su actitud indicaba bien a las claras que la repentina aparición de los dos hombres de Contact Cable News no era asunto de su incumbencia. Eso, al menos, era preferible a un huracán.

—¿Quién está de servicio en la seguridad esta noche? —pregunté, pues nunca lograba recordar el nombre de los guardias.

—Chalmers —contestó Ruth-Claire, casi escupiendo el apellido.

Barrington, con aspecto de sentirse más molesto que avergonzado, volvió a acercarse a ella con el micrófono.

—¿No cree usted que este acontecimiento singular merece quedar grabado permanentemente en un vídeo? ¿No experimenta ninguna obligación con respecto a la historia?

Ruth-Claire dejó escapar la respiración con fuerza y replicó:

—¿No tiene usted ningún sentido de la vergüenza, aquí inclinado sobre una mujer medio desnuda con ese instrumento de violación psíquica en la mano?

Un tenue velo de confusión descendió sobre el rostro del periodista.

—Salgan de aquí —les dije, furioso—. Es mi primera y última advertencia.

—Vámonos, Brad —dijo el hombre negro—. Esto no puede salir bien.

Sin duda cumpliendo órdenes de su compañero, Starnes acababa de acarrear una tonelada de equipo a través de quinientos o seiscientos metros de oscuridad azotada por el viento, y nada salía tal como lo habían planeado.

—Sigue filmando —le dijo el hombre rubio, a pesar de todo.

—Brad…

—¡Esto es una exclusiva! ¿Acaso ves por aquí a alguien de Canal Cinco o de En vivo a las once? ¿Conoces a alguien que se haya dedicado a vigilar este lugar durante tres largos días capaces de congelarle el culo a uno?

—Nadie que haya sido tan estúpido.

Salí de la tienda y llamé a gritos a Chalmers, el guardia de seguridad. Eso fue suficiente para Starnes: ahuecó el ala y abandonó a su compañero al destino que eligiera para sí mismo. Retrocedía a toda velocidad por entre la arboleda con su equipo a cuestas, cuando Chalmers dobló la esquina de la casa, con la pistola desenfundada. El guardia empezó a seguir al cámara.

—Déjelo marchar —le dije—. Es el cabeza de chorlito que aún está en la tienda el que necesita una buena patada en el trasero.

Después de eso, las cosas se desarrollaron de una manera confusa. Ruth-Claire no dejaba de gritarle a Barrington para que se marchara, y Livia George salió al frío con el niño en brazos e hizo un solo gesto en dirección a la casa, para indicarnos que se lo llevaba al interior. Chalmers, un joven alto con un anorak que le daba aspecto oficial, empezaba a entrar en la tienda en busca de Barrington cuando éste cayó hacia atrás, a través de la solapa de la tienda, con la cabeza de Adán en el estómago y los brazos apoyados en los costados. Con una rápida voz de falsetto muy diferente al tono de barítono con el que hacía sus emisiones televisivas, rogaba que tuvieran piedad de él, pero acabó de espaldas con una audible expulsión de aliento que no pudo contener.

Adán se abalanzó sobre él como un toro enfurecido, saltando de un flanco a otro sobre la figura postrada del periodista, mostrándole los dientes y sin dejar de gruñir como si estuviera rabioso. Ruth-Claire también salió de la tienda. La bata manchada de sangre le colgaba hasta los tobillos, con sus incongruentes calentadores de punto visibles justo por debajo del dobladillo. Se agarró a una de las cuerdas que sujetaban la tienda para sostenerse.

Con un tono de reprimenda racional, dijo:

—Ya basta, Adán. Estoy bien. Ya es suficiente.

De algún modo, a través de la neblina que sin duda le producía la rabia, Adán la oyó. Se detuvo, con el cuerpo de Barrington rígido bajo el suyo y levantó la mirada hacia Chalmers y hacia mí, sin vernos. Lentamente, casi como si hubiera sufrido una conmoción, la cordura volvió a sus ojos. Se apoyó en los nudillos y se incorporó para apartarse de la lloriqueante víctima de su asalto.

—Quiero tener al bebé en mis brazos —le dijo Ruth-Claire—. Llévame adentro.

Realizando esfuerzos por recuperar la compostura, Adán la acompañó al interior de la casa. Chalmers y yo permanecimos en la arboleda de pacanas, junto con Barrington. El guardia apuntaba con su pistola a la cabeza del periodista. ¿Y ahora qué? ¿Estábamos en nuestro derecho para disparar contra el intruso?

Barrington dejó de gemir. Al verme desde abajo, en posición invertida, me preguntó si no podría tomar una taza de café antes de llamar a su emisora para que lo llevaran de regreso a Atlanta.

—Ese condenado Starnes. Probablemente ya estará en Newman a estas alturas.

—Si el señor Loyd decide presentar una querella, probablemente usted no regresará a Atlanta esta noche —dijo Chalmers—. Lo entregaré directamente al sheriff de Tocqueville para que pase un tiempo a buen recaudo en una celda.

Barrington se incorporó sin dejar de gemir elaboradamente, y discutimos la cuestión. Si me daba su palabra de que Contact Cable News nunca emitiría lo que se había filmado esta noche en la granja Paraíso, pasaría por alto el placer de presentar una querella contra él. Que me condenaran, sin embargo, si iba a permitirle utilizar mi cuarto de baño, y mucho menos servirle una taza de café. Barrington balbuceó algo sobre la primera enmienda acerca de la libertad de prensa, pero aceptó verbalmente mis condiciones.

Luego, Chalmers y yo lo acompañamos a la verja de entrada a la propiedad. Allí, con un despliegue de lealtad totalmente inmerecida, Rudy Starnes recogió a Barrington en la camioneta de la Contact Cable News, donde habían pernoctado los dos hombres durante los tres últimos días —capaces de congelarles el culo, como habían dicho—, y presumiblemente lo condujo de regreso a la solitaria carretera, en dirección a Atlanta.

Arriba, en un diminuto dormitorio situado cerca del estudio, encontré a Livia George con los nuevos padres. En un rincón había una cesta blanca de mimbre, pero Ruth-Claire se hallaba sentada en una silla tapizada alimentando a su bebé, envuelto en un brillante pijama amarillo de tela de toalla. Un tritón, pensé. Una salamandra.

Informé de lo que había ocurrido con Barrington y le dije a Liwy que necesitaba regresar al West Bank para supervisar el cierre del restaurante, suponiendo, naturalmente, que mis empleados no hubieran abandonado ya el trabajo, sumidos en la cólera y la frustración al no comprender nada.

—Regresarán —dijo Ruth-Claire.

—Espero que sí —dije—. Resulta difícil encontrar buen personal en estos tiempos.

—Oh, no me refiero a Hazel, a Nancy y a las demás. Yo hablo de esos estúpidos de la Contact Cable.

Abruptamente, Adán salió del dormitorio. Oí que encendía las luces del estudio y vi una estela de algo que pasaba fugazmente por delante de la puerta del dormitorio.

—No creo recordar la última vez que se puso así —dijo Ruth-Claire, a modo de explicación.

—¿Te refieres a cuando luchó con E. L. Teavers en el horno de ladrillos?

—Eso fue autodefensa, Paul. Se trató, literalmente, de una cuestión de vida o muerte. Pero lo único que estaba en juego esta noche era la santidad del nacimiento de nuestro hijo.

—Adán ya estará bien por la mañana —nos aseguró Livia George—. Demasiadas emociones para una sola noche.

—Ni siquiera lo mordió a ese bastardo —dije—. Simplemente lo derribó y le gruñó.

—Se puso como un salvaje…

—Todos nos ponemos como salvajes de vez en cuando —observé con una mueca burlona —. Hasta tú misma te pusiste un poco fuera de ti esta noche.

Ella se pasó al bebé de un brazo al otro.

—Habíamos pensado darle al bebé tu nombre, pero si continúas así ya puedes olvidarte del asunto —suavemente, empezó a mecer al pequeño entre los brazos—. Adán establece normas para sí mismo, y muy elevadas. Lo son porque todo el mundo espera de él que se comporte como un animal. Bueno, su sentido del autorrespeto exige que nunca, jamás, abrigue esa clase de expectativas cínicas.

—Lo que sólo significa que sus normas son mucho más elevadas que las de las nueve décimas partes de la población mundial.

—Adán es humano.

—Ya sabes lo que quiero decir. Sólo trataba de halagarlo.

El bebé, Paul Montaraz, según me di cuenta con humilde comprensión, se había quedado dormido después de alimentarse. Era pequeño. Incluso dormido, su boca se aferraba al pezón de Ruth-Claire con una desesperada avidez infantil. Livia George lo levantó, le pasó la mano por la espalda para arrancarle un eructo, y lo dejó en la canastilla de mimbre, colocándole encima un cobertor acolchado.

Ruth-Claire me dijo que la familia Montaraz regresaría al día siguiente a Atlanta y que mi propia vida volvería a la normalidad.

—¿Y quién ha dicho alguna vez que yo deseara llevar una vida normal?

—Busca a Adán, ¿quieres, Paul? En estos momentos, el recibir la atención de otra persona puede ser mejor medicina para sus melancolías que la mía.

Busqué a Adán. Lo encontré sentado sobre la mesa de dibujo, con las piernas cruzadas, con el montón de libros preparados y todavía no leídos sobre las rodillas. A pesar de que me oyó entrar, se negó a levantar la mirada. Nos encontrábamos a solas en el estudio de techo alto. A pesar del frío de la estancia, me empezaron a sudar las manos.

—Adán —le dije—. No te sientas mal por haberte lanzado contra ese majadero de la Contact Cable. Si hubiera sido yo, le habría mordido.

El habilino me miró a los ojos. Su labio superior se retiró para revelar sus encías rosadas y sus dientes primitivos pero poderosos. Aparté la mirada. Al volver a mirarle, la vista de Adán había vuelto a su libro.

—Quiero felicitarte por haberte convertido en padre, Adán. Ese niño es excepcionalmente exquisito —no hubo respuesta—. ¿Qué estás leyendo?

La capa de civilización dentro de la cual intentaba crecer no le permitió ignorar una pregunta directa. Levantó el pequeño volumen para que pudiera leer el título. Ah, sí, El problema del dolor otra vez, en el que Adán se había sumergido desde poco después de su llegada. Le di la vuelta al libro y vi que esta noche había vuelto al principio del capítulo nueve: «El dolor animal».

Una frase me saltó a la vista, como podría haberle sucedido al propio Adán: «Por lo que sabemos, las bestias son incapaces del pecado o de la virtud; en consecuencia, no se merecen el dolor, ni pueden mejorar con él». Mi creencia de que esa frase hubiera podido herir a Adán se basaba en la sensación de que aun cuando Ruth-Claire lo había aceptado como plenamente humano, él aún tenía que aceptarse a sí mismo como tal.

—Tendrías que leer Desde el planeta silencioso, del mismo autor —le dije—. Es mucho más divertido que toda esta teología.

Adán tomó cuidadosamente el libro de entre mis manos, se lo llevó hacia el pecho y luego lo arrojó, por encima de mi cabeza, hacia el extremo más alejado del estudio. El volumen, como un pájaro con las alas rotas, aleteó sus hojas hasta detenerse, inclinado, contra la pared. Adán aprovechó mi sorpresa para descruzar las piernas y saltar desde la mesa. Salió del estudio y me dejó la impresión de un elfo cojuelo, o un chimpancé extrañamente gracioso: había algo en su forma de caminar que producía el efecto de ser un lisiado o de andar como un animal.

Es una vergüenza que pienses así, Loyd, me reprendí a mí mismo.

Papá, mamá y el pequeño bebé Montaraz regresaron a Atlanta. Los medios de comunicación internacionales se abalanzaron sobre su hogar, no lejos de Little Five Points, una estructura de dos pisos con una destartalada galería, numerosos aguilones fantasmales, y una ancha veranda muy faulkneriana. La casa se hizo casi tan famosa como el niño.

En cuanto a mi tocayo, se convirtió rápidamente en el príncipe antropológico de las celebridades estadounidenses. Todos deseaban publicar algo de él y de sus padres. People, Newsweek, Life, «60 Minutos», «20-20», Discovery, «Nova», Cosmopolitan, Omni, Reader's Digest, y una pléyade de otras publicaciones y programas buscaron hacer un reportaje, analizar o simplemente subirse al vertiginoso torbellino del fenómeno Montaraz. De hecho, transcurrió más de un año antes de que el extravagante circo montado alrededor de la familia empezara a desmantelar sus tiendas y poner bolitas de alcanfor en sus trajes de payaso, pero incluso más tarde, hasta la actualidad, una media docena de nauseabundos programas secundarios han mantenido la promesa (o la amenaza) de un compromiso de regreso ante el público todavía más mareante.

Pero me estoy adelantando a los acontecimientos, así que debo retroceder.

Ante la ausencia de un médico que asistiera al parto, el pequeño Paul necesitó un certificado de nacimiento. Como sus padres habían partido de la granja Paraíso a primeras horas de la mañana del domingo, no hubo forma de conseguir un formulario en el que solicitar un certificado al departamento de Sanidad del condado de Hothlepoya. Así pues, el lunes me dirigí a Tocqueville para pedir el formulario correspondiente. Lo rellené allí mismo, sobre el mostrador del registro. Sorprendentemente, la mujer trató la solicitud como una cuestión rutinaria. Al preguntarle, me comunicó que la solicitud iría a parar ahora a la oficina de Registros Vitales, en el complejo estatal-gubernamental de Atlanta.

—¿Y qué pasa con el certificado de nacimiento?

—Envíeles un cheque por importe de tres dólares y ellos le enviarán el certificado. No tardan mucho tiempo en hacerlo.

—Al extender el cheque, ¿debo especificar que el certificado hay que enviarlo a la dirección de los padres, en Atlanta?

La joven, muy arreglada y hábilmente maquillada, me miró con un atisbo de interés.

—¿Y por qué cree que le iban a enviar el certificado a usted? El hecho de extender el cheque no le convierte en el padre del niño.

—Entonces, ¿no es necesario?

—Pues claro que no.

Irritado, intenté conmocionarla.

—¿Y si yo fuera realmente el padre del niño?

—Entonces, es terriblemente generoso por su parte el pagarlo —contestó ella, sin la menor vacilación.

Emití un gruñido, me guardé el talonario y me marché.

El miércoles, recibí un largo sobre blanco de Atlanta, no de la oficina de Registros Vitales, sino de Ruth-Claire y Adán. Las notas que contenía estaban escritas con la letra estilo El Greco de Ruth-Claire, con caracteres altos de miope en angustiosas posiciones, pero la segunda de ellas era, supuestamente, escrita al dictado de Adán. Aunque parcialmente encubierta por la complicada escritura de Ruth-Claire, el documento de Adán era el más original y el que me dejó más perplejo.

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