El eslabón perdido

Belén Morales · Capítulo 2 de 3 · parte 4/8

Páginas del PDF

El eslabón perdido

Segunda parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.

—Bueno, es muy extraño que Bilker no te haya matado. ¿Cómo se llama?

—Caroline Hanna.

Tal como había hecho yo, Ruth-Claire se esforzó por localizar ese nombre en su fichero mental de amigos, conocidos y demás. Yo dejé que se esforzara; salí de la habitación de Adán hacia un teléfono, busqué el número del departamento de Sociología, lo marqué y pedí que me pusieran con el despacho de la doctora Hanna.

Aunque asombrada por oírme tan pronto, ella aceptó mi invitación, y ofreció reunirse conmigo en casa de los Montaraz a las siete y media, si es que eso simplificaba nuestra primera cita. En ese momento, sin embargo, no disponía de tiempo para charlar. Había prometido a los estudiantes de su próxima clase que hoy tendría preparada un examen para ellos.

Ruth-Claire y yo abandonamos el hospital a las cinco y media, con el P. P. muerto para el mundo, sobre mi regazo. De regreso en la calle Hurt, Bilker surgió del garaje como un duende que abandonara la sombra de su puente peatonal para aterrorizar a un caminante. Con las manos en las caderas, mostraba una masa imponente a la luz del sol, y miraba furtivamente con malevolencia.

—Vamos a ir a la ciudad, Bilker —le dijo Ruth-Claire—. Todos nosotros. Pon a funcionar las alarmas de seguridad, ciérralo todo bien y no te preocupes por el tráfico que haya por aquí. Le pediré a la policía del condado de Fulton que haga un par de rondas extra por el vecindario. Necesito un escolta, Bilker; el señor Loyd, mi ex esposo, ya tiene acompañante.

Incluso en el garaje, Bilker la miró malévolamente.

—¿A dónde vamos, señora?

—A Perturbaciones Sinusoidales. Ponte algo que te siente bien, ¿de acuerdo?

—Como para una visita al médico. De todos modos, ¿quién es el que tiene problemas de sinusitis, usted o…?

Y me señaló con el pulgar, incapaz de pronunciar mi nombre en voz alta.

—Ropa informal, Bilker. Esta noche no te preocupes por nada; sólo nos divertiremos.

Los Blau llegaron a las siete y media. David iba vestido como un pintor, no de los de la variedad de boina y paleta, sino de los que llevan escalera extensible y cubo. Su esposa Evelyn, aunque debía de tener por lo menos cuarenta años, llevaba un vestido de fiesta de muchacha y zapatos de marca, de cuero y con hebillas. Supuse que a los Blau les gustaban los disfraces.

Caroline Hanna, fiel a su palabra, apareció ante la casa a las siete y media, en un Volkswagen escarabajo de color azul. La ayudé a salir, y el muchacho joven que hay en mí respondió con aprobación a sus ropas aseadas y relativamente conservadoras. La falda era de color beige, sujeta con una cadena similar en diseño al collar de charnelas que todavía llevaba al cuello. El jersey tenía galones estilizados en sus mangas de tres cuartos, lo que le daba el aspecto de un sargento de la fuerza de la moda escandinava en ropa de faena. La acompañé hasta el porche para presentarle a los demás.

El P. P. (que nos acompañaría) estaba muy lindo, con pantalones cortos de color blanco y una camiseta, con corbata de lazo y nudo de polka pintada directamente sobre la tela. Extendió inmediatamente los brazos hacia Caroline, que lo tomó de manos de Bilker y empezó a hacerlo saltar en sus brazos. Bilker pareció sentirse aliviado. Después de charlar durante un rato, nos dividimos para conducir hasta Perturbaciones Sinusoidales. Los Blau subieron a su coche, y Bilker se puso al volante del Mercedes para conducirnos a todos los demás.

La acera situada frente al Perturbaciones Sinusoidales descendía en un ángulo tan pronunciado, que al pasar ante el local en busca de un lugar donde aparcar, me pregunté si los clientes tendrían que entrar en el club como ovejas que descendieran por una colina, esforzándose por no caer.

Nadie confundiría el destartalado edificio de dos pisos con el Caesar's Palace**.

—¿Qué clase de público viene por aquí? —preguntó Caroline.

—David dice que se trata de una mezcolanza bastante extraña —contestó Ruth-Claire, con los brazos apoyados sobre el respaldo del asiento—. Estudiantes de tecnología, rockeros, punks, muchachos de la facultad de Artes de Atlanta. La mayoría de los que vienen a las actuaciones de los viernes pertenecen a este último grupo. Algunos de los punkies también los acompañan, pero los estudiantes de tecnología, al menos los hombres, tienen tendencia a perturbar las cosas.

—Es una pena.

—Oh, no es tan terrible. David no se molesta. Considera las perturbaciones como parte del espectáculo.

Bilker, obstaculizado por el tráfico en sus esfuerzos por encontrar aparcamiento, terminó por dejarnos delante del club nocturno. Un muchacho —con un imperdible de gran tamaño atravesándole la mejilla— le abrió la puerta delantera del local a Caroline, que se había hecho

* Principal casino y salón de espectáculos de Las Vegas, de ostentosa arquitectura. (Nota del revisor) cargo del P. P. La puerta era una plancha de roble pintada, con una ventana rectangular de cristal ámbar que representaba el dibujo de la curva de un seno grabado en un espectral color carmesí. Le di las gracias al muchacho por su amabilidad y él me respondió, casi como si fuéramos genuinamente humanos:

—Bienvenidos.

Luego la puerta se cerró tras nosotros y la oscuridad descendió sobre nuestro grupo, que avanzó tambaleante, como si se acabara de cerrar la tapa de un ataúd.

—Criminal —murmuré.

Pero Ruth-Claire me tomó del brazo y nos dirigió a mí y a Caroline hacia una cabina de la que emanaba un resplandor rojizo. Nos encontramos en una especie de vestíbulo, y ante la cabina compré cuatro entradas a una mujer que vestía vaqueros cortados y una holgada camiseta de manga corta, lo que —después del punky que habíamos encontrado en la puerta — no era sino un parangón de la normalidad del estadounidense medio.

Avanzamos unos pocos pasos más por el rellano de hormigón, ya al otro lado del estrecho vestíbulo; unos escalones también de hormigón descendían desde el rellano al piso, situado a unos cuatro metros por debajo de nosotros, o bien se podía avanzar a lo largo de la pared exterior de la cabina hacia un entresuelo, que se proyectaba desde la pared del bistró, paralela a la carretera interestatal del exterior. Sillas y mesas redondas atestaban tanto el entresuelo como el piso principal inferior, y casi todos los muebles tenían aspecto de hierro forjado radiactivo.

Por encima del nivel del entresuelo, en la parte superior de la colina que ocupaba el club, había una cabina de control que alojaba al principal discjockey de Perturbaciones Sinusoidales. La cabina tenía ventanas de plexiglás color champaña y un gran reflector que emitía fugaces destellos de luz blanca y azul por todo el interior, de donde surgía una música estridente. Por debajo de nosotros, empujándose mutuamente en medio de esta tormenta de ruido, se movía frenéticamente una multitud de humanos que parecían espectros condenados.

El P. P. estaba tan despierto, alerta y horrorizado como yo mismo. Se agarraba a Caroline como si temiera que ella pudiera arrojarlo en cualquier momento por encima de la barandilla que descendía hacia el caos cobalto del pozo. Ruth-Claire señaló una mesa situada en el extremo más alejado del club, cerca de la pasarela del escenario que se proyectaba hacia adelante, sobre la que esta noche actuarían los actores en vivo, y nos dijo que David la había reservado para nosotros.

—¿Dónde se ha metido él? —pregunté.

—Entre bastidores, con Evelyn. Lo están preparando todo. Probablemente tardarán unos treinta minutos en reunirse con nosotros.

Un trío de dudosos humanoides se abrió paso entre nosotros, escalera abajo. Una de ellas

me codeó por la espalda —su peinado era como el très chic** del equipo de fray Tuck, de la banda de Robin Hood, o como el de Bozo el payaso— pero se apresuró a darse media vuelta y pedirme disculpas.

—No importa —le dije, sorprendido por lo intenso de su ansiedad—. De todos modos, ese riñón nunca ha funcionado muy bien.

—¡Oh, no! ¡Realmente le he hecho daño!

Tuve que asegurarle que me encontraba muy bien, y que la alusión a mi riñón incapacitado sólo había tenido intención de ser una broma. Pero incluso mientras se retiraba, la muchacha siguió disculpándose, y Ruth-Claire y Caroline no tardaron en echarse a reír.

—¿A qué demonios viene todo esto? —les pregunté.

—No, no es por nada —contestó Ruth-Claire—. David asegura que ésta es la única parte del país donde los punkies no se olvidan de decir “por favor” y “gracias”. Es una cuestión

*très chic: en francés, muy moderno, muy original. (Nota del revisor) cultural. Los punkies de Atlanta son amables.

—¿Todos ellos?

—Bueno, muchos de ellos. Esa joven, al menos, parecía tratar de compensar por los que no lo son.

Caroline desplazó al P. P. de una cadera a la otra; el niño movía un puño al compás de la música y sacudía salvajemente la cabeza, la clase de acciones repetitivas que agotan a la persona que lo sostiene. Ruth-Claire se dio cuenta y tomó al P. P. en sus brazos. Esperamos un rato más en el rellano, hasta que Bilker apareció tambaleante detrás de nosotros. Su modo de andar parecía diseñado para intimidar a cualquiera que desaprobara su corbata de lazo o su franco desprecio por Perturbaciones Sinusoidales. Llevaba —yo lo sabía muy bien— su Ruger debajo de la chaqueta color canela, cuya espalda marrón se abría ocasionalmente por los cortes, como las agallas de un róbalo que abriera la boca. De servicio. Preparado para la acción. Anticipándose al calor del combate.

Un poco melodramático, volví a pensar. Bilker parecía verse a sí mismo como una especie de Rooster Cogburn en sus últimos tiempos, lanzado a la carga él solito para exterminar a los malos de la película.

Una vez en el piso principal me di cuenta de que algunos de los clientes del club no eran punkies extravagantes, sino hombres y mujeres jóvenes e inteligentes en edad estudiantil. Probablemente yo era el cliente más viejo del lugar. Me sentía un poco más cómodo aquí, entre muchachos que llevaban ropas más aseadas y a la moda, pero no pasaba de ser una especie de reliquia entre todos estos bebés biónico-espaciales.

Entonces la música se detuvo, y Bilker admitió que lo único más ruidoso que había oído nunca había sido un ataque de morteros lanzado contra sus barracones, cerca de Da Nang, desde el atardecer hasta el amanecer. Era aficionado a la música country, devoto de las interpretaciones nada disparatadas de Roy Acuff y George Jones; grupos como los Oak Ridge Boys y Alabama le producían acidez estomacal. El primero interpretaba demasiadas canciones lindas, y en cuanto a los segundos, que Dios acogiera sus almas, los había visto actuar en un festival de música country llevando pantalones cortos. ¡Pantalones cortos, por el amor de Dios! Eso quizá estuviera bien para una comida campestre, pero no para unos hombres maduros que se ganaban la vida delante del público.

Esta fue la ocasión en que más le oí hablar a Bilker. Durante toda su perorata sostuve la mano de Caroline, sujeta a mi rodilla por debajo del mantel.

Luego habló el disc jockey del club, y el sistema de sonido permitió que sus palabras reverberaran por encima de nuestras cabezas como una sirena articulada:

—¡Bienvenidos a otro de nuestros sábados de actuación libre en el Perturbaciones Sinusoidales, monstruos culturales! Llega a vosotros, desde su nube de plástico, la respuesta de Atlanta a esa dulzura de lengua plateada de la Casa Blanca: el bipartisano Bitsy Vardeman. El viejo Bitsy aliviará las tensiones entre burros y elefantes, entusiastas de la música y gatos más fríos, hombres y mujeres, parejas de heteros y de homos… ¡Que el Señor se apiade de todos vosotros! ¡Retorced vuestros queridos cuerpos y vuestras eternas AAAAAALMAS! — esta última palabra se extendió hasta formar cinco o seis sílabas y alcanzar la agudeza del silbato de un tren de mercancías.

El telón del escenario se abrió en dos y la melodía Moog de un antiguo conjunto estándar con latido de rock fusión empezó a recorrer de un lado a otro el local. De repente, siete chicas muy bien dotadas saltaron a la vista vestidas con bodies y empezaron a mover las cabezas, a hacer girar los brazos y, aparentemente, a realizar todos los esfuerzos posibles por desencajarse la pelvis.

—Preparaos, monstruos culturales —gritó Bitsy Vardeman desde lo alto—. Preparaos para un poco de impresionante boola-boola del provocativo y sensual cuerpo de ballet del mismísimo Ess Dee, las Bailarinas de la Ola Impermanente.

Las Bailarinas de la Ola Impermanente efectuaron veinte minutos de gimnásticos saltos, brincos y encogimientos de nalgas al son de una música rock progresivamente más fuerte. Bilker Moody las observaba con la misma frialdad clínica con que un oficial de policía pudiera observar una lucha entre matones. El P. P. palmeteaba las manos entusiasmado. La actitud de Caroline era algo más difícil de dilucidar, quizá una especie de desconfiado asombro.

—David detesta esto —nos gritó Ruth-Claire—, pero es lo único que consigue reunir una multitud tan grande los viernes, dispuesta a pagar tres dólares de entrada para cubrir los gastos de una sesión de arte interpretativo.

Finalmente, tras una estridente eternidad, las bailarinas se marcharon y el bipartisano Bitsy Vardeman anunció:

—Muy bien, querido público. Aquí está esta noche, desde Abraxas, el Salón de los Milagros y los Espejismos de Atlanta, ¡David Blau y la Rebelión azul-azul! ¡Un aplauso para ellos, monstruos culturales! ¡Un aplauso ahora!

Los aplausos fueron escasos, y persistió la oscuridad que se había hecho en el local tras la partida de las bailarinas. Algunos de los estudiantes que estaban cerca de nosotros empezaron a removerse inquietos.

Finalmente, la voz de David Blau resonó con fuerza por detrás del telón de lentejuelas:

—¡Hágase la luz!

Servicialmente, Vardeman dirigió un foco de luz hacía el telón, que se abrió para revelar una enorme lona negra, suspendida como si fuera la pantalla de un cine, y situada al fondo del escenario. Blau, con su vestimenta de pintor de brocha gorda, avanzó desde el fondo, se detuvo al borde de la pasarela que se proyectaba y miró con expresión conmovedora por encima de las cabezas del público.

—Y Adán conoció a Eva —declaró con tonos escénicos—. Y la conoció, y la conoció, y la conoció. Y las generaciones de Adán empezaron a evolucionar. Evolucionaron, amigos míos, hacia las numerosas semejanzas de Dios que ahora veis sentadas ante las mesas que os rodean.

Un apagón inesperado.

En medio de esta oscuridad, todos los presentes en Perturbaciones Sinusoidales pudimos oír sonidos de algo que rodaba apresurada pero eficientemente.

Luego, las luces del escenario se encendieron y pudimos ver a un grupo de figuras de cartón bidimensionales sobre ruedas, alineado delante de la lona. Cada recorte mostraba a un representante de cinco especies homínidas primitivas y diferentes. Las figuras de la izquierda tenían un aspecto más notablemente parecido a los monos que las figuras de la derecha, aunque, de una forma un tanto anómala, era la figura del centro la que mostraba un físico más bruto. Lo más extraño de los recortes de cartulina era que, a través de agujeros que correspondían a las bocas de las figuras, colgaban globos azules fláccidos.

De repente los cinco globos se hincharon, ocultando los rostros pintados que había tras ellos, y cada globo se agitó contra la cabeza de su recorte, como si anhelara escapar hacia el cielo. Debido a la evidente desnudez frontal de los cinco homínidos, fue una vista especialmente ridicula, y muchos de los jóvenes que nos rodeaban empezaron a reírse disimuladamente.

Un hombre de ascendencia oriental surgió desde detrás de la figura situada en el extremo izquierdo.

—Australopitecus afarensis —dijo.

En cuanto hubo hablado, volvió a situarse detrás de su recorte, y el globo que ocultaba su rostro flotó hacia arriba, hasta elevarse poco más de un metro, y quedar detenido por el hilo que lo sujetaba.

La cabeza de Pam Sorrells apareció por encima de la segunda figura de la hilera.

—Australopitecus africanus —dijo.

Su globo también se elevó hacia el techo, y se detuvo a unos treinta centímetros por encima del globo del recorte del A. afarensis.

Luego, David Blau se asomó maliciosamente por detrás de la tercera figura.

—Australopitecus robustus —dijo.

El globo sujeto a su recorte —el de construcción más masiva de los cinco— sólo ascendió poco más de unos treinta centímetros. La incongruencia del breve ascenso del globo, después de que el público hubiera sido inducido a esperar algo más, provocó risas, lo mismo que la semejanza de la criatura a un gorila desproporcionadamente bajo y semidesnudo.

Evelyn Blau surgió desde detrás de la cuarta figura, que mostraba una extraña y evidentemente deliberada similitud con el hospitalizado esposo de Ruth-Claire.

—Homo habilis —dijo Evelyn, con voz clara.

El globo lleno de helio situado delante de su recorte se elevó a una altura de unos dos metros.

Luego, un hombre negro vestido con un mono de pintor, un joven artista con un estudio en Abraxas, salió desde detrás del último recorte.

—Homo erectus —anunció.

El globo que pertenecía a esta criatura, la más alta y de aspecto más humano del conjunto, flotó hacia arriba, hasta una altura unos treinta centímetros superior a la del habilino. Luego, el hombre negro se adelantó hacia la visera del escenario, miró al público, abrió los brazos y dijo con un tono de voz altivo y sardónico:

—Homo sapiens sapiens.

El hombre sabio sabio. La culminación del plan evolutivo de Dios.

De un bolsillo del mono, el hombre extrajo una pistola de perdigones. Esta acción hizo que Bilker Moody se llevara la mano hacia la sobaquera que llevaba bajo la chaqueta, pero Ruth-Claire se apresuró a darle unas palmaditas en la muñeca y a negar con un gesto de la cabeza. Mientras tanto, el artista de la pistola de perdigones se volvió hacia los recortes, apuntó el arma e hizo un disparo que explotó el globo perteneciente a A. afarensis. El asistente humano del recorte lo hizo rodar y lo sacó del escenario. A continuación, el impasible hombre negro disparó e hizo explotar los globos de los restantes recortes homínidos, esperando a disparar contra el siguiente globo el tiempo suficiente para que la persona que había tras cada figura pudiera retirarse entre bastidores. Cuando hubo terminado, se guardó el arma en el bolsillo, se dirigió hacia el recorte del Homo erectus, y condujo el último recorte de los homínidos extinguidos hacia los bastidores, como si empujara un carrito de venta ambulante en Manhattan.

Se apagaron las luces.

Un extraño silencio se apoderó del público asistente. Entonces, alguien, ¿quizá un jugador de fútbol de la facultad de Tecnología?, gritó en voz alta:

—¿Qué demonios se supone que significa esto?

Otros, desde sus mesas, empezaron a emitir abucheos, con un estruendo que se extendió como una marejada desde un extremo al otro del local. Sin embargo, algunos de los estudiantes de arte que estaban sentados cerca de nosotros se pusieron en pie y aplaudieron y gritaron:

—¡Bravo! ¡Bravo!

Bitsy Vardeman evitó que se iniciara una pelea al poner un popular disco de las hermanas

Sledge, Somos una familia**, un éxito de antes de que Adán llegara a la granja Paraíso.

* Ya mencionado en nota anterior. (Nota del revisor)

Muchos de los presentes empezaron a aplaudir, cantar y moverse alrededor de las mesas.

Las luces del local se encendieron por completo y los cinco miembros de Rebelión azul-azul aparecieron de pie sobre el escenario, cada uno de ellos sosteniendo un grupo de diez o quince globos más ligeros que el aire. David, Evelyn y sus compañeros empezaron a distribuir los globos a diversas personas entre el público, a llamar a otras para que se acercaran al escenario o a recorrer la pasarela para entregar los globos.

El P. P. se levantó en el regazo de Ruth-Claire y extendió un brazo para recoger un globo. Me di cuenta de que Pam Sorrells avanzaba por la pasarela hacia nosotros, mientras las hermanas Sledge continuaban cantando su repetitivo tema. Ahora, docenas de personas se adelantaban para interceptar a Pam.

—Recordad —gritaba ella, por encima de la música— que no debéis tomar uno a menos que creáis…

—¿Creer qué? —preguntó un estudiante.

—¡A menos que creáis que sois inmortales! ¡Y si aceptáis uno, no debéis hacerlo estallar!

—¿Por qué diablos no? —gritó el mismo joven, que se había abierto paso hasta el extremo de la pasarela.

—Porque si lo dejáis estallar moriréis —contestó Pam.

—Oh, vamos, ya está bien.

—Esta es tu alma —explicó Pam pacientemente—. Si la dejas estallar, morirás en el término de tres días.

—¡Y una mierda!

David Blau se acercó al extremo de la pasarela, levantó su grupo de globos y dijo a todos los presentes:

—Esto no es una mierda. El que acepte uno de éstos, pero no logre cuidarlo y lo deje estallar, bueno…, morirá casi inmediatamente. Seréis barridos por el viento como si nunca hubierais existido.

La teatralidad de sus palabras no les privaron de efecto. Antes al contrario. Algunos de los que se habían acercado a recoger los globos parecieron sentirse claramente asustados. David había expresado una fórmula, y la fórmula produjo el efecto deseado: una explosión de duda supersticiosa entre personas que normalmente se enorgullecían de ser duras y pragmáticas. Hasta yo mismo me encontré creyendo en la extraña fórmula de David. Algunas personas se retiraron, mientras que otras se adelantaron para ocupar sus lugares.

El P. P., en cambio, no tenía la menor duda. Deseaba un globo.

—Un —exclamó, casi a punto de caer de los brazos de Ruth-Claire—. Un, un, un.

—Ve a conseguirle uno —me pidió Caroline Hanna.

Pam Sorrells ya casi se había desprendido de todos sus globos, mientras que el hombre negro que había hecho estallar las almas de los homínidos de cartulina se encontraba al otro lado de la pasarela, entregando los suyos.

—Está bien —asintió Ruth-Claire—. Bilker, consíguele un globo al pequeño.

—No, señora. Yo tengo otro trabajo que hacer.

—Entonces lo haré yo —dijo Caroline.

—Te darán con un codo en los labios —le advertí.

Casi milagrosamente, una punky sin cejas y con un algodonoso cabello blanco apareció junto a nuestra mesa. Era una criatura frágil, con un chaleco atado con un cordón a través del diafragma. Extendió los brazos hacia el P. P, que se entregó a ella como si fuera una vieja amiga en quien pudiera confiar totalmente. Ruth-Claire entregó el niño a la recién llegada tanto para aliviar la presión de sus brazos, como para complacer al P. P.

—Yo le traeré un globo —dijo la muchacha, arrastrando las palabras y guiñando un ojo por mirar a tan corta distancia a mi ahijado—. Un amigo mío ya ha conseguido uno. No lo quiere. Se lo daré al pequeño. Vuelvo en seguida.

Hablaba como si tuviera la boca llena de palomitas de maíz.

Medio estupefactos por la sorpresa, y medio agradecidos porque satisfaciera al P. P, la vimos retroceder para recoger el globo de su amigo. Apenas si pareció mover los pies.

Entonces, de pronto, Bilker despertó.

—¡Eh, un momento!

—Creo que está bien —le dijo Ruth-Claire dubitativamente—. Parecía familiar. Le dará un globo a Paulie y lo volverá a traer de mejor humor.

—Será mejor que vaya tras ella —dijo Bilker.

Hubo algo en mí que se puso tardíamente alerta ante lo extraño de la situación.

—Mire, Bilker, quédese usted con Ruth-Claire y Caroline. Yo iré tras ella.

—¿Qué ocurre? —me preguntó Caroline, al tiempo que me agarraba del brazo.

La gente que se encontraba cerca del extremo de la pasarela se tragó a la muchacha del cabello blanco, y los globos que flotaban por encima de la multitud no eran puntos de referencia más útiles que las nubes.

—Creo que la conozco —dije, liberando mi brazo—. Eso es lo malo de esto.

Pasé rápidamente junto a Bilker, tropecé con un estudiante que se dirigía hacia el escenario, me escabullí por entre un hueco y, con el corazón latiéndome ya con fuerza, rodeé el extremo de la pasarela.

Los focos de luz continuaban recorriendo el interior del club y por detrás de mí oí el grito angustiado de Ruth-Claire.

—¡Paulie!

Más allá de la pasarela me encontré ante un espacio abierto, pero el P. P. y su secuestradora ya habían desaparecido. Podrían haber seguido cualquiera de cuatro o cinco direcciones distintas, pero yo me dirigí hacia la salida más cercana, una pesada puerta situada en el extremo más alejado, a la izquierda del escenario. La abrí de sopetón y me encontré ante el bullicio y el ajetreo intimidantes de la carretera.

Un automóvil descendía la colina y pasaba por delante de la puerta principal del club, pero me resultó difícil creer que la punky hubiera atravesado corriendo el callejón y subido a aquel vehículo en no más tiempo del que había podido disponer. Regresé al interior del local y dejé que la puerta se cerrara con un silbido de sus muelles neumáticos,

Bilker estaba a mi lado.

—¿Se ha marchado?

La mirada de impotencia que le dirigí fue toda la respuesta que necesitó.

—¡Mierda! —exclamó—. Esto es un secuestro. Un maldito secuestro.

—Quizá no. Este lugar es como una casa de locos. Podría aparecer de nuevo en un par de minutos.

—Sí —dijo Bilker—. Y los jodidos rusos podrían decidir mañana el desarme unilateral — con la mano en el interior de la chaqueta, registró con la mirada la multitud, en busca de un rostro entre un mosaico móvil de rostros—. ¡Condenado cerebro de asno!

—Si yo tengo un cerebro de asno, usted es su trasero. Dejó que Ruth-Claire entregara al niño.

Bilker me dirigió una mirada de malevolente desprecio.

—¿Quién ha dicho que me refería a usted?

Alguien había raptado al Pequeño Paul y nosotros nos dedicábamos a discutir sobre una cuestión sin importancia. Hasta Bilker lo comprendió así. Me agarró por el brazo y me arrastró de regreso a la mesa donde Ruth-Claire y Caroline nos esperaban. El P. P. podía estar perdido (por el momento, aunque no para bien), pero no tenía la intención de agravar su fracaso permitiendo que alguien secuestrara también a Ruth-Claire.

—¿Qué ha ocurrido? ¿Qué está sucediendo? —preguntaron las mujeres, casi al unísono.

Bilker murmuró algo acerca de que habíamos perdido el rastro de la joven, y Ruth-Claire, cuya mirada se desplazaba alternativamente del guardaespaldas a mí, me agarró por las solapas de la chaqueta.

—Sabes quién era, ¿verdad?

—Quizá esté equivocado —dije—, pero creo que era Nancy. Con las cejas depiladas y la cabeza parcialmente afeitada. Ya sabes a quién me refiero, a Nancy Teavers. La esposa de Elvis.

Bilker se pasó la siguiente media hora lanzado a la carga entre la multitud que llenaba el Perturbaciones Sinusoidales, abordando a las personas para preguntarles si habían visto a una delgada joven con un niño pequeño de pantalones cortos. Llegó a entrar incluso en los lavabos ―tanto de hombres como de mujeres― para identificar a sus asombrados ocupantes. Sus esfuerzos fueron infructuosos, pero siguió intentándolo, como si una obsesiva persistencia por su parte pudiera hacer reaparecer al P. P.

Llamé a la policía, que envió un coche patrulla y se puso en contacto con otras unidades distribuidas por la zona. Los policías uniformados que llegaron al club entrevistaron a Ruth-Claire, a Caroline y a mí, mientras Bilker continuaba con sus propias pesquisas.

El mayor de los dos policías fue el que se encargó de los interrogatorios. El nombre de su placa decía Crawford. Era un hombre bajo pero fuerte, con la frente arrugada por años de investigación y escepticismo profesional. Para poder escuchar nuestras respuestas, nos llevó hacia la acera del club nocturno. Su compañero, mientras tanto, descendió al pandemonium de Perturbaciones Sinusoidales para echar un vistazo en los lugares que Bilker no había registrado todavía.

Arriba, Crawford continuó con su interrogatorio.

—¿Dice que ella era camarera en su restaurante, en Beulah Fork?

—Lo fue de vez en cuando.

—¿Y por qué habría querido secuestrar al niño de los Montaraz, señor Loyd?

Le hablé a Crawford de la implicación del fallecido esposo de Nancy, E. L. Teavers, con el Ku Klux Klan. Le dije que Adán había arrojado a Teavers al fondo del pozo abandonado de un horno de ladrillos en el condado de Hothlepoya. Eso fue todo lo que necesité decirle para que Crawford recordara la historia, conocida por todos los policías de la ciudad y sheriffs de los condados de Georgia. Tomó nota.

—¿Cree que su motivación puede ser la venganza?

—No creo que esto lo planeara ella sola —contesté—. En el West Bank se comportó siempre como una muchacha dulce, entregada a su trabajo. Yo le caía bien, y también le gustaba Ruth-Claire. Creo que alguien la indujo.

—¿Quién?

—Craig Puddicombe, por decir un nombre.

—Oh, Dios —exclamó Ruth-Claire, apoyando su peso sobre mí—. Yo misma se lo entregué a esa mujer. Se lo puse en sus brazos.

Empezó a llorar.

—En cierto modo —le dije—, reconociste a Nancy. Ella tomó al P. P. de tus manos, no fuiste tú quien se lo entregaste.

—Es como si se lo hubiera entregado. Habría dado lo mismo que lo hubiera metido en una caja y se lo hubiera enviado a su casa…

—Mira, has estado cuidando del P. P. durante toda la noche. El factor de reconocimiento subliminal te hizo confiar en esa mujer a pesar de su extraño peinado. Entablaste una cierta amistad con ella después de la muerte de su esposo y, desde luego, no esperabas que traicionara esa amistad.

—¡Yo no pensaba en nada de eso! —exclamó Ruth-Claire con frustración.

—Eso es precisamente lo que quiero decir. Todo eso actuaba en ti a nivel subconsciente. Así que deja de culparte a ti misma por la villanía de otra persona.

Crawford introdujo despacio el extremo del bolígrafo en el bloc de notas.

—Puddicombe desapareció después del asunto en el horno de ladrillos. Su fotografía ha sido distribuida por todas las oficinas de Correos del sudeste, pero nadie lo ha visto desde entonces.

—Nancy Teavers se ha visto con él.

—¿Qué le hace suponer tal cosa? —preguntó Crawford, mirándome por debajo de las arrugas de su frente—. Por lo que sabemos, señor Loyd, ese muchacho podría vivir en Acapulco.

—Por lo que sabemos, también podría estar sentado aquí mismo, en el Perturbaciones Sinusoidales, con un corte de pelo a lo mohawk y un imperdible atravesándole la mejilla. Nancy jamás habría planeado una cosa así por sí sola. Pero es posible que Puddicombe la haya convencido de que esa es la forma de pagarles a Ruth-Claire y a Adán por la muerte de E. L., aunque eso lo causara él mismo.

—Hay que decírselo a Adán —dijo Ruth-Claire—. Tiene que saberlo.

Clientes curiosos del club nocturno se habían reunido a nuestro alrededor para mirar y escuchar sobre la acera, como fantasmas surgidos del infierno. Finalmente, David y Evelyn Blau salieron del local y se abrieron paso entre todas aquellas extrañas figuras, seguidos por Bilker Moody y el compañero de Crawford.

Mireles, el segundo policía, se acercó a su jefe.

—La mujer que vende las entradas dice que la secuestradora, la punky que nos han descrito, empezó a aparecer por aquí los viernes hacia principios de junio.

—¿Sola? —preguntó Crawford.

—No está totalmente segura. Allí dentro está oscuro y la muchacha siempre pagó su propia entrada.

—¿Y sólo venía los viernes?

—La vendedora de entradas dice que sólo trabaja tres noches a la semana, lo que la ha ayudado a recordar que venía especialmente los viernes —Mireles echó un vistazo a su propio bloc de notas—. La única vez que la sospechosa habló, según la vendedora de entradas, fue cuando preguntó si los de Rebelión azul-azul iban a hacer una parodia.

—¿Una parodia? —preguntó David Blau, con repugnancia.

—Al descubrir que no iban a actuar —siguió diciendo Mireles—, ni siquiera se molestó en comprar la entrada y se marchó.

—Una fan —dijo Evelyn Blau—. Algunos son muy leales.

—¿Y vino sola? —insistió Crawford.

Mireles tenía un rostro delgado y cetrino, con unos ojos tan marrones como las pastas típicas de Hershey.

—Es como le he dicho, sargento. Ella al menos se cuidó de parecer que iba sola.

—He encontrado a un tipo que la ha visto con alguien —intervino Bilker.

Unas sirenas gimieron en la distancia. El tráfico de la cercana carretera y las notas bajas que retumbaban desde el club nocturno hacían que toda la colina se estremeciera como un parche de tambor.

—Uno de los tipos que no ha dejado de gritar durante todo el espectáculo —añadió Bilker —. Se preocupó cuando le dije lo que había sucedido con el pequeño Paulie. Dijo que la mujer que se lo llevó se sentaba a veces ante una mesa en compañía de un tipo con barba.

—¿Qué más? —preguntó Crawford.

—El tipo intentaba mantener una actitud fría, como un punky, pero no lo conseguía del todo, por el aspecto y todo eso. Botas y pantalones vaqueros, en lugar de zapatillas de tenis y pantalones con raya y rodilleras, como alguien con una jornada de ocho a cinco cuyo jefe pudiera echarle si se presentara en su puesto de trabajo vestido como un punky.

—Craig Puddicombe —dije.

—Tengo que ir con Adán —insistió Ruth-Claire, al tiempo que hundía las uñas en mi muñeca.

—Alguien tiene que regresar a su casa —dijo Crawford—. Esto es un secuestro. Es posible que haya una llamada telefónica. Ese es casi siempre el siguiente paso, la llamada telefónica.

—No si el motivo es la venganza —afirmó Ruth-Claire acalorada—. No si se lo llevan a cualquier parte y lo matan.

—No lo creo probable —dijo Crawford.

Le explicó que, habitualmente, un secuestro apuntaba a una motivación menos cruel, como la obtención de un rescate. Si los secuestradores de Paulie sólo hubieran querido matar al niño para castigar a sus padres, podrían haber disparado contra él emboscados. Podrían haberlo atropellado, a él y a sus cuidadores, con un coche. Incluso podrían haber instalado una bomba en el porche de su casa. En lugar de eso, habían cometido un delito que había exigido, por lo menos, un cierto conocimiento de los movimientos de la madre, unos disfraces y un subterfugio bastante complicados, mucha paciencia, y mucha suerte para abandonar el local. En esta noche, todo, incluido el confinamiento de Adán en el hospital, se había conjurado a favor de ellos. Incluso cabía la posibilidad de que la conjunción accidental de todos aquellos factores les hubiera proporcionado a la pareja una oportunidad irresistible para decidirse a actuar. Ahora, sin embargo, tratarían de conseguir dinero. Crawford puso en juego su reputación al considerar como inevitable la llamada telefónica exigiendo dinero, y explicó una secuencia de pasos que había que dar para entregar el rescate.

En ese momento intervino Caroline, que había sujetado el brazo de Ruth-Claire.

—No habla usted con toda claridad, sargento. ¿Cree que los secuestradores lo planearon todo con meticuloso detalle, o cree que tuvieron suerte y actuaron para aprovechar su principal oportunidad? A mí me parece que su motivación inicial fue la que determinó su comportamiento último.

—No hablo con toda claridad, joven, porque no puedo leer las mentes de los demás. Quizá lo planearon todo con meticuloso detalle para alguna otra noche, pero tuvieron suerte en esta noche y la aprovecharon. Desde mi punto de vista, eso no tiene importancia; lo que sí es seguro es que van a pedir dinero.

La discusión continuó. Los mirones de la acera, ahora ya aburridos, empezaron a dispersarse. Los vehículos disminuían la velocidad a lo largo de la calle String y el pequeño callejón por la presencia del coche patrulla aparcado a medias sobre la acera. La noche olía a aceite de motor y a asfalto transitado. Las luces de neón rasgaban los bordes del cielo, inundados de luz.

Los Blau acordaron llevar a Ruth-Claire a su casa; Bilker se marcharía con ellos. Caroline y yo iríamos al hospital Emory para llevar la noticia del secuestro del P. P. a su padre. La policía enviaría detectives a la casa de los Montaraz, tanto para proteger a sus ocupantes como para controlar el despliegue de la estrategia de extorsión de los secuestradores. Si transcurrían veinticuatro horas sin que se lograra avanzar en la resolución del caso, el FBI empezaría a jugar el papel más importante.

Mientras tanto, Crawford y Mireles seguirían las pistas que encontraran en el club nocturno. Patrullas del sheriff y de las fuerzas de policía municipal establecerían controles interconectados en otras partes del condado de Fulton, como en De Kalb, Cobb, Clayton y Gwinnett.

Controles interconectados. Sonaba bien, pero eso me hizo recordar que nadie sabía qué clase de vehículo tenían a su disposición Craig y Nancy. Sin lugar a dudas, Puddicombe no habría podido mantener la camioneta de su amigo E. L. durante todo un año sin arriesgarse a ser detenido. Por otro lado, quizá sólo hubieran cambiado la matrícula, se hubieran desprendido de la caja del vehículo o pintado la cabina. Le di a Crawford una descripción de la camioneta según lo que recordaba ―de todos modos, ya constaba en los ficheros de la Oficina de Investigación de Georgia― y él se ocupó de retransmitirlo por radio a toda la gran zona metropolitana. Cualquier mujer joven de cabello blanco que fuera detectada por las carreteras de Avondale en un Ram Charger, provocaría probablemente una sospecha inmediata.

Bilker me explicó dónde había dejado aparcado el coche. Cuando finalmente entendí bien la dirección, Caroline y yo nos despedimos de los demás y caminamos cogidos del brazo, acera abajo y a través del callejón, hacia una destartalada terraza cubierta de asfalto. La mayor parte de este espacio estaba ocupado por un maloliente volquete Dempsy. Bilker había dejado el Mercedes aparcado junto al volquete, con dos ruedas sobre la terraza y las otras dos sobre los adoquines rotos del propio callejón. Por lo visto, nadie más había considerado la idea de competir con él por ocupar ese lugar de aparcamiento. Ignoré los efluvios que provenían del volquete de basura y atraje a Caroline hacia mí para besarla apresuradamente en los labios.

Ella se apartó rápidamente.

—Todos los hombres parecen tener el innato romanticismo de los peldaños de una puerta.

En el pasado mes de diciembre, Ruth-Claire me había dicho algo parecido. Arrugué la nariz y miré a mi alrededor.

—No es exactamente el Moulin Rouge, ¿verdad?

—Paul, te ruego que no fantasees con una follada amistosa para esta noche —dijo Caroline—. No estoy preparada para eso. Y aunque lo hubiera estado, el secuestro habría cambiado todo.

Una follada amistosa, pensé. Una expresión que Ruth-Claire jamás habría utilizado. Sin embargo, el hecho de oírla en voz alta tuvo sobre mí el efecto inverso al que perseguía Caroline: me excitó. Quizá fuera yo uno de esos lascivos de ojos legañosos para quienes la obscenidad actuaba como afrodisíaco. ¿Obscenidad? ¿Una sola palabra de uso bastante corriente?

Quizá, en lugar de eso, no era más que un fanático machista convencido de que el «lenguaje obsceno» era terreno reservado únicamente a los hombres. ¿Yo, un machista? Un poco fanático, quizá, pero no alguien entregado a flexionar continuamente los músculos. Lo más probable, la verdad sea dicha, fuera que no estaba acostumbrado a escuchar un «lenguaje obsceno» en labios de una mujer. El alboroto cultural de las dos ultimas décadas había pasado por mi lado sin afectarme. Era un caballero sureño, de cuarenta y siete años de edad, que sólo ahora empezaba a detectar la distinción de matiz entre «mojarla» y «vivir juntos».

—Mira —dijo Caroline—, todavía tengo el coche aparcado frente a la casa de los Montaraz. Mañana, cuando tú y Ruth-Claire visitéis a Adán, uno de los dos podéis conducir mi VW y dejarlo aparcado cerca del edificio de sociología —me entregó las llaves—. Me gustaría volver a verte, Paul; lo que ocurre es que éste no es el momento adecuado, y no puedo creer que a ti te parezca lo contrario.

—La vida es corta, señorita Hanna. Esto lo demuestra.

—Ah, otro discípulo del método del carpe diem… —su tono de voz adoptó un matiz reveladoramente frágil—. ¿Crees que lo matarán?

—Pueden hacerlo —los nudillos se me pusieron blancos al apretar el volante—. Puddicombe, al menos, podría hacerlo. Me resulta difícil creer que Nancy se preste a seguirle el juego en ese aspecto. No sé qué pudo hacer para atraerla hasta aquí, para convertirla en una punky, pero es evidente que ambos comparten un dolor común.

—El hecho de que Teavers muriera.

—En efecto. El esposo de ella, y amigo de él. Sin embargo, supuse que Nancy estaba libre de esa mancha. Estaba convencido de que se las había arreglado para dejar todo eso atrás, sin sentirse demasiado afectada.

Lo que Caroline dijo a continuación me sonó como una afligida reprimenda.

—Son raras las personas que dejan las cosas atrás sin sentirse muy afectadas. Es muy posible que no haya nadie así; sólo que algunas personas saben fingir bien.

—Quizá sea como dices.

—No sé si sería capaz de confiar del todo en una persona que no se sintiera afectada por lo que le ocurre. Me da la impresión de que una persona así no sería… humana.

La miré de soslayo.

—El problema es que tampoco se puede confiar en una persona afectada. No se puede confiar en nadie.

—No —murmuró Caroline—. No se puede confiar en nadie.

Nos pusimos en marcha y avanzamos durante un rato en silencio; luego empecé a especular en voz alta sobre el secuestro. Puddicombe se había ocultado durante un año, había eludido a la policía y planeado su venganza. Probablemente, la noche de la desaparición de E. L. en el horno de ladrillos, había escapado de Alabama en la camioneta de su amigo. Luego, tras deshacerse del vehículo, se había mantenido oculto durante un tiempo, probablemente con la ayuda activa de otros miembros del Klan.

También cabía la posibilidad de que hubiera abandonado por completo el sudeste del país, para dirigirse hacia las Rocosas o la costa de California. Pero, si lo había hecho así, casi con toda seguridad habría comprado otro coche. La camioneta de Teavers habría sido como una bandera roja para cualquier patrulla de carreteras entre Opelika y Amarillo. Por otra parte, podría haberse disfrazado ―dejándose crecer la barba, por ejemplo― y haber subido a un autobús.

Finalmente, Puddicombe había regresado de su exilio de fugitivo, y emigrado, como magnetizado, hacia la capital de Georgia. Al fin y al cabo, en Atlanta no le habría sido difícil encontrar trabajo como fregaplatos, o mecánico en cualquier garaje. La mayor amenaza para su trabajo habría sido arrostrar la posibilidad de que alguien de Beulah Fork lo viera por casualidad, pero si su trabajo lo mantenía, por así decirlo, entre bambalinas, esa probabilidad habría sido realmente muy escasa. En la calle, una barba y unas gafas de sol habrían sido suficientes para conservar su anonimato. Para descubrirse tendría que haberse pasado un semáforo en rojo o haber dejado de pagar una factura. Y Puddicombe habría evitado esa clase de trampas.

—¿Cómo habría podido implicar a su mujer? —preguntó Caroline.

Probablemente mediante una carta, le dije. Le habría escrito una sola vez, y habría estipulado un lugar de encuentro en alguna parte, entre Atlanta y Beulah Fork. En un motel o en la cafetería de una ciudad pequeña, donde habría podido exponerle lo que pensaba, manipular la oculta amargura de Nancy y argumentar sobre la necesidad de reivindicar póstumamente a E. L.

Es muy posible que, inicialmente, ella se resistiera a esos argumentos, pero en una cita posterior, con cada nuevo encuentro acordado en el anterior, ella habría empezado a madurar la idea de vengar la muerte de su esposo, quizá no con la intención de matar a nadie, sino con la de devolver a E. L. a la vida en forma de una fuerza preocupante en el inmerecido paraíso de amor y éxito de los Montaraz. Hasta era posible que ella y Craig se hubieran enamorado. Al fin y al cabo, E. L. y Craig habían sido muy buenos amigos, casi como hermanos, y en alguna parte de la Biblia está escrito que un hombre debe casarse con la viuda de su hermano para protegerla y defender sus causas.

—¿Conoces la Biblia? —preguntó Caroline.

—Sólo de oídas. Del mismo modo que la conocería Craig Puddicombe. En Beulah Fork, esa clase de distorsiones contaminan los pensamientos de todos, incluidos los míos. Tenemos un abundante legado de citas erróneas supuestamente elevadas.

—¿Crees que son amantes?

—Si no lo son, al menos se quieren. Pero en estos tiempos, más bien me parece que pueden ser amantes.

—¿Por qué estás tan seguro?

—Nancy sólo tiene dieciocho años. Se quedó viuda a los diecisiete. La mayoría de sus compañeras de escuela se han marchado de Beulah Fork, o se habían casado, o ambas cosas. Cuando me dijo que se marchaba del West Bank, comentó que lo hacía para buscar fortuna. Como soy un cerdo machista, pensé que era la palabra código para designar a un marido. Estaba aburrida, y se sentía sola y vulnerable. ¿Por qué no iba a enamorarse de Craig?

—¿O él de ella?

—Correcto. Craig era como el hermano gemelo de E. L. en muchos aspectos; y Nancy no es más que una linda muchachita. O lo era, al menos. Probablemente, los dos luchan por encontrar un sentido a los acontecimientos y actitudes que no han logrado manejar muy bien por sí mismos.

—A Nancy le iban bien las cosas, ¿verdad?

—Hasta que Craig se puso en contacto con ella. Hasta el pasado mes de abril.

—¿Qué me dices del secuestro? ¿Crees que han seguido a Ruth-Claire y a Adán de un lado a otro, a la espera de una oportunidad como la que se les ha presentado esta noche?

—Así parece.

—En ese caso, esta noche ha tenido que ser un sueño convertido en realidad para la…, bueno, conspiración Puddicombe. Todo encajó de repente en su lugar. Nancy pudo salir del local con Paulie con la misma facilidad con la que un niño roba una manzana de la caja expuesta en una frutería. ¿No te parece un tanto extraño? —preguntó, al tiempo que se encogía al recordarlo, estremecida.

—Pero no todo encajó en su lugar. Bilker vino con nosotros. Tú y yo estábamos presentes. Tuvieron que decidirse a tentar la suerte, y eso fue lo que hicieron. El disfraz de Nancy, la elección del momento de la entrega de globos como el mejor para acercarse a nosotros, su forma perfecta de hablar en aquel ambiente… —dirigí una rápida mirada a Caroline—. ¿Qué tratas de dar a entender? ¿Hay algo sospechoso en todo este asunto?

—Paul, te ruego que no te tomes esto a mal…

—Que Dios me perdone, ¿qué puedo tomarme a mal?

—No conozco a Ruth-Claire. No conozco a Adán. Y, en realidad, tampoco te conozco a ti. Se me ha ocurrido pensar, sólo muy brevemente, y no muy en serio, que todo esto puede que sólo sea… bueno, ya sabes, una estratagema publicitaria. Para promocionar el arte de ambos y la galería de David Blau.

—¡Dios santo!

—Mira, Paul, sé que parece una tontería y que es egotista, pero por un momento temí que trataran de hacerme intervenir en el juego.

—¿Hacerte intervenir en el juego? No te entiendo. ¿Qué quieres decir con eso?

—No después de que llegara la policía y, en realidad, tampoco antes, al menos muy en serio. Lo que sucede es que nada de lo que ocurrió en el club me pareció real. No pude evitar el pensar que sólo yo era una marginada, que no acababa de entender el chiste.

—¿El chiste? ¡Qué cinismo! ¡Y hace apenas cinco minutos me reprendías por confiar en una follada amistosa la misma noche en que secuestran a mi ahijado!

—Paul, sólo confesaba una duda que tenía, no planteaba ninguna acusación. Estás convirtiendo esto en algo que no es…

Me sentía totalmente confundido. Nuestra conversación se había salido de madre con el ruego de ella de que no tomara a mal sus palabras. ¿La había entendido mal, o había impugnado ella la integridad de Ruth-Claire y de Adán como artistas y como padres? Extraje una pastilla antiácido del rollo que llevaba en los pantalones y me la introduje bajo la lengua.

—Llévame a casa, Paul. No me necesitas en el hospital. Adán, desde luego, no me necesita allí para nada. Siento mucho que esto haya ocurrido. Lo siento profundamente.

La llevé a su casa, en un complejo de apartamentos en Clifton, no lejos del campus de Emory. Mis intentos por hacerla hablar de nuevo chocaron con rechazos monosilábicos. Me había herido al arrojar dudas sobre mis amigos; yo la había herido a ella al echarle en cara su mezquindad y vanidad.

El edificio de apartamentos de Caroline tenía paredes de estuco rosado, tejados de dos aguas con ventanas enmarcadas y un rústico aire Tudor. Aparqué junto a la acera, delante de la puerta de entrada, pero ella se bajó del coche antes de que pudiera desabrocharme el cinturón de seguridad. Luego, se inclinó hacia mí y emitió una pequeña risa, dura como un ladrido.

—¿Qué significa eso? ―dije.

—Es que estaba a punto de decirte lo mucho que he disfrutado de la velada.

—Oh.

—Al menos, parte de ella —añadió.

Luego cerró con fuerza la portezuela y recorrió el camino de entrada al edificio como un sargento de la fuerza de moda escandinava en traje de faena. Esperé hasta verla entrar en el edificio, le dirigí un saludo con la mano y me alejé tristemente.

—Está despierto —me dijo la enfermera del piso de Adán cuando llegué al hospital para cumplir con el papel que se me había asignado como mensajero del diablo—. De todos modos, no duerme mucho, pero cuando llamó la señora Montaraz para decir que usted venía, fui a ver si necesitaba que lo despertara. No fue así —era una mujer de edad mediana, con fuertes rasgos germánicos y ojos índigo como mármoles. Ladeó la cabeza—. ¿Hay algo que yo pueda hacer, señor Loyd?

—Sólo asegúrese de que no nos moleste nadie durante un rato.

La enfermera no pudo contenerse y preguntó:

—¿Ocurre algo malo?

—Si la señora no se lo dijo cuando llamó, enfermera, yo tampoco puedo decirle nada, desde luego.

Sin pretenderlo, las palabras me surgieron con tono de reprimenda. Le di unas palmaditas sobre el hombro para suavizar el impacto y luego recorrí el largo y antiséptico pasillo.

Adán estaba sentado en la cama, envuelto en oscuridad. Se había colocado dos almohadas a la espalda, y tenía las piernas cruzadas por debajo de la sábana en la posición del loto de un contemplativo oriental. El gotero que tenía junto a él, el tubo que le descendía hasta la muñeca como una conexión ámbar donadora de vida, brillaba misteriosamente en la oscuridad. Las vendas que le cubrían la parte inferior de la cara le daban el aspecto de un busto de yeso no terminado. Permanecía notablemente quieto y me sentí como un muchacho al acercarse a su padre después de haberle desobedecido terriblemente.

No extendí la mano para encender la luz, quizá por esconderme. Permanecí de pie en el umbral mientras mis ojos se acostumbraban a la oscuridad, y observé con qué estoica resistencia intentaban los propios ojos de Adán alejar todos mis temores. De algún modo había percibido los míos como un aroma débil pero acre.

No te amedrentes a causa de la necesidad, me decían sus ojos. Ven y siéntate.

Crucé la habitación y me senté en la silla que solía utilizar Ruth-Claire. Pero, por lo visto, debía parecer a punto de saltar, pues Adán levantó el brazo conectado con el tubo y me dio unas suaves palmaditas, tal como yo había hecho momentos antes con la enfermera. Adelante, me estaba diciendo; puedes ser todo lo brutal que exijan las noticias que me traes.

—Ruth-Claire habría venido a decírtelo ella misma, Adán, pero las circunstancias no se lo han permitido. Soy su emisario. Estoy aquí para decirte algo que nadie, ni siquiera tu propia esposa, puede decirte con facilidad.

Los ojos de Adán se agrandaron un poco y efectuó una serie de signos que, de algún modo, me permitieron interpretar lo que quería decir.

Seguir: parte 5 de 8