El eslabón perdido
Segunda parte
Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.
—No, nadie ha muerto. Al menos por lo que sabemos hasta ahora. Se han llevado al Pequeño Paul.
Y a continuación le conté con todo detalle lo que había ocurrido en el Perturbaciones Sinusoidales ―incluida la convicción de la policía de que pronto se recibiría una petición de rescate―, así como mis propias especulaciones sobre las identidades de los secuestradores. Pero le dije también que, por el momento, todos caminábamos sobre la cuerda floja, por encima de un abismo. No sabríamos cuál era su profundidad hasta que Craig Puddicombe o Nancy Teavers se decidieran a llamar.
—Lo único que podemos hacer es esperar —dije, sin mucha convicción.
Adán liberó el tubo del conector de plástico que llevaba en la muñeca y se incorporó lo bastante como para enganchar el tubo al poste; allí dejó de gotear. Mi amigo llevaba una de esas batas de hospital abiertas por la espalda, una característica de diseño de curiosa motivación. ¿Estaba destinada esa apertura a facilitar la administración de edemas, o se trataba de una ayuda para pacientes que sufrieran frecuentes ataques de diarrea? Parecían tratarse de objetivos mutuamente excluyentes, pero las batas constituían una humillación hospitalaria inmemorial. Adán se las arreglaba para llevar la suya sin parecer supremamente ridículo (quizá porque la desnudez no le aterrorizaba), pero cuando se levantó de la cama con esta pieza de ropa no pude evitar mirar a mi alrededor en busca de un imperdible con el que cerrarle la abertura de la espalda.
En el Perturbaciones Sinusoidales no habría tenido la menor dificultad para encontrar uno.
—Adán, ¿qué haces?
Pasó a mi lado, se dirigió al lavabo y se subió a una silla que le permitió verse reflejado en el espejo. Sus peludas nalgas asomaban a través de la abertura de la bata, y la parte posterior de los muslos se tensaron y relajaron al elevarse y descender sobre las puntas de los dedos de los pies. Fue entonces cuando me di cuenta de que se estaba quitando los vendajes que le cubrían la cara.
—¡Adán!
Me dirigió una mirada de advertencia, me hizo señas para que no levantara la voz, y reanudó la acción de quitarse los vendajes. Ya se había quitado el collarín de gomaespuma de la mandíbula, que dejó sobre el lavabo. Sólo la luz que penetraba desde el pasillo le permitía trabajar, pero se quitaba capa tras capa de vendaje, con una presteza que sugería que sabía muy bien lo que hacía. ¿Acaso había practicado para un momento como éste? No parecía probable. Pero, entonces, ¿cómo explicar la velocidad y destreza con la que actuaban sus dedos?
—Adán, no puedes abandonar el hospital —le susurré, acercándome a él—. Ninguno de nosotros puede hacer nada hasta que ellos nos llamen.
El movimiento de sus dedos se hizo algo más lento, aunque siguió con su tarea.
—¿Y si los secuestradores llaman al puesto de enfermeras del hospital, en lugar de hacerlo a la casa? Es una posibilidad, y tú lo sabes. Si regresas apresuradamente a casa junto a Ruth-Claire, no quedaría aquí nadie para recibir su llamada. Quiero decir, nadie capaz de responder a sus exigencias… —evidentemente, improvisaba una justificación, pero esa posibilidad empezó a parecer realista, incluso para mí. Puse una mano en su hombro—. No podrías hablar con ellos, claro, pero podrías autorizarme para que actuara como tu portavoz. Piensa en ello, Adán. Alguien tiene que quedarse aquí.
El habilino apartó mi mano y terminó de quitarse los vendajes. Lo miré de perfil. Su nariz parecía menos achatada, los pómulos ligeramente más elevados, la barbilla bastante más pronunciada. Los cirujanos plásticos no sólo habían reconstruido su cavidad bucal, sino que también habían dado a su rostro una configuración más moderna. Ninguno de los cambios era grave o espectacular, pero en su conjunto producían el efecto de una cierta elegancia nilótica aerodinámica.
Adán descendió de la silla, de modo que volví a ser muy alto para él, y me sentí molesto por mi propia y estúpida altura. Tomó de una canasta un par de toallas limpias, las dobló y extendió sobre el suelo, junto a la cama. Me hizo un gesto para indicarme que me sentara. Me arrodillé sobre una de las toallas y él, desde luego, se arrodilló sobre la otra, convertido yo en una especie de Goliat ante este humilde muchacho pastor.
A pesar de todo, rezamos, el uno junto al otro. O supongo que Adán rezó mientras yo permanecía arrodillado a su lado, con la frente apretada contra el borde del colchón. «Rezad sin cesar», se dice en la epístola a los tesalonicenses, pero yo no podía pasar de la frase «perdónanos nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores», pensando en la perfidia de Nancy, o en cómo Caroline había supuesto que el secuestro podía ser una estratagema publicitaria, o en cuándo reanudaría mis responsabilidades en el West Bank. ¿Rezar sin cesar? No podía hacer nada mejor que pensar de forma intermitente: «No permitas que esos bastardos lo maten, Señor», y en fantasear de vez en cuando en cortarle el cuello a Craig, en llevarme a Caroline a la cama, y en ocuparme de servir la recepción de un caro banquete de bodas en los Jardines Muscadine ―no necesariamente en ese mismo orden, ni todo a la vez―. Me empezaron a doler las rodillas y los riñones. De algún modo, sin embargo, permanecí durante casi tres horas en el suelo junto a Adán, compartiendo su vigilia.
A las cuatro menos cuarto ―comprobé mi reloj― la enfermera se acercó a la puerta para informar que Adán había recibido una llamada telefónica.
—Intenté decirle que era una hora absurda para llamar por teléfono —dijo la mujer—, pero él me dijo que si no avisaba al señor Montaraz… yo viviría para lamentarlo.
—Es Puddicombe —susurré, y añadí en voz alta—. Estaremos allí dentro de dos minutos. Regrese y dígaselo así.
El corazón me latía con fuerza contra la caja torácica. Sucede con demasiada frecuencia que los padres de los niños secuestrados no llegan a tener noticias de los secuestradores. Esta nueva situación, una situación que yo había deseado desesperadamente, constituía una sardónica variedad de un milagro.
Cuando la enfermera se marchó, empecé a golpear el colchón con la frente, excitado por una desesperada alegría. ¡El hijo de puta se había decidido a telefonear! Me balanceé sobre los talones y murmuré un silencioso «gracias». Adán me tocó en el hombro.
—Dios… te… bendiga —se las arregló para decir.
Lo miré boquiabierto. ¡Había hablado! Y jamás había escuchado una voz tan peculiarmente aguda y modulada. Era como la voz rasgada de una computadora que se esforzara por sonar con un acento humano. Impulsivamente, abracé al pequeño hombre. Lo sostuve a la distancia de mis brazos, y le dije que sería mejor que se pusiera un par de pantalones. Si tardábamos demasiado en llegar al puesto de la enfermera, Puddicombe ―o quienquiera que fuese― podría ponerse nervioso y colgar el teléfono. Me pasé dos dedos a lo largo de los laterales de la nariz. Los retiré humedecidos.
Con un par de pantalones de color caqui por toda vestimenta, Adán me acompañó al puesto de enfermeras. La mujer que estaba de servicio nos esperaba con la mano sobre el teléfono.
—¿Hay una extensión? —pregunté.
Ella asintió con un gesto e indicó el despacho de paredes acristaladas que había tras el mostrador.
—Ahí dentro. Si quiere, puede colgar el receptor en el sistema de altavoz que hay junto al teléfono, señor Loyd, y emitirá como una radio.
—Está bien. No tendrá usted por ahí un magnetófono, ¿verdad?
—Andrea, una de nuestras enfermeras de día, tiene una de esas radios portátiles que suelen llevar los jóvenes para ensordecer a los mayores. También graba. Andrea suele dejar las cintas en el cajón. Si es importante, puede grabar sobre una de ellas, siempre y cuando acepte la responsabilidad por estropearle una de sus cintas favoritas.
—Sí, señora.
En ese momento, la enfermera se dio cuenta de que Adán mostraba el rostro libre de vendajes.
—¡Oh, Dios mío! No se los debía quitar todavía. El doctor Ruggiero me desollará viva.
—No, no lo hará —le aseguré—. El señor Montaraz se cura muy bien.
Conduje a Adán al despacho, encontré el radiocasette, revolví el cajón y tomé una cinta que no estaba marcada, la puse en el aparato y apreté el botón de grabación. Luego coloqué el receptor del teléfono en la unidad de amplificación, y apreté el botón encendido en la base del teléfono. La enfermera, que había observado todo esto a través del cristal, colgó su teléfono y se alejó para hacer una gira de inspección por la planta. Aquella buena mujer era eficiente y discreta.
—Estamos aquí —le dije a quien había llamado.
—¿Quiénes son? —preguntó una voz masculina.
Esas dos únicas palabras bastaron para que lo identificara; era Craig Puddicombe. No había hecho el menor esfuerzo por disimular su voz. Si el negocio de restaurantes llega a ser demasiado aburrido para mí, quizá pueda trabajar para la policía.
Le dije a Craig quién era.
—El primer petimetre en la historia que deja que un negrilino le birle a su mujer.
—Estábamos ya divorciados cuando Ruth-Claire se casó con Adán.
—Sí, y hasta alcahueteó para ellos, ¿verdad? Y ahora está en ese hospital, sosteniéndole la mano al negrilino. Jesús, señor Loyd, se lleva usted la palma.
—Y tú y Nancy os habéis llevado al niño. ¿Qué…?
Me interrumpió.
—¿Ya ha puesto en marcha todos sus magnetofones? ¿Ha llamado ya a la policía? ¿Es ésa la razón por la que ha tardado tanto tiempo en contestar al teléfono?
—Adán tenía que vestirse. Su habitación está en el extremo más alejado…
—Ya basta, señor Loyd —le dijo algo a alguien que debía de estar a su lado, pero la voz sonó apagada e indistinta. Luego habló ante el teléfono—. Demuéstreme que el negrilino está realmente ahí.
—¿Cómo? Ya sabes que no puede hablar.
—Puede cantar, ¿verdad? Puede zumbar como un motor que gira.
—Craig, ha sido sometido a una operación. Tiene todo el rostro cubierto de vendas. Le han remodelado toda la parte inferior de la cara.
—Sí, bien —dijo con voz nerviosa—, pero por lo que a mí se refiere seguirá siendo tan feo como siempre. Haga que zumbe a través de los vendajes.
Me dispuse a protestar, pero Adán me sacó el pañuelo del bolsillo de la chaqueta, lo convirtió en un vendaje improvisado que se ató alrededor de la cara y se adelantó hacia el amplificador para zumbar la melodía de un himno de Cockesbury.
—Sí, ese es el negrilino, muy bien. Como un burro que rebuznara dentro de un barril.
—Demuéstrame que tienes al Pequeño Paul —le dije.
—¿Y qué quiere que haga? ¿Quiere que le haga gritar?
Puse una mano sobre el brazo de Adán, que detuvo el zumbido que todavía producía, medio lamento, medio canto, y se quitó el pañuelo. Sacudió la cabeza con un gesto negativo en respuesta a la última pregunta de Craig.
—No importa —dije—. ¿Qué queréis?
—Un rescate. Si el señor y la señora Entrecruzados nos entregan el rescate que queremos, recibirán de vuelta a su sucio y pequeño lo que sea.
—¿Cuánto dinero, Craig?
—¿Quién ha hablado aquí de dinero?
Lo inesperado de esa frase me conmocionó. ¿Qué clase de rescate no exigiría un pago urgente e inmediato de dinero?
—¿Todavía están ahí? —preguntó Craig.
—Sí, todavía estamos aquí. Di cuáles son tus condiciones. Escuchamos.
Por un momento, Craig consultó con un cómplice. Luego, como si leyera de un manuscrito previamente preparado, dijo:
—No deseamos dinero. No ejercemos violencia. Lo que queremos es lo que es justo. Pueden pensar que nos hemos llevado al niño porque su papá negrilino mató a E. L., o pueden pensar que codiciamos lo que la familia antinatural del pequeño ha creado para sí misma desde que el negrilino cometió aquel asesinato. Sin embargo, ninguna de esas dos suposiciones sería correcta. Nos hemos llevado al pequeño para hacer justicia allí donde no se ha hecho. Nos lo llevamos para enderezar algunas cosas que estaban mal hechas.
Aquellas tonterías me asustaron.
—¿Qué diablos queréis que hagamos, Craig? Vamos, te lo ruego, ve al grano.
—Tenga un poco de paciencia —dijo el amplificador, con burlona amabilidad. Luego se oyó el sonido de un papel al moverse—. Recuperarán al pequeño mestizo siempre y cuando hagan lo siguiente. En primer lugar, el señor y la señora Entrecruzados dejarán de vivir juntos. En segundo lugar, dirán a la prensa y a la televisión que han dejado de vivir juntos. Dirán que lamentan el pecaminoso ejemplo que han dado a blancos y negros decentes de todo el mundo al traer al mundo a su pequeño monstruo. En tercer lugar…
—Craig… —le rogué.
—En tercer lugar, pedirán públicamente disculpas a los padres, la familia y la viuda de E. L. Teavers, mi amigo. Y cuarto, el negrilino se entregará a la justicia bajo la acusación de… —y tras una pausa significativa, añadió— homicidio intencionado.
—Craig, E. L. intentó matar a Adán. Tú y los tuyos nos habíais secuestrado, por el amor de Dios, de la misma forma que tú y Nancy habéis secuestrado criminalmente al Pequeño Paul. Ningún tribunal de justicia condenaría a Adán por nada, excepto por salvarnos la vida a todos.
—Bah, sólo tratábamos de asustarlos un poco y hacerles recuperar el buen sentido. En el lugar de Snyder nadie intentaba matar a nadie, no hasta que ese maldito negrilino lanzó a E. L. por aquel agujero.
—¡Pero si eso es lo que E. L. intentaba hacer con él, Craig!
—Arrojar al negrilino por aquel agujero no acabó con su vida, ¿verdad? Él y los de su clase han vivido cientos de jodidos años en cuevas. Así que arrojar a un negrilino por un horno de ladrillo quizá duela un poco, pero es como arrojar a un conejo en una madriguera. Volvió a salir de allí, ¿verdad? Eso lo demuestra.
Absurdo, todo aquello era absurdo. El muchacho y yo funcionábamos a partir de un conjunto de premisas completamente diferentes. Decidí cambiar de táctica.
—¿Es eso todo? ¿Cuatro cosas para conseguir que nos devolváis al P. P?
—Tenemos una quinta condición —volvió a mover unos papeles—. En la medida en que el señor y la señora Entrecruzados han obtenido mucho dinero de los elementos degenerados de la sociedad americana, y son más ricos que cualquiera y de lo que deberían serlo por derecho, tienen que… —se detuvo. El leer tan seguido lo había dejado sin aliento—. En la medida en que se ha producido todo eso, tienen que efectuar contribuciones por valor de cincuenta mil dólares a diez diferentes instituciones de caridad y grupos políticos de nuestra elección. Recibirán la lista el lunes o el martes. Cada grupo debe recibir por lo menos tres mil dólares, pero, y esto es una generosa concesión por nuestra parte, el señor y la señora Negrilinos pueden decidir por sí mismos cómo escalonar los veinte mil que quedan después de la primera división.
—Dinero. Al final todo se reduce a dinero.
—El dinero no es lo importante, señor Loyd. En cualquier caso, no lo es para nosotros. Lo que sucede es que ellos lo tienen y no se lo merecen, así que tienen que dárselo a alguien que lo necesite, por eso imponemos también esa condición. Además, lo tienen que hacer mediante cheques. Tenemos que ver los cheques confirmados como prueba de que todo se ha hecho tal como hemos pedido. La lista que les llegará por correo explicará cómo debe hacerse.
—¿Y no recibirán al Pequeño Paul hasta que se hayan cobrado todos esos cheques? — pregunté con incredulidad.
—No lo volverán a ver hasta que no se hayan separado y anulado su impío matrimonio, y hasta que hayan vivido separados el tiempo suficiente como para demostrarnos que realmente lo han hecho así.
—Craig, ¿en cuánto tiempo estás pensando? ¿Durante cuánto tiempo pensáis retener al Pequeño Paul? En los términos que planteas no hay negociación. Para vosotros, todo parece estar muy claro, pero para Ruth-Claire y Adán es una verdadera pesadilla. Y si viven separados cuando liberéis al pequeño, ¿a quién de los dos se lo vais a entregar?
—A su ex esposa, señor Loyd, naturalmente. El negrilino no tiene ningún derecho en todo esto.
—Pero ¿cuánto tiempo, Craig? ¡Juega limpio con nosotros, maldita sea!
—Lo sabrán cuando lo hagamos, ¿no le parece?
Y tras decir esto, colgó. El altavoz del amplificador emitía el tono de marcar. No había forma de averiguar de dónde procedía la llamada. La habían pasado a través del sistema de conmutación telefónica del hospital. Así pues, Craig Puddicombe y Nancy Teavers, con el P. P. bajo su dudoso cuidado, habían vuelto a hundirse en el casi impenetrable anonimato de una gran zona metropolitana con casi cuatro millones de habitantes. Si es que no habían hecho la llamada desde Alabama, Tennessee, Florida o cualquiera de las dos Carolinas. Y aunque se encontraran en la gran zona metropolitana de Atlanta, disponían de más de ciento sesenta kilómetros cuadrados de laberíntico territorio en el que poder ocultarse.
Adán se dejó caer débilmente sobre la silla que había ante la mesa de despacho. Su voz, cuando habló, fue una serie de graznidos agónicos:
—Desearía que Ruth-Claire hubiera dejado que McElroy lo bautizara.
Adán decidió abandonar el hospital Emory. Mientras yo llamaba por teléfono a Ruth-Claire, se vistió, preparó una maleta y afrontó a la aturdida enfermera del turno de noche, con
una dolorosa repetición de las palabras «Adiós, adiós. Marcho ahora». Durante esta * confrontación, mantuvo en todo momento el digno decoro de un chargé d'affaires * japonés. Cuando colgué el teléfono, la enfermera hizo una llamada apresurada a uno de los médicos de Adán, que al principio se opuso coléricamente a nuestros planes de abandonar el hospital a aquellas horas. Sin embargo, tras hablar brevemente conmigo dio finalmente su consentimiento de mala gana, y los ordenanzas que habían sido llamados para impedirnos a Adán y a mí tomar el ascensor hacia la libertad, terminaron por retirarse.
Luego la enfermera nos acompañó abajo, y le recordó a Adán que no comiera nada más que papillas hasta que el doctor Ruggiero lo hubiera vuelto a examinar, y le comunicó también que no sería capaz de comunicarse tan bien como deseaba hasta que no hubiera pasado por la programada logoterapia.
Unos pocos minutos más tarde, en casa de los Montaraz, Ruth-Claire corrió a abrazar a Adán. Yo permanecí al otro lado de la estancia que conectaba la cocina con el gran estudio de la planta baja. Los otros tres hombres presentes eran Bilker Moody y los dos mismos agentes de la Oficina de Investigación de Georgia que nos habían conducido a Ruth-Claire y a mí hasta la propiedad de Snyder, al día siguiente de nuestro secuestro del West Bank, Niedrach y Davison; entonces no recordé sus nombres. Llevaban mediocres trajes negros de hombres de negocios, de algodón ligero, casi como si hubieran salido juntos de compras y hubieran elegido la vestimenta de la misma estantería. Sin embargo, Davison mostraba una camisa deportiva beige por debajo de la chaqueta, mientras que Niedrach llevaba como única característica personal una corbata roja y un cinturón rojo de lona en cuya hebilla relucía, estampada en relieve, la cabeza de la mascota de la Universidad de Georgia, un bulldog mascando el cráneo de un estudiante de primer año.
La opinión que los dos agentes le merecían a Bilker se patentizaba por la curvatura sardónica de su labio superior.
Finalmente, Adán y Ruth-Claire se separaron, y ella nos volvió a presentar a todos, con expresión distraída. Le entregué a Niedrach el casette en el que había grabado las exigencias del rescate planteadas por Craig. Alguien trajo un magnetofón, y los agentes se sentaron cerca para escuchar la cinta. Bilker se retiró al bar, Adán paseaba de un lado a otro, y Ruth-Claire se sentó en el brazo del sofá, al lado de Niedrach. Yo me acuclillé frente al sofá, al otro lado de la mesita de mármol.
«No deseamos dinero. No ejercemos violencia. Lo que queremos es lo que es justo. Pueden pensar que nos hemos llevado al niño porque…»
*chargé d’affaires: en francés, Encargado de Asuntos, puesto protocolar. (Nota del corrector)
Una vez que hubieron terminado de escucharla, Niedrach dijo:
—Es el conjunto de exigencias más absurdas que he oído jamás. Absolutamente las más absurdas.
Sentado fantasmalmente en uno de los taburetes de cuero blanco, ante el mostrador carmesí del bar de los Montaraz, Bilker dijo, arrastrando las palabras:
—La verdadera razón de su estupefacción es que esto ya no es un secuestro.
Niedrach enarcó las cejas.
—¿Ah, no? ¿Qué es entonces? ¿Una negociación de droga?
—Una situación de toma de rehenes.
—Toda víctima de un secuestro es un rehén —replicó el agente, con todo el tacto que pudo—. Eso es tautológico.
—Sí, lógico porque se le ha enseñado a pensar así. Pero una situación de toma de rehenes es diferente a un secuestro. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que el dinero no es la prioridad principal. Aquí se trata de satisfacer algún extraño objetivo político o ideológico por medio de amenazas terroristas.
—Nos ha dicho que no mataría a Paulie —dijo Ruth-Claire.
Bilker se removió en el taburete giratorio, primero a un lado y luego al otro. Debido a su corpulencia, casi esperé que las patas del taburete se desenroscaran y se desmoronaran sobre el suelo.
—Sí, bueno, Puddicombe es más frío que cualquier secuestrador porque sabe que tiene de su parte al gran Jehová blanco, el asaltador de negros. Por eso correrá más riesgos de los que correría cualquier secuestrador. Si se le presiona, aumentará las apuestas.
—La apuesta por la que juega aquí es la venganza —dije.
—Es posible. Pero lo consigue al hacernos bailar al son de su violín, y no esquilmando las cuentas bancarias de los Montaraz.
—¿De veras? —dijo Niedrach.
—Será mejor que bailemos al son de su violín o, al menos, que aparentemos hacerlo así. De otro modo, y le ruego que me disculpe por ello, señora Montaraz, se librará de su rehén.
—¿Cómo sabe usted tanto de esto? —preguntó Davison.
—Quizá porque veo todos los días las noticias de la CBS.
Niedrach se levantó y hundió las manos en los bolsillos.
—Creo que el argumento del señor Moody es correcto. Ahora que sabemos que es un secuestro, o una situación de toma de rehenes que afecta a una víctima secuestrada, el FBI se hará cargo de la principal responsabilidad por solucionar el caso. Tenemos que ponernos en contacto con ellos.
—Pero usted y el señor Davison ya han pasado con nosotros por algo similar —dijo Ruth-Claire—. El FBI no les apartará del todo del caso, ¿verdad?
—Espero que no. Intentaré dejar bien claro ese punto, señora Montaraz, al menos a la hora de contarles lo ocurrido hasta el momento. Mientras tanto, sin embargo, creo que lo más sensato es que Adán…, quiero decir, el señor Montaraz, se instale a vivir en otra parte. Para dar las apariencias de que se cumplen todas las exigencias de esos enfermos. Porque el señor Moody tiene mucha razón en eso.
Bilker dejó de dar vueltas en su taburete, casi molesto por haber encontrado un aliado allí donde sólo creía ver a un quisquilloso burócrata.
—No puedo creer que Nancy permita que algo le suceda a Paulie —dijo Ruth-Claire—. Eso es irreal.
—Es posible que ella corra tanto peligro como su hijo, señora —observó Niedrach.
Así pues, se decidió que Adán se trasladaría a vivir fuera de la casa de la calle Hurt. Niedrach se pondría en contacto con una secretaria en las oficinas estatales del departamento de investigación para que telefoneara a los periódicos de Atlanta y les diera una noticia anónima acerca del deterioro de las relaciones matrimoniales de los Montaraz. Afirmaría ser una vecina que conocía sus problemas de primera mano, y añadiría una confidencia de Ruth-Claire en el sentido de que su esposo acababa de mostrarse de acuerdo en solicitar una separación judicial, que exigía su partida inmediata del hogar familiar. A continuación, Ruth-Claire concedería una entrevista en la que omitiría cualquier alusión al secuestro, y confirmaría sucintamente la historia de la separación contada por la vecina anónima.
—Pero una separación, ¿por qué motivos? —preguntó Ruth-Claire.
—Cualquier cosa que se le ocurra y que no le parezca demasiado indecorosa —contestó Niedrach.
Adán intentó hablar, pero su crujiente voz de computadora no quiso cooperar con él. Volvió a utilizar el lenguaje de los signos y Ruth-Claire los interpretó para el resto de nosotros.
—Incompatibilidad en las carreras —dijo—. Hemos discutido acerca de los planes artísticos de Adán. Yo deseo que él siga pintando, pero él quiere ingresar… —se esforzó por interpretar correctamente sus gestos— en la escuela Candler de teología, en Emory. Desea estudiar y obtener la licenciatura en estudios teológicos. Debo decirles a los periodistas que Adán quiere profundizar en las cuestiones relacionadas con Dios.
—Eso es estupendo —dijo Niedrach—. Es muy inspirado.
Davison arrugó el puente de la nariz.
—¿Un habilino como fanático religioso?
Sí. Aparentemente sí. El fondo de la estratagema, naturalmente, era que Craig se enterara de que Ruth-Claire y Adán habían dejado de vivir juntos. El hecho de que la historia se publicara en los periódicos aseguraría que también encontraría espacio en los programas de noticias de la televisión local, que Craig vería sin duda alguna para enterarse de los recientes asaltos, violaciones, cambios de nombre de las calles, disputas municipales y viajes del alcalde al extranjero.
—¿Qué posibilidades existen de que la televisión y los periódicos lleguen a enterarse del secuestro? —preguntó Bilker.
—Un cierto revuelo en un lugar como Perturbaciones Sinusoidales puede considerarse como algo normal —contestó Davison—. Por el momento, no tenemos que preocuparnos por ese lado.
—Quizá el propio Puddicombe se encargue de difundir la noticia —comentó Niedrach—. La publicidad no le preocupa, y hasta es posible que le guste. De todas maneras, si se filtra la noticia, el chico no estará en mayor o menor peligro de lo que está ahora.
¿A dónde iba a trasladarse Adán? Reflexionamos sobre las opciones. Necesitaba un lugar donde cobijarse que le ofreciera cierta intimidad, al mismo tiempo que le permitiera mantenerse a cierta distancia del ajetreo urbano de Atlanta. ¿Qué lugar sería el mejor para eso? ¿Una casa en Alpharetta? ¿Una casita junto al lago en el condado de Cherokee? ¿El monasterio de Conyers?
—Que se venga conmigo a la granja Paraíso —sugerí yo.
—¿No lo vería Craig con recelo? —preguntó Ruth-Claire—. Eres mi ex esposo, y también el padrino de Paulie.
—Seríamos como dos marginados que se consuelan mutuamente —dije—. Es este matrimonio lo que lo altera, no el hecho de que los blancos y los negros convivan.
—¿Y cómo deja eso a nuestra cobertura sobre su decisión de asistir a la escuela Candler de teología?
Adán volvió a hacer señas, y Ruth-Claire dijo:
—Ahora es demasiado tarde para matricularse en el curso de verano del seminario. Además, el semestre otoñal no empieza oficialmente hasta el último lunes de agosto.
—Así pues, se mantiene la coartada —dijo Niedrach—. Lléveselo con usted, señor Loyd. En el condado de Hothlepoya tenemos a un agente encargado de investigar el ambiente de la droga allí; puede actuar como intermediario para transmitir información entre nosotros y ustedes. Así que adelante.
—¿Cuándo?
—En cuanto él esté preparado para marcharse. Ahora mismo, si fuera posible.
Ruth-Claire y Adán subieron juntos al piso de arriba para preparar sus cosas y, desde luego, para despedirse. Bilker y los agentes, discretamente desconcertados por este giro de los acontecimientos, permanecieron sentados en la cocina, tomando café y compartiendo historias acerca de sus experiencias como guardaespaldas y policías.
—Volveré dentro de una hora —les informé.
Davison, que había colgado la tenue chaqueta negra sobre el respaldo de la silla, balbuceó:
—¿Una hora? ¿A dónde demonios cree que va?
—A despedirme de alguien.
Conduje hasta el apartamento de Caroline, no en su pequeño escarabajo azul, sino en mi gran Mercedes plateado. Cuando llegué eran las 9,37 de la mañana, estaba ojeroso, me sentía acobardado y ansiosamente consciente del plazo que yo mismo me había impuesto. ¿Una hora? Ahora ya sólo me quedaban cuarenta y seis minutos. Quizá necesitara todo ese tiempo para convencer a mi desventurado equipo generativo que todavía podía fingir el tener derecho a ese título. Quizá tardara mucho más tiempo en convencer a la encantadora Caroline de que me permitiera convencer a mi equipo. ¿Acaso no estaba suponiendo demasiadas cosas?
Avancé tambaleante por el camino que conducía al edificio, y me sentí como si me moviera con un par de pantalones cortos de estaño. Me picaba. No había dormido en toda la noche. Mi cerdosa barba parecía estar infestada de motas de serrín que trataran de introducirse en cada folículo. ¿A quién intentaba engañar? No tenía la menor oportunidad con esta mujer.
Cuarenta y cuatro minutos.
Al final, abrazado contra la puerta, me apoyé con un agudo codo y todo mi patético anhelo sobre el diminuto botón que hizo sonar el timbre de la puerta. Su querido y melodioso timbre. Desde el interior del apartamento llegaban las ocho notas iniciales del tema de Tara, de Lo que el viento se llevó. Sonaron una y otra vez porque yo me sentía demasiado agotado como para volver a pulsar el timbre.
Cuarenta y tres minutos.
—¿Quién es? —gritó finalmente la voz de Caroline.
—Yo.
Abrió la puerta los ocho centímetros permitidos por la cadena de seguridad.
—¿Qué quieres?
—Una charla amistosa.
—¿Ha ocurrido algo? ¿Han encontrado a Paulie?
Cuadré los hombros y traté de alquimizar mi debilitado aplomo para transformarlo en una preocupada sobriedad.
—Escucha, Caroline, si permitieras…
—Ese no es mi coche —interrumpió ella, luego de mirar por encima de mi hombro—. ¿Cómo voy a recuperar mi coche? —sacudió la cabeza—. ¡Maldita sea! Eso no es importante, ¿verdad? Lo importante es Paulie. Todavía estoy medio dormida.
—Si me dejaras entrar, te contaría todo lo que…
Ella corrió la cadena. La puerta se abrió y apareció de pie ante mí, contra un fondo de posters de Broadway enmarcados, jarrones de porcelana con flores y por lo menos dos paragüeros de cobre. El ambiente frío del aire acondicionado me hizo estremecer. En cuanto a Caroline, llevaba un batín amarillo que parecía estar hecho de una capa tras otra de un material cada vez más pálido. Se veía y olía como la semidiosa de un fragante campo de trigo.
—Tendrás que hablar primero conmigo —me dijo—. Tendrás que ducharte. Tendrás que desayunar conmigo.
—Cuarenta y un minutos —dije—. Sólo dispongo de cuarenta y un minutos.
—Escucha, señor Loyd, hay un reloj en todas las habitaciones, excepto en el cuarto de baño. Por lo que a mí se refiere, puedes colgar tu reloj de pulsera en la pera de la ducha. Pero si aún te queda algo de sentido común, te olvidarás por completo de tus estúpidos cuarenta y un minutos y dejarás el reloj en el fondo de uno de tus zapatos.
Me arrancó del umbral de la puerta y, tras cerrarla, me encontré en la actividad de la bahía del Encuentro, en el interior de su apartamento. Tal como se desarrollaron las cosas, dejé mi Elgin en el fondo de uno de los zapatos y me olvidé deliberadamente de él.
Pasé con Caroline más de cuarenta y un minutos. Pasé más de ochenta y dos minutos con Caroline. De hecho, no regresé a la calle Hurt hasta bastante después de dos horas de mi partida, pero ni Bilker ni los agentes tuvieron valor para reprenderme porque aparecí acompañado por la propia Caroline, vestida con unos viejos vaqueros y un suéter de color amarillo brillante. Al fin y al cabo, ella tenía que recoger su Volkswagen; además, como testigo del delito, deseaba poner al corriente a Niedrach y a Davison de cómo habían sucedido las cosas desde su punto de vista. ¿Acaso no se habrían puesto en contacto con ella, de todos modos? Admitieron que así lo habrían hecho.
—Además —dije—, quizá Ruth-Claire aprecie el hecho de tener cerca a otra mujer, al menos por hoy. No va a ser fácil para ella una vez que Adán se haya marchado y sólo le quede el hombro de Bilker para llorar.
Bilker lanzó un bufido, más de acuerdo que de indignación.
Cuando los Montaraz bajaron la escalera, Ruth-Claire y Caroline se abrazaron como dos hermanas que no se hubieran visto en mucho tiempo y se hubieran reunido milagrosamente.
Mientras tanto, Adán y yo trasladamos sus pertenencias a mi coche y nos dispusimos a emprender el viaje a Beulah Fork. Bilker nos echó una mano. A pesar de su buen diseño, la parte trasera del Mercedes empezó a hundirse: Adán había insistido en añadir a su propio equipaje por lo menos tres docenas de los cuadros más recientes de Ruth-Claire. Aunque bastante pequeños, estos lienzos todavía se hallaban sujetos a sus marcos, y Bilker y yo tuvimos que esforzarnos para introducirlos en el portaequipajes, entre las maletas y las cajas de cartón.
—Adán, ¿por qué te llevas todas estas pinturas? ―pregunté.
—Recuerdos —gargarizó.
Puesto que le resultaba doloroso hablar, no le hice más preguntas; pero se me ocurrió pensar que se preparaba para una prolongada separación de Ruth-Claire. No se trataba, sin embargo, de rendirse a la desesperación, sino de un acto de fe. Si él y su esposa querían volver a reunirse con su hijo, tendrían que acceder y, desde luego, soportar las estipulaciones de los secuestradores. Con un poco de suerte, los hombres de la Oficina de Investigación de Georgia lograrían resolver el caso…, pero no había garantías.
Estas pinturas, sin embargo ―los oscuros acrílicos que ella, esperanzadamente, había titulado Almas―, seguían pareciéndome lo menos notable del trabajo realizado por Ruth-Claire en toda su carrera. Eran estrepitosas mediocridades. Sólo un esposo canijo podría sentir afecto por ellas. Me rasqué la cabeza. Adán no era realmente un tipo canijo, pero me resultaba realmente extraño el cariño que tenía por esa serie, sobre todo cuando podría haber tomado mejores ejemplos del arte de su esposa para llevárselos como «recuerdos».
Partimos de Atlanta poco después del mediodía. Durante el viaje hacia el sur, Adán se dedicó a leer. Tenía a sus pies un montón de libros en rústica, sobre el piso del coche, y aproximadamente cada quince minutos tomaba uno y lo hojeaba un poco antes de tomar el siguiente. ¿Existe Dios? y ¿Vida eterna?, de Hans Küng; Dios y los astrónomos, de Robert Jastrow; Dios y la nueva física, de Paul Davies; Los maestros danzantes Wu Li, de Gary Zukav; El reencantamiento del mundo, de Morris Berman; Mente y naturaleza, de Gregory Bateson, y una antología titulada El yo de la mente, de un par de editores cuyos nombres no pude leer. Y no sé cuántas cosas más. Tuve la impresión de que Adán revisaba estos textos y comprobaba pasajes que había subrayado en lecturas anteriores, antes que enfrascarse por completo en cada volumen por primera vez, pero hasta esa formidable hazaña intelectual tenía sus aspectos intimidantes. Mantuve la boca cerrada, por respeto a la actividad de mi pasajero.
Ya en la granja Paraíso, descargué el coche y finalmente rompí mi voto de silencio.
—Adán, ¿recuerdas la historia que le dijiste a Ruth-Claire que contara a los periodistas acerca de las razones de vuestra separación? —enarcó las cejas—. ¿La de entrar en un seminario en otoño?
—¿Sí? —graznó.
—Esa supuesta historia ficticia se te ocurrió demasiado rápidamente. Me preguntaba si…, bueno, si podría tratarse de algo que realmente te gustaría hacer.
—Oh, sí —consiguió decir—. He pensado en ello.
Livia George, Hazel Upchurch y nuestra última y menuda camarera ―recién salida del primer curso de la facultad en Tocqueville― no saltaron precisamente de alegría ante mi regreso. Sólo una hora antes, un autobús turístico procedente de los Jardines Muscadine había depositado a cuarenta personas ante la puerta principal del West Bank. Esa gente había descendido como una bandada de cuervos, comido una docena diferente de menús, dejado una escuálida propina colectiva y marchado en su autobús con un brusco petardeo del tubo de escape.
—¿Les serviste los sustitutos que deseaban?
Livia George se había dejado caer sobre una silla, con las piernas abiertas, cerca de la caja registradora.
—¿No lo hago siempre, señor Paul?
—¿Todo el mundo fue bien atendido?
Me dirigió una mirada nauseabunda.
—Le hemos hecho ganar buen dinero, y eso es lo que hemos estado haciendo durante todo este tiempo. Usted parece alguien que llega corriendo a apagar un fuego cuando ya se ha quemado toda la casa.
—Liwy, se te ocurren las cosas más dulces.
—¿Cómo está el señor Adán? —preguntó bruscamente, al tiempo que se enderezaba y se limpiaba el sudor de la frente—. ¿Cómo está la señorita Ruth-Claire?
—Bien —mentí—. Muy bien.
Dije algo sobre el éxito aparente de la operación de Adán pero, aparte de esa verdad parcial, no pude ir más allá. Para impedir que se siguiera tocando el tema, ayudé a limpiar el restaurante y luego me quedé a la espera de la clientela de la tarde, que empezaría a llegar a partir de las cinco. Las facturaciones del día fueron estimulantes, y finalmente conduje a Livia George a su casa sin mencionarle siquiera que tenía un huésped en la mía.
A la mañana siguiente, algo más cerca del mediodía que de la salida del sol, me despertó el sonido de la televisión encendida en la planta baja.
Me anudé el batín de tela de toalla alrededor de la cintura y bajé tambaleante los escalones, descalzo, para encontrarme a Adán, con las piernas cruzadas sobre el suelo, rodeado por hojas del Journal-Constitution dominical; en la pantalla, parpadeantes imágenes mal definidas, de color violeta y magenta, de la emisora RCAXL-100, correspondientes a la emisión de «Obsequio del gran evangelio» de “Happy” McElroy.
—Esta es mi historia, ésta es mi canción —cantaba el coro de cien miembros por detrás de McElroy—. ¡Alabar todo el día a mi Salvador!
Los planos del coro se intercalaban con amplias vistas de la congregación de fieles en el enorme Centro teleevangelista de McElroy en Rehoboth, Louisiana. Esa inmensa estructura de contrafuertes barrocos había sido pagada mediante contribuciones de cuatro a cinco dólares de cientos de miles de suscriptores de bajos ingresos a las guías doctrinales de la Gran Congregación Cristiana de América, Inc. A pesar de los tonos ocre del tubo de rayos catódicos de mi televisor, pude ver con toda claridad que al servicio asistían más almas ―embelesadas― que las que razonablemente cabría esperar en el Omni durante un partido de baloncesto de los Atlanta Hawks. ¿Siete mil personas? ¿Diez mil? Fueran las que fuesen, tenían que haber convergido sobre Rehoboth procedentes de cada ciudad y villorio de la costa del Golfo, sin excluir Baton Rouge, Nueva Orleans, Biloxi y Mobile. Aquel bendito lugar estaba atestado.
—Ah —exclamé—. Tu programa favorito.
Adán ya se había vestido: unos ligeros pantalones cortos de color marrón y una camiseta de color naranja que anunciaba los placeres de la calle River, en Savannah. Me tendió una sección del periódico titulada «Las artes».
—Primera página —gruñó, aunque, casi de la noche a la mañana, su habla se había hecho más clara y fluida.
Obedecí. Lo que apareció ante mis ojos en la página interior fue el siguiente titular:
MATRIMONIO DE FAMOSOS ARTISTAS DE ATLANTA EN PELIGRO COMO
RESULTADO DE LA DECISIÓN DEL HABILINO DE ASISTIR AL SEMINARIO
Junto a un breve artículo se publicaba una fotografía de archivo de Adán y Ruth-Claire correspondiente a «mejores tiempos»; más concretamente, a la inauguración de su exposición en Abraxas, en el mes de febrero. Mi propio rostro era un borrón de puntos entre otros rostros mal definidos situados al fondo.
—Esto ha sido rápido, ¿verdad?
Leí la historia. Citaba a Ruth-Claire, según la cual el efecto que había tenido la decisión de Adán de buscar la realización espiritual, le había dejado muy poco tiempo para el Pequeño Paul o para ella. Le seguía amando; sin embargo, ese mismo amor le impedía negarle lo que él más deseaba, la oportunidad de estudiar en Candler sin la carga de una esposa exigente y un niño. Ella misma le había apoyado en su búsqueda de una licenciatura teológica, pero lo único que él deseaba era la más completa libertad respecto de sus obligaciones familiares. Ningún ser contemporáneo comprendía del todo la mentalidad del habilino pero, en algunos aspectos, la perspectiva de Adán era la de un ascético medieval que hubiera sido llamado al sacerdocio. Si ella no se hubiera cruzado con él en su recorrido hacia el norte, a través de Georgia, hacía ya casi dos años, casi con toda seguridad habría descubierto sus inclinaciones espirituales antes de contraer matrimonio.
—No dice —gruñó Adán— que «casi con toda seguridad» habría seguido siendo un animal desnudo.
—No importa. Sigues pareciendo el trasero de un caballo, Adán. ¿Qué clase de hombre abandona a su esposa y a su hijo para empezar una carrera de estudios religiosos? ¡Jesús!
—No me importa lo que parezca. Son personas que no me conocen.
—¿Sólo pretendes recuperar a Paulie?
—Sí.
En el «Obsequio del gran evangelio» McElroy se había lanzado a un sermón, y las palabras brotaban como las olas de la costa del Golfo en temporada de huracanes: poderosas, peligrosas, incansables. Naturalmente, también estaba presente la sempiterna imagen insertada de la vivaz mujer que interpretaba el sermón para los espectadores mudos del programa, cuyas manos volaban ante ella como gaviotas hambrientas.
De repente, sin embargo, McElroy mostró una copia de la misma sección del periódico de Atlanta que yo tenía ahora en las manos.
—… un continuo asalto sobre la familia americana —tronó, al tiempo que agitaba el periódico ante su congregación—. Había tenido la intención de pedir disculpas esta misma mañana por haberme excedido en mi celo durante el pasado verano, al castigar a la antigua Ruth-Claire Loyd por vivir en el pecado con una criatura masculina que no era su esposo. Bien, ahora ya es bien evidente para todos que esa criatura es un hombre. De hecho, él y la señorita Ruth-Claire ya eran marido y mujer en el momento de su aparente cohabitación ilícita. Siendo eso así, se merecían una disculpa por mi parte. Esta misma pasada semana visité a Adán Montaraz en un hospital de Atlanta, coloqué mis manos sobre su cabeza y lo bauticé en la gloria eterna y en la siempre gloriosa comunión del Cuerpo de Cristo. Decid amén.
Todos los presentes en el centro teleevangelista rugieron: «¡Amén!».
—Y al mismo tiempo que aliviaba mi espíritu de esta carga de culpabilidad y pena por los dos Montaraz, les pedí que me perdonaran en el grande y gracioso Nombre de Jesucristo. ¿Me perdonaron ellos? Creí que sí lo habían hecho, y me marché de esa ciudad con la convicción de que allí quedaban dos seres humanos justos, libres del pecado y la desesperación por su fe en Dios y por la humilde devoción que se profesaban mutuamente.
—¡Loado sea el Señor! —gritó un miembro del público.
—¿Y qué leo esta mañana? Que esa misma pareja, tan preocupada y cariñosa hace apenas cinco días, se ha rendido ahora a la epidemia de rompimiento de relaciones que asuela nuestro país como la peste que en otros tiempos asoló Europa. Esta historia me ha herido cruelmente, porque Ruth-Claire Montaraz ha roto su matrimonio por la más increíble de las razones. ¿Y cuál es esa razón, hermanos y hermanas? Nada más terrible que el deseo de su esposo de… estudiar para el ministerio religioso.
Un gruñido colectivo surgió de la congregación.
Adán se levantó del suelo de un salto y apretó el botón que apagaba el televisor.
—Ese hijo de puta… —articuló.
—Ruth-Claire no le permitió que bautizara al P. P. Se muestra resentido por ello, Adán. Trata de revolverse contra ella.
—Ha leído mal la historia. ¿No sabe… leer? Soy yo el que abandona a la familia.
—Adán, todo esto es fingido. Todo lo que hay en esa historia es falso.
Mi amigo hizo un esfuerzo por explicarse.
—Pero tampoco ha leído bien lo falso. Una persona que realiza estudios teológicos…, no solamente se prepara para el ministerio religioso. Sólo es el título de un laico. El señor McElroy debería saber eso.
—Ruth-Claire lo dejó plantado a él. Eso es todo lo que sabe.
—¿Y por eso ennegrece su nombre desde el púlpito? ¿Delante de tantos espectadores? ¿Es eso lo que hace? —Adán dejó de pasearse de un lado a otro, se frotó la mandíbula inferior y señaló hacia el televisor con un huesudo dedo—. Dwight “Happy” McElroy, eres un… desagradable… hijo de puta.
Tranquilicé a Adán y lo llevé a la cocina donde, recordando las órdenes del doctor Ruggiero, le preparé un plato de blandos huevos revueltos y otro de papilla de avena. Adán comió con voracidad: se zampó los huevos antes de hundir la cuchara en la todavía humeante papilla de avena salpicada de canela.
El West Bank cerraba los domingos, no tanto en honor del sabbath como para reconocer las inclinaciones de las gentes de la ciudad que lo honraban. Y, como Dios, yo tampoco me oponía a veinticuatro horas de descanso cada siete días. Esa tarde Adán y yo nos entretuvimos preparando una especie de exposición artesanal de los cuadros de Ruth-Claire titulados Almas, que colgamos en su viejo estudio. Los organizamos en cinco grupos de siete lienzos cada uno, y asignamos escrupulosamente diferentes fondos de color y de marcos a cada uno de los grupos; después los colgamos en las paredes o los dejamos apoyados sobre estanterías o mesas, donde pudieran ser mejor vistos.
El sol ―el cálido sol de la tarde― entraba por las polvorientas persianas en rayas acebradas de mermelada y sombra. Luego, cuando subí las persianas, la luz inundó todo el estudio. Un polvillo minúsculo bailoteaba por la habitación y las posiciones en que habíamos colocado los lienzos, junto con los enérgicos rayos solares que lo inundaban todo, los transformaron de lúgubres errores sujetos a la tierra en afirmaciones extrañamente espectaculares del talento de su creadora.
—¡Dios mío! —exclamé.
Adán señaló un lienzo, y luego otro, y otro, animándome a observar cómo los acabados que una vez me parecieron planos y monolíticos adquirían ahora profundidad y complejidad. Bajo los mudos pasteles había elocuentes pautas de forma y línea, comentarios iridiscentes sobre las superficies que antes me habían parecido corrientes y en las que ahora estaban embebidos.
—Jamás había visto una cosa así antes. Es difícil de creer.
—Lo sé —asintió Adán.
—¿Es así como tú los has visto siempre?
—Claro que no.
—Pero del otro modo…, del otro modo, Adán, son inexcusablemente feos, como algo que difícilmente valiera la pena conservar.
—A veces pueden parecer así. Incluso he oído a Ruth-Claire confesar lo mismo.
—¿El deseo de desprenderse de ellos? ¿De destruirlos?
—Sí, pero sólo cuando ha llegado… más allá de ellos.
Por encima de la granja Paraíso unas nubes de verano se desplazaban soñadoramente desde el oeste, montadas unas sobre otras como amorosas ovejas. La luz del estudio cambió, como si alguien hubiera corrido una gasa bajo el sol.
—Han quedado arruinados —dije, refiriéndome a los cuadros—. Han vuelto a la normalidad.
Adán me dirigió una mirada inescrutable. Luego, me dio unas palmaditas tranquilizadoras en la espalda. No tengas miedo, señor Paul.
Una breve gloria dorada penetró por entre las nubes de verano. Sólo un poco menos brillante que antes, la luz del sol se desplazó por el estudio. Miré de nuevo los cuadros de Ruth-Claire. No había nada que hacer. El cambio infinitesimal de la luz les había privado de algún modo de su magia. Y por mucho que lo volví a intentar durante el transcurso de los días siguientes, ya no pude volver a entrar en el estudio en un momento en que la luz descendiera con el ángulo necesario y la intensidad cromática suficientes como para que los lienzos volvieran de nuevo a la vida.
El lunes por la mañana Adán y yo tratamos de ocultarnos mutuamente nuestras sensaciones individuales de expectación. Se suponía que hoy recibiría Ruth-Claire una carta de Craig en la que éste estipularía los grupos, instituciones de caridad y organizaciones políticas a las que deseaba que los Montaraz enviaran sus cheques en pago por el rescate.
A las diez y media empecé a prepararme para conducir a la ciudad y atender mi negocio al mediodía. Me dije a mí mismo que Niedrach debería haber llamado, pero retiré inmediatamente ese pensamiento, al dudar de la seguridad de las líneas telefónicas de Beulah Fork. Craig no tenía por qué saber a dónde se había marchado Adán; sólo tenía que saber que se había marchado de la gran casa con cúpula de la calle Hurt.
En cuanto a Adán, caminaba descalzo por entre la arboleda de pacanas, tristemente entregado a sus reflexiones sobre las desgracias que habían caído sobre ellos. Me dirigí hacia él.
—Si algo sucediera aquí, manténme informado. Llámame al West Bank. Aunque sea Livia George la que conteste al teléfono, no reconocerá tu voz, puesto que nunca la ha escuchado hasta ahora.
Adán no tuvo oportunidad de contestar. Oímos el crujido de un vehículo sobre la gravilla
del camino circular que pasaba por delante de la casa. ¿Quién sería? ¿Amigo, enemigo, o una * insospechada dama Avon *?
—Entra —le dije a Adán—. Comprobaré quién es.
El habilino obedeció. Bajo el calor sofocante de media mañana di la vuelta a la casa, pasé por debajo de la buhardilla del estudio y doblé la esquina justo a tiempo para ver una figura masculina que se disponía a descender de la cabina de un camión de reparto de brillante color violeta. El camión era tan alto sobre sus enormes ruedas que el último paso del hombre fue casi un pequeño salto en paracaídas. Me vio en cuanto aterrizó. Se quedó mirándome fijamente, con un resuelto escepticismo.
—¿Es usted el señor Loyd?
—Eso depende de con quién esté hablando.
Ni perfectamente afeitado ni con barba, ni un Beau Brummell*** ni un vagabundo, el hombre acortó la distancia entre nosotros.
—Un camaleón, ¿eh? Bueno, supongo que yo también lo soy.
Se detuvo a unos cinco pasos de distancia. Su atuendo era el de un trabajador de pulpa de madera: pantalones de color caqui, camisa de trabajo de color azul, zapatos con suela de goma y gorra de béisbol con la coronilla perforada.
―Soy el agente especial Neil Hammond. ¿Podemos entrar?
Aquellas palabras me quitaron un peso de encima. Estreché la mano de Hammond y le indiqué el camino de entrada a la casa, a través del estrecho vestíbulo principal.
Encontramos a Adán sentado en la escalera, con una caja de limpiar zapatos, dedicado a aplicar betún cordobés a las botas de cuero hechas a mano (con tacones realzados) que había llevado en el West Bank el pasado mes de diciembre. Con los pantalones y la camiseta que llevaba, y entregado a esta sencilla tarea, Adán me recordó a un anciano negro abrillantando zapatos en el hotel Ralston de Columbus a principios de los años sesenta. Sentado a media altura de la escalera, nos dirigió un gesto de asentimiento a Hammond y a mí sin dejar de embetunar en ningún momento las punteras y los tacones de las botas. Había cierto aire de
* Alusión a la conocida marca de productos de belleza que visita a domicilio. (Nota del corrector)
*** George Brummell (1778-1840): personaje inglés, apodado Beau (bello, en francés) por su extremada exquisitez y elegancia en el vestir. (Nota del corrector) melancolía en sus expertos movimientos, pero desprovista de toda autoconmiseración.
Hammond y yo lo observamos trabajar durante un momento. El habilino terminó de aplicar el betún, se puso la bota izquierda, tomó un cepillo con el pie derecho desnudo y empezó a frotar la parte interior de la bota con un cómodo movimiento de vaivén que produjo un sonido susurrante en la escalera. Este sonido fue extrañamente suavizante. Adán dio a la bota izquierda un magnífico brillo cordobés y luego se la quitó y repitió el procedimiento a la inversa, tras ponerse la bota derecha y cepillarse con el pie izquierdo. Hammond y yo permanecimos allí, al pie de la escalera, mirándole como hipnotizados.
—Ya está hecho —dijo finalmente Adán.