El eslabón perdido

Belén Morales · Capítulo 2 de 3 · parte 3/8

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El eslabón perdido

Segunda parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.

Como una oleada invisible de miel caliente, una risa meliflua surgió de la habitación de Adán.

—¿Qué demonios ha sido eso? —pregunté—. No será Adán, ¿verdad?

—Tenemos una visita. También vino ayer. Yo lo habría echado de no haber sido porque Adán me pidió antes de la operación que dejara a ese payaso hacernos una visita —Ruth-Claire dejó al Pequeño Paul en el suelo, y el niño entró corriendo en la habitación de su padre —. Ven a ver.

Entramos en la habitación tras el precoz niño, que ya se encontraba entre los brazos del visitante. Adán estaba en la cama, junto a ellos, con el rostro vendado como una momia vuelto hacia la puerta. Un gotero vertía glucosa en su corriente sanguínea.

—Paul Loyd —dijo Ruth-Claire—. Te presento al justo reverendo Dwight McElroy.

Hacía ya bastante tiempo había decidido que todos los evangelistas que salían por la televisión tenían aspecto de parlanchines vendedores de casas móviles. Un tic ocular, o un solo mechón desplazado del cabello cubierto de brillantina eran la única manifestación externa de la manía emocional que mantiene sus motores en marcha. Pero McElroy, al que sólo había visto durante unas pocas y fascinadas semanas en su programa «Obsequio del gran evangelio», no encajaba en absoluto en ese molde. Prematuramente gris (o con un plateado post-pubescente), mostraba el aristocrático porte de un conde europeo. Al mismo tiempo, sin embargo, no tuve el menor problema para vestirlo con el atuendo de un jugador de baloncesto, y colocarlo en la potente posición de delantero de un equipo como los Celtics. Naturalmente, era demasiado viejo para eso, pero parecía estar en muy buena forma: ágil, musculoso, alerta y facialmente eclesial a pesar de su cabello plateado, lacio antes que marchito y reseco.

Con el P. P. en brazos, el líder de la rigurosamente protestante —pero, por lo demás, escrupulosamente no confesional— Gran Congregación Cristiana de América, Inc., se me acercó con la mano tendida. Al sonreírme, el conde dejó entrever la sugerencia de un muchacho campesino que acabara de llegar a la gran ciudad con un traje prestado.

—Llámeme Happy, Paul. Nada de justo reverendo. A veces, eso me saca de quicio.

—A mí también —dijo Ruth-Claire.

Débilmente, estreché la mano que se me ofrecía.

—No soy uno de sus múltiples fans, Happy. Discúlpeme por decírselo así.

—Bueno, yo tampoco soy un pescador de fans, Paul. Sólo un pescador de almas.

—¿Ha picado alguien el anzuelo?

—Siempre hay quienes pican, Paul. Sólo esperan a que se les alimente —conozco esa sensación— Por eso es por lo que intento que los sedales continúen en el agua.

—¿Y luego los saca?

Él sabía que le estaba poniendo un cebo —del mismo modo que los isabelinos colocaban cebos para los osos, no como un pescador sureño que prepara a una lombriz para ensartarla—, pero no se echó a reír estúpidamente, y tampoco se rindió de inmediato a mi mordacidad. Me dirigió una sonrisa comprensiva y con un brazo se colocó al P. P. contra un costado.

—Sí, los saco, pero con la clase de anzuelo que no desgarra, sino que le permite a uno elevarse hacia el sol —volvió a sonreírme, como si quisiera ilustrar el significado de lo que acababa de decir con una exposición de los dientes.

¿Qué estaba haciendo aquí este sujeto? Me volví hacia Ruth-Claire. Hacía poco más de un año la había condenado desde el púlpito como una sodomita del siglo veinte. Había hablado con gran fuerza acerca de dos cuestiones sobre las que, indudablemente, seguía siendo un ignorante absoluto: la teoría de la evolución y la naturaleza exacta de la relación entre Ruth-Claire y Adán. Me pregunté si aquel hombre tendría alguna vergüenza. Para sintetizar mis objeciones ante su presencia, así se lo pregunté.

—Aquí no me siento fuera de lugar, Paul. ¿Por qué? Sucede que, sencillamente, no me es posible odiar al pecador tanto como odio al pecado. En realidad, no odio al pecador, sino que lo amo.

Me di cuenta de que Adán nos observaba. Su mirada le rogaba a Ruth-Claire que disculpara al visitante, a este rico y nacionalmente famoso estúpido por Cristo, a esa misma estupidez particular que tan profundamente la había herido a ella hacía un año.

El P. P. había empezado a agitarse. McElroy lo dejó en el suelo. Luego se incorporó y dijo:

—Según dicen, su esposo es un habilino, señora Montaraz. ¿Qué es exactamente eso, por el amor de Dios? Supongo que desde muchos sitios hubo toda clase de gente que armó un gran revuelo acerca de un mono desnudo surgido de alguna jungla extranjera a la que era difícil llegar. «Representante superviviente de una especie prehumana», dijo uno de ellos. Bueno, no lo creí entonces y no lo creo ahora.

Con un gesto señaló a Adán, postrado bajo la almidonada sábana de hospital.

—Esto no es un habilino. Esto no es un mono. Esto es un hombre. La prueba es que usted se casó con él, señora. Otra prueba más es este don de Dios que ahora tiene sobre la falda. Y a la gente, señora Montaraz, no puedo evitar el amarla. Amo a Adán. La amo a usted. Y también te amo a ti, pequeño. Si el año pasado di la impresión de hacer caer sobre ustedes el fuego del infierno, eso fue porque todavía no les conocía como las exquisitas personas que son.

»También se debió a que supuse, junto con otros millones de personas repartidas por todo el país, exactamente lo que quisieron hacernos suponer la prensa liberal y las cadenas de televisión de amplia audiencia, es decir, que Adán era un mono. Y el único pecado que cometió cualquiera de ustedes es el de una apariencia de impropiedad a los ojos de la prensa y, en consecuencia, a los ojos de algunos de nosotros que, permítame admitirlo, deberíamos haber hecho algo mejor que creer ciegamente lo que se publicaba en la prensa o lo que se nos decía por la televisión. Así pues, les pido disculpas por mis prédicas sobre usted y su esposo, a los que puse como ejemplo de la problemática decadencia moral de este país. Hasta el viejo Happy es un ser humano, señora.

—Eso es algo que no sabía —intervine—. ¿Cómo se sentiría si en lugar de perdonarle lo demandaran?

McElroy me dirigió una molesta mirada de soslayo, pero se recuperó y volvió a importunar a Ruth-Claire.

—Hablo muy en serio en cuanto a lo mucho que lamento todo esto. En el siguiente programa que haga en Rehoboth, bueno, haré una retractación completamente sincera y meticulosa. Será un verdadero placer para mí… —guardó silencio un momento para calibrar el efecto que ejercía su oferta sobre Ruth-Claire y luego prosiguió—. Naturalmente, es también mi deber hacerlo así —y se apresuró a añadir—; pero también constituirá un verdadero placer, eso puedo asegurárselo.

Con gesto de cansancio, Ruth-Claire se quitó el arnés portabebés de la espalda y lo dejó deslizar al suelo, a los pies de la cama de Adán. Luego, cruzó la habitación y se sentó en la silla plegable donde antes había estado sentado McElroy. El P. P. trotó tras de ella; Ruth-Claire lo tomó en sus brazos y empezó a acariciarle la cabeza, con aire ausente.

El evangelista extendió las manos.

—¿Bien? ¿Pueden perdonarme?

—Sería un verdadero placer para mí, señor McElroy, si se limitara a no citarnos ni a Adán ni a mí en su emisión.

—¿Nada más?

—Eso ya sería mucho. Oh, también puede buscarle una silla a Paul. Y otra para usted si es que va a quedarse mucho más tiempo.

McElroy sonrió, giró sobre sus talones y salió a buscar otras dos sillas plegables. Yo avancé hacia el extremo de la cama, agarré los dedos de los pies de mi amigo, sobre la sábana, y se los doblé afectuosamente adelante y atrás. Adán, a su vez, me sonrió con la mirada.

A pesar la sencillez de su tarea, McElroy tardó mucho tiempo en llevarla a cabo. Ruth-Claire aprovechó su ausencia para informarme. El hombre había llegado a Atlanta — específicamente al campus de Emory— por invitación del Instituto para el Evangelismo Mundial, para el seminario teológico Candler. Llevaba en la ciudad tres días, dedicado a hablar ante los estudiantes del seminario y de la facultad en una variedad de lugares, incluida la capilla William R. Cannon, una de las auditorías en White Hall, y el santuario de la Iglesia Metodista Unida Memorial Glenn, en North Decatur Road, frente al pueblo de Emory. Adán había organizado su operación quirúrgica para que coincidiera a propósito con la visita de McElroy. De hecho, le había escrito una carta al evangelista para explicarle el objeto de la operación, y para pedirle que se ocupara de atender a Ruth-Claire durante el delicado procedimiento quirúrgico, al tiempo que solicitaba una visita personal del justo reverendo, una vez que la gente del hospital lo hubiera transferido a su habitación desde la sala de recuperación.

Adán había mejorado sus oportunidades de obtener una respuesta favorable al incluir con la carta una contribución de 250 dólares para el ministerio televisivo de McElroy. También se había ocupado de despertar la curiosidad del hombre —un ejemplo de habilidad suprema y casi conmovedora, teniendo en cuenta el apetito nacional por noticias referentes a la pareja y el niño— al describirle someramente sus propias investigaciones religiosas, que había tenido que realizar sin guía alguna durante los pasados diez meses. Ahora, sin embargo, deseaba obtener un pronunciamiento autorizado sobre su estado espiritual. ¿Poseía o no un alma?

McElroy había contestado que, evidentemente, la poseía. Por otro lado, debía abandonar la idea bíblicamente insana y, en conjunto, destructiva del alma, según la cual pertenecía a una especie prehumana de la que había surgido otra especie prehumana y así sucesivamente. Una creencia que, por estar en contra de la narración directa que se hacía en el Génesis sobre la creación, situaría el alma en grave riesgo mortal. Evidentemente Adán fue sincero al plantear sus preguntas, pero desgraciadamente se equivocó al elegir la dirección seguida por los científicos y tecnócratas actualmente perdidos para Dios. McElroy se sentiría muy privilegiado de poder aconsejarle, incluso de rezar con él, mientras estuviera en el hospital Emory.

—¿Escribió a McElroy? —pregunté con incredulidad—. ¿Le envió dinero?

—Oh, sí, definitivamente. Adán prefiere mantener abiertas sus opciones. Ha escrito cartas al papa, al dalai lama, a los testigos de Jehová, al anciano jefe de los mormones, a dos o tres ayatollas del Irán, y a un par de sacerdotes vudú que expusieron sus obras como artistas en Abraxas el pasado mes de febrero. Si alguien medita, se sacrifica o reza, Adán le escribe. La mayoría de las personas a las que escribe le contestan. Tenemos un álbum para guardar esas cartas; probablemente, pronto necesitaremos otro.

Adán liberó las manos de la sábana y trató de hacer señas. Al concentrar su voluntad, pronto consiguió que los gestos fueran lo bastante claros como para que Ruth-Claire pudiera interpretarlos. Le aconsejaba que abandonara la hostilidad que sentía por McElroy, pues el hombre estaba allí, empleando su valioso tiempo, sólo para afirmar la humanidad de Adán.

McElroy regresó a la habitación con una silla metálica plegable y otra silla con un cojín. Sobre el cojín descansaba un brillante orinal lleno en sus tres cuartas partes de agua, que relucía bajo las luces fluorescentes de la habitación. Consiguió apoyar la silla sin derramar una sola gota de agua del orinal, y me entregó la silla plegable para que yo mismo la desplegara. Luego, con un floreado movimiento, dejó el orinal sobre la bandeja de la comida que colgaba fuera de la cama de Adán.

—Esto es agua destilada —dijo—. La he conseguido en la sala de enfermeras, y es físicamente pura, libre de gérmenes y contaminantes de todo tipo.

—¿Puede decirse lo mismo del orinal? —preguntó Ruth-Claire.

—Oh, sí, señora. Ha estado en un autoclave.

—Bueno…, Adán ya ha sido bañado con una esponja, reverendo McElroy. Yo misma se lo he hecho esta mañana. No hay necesidad de repetirlo ahora.

—¿Ha sido bautizado?

—¿Qué?

—¿Ha recibido el sacramento de la limpieza definitiva? ¿Ha sido lavado en la sangre del cordero?

—¿Con agua de un orinal? —pregunté atónito.

McElroy se echó a reír.

—El Señor y yo nos las arreglamos con lo que hay disponible. Me temo que, al seguir sin bautizar, Adán ha empezado a dudar de la posesión de su alma que, incluso ahora, está en peligro de abandonar a perpetuidad en manos del príncipe de la oscuridad. No puedo permitir eso, señor.

Con las manos sobre los hombros del P. P, Ruth-Claire miró fijamente a McElroy, como si hubiera propuesto duchar a Adán con el fluido de un encendedor.

—Esto es del peor gusto posible —se las arregló para decir al cabo de un momento.

—Es posible que tenga razón, señora Montaraz; quizá sea de mal gusto. En estos tiempos parece que la condena eterna cuenta con el favor del público y es lo que está de moda acatar, pero estoy profundamente convencido de que su esposo no es de los que está de acuerdo con una multitud simplemente porque sea una multitud. ¿Por qué no le pregunta qué es lo que desea?

Al darse cuenta de que McElroy había jugado una carta de triunfo incontestable, Ruth-Claire levantó al Pequeño Paul, se lo colocó sobre el regazo y, aturdidada e incrédula, negó sacudiendo la cabeza.

—En ese caso, yo mismo se lo preguntaré —McElroy miró a Adán desde su altura y preguntó—. ¿Desea usted recibir la santa bendición del bautismo?

Con una mano, Adán hizo un gesto afirmativo.

Ruth-Claire volvió a sacudir la cabeza, incapaz de creer que su esposo pudiera consentir en semejante parodia del rito bautismal, pero le quería demasiado como para prohibirle continuar.

El evangelista cerró los ojos. Le pidió a Dios que purificara todavía más el agua del orinal y luego introdujo las manos en ella, las levantó, goteantes y las acercó a la cabeza de Adán. Espectacularmente, las hizo descender sobre la débil cresta sagital que dividía el cráneo del habilino en hemisferios.

—Lleve cuidado —le advirtió Ruth-Claire—. La mandíbula de Adán está convertida en un rompecabezas. Si le hace daño o hace más lenta su recuperación, le aseguro que…

No sabía qué podía hacerle, pero la advertencia pareció atravesar el devoto trance de McElroy y llegar a sus entendederas. Encorvó los codos, alivió la presión sobre la cabeza de Adán y entonó:

—Adán Montaraz, esposo y padre, por la autoridad que me ha sido investida como ministro ordenado del evangelio, yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

—Amén —repetí yo.

La palabra se me deslizó por entre los labios, supongo que impulsada por un recuerdo inconsciente de mi descuidada educación congregacionista en Tocqueville. Ruth-Claire, que teóricamente era creyente, me dirigió una mirada aviesa.

McElroy se limpió las manos y se volvió hacia ella.

—Quiero que sepa, señora Montaraz, que también he elevado una oración por la pronta recuperación de Adán.

—Gracias.

—¿Qué me dice del guapo muchacho que tenemos aquí?

—¿Qué pasa con él?

—¿Ha sido bautizado?

Ruth-Claire rodeó al P. P. con sus brazos.

—Por el momento, ya ha ejecutado usted todas sus ceremonias. Creo que es hora de que se marche.

—El retraso podría ser un error mortal, señora Montaraz. Podría causarle…

—No creo que corra ningún peligro tan terrible. Los baptistas esperan hasta que tienen doce o trece años, ¿no es así?

—Ustedes no son baptistas, señora. Tampoco lo soy yo. En la Gran Congregación Cristiana abrazamos también a esa confesión, claro, pero mis propios orígenes doctrinales son metodistas. Somos hermano y hermana, señora Montaraz.

Adán hacía señales, débiles pero insistentes.

—No —le contestó Ruth-Claire—. Absolutamente no. Si llega a hacerse, se hará en una iglesia, en presencia de una congregación de fieles, y con un ministro revestido de su vestimenta. Y este insistente caballero, allá en Louisiana, puede contar con que será invitado… —al ver que Adán insistía, ella se puso más vehemente—. Sobrepasas lo que tienes derecho a pedir. No eres el único en esta habitación responsable del bienestar espiritual de tu hijo.

—Existe un mandato bíblico que ordena a las esposas ser… —empezó a decir McElroy.

—¡Vayase al infierno, maldita sea! —le gritó Ruth-Claire, con el P. P. acurrucado bajo el sobaco, mientras Adán mantenía los ojos fuertemente cerrados.

Al igual que yo, el habilino no estaba acostumbrado a oirle un epíteto más fuerte que «¡Demonios!» o «¡Maldición!».

McElroy parecía dispuesto a continuar la discusión, pero en ese momento un hombre grueso y un joven de unos veinte años se detuvieron ante la puerta de la habitación de Adán, y eso distrajo al evangelista. El más joven de los hombres reproducía casi exactamente el físico alto y flaco de McElroy.

—Vamos, papá —dijo—. El doctor Siebert ha venido para acompañarte a tu próxima conferencia, en White.

—Tengo que marcharme —nos dijo McElroy, alegremente—. Adán, mantente en contacto conmigo, ¿me has oído? Ha sido una verdadera alegría para mí santificarte en el dulce nombre de Cristo. Quizá la próxima vez podamos hacer lo mismo con el chico.

—Llévese con usted ese estúpido orinal —dijo Ruth-Claire.

McElroy le dirigió una rápida mirada de incredulidad y cólera. Sin embargo, antes de que pudiera convertirse en algo más fuerte, se volvió hacia su hijo para decirle:

—Toma, llévate la fuente, Duncan. Ya he terminado por hoy con ella.

Duncan McElroy obedeció: retiró el orinal de la bandeja voladiza y la sacó de la habitación como un hombre santo que llevara un perfumado incensario. El evangelista nos dirigió un saludo superficial y luego siguió a Duncan y al doctor Siebert fuera de la habitación, hacia el ascensor y otra sublime sesión con algunos de los estudiantes de teología de Candler. Ruth-Claire, exhausta, empezó a llorar en silencio.

Durante el transcurso de la semana siguiente, Ruth-Claire y yo visitamos a Adán diariamente, turnándonos cuando el otro necesitaba un descanso. Livia George dirigía el restaurante en mi ausencia y por el momento no tenía ningún problema, gracias a Dios. Regresé en un par de ocasiones a Beulah Fork para comprobar cómo iban las cosas, pero su eficiente manejo el negocio hizo que me sintiera allí tan útil como un volante de entrenamiento en un tanque.

Adán mejoraba con rapidez, pero los médicos no le quitaron el soporte plástico de la barbilla y los vendajes que lo mantenían en su sitio, así que todavía se alimentaba por vía intravenosa y hablaba con nosotros mediante signos. También disponía de una máquina de escribir portátil eléctrica que él mismo había aprendido a usar por el método de buscar y pulsar las teclas.

McElroy había regresado a Louisiana al día siguiente del bautismo de Adán, pero una consecuencia imprevista de la ceremonia del orinal fue el frecuente recurso que a partir de entonces hizo el habilino de la oración. La oración del Señor. La oración de san Francisco de Asís que empieza diciendo: «Señor, conviérteme en instrumento de tu paz». Leía cualquier número de salmos del Antiguo Testamento, como el que dice: «Ahora me acuesto a dormir». La oración de Pilatos. La oración del redactor de periódico. Unas pocas y oscuras súplicas orientales, incluidas fórmulas hinduistas, budistas, taoístas y, desde luego, sufíes. Y una pequeña antología de extrañas pero ocasionalmente conmovedoras oraciones rogativas que el propio Adán había escrito.

De hecho, y aunque hubiera aceptado el bautismo en nombre de Cristo Jesús, el ritual de la oración en su habitación de hospital poseía un carácter decididamente ecuménico. He aquí, por ejemplo, una de sus oraciones, escrita con la pequeña máquina de escribir que utñizaba para entablar animados diálogos con nosotros:

Creador, despierto o dormido, vigilante o adormecido, intemporal o sujeto al tiempo,

despierta plenamente a mi grito tan silencioso.

Recuerda a los que murieron hace tiempo que amaron a los animales y a las nubes,

redímelos en tu piadoso pensamiento. Y a aquellos que tropezaron con el canto del espíritu, que rondaron como las hienas, más allá de la luz. Piensa también en ellos, en el centro del fuego, consúmelos como dulce carroña en el cálido amor de tus tripas y tu mente.

Si soy todo animal, oh, Creador, devuélveme mis gruñidos, mis gemidos y ladridos, el

sonido de los himnos de alabanza a los ángeles. No me dejes cantar sólo por mí mismo, sino también por los miles y miles de millones de muertos no bautizados para llevarlos con garras, dientes y colas hacia tumbas ignoradas sin importancia.

Oh, tripas y mente por encima de todo y de todos, escucha mi ruego tan silencioso en

su nombre y elévalos como has elevado a los hombres. Amén.

Después del bautismo, cada visita a la habitación de Adán concluía con una oración. En una ocasión, molesto e impaciente, le pregunté qué creía conseguir con aquel ritual.

Sobre su máquina de escribir portátil, mecanografió: «No hay verdadera religión sin oración».

Eso me hizo cuestionar en voz alta el valor de la religión, verdadera o no, y Adán se esforzó por contestarme también a eso. Finalmente, mecanografió una sola palabra compuesta: «Autodefinición».

Parecía encontrar divertido que el valor de una creencia sistemática en un poder superior tuviera su justificación definitiva en el propio ego. ¿Era eso una contradicción? No, no realmente. ¿Una paradoja? Probablemente sí. Pero, desde luego, si Adán experimentaba una mayor sensación de urgencia en cuando a su relación con Dios que la sentida por la mayoría

de los seres humanos del siglo veinte, la ambigüedad de su estatus vis-a-vis** de Dios y de sus congéneres de dos piernas no hacía sino alimentar esa sensación.

Después de haber leído su oración de «Tripas y mente», le dije:

—Por lo visto, supones que existe una línea rígida que separa a los que tienen alma de los que no la tienen, a los verdaderos seres humanos de los animales humanoides.

Continúa, me indicó con señas.

—Has convertido eso en una proposición: «o esto, o aquello». Pero ¿y si existiera una zona gris donde se produjera la transición?

«¿Cómo el crepúsculo que separa el día de la noche?», escribió.

—Exactamente.

Leí su respuesta por encima del hombro, a medida que la mecanografiaba lentamente: «Entiendo, señor Paul, la base de cómo argumenta aquí. La preocupación sobre qué es un primitivo homínido, si bestia o persona. Pero creo que se necesitan muchas cosas para que una criatura sea humana, y si a una criatura le faltaran sólo una o dos de esas cosas, no creo que

*vis-a-vis: en francés, por lo visto, evidente. (Nota del corrector) sea correcto decir: ¡ajá!, no perteneces a la especie humana».

—Está bien, Adán. Si crees que los seres humanos tienen alma, entonces eso quiere decir que tiene alma cualquiera que esté de este lado, de nuestro lado de la zona de transición. Y eso significa que estás a salvo porque…, bueno, te has reproducido con éxito con una mujer humana.

«No es tan fácil.»

—¿Por qué no?

«Porque una criatura que pase desde la animalidad a la humanidad, en teoría, pasa por una especie de viaje evolutivo susceptible de ser organizado. Pero un alma no se divide. No se rompe. El cambio no se puede derivar de ella. Se tiene una, o no se tiene. Entonces, a lo largo de ese viaje, ¿en qué momento surge Dios de la oscuridad para dar un alma a una de sus criaturas? ¿Qué razón secreta tiene para efectuar este regalo tan misterioso?»

—Si las razones de Dios son secretas, Adán, y si el regalo es misterioso, quizá sea imposible saberlo… e inútil preocuparse por ello. Quizá haríamos mejor en olvidarnos de toda esa estúpida idea de las almas, inmortales o no.

«¿Te parece una forma admirable de vivir el ignorar una cuestión tan difícil, señor Paul?»

—Si no hay preguntas que hacer, si no hay respuestas que dar…

Adán reflexionó sobre mi poco ceremonioso rechazo de sus preocupaciones. Luego, mecanografió: «Para mí, señor Paul, son cuestiones reales». Hizo avanzar la hoja de papel varios espacios y añadió al pie de la página: «Recemos».

Ruth-Claire, que había estado presente durante todo este intercambio verbal y mecanografiado, sacó del bolso un pequeño libro en rústica, El camino de un peregrino — supuestamente escrito por un anónimo campesino ruso del siglo XIX— y empezó a leer en voz alta en su primera página:

—«En el vigesimocuarto domingo después de Pentecostés, acudí a la iglesia para rezar mis oraciones durante la liturgia. Se leyó la primera epístola de san Pablo a los tesalonicenses, y entre otras palabras escuché las siguientes: "Rezad sin pausa". Fueron estas palabras, más que cualesquiera otras las que se abrieron paso en mi mente, y empecé a pensar cómo era posible rezar sin pausa, puesto que un hombre también tiene que ocuparse de otras cosas con objeto de ganarse la vida.»

Poco después, Ruth-Claire nos guió en el canto de la oración habitual del peregrino, la oración de Jesús que dice: «Señor Jesucristo, ten piedad de mí». Durante el transcurso de este cántico, sin embargo, no pude pensar en ninguna otra cosa que no fuera cómo diablos se las arreglaba Livia George en el West Bank sin mi ayuda.

Maldita sea ella, de todos modos.

Me gané el sustento en el hogar de los Montaraz al dedicarme a preparar todas las comidas que no tomábamos en el hospital o en los restaurantes cercanos al campus. Meter las manos en la masa, es como yo llamo a esta actividad culinaria. En la mayoría de estas agradables ocasiones el P. P. comía con nosotros, y parecía tenerme más cariño y confianza a cada nuevo bocado que probaba. Ahora ya no me risigruñía, sino que me sonreía inequívocamente. Pareció gustarle especialmente una tortilla de queso y langostinos pequeños que serví una mañana para el desayuno.

Ruth-Claire y yo nos llevábamos como hermano y hermana. Por las noches me recluía en la habitación de invitados del piso de arriba, la del papel de hojas de bambú en la pared, mientras que ella se encerraba en el dormitorio principal, justo al fondo del vestíbulo. Por la mañana, el P. P. me despertaba al tirar de las ropas de mi cama con un metódico movimiento de mano sobre mano, que terminaba por dejar la sábana y la manta apiladas sobre el suelo como una masa flotante de helado. Deseaba la tortilla de gourmet, y yo era a quien había que levantar para conseguirla. Actuando menos como un padrino que como un tío indulgente, me sentía feliz de complacerle.

Hermano y hermana, Ruth-Claire y yo.

M estancia en el hogar de los Montaraz me reconcilió finalmente con el hecho de nuestro divorcio. En el cuarto de baño había demasiadas pistas conyugales como para pasarlas por alto: un tubo de pasta dentífrica común —perfectamente doblado desde la parte inferior—, las maquinillas eléctricas de él y de ella, una barra de desodorante que evidentemente compartían. Ruth-Claire y yo no dormimos juntos durante mi estancia, y la tensión entre nosotros fue desapareciendo.

Me sentía a gusto en el hogar de los Montaraz, en total armonía con todos sus ocupantes. Bueno… casi. ¿Cómo se puede desarrollar una relación cordial con un hombre joven con barba que lleva una pistola 38 sujeta con esparadrapo al tobillo derecho, y una Ruger 45 medio oculta bajo un pliegue de su camiseta Chattanooga Choo Choo? Ese era Bilker Moody, el lacónico veterano de Vietnam y antiguo vendedor de automóviles que se había convertido en el principal guardia de seguridad de la familia Montaraz. Soltero y prácticamente sin parientes, había adoptado a Ruth-Claire, Adán y el Pequeño Paul con la misma seguridad con que ellos lo habían adoptado a él.

Yo había conocido a Bilker ya en el mes de febrero, pero él se había mantenido casi obsesivamente fuera de la vista durante aquellos tres días, como si la anunciada brevedad de mi visita le exigiera un considerado acto de desaparición.

Ahora, sin embargo, lo veía a diario. Aunque supuestamente poseía un apartamento propio en alguna parte, durante la semana dormía en una pequeña y desnuda habitación —que en otros tiempos fue una despensa— situada entre la cocina y el garaje. Los Montaraz habían estado de acuerdo con esta disposición porque de ese modo evitaban la necesidad de contratar a guardias por turnos, como habían hecho en la granja Paraíso. Además, Bilker insistió en que el propio hecho de tener su habitación allí haría que se mantuviera más vigilante por los alrededores de la casa.

Cierto que a veces dormía un rato la siesta, pero su experiencia en el sureste asiático le había enseñado a levantarse de un salto, completamente despierto, ante el susurro de una cucaracha. Además, sus peculiares ritmos circadianos le permitían estar mucho más vigilante por la noche, cuando era mayor la amenaza de una intrusión. Tampoco ganduleaba durante el día; tenía los reflejos, el instinto y los nervios de un campeón de jai-alai, aunque su tamaño parecía indicar que no pudiera tenerlos. Había adquirido sus habilidades no sólo en las junglas de Vietnam, sino también durante atrevidas recuperaciones diurnas de automóviles cuyos compradores no habían podido mantenerse al día en sus pagos. Los Montaraz apenas podrían haberse equivocado al contratar a un hombre voluntarioso de su corpulencia, carácter e intrepidez.

Bilker Moody parecía estimar genuinamente a las personas que tenía a su cargo. Al P. P. también le gustaba, y sentía una implacable fascinación por aquel hombre corpulento y barbudo. Alrededor del niño, Bilker desplegaba toda la contenida suavidad de un gorila de lomo plateado. Habitualmente, sin embargo, evitaba intervenir en sus actividades de juego, por temor a descuidar su guardia.

Había enemigos de la intimidad de los Montaraz por todas partes. Durante mi estancia en el mes de julio, interceptó y alejó amablemente a buen número de buscadores de curiosidades. Precisamente para eso se le había contratado.

Bilker procuraba relacionarse conmigo lo menos posible. Se negaba a tomar las comidas que yo preparaba para Ruth-Claire y el P. P, aunque indudablemente estaba convencido de que yo no trataba de envenenar a nadie. Si nos cruzábamos por casualidad, me dejaba ostentosamente el paso libre, y a veces me murmuraba un saludo, pero otras no. Ruth-Claire decía que eso era una muestra de respeto, como hombre contratado, puesto que Bilker había asumido automáticamente sus tareas oficiales. Pero al pasar por su lado, a mí sólo se me ocurría pensar que estaba a punto de arrancar la anilla y de lanzarme una granada de fragmentación. ¿Acaso no sabía que a finales de los años cincuenta, aproximadamente por la misma época en que le tocó hacerlo a Elvis Presley, yo había cumplido dos años de servicio militar obligatorio como hombre reclutado?

—¿Será mi aliento? —le pregunté a Ruth-Claire—. ¿Pongo demasiado ajo en las comidas?

—No, él es tímido, eso es todo. Este trabajo es toda su vida.

—¿Tímido, eh? ¿Durante cuánto tiempo lo habéis conocido tú y Adán antes de que empezara a contar sus historias de guerra y de cobro a morosos?

—Deseaba el trabajo, Paul. Tuvo que hablar para conseguirlo. No es que le caigas mal… Lo que pasa es que se siente incómodo contigo cerca, al saber que has venido a petición de Adán para reforzar la guardia.

Esa misma noche, algo más tarde, después de haber limpiado la cocina tras otra cena a medianoche, me acerqué a la despensa de Bilker para plantearle el tema de hombre a hombre. La puerta de la despensa estaba entreabierta, y dejaba al descubierto una pared de tablones desnudos y una sección de techo compuesto enteramente por antiguas tablillas de machihembrado. Llamé a la puerta con suavidad, precavido.

—¿Qué? —preguntó Bilker Moody.

Crucé el elevado escalón de entrada a la despensa y encontré al corpulento hombre sentado sobre su cama abatible, con la Ruger apuntada hacia mi abdomen. Al reconocerme, dejó la pistola a un lado con una expresión desdeñosa.

—Pensé que podíamos hablar un momento —le dije.

La despensa contenía un mostrador de madera contrachapada sobre el que descansaban una sofisticada variedad de equipo de vigilancia, un calientaplatos, una cafetera General Electric, una computadora y un pequeño montículo de manuales de computadora y de novelas pornográficas suaves. Un enorme calendario comercial colgaba sobre la cama; la fotografía no era de una ninfa con los pechos desnudos, sino la de un automóvil deportivo, con numerosos alerones y tubos de escape. La empresa responsable del calendario fabricaba, al parecer, material eléctrico.

Bilker Moody sacudió un puñado de cartuchos de una caja, que vertió sobre la palma de la mano. Inspeccionó atentamente cada bala.

—Me he sentido impresionado por su actuación aquí —le dije, confiado en desarmarle con el halago. Él me miró directamente a la cara, con una expresión ceñuda—. ¿Le irrito acaso de una forma incorrecta, señor Moody?

—No hay ninguna forma correcta de irritarme. No me gusta que me irriten.

—Mire, yo no estoy aquí para poner en peligro su trabajo. Me alegra de que esté usted aquí. Sólo he venido porque Adán quiso que viniera.

—¿Por qué?

La pregunta me sorprendió.

—Supongo que como un gesto de amabilidad para con Ruth-Claire.

—Bien, si le cae bien a Adán, significa que no es un excremento tan grande.

Eso me frenó un momento. Finalmente, logré decir:

—Es lo mismo que yo me digo cuando me siento deprimido: «Eh, Paul, si le caes bien a Adán es porque no eres un excremento tan grande». De ese modo me animo.

—Apártese de mi camino.

—La semana que viene, dentro de tres o cuatro días más, ya me habré marchado.

—Se lo digo —continuó Bilker Moody sin pestañear—, porque esté donde esté es donde se producirá la acción, el jaleo. Usted entra y yo salgo. Es por su propio bien.

—Eso es un poco melodramático, ¿no le parece?

—¿Es usted el tipo al que asaltaron, allá en Fork? ¿El que encontró la cruz ardiendo en el prado de su casa?

—¿Quiere decir que espera realmente tener problemas?

—Se me paga para que los espere.

—En ese caso, quizá sea mejor que le deje hacer su trabajo.

—Buenas noches —me dijo—, y cuando salga…

—¿Sí?

—No deje que el pomo de la puerta le raye el culo.

—Señor Moody…

—Llámeme Bilker.

Levantó las cejas, quizá para sugerir que su frase vulgar no había sido más que un intento por establecer cierto compañerismo, quizá para resaltar la ironía de invitarme a llamarlo por su nombre después de habérmelo dicho. Levantó la Ruger y la hizo oscilar hacia la puerta.

—Buenas noches, Bilker. Realmente he disfrutado de nuestra charla.

A la mañana siguiente le comenté a Ruth-Claire lo principal de nuestra conversación, casi tan al pie de la letra como pude recordar. Me dijo que había causado una impresión escéptica en Bilker, y que la demostración de su buena opinión de mí era que nunca bromeaba con excrementos incorregibles, sino sólo con aquellos que le parecían reciclables y convertibles en seres humanos relativamente fragantes. Muchas gracias, le dije; pero me conformé con eso. Era mucho mejor que ser fragmentado por una granada mientras dormía.

Ruth-Claire y Adán disponían de un gran estudio en la planta baja —que antiguamente había sido un salón de estar— y otro para recibir visitas. Sin embargo, los ocupantes anteriores habían derribado la pared, y ahora había allí espacio más que suficiente. En este vasto espacio había lienzos sin usar, travesaños de marcos, caballetes improvisados y hasta una hoja vertical de madera perforada con clavijas y abrazaderas para colgar los suministros y herramientas que ambos empleaban. Por todas partes había pinturas terminadas y sin terminar: apoyadas contra los muebles, colocadas en montones desarreglados o expuestas en la única pared que a los artistas les había parecido correcta para mostrar su obra, como en una galería.

—Ya no pinto platos —me dijo Ruth-Claire la noche siguiente de mi visita a Bilker—. Ahora sigo una nueva dirección. ¿Quieres ver?

—Pues claro que sí.

Ruth-Claire me condujo hacia un montón de lienzos que había cerca de una mesa de trabajo compuesta por tres caballetes con un tablero de madera contrachapada encima. Los lienzos eran pequeños, algunos de metro por metro y medio, aunque la mayoría sólo tenía medio metro en su lado más largo. Ruth-Claire había usado pinturas acrílicas grises y desteñidas. No eran exactamente abstractos, pero tampoco eran reconociblemente figurativos: compartían la turbulenta ambigüedad con los lienzos más grandes y francos de Adán.

De hecho, a mí me pareció que las nuevas pinturas de Ruth-Claire eran como estudios preliminares de cuadros que todavía no hubiera ensayado en su forma final. Me asombró que ella los considerara como acabados y que me los mostrara con un irrefrenable entusiasmo. No supe qué decir. Por lo visto, las fotografías de M. K. Kander me habían dejado sin munición verbal con que expresar mi desconcierto. Aquí, sin embargo, había bien poca cosa que comentar: un fondo de color beige tenebroso —o verde— en el que nadaba una variedad de figuras anónimas.

—¿Qué te parece? —y, al darse cuenta de mi vacilación, añadió—. Vamos, Paul, comenta tu reacción con honestidad. Es la única que vale la pena considerar.

—Probablemente, la reacción honesta del propietario de un restaurante ni siquiera vale eso, Ruthie Ce.

—Oh, vamos, tienes un buen sentido para el arte.

—Líbrame del anzuelo.

—¿Quieres decir que no te gustan?

—Si yo hubiera pintado cosas como éstas con los dedos en la clase de cuarto grado de la escuela elemental de Tocqueville, la señora Stanley me habría dicho que no hacía sino desperdiciar papel. ¿Te parece eso lo bastante honesto?

Las aletas de la nariz de Ruth-Claire se dilataron como si alguien hubiera tirado repentinamente de una brida invisible. Pero se recuperó en seguida, y me preguntó por qué hubiera establecido un juicio tan duro la señora Stanley.

—Por andar… como buscando y enturbiando los colores.

—Esa calidad de turbio es algo deliberado, Paul.

Repliqué que, como consecuencia de ello, estos cuadros en particular parecían anémicos, pura charlatanería.

—Eso no es más que una desconsiderada primera impresión.

—Llevo mirándolos unos buenos cinco minutos.

—El parpadeo de un mosquito. Quizá necesites convivir con uno de ellos durante un tiempo. Elige el que menos detestes, o el que más, si quieres, y llévatelo a casa.

Suspiré audiblemente. Desde mi punto de vista, los lastimosos acrílicos de Ruth-Claire estaban destinados a un buen fuego. Hasta el arte rupestre paleolítico, el menor, antes que el mejor pulido de los ejemplos, dejaba en pañales a estas nebulosas ventanas al alma de mi ex esposa. En los casi diez años que la conocía, nunca había visto a Ruth-Claire hacer un trabajo menos desafiante o atractivo. Resultaba difícil creer que el hecho de convivir con uno de esos cuadros lograra aumentar mi aprecio por él o por cualquiera de los otros.

Empezó a explicarme qué era lo que trataba de hacer: liberar el trabajo de toda pretensión. Los colores brillantes tenían un atractivo directo y primitivo, que raras veces hacía intervenir el intelecto. Ella buscaba medios más sutiles de captar la atención de su público. Los artistas tenían que arriesgarse a alienarse a su público, no con la violencia, el sacrilegio o la pornografía, sino con aquello que no fuera familiar, con lo infravalorado, con lo ambiguo, con el objeto de «hacer lo nuevo». Los espectadores con paciencia y suficiente amplitud de miras como para superar sus primeras reacciones negativas se darían cuenta de lo que ella trataba de hacer.

—Pero ¿y si los cuadros son malos, Ruth-Claire? ¿Sencillamente malos? ¿Banales, inexpresivos y feos?

—En tal caso, nunca te sentirás iluminado por ellos por mucho tiempo que los tengas colgados en tu casa, y tu negativa reacción primera habría quedado justificada… —no obstante, se apresuró a matizar la cuestión—. Naturalmente, es posible que seas daltónico, o sordo para los tonos del verdadero mérito de la obra.

—Reconozco el cerdo echado a perder apenas lo huelo. No tengo que comerlo para saber que está en malas condiciones.

—Un gourmet es un gourmet, una especie de cocinero menor glorificado. Un artista, en cambio, es un artista.

—Eso es presunción, Ruth-Claire. Una presunción realmente nauseabunda.

Ella me besó en la mejilla.

—¿Te has dado cuenta de lo pequeños que son?

—Un punto a su favor.

—Es otra forma de liberarlos de pretensiones —dijo, ignorando mi cinismo—. A Rothko le gustaban los cuadros grandes porque el espectador tenía que meterse dentro de ellos y participar casi físicamente de su energía y su movimiento. Bueno, yo quiero que el espectador paciente entre intelectualmente en estos cuadros, Paul, no de la forma clínica que exige, por ejemplo, un Mondrian, sino con la forma espiritual que exige una decisión de fe.

—Eso es inteligente. ¿Pretendes que el espectador reconozca el mérito de estos cuadros como un acto de fe?

—A esta serie la he titulado Almas, Paul.

—Algo que, evidentemente, lo explica todo.

Aunque de buen humor, Ruth-Claire decidió en ese momento dar por terminada la discusión. Nunca habíamos estado tan enfrentados en cuanto a su arte, y los desacuerdos sobre el tema nunca habían ejercido menos efecto sobre nuestra buena opinión del otro. Era extraño.

—Vayamos a ver a Adán —dijo ella.

Aquella tarde salí del hospital llevándome al P. P. conmigo, para permitir que Adán y Ruth-Claire pudieran estar un rato a solas. Nos encaminamos hacia un restaurante recientemente ampliado y remodelado llamado Everybody's: servía cerveza, bocadillos, pizza, ensaladas y pasta en un ambiente distendido y relajado, perfectamente adecuado para conectar con una clientela predominantemente universitaria.

Pedí una cerveza y una hamburguesa de queso con tocino para mí, y una Coca y una hamburguesa de queso para mi pupilo temporal. El P. P. permaneció sentado sobre una silla infantil con respaldo acolchado, y dejamos transcurrir cuarenta o cuarenta y cinco minutos dedicados a comer y mirar a la gente. El tráfico atestaba la colina en North Decatur Road, las ardillas se desparramaban sobre el humedecido campus al otro lado de la calle, y las palomas de cuello esmeralda se contoneaban por la acera. Me sentía relajado y cómodo, casi a punto de adormilarme. De haber mirado fijamente la cerveza durante más tiempo, quizá habría terminado por hacerlo…

Alguien estaba de pie al lado del P. P., bajo las luces en ángulo del techo del restaurante. Estuve a punto de derramar la cerveza al reaccionar ante la presencia de la persona extraña. Sin embargo, antes de que pudiera levantarme, la mujer se sentó en la silla situada frente a mí.

—Hola, señor Loyd —me saludó—. Le he reconocido por la fotografía de los periódicos. Pero la presencia del niño me ha ayudado; eso me ha hecho mirar dos veces. De otro modo, podría haber pasado de largo.

—Otro tributo a mi magnetismo personal.

La mujer mostraba una expresión de amigable diversión. Calculé que debía de tener poco más de treinta años, y que se encontraba por tanto casi fuera del ámbito de mis afectos serios. Aunque delgada y alta, no llegaba a tener un aspecto anguloso. Llevaba un collar chapado en oro que parecía estar compuesto por docenas de minúsculas y brillantes charnelas; unos pendientes elásticos de color ámbar enmarcaban su agradable rostro. Cruzó sus largos brazos sobre la mesa y el ámbar captó el brillo evanescente de las diminutas charnelas de su cuello.

—Me llamo Caroline Hanna —se presentó.

Intenté recordar de dónde me sonaba familiar su nombre.

—Ya ha oído hablar antes de mí, señor Loyd. Una vez, ante la insistencia de Brian Nollinger, tomó usted unas fotos de Adán. Brian me mostró esas fotografías, y fui yo quien le dio la pista para investigar en la isla de Montaraz como posible punto de origen de Adán.

—Nollinger —repetí, torpemente.

—No le cae muy bien, ¿verdad?

—En mi opinión, no es más que un bobo de primera.

—Eso no es enteramente justo —dijo Caroline Hanna, sin inmutarse.

—Estoy seguro de que no lo es. Pero la amabilidad que haya podido demostrar con usted, o con su anciana madre, no le absuelve de la porquería que dejó caer sobre mi ex esposa. Eso no justifica el que abusara de mi hospitalidad en Beulah Fork. Ese hombre puede ser la nobleza personificada para las tres cuartas partes de sus conocidos, pero si todo lo que me muestra a mí es su espalda llena de granos, bueno, señorita Hanna, por eso es por lo que yo voy a juzgarlo —ella me miraba como si yo fuera un oso enfermo del zoológico de Atlanta—. La he llamado señorita Hanna, ¿verdad? Probablemente es doctora Hanna.

—Llámeme Caroline.

—Paul —dije, al tiempo que me señalaba el pecho con el pulgar—. En cualquier caso, siento decir que nuestro amigo Nollinger tuvo incluso las agallas para pedirles dinero a Ruth-Claire y Adán, el pasado mes de febrero. Necesitaba fondos para alguna clase de trabajo de campo que deseaba realizar en alguna parte.

—Acudió para disculparse.

—Ostensiblemente. Incluso llegó a decirlo así…; pero luego empezó a hablar de un mono que pintaba en Inglaterra.

Caroline Hanna sacudió la cabeza con tristeza.

—Ese es Brian, no cabe la menor duda.

—¿Qué puedo hacer por usted? ¿Quiere tomar una cerveza?

Ella rechazó la invitación y dijo que sólo deseaba echarle un vistazo al P. P. desde más cerca —“que era una dulzura”—, así como presentarse ante el hombre que había implicado a Brian en el mayor acontecimiento de la ciencia evolutiva desde la publicación de El origen de las especies, de Darwin. Se sentía contenta de haber contribuido, aunque fuera en pequeña escala, a desenmarañar el misterio de los orígenes de los habilinos de la isla de Montaraz. También sentía una cierta y extraña afinidad conmigo, pues cada uno de los dos había jugado un papel periférico importante en todo el asunto. Naturalmente, se apresuró a añadir, su actuación había sido mucho más periférica que la mía, pero simpatizaba con la confusión de sentimientos conflictivos que debía de experimentar una persona en mi posición. ¿Acaso no arrostró ella misma el peligro de cambios dolorosos?

—¿Como cuáles? —pregunté, siempre diplomático.

Se disculpó por haber planteado la pregunta.

—No trataba de pescar una oportunidad para catalogarlos, de veras.

—Usted no tiene que catalogar nada. Sólo cuénteme el más doloroso de sus cambios. Es posible que le siente bien.

Caroline se quedó pensativa un momento antes de hablar.

—Brian abandonó Emory en el mes de junio. Dimitió de su puesto en el departamento de Antropología y se marchó, sin decirme nada. No hubo juego sucio, compréndalo. Lo hizo saber a sus compañeros de departamento. Simplemente, no le pareció adecuado darme a conocer sus planes.

—¿Algún otro puesto de enseñanza o de investigación en otra parte?

—No, al menos por lo que me dijo el jefe del departamento. Brian le dijo que se iba a tomar un año sabático y que se marchaba al extranjero.

—Siempre podría visitar a Alistair Patrick Blair en Zarakal —Caroline sonrió débilmente, y yo añadí—. Las mujeres seguras de sí mismas lo asustan. La falta de una despedida es excelente prueba de ello. Es lo que mi madre habría llamado un caradura.

—Quizá ella hubiera tenido todo el derecho, pero yo no soy su madre.

Levanté mi jarra de cerveza hacia Caroline, en un brindis.

—Amén por eso —bebí, y dejé la jarra sobre la mesa—. Pero, ¿qué más? Seguramente, el haberse librado del mayor consumidor de drogas experimentales en primates en ese puesto rural no concluirá la lista de sus aflicciones.

—Sabe que su actitud está fuera de lugar, ¿verdad?

—Lo sé. No puedo evitar mis sentimientos con respecto a ese… Brian. Vamos, cuénteme algo que despierte mis simpatías por él.

Ella empezó a levantarse.

—Discúlpeme por haberle abordado así, a usted y a su ahijado, señor Loyd. Tengo trabajo que hacer.

—Por favor —le rogué, al tiempo que ponía mi mano sobre su muñeca—. Una oportunidad más. Un ejemplo más de su catálogo de preocupaciones. Y no volveré a comportarme como un bastardo sarcástico, se lo prometo.

—No, no lo hará —dijo Caroline, más calmada—. A ver qué le parece esto: la situación de los detenidos cubanos en la penitenciaría de Atlanta me tiene muy preocupada. Algunos de ellos merecen estar en prisión. Pero otros se merecen la libertad, y hasta ahora han sido inútiles todos mis esfuerzos por conseguir algunas liberaciones. ¿Qué le parece? ¿Le gusta ese ejemplo?

—Simpatizo con él.

—Estúpido idealista —dijo ella, con suave sonrisa—. Me marcho.

—¿No quiere saber qué hago aquí, con el P. P?

—¿El P. P. es el niño? No, no lo quiero saber. No es asunto mío, y nada de lo que a mí concierne es tampoco asunto suyo.

Hizo nuevamente ademán de levantarse.

—Déme entonces su dirección. Es posible que tengamos la oportunidad de volver a definir los límites de los asuntos del otro.

Apresurada, garabateó un número en la esquina de una servilleta de papel.

—Aquí tiene un número de teléfono. Y ahora, realmente tengo cosas que hacer.

El P. P, que durante la conversación la había mirado fijamente, casi con una arrobadora adoración, reaccionó a su movimiento de abandonarnos extendiéndose hacia adelante y derribando su bebida. Me apresuré a recoger servilletas de papel con las que limpiar el líquido. Para poder hacerlo mejor, aparté la silla del P. P.

—¿Necesita ayuda? —preguntó Caroline.

—No, no, ya lo tengo. Pero ¿se ha dado cuenta? El pequeño bribón se ha quedado prendado de usted, como yo.

—¡Silencio! Esto es embarazoso —dijo ella en voz baja, y miró a su alrededor; había varias personas mirándonos.

—¿Haber derribado el vaso? No. Estas cosas suceden continuamente con niños de su edad; no hay nada de embarazoso en ello. La gente suele hacer concesiones.

—No es eso a lo que me refiero, y usted lo sabe —retrocedió uno o dos pasos—. Sin embargo, no me importaría que me llamara, en absoluto.

Y antes de que yo pudiera decir nada más, ya se había marchado.

Un joven con el cabello enmarañado y un delantal largo me ayudó a terminar de limpiar la mesa y luego volví a sentarme. Durante los quince o veinte minutos que había permanecido sentada en nuestra mesa, Caroline Hanna me había afectado de la forma poderosa e irracional con la que a veces colisionan entre sí los adolescentes de ambos sexos. Notaba el pulso hasta en la garganta, y una capa de sudor extendida sobre las palmas de mis manos ponía en peligro mi capacidad para sujetar con firmeza la jarra de cerveza. Qué poco adulto, pensé. Qué inmaduro. Dentro de unos años cumpliría los cincuenta y aquí estaba, rindiéndome y, de hecho, estimulando la clase de acometida hormonal que impulsa a los imberbes candidatos a ingresar en la escuela superior a gritar extasiados bajo las duchas. Desde Ruth-Claire nadie me había hecho sentir de ese modo; ni siquiera Molly Kingsbury.

Más tarde, después de haber pagado la cuenta, el P. P. y yo regresamos al hospital.

De regreso a la habitación de Adán, Ruth-Claire me dijo que David Blau nos había invitado a acompañarle, a él y a su esposa Evelyn, a un club nocturno cerca del campus de la Universidad Tecnológica de Georgia. El club —llamado Perturbaciones Sinusoidales— se encontraba en un estrecho callejón perpendicular a la calle Spring. Su atractivo principal era la música en vivo, pero también presentaba varios «artistas de la actuación» vanguardista, aunque sólo los viernes. Esos artistas empleaban la música, la proyección de imágenes, el maquillaje, la palabra y una variedad de extrañas coreografías para efectuar declaraciones sobre el arte y la vida. David estaba muy bien considerado entre los artistas que habían dado a Perturbaciones Sinusoidales su fama como escenario nocturno líder de la nueva ola de Atlanta. Su grupo —compuesto casi exclusivamente por gente de Abraxas— constituiría el acto principal de este viernes por la noche. Por eso quería que Ruth-Claire y yo asistiéramos.

—¿Y qué pasa con Adán? —pregunté.

Pero el habilíno mecanografió: «Estaré bien. Mañana ya me quitan los vendajes. Me quedo a descansar y leer».

—¿Puedo llevar conmigo a una amiga?

—¿Una amiga? —preguntó Ruth-Claire, sorprendida.

—En efecto, una mujer.

—Sí, suponía que no te referirías a una pasa con dos piernas. Sólo que no sabía que conocieras por aquí a alguien.

—Cada noche que he pasado en tu casa me he descolgado de mi cuarto mediante una cuerda de sábanas atadas. De ese modo he podido conocer a mucha gente.

Seguir: parte 4 de 8