El final del círculo
Capítulo 3 – EL AMANTE
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
El cofre con la reliquia se guardó en el monasterio de la Santa Cruz, aprox. 300-954, año en que fue robado. Se dice que los cruzados lo entregaron a la orden de los hospitalarios de San Juan de Jerusalén en 1186, pero apenas se dispone de pistas seguras sobre el cofre después de que cayera Acre en 1291. La tradición oral apunta a que fue ocultado por monjes en un octógono. Según diversas tradiciones, el octógono debería estar en Jerusalén (Israel), Acre (Israel), Jartum (Sudán), Agia Napa (Chipre), Malta, Lindos (Rodas), Varna (Noruega), Sebbersund (Dinamarca).
Referencias cruzadas:
Arntzen/DeWitt/Llyleworth ref 923/8608hg
Bérenger Saumére ref321/231lab
Los rollos del mar Muerto ref231/4968cc
Varna ref 675/6422ie
La orden de los hospitalarios ref911/1835dl
Monasterio de la Santa Cruz ref154/5283oc
Rey persa Cambises ref184/0023fv
Rennes-le-Cháteau ref167/9800ea
El sudario de Turín ref900/2932vy
Clemente III ref821/4652om
Instituto Schimmer ref113/2343cu
Profeta Ezequiel ref424/9833ma
Q ref223/9903ry
Nag Hammadi ref223/9904an
Para acceder al resto de los documentos -una sorprendente colección de mitos antiguos europeos, dinastías reales, linajes aristocráticos, ocultismo, saber hermético y referencias incomprensibles- se necesita contraseña.
Diane teclea la suya. «No autorizado. Se requiere nivel 55», responde el ordenador de nuevo.
–Qué raro -dice Diane-. No solemos proteger con contraseñas la información general. Sólo los datos sobre el personal. ¿Es posible que alguno de estos reyes o profetas haya trabajado para nosotros? – añade entre risas.
–¿Un proyecto temporal? – propongo.
Me mira de reojo.
–¿Qué es esta reliquia?
–Dios sabe. Busca en Ezequiel.
–¿Quién?
–El profeta Ezequiel. Había una referencia cruzada.
Encuentra cuatro entradas. Tres están bloqueadas. La que está abierta remite al Instituto Schimmer.
–¿Sabes qué es el Instituto Schimmer? – pregunto.
–Un centro que concilia investigación de base arqueológica y teológica.
Entre otras muchas cosas.
–Prueba con Varna -digo, y deletreo la palabra.
Encontramos siete documentos. Uno remite al tratado de papá. Otro, a los hospitalarios de San Juan. Otro remite a un monasterio de Malta. Otro atañe a las excavaciones en curso del profesor Llyleworth. Otro, al Instituto Schimmer. Los otros tres están bloqueados.
–¡Busca en Rennes-le-Cháteau!
Diane me mira.
–¡Rennes-le-Cháteau!-repito.
Carraspea, y le cuesta un rato escribirlo bien y encontrar el símbolo â.
Nos da dieciocho entradas. La mayoría tiene el acceso bloqueado.
Diane imprime la información accesible, que habla del joven cura pobre que encontró unos pergaminos cuyo contenido permanece aún desconocido, pero que le hizo ganar una fortuna. Se insinúan conexiones con las cruzadas, las órdenes de caballería y con conspiraciones vinculadas a los masones y a linajes letrados.
–¿Podrías buscar todas las excavaciones en las que ha participado la SIS? – pregunto.
–¿Estás loco? ¡Tendríamos que quedarnos aquí hasta mañana!
–¿Y las excavaciones que han dirigido MacMullin y Llyleworth para la SIS?
–Claro. Pero va a llevar su tiempo.
Lleva su tiempo. La lista es larga. Cuando paso la mirada por la serie de lugares y fechas, me paro casualmente en Agia Napa en Chipre, Hsi feng-kow en China, Tyumen en Siberia, Karbala en Irak, Aconcagua, junto a la frontera chilena, Thule en Groenlandia, Sebbersund en Dinamarca, Lahore en Pakistán, Ciatzacoalcos en México, Jartum en Sudán.
En el margen de varios de los puntos pone ASSSA y una fecha. Diane me explica que ASSSA responde a Archaeological Satellite Survey Spectro-Analysis Available. Se trata de una foto de satélite basada en mediciones magnéticas y electrónicas de la composición de la Tierra. Una fotografía geofísica de ese tipo puede desvelar ruinas muchos metros por debajo del nivel del suelo actual. También en el margen de Varna (monasterio de Vaerne), Noruega, hay una referencia. La fotografía por satélite fue tomada el año pasado. He leído algo sobre la técnica usada en revistas internacionales.
–Lanzaron el satélite en enero del año pasado -dice Diane.
–¿Podrías encontrarme la foto? ¿De Varna?
Con un suspiro de paciencia y una sonrisa que difícilmente le dedicará a todos los investigadores, Diane baja al almacén del sótano a buscar la fotografía del satélite. Pero no está allí.
Graham Llyleworth en persona ha firmado el resguardo para sacar la carpeta.
–Sigamos -digo-. ¿Qué tienes sobre los hospitalarios?
Tiene un montón de cosas. Encontramos referencias cruzadas al Instituto Schimmer y al mito del cofre de los secretos sagrados, que a su vez remiten al monasterio de la Santa Cruz, al sudoeste de la ciudad vieja de Jerusalén.
El monasterio fue fundado alrededor del año 300, en el lugar en que las leyendas y la historia bíblica sostienen que Lot plantó los bastones de tres sabios enviados por el Señor.
Los bastones echaron raíces y se convirtieron en un árbol. La leyenda dice que la cruz de Jesús fue hecha precisamente con esa madera.
Según el mito, el cofre sagrado estuvo guardado en el monasterio de la Santa Cruz hasta el año 954, momento en que fue robado y ocultado en un lugar secreto.
No hay ninguna referencia histórica al cofre hasta que los cruzados lo entregaron en custodia a los hospitalarios de San Juan en 1186.
–¡Busca Graham Llyleworth! – pido.
El ordenador localiza cuarenta documentos. Casi todo son artículos de periódico y citas en revistas científicas. Pero los cinco últimos documentos tienen bloqueado el acceso.
–¡Busca Trygve Arntzen!
La máquina encuentra cinco documentos. Están todos i cerrados.
–¡Prueba conmigo!
Diane me mira interrogativamente. A toda velocidad escribe «bjorn _ 1
belto».
La máquina responde: «0 documentos hallados.»
–Escríbelo con «oe»-propongo.
Debería sentirme honrado.
El sistema informático de la SIS ha registrado al famoso albino Bjoern Beltoe de Noruega. «1 documento hallado.»
No sólo eso. El registro está cerrado. Lo que saben de mí es secreto.
–Mete tu contraseña.
Miramos la pantalla.
«No autorizado. Se requiere nivel 55.»
Seis palabras. No es gran cosa. Sólo seis palabras en letras verdes.
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Se dice que los delincuentes que han pasado muchos años en la cárcel echan de menos el encierro cuando consiguen la libertad. Desean volver a la comunidad que existe entre los muros de la prisión, a las rutinas diarias, a la camaradería, a la absurda seguridad entre bandidos y violadores condenados por asesinato.
Puedo entenderlos. Lo mismo me pasa a mí con la clínica.
Diane conoce un agradable café para almorzar en un callejón junto a la calle Gower. A mí no me parece muy agradable. Todos los adornos, mesas y
bancos son de cristal y espejo. Mire a donde mire, veo mi aturdida expresión.
Mientras le hablo del hallazgo del cofre de oro, de mis vivencias sin sentido en Oslo, de las insinuaciones veladas de Grethe y de mi objetivo en Londres, disfruto de su mirada y de su atención. Me siento como un aventurero con una misión emocionante. Creo que Diane también lo interpreta así.
Cuando volvemos a la SIS para recoger las hojas impresas que nos hemos dejado, Diane me pregunta qué planes tengo para la noche. La pregunta detona una bomba de metralla de expectativas. Me echo a un lado para no pisar a una desenfadada paloma urbana y le digo que no creo que tenga ningún plan especial. No hay por qué parecer completamente desesperado. Cuatro pasos más adelante me pregunta si quiero que me enseñe Londres. Me lleno a partes iguales de dicha y pánico.
–Suena bien -digo.
Me quedo esperando ante la SIS mientras Diane entra corriendo a buscar las hojas impresas sobre Michael MacMullin. Tarda su tiempo.
Cuando por fin sale y me da el montón de papeles, pone los ojos en blanco y se ríe forzadamente.
–¡Siento haber tardado tanto! – se disculpa con un gemido afectado.
Parece que tenga en mente darme un beso. Vacilante, interrogativa, añade-: Oye… lo de esta noche quizá no sea tan buena idea… -La frase se diluye en la nada. Me mira a los ojos-. ¡Ay, es igual! – exclama de pronto-. ¡El pub King's Arms! ¡A las siete y media! – Yo aún no he abierto la boca. Ella toma aire para añadir algo, pero se corta. Una moto pasa acelerando-.
Oye… Tengo una amiga que trabaja en la biblioteca del Britísh Museum.
¿Quieres que la llame? Quizá pueda ayudarte.
–¡Fenomenal! – respondo. Y me quedo esperando el beso que nunca llega.
Diane me mira. No consigo interpretar su mirada. Hay en ella algo no dicho.
–Nos vemos esta noche -se despide. Luego sonríe y desaparece.
En una tienda en la que las paredes con discos desaparecen en la eternidad, compro un CD recopilatorio para Rogern. Se llama Satán's Children: Death Metal Galore. En la portada hay un dibujo del diablo
tocando la guitarra eléctrica. Llamas de azufre le lamen las piernas. Una cosita mona que Rogern sabrá apreciar.
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También yo tengo mis malas costumbres. Cuando has ganado la carrera entre los balones y el huevo y has pasado dando tumbos por la infancia sin ser arrollado por un conductor borracho, cuando has ganduleado a través de la adolescencia sin encontrar el sueño eterno con una sobredosis de heroína en un portal con luz azul, cuando no has sufrido un fallo de riñones agudo ni un tumor cerebral, entonces, joder, has de tener derecho a apretar el tubo de pasta de dientes por el medio y a dejar levantada la tapa del váter cuando has meado. Tener malas costumbres es un derecho humano. Me alegro de no tener mujer.
Me gusta dejar el cepillo de dientes en el borde del lavabo. Así sé dónde está. Vale, es una mala costumbre. No es racional. Me importa un bledo.
Ahora el cepillo de dientes está sobre el suelo de baldosas.
No es gran cosa. Puede haber sido el servicio de habitaciones. Puede haber sido la corriente de la ventana ligeramente entreabierta. Puede haber sido Enrique VIII, que ha resucitado en una nube de vapor y azufre.
Lo recojo y vuelvo a dejarlo sobre el borde del lavabo, para que la chica de la limpieza pueda tener la alegría de meterlo en el vaso de plástico del estante del espejo.
Cuando era pequeño, no eran los cuentos sobre brujas, caníbales o trols sanguinarios los que más me asustaban. Era la historia de Ricitos de oro y los tres osos.
Cuando los osos decían: «Alguien ha dormido en mi cama», me hundía en un pozo sin fondo de miedo. Creo que se debe a mi exagerado respeto por la inviolabilidad del hogar.
La cremallera del neceser está cerrada. Siempre la dejo abierta. Para poder encontrar la caja de condones a toda velocidad (extrafinos, sin lubricante) cuando por las noches entro en la habitación del hotel con mi harén de modelos.
Son las tres y media de la tarde. Marco el número de Grethe en el anticuado teléfono del hotel.
Cuelgo cuando ha sonado diez veces.
Un pellizco de miedo hace que llame a Rogern. Diría que lo he despertado. Cosa que probablemente he hecho. Le pregunto si todo va bien.
Me gruñe algo en respuesta que debe de significar que sí. Le pregunto si el cofre sigue a buen recaudo. Gruñe que sí. Junto a él, alguien se ríe entrecortadamente.
Llamo a Caspar para pedirle que averigüe si le ha ocurrido algo a Grethe.
–¿Desde dónde llamas?-pregunta.
–Londres.
Silba en voz baja en el auricular, suena como el pito de una tetera hirviendo.
–Ten cuidado.
–¿Qué quieres decir?
–¿Estás en Londres por el cofre?
–¿Y qué? v
–Alguien ha entrado por la fuerza en tu casa.
–Ya lo sé.
–Ah, bueno. Pero ¿ tienes idea de quién ha sido? '
–Espera. ¿Cómo sabes tú que han entrado en mi casa?
–Porque el director general de Patrimonio Histórico, y me estoy refiriendo al mismísimo Sigurd, fue convocado por la policía y por el Ministerio de Asuntos Exteriores para responder por su todopoderoso Graham Llyleworth. – La risa seca de Caspar suena a papel crujiente.
–Ya sé que fue él. Lo vi.
–Pero ¿sabes quién lo acompañaba?
–¡Dime!
–Uno de los ladrones tenía estatus diplomático. ¿ Qué vas a darme?
¡Estatus diplomático! Se dice que es del servicio secreto. La embajada británica ha montado un buen escándalo. Podría dar la impresión de que atañe a la segundad nacional. ¡Esto ha llegado a lo más alto, Bjorn! ¡Hasta lo más alto! El Ministerio de Asuntos Exteriores ha intentado arreglarlo del mejor modo posible. ¿Qué coño habéis encontrado?
Me quito los zapatos de dos patadas, me tiro en la cama y despliego la tira de papeles, de varios metros de longitud, con información sobre Michael MacMullin.
Primero leo un apunte, a modo de palabras clave, sobre su vida. No facilita el lugar y la fecha de nacimiento. Beca especial en Oxford, donde
fue nombrado catedrático de Arqueología en 1946. Profesor invitado en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Central para la labor de traducción e interpretación de los manuscritos del Mar Muerto en 1948. Presidente de la junta directiva de la SIS desde entonces. Catedrático honorífico del Instituto Weizmann. Presidente de la Asociación Geográfica de Londres desde 1953, de la Compañía Histórica de Israel en 1959. Uno de los fundadores de la British Museum Society en 1968. Presidente de la junta de gobierno del London City Finance and Banking Club en 1969.
Sigo leyendo artículos de revistas especializadas y periódicos.
MacMullin ha participado en seminarios, congresos y simposios de Arqueología, Teología e Historia por todo el mundo. Representó a la SIS en las primeras excavaciones. Por medio de la SIS ha financiado una serie de proyectos. Cuando encontraron los manuscritos del mar Muerto en Qumrán, MacMullin fue uno de los primeros científicos occidentales que convocaron. A lo largo de los años ha ejercido de intermediario en las disputas entre científicos judíos y palestinos sobre el derecho de propiedad de los fragmentos de los manuscritos que están repartidos entre la Universidad Hebrea de Jerusalén y el Instituto Schimmer. Aún destacan un par de detalles en la lista de minuciosas referencias: desde 1953 es director de la Asociación Internacional de Amigos del Sudario de Turín, y desde 1956, miembro de la junta directiva del Instituto Schimmer.
Vuelvo a llamar a Caspar y le pido aún otro favor. Que me recomiende para una estancia de investigación en el Instituto Schinimcr. Es por puro impulso, pero tengo la sensación indefinida de que puede ser de utilidad.
Caspar ni siquiera me pregunta por qué. Me promete enviarme la recomendación al día siguiente. Por telefax. Con el sello de la Dirección General de Patrimonio Histórico. De ese modo seguro que le abren sus puertas, cajones y armarios a un curioso de Noruega.
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No me resulta fácil ponerme guapo.
Las mujeres pueden hacer milagros con el maquillaje. Las no guapas se vuelven bellas. Las bellas, irresistibles. Los hombres pueden peinarse el pelo, dorarse la piel con agua de castañas, dejar que les crezca la barba. En mi aspecto nada hace mella.
En las ocasiones especiales lo compenso con la ropa.
Esta noche me pongo un calzoncillo de CK, un traje de Armani, camisa blanca, corbata de seda con flores de loto pintadas a mano, medias negras, zapatos de cuero. Me abotono los puños de la camisa con gemelos de oro.
Del cuello para abajo no tengo mala pinta.
Me palmeo la cara con aftershave Jovan. Me pongo gomina en el pelo.
Cuando era más joven, intentaba adornarme un poquitín las pestañas y cejas descoloridas con el rímel que le cogía a escondidas a mi madre. He dejado de hacerlo.
Salgo al pasillo y me miro en el espejo grande.
Desde luego un semidiós griego. Pero no está mal.
Desgarro el sello del envase de Cho-San y saco un condón. Soy un eterno optimista. Y abajo, en el pantalón, hay alguien que se hincha y tiene esperanzas.
Linda, la de recepción, me mira de arriba abajo cuando le doy la llave-tarjeta.
–Elegante, señor Balto -dice con gesto de aprobación.
¿Será una pervertida? ¿Le pondrán los albinos? Linda, el lirio libidinoso.
–No sabía que estaba aquí -añade-. He recibido un mensaje para usted.
Me tiende la nota. Ha llamado Charles DeWitt. Sea tan amable de ponerse en contacto.
–¿Cuándo ha llegado este mensaje? – pregunto.
–¿Se me ha olvidado apuntarlo? ¡Ooooh, cuánto lo lamento! Hace un par de horas. No, más. Justo después de que empezara mi turno. Sobre las cuatro, quizá.
Se ríe disculpándose con coquetería; debería darme cuenta de que tiene cosas más importantes que hacer en este mundo que recordar cuándo ha llegado un mensaje para un albino presumido en la recepción de un hotel de clase media de Bayswater.
Miro el reloj. Las siete y media.
Subo al cuarto y llamo a la Asociación Geográfica de Londres. Me responde el portero de noche. Está de mal humor. Seguramente acaba de levantarse. Nunca ha oído hablar de Charles DeWitt, tengo que llamar en horario de oficina. Le pido que compruebe el listín interno de teléfonos, por si acaso. El auricular chasquea cuando lo estampa sobre la mesa. Lo oigo pasar las hojas. Al fondo se oye la histérica voz de un comentarista
deportivo. Luego vuelve. Como había dicho, no ha encontrado a ningún DeWitt en el listín de teléfonos, tengo que llamar en horario de oficina.
En la guía telefónica sólo encuentro una DeWitt, Jocelyn, Protheroe Road. Marco el número.
–Residencia DeWitt -dice una voz negroide de mujer.
Me presento y pregunto si estoy hablando con Jocelyn DeWitt. No es ella. La señora Jocelyn no está en casa, hablo con el ama de llaves.
–Quizá pueda ayudarme. ¿Es ésa por casualidad la familia de Charles DeWitt?
Se hace el silencio. Finalmente dice:
–Sí, ésta es la familia de Charles DeWitt. Pero sobre eso tendrá que hablar con la señora Jocelyn.
–¿Cuándo estará de vuelta?
–La señora Jocelyn está pasando unos días en casa de su hermana en Yorkshire. Volverá mañana.
–¿Y el señor DeWitt?
Silencio.
–Como he dicho, tendrá que hablar con la señora Jocelyn sobre eso.
–Sólo una pregunta más: ¿es Charles DeWitt su marido?
Titubeante:
–Si lo desea, puedo darle a la señora Jocelyn el recado de que ha llamado.
Le dejo mi nombre y el número de teléfono del hotel.
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Diane me está esperando en una mesa de barril al fondo del pub. A través del humo de los cigarrillos no la reconozco hasta que, con un gesto de mujer de mundo, me hace una seña con los dedos.
La seductora idea de las almas gemelas -que la caza del gran amor no es en el fondo más que la búsqueda, que dura toda la vida, de nuestra mitad perdida de lo supraterrenal- se me representa como la idea metafísica más romántica.
Una mera bobada, evidentemente, pero, a pesar de todo, un atractivo curso de pensamiento. No debería descartarse que Diane pudiera ser mi alma gemela. Claro que pienso lo mismo de toda la gente de la que me enamoro.
Los hombres que hay en torno a Diane siguen su gesto con la mirada.
Cuando me ven a mí, vuelven a examinar a Diane, quizá para comprobar si está mal de la vista o es un poco retrasada. O un contacto de apoyo de viajes organizados con su cliente. O quizás una elegante nena que he encargado por teléfono.
Me abro paso a disculpas a través de la vociferante muchedumbre y consigo hacerme un hueco entre Diane y un alemán que está cantando una canción de borracho. Hay más de siete mil pubs en Londres. En muchos de ellos hay exclusivamente turistas. Los británicos ocultan su bar de la esquina. Yo los entiendo. Atraemos a un camarero a la mesa con un billete.
Diane encarga dos cervezas rubias. Las bebemos rápido.
El tráfico fluye como un torrente de metal. Las fuentes de luz de los anuncios de neón se distorsionan en los bordes por los cristales de las gafas.
Me siento extraviado, en otro planeta. Para Diane esto es su casa. Me ha cogido del brazo y charla relajadamente, llena de la autoestima surgida de la imagen que ha visto en el espejo tras pasar horas entre la coqueta y el armario ropero. Se ha puesto medias rojas, falda negra y blusa roja bajo una torera de terciopelo. Sobre la ropa interior no puedo sino fantasear. Lleva un bolsito cuya correa le cruza el pecho. Se ha recogido el pelo en una coleta con una goma de tela.
–Me he acordado de hablar con Lucy. ¿No soy estupenda?
–¿Lucy?
–La de la biblioteca. Del British Museum. Está más que dispuesta a ayudarte.
–¿Más que dispuesta?
Se ríe.
–Lucy tiene mucha curiosidad por todas mis historias de hombres.
Mientras Diane me habla de la alegre Lucy, medito sobre si yo seré una historia de hombres.
Me gustan las mujeres calladas. Las mujeres tímidas, un poco introvertidas. No esas que les silban a los hombres en los bares. Me gustan las mujeres que están llenas de pensamientos y sentimientos, pero que nos los comparten con quien sea cuando sea. No tengo ni idea de qué tipo de mujer es Diane ni por qué me siento tan atraído por ella. Menos idea aún tengo de qué verá en mí.
En la calle Garric hay un restaurante vegetariano francés que es famoso por sus fantásticos menus potages y sus considerables precios. Si se va a invitar a una mujer hermosa a una comida vegetariana, está uno condenado al camino de la perdición si no se aspira a lo perfecto.
Persuado a Diane para que pruebe un guiso de judías gratinado con queso. Yo, por mi parte, pido un gratinado de berenjenas y espárragos con vinagreta. De primero compartimos creps con espinacas y champiñones, que es lo que a regañadientes nos ha recomendado el camarero de ojos semicerrados y pronunciación ceceante. Una de las ventajas de los restaurantes vegetarianos reside en que los camareros están libres de prejuicios y que, por tanto, tratan a un albino con el mismo desdén con que tratan a todos los demás clientes.
Cuando el camarero ha tomado nota del pedido, ha encendido las velas y se ha retirado, Diane apoya los codos sobre la mesa, junta las manos y me mira. Porque el restaurante está en penumbra y porque mi rostro se está bañando en las sombras que ocultarán mi rubor, me atrevo a mencionar lo innombrable:
–Ya sé por qué has salido conmigo.
Las palabras la desarman. Se yergue.
–Ah, ¿sí?
–¡Tienes curiosidad por saber qué les pasa a los albinos a medianoche!
Me mira fijamente, sin comprender, después se echa a reír.
–¡Pues dime por qué! – le pido.
Carraspea, se recompone y me mira de lado.
–¡Porque me gustas!
–¿Te gusto?
–Nunca he conocido a nadie que sea exactamente como tú.
–No hace falta que me lo jures.
–No me malinterpretes. Lo digo como algo positivo.
–Eh, gracias.
–No eres de los que se rinden con facilidad.
–Creo que tozudo es otra manera de llamarlo.
Se ríe para sus adentros y me mira.
–¿No tienes novia? ¿Allí en casa?
–Ahora mismo no. – Se trata de una ligera exageración. No quisiera parecer un pobrecito-. ¿Y tú?
–Justo ahora, yo tampoco. Pero seguro que he tenido cien. – Durante un segundo oscila entre la risa y la desesperación. Por suerte vence la risa-
¡Ese mierda! – le dice al vacío.
Yo callo. Campear con las penas de amores de los demás no es mi lado fuerte. Ya tengo suficientes problemas con los míos propios.
Diane me mira a los ojos. Yo intento devolverle la mirada. No me resulta del todo fácil. Mi mala vista ha desarrollado contracciones en los músculos de los ojos. La enfermedad se llama nistagmus. Los médicos creen que se debe al intento de enfocar y repartir la luz que entra a raudales por el iris al mismo tiempo. Para la mayoría de la gente no es más que un movimiento nervioso de los ojos.
–No eres como los demás-dice ella.
Llega el primer plato y comemos en silencio.
Por fin, cuando el camarero ha servido el segundo plato y el vino, cuando nos ha bufado «Bon appétit» y ha serpenteado de regreso a su oscuro y húmedo escondite junto a la cocina, Diane vuelve a animarse. Se pasa un buen rato contemplándome mientras sonríe y se mordisquea el labio inferior alternativamente. Engarza una judía y se la mete en la boca.
–¿Por qué te hiciste arqueólogo? – pregunta.
Le cuento que me hice arqueólogo porque me gusta la historia, la sistematicidad, la deducción, la interpretación, la comprensión.
Teóricamente, habría podido hacerme psicólogo. La psicología es el arte de ejercer la arqueología del alma. Pero soy demasiado tímido para ser buen psicólogo. Además, los problemas de los demás me interesan muy poco. No porque sea un egoísta, sino porque mis propios problemas son ya lo bastante grandes.
–¿Qué pasa con ese cofre, Bjorn?
Empujo un espárrago de acá para allá sobre el plato, mientras respondo:
–Están ocultando algo. Algo muy grande.
–¿Qué podría ser?
Miro por la ventana. Una furgoneta con cristales tintados está mal aparcada junto al borde de la acera. Pincho el tenedor en el espárrago y me recorre un escalofrío. Tras los cristales tintados imagino cámaras y micrófonos. A veces tengo problemas con mis paranoias.
–Algo lo suficientemente grande como para que estén dispuestos a llegar muy lejos para mantenerlo en secreto -digo en voz baja.
–¿Quiénes son?
–Todos. Nadie. No lo sé. MacMullin. Llyleworth. El profesor Arntzen.
La SIS. El director general de Patrimonio. Todos ellos. Quizá también tú.
No dice nada.
–Lo último era una broma.
Me guiña un ojo y hace una mueca sacando la punta de la lengua.
–Debieron de descubrir algo, en mil novecientos setenta y tres -apunto-.
En Oxford.
–¿En Oxford?
–Todos los hilos se reúnen allí.
–¿En el setenta y tres?
–¿Sí?
Un gesto de dolor le cruza el rostro.
–¿Hay algún problema? – pregunto.
Detrás de nosotros se vuelca una botella de vino. El camarero acude corriendo con cara de reproche.
Diane sacude la cabeza.
–Ninguno -responde algo ausente.
–Hay tantas cosas que no consigo explicar… -continúo-. Cosas que no encajan.
–Quizá seas tú quien no ve la relación.
–¿Tú qué crees? ¿Cómo podía la SIS saber exactamente dónde estaba enterrado el cofre?
La pregunta la coge por sorpresa.
–¿Lo sabíamos?
–Claro. El profesor Llyleworth, DeWitt y mi padre ya especulaban, en su tratado de mil novecientos setenta y tres, con la posibilidad de que hubiera un cofre sagrado en el sitio del hallazgo. Pero hasta este año no se han decidido a buscarlo.
–No es de extrañar. Hasta el año pasado no dispusimos de las fotografías por satélite que desvelaban con exactitud dónde se hallaba el octógono.
Yo debería haber caído en eso.
–La realidad no es nunca tal y como la percibimos -digo-. Alguien tira de hilos que no podemos ver.
–¿Qué quieres decir con eso?
–Sabían bien lo que estaban buscando. Y dónde tenían que buscar. Y lo encontraron. Y entonces aparecí yo y me inmiscuí en todo el asunto.
–¡Eso es lo que me gusta de ti! ¡Que te inmiscuyas!
–No creo que a ellos les entusiasme tanto.
–Pues eso es cosa suya.
–Ahora me he convertido en una china en su zapato.
–¡Les está bien merecido!
Me río.
–Realmente pareces tenerles bastante manía.
–Es que son tan… -Sacude la cabeza y aprieta los dientes.
–¿ Te ha gustado el guiso de judías?
–¡Delicioso!
–¿Te apetecería hacerte vegetariana?
–¡Nunca! ¡Aprecio demasiado la carne! – Me guiña un ojo.
No ocurre con mucha frecuencia que cruce las calles de Londres estrechamente abrazado a una chica preciosa. Lo cierto es que no es muy frecuente que camine abrazado a ninguna chica.
El aire está caliente, denso, cargado. O si no, soy yo. Saludo a los coches que pasan. Les guiño el ojo a las chicas. Un mendigo está sentado, medio durmiendo junto a una cabina telefónica. Diane me ha metido la mano en el bolsillo trasero del pantalón.
Nunca le he dicho a Diane en qué hotel estoy alojado. Pero es ella quien me guía por Oxford Street hasta Bayswater Road. A no ser que sea mi subconsciente. Me arriesgo a echarle el brazo por encima del hombro.
–Me alegro de haberme topado contigo.
Cruzamos corriendo una calle lateral con el semáforo en rojo. Nos pita un Mercedes.
–Me alegro mucho -repito, y la atraigo hacia mí.
De pronto ella frena en seco y empieza a agitar la mano. No entiendo qué está haciendo. Yo me pongo a buscar mosquitos, si es que hay mosquitos en el centro de Londres. Un taxi se para junto a la acera. Cuando se gira hacia mí, Diane tiene los ojos inundados en lágrimas.
–¡Perdóname! – dice-. Gracias por hoy. Eres un encanto. ¡Perdón!
Cierra la puerta de golpe. Yo abro la boca para decir algo, pero ahí dentro no hay ninguna palabra que quiera salir. Diane le indica algo al taxista. Algo que no oigo. El coche sale a toda velocidad. Diane no se da la
vuelta. El taxi dobla la esquina. Desconcertado, me quedo plantado en medio de la acera mirando el tráfico.
Me quedo allí parado.
Linda sigue en recepción. La gata. Linda, la pantera de largas piernas.
–¿Lo ha pasado bien? – pregunta con profesionalidad.
Asiento con la cabeza sin decir ni palabra.
–Tengo otro recado para usted. Y una carta. – Me entrega su nota escrita a mano y un sobre.
Leo que me ha llamado DeWitt y que me pide que me ponga en contacto con él.
Mientras subo hacia el cuarto desgarro el sobre. Contiene una hoja blanca con un mensaje corto.
Recibirá 250.000 libras por el cofre.
Sea tan amable de aguardar ulteriores instrucciones.
Me pregunto cuánto costará comprarme. Mi orgullo. Mi imagen ante mí mismo. Mi respeto por mí mismo. Lo cierto es que no estoy seguro. Pero 250.000 libras no está ni cerca de tentarme.
Debería haberme puesto en contacto con un psicólogo.
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–Diane tiene una relación bastante retorcida con los hombres.
Estoy sentado en una dura silla de la sala de lectura del British Museum.
Sobre mí, la bóveda del techo se eleva a treinta y dos metros de altura de vértigo. Las mesas se despliegan formando rayos desde el centro, redondo como un círculo, de la sala. La memoria escrita de la civilización anglosajona. Una montaña de gruesos libros se apila sobre la mesa ante mí.
En el suelo hay dos cajas de cartón con documentos del archivo de manuscritos. Todo -el aire, mi ropa, la yema de mis dedos- huele a polvo de papel. Pero Lucy huele a Salvador Dalí.
Llevo cuatro horas hojeando y anotando. He rellenado doce folios A-4
con apuntes, comentarios y observaciones. Lucy acaba de volver. Ha plantado su bonito trasero sobre la mesa libre que hay junto a mí y está sentada balanceando los pies. Tiene el pelo rojo, lleva los párpados pintados de azul y un jersey abolsado. Minifalda. Resulta evidente que piensa que yo subrayo la retorcida relación de Diane con los hombres.
No estoy acostumbrado a que hablen de mí en esos términos. No estoy acostumbrado a que las mujeres hablen de mí de ningún modo. A no ser que
les dé lástima.
–Bueno, los hombres hombres son -murmuro, e intento disimular lo cohibido que me siento.
–¡Están bien para lo que son! – dice ella.
–¿Has encontrado algo más? ¿Sobre el monasterio de Vaerne?
–Lo siento, te he dado todo lo que teníamos. – Está afónica, como si llevara algún tiempo de más saliendo de juerga con demasiada frecuencia-.
Sobre todo cartas y referencias a manuscritos. Pero, en cambio, hay mucho más sobre los hospitalarios de San Juan, si quieres echarle un vistazo. ¿Por qué te interesa?
–Se trata de un hallazgo arqueológico.
–Me ha dicho que eres arqueólogo. ¿Encuentras lo que buscas?
–Ni siquiera sé lo que estoy buscando.
Ella se ríe.
–Diane me ha dicho que eres bastante particular.
La orden de los hospitalarios de San Juan de Jerusalén fue fundada con fines caritativos en un hospital de Jerusalén en el año 1050 y consagrada a Juan Bautista. Los monjes cuidaban a ancianos y enfermos, pero más tarde (inspirados por la orden de los templarios, fundada en 1119) asumieron también la responsabilidad de proteger militarmente los lugares sagrados.
Cuando Jerusalén fue conquistada en 1187, los hospitalarios de San Juan trasladaron su cuartel general al castillo cruzado de Acre. Desde allí, mano a mano con los templarios, lucharon contra los musulmanes. Al mismo tiempo empezaron a viajar por el mundo. Curiosamente también a Noruega. Cuando Acre cayó en 1291, los hospitalarios trasladaron su sede primero a Chipre y luego a Rodas.
A través de los siglos, los hospitalarios fueron llevados de batalla en batalla, de huida en huida, de tiempos de grandeza a derrotas y de nuevo a tiempos de grandeza. La orden creció hasta hacerse rica y poderosa.
Recibían regalos de reyes y príncipes. Los cruzados volvían de sus saqueos cargados con grandiosos tesoros. Dice lo suyo el que la orden siga existiendo hoy en día.
Mientras los hermanos de Europa luchaban contra poderosos enemigos, los hospitalarios del monasterio de Vaerne disfrutaban de mucho apoyo. El Papa de Roma envió cartas de protección, la población local y el rey los cuidaban bien.
Pero los monjes de Vaerne no tardaron en encontrar oposición. En una carta del papa Nicolás II dirigida al obispo de Oslo, pide que les devuelvan a los monjes los terrenos que les han sustraído. Sólo cabe adivinar lo que se oculta tras esa carta.
El gran maestro de la orden sólo reconocía al Papa como su superior.
Las tres clases de los hospitalarios -caballeros, monjes y hermanos servidores- extendieron la orden por toda Europa. En los monasterios seguían cuidando a ancianos y enfermos, pero, bajo tanta virtud, vibraba el deseo del gran maestro de conseguir más posesiones, más oro y piedras preciosas, más poder todavía. Para reyes, príncipes y clérigos, las órdenes de los hospitalarios y los templarios acabaron por convertirse en peligrosas competidoras. En 1312, Felipe IV de Francia cortó por lo sano y disolvió la orden más poderosa, la de los templarios. Los algo más inofensivos hospitalarios se quedaron con gran parte de las inconcebibles riquezas de los templarios, pero no pudieron disfrutarlas durante mucho tiempo. Sus posesiones y tesoros fueron confiscados. En 1480 los hospitalarios derrotaron a los turcos cuando éstos atacaron Rodas, pero en 1522
capitularon ante el sultán Suleimán. Los turcos permitieron que el gran maestro viajara a Mesina y, durante las negociaciones con el emperador Carlos V, lo convencieron para que les cediera Malta, Gozo y Trípoli en 1530.
Dos años más tarde se acabó la estancia de los hospitalarios en el monasterio de Vaerne.
Lucy lleva medias rojas. Me distraen. El nailon produce un ruido de fricción entre sus muslos cada vez que mueve las piernas. Un ruido que fácilmente puede desatar la imaginación.
–¿Quién era? – le pregunto-. El anterior de Diane.
–George. Un gilipollas. Se aprovechó de ella. Es muy confiada. – Hace una elocuente mueca-. Se lo encontró con una… pendona.
–¿Rompió ella?
–¿Diane? ¡Ja! Estaba loca por él. Yo se lo decía: «¡No es más que un cuerpo!»Carne y músculos. Un buen culo y nada de cerebro. Pero a ella le iba bien.
–Da la impresión de ser más inteligente que eso.
–Diane es más lista que el hambre. Pero ser inteligente no te convierte en una experta en hombres. Diane está muy desarraigada. En busca de algo.
No sé qué le pasa. Es un poco especial.
–A mí me da la impresión de ser bastante normal.
–Sí, claro. Pero tuvo una infancia triste. Supongo que eso te influye como persona.
–¿Triste en qué sentido?
–Creció interna en colegios. Su padre la visitaba todos los meses. Ella lo adora. Y lo odia, creo.
–¿La abandonó?
–¿El padre?
–El anterior. George.
–¡Eso es obvio! Se mudó directamente a casa de su pendona. Que era más estilizada que Diane, pero diez veces más tonta. Formaban una pareja mejor avenida, si quieres saber mi opinión.
–¿Y tú? ¿Estás casada?
–¿Yo? – Pega un alarido. En el silencio que nos rodea los demás nos miran. Lucy se tapa la boca con la mano y se manda callar a sí misma-.
¿Casada? ¿Yo? – susurra-. ¡Tengo veintitrés años!
Como si eso fuese una explicación.
Si no hubiera sido por Lucy, habría tardado un día sólo en obtener el acceso a la biblioteca y a los manuscritos. Ella me ha conseguido un pase de lector y para consultar los manuscritos sin tener que esperar turno. Me han hecho una fotografía, he entregado mi pasaporte noruego y he rellenado dos páginas de impresos.
En mi gran cuaderno con rayas he apuntado un montón de datos que no sé si son relevantes. Gran parte del archivo del monasterio de Vaerne -
Domus hospitalis sanctijohannis sancti Johannis in Varno en las fuentes latinas- estaba intacto en 1622. Las más antiguas de las cartas de privilegios papales, firmadas por el papa Inocencio III, fueron promulgadas para los monjes del monasterio de Vaerne en 1198. A esas alturas el Papa ya había excomulgado al rey Sverre, por lo tanto el monasterio ha de ser anterior a esa fecha. Como poco de 1194. Pero lo más probable es que sea de 1188: justo después de que los hospitalarios tuvieran que abandonar Jerusalén y mudarse a Acre. El papa Clemente III (que nunca fue reconocido como Papa) escribió entonces una carta al gran maestro de los hospitalarios. Con posterioridad, los investigadores han tenido problemas para interpretar su significado. En suma, la misiva era una exhortación a la orden para que
ocultara y custodiara el cofre sagrado. No es ninguna carta central en la historia de la religión. Ni siquiera está entera. Pero en la copia del documento desgarrado veo, en medio del roto del papel, tres letras: V A R.
Nadie debe de haber reaccionado ante ellas; como he dicho, no es más que un documento entre miles de otros. Pero no se puede descartar que las letras formaran la palabra «Varna».
Avanzado el día Lucy me lleva a un despacho, allí me espera un teléfono descolgado.
Al otro lado oigo a Diane.
Casi susurrando me pide perdón por lo de ayer por la noche. Hay una fría distancia en su voz, como si no supiera del todo lo que quiere ni lo que pretende. No tenía intención de abandonarme tan repentinamente, pero es que se sentía mal. Espera que no esté ofendido.
Le digo que quizá no le sentó bien la comida vegetariana.
Me pregunta si me puse triste.
¿Triste? Lo digo con alegre incomprensión. De todos modos estábamos de camino a casa, je, je.
Me pregunta si puede compensarme. Si quiero verla esa misma noche.
En su casa.
¿Por qué no? No creo que tenga nada que hacer.
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Hace ya un rato que me he fijado en él. Un señor mayor con un abrigo demasiado grueso. Sus facciones son ligeramente exóticas, como si alguno de sus ancestros hubiera sido un príncipe oriental de excursión por Londres.
Tiene el pelo blanco plateado y más largo de lo normal en hombres de su edad. Tendrá alrededor de sesenta años. Es alto y delgado. Distinguido. Los ojos tienen forma de almendra y son despiertos. Camina de acá para allá sacando libros y fichas de registro sin ton ni son. Pero en ningún momento me quita el ojo de encima. Ahora se acerca despacio a la mesa en la que estoy sentado.
Estoy cansado. Llevo todo el día entre libros y documentos que no resuelven ningún enigma. He leído hoja tras hoja sobre hospitalarios, mitos religiosos y cruzados. Acabo de encontrar una pila de documentos que narran los hechos de Rennes-le-Cháteau. He estudiado escritos sobre la visión del mundo de los monjes medievales y sobre la evolución histórica de la postura de la Iglesia ante propiedades y valores materiales. De cuando
en cuando me pregunto a mí mismo por qué me estaré tomando la molestia.
¿Qué importancia tiene? ¿No podría simplemente entregar el maldito cofre?
No es mío. No es asunto mío. Pero algo en mi naturaleza se resiste. Y
quiere saber.
–¿Señor Belto? ¿Señor Bjorn Belto?
Es el primer inglés que consigue pronunciar bien mi apellido. Las os suenan claras, no lanudas. Debe de ser porque en algún momento del pasado aprendió la pronunciación precisa. Por ejemplo porque era colega y amigo de papá.
Por ejemplo en Oxford.
Por ejemplo en 1973.
Charles DeWitt…
Por fin lo he encontrado. Aunque en realidad el que me ha encontrado es él.
Cierro la extraña carpeta sobre los códigos de la orden Rosacruz (que por alguna razón estaba entre los documentos de Rennes-le-Cháteau) y lo miro.
–Soy yo -confirmo, y dejo la carpeta sobre la mesa.
Está medio inclinado sobre mí. Una de sus manos descansa sobre el panel de separación de las mesas. Le echa una mirada rápida a la carpeta, después posa la vista sobre mí. Tiene una irradiación monumental. Me recuerda a un antiguo aristócrata, un lord del siglo XVIII que ha dado un paso fuera del tiempo. Normalmente me habría achicado ante su intensa mirada. Pero se la mantengo con una sonrisa diabólica.
–Se ve que mi aspecto me dificulta desaparecer. Incluso en Londres -
digo con chulería.
No puedo describir del todo los siguientes segundos. En realidad lo único que pasa es que él sonríe ante mi broma autoirónica. Pero es como si esa sonrisa nos elevara a los dos por encima del British Museum y nos llevara a un vacío donde el tiempo se ha detenido. En algún sitio del fondo de la cabeza oigo el tictac del reloj de la casa de campo de la abuela, junto al fiordo, oigo a mamá susurrar: «¡Principito! ¡Bjorn!», oigo los gritos de papá, oigo a Grethe decir: «Esperaba que nunca lo supieras», palabras, voces, sonidos entretejidos con el brillo de un rayo de recuerdos.
En ese mismo momento la realidad vuelve a su sitio. Me muevo en la silla. No da la impresión de que DeWitt haya notado nada.
–¿Ha preguntado por mí? – dice.
Yo pienso: «¡Dios mío, como esto pase de nuevo, voy a tener que llamar al doctor Wang cuando regrese a casa!»
–Supongo que sí -murmuro. Estoy dolorido y confuso. ¿Qué es lo que ha ocurrido?
–¿Qué quiere de mí?
–Supongo que ya lo sabe.
Ladea la cabeza, pero no responde.
Suspiro.
–Todo el mundo sabe más de lo que quiere admitir -digo-. Pero actúa como si no supiera nada.
–Así suelen ser las cosas.
–Tenemos algunos intereses en común.
–Ah, ¿sí? ¡Qué interesante! ¿Cuáles?
–Yo tengo algunas preguntas. Y creo que usted tiene algunas respuestas.
–Eso, evidentemente, depende de las preguntas.
–Y de quien las plantee.
Endereza la espalda y echa una ojeada a la sala.
–Un sitio fascinante. ¿Sabía que una donación testamentaria de cincuenta mil volúmenes, hecha por sir Hans Sloanes en mil setecientos cincuenta y tres, constituyó la base de la biblioteca del museo? ¿Y que en mil novecientos sesenta y seis se catalogaron las colecciones del museo, y que sólo el catálogo tenía doscientos sesenta y tres tomos?
–A alguien se le habrá olvidado contarme eso. – Le sonrío.
–Siento haberlo hecho esperar, señor Belto; acabo de llegar del extranjero. Tengo un coche aguardando ahí fuera; ¿me honraría aceptando una invitación para tomar una taza de té en mi casa? Así podremos discutir nuestros asuntos comunes en un entorno algo más íntimo.
–¿ Cómo sabía que estaba aquí?
Una sonrisa turbada le comba los labios.
–Estoy bien informado.
No lo dudo.
Vive en una zona elegante; unas amplias escaleras conducen a la puerta y una escalerita estrecha (tras una verja de hierro) lleva a la entrada de servicio. Una limusina de cristales oscuros ha aparecido ante la acera cuando salíamos del British Museum. Durante veinte minutos, el chófer, a
quien vislumbraba tras el cristal de separación, ha serpenteado por un laberinto de callejuelas. Me pregunto si será para despistarme. Por eso me fijo en la placa con el nombre de la calle en la que nos paramos. Sheffield Terrace.
La dirección de Jocelyn DeWitt era Protheroe Road.
DeWitt abre la puerta con llave. Dos agujeros de tornillos y un tono más oscuro indican el lugar donde debería de haber estado la placa con el nombre. Es una vivienda elegante y, al igual que muchas viviendas elegantes, da la impresión de que nadie ha vivido en ella y de que está recién terminada. Ni los muebles, ni los cuadros, ni las alfombras consiguen darle calor de hogar. No veo raíces. Nada personal. Ningún pequeño objeto que rompa con el conjunto pero que está ahí porque el habitante lo relaciona con algo alegre. Todo está tan esterilizado como sería de esperar en un hombre recién divorciado que se ha ido de casa y está montando su nueva vivienda.
–¿Así que tu mujer se quedó con el ama de llaves? – le digo cuando nos quitamos los abrigos.
DeWitt me mira ofendido.
–¿Mi mujer?
Podría haberme mordido la lengua. Ha sido un comentario poco fino y no deliberado. Típico de mí. Uno de esos comentarios descuidados que puede uno permitirse con un buen amigo. Pero para un aristócrata como Charles De-Witt, el divorcio -sólo se me ocurre que se trate de un divorcio entre él y Jocelyn- tiene que ser una catástrofe social, no apta para bromas por parte de un total desconocido.
–Lo siento -digo con docilidad-. Miré en la guía telefónica y la llamé. A tu mujer. Pero no estaba en casa.
–¿Disculpa? – replica secamente. Parece aturdido.
–Jocelyn -tanteo.
–¿Cómo?
–No conseguí dar con ella.
–¡ Ah! – exclama de pronto. Me mira muerto de risa-. ¡Jocelyn! ¡Ya comprendo! Ah… ¡Ya comprendo!
Entramos en el salón y nos sentamos junto a una ventana donde el sol corta columnas de plata en el polvo flotante.
–¿Querías hablar conmigo? – pregunta.
–Quizá sepas de qué se trata.
–Quizá. Quizá no. ¿Qué te ha traído hasta mí? ¿Hasta nosotros?
–Encontré tu nombre en el tratado. En casa de Grethe.
–Grethe. – La voz es frágil, tierna; como la que usaría un padre al hablar de su hija instalada en un país lejano.
–¿La recuerdas?
Ciérralos ojos.
–Oh, sí -dice simplemente. Después le atormenta la cara un gesto de tristeza.
–¿La conocías bien?
–Durante un período fuimos novios. – Dice «sweethearts». Cosa que arroja una luz dulzona sobre el romance. Si conozco bien a Grethe, la relación debió de ser todo menos dulzona. Pero al menos explica un poco el comportamiento de ella. Después pasa algo asombroso. A DeWitt los ojos se le ponen brillantes. Se rasca el rabillo del ojo-. Por favor -musita algo aturdido-, no te sorprendas tanto. Grethe siempre ha sido una mujer…
¿cómo diría? apasionada. De sangre caliente. Y un alma cálida. Demasiado buena y complaciente. No es de extrañar que tuviera muchos…, eh…, amigos a lo largo de los años. Esto fue hace muchos años.
–Le pedí consejo. Referente a un hallazgo arqueológico. Y entonces tropecé con esto. – Le enseño su tarjeta de la Asociación Geográfica de Londres.
Mira fijamente la tarjeta amarillenta con gesto ausente. Se esfuerza por retener algo.
–Al parecer, allí nunca han oído hablar de ti -digo.
–Todo se debe a un malentendido.
–¿ Un malentendido?
–No pienses en ello. Pero desde luego deberían haber reconocido el nombre de Charles DeWitt.
–He venido a causa de un hallazgo arqueológico.
–¿Sí?
–Encontramos un cofre.
–Interesante.
–De oro.
–¿ Lo has traído contigo?
–¿Cómo?
–¿Para que le echáramos un vistazo?
–No lo entiendes. ¡El asunto es que tengo que proteger el cofre!
Arquea la ceja izquierda.
–Ah, ¿sí?
–Intentaron robarlo. Querían sacarlo del país.
–¿De quién estás hablando?
–Llyleworth. Arntzen. Loland. Viestad. ¡Mis superiores! ¡Todos! Están todos implicados, de un modo u otro.
Su risa suena auténtica.
–¿Crees que exagero? – pregunto-. ¿O que me lo estoy inventando todo?
–Creo que estás comprendiendo mal una serie de cuestiones. Cosa que no es tan rara, en el fondo. – Me mira-. Pareces una persona desconfiada, Bjorn. Muy, muy desconfiada.
–Es posible que sea un paranoico. Pero quizá se deba a que tengo razones para serlo.
Está claro que se está divirtiendo. Aunque yo no entienda por qué.
–Entonces, ¿qué has hecho con el cofre?
–Lo he escondido.
Su ceja vuelve a arquearse.
–¿Aquí? ¿En Londres?
–No.
–¿Dónde?
–¡En un sitio seguro!
–¡Eso espero! – Toma aire, intenta concentrarse-. Cuéntame por qué te estás implicando tanto en esto.
–Porque todo el mundo quiere quitármelo. Porque yo era el supervisor.
Porque intentaron engañarme.
Su rostro adquiere un matiz como de satisfacción.
–El protector -susurra.
–¿Perdón?
–Te ves a ti mismo en el papel del protector. Eso puede gustarme.
–Yo hubiera preferido no tener que proteger nada.
–Se entiende. Hablame de las excavaciones.
–Estábamos trabajando en un prado junto a un viejo monasterio medieval en Noruega. Dirigía las excavaciones el profesor Graham
Llyleworth, de la SIS. Bajo la supervisión noruega del profesor Trygve Arntzen y el director del Instituto Frank Viestad. Y del director general de Patrimonio Histórico, Sigurd Loland. Yo era el supervisor de campo. Ja, ja.
Buscábamos un castillo redondo. Eso decían. Lo que encontramos fueron las ruinas de un octógono. Quizá conozcas el mito. Y en esas ruinas estaba el cofre. Abracadabra.
–¿Y partir de eso deduces que hay una conspiración?
–El profesor Llyleworth se escapó con el cofre. Se lo llevó al profesor Arntzen, mi superior.
–De todos modos yo diría que, hasta ahora, todo se ha hecho cumpliendo las normas. ¿Por qué interviniste?
–Porque planeaban sacar el cofre de contrabando de Noruega.
–¿De qué manera?
–Probablemente con un avión privado. Habían convocado a alguien de Francia.
–Ah, ¿sí? ¿Y cómo sabes eso?
–Lo oí a través de la puerta.
Me mira y se desternilla.
–¡Ya lo he entendido! ¡Eso explica un montón de cosas! ¡Lo oíste a través de la puerta!
–Me permití interrumpir esa pequeña conspiración.
–¡Es una manera de decirlo!
–Robé el cofre a mi vez.
–¡Qué sentido de la responsabilidad!
No sé si me está tomando el pelo.
–¿Y qué te ha traído precisamente hasta mí?
–Tenía la esperanza de que pudieras explicarme qué es lo que pasa con ese cofre.
–¿ Por qué iba yo a saber nada de eso?
–Todo apunta hacia Oxford. Mil novecientos setenta y tres. Y el tratado.
–Ah, ¿sí?-dice vacilante.
Me retuerzo las manos.
–Ahora me estoy moviendo sobre hielo fino, pero como no estabas implicado en las excavaciones… me figuro… espero que puedas ayudarme.
–¿Cómo?
–Contándome qué fue lo que encontrasteis hace veinticinco años.
Pensativo, se acaricia la barbilla mientras me mira.
–Permíteme que te sea sincero -dice-. Seamos sinceros los dos. Yo sé más de lo que quiero mostrar.
Nos medimos mutuamente con los ojos.
–¿Sabes lo que contiene el cofre? – pregunto.
–Primero deseo saber dónde está.
–En un sitio seguro.
–¿No lo habrás abierto?
–Por supuesto que no.
–¡Bien! Bjorn, ¿confías en mí?
-No.
Mi respuesta directa vuelve a desencadenar la risa en él.
–Amigo mío, te entiendo. Entiendo tu escepticismo. Pero reflexiona…
No conoces el alcance de lo que estás haciendo. ¡Hay muchas cosas que ignoras! Debes devolver el cofre. – Su mirada es suplicante.
–¿Porqué?
–¿No podrías confiar en mí sin más?
–No. Quiero saber lo que contiene.
Cierra los ojos y respira un rato a través de la nariz.
–Créeme cuando te digo que te comprendo. Tienes curiosidad. Tienes tus sospechas. Inseguridades. ¿Miedos? Y quizá pienses que en última instancia se trata de dinero.
–La idea me ha rondado.
–Pero no es así.
–¿Y entonces de qué se trata?
–Es una larga historia.
–Dispongo del tiempo que haga falta.
–Una historia complicada y prolija.
–Se me da bien escuchar.
–No lo dudo.
–Ahora sólo espero una explicación.
–Ya lo veo. Pero he de pedirte que aceptes que la solución al enigma es tan delicada que no se puede compartir contigo.
–¡Vaya bobada tan pomposa!
Mi exabrupto lo divierte.
–¡Bien dicho, señor Belto¡ ¡Vaya que sí! ¡Bien! Das la impresión de ser un hombre al que se le pueden revelar secretos.
No es una pregunta. Es una constatación. O quizá más bien una orden.
Pero yo no digo nada.
–Se puede decir que no tengo elección -continúa. No es conmigo con quien está hablando. Habla consigo mismo y a mí me deja escuchar la conversación-. No me queda más remedio que confiarte nuestro pequeño…
secreto. ¡No me queda más remedio! – repite-. ¡No me queda otra opción!
Yo sigo sin abrir la boca. Pienso: «Es imposible que se ponga aún más melodramático.»
Pero me equivoco.
Está a punto de levantarse, pero se queda sentado.
–Señor Belto, ¿podría hacer un juramento?
–¿Un juramento?
Pienso en el juramento que el director Viestad se tomó tan en serio.
–He de pedirle, como caballero y como científico, que me prometa no revelar nunca lo que ahora voy a contarle.
No está claro si me está tomando el pelo.
–¿Lo prometes, Bjorn?
A medias espero que se abra la pared y que aparezca un equipo de veinte personas de Cámara oculta con flores, micrófonos y risas. Pero no pasa nada.
–Vale. Lo prometo -afirmo, pero no sé si lo digo de corazón.
–Bien -le dice al aire; sigue sin dirigirse a mí, sino más bien a algún espíritu que flota en algún sitio por encima de mi cabeza-. ¿Por dónde empiezo? – se pregunta a sí mismo-. Bueno… Se podría decir que es un club de chicos. Un club para iniciados. Para sabios. Un club masculino de arqueólogos.