El gran principe Shan
Capítulo XIII
El automóvil giró y entró por la gran puerta de entrada del South London Aeronautic Terminus y comenzó a ascender lentamente por el ancho y asfaltado camino hacia lo que, unos pocos años antes, se había estimado como una nueva maravilla del mundo. Maggie se puso de pie, lanzando una pequeña exclamación de asombro.
—¡Nunca había estado aquí de noche! —exclamó—. ¡Es algo sorprendente!
—¡Maravilloso! —convino Nigel—. Es el aeropuerto más grande del mundo… más grande, según se dice, que todas las estaciones ferroviarias juntas. ¡Mira los focos, Maggie! ¡No es de extrañar que el cielo, desde el terrado de Belgrave Square, parezca siempre que esté encendido de noche!
Estaban aproximándose al primer gran cobertizo de los construidos en semicírculo alrededor de un inmenso espacio de terreno perfectamente asfaltado y a nivel. Cada cobertizo, tan grande como una estación ferroviaria ordinaria, con arqueada entrada, estaba iluminado eléctricamente. En los andenes esperaban verdaderas muchedumbres. En muchas pistas los motores de gigantescos aviones estaba vibrando, a punto de despegar. En el fondo había una inmensa instalación de telegrafía inalámbrica y alrededor, a intervalos regulares, enormes pilares en cuya cúspide brillaban focos de diferentes colores. El automóvil se detuvo ante un cuadro de llegadas y salidas, profusamente iluminado. Nigel se apeó un momento, y preguntó a uno de los funcionarios:
—¿Cuál es el hangar del Dragón Negro, avión particular que se espera de China?
El preguntado consultó el cuadro, y dijo:
—Número 7, a la otra parte. Puede usted conducir dando la vuelta.
—¿Cuándo se le espera?
—Cruzó el Mar del Norte puntualmente —contestó el preguntado—.
Dentro de diez minutos veremos sus luces color violeta. Tengan cuidado
cuando pasen por el minero 3. Acaba de llegar el avión de Noruega.
Nigel le recomendó al chófer que marchase con precaución, y arrancó el coche. Desde el primer cobertizo pasaron por una fila de vehículos que salían abarrotados de equipajes; multitud de pasajeros recién llegados se abrían paso a empellones, camino del subterráneo eléctrico. En el hangar número 7 dejaron el coche y dirigiéronse al extremo de la larga plataforma.
El elevado techo arqueado, con cubierta de vidrio, estaba brillantemente iluminado, reflejando hacia abajo una rara luz sobre la larga fila de empleados, sobre las cantinas y los puestos de periódicos. En el extremo final un enorme aparato, destinado al Este, estaba siendo asaltado por los viajeros. Maggie y su compañero contemplaron unos minutos el enorme espacio vacío.
—¿Qué me cuentas de Naida? —le preguntó la joven un poco abruptamente.
—Naida es una maravillosa mujer —contestó Nigel, entusiasmado—.
Tomamos el lunch en Ciro. Llevaba un traje de muselina blanca y negra que acababa de recibir esta mañana de París. Después fuimos a Ranelagh y nos sentamos bajo un árbol.
—Dedicándote por completo a tu trabajito, ¿no es así? —dijo Maggie, burlona.
—Antes de poco tendrás ocasión de cazarme —replicó él—. Nadia me ha prometido que te proporcionará una entrevista con el príncipe.
—Desearía saber qué dirá Oscar Immelan —dijo Maggie, pensativa.
—A decir verdad —dijo Nigel, esperanzado—, creo que Immelan está perdiendo terreno. Su proyecto es demasiado egoísta. Por supuesto, Naida no quiere discutir estas cosas conmigo claramente; pero de cuando en cuando me insinúa algo. Entre sus dones, tiene el maravilloso sentido de la justicia y odia toda forma de soborno. Por eso es por lo que estoy convencido de que ella e Immelan chocarán. Immelan nunca podrá ver más que el lado egoísta, ni aun en caso de un cataclismo mundial. Naida busca en todas partes el motivo. Tiene instinto altruista. No me extraña el proceder de Matinsky. Ella ha nacido gobernante.
—Me complace saber que estáis intimando —dijo Maggie.
—¡Mira! —interrumpió él, cogiéndola del brazo—. ¡Las luces violeta!
Arriba, en el cielo, dos puntos violeta surgieron de pronto como globos de aire. Un grupo de mecánicos apareció por las puertas subterráneas y se esparcieron por la vasta plataforma. Muy pronto la nave aérea estuvo a la vista, iluminando brillantemente el espacio. Describió, despacio, un círculo y aterrizó sin hacer ruido alguno, y con los mecánicos corriendo a su lado y los motores apenas perceptibles, llegó al cobertizo y se detuvo junto al andén. Maggie y su acompañante permanecieron en el fondo.
—¡Mira quién viene! —exclamó la joven.
Immelan apareció de pronto, como salido de las entrañas de la tierra, y le estrechó las manos, calurosamente, a un hombre alto, delgado, que fue uno de los primeros en descender. Hablaron rápidamente durante unos pocos minutos. Luego desaparecieron, bajando a la estación de revisión de equipajes.
Maggie contempló, con ansiedad, las figuras que desaparecían.
—En nada parece chino —declaró.
—Ya te dije que no lo parecía —repuso Nigel—. Era el mejor parecido de los jóvenes de su edad en Oxford.
Ya de regreso, Maggie permaneció un rato silenciosa y pensativa.
—¿Qué hemos sacado en limpio de esta excursión? —preguntó finalmente.
—¿Te sabe mal haber venido? —replicó él.
Ella estaba como recién despertada de un mal sueño.
—Nigel, a mí me pasa algo… Siento frío y estoy nerviosa… Estoy como si nos fuera a suceder algo.
Él la miró con curiosidad. Esta era una Maggie que apenas conocía.
—¿Presentimientos? —le preguntó.
—Sería absurdo —contestó ella con una débil sonrisa—. Pronto me pasará. No creo que el príncipe Shan me resulte agradable, Nigel.
—Eso es una imaginación tuya —observó él—. Ni siquiera le has visto la cara.
—Pude verle de refilón. Me pareció como tallado en granito, y sin nada humano en él más que la boca y los ojos. Ojalá no me hubiera visto.
—¿Acaso tienes la presunción de que te recuerde? —preguntó Nigel.
—Tengo esa seguridad —respondió la joven, simplemente.
A la noche siguiente cenaban Immelan y el príncipe Shan en el salón blanco y oro del Ritz. El alemán conversaba animadamente sobre temas frívolos y entre sorbo y sorbo de champaña, explicábale a su compañero de mesa quienes eran los personajes más notorios que había en el comedor. El príncipe le oía impasiblemente, sin una sola contracción de su rostro, tan blanco como la camisa que llevaba, en cuya pechera se destacaban unas discretas perlas negras. Vestía a la última moda, impecablemente, con el negro cabello alisado cuidadosamente y las uñas perfectamente manicuradas. No cabía duda de que conocía todos los refinamientos de la civilización occidental. Lo único que denotaba su orientalismo era su impenetrable expresión de esfinge, la no corriente configuración de sus ojos brillantes y un aire peculiar y despegado de cuanto le rodeaba. Comía poco, sólo bebía agua y observaba prolongados silencios. Sin embargo, oía a su acompañante con cortés deferencia y aparentando interés. Por fin pareció renunciar a su actitud reservada, y le preguntó a su anfitrión:
—¿Me podrá decir, usted que conoce a todo el mundo, quién es aquella joven que va acompañada de una dama y de un caballero que si mal no recuerdo fue compañero mío en Oxford y cuyo nombre he olvidado?
—Les conozco —contestó Immelan, sin entusiasmo—. La joven es lady Maggie Trent, la señora de cabellos blancos su tía y el que las escolta es lord Dorminster, a quién usted conocería con el nombre de Ringley…
Acaba de heredar el título.
El príncipe Shan dejaba vagar su mirada por el salón y tras fijarse en los grupos de distinguidos comensales, se perdía en la contemplación de las paredes, pintadas de blanco y oro, como si en ellas, hubiera escrito algo que le preocupara. Había sido siempre un infatigable viajero, y como le sucedía frecuentemente al ponerse en contacto con otra civilización más corrompida que la suya, no podía substraerse a un cúmulo de nuevas sensaciones. Sus oídos estaban ahora cerrados a las palabras que desgranaba incansablemente su compañero.
—Según se dice lady Maggie y lord Dorminster están prometidos; pero creo que no pasa de ser una suposición.
Por segunda vez, los ojos del príncipe se posaron en la joven, que vestía con maravillosa sencillez y sonreía con singular encanto. En este punto se cruzaron las miradas de ambos, y el príncipe oyó entonces algo así como la llamada inefable de Occidente, con todas sus sugestiones.
—Me complacería trabar amistad con lady Maggie Trent —dijo el príncipe con perfecta naturalidad.
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