El gran principe Shan
Capítulo XXXII
El príncipe, majestuosamente erguido en el saloncito de su Dragón Negro, observaba con mirada crítica cuanto le rodeaba. Las paredes eran de roble obscuro exornadas con blancos paneles en los que un artista célebre había pintado diversos motivos chinescos: un delicado paisaje, un templo, una pagoda rodeada de árboles floridos. Aquí y allá pendían lujosos cortinajes y tapices de fina seda pertenecientes a una de sus residencias en la China del Norte. El tapete que cubría la mesa era también de una seda muy suave. Por todas partes se veían lindos búcaros de porcelana desbordantes de flores. Dos sillas y un canapé completaban el mobiliario.
De los dos dormitorios llegaba un perfume que recordaba el del almendro, el del té verde y el del espliego, y por las entreabiertas puertas podía verse la blancura de nieve de las ropas de cama. En el cuartito adjunto brillaba la bañera de plata.
En el umbral del salón, esperaba órdenes el piloto.
—¿Lo ha encontrado todo bien, Alteza? —preguntó.
—Todo está en orden —contestó el príncipe Shan—. Chin Su es un mayordomo perfecto.
—El sacerdote está ya en su camarote, alteza, las provisiones están a bordo y la tripulación en sus puestos —anunció el piloto—. ¿A qué hora desea salir Su Alteza?
—A las seis en punto —respondió el príncipe, examinando el campo y la blanca carretera que conducía a Londres—. No puedo salir antes porque espero un mensaje de despedida. ¿Ha llegado la mujer de que te hablé?
—Está esperando, Alteza.
—Ya sabe que si no llega la otra pasajera, no necesito a esa mujer para nada, y que la dejaremos aquí.
—Perfectamente, Alteza.
El príncipe cruzó la puerta de su hangar particular y salió a la estrecha plataforma de madera. Los motores se habían puesto en marcha y su
ronroneo ensordecedor parecía preludiar los bramidos de un gigante. La mañana era clara, plateada, y la luz del sol pintaba de leves arreboles el horizonte. Al otro extremo del campo dé aviación, vasto y llano, cubierto de ceniza, las bajas ondulaciones del terreno trepaban cada vez más arriba, como deseosas de alcanzar la cúspide de la cordillera, anegada en el azul.
Por la parte del norte, la evaporación del Támesis oscurecía el horizonte.
Londres aparecía envuelto en un manto de niebla; pero en las proximidades del aeródromo se recortaban las siluetas de los edificios fabriles y de los grandes almacenes. Escuchando atentamente podíanse percibir los primeros rumores de la inmensa ciudad, que empezaba a despertar. Oíanse los estridentes silbatos de los remolcadores que cruzaban el río, cuyas aguas ocultaba la bruma.
El príncipe Shan avanzó hacia la parte de la pista reservada a los reyes y a los visitantes de nota. A cincuenta metros de distancia, el avión de Madrid estaba a punto de despegar. Sus silbatos llamaban a los pasajeros rezagados y sus motores resonaban con poderoso impulso, haciendo temblar la estructura. El aparato acentuó su rugido, y de pronto se elevó entre los gritos de adiós de los que se quedaban.
El príncipe Shan consultó su reloj. Eran las seis menos veinte. Se detuvo de repente al ver venir por la brillante pista de uso reservado un coche a gran velocidad. El príncipe Shan fijó en él la mirada, sugestionado y deslumbrado como si el mismo sol le diera en el rostro. Se transfiguró; quedóse inmóvil, sin atreverse a avanzar. Vacilaba como si se hallase sobre una nube. Le temblaban los labios, anhelantes de pronunciar un nombre.
Pero aún no había visto a los ocupantes del coche… Sus criados permanecían a respetuosa distancia. El príncipe sintió que se le humedecían los ojos y se le oprimía la garganta. El coche enfiló el hangar, de arqueada techumbre, y a un gesto del príncipe, los servidores que esperaban allí apresuráronse a abrir las puertas de la elegante limousine, cargada de equipajes.
Un caballero y dos damitas descendieron del coche. Eran Nigel, Naida y Maggie. Ésta anduvo hacia el príncipe, mientras sus dos acompañantes se hacían cargo de las maletas que descargaban los criados.
El príncipe la recibió a unos pasos de la entrada de la plataforma.
Maggie creyó descubrir cosas de maravilloso significado en el rostro del príncipe. Éste se inclinó ante ella, y retuvo entre las suyas la mano que le tendió la joven.
—Mi Maggie querida y dulce —susurró el príncipe al tiempo de besarle los dedos—. ¡Hagan mi dios y el tuyo que seamos muy felices!
—Aún en medio de mis vacilaciones decíame mi corazón que acabaría viniendo —dijo la joven, con el rostro radiante de alegría—. Me siento feliz y contenta. Desde luego, el comienzo es magnífico. Dejaremos la tierra para remontarnos por las nubes.
—La alegoría es bonita, y prometedora —respondió el príncipe, sonriendo—. La grabaremos en nuestros corazones. Todo aquél que busca la felicidad, la halla. Me considero muy afortunado al llevarte a los lugares más hermosos de la tierra. Desvelaré ante tus ojos un nuevo arte y una nueva forma de belleza. Pasearemos juntos por verdaderos jardines de hadas. Te cubriré de joyas nunca vistas en Europa, y te daré lo más raro y portentoso, aún para mí, que tanto me conozco, y es el amor que ilumina mi alma.
—¡Qué feliz voy a ser contigo! —exclamó ella con voz musical.
Nigel y Naida se les acercaron en este punto, y después de estrecharles las manos, el príncipe los condujo a su aparato. Los visitantes observaron con asombro el lujo de los camarotes mientras los criados procedían a ordenar los equipajes. Terminada su misión, quedáronse cada cual en su sitio, como figuras inanimadas. Se oyó el agudo silbar de la sirena, y Nigel y Naida iniciaron las despedidas.
—Espero enviar pronto el Dragón Negro por usted, lord Dorminster, y por la que será su esposa —prometió el príncipe, desde la ventanilla del avión—. Asia ya no está tan lejos como antes de inventarse estos aparatos.
Maggie se alegrará mucho de verles allí.
—Cuando despegue el aparato os enviaré mi mensaje de despedida —
anunció Maggie, desde lo alto.
La joven susurró algo al oído del príncipe y éste extrajo un paquetito de su bolsillo. Inmediatamente dio una orden y el gigantesco avión se deslizó casi imperceptiblemente por la pista. Ya en el aire, el Dragón Negro
revoloteó por encima de las cabezas de Nigel y Naida, mientras Maggie les arrojaba unos trocitos de papel.
Lord Dorminster recogió uno de ellos y apenas leído, le dijo a Naida:
—Este es el mejor adiós que Maggie podía dedicarle a Inglaterra. Es el proyecto de tratado que el príncipe no llegó a firmar.
Nigel correspondió al regalo agitando su sombrero.
Con increíble rapidez el Dragón Negro atravesó una nube, y al salir de ella emprendió el vuelo directamente hacia el Este. Los primeros rayos del sol envolvieron el aparato con un áureo resplandor.
Naida enlazó su brazo con el de su acompañante y murmuró, con trémula voz:
—¡Qué modo tan maravilloso de partir en busca de la felicidad!
—No nos será difícil encontrarla, aunque no separemos nuestros pies de la tierra —respondió Nigel, visiblemente impresionado.
Naida exhaló un leve suspiro, y susurró:
—El cielo está en todas partes.
Por el rostro del joven pasó un relámpago de felicidad.
FIN
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Terminaste El gran principe Shan
E. Phillips Oppenheim
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