El gran principe Shan
Capítulo XXIX
En la suntuosa residencia de la calle de Curzon reinaba a la mañana siguiente una gran actividad. Ante la puerta principal se alineaban varios taxis y coches lujosos, de los que descendían los visitantes que acudían a despedir al dueño de la casa. En una gran dependencia a la que muy pocos tenían acceso, media docena de secretarios despachaban una copiosa correspondencia bajo la vigilante mirada de Li Wen. El trabajo era muy intenso y duraba desde hacía varias horas.
En el salón de fiestas, el príncipe Shan atendía a varias personalidades del gran mundo social y a unos cuantos políticos y periodistas, a los que previamente les había dejado franco el paso el propio Li Wen. Sólo uno de los visitantes había conseguido eludir la intervención de Li Wen y hacer llegar a manos del príncipe su tarjeta, el conde de Dorminster, cuya presencia sorprendió muy de veras al magnate asiático.
El príncipe le recibió con altivez, sin faltar a las reglas de la cortesía.
—Ha sido muy amable al venir —le dijo el príncipe, tendiéndole la mano con ceremoniosa frialdad—. Supongo que viene a desearme buen viaje.
—Eso dependerá de lo que usted conteste a lo que yo he de decirle —
replicó Nigel.
—Estoy dispuesto a oírle —contestó al punto el príncipe—; pero antes he de confesarle que lo que más he podido apreciar en este país es la propensión al candor que tienen ustedes. ¿Viene usted como embajador de su prima o a abogar por ella?
—Mi visita no tiene nada que ver con lady Maggie —repuso Nigel, serio y estirado.
—Pues entonces no tiene necesidad de explicarse —le anunció el príncipe—. Dé por concedido lo que le interese a usted; y si necesita de mi consejo, lo tendrá. Pero, por mi parte, deseo comunicarle algo que se relaciona con lady Maggie Trent.
—Diga usted, príncipe —le dijo Nigel.
—En mi país no acostumbramos, ni lo he hecho yo en mi vida, apoderarnos, ni apetecer siquiera lo que pertenece a otro. Si el hado ha hecho que yo pase ante sus ojos como un ladrón, lo siento muchísimo.
Sencillamente, le he pedido a lady Maggie que me acompañe en mi viaje a China, porque anhelo hacerla mi esposa.
Nigel sintió que se le trababa la lengua, pues el príncipe había hablado en un tono tan firme como pudiera hacerlo un intérprete del destino humano. Todo lo que un momento antes habíale parecido a Nigel imposible y monstruoso, habíase borrado de su mente.
—Usted me dice esto a mí como…
—Como cabeza de familia —le atajó el príncipe.
—Bueno; pero también como pretendiente a la mano de Maggie —
persistió Nigel—, pues no dudo que habrá oído decir que yo había de casarme con ella.
—Sí; pero muy vagamente —respondió el príncipe—; pero aún dándolo por cierto tampoco hubiese variado de actitud. Los hombres sentimos todos lo mismo cuando una mujer se apodera de nuestro corazón, igual en su tierra que en la mía. El amor es irremediablemente egoísta. Cada cual va a lo que le importa, y la victoria nos inspirará tal vez piedad por el vencido; pero no consideración.
—¿Pero querrá hacerme creer que Maggie ha accedido a ser su esposa?
—le preguntó Nigel con incontenible brusquedad.
— Lady Maggie no me ha contestado. La dejé sola con sus pensamientos; pero espero noticias suyas de un momento a otro. Sabe que salgo para China mañana al amanecer.
—¿Así que está usted pendiente de lo que ella decida?
—Exacto —admitió el príncipe, esbozando una de sus indescifrables sonrisas—, y la misma inquietud que me domina hace más deseable para mí confiarle a un buen amigo las esperanzas y temores que abrigo en mi corazón. Usted es la única persona a la que yo puedo confiar mis pensamientos en este instante, lord Dorminster. Sería un gran consuelo para mí, aunque no resultaría grato para usted, que aun siendo tan perspicaz no
hubiese imaginado jamás que un príncipe chino pudiera disputarle la dama a un Par de Inglaterra.
—En esto se equivoca, príncipe —alegó Nigel—. Siento la mayor admiración por los descendientes de la más rancia aristocracia del mundo.
Usted merece entrar en liza con el más noble de los ingleses, y hasta ganar si puede, en buena lid.
—¿Y qué piensa de mis aspiraciones, si me permite que le haga esta delicada pregunta? —inquirió el príncipe Shan.
—No soy el más indicado para responderle; pero no niego que Maggie está profundamente impresionada.
—Espero convertirla en princesa. Como usted no ha estado nunca en China, ignora nuestras costumbres. Confío en recibir su visita algún día en alguno de mis palacios; pero le anuncio que si lo hace se convencerá personalmente de que su prima será a mi lado la mujer más feliz del mundo.
Inglaterra es un gran país, no lo niego; pero aquí hasta el aire está saturado de la idea del utilitarismo. En cambio, el mío es el país de los pensamientos generosos, de los lugares más bellos, donde la vida transcurre tranquila y sosegada. Su prima disfrutará de los mayores refinamientos que se puedan soñar, revestidos de una gran belleza. Ningún ser dotado de un alma sensible podría ser desgraciado en el mundo en que ella vivirá.
—Me sorprende su ciega confianza —opinó Nigel.
—Total —afirmó el príncipe—. La felicidad de su prima corre de mi cuenta. Ahora bien, lady Maggie aún no ha dicho su última palabra. Lo único que falta saber es si tendrá el suficiente valor para someterse a un cambio tan radical en su existencia.
—Precisamente no será la falta de valor lo que retenga a mi prima en Inglaterra.
El príncipe hizo en este punto un ligero ademán como para indicar que, agotado el tema, debían abordar otro asunto.
—Ya que he tenido el placer de recibir su visita —prosiguió el príncipe
—, permítame que le exponga un asunto mío, muy personal, en el que usted será el personaje principal y yo el escudero.
—No sé adónde va usted, príncipe —confesó Nigel, frunciendo el ceño.
—Trato de justificarme ante usted —repuso el príncipe—. Por temperamento, soy reflexivo. He heredado la propensión a filosofar de mis antepasados. Algunos fueron pensadores admirados en todo el mundo.
Tengo la certeza de que de no haber venido yo a Londres, usted se hubiera casado con lady Maggie, por los imperativos del parentesco y de la convivencia.
—¡Príncipe Shan! —exclamó Nigel, acentuando el ceño.
Pero de nuevo hubo de callar, como si una mano extendida le tapara la boca.
—Usted hubiera llevado una vida plácida —continuó el príncipe—, porque tiene un carácter bondadoso. Su esposa hubiera seguido viviendo tranquilamente. Pero, con todo, les llegaría el día en que uno y otro daríanse cuenta de que habían perdido los bienes más grandes de la tierra.
—Déjese de vanas profecías, príncipe —replicó Nigel—. He venido a hablarle de algo muy diferente.
—Le ruego que me atienda un momento más —insistió el príncipe—.
Quiero comunicarle algo muy íntimo, y me aventuro a hacerlo porque sé que la conozco a ella más que usted. Me refiero a Naida Karetsky. De cuantas mujeres existen, ésta es la única capaz de hacerle a usted plenamente dichoso.
—No tolero que me hable usted de esa mujer —prorrumpió Nigel, rígido y tirante.
—Ese es un rasgo puramente isleño —repuso el príncipe—. No hay asunto más grato para dos hombres como nosotros que conversar, con toda devoción y reverencia, de las mujeres que más nos han hecho sentir. Sólo unas palabras, lord Dorminster. Ha cesado el tiempo de las alianzas matrimoniales entre las familias reinantes de Europa, por conveniencias de los gobiernos o por razones de Estado; pero existe un tipo de alianza de utilidad perenne e inalterable; y desde este punto de vista me atrevo a decirle que el mayor servicio que usted puede prestarle a su patria, es casarse con Naida. Se lo asegura un hombre que lleva en su espíritu una tradición filosófica de muchos siglos. Reflexione, lord Dorminster…
Dispongo ya de poco tiempo. Dígame cual es el objeto de su visita.
—Vengo a rogarle que antes de salir de Inglaterra se entreviste con el Primer ministro.
El príncipe se movió ligeramente en su asiento, arrugó la frente y permaneció meditabundo un instante.
—Conforme si todo se reduce a una ceremonia protocolaria de despedida —alegó el príncipe—; pero si he de conversar con mister Mervin Brown de asuntos graves, ha de manifestarle que aún no estoy en situación de tomar decisiones de importancia.
—¿Pretende primero conquistar a Maggie, haciendo valer su elevada condición? —insinuó Nigel.
—Jamás lo he pensado —replicó el príncipe con altivez y un tono solemne de dignidad ofendida.
—En este caso, explíquese —le rogó el joven.
El príncipe se puso en pie, avanzó hacia el rico cortinaje de seda que separaba la habitación contigua, se asomó un momento, y volviendo sobre sus pasos se aproximó al bargueño de ébano que estaba en un testero del salón.
—El hombre que ha cometido una equivocación en la vida, no debe incurrir en ella por segunda vez —comenzó a decir el príncipe—. Entre su prima y yo, lord Dorminster, han pasado cosas que ni siquiera deben recordarse; pero lo que sí he de manifestarle es que en este mueble se guarda un documento que de haber estampado en él mi firma, hubiera tenido una enorme repercusión en su país. Este documento, no firmado por mí, será uno de los regalos de boda que le haré a lady Maggie… Y a estas horas aún estoy esperando su respuesta. Con todo, iré a ver al Primer ministro si usted lo desea.
En este momento entró Li Wen con paso tácito, y le dijo a su señor unas palabras en chino. Una débil sonrisa asomó a los labios del príncipe.
—Lord Dorminster, necesito hablar con cierta persona que me espera en el teléfono. ¿Tendría usted la bondad de paso que va a Downing Street, de dejarme en el hospital privado que hay un poco antes? Una persona que está allí desea verme en seguida.
—Le complaceré con mucho gusto —respondió Nigel.
Al llegar frente a un amplio edificio de fachada gris de John Street, el príncipe Shan se despidió de Nigel con muchas excusas, y precedido de la enfermera que le recibió, subió al primer piso del famoso establecimiento.
Tras una breve espera, el príncipe fue introducido en una espaciosa sala, muy ventilada, donde yacía en el lecho Immelan, al parecer en grave estado.
Con la palidez de su rostro y el color azul china de sus ojos saltones, la expresión de Immelan revelaba el temor que le obsesionaba. Junto al enfermo había un médico con aire de preocupación, mientras una enfermera arreglaba las ropas de la cama.
Immelan se revolvió en el lecho al ver al príncipe.
—¡Con que ha venido usted! —exclamó, con voz apagada—. Quería verle. Doctor… enfermera… déjennos solos un momento.
La enfermera salió sin chistar; pero el médico, vacilando, dijo:
—El paciente está muy agotado; pero aunque no hay peligro inminente…
—Tranquilícese, doctor —le interrumpió el príncipe Shan—. Estaré aquí dos minutos, pues tengo mucha prisa, y parece que el enfermo quiere decirme algo en secreto.
Al quedarse solo, el príncipe, de pie junto al enfermo, contempló en silencio a su antiguo asociado, con un rictus desdeñoso en la comisura de los labios.
—¿Con que, amigo, le asusta la muerte, esa muerte que tramó contra mí? —díjole finalmente el príncipe.
—¡Miente usted! —gritó Immelan, irritado—. Sen Lu no fue asesinado por orden mía. Usted no ha recibido ningún agravio de mi parte. Mi muerte no le beneficiará a usted en nada… Es usted el que ha incurrido en una grave falta… usted, príncipe Shan…, el mayor diplomático del mundo… Se está jugando su porvenir y el destino de un poderoso imperio por el amor de una mujer. ¡Sálveme! ¡Dígale al doctor lo que ha de hacer para librarme de la muerte! Su ciencia es impotente, pues no ha descubierto en mí ningún síntoma que pueda guiarle.
La sonrisa del príncipe se hizo más vaga y su expresión más indescifrable.
—Usted delira, querido Immelan —murmuró—. Tranquilícese.
Los ojos del enfermo despidieron un fulgor trágico, e incorporándose con gran esfuerzo, gruñó:
—¡No me torture, por el amor de Dios! Cada vez son más intensos los dolores; pero, si yo muero, todo el mundo sabrá quien es el asesino.
El príncipe se quedó impasible.
—Cuando usted muera —repuso con calma—, habrá muerto por su propia mano…, no por la mía.
Immelan escuchó estas palabras como el que oye una profecía inexorable; hasta tuvo una sensación de alivio. De buena gana le hubiera acariciado la mano al príncipe si éste se lo hubiera consentido, pues retiró la que le había cogido.
—Immelan, he podido conocer los métodos que usted emplea y he escuchado cuanto usted tenía que decirme. He sopesado las ventajas y los inconvenientes de su proyecto, y he llegado a la conclusión, después de largas reflexiones, de que su plan era atrevido y magnífico; pero, como no ignora, hubiera provocado un cataclismo universal. Conozco la historia, Immelan, tal vez más profundamente que usted, y sé que la época de las conquistas ha pasado ya. Para incorporar a China los territorios que en otro tiempo pertenecieron al Imperio, tengo mis planes. Usted, para satisfacer su odio, trata de convertir a Asia en unas zarpas de gato para clavarlas en el cuerpo de Inglaterra.
—¿Cómo zarpas de gato?
—Su proyecto parece tentador a primera vista —prosiguió el príncipe
—; pero ¿tiene en cuenta que al otro lado del Pacífico hay una gran nación que…?
—Norteamérica sería impotente —interrumpió Immelan.
—Lo mismo creyeron ustedes, los alemanes, en 1917 —replicó el príncipe—. No he venido a hablar de política. Eso ha terminado entre nosotros. Vengo porque usted me ha llamado.
Immelan se incorporó un poco más.
—Me dijo usted que la bebida no contenía veneno. ¡Júremelo! —
prorrumpió, con ansias de muerte.
—Y es verdad. Tranquilícese —repuso el príncipe, dirigiéndose hacia la puerta y mirándole despreciativamente.
Cruzó el umbral y cerró silenciosamente la puerta, en la que clavó Immelan su fría mirada al desaparecer el príncipe. El terror volvió a brillar en sus hundidos ojos.
El príncipe subió al coche en el que le esperaba Nigel, y se dirigieron hacia Downing Street.
—He visitado a Immelan —le anunció el príncipe tras un breve silencio
—. Es un cobarde.
—Muchos hombres valientes mientras luchan, decaen apenas se sienten lastimados —comentó Nigel.
—Ser valiente sólo cuando se combate, no es una prueba de valor —
opinó el príncipe—. La matanza hace hervir la sangre y excita más que el alcohol. No volveré a tener tratos con Immelan.
—¿Políticos o particulares? —preguntó Nigel.
—En los dos sentidos —respondió el príncipe, sonriendo—. Ya se lo demostraré ante el Primer ministro. ¡Mire! Ese es el anuncio de mi partida.
Por el cielo aborregado, entre las blancas nubecillas que flotaban en el espacio, cruzó majestuosamente el Dragón Negro, cuyos motores ronroneaban sordamente. El avión describía lentos y graciosos movimientos. Los dos lo contemplaron un momento.
—Salgo mañana a las seis —anunció el príncipe—. El tiempo es magnífico de aquí a Pekín. El miércoles estaré allí.
—No irá usted solo.
—Vienen conmigo varias personas, entre ellas el sacerdote de la capilla británica en Pekín.
—¿Lo necesita usted allí? —interrogó Nigel, con un tono de despecho.
—¿Quién sabe? —respondió secamente el príncipe—. Me gusta estar prevenido. A lo mejor se une a nosotros otra pasajera; pero si ésta faltara, mi vida futura transcurriría en la mayor soledad que usted pueda imaginar.
Todo depende de la voluntad de los dioses. Sigo sin noticias; pero no me desanimo. Soy optimista por naturaleza. Siempre se confirman mis presentimientos. Cuando vine, tendido en mi butacón, vi brillar entre las nubes la estrella que preside mi destino, que parecía parpadear mientras me miraba, y esto acrecentó mi fe.
El coche se detuvo frente al 10 de Downing Street, y sus ocupantes descendieron de un salto. Ante ellos se abrieron todas las puertas, y dos minutos después se hallaban en presencia del Primer ministro.
OceanofPDF.com