El gran principe Shan

E. Phillips Oppenheim · Capítulo 26 de 34

Páginas del PDF

El gran principe Shan

Capítulo XXIV

Aproximadamente una hora más tarde, el príncipe salió de su morada de la calle Curzon, seguido a discreta distancia por dos hombres que velaban por su seguridad. Le hubiera gustado vestir a la usanza europea y pasar inadvertido entre aquellos transeúntes que, con otra vestimenta, le hubiesen tomado seguramente por un burgués pacífico. Su arrogancia y la belleza de sus facciones llamaban, con todo, la atención general. Caminaba como abstraído de cuanto le rodeaba, como si tuviera el pensamiento puesto en cosas de otro mundo. Brillaba el sol y placíale pasear por el parque, que, como el Row, estaba concurridísimo aquella mañana. Numerosos paseantes mostraban en su aspecto y en sus risas la alegría que les infundía el buen tiempo y que se traducía en animadas conversaciones en las que menudeaban las alusiones a jiras y excursiones al campo.

Aquella mañana de domingo habíase revestido con todas las galas de la naturaleza. Todo era luz y color, y en la fantasía del príncipe, imbuida del misticismo oriental, las mujeres que pasaban por su lado eran como flores en medio de un paisaje que evocaba otros que éranle muy familiares, movidas por un viento suave. Las mujeres occidentales parecíanle ahora maravillosamente hermosas, y los caballeros que las acompañaban dábanle la sensación de ser hombres de suprema finura y distinción. Todos debían sentir un placentero sentimiento de la vida, ajenos a los que en este momento torturaban los nervios del príncipe Shan, cuyo corazón era atenazado por algo que le imponía la humillación de su extranjería, no obstante su sello aristocrático. Cruzábase a su paso con muchos que le eran conocidos y a los que hubiera saludado con viva satisfacción; pero rehusaba los amistosos encuentros porque tenía conciencia del abismo que separa a los orientales de los occidentales. Sabía exactamente la idea que éstos tenían de él. La curiosidad con que le observaban era una demostración del desdén que aquellos hombres sentían, aun siendo unos advenedizos comparados con el linaje de la vieja aristocracia de su antigua raza, por los

asiáticos. Pero a él le inspiraban compasión, más que desprecio, aquellos caballeros y aquellas damas que animaban la escena que se presentaba ante sus ojos, y pensaba que si Immelan hubiera defendido su causa con más elocuencia y con ideas de tono más elevado y si Naida Karetsky le hubiese dado otra impresión del mundo que él estaba estudiando tan obstinadamente, serían muy distintos los sentimientos que le embargaban ante aquella humanidad presuntuosa y vana, ante aquella sociedad decadente, desinteresada de todos los valores espirituales, incapaz de todo sacrificio y vacía de nobles y redentoras aspiraciones, atraída solamente por el deporte, sugestionada por los esplendores de la opulencia…

En alas de su mente el príncipe creyó ver su amado Oriente, donde millones de hombres trabajaban incansablemente, y una bocanada de aire fresco pareció vigorizar todo su ser.

Sus meditaciones fueron interrumpidas de pronto. Se hallaba junto al seto que separa a los peatones del andén enarenado por donde desfilaban los jinetes. Una muchacha se aproximó a él, galopando, ligera, grácil, sobre un caballo bayo. La amazona llevaba un sencillo traje de tono gris y sombrero hongo. Cabalgaba con tal destreza que el poderoso tritón se sometía dócilmente a las riendas. La joven no parecía preocuparse de la muchedumbre que se espesaba a lo largo del paseo. Las miradas del príncipe y de la joven se cruzaron, fulgurantes. Se detuvo él, descubriéndose, junto al seto, y ella se le acercó, al paso lento de su cabalgadura, sonriente y tranquila. El encuentro era para la joven la cosa más natural y corriente, cuando horas antes habíase preguntado qué actitud adoptaría si de repente se le apareciera el príncipe.

—Le veo muy preocupado, príncipe —díjole la joven a guisa de saludo

—. Sin duda piensa en el crimen de anoche.

—He olvidado ya el incidente —repuso él.

—¿A pesar de que el desdichado Sen Lu, por el cual le tomaron, era uno de sus mejores servidores?

—Efectivamente, era un excelente servidor y amigo —afirmó el príncipe Shan—. Hacía muchos años que lo tenía a mis órdenes, y era muy fiel, y si pudo saber antes de morir que su sacrificio era en bien mío, se habrá ido al otro mundo muy satisfecho.

La joven hizo dar unos pasos hacia adelante a su caballo, para acercarse aún más al príncipe, y le preguntó en voz baja:

—¿Por qué asesinaron a Sen Lu?

—Es posible que esa misma pregunta la haga yo a algunas personas antes de que llegue la noche.

—¿Y cuál pudo ser la causa del crimen?

—Si lo desea saber, le diré en confianza que usted…

La joven le miró entre las orejas del caballo.

—A decir verdad, no sé lo que deseo —confesó ella—. Supongo que su filosofía no tolera extravagancias ni caprichos. Yo me evadiré de ellos algún día; pero, por ahora, me hallo en un laberinto del que no sé como salir. Toda esa gente que pasa por ahí, me parece algo irreal, y en cuanto a usted, me parece un hombre que no ha estado ni en China.

—Dígame sí necesita algún estimulante que la saque de su apatía —

repuso el príncipe—. Podría hallarlo en una rápida carrera de su caballo, un animal muy noble, en la alegría de esta soleada mañana, en la placentera brisa o en ese mundo de fantasía donde se mueven los muñecos que transitan por nuestro lado. —Y al decir esto, esparció la mirada a su alrededor—. Mi querida amiguita Maggie, le pido permiso para hacerle una visita de cumplido. ¿Quiere recibirme esta tarde?

Maggie supo entonces qué era esto lo que estaba deseando. Le miró, sonriendo, y contestó:

—Le espero esta tarde a las cuatro.

Maggie espoleó ligeramente a su caballo con el látigo, y alejóse al trote.

El príncipe Shan vióse inesperadamente rodeado de amigos, que le acosaron a preguntas, a las que él respondía de buen humor.

—Pues, sencillamente —le dijo al último que le habló—, que han asesinado a uno de mi séquito, que fue víctima de un complot tramado contra mí. Estas cosas son quizá más corrientes entre nosotros que entre ustedes.

—¡Vaya que cosas pasan en la deliciosa China! —exclamó uno de los más jóvenes del grupo—. Allí, por lo visto, se puede comprar la conciencia de un hombre por unos peniques.

El príncipe Shan le miró con gravedad, y respondió, muy picado:

—Aquí se cotizarán a un precio más elevado; pero abundan más los que se ofrecen para semejantes actos.

— Touché! —exclamó Karschoff riendo—. Lo único cierto es que cuanto más se avanza hacia el Este, menos vale la vida. En Occidente somos más apegados a la vida, que amamos hasta el extremo. No hay millonario norteamericano, por ejemplo, que no tenga un médico a su servicio, y que no se crea en período comatoso a la menor dolencia. Y, en el Este, ¿quién lleva las cosas a semejante exageración? La filosofía oriental es como una pesadilla para el Occidente. Y a propósito, príncipe, ¿qué piensa usted del asesinato de anoche?

—Lo mismo me han preguntado esta mañana dos caballeros muy inteligentes que pertenecen a Scotland Yard —repuso el príncipe—. ¿Qué voy a pensar?

—El atentado iba contra usted, sin duda —opinó Karschoff—. Lo que falta saber es si obedecía a móviles personales o políticos.

—¿Quién podría asegurarlo? —exclamó el príncipe—. No sé si existe alguien que pueda desear mi muerte. Estas cosas son como acertijos. ¡Ah!

Llega muy oportunamente, amigo Immelan. Ayúdenos a poner en claro lo que no acabamos de acertar —díjole el príncipe al recién llegado—. Usted no es de los que posponen la vida de un hombre a cualquier interés humano.

—¿La mía o la de otros? —preguntó Immelan con un aplomo comparable a su cinismo.

—Usted es de los que podríamos llamar altruistas —fue la blanda réplica del príncipe.

—¿Lo cree usted así? —contestó el alemán.

El príncipe se encogió de hombros y esbozó una sonrisa. Su figura se destacaba majestuosamente en medio del grupo.

—Lo creo porque usted es de los que tiene más respeto a la vida ajena que a la propia, aunque sea la suya la que esté en mayor peligro —

manifestó el príncipe con sutil intención.

El grupo se disolvió entre felicitaciones y parabienes que el príncipe aceptó con particular agrado. El príncipe e Immelan, que estaba intensamente pálido, se fueron juntos.

—¿Qué ha querido decirme, príncipe? —le preguntó Immelan, tembloroso, aunque el sol calentaba fuertemente.

—Venga a casa y se lo explicaré a usted —contestóle el príncipe con toda calma.

OceanofPDF.com