El juego de Berlin

Len Deighton · Capítulo 13 de 25

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El juego de Berlin

Capítulo 15

ella. Enfadada, se volvió hacia mí, que estaba sentado con un periódico doblado y un lápiz. – ¿Qué hace usted?

–Un crucigrama -respondí-. Seis letras; la pista es: «Casado en una ópera, pero no en Sevilla.» ¿Conoce la palabra?

–No sé nada de ópera. Odio la ópera y no sé nada de Sevilla -contestó la señorita Trent-. Y si no tiene que hacerme ninguna pregunta más importante que ésta, ya es hora de que salga de mi casa.

–No he de hacerle ninguna pregunta más importante, señorita Trent -

repliqué-. Quizá su hermano conocerá la solución.

Dios mío, pensé, ¿y si Bret resulta ser un espía de Moscú y ha intentado reclutar a Fiona para su causa? Esto sí que sería realmente grave.

–No es un crucigrama -dijo la señorita Trent-. Se ha inventado la pregunta. Esa página es la de anuncios.

–Estoy buscando otro empleo -expliqué.

15

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Dicky llevó a Trent a Berwick House, una mansión del siglo xviii que tomó el nombre de un hijo natural de Jacobo II y la hermana del duque de Marlborough. El Ministerio de la Guerra la ocupó en 1940 y, como tantas otras cosas valiosas incautadas temporalmente por el gobierno, no fue nunca devuelta a sus anteriores propietarios.

El aislamiento no habría podido ser mejor de haberse construido la casa especialmente para nosotros. Casi tres hectáreas de terreno rodeado de un muro de cuatro metros y medio que ahora estaba tan cubierto de hierba y malas hierbas que más bien parecía un lugar abandonado que un recinto secreto.

En el campo de criquet el ejército había erigido barracas prefabricadas, pintadas con creosota negra y convertidas ahora en dormitorio de la guardia armada, y dos estructuras también prefabricadas que a veces se usaban para conferencias cuando en el edificio principal se impartía un curso de entrenamiento especial. Sin embargo, a pesar de tales desfiguramientos, Berwick House conservaba gran parte de su original elegancia. El foso era la peculiaridad más pintoresca de la finca y aún tenía sus juncos, lirios y nenúfares, sin que se advirtiera el menor signo de los artefactos subacuáticos que habían sido añadidos. Incluso la rústica casita de té y la portería se habían habilitado como puestos de guardia con el cuidado suficiente para preservar su antigua apariencia y los rayos infrarrojos y pantallas de alarma sónicas que rodeaban el perímetro estaban tan bien ocultas entre la maleza que ni siquiera los técnicos encargados de su mantenimiento los encontraban de fácil acceso.

–Tenéis valor -profirió Giles Trent-. Esto es un secuestro, por muchas explicaciones absurdas que se invente Dicky.

–Le irritó que tomara una sobredosis de somníferos -aclaré.

–Es usted un mal nacido y no necesito su sarcasmo -exclamó Trent.

Nos hallábamos en su pequeña habitación del segundo piso: paredes de color crema, cama de metal y un grabado del almirante Nelson moribundo en Trafalgar.

–Cree que debería compadecerme de usted y no me compadezco.

Por eso me insulta.

–Nunca se inmuta, ¿verdad?

–No soy un interrogador -dije con voz alegre- y, a diferencia de usted, no lo he sido nunca. Conoce a la mayoría de nuestros interrogadores, Giles.

Según he leído en su expediente, incluso entrenó a algunos. Diga cuál de ellos le gustaría ver asignado a su caso y haré lo posible para complacerle.

–Déme un cigarrillo -contestó Trent. Ambos sabíamos que no cabía la menor posibilidad de que Trent tuviera contactos con los interrogadores.

Semejante confrontación provocaría rumores que irían de Curzon Street hasta el Kremlin. Le alargué un cigarrillo-. ¿Por qué no puedo tener un par de cajetillas? – preguntó; era un fumador empedernido.

–Las normas de Berwick House prohiben fumar en las habitaciones y el médico ha dicho que es malo para usted.

–No sé por qué han querido salvarme la vida -dijo con un acento de melancolía poco convincente.

La bata de algodón suministrada por el departamento doméstico le quedaba corta y no hacía más que tirar del cuello para taparse el escote de la chaqueta del pijama, que carecía de botones. Quizá recordaba sus instrucciones a los interrogadores en que recomendaba hacer sufrir a los detenidos «una pérdida de dignidad y comodidad» durante los interrogatorios.

–No le conservan vivo y coleando para el Old Bailey, si es lo que quiere decir -expliqué.

Encendió el cigarrillo con las cerillas que yo le había dado y encogió los hombros para dar la primera chupada profunda que tanto ansía el adicto al tabaco. Cuando hubo expelido el humo, dijo: -¿Cree que no? – ¿Y

facilitarle así una buena plataforma circense? Sabe demasiado, Giles.

–Me halaga. Sólo sé detalles sin importancia. ¿Cuándo se me ha confiado un plan de envergadura?

Capté en su voz una nota de ambición frustrada y me pregunté si aquello habría jugado un papel en su traición.

–Lo que más odia el gobierno son los detalles sin importancia, Trent.

Son lo más buscado por periódicos y revistas. Por eso no puede ir al Old Bailey entre hileras de reporteros. Ellos saben que sus lectores no quieren enfrascarse en largos informes sobre la economía soviética, sino leer cómo se introdujeron micrófonos en el dormitorio de la amante favorita del agregado militar húngaro.

–Si no al Old Bailey, entonces ¿qué…?

–Se lo he dicho varias veces, Giles. Limítese a hacer feliz a su amigo Jlestákov. – Me senté en la cama; quería demostrar a Trent que me proponía

mantener una larga conversación y sabía que le molestaría ver la cama arrugada. La irritación podía inducir a un hombre al nerviosismo y la imprudencia; también esto lo había leído en sus instrucciones.

Proseguí-: Su contacto de la embajada, ese que se hace llamar Jlestákov, tiene sentido del humor. Es el nombre del impostor de El inspector del gobierno de Gógol. Es el hombre que se llena los bolsillos de sobornos, seduce a la hija del prefecto, miente, estafa engaña a todos los funcionarios corruptos de la ciudad y al caer el telón sale perfectamente impune,

¿recuerda? ¿O lo encarcelan al final? – ¿Cómo voy a saberlo?

–Gógol tenía sentido del humor -insistí.

–Si no al Old Bailey, ¿qué?

–No grite, Giles. Bueno, está bien claro, ¿no? O les convence de que quiere cooperar y le dejarán en libertad y acabará sus días con los jubilados en una playa turística de la costa meridional, o se niega a cooperar y terminará en una ambulancia de luces intermitentes que no llegará a tiempo al pabellón de urgencias -¿Es una amenaza?

–Espero que sí -contesté-. Estoy intentando por todos los medios meter algo de cordura en su cabeza hueca.

–Jlestákov, o como se llame, no sospecha nada, pero si me retienen en este lugar cambiará de opinión, A propósito, ¿dónde estamos? ¿Cuánto rato estuve inconsciente?

–No haga siempre la misma pregunta, Giles: sabe que no puedo contestar. La pregunta inmediata es: ¿cuándo empezará a contarnos la verdad? – Su única reacción fue examinar el cigarrillo para ver cuántas chupadas le quedaban-. Volvamos a ese primer interrogatorio. Lo he leído esta mañana… -Me miró-. Oh, sí, no descuido el asunto, Giles.

Me aflige la ética de categoría inferior. En aquel primer interrogatorio declaré que iba con frecuencia a la ópera con su hermana y Tlestákov, a fin de pasar a este último documentos fotocopiados. Me interesó ver que usaba la palabra «treff». – Hice una pausa deliberada para ver si la mención de su hermana y sus visitas a la ópera producía algún efecto en él y le observé atentamente mientras proseguía--: Treff es un término de espionaje. No recuerdo haberlo usado nunca yo mismo, pero lo he oído a menudo en películas de televisión. Tiene esas connotaciones románticas que algunos asocian con el espionaje. Treff! La palabra alemana para encuentro, pero también para atacar o golpear y que sugiere instantáneamente ideas

militares como «batalla», «combate» o «acción». También significa «línea de combate». ¿Lo sabia, Giles?

Sus vigorosas chupadas ya habían consumido el cigarrillo y ahora lo conservaba y se lo llevaba a los labios, intentando prolongar su duración,

–Nunca lo había pensado.

–Por eso seguramente la usó Jlestákov con usted. Les hacía sentir a ambos más audaces, mes intrépidos, más parecidos a los hombres que cambian la historia. Una vez pregunté a un miembro del KGB por qué daban a sus agentes esa clase de chucherías como las que le han dado a usted: la cámara fotográfica que parece un encendedor, el transmisor disfrazado de grabador de video, los cuadernos desechables, etcétera.

Jlestákov nunca le ha pedido que los usara; el KGB no suele hacerlo.

¿Por qué habrían de molestarse, si todo lo que han de hacer en una sociedad libre es que uno de sus matones cruce la ciudad en taxi para mantener una conversación o pase un par de minutos en una tienda donde hacen fotocopias? Y este hombre del KGB me dijo que ello inspiraba confianza a sus agentes. ¿Fue esto cierto en su caso, Giles? ¿Le hizo sentir más seguro tener todos esos aparatitos? Ha sido fatal, claro. Cuando los encontramos escondidos bajo el entarimado, supimos que estaba perdido. Es un escondite absurdo. El entarimado y el desván son los primeros sitios que se registran.

¿Se lo sugirió Jlestákov?

–A decir verdad, sí -contestó Trent, que se levantó y fue hacia la puerta, apretándose el cinturón de la bata.

Se asomó al pasillo y al volverse murmuró algo sobre desear una taza de té. Dijo que creía haber oído pasar a la enfermera, pero yo sabía que estaba preocupado.

–Pero no nos desviemos del tema. Declaró que tenía entradas de ópera para Jlestákov y su hermana, a fin de que los tres resultaran menos… -hice una pausa- llamativos. Fue una expresión extraña, Giles. Lo estuve pensando anoche, cuando no podía dormir. Menos llamativos que quién, pensé. ¿Que dos hombres? No tenía sentido para mí. ¿Por qué llevar a su hermana a la ópera si quería mantener sus reuniones con Jlestákov en el máximo secreto posible? Me levanté y volví a repasar su declaración.

Encontré sus descripciones de esas visitas a la ópera. Cuenta que su hermana dijo: «El señor Jlestákov era un hombre agradable, a pesar de ser

ruso.» Supongo que lo comentó para poner de relieve el hecho de que a su hermana no le gustaban demasiado los rusos.

–Eso es -admitió Trent.

–O que incluso tenía prejuicios contra ellos.

–Si.

–Dejando aparte los sentimientos de su hermana hacia Jlestákov y sus compinches, de su transcripción se desprende que ella conocía su nombre y su nacionalidad. ¿Me equivoco?

–No. – Trent se había detenido frente a la rejilla eléctrica de la chimenea y se frotaba nerviosamente las manos-. Le encantaba la ópera y llevarla con nosotros facilitaba un motivo para la reunión.

–Su hermana no ha sido del todo sincera con usted, Giles. Anoche le formulé una pregunta que incluso la persona peor informada sobre ópera habría sabido contestar. Me dijo que no le gustaba la ópera y lo hizo en un tono muy categórico, como si tuviera alguna razón especial para detestarla.

–No sé a dónde quiere ir a parar. – ¿Tiene frío, Giles? Está temblando.

–Estoy muy bien.

–Sabemos cómo ocurrió en realidad, ¿verdad, Giles? Entraron en contacto con usted a través de su hermana. Jlestákov, un caballero amable de la edad apropiada, apareció en la tienda de su hermana y le pidió ayuda para escoger unas lanas. ¿Para su madre? ¿Para su hermana? ¿Para su hija?

Desde luego, no para su esposa… ¿qué le había sucedido a ésta? ¿Era viudo? Es lo que suelen decir. Y luego, cuando la relación prosperó (el KGB nunca tiene prisa y les admiro de verdad por ello; nosotros siempre nos precipitamos y los americanos todavía más), su hermana acabó sugiriendo que se sumara a sus salidas y usted aceptó.

–Hace que suene cuidadosamente planeado.

Estaba furioso, pero su ira no iba dirigida a mí ni a nadie. Explotó como un artefacto, como una bala disparada al fuego. – ¿Y usted aún quiere creer que no lo fue? Bueno, no le culpo. Tiene que ser muy fastidioso para un hombre descubrir que ha representado un papel en una comedia escrita en Moscú.

–Mi hermana cuidó a mi padre durante diez años. Rechazó buenas proposiciones de matrimonio. ¿Acaso iba yo a obstaculizar su pequeña posibilidad de dicha?

Moví la cabeza, incrédulo. – ¿Me está diciendo que lo tomó en serio?

¿Pensó que el príncipe encantador había franqueado el umbral de la tienda de lanas y el pie de su hermana resultó ser del mismo tamaño que la zapatilla de cristal? ¿Creyó que podía ser una simple coincidencia que él trabajara para el KGB y usted para el Servicio Secreto de Inteligencia?

–El trabajaba para la delegación comercial soviética -gruñó Trent.

–No me cuente chistes tan malos, Giles. Me hará desternillar de risa.

–Quería creerlo.

–Lo sé -dije-. Igual que yo en Papá Noel, pero llega un día en que te has de preguntar cómo diablos bajan por la chimenea esos malditos renos. –

¿Qué diferencia hay en que yo fuera a la ópera con ellos o que ella fuera con nosotros?

–Pues, mire, ésta es una pregunta que puedo contestar. El DG no querría verle entre rejas por razones que ya hemos discutido, pero semejantes inhibiciones no existirían en el caso de su hermana. – ¿Mi hermana?

–Y usted sería un testigo anónimo. Ya sabe cómo se hacen estas cosas; ha leído artículos en la prensa sobre juicios a espías. En sus circunstancias, juraría que los ha leído con gran interés y atención.

–Ella no tiene nada que ver con esto.

–Es tonto si cree que así evitará que la encierren. – ¡Cerdo!

–Piénselo.

–Me mataré -exclamó, desesperado-. La próxima vez me saldrá bien. –

¿Y dejará desamparada a su hermana? No creo que lo haga. Su aspecto era tan lastimoso, que le di dos cigarrillos y prometí enviarle la ropa.

–Sométase al examen médico, tome sus medicinas y obedezca a la enfermera. Después del almuerzo, daremos un paseo por el jardín. –

¿Jardín? Se parece más a una jungla.

–Prepárese para las dos de la tarde. – ¿Para qué?

–Para cantar sobre su camarada Jlestákov y aclarar algunas inconsistencias que he advertido en su declaración. – ¿Qué inconsistencias?

–Esto sería revelar demasiado, ¿no cree?

Había retazos de cielo azul, pero los nimbostratus eran oscuros y la lluvia pendía en el aire. Trent llevaba un chaquetón con cuello de piel, que levantó hasta taparse las orejas. Iba tocado con una elegante gorra puntiaguda comprada en una tienda cara.

Parecía incómodo en el campo, y en lugar de respirar el aire puro, fumó otro cigarrillo. – ¿Cuándo me dejarán salir de aquí? – preguntó.

Tiró el cigarrillo, recogió una rama del suelo, la partió en pedazos y los dejó caer en el agua estancada del foso.

–Irá a su casa mañana. – ¿Hay alguien que pueda cobrarme un talón?

–Pregúnteselo al cajero.

–Caminamos junto al foso hasta que llegamos a un pequeño puente de madera; lo cruzamos y nos adentramos en un bosque descuidado, lleno de maleza-. Ha llegado una postal de Jlestákov -le dije. – ¿A mi casa? –

¿Dónde esperaba recibirla? – ¿Quiere encontrarse conmigo?

–Dice que alguien llamado Geof se ha ido de pesca este fin de semana, ha pescado cuatro grandes ejemplares de familia no especificada y espera volver al trabajo a las dos de la tarde del día 16 de este mes. Me imagino que esto tiene sentido para usted. – ¿De modo que para usted no tiene ninguno?

–Sólo significa que la maquinaria de espionaje moscovita sigue usando las mismas ideas anticuadas que se desecharon hace dos o más décadas.

–Parecen funcionar -desafió Trent.

–Cuando un vasto estado policial dedica tamo tiempo, dinero y personal para infiltrarse en la sociedad abierta que tenemos en Occidente, obtiene resultados.

–Los rusos me gustan tan poco como a usted -dijo Trent-pero me obligaron a trabajar con ellos.

–Porque le amenazaron con denunciarle a nuestra sección de Seguridad.

Si, ya me lo contó.

–Puede burlarse… pero no tiene idea de cómo es.

–Sin embargo, se las ingenió para salir del paso, ¿no? Espió hasta la saciedad, se arrastró ante su camarada Jlestákov y le consiguió todo cuanto quiso. Para ser un hombre a quien no gustan los rusos, ha sido un ejemplo de eficiencia y colaboración.

–Sabía que no iba a durar para siempre, por eso. Hice muchas de las cosas que me pidieron, pero con lentitud, y a veces me negaba. A veces decía a Jlestákov que no era posible. Procuraba ganar tiempo porque sabía que tarde o temprano prescindirían de mí. – ¿Por qué les creyó? ¿Por qué habría de prescindir un servicio de inteligencia de un agente bien colocado?

–Jlestákov me lo garantizó desde el principio. – Trent me miró a los ojos-. Y le creí. Sería una medida temporal; me lo prometió. Además, puse otras condiciones: le hice prometer que nunca me preguntaría cosas que pusieran en peligro a nuestros propios agentes. Él sólo quería información general.

–Y algunos pormenores específicos -añadí.

–Jlestákov necesitaba detalles nimios para sus informes oficiales. Me hacía preguntas sobre el trabajo rutinario de la oficina y la asignación del personal a los diversos servicios. Cuántos años tenía Rensselaer y si Cruyer era propietario de su casa o la había hipotecado. No pude responder a muchas preguntas y a otras no quise hacerlo. Me decía que necesitaba saber estas cosas para impresionar a Moscú.

–Apeló a su comprensión, ¿verdad? – inquirí con sarcasmo-. Si no ayudaba al pobrecito Jlestákov, le asignarían otra misión en otra ciudad y su hermana quería a Jlestákov en Londres.

–Puede sonar como una tontería…

–Suena a algo sórdido -repliqué-, tonto y arrogante. ¿No se preguntó nunca si su traición merecía la pena? ¿No pensó que su país pagaba un precio muy alto por la vida sexual de su hermana?

–Maldito sea. – ¿No le preocupaba ser descubierto?

–No. – ¿No le habló Jlestákov de los procedimientos que adoptaría si alguna vez sospechábamos de usted. ¿No le dijo que le sacaría de Gran Bretaña si las cosas se ponían feas? ¿No le dio un número de teléfono por si un sabueso de Seguridad le hacía alguna pregunta tortuosa?

–Ya se lo he dicho; jamás hablamos de la posibilidad de ser descubierto.

–Y me ha dicho una sarta de mentiras, Trent. Ahora quiero la verdad o se encontrará en otra de nuestras casas de campo, donde no habrá paseos por el jardín ni cigarrillos con el almuerzo. ¿Me explico?

–Si, muy bien.

Mis amenazas no producían en él ningún signo de temor; sólo cólera reprimida. Intuí que su fortaleza mental iba acompañada de una fuerza física similar; no era la fuerza del atleta; sino la natural en un hombre alto y fornido. Causaba extrañeza que fuera capaz de un intento de suicidio y todavía más que fracasara en su empeño una vez hubiera tomado tal determinación, pero no profundicé en el tema. Seguimos avanzando por entre las zarzas y los helechos Bajo nuestros pasos crujían las ramas e

chapoteaba el lodo. Un conejo saltó entre la maleza y nos asustó a ambos.

Trent habló primero:

–Les dije que nunca podría ir a Moscú. Prefería ser encarcelado en Inglaterra que ir a Rusia y morir en el exilio. Jlestákov contestó que lo comprendía y que los de allí no pondrían ningún inconveniente. Dijo que era mejor que lo aclarase desde el principio porque entonces él podría asegurarse de que nunca obtuviera ninguna información que pusiera en un aprieto al KGB si se aireaba ante un tribunal. – ¡Poner en un aprieto al KGB? ¿Fue ésta su expresión? Encierran a disidentes cuerdos en manicomios, condenan a miles a sus campos de trabajos forzados, asesinan a los exiliados y hacen chantaje a sus adversarios; es el instrumento de tiranía más despiadado, más carente de escrúpulos y más poderoso que ha conocido el mundo, pero nuestro querido Jlestákov tiene miedo de que lo pongamos en un aprieto.

–Lo pasado, pasado -dijo Trent, a la defensiva-. Diga lo que quieren de mí ahora y lo haré. – ¿Qué significa la postal?

–Debo reunirme con Jlestákov el martes próximo al atardecer y telefonear el lunes a las tres de la tarde para conocer los detalles.

–Creo que sería mejor que se anticipara. Cítele y dígale que es una emergencia, que le trajimos aquí y le interrogamos porque había tomado una sobredosis. Cíñase lo más posible a los hechos. – ¿Le digo que me han interrogado?

–Si -contesté-, y que tiene miedo, que el juego se ha acabado y que siente terror, verdadero terror.

Trent asintió.

–Le preguntará si hemos interrogado a alguien más y usted dirá que sí, que hemos interrogado a todo el mundo. También le preguntará si tenemos alguna prueba y usted fingirá reflexionar y admitirá de mala gana que no hay ninguna. – ¿Ninguna en absoluto?

–Le dirá que la sobredosis es lo que nos ha inducido a detenerle y usted admitirá que tal vez es cierto. Quiero que Jlestákov sienta deseos de tranquilizarle, así que usted continúe gimiendo. Le preguntará quién está a cargo de la investigación y usted le dará mi nombre. Dirá que no tengo el grado suficiente para que sea una investigación realmente importante y que algo de la magnitud de lo que ambos están haciendo nos obligaría a recabar la ayuda de investigadores de fuera. ¿Ha comprendido?

–Lo ha explicado con toda claridad.

–Y cuando haya pasado un buen rato, dirá a Jlestákov que es una lástima haber cometido la tontería de tomar esa sobredosis, porque ahora está en posición de conseguir algo realmente grande, que iba a escribir un informe sobre el Sistema de Berlín: todas las redes berlinesas y todo el maldito trabajo que hacemos allí. Con esto se le hará la boca agua.

–Nunca he oído hablar del Sistema de Berlín.

–Seguro que él sí. – ¿Pero que ahora no podré conseguirlo? ¿Es esto lo que debo decirle?

–Despacio, despacio. El asunto requerirá tiempo. Debe estar muy seguro de que ya no inspira la menor sospecha. Pero añada que se trata de algo realmente importante. Esta carpeta contiene todos los datos y números correspondientes a diez años, así como todos los contactos e intercambios con la CIA. – ¿Y más adelante me darán material para pasarle? – inquirió Trent-. Es mejor saberlo desde el principio.

–No le dejaremos en la estacada, Giles. Le daremos algo que le haga feliz y mantendremos al camarada Jlestákov lleno de ilusiones.

–No meta en esto a mi hermana.

–Está bien, no la meteré, pero será mejor que usted me dé el doscientos por cien.

–Se lo aseguro -respondió.

Volvimos por el bosque y el pequeño puente arqueado. Trent se detuvo para encender otro cigarrillo, volviendo la cara a fin de que el cuello del chaquetón protegiera la llama del aire. Le dije: -Hay algo que quiero preguntarle. No es esencial para el interrogatorio, sólo por curiosidad.

Su cabeza emergió entre una nube de humo azulado. Tiró la cerilla apagada al foso y dos patos nadaron hacia ella y volvieron a alejarse con parsimonia cuando hubieron descubierto que no era comestible. – ¿Qué es?

Miraba hacia el foso, sobre cuyas aguas las hojas muertas se movían con la lenta corriente y se ondulaban los grupos de juncos al paso de los ánades.

–Una noche en septiembre de 1978…

–En 1978 estaba en Berlín -interrumpió como si así dejara contestada mi pregunta,

–Todos estábamos allí, Fiona, Frank y yo. Dicky trabajaba en Frankfurt y solía ir a Berlín siempre que le era posible. Y Bret también.

Quiero preguntarle algo acerca de un mensaje radiado que Señales interceptó una noche durante el pánico de la Baader-Meinhof. ¿Se acuerda?

–El secuestro del avión comercial… lo recuerdo bastante bien, Frank Harrington parecía pensar que todo ocurrió para desacreditarlo.

Trent sonrió; su sentido del humor no daba para más. – Hubo una investigación especial sobre esta señal del ejército soviético.

Se volvió a mirarme,

–Si, lo recuerdo. Frank encargó el interrogatorio a un americano. Fue un fracaso. – ¿Un fracaso?

Trent se encogió de hombros y no dijo nada.

–Cuando acabó su turno -proseguí- entró en el edilicio principal y fue a Operaciones. Vio la señal… quizá sobre la mesa de Fiona. – ¿La noche del gran pánico? ¿Quién dijo que estuve en Operaciones?

–Fiona. Subió a buscarla para acompañarla a su casa.

–Aquella noche no, desde luego. – ¿Está seguro? No me dirá que no tenía autorización para entrar en Operaciones.

–Bueno, oficialmente no la tenía, pero cualquiera que llevase una insignia podía entrar en el edificio principal. No niego que me colase regularmente en Operaciones, pero no lo hacía cuando sabía que Frank estaba allí sentando cátedra y profiriendo denuestos. Diablos, ya sabe cómo es Frank. Le he oído maldecir a un superior porque había quitado un extintor de su oficina.

–A Frank le obsesionan un poco las precauciones contra incendios -

dije-. Todos lo sabemos.

–Bueno, pues también le obsesionan otras cosas, como la de que el personal del anexo entre en Operaciones sin un pase especial. No, no subí aquella noche. Corrió el rumor de que Frank estaba frenético porque Bonn pensaba que el alcalde de Berlin iba a ser secuestrado y todos nos mantuvimos alejados de él.

–Fue sólo una señal interceptada en Karlshorst…

Asintió.

–De lo cual se tuvo noticia en Karlshorst al cabo de tres días y cambiaron las claves y las longitudes de onda. Si, me enteré de todo esto.

Aquel sujeto americano… Joe no sé qué más («Llámeme Joe», decía a todo el mundo)…

–Joe Brody.

–Eso, Joe Brody. Me lo explicó todo.

–Esto es extraoficial -insinué.

–Extraoficial o no, poco importa. La cuestión es que yo no subí aquella noche.

–Fiona me aseguró lo contrario.

–Entonces Fiona no le dijo la verdad. – ¿Por qué habría de mentir al respecto? – inquirí.

–Esto se lo tendrá que preguntar a ella. – ¿Obtuvo la información por otro medio? Estoy resuelto a llegar al fondo de este asunto, Giles, Será mejor que usted esté al margen. – ¿Porque su camarada Werner Volkmann lo hizo y quiere exonerarle? – ¿Cómo entró Werner en Operaciones aquella noche? Nunca había trabajado allí. Siempre ha actuado en la calle.

–Werner Volkmann no estuvo arriba. Era Seguridad de Señales Número Uno; lo llevó de Señales a Claves aquella noche. – ¿Esto es todo? Entonces tendría que ser brujo para descifrar un mensaje mientras recorría cinco manzanas en el asiento trasero de un coche.

Trent fumaba con expresión meditabunda.

–La teoría fue que aquella noche Werner Volkmann merodeaba cerca de la sala de claves y pudo ver el mensaje descifrado. De todos modos, no tenía que descifrarlo para decir a los soviéticos que su tráfico era interceptado; sólo necesitaba reconocer las claves de encabezamiento o final y la hora y la identificación del transmisor del ejército de Karlshorst.

Los soviéticos sabrían con exactitud que había sido interceptado sin necesidad de que Werner supiera el contenido del mensaje. – ¿Usted cree que fue Werner?

–Brody es un investigador muy concienzudo y dio a todo el mundo ocasión de hablar por los codos. Incluso Fiona fue interrogada porque pasó el mensaje. Yo no vi el informe, claro, pero llegué a la conclusión de que Volkmann era el más probable de todos cuantos podían haberlo hecho.

–Le he preguntado si cree que fue Voikmann.

–No -respondió Trent-. Weiner es demasiado perezoso para ser agente doble y, por lo que vi de él, hasta para ser agente a secas.

–Entonces, ¿quién pudo ser?

–Ya sabe que Frank odia a Werner. Hacía siglos que buscaba una ocasión para librarse de él.

–Pero tuvo que hacerlo alguien. A menos que piense que Frank filtró su propia interceptación con el único fin de inculpar a Werner.

–Es posible.

–No puede hablar en serio. – ¿Por qué no?

–Porque si Frank quisiera deshacerse de Werner -contesté-, sólo tendría que despedirle. No necesitaría tomarse la molestia de filtrar un mensaje interceptado a los rusos.

–No era una información de importancia vital -dijo Trent-.

Hemos visto usar como Spielzeug cosas más importantes sólo para promover la reputación de un agente doble.

–Si Frank quería despedirle, podía hacerlo -repetí.

–Pero, ¿y si Frank prefería desacreditarlo? Miré con fijeza a Trent y reflexioné sobre ello. – Supongo que tiene razón -admití.

–Werner Voikmann divulgó rumores sobre Frank. – ¿Rumores?

–Ya ha oído a Werner cuando ha bebido unas cuantas cervezas.

Siempre tiende a ver escándalos donde no existe ninguno. Habló de que Frank manejaba dinero de los fondos no contabilizados y de que perseguía a las mecanógrafas en torno a los archivadores. Supongo que Frank se hartó.

Historias como éstas acaban adquiriendo realidad a fuerza de repetirlas, ¿no cree?

–Supongo que sí.

–Alguien fue responsable de la filtración -dijo Trent-. Si descartamos a Volkmann o Frank, Moscú tenía a alguien en Operaciones aquella noche. Y

desde luego no era yo.

–Quién sabe -murmuré, como si el misterio hubiera dejado de interesarme.

Pero ahora estaba seguro de que la señal interceptada de Karlshorst era de una importancia vital porque se trataba del único fallo verdadero cometido por el hombre bien colocado de Moscú. – ¿Qué cree que sucederá? – inquirió Trent, refiriéndose a su caso personal.

–Ha estado mucho tiempo en este negocio -le recordé-, más que yo.

Sabe cómo funcionan estas cosas. ¿Tiene idea de cuántas personas tan culpables como usted se han retirado del servicio con un perdón incondicional y la pensión íntegra? – ¿Cuántas? – preguntó.

Sabía que yo no podía contestar y esto le divertía.