El juego de Berlin
Capítulo 20
Reconocí la voz del otro extremo del hilo. – ¿Peter? Soy Bernard. Estoy en el Coach and Horses. – Todas nuestras casas seguras tenían nombres de taberna-. Necesito a alguien que lleve a su casa a un borracho y le vigile mientras se serena. Y no quiero a nadie capaz de conmoverse por una historia triste.
Colgué y miré a Trent, que se había sentado en una de las sillas duras y lloraba en silencio, sosteniéndose la barriga.
–Le pasará -dije-. Reserve sus lágrimas para Jlestákov. Si ya no les sirve, le enviará a casa y le darán la clase de trabajo que animará a sus camaradas de aquí a trabajar mejor.
20
Como de costumbre, Rolf Mauser llegó en un mal momento. Yo miraba un excelente documental de la BBC sobre modelos de ferrocarriles, los niños estaban arriba entregados a un juego que requería saltar y Fiona discutía en la cocina con la niñera sobre el sueldo de esta última.
Hice pasar a Rolf al salón y me dispuse a despojarle de su abrigo de cuero, pero él me lo impidió con enérgico ademán. – ¿Te encuentras bien, Rolf? – pregunté.
–Dame un whisky.
Estaba pálido. Le serví un whisky largo y él se sentó y contempló los trenes de la televisión con ojos ausentes. La luz de la mesita auxiliar iluminó un corte reciente en su oreja y un momento después le vi levantar la mano para tocarse la cabeza y dar un respingo de dolor al palpar algunos puntos resentidos, – ¿Estás bien, Rolf?
Toda su arrogancia parecía haber desaparecido; incluso las cejas demoníacas apuntaban menos hacia arriba.
–Tengo sesenta y seis años, Bernd, aún estay vivo.
–Eres un diablo fuerte y duro de cejar, Rolf.
Llevaba los zapatos arañados y el abrigo manchado en la parte delantera. Cogió servilletas de papel de encima de la mesa y se limpió un poco.
Los pequeños trenes de la televisión hacían mucho ruido; des-conecté el sonido con el mando a distancia. Rolf Mauser dirigió una mirada furtiva a su alrededor y entonces se extrajo del bolsillo una bolsa de papel marrón y me la alargó.
–Dijiste que lo harías desaparecer.
Saqué un paquete de la bolsa, lo abrí y, envuelto en una gruesa bufanda de lana, encontré mi revólver. Doblé el cañón y miré la recámara; sólo olía a aceite. Lo había limpiado a conciencia; Rolf debió ser un buen soldado.
–Dijiste que lo harías desaparecer -repitió.
Agité la bolsa; dentro había tres balas y tres casquillos vacíos. – ¿Qué has hecho, Rolf?
–Deshazte de él, te digo.
Volví a meter en la bolsa el revólver y la bufanda y lo guardé en el escritorio provisto de llave donde tenía las facturas impagadas, las joyas de Fiona y cartas del banco sobre el descubierto de mi cuenta.
Rolf me observó mientras lo hacía y dijo:
–Regreso esta misma noche. ¿Podrías prestarme un coche para ir a Harwich?
–Será mejor que me digas de qué se trata. – ¿Si o no?
–Hay un Mini azul fuera. ¿A qué hora has de estar allí? – Dame un sobre resistente y te enviaré las llaves, diciéndote dónde está aparcado.
–Ya es tarde para el barco de Hamburgo -dije. Me miró sin responder.
Dudo de que tuviera intención de cruzar el canal con el transbordador de Harwich; su modo de guardar secretos consistía en decir una sarta de mentiras a sus interlocutores-. Voy a buscar las llaves -añadí-. Es el coche de la niñera, así que cuídalo bien. – ¿Puedes encontrarme un sombrero, Bernd? He perdido el mío.
Volví con una selección de sombreros. Eligió una gorra de paño y se la probó. Le tapaba bastante bien los cortes y sombreaba su rostro.
–Robaste el coche -le instruí, bajándole la visera-. Viniste a verme, encontraste las llaves del coche y te largaste sin llamar a la puerta.
–Claro, Bernd, claro.
–Nadie te creerá, pero insiste en esta versión y yo haré lo mismo.
–Ya te he dicho que sí -dijo, irritado. – ¿Qué ocurre en la red Brahms?
–Nada.
–Max Binder cruzó el Elba a nado.
–Max perdió la calma -observó. – ¿Quién más la perdió?
–Yo no -dijo, mirándome a los ojos. Con confianza o sin ella, seguía tan fiero como siempre-. Yo afronto los problemas a medida que se presentan.
No cruzo el Elba a nado, dejando en la estacada a mi esposa y mis hijos. –
¿El resto de Brahms sigue a salvo? Londres está inquieto.
–Un pequeño ataque de hipo -explicó-, Brahms ha tenido el ligero hipo del que hablan los economistas cuando sus errores de cálculo dejan sin empleo a medio millón de personas.
Era la clase de broma sarcástica que siempre acompañaba con una sonrisa torcida.
–Esperemos que el hipo no degenere en tos ferina.
En alemán se decía «tos convulsiva». Rolf Mauser asintió. – Hemos tomado precauciones. Sabemos desde hace tiempo que Londres no puede protegernos.
Pasé por alto la crítica. La red Brahms era vieja y estaba cansada; tenía que haberse desarticulado hacía años. Del mismo modo que la información de Brahms Cuatro era lo único de valor para Londres, aquel maldito negocio de importación y exportación era su única razón para continuar aquella existencia ficticia. Se trataba de un matrimonio de conveniencia y, como tal, dependía del interés de ambas partes.
Rolf se sirvió otro trago… esta vez, muy generoso. Después se levantó, se abrochó el abrigo y anunció que se iba.
–No pares para preguntar el camino a un policía -aconsejé-. Si te oliera el aliento, acabarías en una celda.
–Sé cuidar de mí mismo y me gusta hacer las cosas solo, Bernd; nunca he sido aficionado a atenerme a las reglas. Tu padre lo sabía. – ¿Tienes moneda inglesa?
–Vuelve a tu televisor -replicó- y di a tu mujer que lamento no haber podido quedarme.
–Lo comprenderá.
Me dedicó otra sonrisa torcida. Nunca se había llevado bien con Fiona, ni siquiera cuando aún no me había casado con ella.
Hacía tres horas o más que Rolf se había ido cuando Dicky llamó por teléfono. – ¿Dónde estás? – preguntó. – ¿Cómo que dónde estoy? ¿Dónde diablos voy a estar? En mi casa, sentado delante del televisor, sin saber si encenderé la calefacción y veré la película de última hora.
–Con este complicado sistema de llamadas, nunca se puede estar seguro de dónde está la persona con quien hablas -murmuró vagamente Dicky. –
¿Qué quieres? – pregunté.
La película ya había empezado y no me seducía la idea de una larga charla sobre mis gastos en Berlín o el coche nuevo. – ¿Ha estado alguien en contacto contigo? – inquirió.
En la pantalla del televisor, los títulos cedieron el paso a un pequeño barco de vapor navegando por un brillante lago azul.
–Nadie.
–Hoy has llamado a alguien de Seguridad para que llevara a Giles Trent a su casa.
En la proa del vapor, tres hombres vestidos de blanco miraban el mar, apoyados en la barandilla.
–Trent había bebido -contesté-. Empezó a insultar y a acusarnos de arrestar a Jlestákov, su contacto de la embajada. – ¿Quién contestó al teléfono? – ¿En la oficina de Seguridad? Ese chico con bigote… Peter.
Desconozco su apellido. – ¿Ha tenido algún problema con Trent?
–Escucha, Dicky. Yo soy quien decide cuándo un sospechoso necesita ser acompañado a su casa. Trent puede quejarse al DG, si se le antoja, pero la próxima vez que ese bastardo me dé la lata, lo encerraré de nuevo y nadie podrá hacer nada en su favor, salvo apartarme del caso, lo cual no me importaría en absoluto. No es precisamente divertido, ¿sabes?
–Claro -dijo Dicky.
–Y si me apartan, será tu problema, Dicky.
–No te acalores -aplacó Dicky-, nadie te está acusando. Has hecho todo lo que podías, en esto estamos todos de acuerdo. – ¿De qué me hablas, Dicky?
–Del fracaso con Trent. Los malditos periódicos insinuarán que lo hemos hecho nosotros. Ya lo sabes. Y nuestra única defensa sería decirles más cosas de las que podemos revelar a Moscú. – ¿Quieres repetir eso, por favor? – ¿No te ha llamado nadie para decirte que Trent ha sido asesinado?
– ¿Cuándo? ¿Cómo?
–Esta tarde, más bien a última hora. Alguien trepó por la tapia trasera del jardín y se encaramó por el tubo de desagüe para entrar por una ventana del piso superior que no estaba cerrada. De la Sección Especial nos han enviado a alguien que redactará un sumario preliminar. – ¿Trent ha muerto?
–De un disparo. Estaba en la ducha, con la cortina corrida a fin de evitar que la sangre salpicara al asesino, o por lo menos esto es lo que dice el detective de la Sección Especial. Ningún vecino ha oído el disparo. Con