El juego de Berlin

Len Deighton · Capítulo 1 de 25

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El juego de Berlin

Capítulo 1

–¿Cuánto hace que estamos aquí sentados? – pregunté, cogiendo los gemelos de campaña y estudiando al joven y aburrido soldado americano de la garita de cristal.

–Casi un cuarto de siglo -respondió Werner Volkmann, que tenía los brazos apoyados en el volante y la cabeza hundida entre ellos-. Ese GI no había nacido siquiera cuando vinimos aquí a esperar que ladraran los perros.

El ladrido de los perros, cercados detrás de las ruinas del hotel Adlon, solía ser el primer signo de que ocurría algo al otro lado. Los perros intuían cualquier acontecimiento insólito mucho antes de que los cuidadores fueran a buscarlos. Por eso teníamos las ventanillas abiertas y por eso casi nos moríamos de frío.

–Ese soldado americano no había nacido, la novela de espionaje que lee aún estaba por escribir y nosotros dos creíamos que el Muro sería demolido a los pocos días. Éramos unos mocosos estúpidos, pero se vivía mejor entonces, ¿eh, Bernie?

–Siempre se vive mejor cuando se es joven, Werner -repliqué.

Este lado del Puesto de Control Charlie no había cambiado. Nunca consistió en gran cosa: sólo una pequeña barraca y algunas señales que indicaban el limite del sector occidental. En cambio, el lado de Alemania oriental había sufrido muchas adiciones: paredes, vallas, puertas, barreras e interminables líneas blancas que marcaban las vías de tráfico. Lo más reciente era un enorme recinto tapiado donde los autocares de turistas eran registrados, provistos de micrófonos y sometidos a minuciosos exámenes por hombres de expresión tétrica que deslizaban espejos sobre ruedas por debajo de cada vehículo por si uno de sus compatriotas se ocultaba allí.

El puesto de control no está nunca silencioso. La gran concentración de luces que iluminan el lado germano-oriental produce un constante zumbido, como un enjambre de insectos en un cálido día de verano.

Werner levantó la cabeza de los brazos y cambió de posición. Ambos descansábamos sobre cojines de gomaspuma; era una de las cosas que habíamos aprendido en aquel cuarto de siglo. Eso y tapar con cinta el contacto de la puerta para que no se encendiera la luz interior del coche cada vez que se abría.

–Ojalá supiera cuánto tiempo se quedará Zena en Munich -dijo Werner.

–No soporto Munich observé-. A decir verdad, detesto a esos malditos bávaros.

–Sólo he ido una vez -explicó Werner-, Un trabajo urgente para los americanos. Uno de los nuestros sufrió una tremenda paliza y los polis locales no sirvieron para nada.

Incluso el inglés de Werner tenía el fuerte acento berlinés que yo conocía desde que íbamos juntos a la escuela, Ahora Werner Volkmann había cumplido cuarenta años, era macizo y sus cabellos negros y abundantes, bigote negro y ojos soñadores permitían confundirle con un miembro de la población turca de Berlín. Limpió un círculo en el parabrisas a fin de poder atisbar en el fulgor de luces fluorescentes; tras la silueta del Puesto de Control Charlie, la Friedrichstrasse del sector oriental brillaba como en pleno día.

–No, a mi tampoco me gusta Munich -añadió.

La noche anterior Werner me había confiado después de muchas copas la historia de su esposa Zena, que había huido con el conductor de un camión de la compañía Coca-Cola. Durante tres noches me había cedido un apelmazado sofá en su pequeño apartamento de Dahlem, justo al borde del Grunewald. Sin embargo, en estado de sobriedad fingíamos que su esposa se hallaba visitando a unos parientes.

–Parece ser que se acerca algo -advertí.

Werner no se molestó en mover la cabeza, apoyada en el respaldo.

–Es un Ford de color tostado. Pasará el puesto de control y aparcará mientras sus ocupantes toman un café y un perro caliente; tras lo cual volverán al sector oriental recién tocada la medianoche.

Permanecí vigilante. Tal como había predicho, se trataba de un Ford de color tostado, una camioneta de reparto, sin ningún letrero, matriculada en Berlin Oeste.

–Estamos en el lugar donde suelen aparcar -observó Werner-. Son turcos que tienen novias en el Este. El reglamento dice que han de marcharte antes de medianoche y ellos regresan unos momentos después. – ¡Deben estar muy buenas! – exclamé.

–Un puñado de marcos occidentales da mucho de sí al otro lado -

explicó Werner-, ya lo sabes, Pasó muy despacio un coche patrulla con dos policías que reconocieron el Audi de Werner; uno de los agentes levantó la

mano en un saludo displicente. Cuando el coche se hubo alejado, enfoqué los gemelos de campaña hacia la barrera, donde un guardia fronterizo de Alemania oriental pateaba para restablecer la circulación. Hacía un frío de mil demonios. – ¿Estás seguro de que cruzará por aquí y no por los puestos de control de Bornholmerstrasse o Prinzenstrasse? – inquirió Werner.

–Me lo has preguntado cuatro veces.

–Recuerda la época en que empezamos a trabajar para la inteligencia.

Tu padre era el jefe entonces… las cosas eran muy diferentes.

Recuerda al señor Gaunt, aquel gordinflón que cantaba todas esas graciosas canciones de cabaret berlinesas; apostó cincuenta marcos a que jamás se construiría… el Muro, quiero decir. Ya debe ser casi un anciano.

Yo sólo tenía dieciocho o diecinueve anos y en aquellos tiempos cincuenta marcos era una suma considerable.

–Si, Silas Gaunt. Leía demasiados «informes orientativos» de Londres -

respondí-. Llegó a convencerme de que estabas equivocado en todo, incluso respecto al Muro.

–Pero tú no apostaste nada --dijo Werner. Vertió café negro de su termo en un vaso de cartón y me lo pasó.

–Pero me ofrecí voluntario para ir allí la noche que cerraron los límites del sector. No era más listo que el viejo Silas, sólo que no tenía los cincuenta marcos para la apuesta.

–Los conductores de taxis fueron los primeros en saberlo. A las dos de la madrugada se quejaban por radio de ser detenidos e interrogados cada vez que cruzaban. El radiotelefonista les prohibió llevar a más pasajeros al sector oriental y entonces me llamó para comunicármelo.

–Y tú no me llevaste -reproché.

–Tu padre me lo prohibió.

–En cambio, fuiste y el viejo Silas te acompañó. De modo que mi padre había impedido que yo cruzara la noche en que interceptaron el sector. No lo había sabido hasta ahora.

–Cruzamos hacia las cuatro y media de la madrugada. Había camiones rusos y gran número de soldados tendiendo rollos de alambrada frente al hospital Charité. Volvimos en seguida. Silas dijo que los americanos enviarían tanques y aplastarían las alambradas. Tu padre dijo lo mismo,

¿verdad?

–En Washington se morían de miedo, Werner. Los estúpidos bastardos de la cumbre pensaban que los ruskis se proponían avanzar y tomar el sector occidental de la ciudad. Sintieron alivio al verles erigir un muro.

–Quizá saben cosas que nosotros no sabemos -apuntó Werner.

–Tienes razón -asentí-. Saben que el servicio está dirigido por idiotas.

Pero esta información ya empieza a filtrarse. Werner se permitió una leve sonrisa.

–Y entonces, hacia las seis de la mañana, oísteis el ruido de camiones pesados y grúas de construcción. ¿Recuerdas haber ido en el asiento posterior de mi moto para verles tender la alambrada a través de la Potsdamerplatz? Yo sabía que acabaría ocurriendo. Fueron los cincuenta marcos más fáciles de ganar de toda mi vida. No entiendo por qué aceptó la apuesta el señor Gaunt.

–Era nuevo en Berlín -contesté- y venía de dar un curso en Oxford sobre ciencias políticas y esa sarta de mentiras estadísticas que los chicos nuevos empiezan a difundir en cuanto llegan.

–Quizá tendría que ir a enseñar allí -dijo Werner con cierto sarcasmo-.

No fuiste a la universidad, ¿verdad, Bernie? – Era una pregunta retórica-. Y

yo tampoco. Pero te ha ido muy bien. – No respondí, y Werner, que tenía ganas de hablar, añadió-: ¿Has vuelto a ver al señor Gaunt? ¡Qué alemán tan bonito hablaba! No como el tuyo o el mío. Hochdeutsch, una maravilla.

Werner, que parecía ganarse la vida mejor que yo con su negocio de préstamos para exportaciones, me miró, esperando una respuesta:

–Me casé con su sobrina -dije.

–Había olvidado que el viejo Silas Gaunt estaba emparentado con Fiona. Tengo entendido que tu mujer ha llegado a ser muy importante en el Departamento.

–Si, ha progresado -contesté-. Pero trabaja en exceso. No nos queda apenas tiempo para estar juntos con los niños.

–Debéis ganar un montón de dinero -observó Werner-. Los dos con cargos importantes y tú con tus dietas… Pero Fiona tiene dinero propio,

¿no? ¿Verdad que su padre es una especie de magnate? ¿Cómo es que no te ha encontrado un empleo cómodo en su oficina? Sería mejor que estar congelándote en un callejón berlinés.

–No vendrá -dije al ver que la barrera volvía a bajarse y el guardia se metía de nuevo en la barraca. El parabrisas se había empañado otra vez y

las luces del puesto de control eran unas manchas luminosas en un país encantado.

Werner no contestó. No le había confiado nada de lo que hacíamos en su coche en el Puesto de Control Charlie, con una grabadora conectada a la batería, un micrófono disimulado detrás de la visera y el incómodo bulto de un revólver prestado bajo mi brazo. Al cabo de unos minutos volvió a limpiar un trozo de parabrisas.

–La oficina ignora que me estás utilizando -observó. Deseaba con toda su alma oírme decir que la Estación de Berlín le había perdonado sus pasados errores.

–No les importaría mucho -mentí.

–Tienen muy buena memoria -se lamentó Werner.

–Dales tiempo -dije yo. Lo cierto era que Werner figuraba en la computadora como «sólo para empleos no críticos», una clasificación que le eliminaba para cualquier trabajo; en nuestra profesión, todo era «crítico». –

¿Así que no me han dado el visto bueno? – inquirió Werner, adivinando súbitamente la verdad: que yo había llegado a la ciudad sin comunicarlo siquiera a la Estación de Berlín. – ¿Y a ti que te importa? Ganas tu buen dinero, ¿no?

–Podría serles útil y el Departamento podría ayudarme más. Ya te lo dije.

–Hablaré con la gente de Londres y veré lo que puedo hacer. La promesa no conmovió a Werner.

–Se limitarán a ponerlo en conocimiento de la oficina de Berlín y ya sabes cuál será la respuesta. – ¿Tu mujer también es de aquí? – pregunté.

–Sólo tiene veintidós años -respondió con añoranza Werner-. La familia procede de la Prusia oriental… -Metió la mano dentro del abrigo, como si buscara cigarrillos, pero sabía que yo no lo permitiría (cigarrillos y encendedores son un maldito reclamo en la oscuridad) y en seguida volvió a sacarla-. Es probable que vieras su foto sobre el aparador: una chica baja, muy bonita, de cabellos largos y negros.

–Así que era ella -dije, aunque en realidad no me había fijado en la foto.

Pero al menos había cambiado de tema; no quería que Werner me interrogase sobre la oficina. Y él tenía que saberlo.

Pobre Werner. ¿Por qué el marido engañado queda siempre en una posición tan ridícula? ¿Por qué el cómico no es el cónyuge infiel? Todo era

tan injusto… no me extrañaba que Werner fingiera que su esposa había ido a visitar a unos parientes. Ahora miraba con fijeza delante de él, frunciendo las grandes cejas negras al concentrar la vista en el puesto de control.

–Espero que no haya intentado pasar con documentación falsa. Hoy en día lo examinan todo bajo rayos ultravioletas y cambian las señales todas las semanas. Incluso los americanos han renunciado a usar documentación falsa… Es un suicidio.

–No sé nada sobre eso -dije yo-. Mi trabajo se reduce a recogerle e interrogarle antes de que la oficina le mande adonde tenga que ir.

Werner volvió la cabeza; el tupido pelo negro y la piel morena hicieron brillar sus dientes blancos como en un anuncio de pasta dentífrica.

–Londres no te enviaría aquí para esa clase de circa, Bernie. Estos trabajos los encomiendan a chicos de los recados como yo.

–Vámonos a comer y beber algo, Werner -propuse-. ¿Conoces un restaurante tranquilo donde sirvan salchichas con patatas y una buena cerveza de Berlín?

–Conozco el sitio ideal, Bernie. Enfilas la Friedrichstrasse y tuerces a la izquierda después de cruzar el puente de la estación del ferrocarril a orillas del Spree: Weinresturant Ganymed.

–Muy gracioso -repliqué. Entre nosotros y el Ganymed había un muro, ametralladoras, alambradas y dos batallones de burócratas armados-. Da la vuelta a este cacharro y salgamos de aquí.

Puso en marcha el coche.

–Soy más feliz sin ella -dijo-. ¿Quién quiere a una mujer esperando en casa para que te pregunte dónde has estado y por qué vuelves tan tarde?

–Tienes razón, Werner.

–Es demasiado joven para mí. Nunca debí casarme con ella. – Esperó un momento a que la calefacción limpiara un poco el parabrisas-. ¿Lo intentamos de nuevo mañana, entonces?

–No habrá más contactos, Werner, ese ha sido su último intento.

Mañana regresaré a Londres y dormiré en mi propia cama.

–Tu mujer… Fiona. Fue amable conmigo aquella vez que pasé dos meses de inactividad forzosa.

–Lo recuerdo -contesté.

Dos agentes de Alemania oriental a quienes descubrió en su apartamento le tiraron por una ventana. Se fracturó la pierna en tres sitios y