El juego de Berlin
Capítulo 2
tardó muchísimo en restablecerse del todo,
–Y di al señor Gaunt que me acuerdo de él. Ya que se retiró hace tiempo, pero supongo que sigues viéndole de vez en cuando. Dile que no deje de llamarme siempre que quiera apostar sobre lo que están haciendo los rusos,
–Le veré el próximo fin de semana y se lo diré sin falta.
2
–Creía que habías perdido el avión -comentó mi mujer mientras encendía la lámpara de la mesilla de noche.
Aún no se había dormido; sus cabellos estaban apenas despeinados y el frívolo camisón no tenía casi ninguna arruga. Al parecer, se había acostado temprano. Vi un cigarrillo encendido en el cenicero; debía fumar en la oscuridad, pensando en su trabajo. Sobre la mesa descansaban gruesos volúmenes de la biblioteca de la oficina y un delgado y azul Informe de la Comisión Especial sobre Ciencia y Tecnología junto a un cuaderno, un Lápiz y la provisión necesaria de cigarrillos Benson Hedges, un considerable número de los cuales eran ya meras colillas amontonadas en el gran cenicero de cristal tallado que se había traído de la sala de estar.
Durante mis ausencias llevaba una vida diferente; para mí era como volver a otra casa, otro dormitorio y otra mujer.
–Una maldita huelga en el aeropuerto -expliqué.
Un vaso que contenía whisky estaba en equilibrio sobre el radio-reloj.
Bebí un sorbo; no quedaba ni rastro de hielo y la mezcla estaba aguada y tibia. Era característico en ella prepararse algo con todo esmero (servilleta de hilo, varilla para remover y unos palitos de queso) y luego olvidarlo totalmente. – ¿En el aeropuerto de Londres? – Se fijó en el cigarrillo a medio consumir, lo apagó y dispersó el humo con la mano. – ¿Dónde, si no, hacen huelga todos los días? – pregunté, irritado.
–No la han mencionado en las noticias,
–Las huelgas ya no son noticia observé. Por lo visto ella pensó que no había venido directamente del aeropuerto, y el hecho de que no me mostrara ninguna conmiseración por las tres horas perdidas no contribuyó a disipar mi malhumor. – ¿Ha ido todo bien?
–Werner te envía recuerdos. Me contó esa historia sobre tu tío Silas, cuando apostó cincuenta marcos a propósito de la construcción del Muro.
–Otra vez no dijo Fiona-. ¿Es que no olvidará nunca esa maldita apuesta?
–Le resultas simpática y te envía recuerdos -repetí. No eran las palabras exactas, pero deseaba que Werner le gustara tanto como a mí-. Y su esposa le ha abandonado.
–Pobre Werner -dijo. Fiona era muy hermosa, en especial cuando esbozaba aquella sonrisa que las mujeres dedican a los hombres que han perdido a la mujer amada-. ¿Se ha ido con otro?
–No -respondí, faltando a la verdad-. No podía tolerar las interminables aventuras de Werner con otras mujeres. – ¡Werner! – exclamó mi mujer, echándose a reir, no creía que Werner tuviese aventuras con muchas otras mujeres. Me extrañó que acertara tanto en este punto; Werner parecía un tipo atractivo desde mi punto de vista masculino. Supongo que nunca entenderé a las mujeres.
Lo malo es que todas ellas me entienden a mí demasiado bien. Me quité el abrigo y lo colgué-. No guardes el abrigo en el armario -me advirtió Fiona-, necesita ir a la tintorería; mañana lo llevaré -y añadió, en el tono más casual que pudo-: Intenté localizarte en el hotel Steigerberger y después a través del oficial de guardia del Olympia, pero nadie sabía donde estabas. Billy tenía la garganta inflamada y temí que fuesen paperas.
–No estaba allí -dije.
–Pediste a la oficina que te reservaran habitación porque, según tú, es el mejor hotel de Berlín. Dijiste que podía dejar allí mis mensajes.
–Me alojé en el piso de Werner. Ahora que su esposa se ha ido, dispone de una habitación libre. – ¿Y compartiste todas sus mujeres? – preguntó Fiona, riendo de nuevo-. ¿Es todo parte de un plan para ponerme celosa?
Me incliné y la besé.
–Te he echado de menos, cariño. De verdad. ¿Cómo está Billy?
–Muy bien, ¡pero ese condenado hombre del garaje me presentó una factura de sesenta libras! – ¿Por qué?
–Está todo especificado. Le dije que tú la repasarías.
–Pero te entregó el coche?
–Tenía que recoger a Billy en la escuela y se lo advertí antes de encargarle el trabajo, así que le grité y dejó que me lo llevara.
–Eres una esposa perfecta -dije. Me desnudé y fui al cuarto de baño a asearme y lavarme los dientes. – ¿Y todo ha ido bien? – preguntó ella en
voz alta.
Me miré en el espejo de cuerpo entero. Menos mal que era alto, porque empezaba a engordar y aquella cerveza de Berlín no ayudaba a evitarlo.
–Hice lo que me mandaron -contesté, acabando de lavarme los dientes.
–Tú no, cariño -contradijo Fiona. Pulsé el interruptor del inodoro y por encima de sus gargarismos la oí añadir-. Tú nunca haces lo que te mandan, lo sabes muy bien.
Volví al dormitorio. Se había peinado, alisado la sábana de mi lado de la cama y colocado mi pijama sobre la almohada: una chaqueta roja con pantalones de vistoso estampado. – ¿Es mío?
–Esta semana no han venido de la lavandería. Telefoneé; el conductor está enfermo… ¿qué podía hacer?
–No me presenté en la oficina de Berlín, si es esto lo que te obsesiona -
admití. Allí son todos chicos jóvenes; no saben distinguir entre su propio culo y un agujero en el suelo. Me siento más seguro con un veterano como Werner. – ¿Y si ocurriera algo? ¿Y si algo saliera mal y el oficial de guardia ni siquiera estuviese enterado de que te encontrabas en Berlín? ¿No comprendes que es una insensatez no hacer por lo menos una llamada rutinaria?
–Ya no conozco a nadie del personal del Estadio Olympia, cariño.
Todo ha cambiado desde que se hizo cargo Frank Harrington. Son muchachos sin ninguna experiencia práctica y demasiadas teorías de la escuela de entrenamiento. – ¿Pero tu hombre apareció?
–No. – ¿Has pasado tres días allí para nada?
–Supongo que sí.
–Te enviarán a buscarle. Lo comprendes, ¿verdad? Me metí en la cama.
–Tonterías. Se lo encargarán a uno de Berlín Oeste.
–Es el truco más conocido del manual, cariño. Te mandan a esperar…
que tú sepas, ni siquiera se habría puesto en contacto. Ahora volverás para informar de un contacto fallido y será a ti a quien envíen a buscarle. Dios mío, Bernie, a veces eres tonto.
Yo no lo había considerado desde aquel ángulo, pero no le faltaba razón al cínico punto de vista de Fiona.
–Pues que elijan a otro -dije, enfadado-, que vaya a buscarle uno de allí; mi cara ya es demasiado conocida por aquellos contornos.
–Dirán que todos son muchachos sin experiencia, lo mismo que has dicho tú.
–Es Brahms Cuatro -le dije.
–Brahms… esos nombres en clave son tan ridículos… Me gustaban más los nombres como Troyano, Wellington y Clarete. Su modo de decirlo me resultó molesto.
–Los nombres cifrados de la posguerra son especialmente elegidos para que no revelen ninguna nacionalidad identificable – expliqué- y el cuarto hombre de la red Brahms me salvó la vida en una ocasión. Es el que me sacó de Weimar.
–Y el que mantienen en tan maldito secreto, sí, ya lo sé. ¿Por qué crees que te mandaron? Y ahora, ¿comprendes por qué te harán volver a buscarle?
Junto a la cabecera de la cama, mi foto me miraba fijamente desde su marco de plata. Bernard Samson, un hombre serio con rostro de niño, cabello ondulado y gafas de concha que no se parecía en nada al majadero arrugado a quien afeitaba todas las mañanas.
–Me encontraba en un apuro. Él podría haber seguido su camino. No tenía por qué volver a Weimar. – Me apoyé en la almohada-. ¿Cuánto tiempo hace de aquello… dieciocho años, tal vez veinte?
–Duérmete -contestó Fiona-. Telefonearé a la oficina por la mañana y diré que no estás bien. Así tendrás tiempo para pensar.
–Deberías ver el montón de trabajo que hay sobre mi mesa.
–Llevé a Billy y Sally al restaurante griego para celebrar el cumpleaños del niño. Los camareros cantaron Cumpleaños feliz y le aplaudieron cuando apagó todas las velas. Fueron encantadores. Me gustaría que hubieras estado con nosotros.
–No iré. Se lo diré al viejo por la mañana. Ya no puedo hacer este tipo de cosas.
–Ha habido una llamada para ti del señor Moore, del banco. Quiere hablar contigo. Dice que no hay prisa.
–Y los dos sabemos qué significa esto: ¡o llamo inmediatamente o…!
–Ahora estaba muy cerca de ella y podía aspirar su perfume. Me pregunté si se lo habría puesto sólo para mí.
–Harry Moore no es así. En Navidad teníamos un descubierto de casi setecientas libras y cuando le vimos en la fiesta de mi hermano nos dijo que