El mapa de los afectos
11. Espacio sideral
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Espacio sideral
Adam lograba que sus cohetes se propulsaran con vinagre y bicarbonato de sodio. Se sentía como un científico espacial en su delicado juego de reacciones químicas. Preparaba sus cohetes sobre una mesa plegable que había instalado en el jardín trasero de la casa. Allí ordenaba sus materiales de trabajo y podía pasar infinidad de horas jugando solo. El tiempo de sus expediciones imaginarias se medía con la relatividad cronológica de otras galaxias. Normalmente fabricaba los cohetes con botellas cilíndricas de plástico de un litro. Le gustaba coronarlas con conos picudos de cartulina roja que pegaba con cinta aislante en la parte de abajo. Añadía los alerones de cartulina azul a lo largo del cuerpo, a veces también decoraba las diferentes piezas con rotuladores de tinta permanente.
Luego echaba tres dedos de vinagre en la botella. El bicarbonato de sodio, que solía ser unas dos cucharadas soperas, no podía meterlo directamente si ya estaba dentro el vinagre, por lo que usaba un pequeño truco: lo ponía en una servilleta de papel que ataba con un hilo a la boca de la botella, que cerraba con un tapón de corcho. Es decir, la bolsita quedaba dentro de la botella balanceándose sobre el vinagre sin llegar a tocarlo. Ese era el momento más delicado. La botella, para ser cohete, tenía que darse la vuelta y que el vinagre se mezclara con el bicarbonato generando el gas carbónico que haría presión y la empujaría con fuerza hacia arriba. Adam usaba, además, la parte de abajo de otra botella, que cortaba por la mitad para construir la base de lanzamiento. Las botellas subían al cielo gracias a un potente chorro de energía casera. El muchacho colocaba sus cohetes en una pequeña explanada donde las calvas del césped parecían dibujar las pistas de despegue.
Ese domingo era el día clave, y como capitán de una gran expedición científica de numerosos cohetes en busca de un planeta habitable, cargaba sobre sus hombros la responsabilidad de salvar la raza humana. ¿Se merecían continuar en el universo? Adam lo había pensado con detenimiento, los humanos podían ser terribles, pero sí, su gran expedición —compuesta por cinco cohetes y un total de cien personas— era la última esperanza que le quedaba a nuestro planeta. Empezar de nuevo en un lugar similar a la Tierra, despegar con impulso y labrarse un porvenir en las estrellas. Su mente estaba absorta en una compleja trama de personajes y anhelos futuristas. Sus abundantes rizos pelirrojos, necesitados de un buen corte de pelo, brillaban con la luz de mediodía. Había dado un gran estirón, pero todavía conservaba los rasgos aniñados en la cara y le estaba costando adaptarse a las nuevas medidas que le marcaba la transformación de su cuerpo adolescente.
—Capitán Adam, estamos preparados para el despegue.
¡Qué responsabilidad!, se había quedado solo y le tocaba a él buscar otros planetas donde renacería la especie humana. Su hermano James estaba pasando el fin de semana en casa de un amigo que tenía una videoconsola, y, en ese momento, todo giraba en torno a la realidad violenta y sanguinaria de un videojuego llamado Mortal Kombat. No podía contar con él, es más, su hermano se burlaba de sus juegos infantiles con las botellas de plástico, como si salir a la calle a construir cohetes fuera algo de niños pequeños y hacerse mayor consistiera en obsesionarse con violentas luchas en la pantalla de la televisión apretando con fuerza los pulgares en los mandos de la consola.
Lo ideal hubiera sido compartir la ocasión con algún amigo que lo ayudara con los cohetes. Intentar un despegue paralelo de las naves él solo era imposible, porque había que dar la vuelta a las botellas para que se mezclasen el vinagre y el bicarbonato y convenía alejarse. Era importante que hubiese un espacio entre los cohetes para que no chocaran en el aire o le explotaran cerca de forma accidental. Su meticuloso plan consistía en tenerlo todo preparado pero darse suficiente tiempo y espacio entre nave y nave. Sus tripulaciones lo tenían informado: «Aeronave AM-48 a punto de despegar. Estamos listos, con todas las coordenadas establecidas para alcanzar el espacio sideral y poder propulsarnos con las corrientes galácticas». «Les deseamos toda la suerte del mundo».
Qué extraña emoción ver aquellas naves conquistando el cielo. Adam imaginaba la propulsión que sentían sus tripulantes en cada uno de los despegues. Se elevaban con el mismo impulso veloz que notaba en su mandíbula cuando se montaba en las atracciones de feria y las sillas voladoras lo lanzaban con fuerza, mezclando el vértigo del estómago con los sonidos estridentes que amenizaban los gigantescos aparatos mecánicos.
En agosto, su padre, un soldado veterano tocado por la amargura del secuestro y asesinato de su mujer Lilian, y que tuvo que dejar el ejército para ser padre y madre, los lleva a él y a su hermano a la gran feria estatal. Una parte está dedicada a los conciertos multitudinarios al atardecer y al entretenimiento continuo con trepidantes atracciones; la gran noria iluminada por las noches se distingue a kilómetros de distancia. Las casetas de comida desprenden un olor pegajoso. Hay caramelos de sal y nubes de algodón, perritos calientes empanados con harina de maíz y fritos en grandes calderos de aceite vegetal. Las gigantescas carpas blancas con aire acondicionado se llenan de gente sudorosa que se mezcla con el ganado. Los animales de las granjas son los protagonistas, los sectores están divididos por grandes fardos cuadrados de alfalfa seca. Hay exhibiciones de cerdos, de vacas y de caballos de todos los tamaños. Cientos de pollitos rompen el cascarón en un recinto adaptado para el nacimiento de las crías. En letreros rectangulares de pizarra está escrito con tiza blanca el tiempo aproximado que queda para que las ovejas, las cerditas o las cabras den a luz. Hay muestras variadas de semillas y tecnología agrícola de última generación. Tractores, cosechadoras y una gama sorprendente de máquinas para maximizar el cultivo y las cosechas.
La estrella de los niños es una enorme vaca de mantequilla de tamaño natural que acompaña a los certámenes de tartas y a la cata de todo tipo de quesos y mieles. Las calabazas gigantes se adueñan de las miradas de los más pequeños. Los tubérculos adquieren formas inquietantes: hay zanahorias con caras asustadas, con brazos y nariz, y boniatos que triplican su tamaño. Las manzanas dulces y las palomitas de maíz bañadas en mantequilla o caramelo camuflan el olor del heno y los orines de los animales. Una banda musical compuesta por soldados veteranos desfila entre las carpas y se detiene a rendir homenaje a las fotos de los jóvenes soldados originarios del Medio Oeste que han caído ese año. Sus rostros sonrientes, ajenos a su destino, se exhiben en un recinto de mesas informativas sobre el ejército, la policía, los bomberos y la guardia nacional. La vida y la muerte se mezclan en un mismo impulso de orgullo y celebración. Su hermano y su padre siempre se detienen a charlar con los soldados que reparten folletos y anotan los datos de la gente interesada en alistarse.
Adam se pregunta si en esa gran expedición de lanzamiento de cohetes que le está ocupando el día, no sería importante incluir muestras de semillas y animales como las de la feria estatal. Si sus naves son la esperanza del mundo, no puede dejar atrás los animales y las plantas. Además, no es bueno estar siempre comiendo alimentos deshidratados. Son naves de pioneros que harán prosperar las nuevas tierras de los planetas que cultiven. Tal vez le dé tiempo de preparar dos cohetes más y en ellos pueda imaginarse una especie de jardín botánico y un arca de Noé. Incluso deben transportar un mar, crear una nave acuario con todos los seres marinos. Todavía le llevará un buen rato decorar esas nuevas botellas con las siluetas de animales y plantas. No ha comido nada, está abstraído en ese juego de lanzamiento de cohetes esperanzados. Nadie lo llama para que se siente a la mesa a comer. Cuando su abuela pasa el día trabajando en el restaurante y no está con ellos, el orden de las comidas se altera y se vuelve un caprichoso goteo de visitas al frigorífico.
Ha entrado en la cocina a buscar semillas. Se le ha ocurrido meter lentejas y granos de arroz en uno de los nuevos cohetes. Alguna vez había plantado en el colegio lentejas en vasos de yogur sobre una capa de algodón blanco humedecido. Enseguida germinaban y crecían sobre ese lecho mojado de pelusa esterilizada. Les explicaban el ciclo de las plantas y la magia de los brotes con unas simples gotas de agua. Adam busca en los armarios lentejas o arroz para su nave y solo encuentra latas de garbanzos, de cerveza, paquetes de pasta, botes de salsa de tomate y botellas vacías. Trata de no hacer ruido, sabe que no está solo en la casa, aunque lo parece porque su padre todavía duerme la resaca de una densa borrachera de whisky barato. Las botellas cuadradas de alcohol no sirven para fabricar cohetes, aunque sean de plástico. En su despegue se tuercen y caen de lado dejando un surco desolador en el suelo. Adam lo intentó una vez y entendió el mensaje oculto en aquella expedición fracasada con una de esas botellas vacías de whisky malo. Su padre está cautivo en un planeta extraño del que no puede escapar. Lleva mucho tiempo náufrago en una lejana galaxia de borracheras y abandono. Siempre vencido por un sueño profundo que emite silbidos y desliza babas de saliva por la comisura de los labios. Su cuerpo suena como el motor de una vieja máquina a punto de averiarse. Esa misma mañana, Adam ha tenido que limpiar el rastro de vómito y el pis de su padre, que se había quedado pegado alrededor de la taza del váter y sobre las baldosas del suelo. Se alegró de que James estuviera pasando el fin de semana fuera, no le gusta compartir con su hermano las miradas silenciosas cuando su padre toca fondo y él trata de borrar el rastro que deja su alcoholismo.
Por fin encuentra una bolsa con lentejas en el fondo de uno de los armarios. Hace mucho que no comen lentejas. Coge un puñado y sale a la calle para meterlas en una de las botellas. Quiere decorarla con la silueta de las frutas: manzanas, peras, uvas, plátanos, naranjas. Imagina los árboles frutales, las palmeras, las parras, los jardines creciendo en una nave, en pequeños recipientes como los brotes de lentejas en una lejana clase de ciencias naturales.
—Adam, ¿qué estás haciendo? —La voz de su padre suena como un estruendo ronco.
—Estoy con los cohetes.
—¿Y tu hermano?
—Sigue en casa de Brian.
Marcus, el padre de Adam, va descalzo, en camiseta y calzoncillos. La luz del sol le molesta, bosteza y se cubre la frente con la mano. Mira la mesa de Adam llena de objetos y botellas de plástico a medio preparar.
—Vas a tener que recoger todo esto y ayudarme a bajar cosas al sótano.
—¿Ahora? —pregunta Adam contrariado.
—Anda, tenías tú el bicarbonato. Guarda todo esto dentro y no dejes nada fuera, dice la abuela que hay aviso de tornado, que está muy cerca y que nos pongamos a cubierto. ¿No oías el teléfono?
—No —responde Adam.
—Yo tampoco. Dice que ha tenido que llamar cinco veces.
—Esta nave ya está lista. ¿Puedo lanzarla?
—Venga, date prisa, pero solo esa, las otras las guardas en casa y me ayudas a cerrar ventanas. No me gusta cómo se está poniendo el cielo, y hay que avisar a tu hermano. —Marcus vuelve a bostezar y se nota la boca seca y pastosa, piensa que en cuanto bajen al sótano se va a tomar una cerveza bien fría—. ¿Sabes dónde está el número de teléfono de su amigo?
—En el listado de la nevera. Brian.
Adam se arrodilla y coloca el cohete con las lentejas y el vinagre. No le ha dado tiempo a dibujar todas las frutas que quería, pero ha puesto el cucurucho rojo y los alerones azules. Es importante que despegue esa expedición y que salgan cuanto antes de la Tierra ahora que anuncian el fin del mundo.
El cohete con las lentejas sube varios metros, el lanzamiento ha sido un éxito. La tripulación aplaude, les queda un largo viaje por el espacio sideral hasta que encuentren un planeta habitable. Le gusta esa nave llena de plantas. Cómo no se le había ocurrido antes. Adam sonríe y se afana en recogerlo todo.
—Entra ya, que esto se está poniendo muy feo. —La voz de su padre suena distinta, parece preocupado—. Date prisa, Adam. Corre.