El mapa de los afectos

Ana Merino · Capítulo 21 de 24

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El mapa de los afectos

20. Desprendimientos

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Desprendimientos

 

Sobre una cartulina blanca, Aurora Altano escribió en mayúsculas las dos palabras mágicas que resumían el cierre definitivo de su capítulo americano: MOVING SALE. Ya solo le faltaba deshacerse de lo que había en la casa, desprenderse de los objetos que habían dado sentido a su aventura en el Medio Oeste y que no podía llevarse de regreso a España. Su vajilla de cerámica negra con guiños japoneses, su tostadora plateada, su tetera, su máquina de café que imitaba a las de las cafeterías y le permitía incluso espumar la leche para prepararse deliciosos latte macchiato. Sus toallas de algodón azules, sus sábanas crema de cuatrocientos hilos egipcios, la cubertería y las tazas del desayuno con diferentes dibujos e inscripciones. También vendía todos los muebles: el dormitorio con un estupendo colchón, la cabecera de la cama y las mesillas en madera de pino haciendo juego, la mesa redonda de cristal del comedor con cuatro sillas metálicas, un escritorio antiguo que ella misma adquirió en otro moving sale, porque su vida allí se había construido con cosas de las que otras personas se habían desprendido. En algunas ocasiones ni siquiera estaba la excusa de una mudanza para hacer una venta informal. Podía suceder que los objetos del pasado ocuparan demasiado espacio en la casa y conviniese airearlos y que salieran a la calle para que formaran parte de otras vidas. Ese ejercicio de pequeña limpieza se anunciaba con unos letreros que decían YARD o GARAGE SALE.

A Aurora Altano le gustaba pasear por el barrio cuando sus vecinos se desprendían de la materialidad caótica de sus vidas anteriores. Las sacaban en cajas de cartón que solían oler a humedad por el reposo indefinido de las cosas olvidadas en los sótanos. Discos de vinilo, juegos de mesa, jarrones cilíndricos de cristal, medallas y copas que reflejaban la victoria en todo tipo de torneos, ropa pasada de moda, figuritas de cerámica desconchadas que fueron la razón de ser de alguna vitrina, libros de texto, juguetes de plástico viejo, y cómics, muchos cómics de superhéroes, que fueron el tesoro de algún hijo adolescente que ya se habría graduado en la universidad y no los echaba de menos. Como si la madurez implicara olvidarse de los superpoderes que evocaban aquellas páginas llenas de viñetas.

El gesto de todo lo que se vendía era un adiós definitivo a las cosas que un día tuvieron sentido. Para Aurora Altano, el devenir de la existencia humana no podía arrastrar todo el equipaje de los objetos que nos han acompañado, por eso había que desprenderse de ellos. Y tenía que hacerlo de una manera digna, dándoles la oportunidad de seguir siendo útiles en la cotidianeidad de sus nuevos dueños. ¿Qué hubiera sido de Aurora Altano sin aquellos tenderetes improvisados en las explanadas de acceso a los garajes de las casas? En España la gente no vendía sus cosas viejas de esa forma. Si uno quería objetos baratos, se iba a los rastrillos, a los puestos callejeros o a las tiendas de segunda mano. No veía a sus vecinos exhibiendo sin pudor lo que una vez fueron sus tesoros o los de algún familiar cercano que no había regresado a por ellos. En ese menudeo vecinal había también un poso de olvido, de transformaciones familiares en las que algunos miembros dejaron de tener protagonismo en sus propias casas.

Las figuritas de cerámica aludían a las abuelas fallecidas, que no habían podido llevárselas a la tumba. A Aurora le agradaba encontrarse con figuritas que sobre todo repetían diseños de bailarinas y payasos. Muchas de ellas eran de Lladró, una exitosa firma de porcelana española que en los años setenta se abrió un hueco en las tiendas de decoración norteamericanas. Habían sido muy populares en su día, pero ahora esperaban apagadas y algo mugrientas a que alguien les diera otra oportunidad. Aurora sintió compasión por ellas y durante los cinco años que vivió en el Medio Oeste se dedicó a coleccionarlas. Algunas estaban cascadas y otras eran imitaciones dudosas que, sin embargo, tenían suficiente entidad para que Aurora las sumara a la colección. Ahora le tocaba a ella desprenderse de su peculiar surtido. Pensó en llevarse una de recuerdo, la de la niña con el cervatillo, que estaba casi intacta y fue la primera que adquirió cuando se instaló en su casita de alquiler de una planta y se hizo asidua a lo que llamaba «los desprendimientos de los demás». Pero ¿qué sentido tenía meter esa porcelana en la maleta? ¿De verdad quería rememorar su aventura americana con esa figurita? En realidad, se había aficionado a los Lladró porque le recordaban a sus tías Rocío y Camila. Había sido la nostalgia, la sencilla añoranza la que impulsó el deseo de coleccionar esas cerámicas. Volver significaba que ya no tendría que evocar a los seres queridos con extraños objetos. Aurora pensó en los altarcitos que ponían sus vecinos mexicanos en sus casas para el Día de los Muertos. Las velas y las fotos familiares de los que ya no estaban, las calaveras de azúcar y el papel de seda de colores sobre un mantel bordado.

A Aurora la idea de la muerte de sus mayores la horrorizaba, su colección de figuritas de Lladró era un homenaje a la existencia viva de sus adoradas tías, ya algo mayores. Aquel lustro que Aurora había estado en la pequeña América del Medio Oeste, tratando de dar sentido a su carrera profesional, contó con la lealtad inquebrantable de sus dos tías en forma de epístolas. Las dos mujeres establecieron la costumbre semanal de escribirle cartas a mano donde la informaban puntualmente de sus rutinas, acontecimientos familiares y lo que consideraban las noticias más relevantes de España. La abdicación del Rey Juan Carlos y la nueva monarquía de Felipe VI les dieron mucho juego. Sus cartas se mezclaban con útiles recetas de cocina. A las tías les encantaba sumar a los recortes de la actualidad política el recetario de un universo de platos variados, que estaban al alcance de cualquiera: torrijas, flan de huevo, arroz con leche o rosquillas. Los postres solían ser la receta estrella en esa correspondencia tan poco correspondida por Aurora, que muchas veces pensó en imitar a sus tías y devolverles el cariño con largas cartas manuscritas narrando sus aventuras. Pero solo lo hizo el primer mes, cuando se estaba aclimatando y no sabía bien cómo digerir su nueva vida. Escribió un par de cartas largas contándoles sus peripecias. Como su escabrosa llegada en 2012, cuando experimentó de primera mano el efecto devastador de los tornados. Se había mudado para ser supervisora jefa en una empresa en expansión de aerogeneradores, para ser la reina de los parques eólicos con sus molinos de más de 67 metros, y la recibió uno de esos torbellinos gigantescos que se forman con la fuerza brutal del viento.

Menos mal, solía rememorar Aurora, que le dio cobijo Rita, una mujer maravillosa que vivía en una granja rodeada de los gatos que había recogido y de los galgos tullidos que adoptaba. Los años habían pasado, pero mantenía el contacto con ella, su salvadora, a la que consideraba una especie de tercera tía, la tía americana a la que trataba de visitar un par de veces al año, aunque viviera algo lejos. En alguna ocasión, mientras acariciaba esos galgos, Aurora le describió a Rita la enorme crueldad que todavía existía en algunas zonas de España con los galgos y los podencos. A Aurora le molestaba tener que hablar mal de su país, pero consideró que Rita, la redentora de galgos, tenía que saber la verdad de lo que pasaba con ellos en España. Se creaban leyes para proteger a los animales, pero había unas deleznables conductas sociales muy difíciles de erradicar. A Rita la dejó perpleja descubrir que eran los propios cazadores los que los usaban para la temporada de caza y luego los ahorcaban, o en el mejor de los casos los abandonaban a su suerte. Los suplicios a los que sometían a los perros de caza eran una de esas cosas que sacaban de quicio a Aurora Altano. ¿Cómo era posible que los cazadores españoles se desprendieran de sus leales canes con tanto sadismo? En los orígenes de la humanidad estaba la caza, y en ese pasado tan remoto de tribus nómadas cazadoras y recolectoras se fraguó la amistad entre los humanos y los cánidos. Aurora pensaba en esos hombres primitivos de las cavernas y los imaginaba más generosos y empáticos que los cazadores del presente. La supervivencia dependía de la cohesión de la tribu y la domesticación de los animales tuvo que ser un factor muy importante. Se había perdido el sentido de grupo, el respeto a los seres vivos que forman parte de la familia, aunque no sean humanos. Aurora sabía que los veranos españoles se llenaban de perros y gatos abandonados, porque no solo los cazadores estaban implicados en este ritual tan triste del maltrato animal. Esa gentuza del presente no hubiera sobrevivido en otras épocas, porque el que abandona a sus mascotas es capaz de hacer lo mismo con sus padres; la de historias descabelladas de hijos desagradecidos que le habían contado sus tías.

Menos mal que la esencia del bien tenía destellos más potentes. Precisamente, su padrastro, que era un hombre cordial y bonachón, había recogido un perro abandonado en la carretera hacía unos meses.

—El bicho estaba desorientado y jodido, y me dio mucha pena —le contó a Aurora en una de sus conversaciones telefónicas—. No entiendo a la gente que abandona a sus perros. ¿Qué clase de tipejo deja a su mascota en la carretera? —seguía diciendo su padrastro—. El veterinario le buscó el microchip ese, y ni tenía. Le ha puesto las vacunas y un antiparásitos, debía de llevar tiempo solo, porque estaba lleno de garrapatas. Era un poema el pobre.

—¿Le has puesto ya nombre? —le preguntó entonces Aurora.

—Sí, lo voy a llamar Cañete —dijo su padrastro.

—¿Cañete?— respondió sorprendida.

—En honor a Santi Cañizares el dragón, uno de los mejores porteros que ha dado la historia de España.

Como su padrastro era futbolero, a Aurora le pareció divertido ese guiño personal a un guardameta.

—La gente no valora lo suficiente a los porteros, es el jugador del equipo que más presión tiene. Si vieras lo atento y dispuesto que es el bicho, lo entenderías —añadió el hombre.

—No lo dudo —respondió Aurora riéndose.

—Cañete ya está retirado, ¿sabes que se hizo piloto de ralis?

—No tenía ni idea —replicó Aurora.

—Pues sí, y compitió en Sierra Morena con la Suzuki. Me gusta la gente que se reinventa, como este perro. A saber qué clase de penurias habrá pasado.

—Menos mal que has aparecido en su vida.

—Ya verás lo majo que es cuando lo conozcas.

Aurora nunca se había animado a tener mascotas. Tal vez ahora, que regresaba a España de forma definitiva, fuera un buen momento. Ella también recogería a un perro abandonado como habían hecho Rita y su padrastro. Fantaseó con la idea de pasear con un perro por las calles de Madrid. Luego pensó que antes de tomar una decisión tan importante debería acostumbrarse a la ciudad y a la vuelta. Ella también había sido una especie de guardameta de la empresa de aerogeneradores para la que trabajaba, parando todo tipo de goles, dejándose siempre la piel sin que la apreciaran lo suficiente. Estaba agotada, le había llegado el momento de reinventarse y hacerse piloto de ralis como el portero que tanto le gustaba a su padrastro. Comprarse un terreno en las montañas, restaurar una casita e irse a vivir a una pedanía, como había hecho una antigua amiga del colegio. Volver al campo, volver a los pueblos, dibujarse en el paisaje de la naturaleza, buscar el paraíso perdido en la vida más sencilla. Porque Aurora no necesitaba demasiadas cosas para ser feliz. Ella hubiera sido una nómada perfecta recorriendo los oasis del Sáhara. ¡Qué fácil era idealizar otras vidas y otras épocas, escaparse de todo con el pensamiento! Eso era lo bueno de estar sola y sin ataduras, se podía imaginar a sí misma comenzando muchas vidas distintas.

A Aurora la reconfortaba saber que ahora su padrastro tenía a Cañete, igual que Rita tenía una legión de gatos y galgos. En aquellos animales se condensaba un antídoto contra la soledad. En la pequeña América del Medio Oeste había aprendido muchísimo sobre la soledad. Era una pena que esta se sintiera como una especie de vacío invisible y no tuviese la misma energía que los vientos buenos que movían las turbinas y se transformaban en electricidad. Pensó en los nuevos molinos sin aspas que se estaban diseñando, que ya no harían daño a los pájaros, en los avances tecnológicos que se preocupaban por mejorar el mundo. Pensó en el contraste entre el todo planetario y su propia insignificancia serena ordenando su casa para exhibirla durante el fin de semana. Desprenderse de los objetos y los muebles sería su ejercicio de despedida. Darles otra existencia a las cosas, otra oportunidad para que perdurasen.

El moving sale arrancó el sábado por la mañana. La casita se llenó de vecinos y curiosos que se lo fueron llevando todo a precios populares. Incluso las figuritas de Lladró con sus fisuras, manchurrones y descascarillados tuvieron su público. Aurora se sentía más y más liberada viendo cómo sus cosas encontraban acomodo en otras manos. La mañana del domingo llegaron dos jóvenes con una furgoneta de mudanzas de alquiler; la tarde anterior habían reservado muchos de los muebles. Cargaron con alegría la cama con su colchón y las mesillas de noche, el sofá del salón con la mesita auxiliar y el escritorio con su silla anatómica de oficina. La pareja de recién casados estaba feliz con el precio, casi regalado, que les había pedido Aurora por llevarse esos lotes. Aurora quería que la casa quedara vacía, devolverla tal y como la encontró. Anticipando que todo se vendería, compró una colchoneta inflable para pasar la última noche. Barajó alojarse en un hotel junto al aeropuerto, pero quiso despedirse de la casa a su manera. Dormir en ella hasta el final era su forma de decirle adiós. La mujer que se acomodó en la colchoneta de playa se sentía como una niña flotando a la deriva. Quizá era ese el efecto que perseguía en esa ceremonia de salida. Sentirse como un ser flotante, como un ser ligero que inhalaba el aliento confiado de la vida nueva que le esperaba a su retorno. En su respiración adormecida se condensaba un mundo de posibilidades. El universo pleno de los dulces sueños, de la vida madura que ofrece segundas oportunidades.

Aquella última noche, el vacío de la casa se llenó de una dicha incalculable, y Aurora Altano amaneció tan risueña que la sonrisa le duró todo el trayecto transatlántico. La felicidad esperanzada era parte de la naturaleza humana y ella había tenido que vivir muy lejos para entenderlo.