El mapa de los afectos
1. Todos los secretos
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Todos los secretos
Escondía sus tesoros en el bosque, dentro del hueco de un tronco del que salía una gran rama a la que solía subir en su infancia para contemplar el horizonte o espiar a los cazadores que se adentraban en esa espesura de árboles entrelazados. Algunas veces, al volver a casa se cruzaba con los últimos cazadores del día y en más de una ocasión le habían regañado: «Chaval, ¿de dónde sales? Ten cuidado y no andes solo por ahí, que un día vamos a tener un disgusto».
A Samuel no lo intimidaban esas amenazas; los cazadores nunca pasaban demasiado cerca de su árbol. Él se sentía seguro abrazado a aquel tronco grueso de ramas anchas y frondosas. Era su lugar favorito, su observatorio de estrellas en verano y su rincón de rabia en invierno. Incluso en los días más fríos había subido al árbol para estar tranquilo y fumar en secreto cigarrillos sin filtro, cortando la densidad helada del aire con el humo picante que paladeaba en su boca antes de expulsarlo. Su refugio era la séptima rama ancha, en una escalera de brotes inmensos y exuberantes. Un nido abandonado de pájaro carpintero que había agrandado con su navaja se transformó en el escondrijo perfecto para lo prohibido. Allí guardaba desde niño una caja metálica donde metía los cigarrillos que con sigilo les quitaba a los adultos. Ya entonces le gustaba imaginarse como uno de ellos mientras daba unas cuantas caladas y contemplaba desde su escondite la extensión del bosque, los márgenes de la carretera y los caminos forestales. Espiaba con atención meticulosa todo lo que se movía y lo anotaba en pequeñas agendas llenas de dibujos esquemáticos. En esos cuadernitos registraba detalladamente, como en un diario, los movimientos de los cazadores, los encuentros furtivos de los amantes o la cautela de los diferentes animales al caminar por la espesura.
Samuel era el gran observador del bosque, el vigilante de los murmullos. Con su peculiar instinto se transformaba en una especie de duende invisible capaz de metamorfosearse entre las ramas de su árbol gigantesco. Él supo mejor que nadie de la historia de amor de Tom con la señorita Valeria, la maestra de primaria. Una aventura secreta que duró tres veranos y de la que Samuel aprendió a interpretar las curiosas texturas del cariño. Años después todavía sentía un extraño y excitante pudor cuando se cruzaba con Tom en el supermercado. A Valeria le había perdido la pista después de que esta se casara con un compañero, un maestro también muy joven con el que se trasladó a vivir a una ciudad grande del sur. Muchos dijeron entonces que esos dos eran demasiado ambiciosos para conformarse con la vida tan poco sofisticada de las poblaciones del Medio Oeste americano, de esa Iowa rural donde el paisaje de las llanuras agrarias de granjas y cultivos se mezclaba con algunos bosques densos como el que cobijaba a Samuel. Valeria se fue, pero al niño nunca se le olvidó el rastro secreto y sensual que dibujó su existencia en aquellas tardes del verano, cuando se dejaba amar por Tom convencida de que nadie sabía absolutamente nada de sus encuentros.
El amor furtivo de Tom con Valeria tuvo mucho de desigual iniciación y ocupó varios apartados en los cuadernos de Samuel, con bosquejos y anotaciones en clave. Coincidió a su vez con ese paso ansioso de la niñez a la adolescencia que fue brotando en el muchacho como un nido de anhelos silenciosos desde aquel mirador de ramas frondosas. Fantaseó durante horas sobre la misteriosa Valeria y su sumisa relación con Tom, un hombre demasiado viejo para ella; se llevaban treinta años. Al principio, en aquel verano de 2002, ese descubrimiento fue en sus notas un anexo confuso y sorprendente en una tarde calurosa en la que un par de zorros había merodeado cerca del tronco de su árbol. Samuel los siguió con la mirada, ayudado por los prismáticos de caza que había heredado de su abuelo; solía llevarlos a muchas de sus incursiones escondidos en la mochila, para cuando jugaba a ser vigía del bosque en esas tardes infinitas del estío. Tom y Valeria estaban relativamente cerca, paseaban a ritmo sosegado deteniéndose a mirar el camino. No advirtieron la presencia de la pareja de zorros que los rodeó entre los matorrales. Valeria escuchaba ensimismada el relato de Tom, pero a Samuel solo le llegaban murmullos de voces inconexas. ¿Qué harían esos dos caminando por el bosque? Al chico le sorprendió mucho descubrir a Valeria con Tom.
Valeria con esos vestidos de algodón floreados, el talle finísimo ceñido por un cinturón grueso de charol, y sus zapatos de tacón fino con un lazo grande al lado, también de charol. Acababa de salir de la universidad y llevaba varios meses como maestra sustituta en el pueblo. Causaba sensación cuando entraba en el restaurante familiar de la señora Dolan y pedía un batido de vainilla en la barra. Allí la había visto Samuel por primera vez. Se había fijado en ella por los comentarios de su tío David y el amigo de este, Greg.
Casi todos los miércoles, David lo llevaba a merendar al restaurante de la señora Dolan. Se sentía mal por su hermana mayor, la madre de Samuel, que tenía al marido casi siempre ausente, pescando la mayor parte del tiempo en alta mar, y ella trabajando de secretaria recepcionista para Garth Tickled, un abogado impresentable que hacía de las desgracias ajenas un gran negocio. Así que David estableció una merienda semanal con su sobrino Samuel. Le agradaba esa rutina, aunque estuviera regada de pensamientos intrascendentes y aburridas anécdotas escolares que su sobrino describía como sucesos épicos. A veces se sumaba a la merienda Greg, su compañero en la oficina, al que le gustaba aferrarse a cualquier excusa para alargar la jornada laboral tomando cervezas y conversando desenfadadamente sobre cualquier mujer menor de treinta años que entrara en el restaurante. David se burlaba del temperamento de macho desbocado de su amigo, que le hacía celebrar, sin ningún tipo de vergüenza, a todas las mujeres.
—Greg, qué cosas dices, calla, que tenemos aquí a Samuel.
Greg los miraba con suficiencia y se limpiaba con la manga los tragos de cerveza.
—Si es que la muchacha está para comérsela.
Samuel miró fugazmente a la maestra, una chica menuda con un vestido de flores y el pelo recogido en una coleta. Pensó literalmente en el comentario de Greg. ¿A qué sabría la nueva maestra que tanto le gustaba al amigo de su tío? El sabor de las chicas tenía que ser rico si a Greg siempre se le hacía la boca agua. Además, el disimulo de su tío le resultaba gracioso. Samuel sabía de buena tinta que a David le gustaban mucho las chicas, porque en su baño escondía revistas eróticas debajo de la montaña de las toallas dobladas. Un día las descubrió, eran revistas llenas de mujeres desnudas con pechos gigantescos. A Samuel le pareció ridículo que a su tío le gustaran esas cosas. Eran fotos aburridas y algo cutres de cuerpazos femeninos mal iluminados donde la piel morena contrastaba con la marca grimosa y blanquecina del bañador. Aquel descubrimiento no estimuló nada la imaginación de Samuel, al contrario, le hizo mirar con profundo desagrado la desnudez femenina. Su madre le regañaba porque se quedaba ensimismado leyendo durante horas cómics de superhéroes; si supiera lo que hacía su hermano y lo pésimas que eran sus revistas…
—Hijo, pero ¿no te aburres de leer siempre lo mismo?
—No, mamá —respondía Samuel entusiasmado—, este es el último número, lo que pasa es que la portada se parece mucho a otras, pero este es nuevo, eh.
—Para mí son todas iguales. Y además creo que es hora de que empieces a leer otras cosas más interesantes que esas niñerías, ¿no?
—Mamá, tú no lo entiendes.
En aquellas viñetas que tanto le gustaban sucedían cosas fabulosas y sorprendentes, sus personajes eran invencibles, tenían sentimientos y luchaban por un mundo mejor. Dibujados con un trazo que le encantaba, muchas veces los copiaba meticulosamente en hojas sueltas o en las solapas interiores de sus libros de texto. ¿Por qué su tío perdía el tiempo con esas revistas llenas de señoras feas cuando había mujeres formidables en los cómics, como Sue, capaz de volverse invisible y crear campos de fuerza? Samuel no necesitaba verla desnuda para emocionarse y sentir el poder de su energía mental. Un día puso sobre la mesa del restaurante algunos ejemplares de sus preciados cómics, esperando encontrar la empatía de los que saben apreciar cada viñeta, pero descubrió con mucho desagrado que ni a su tío ni a Greg les interesaban lo más mínimo.
—¡No me digas que te gustan los superhéroes! —exclamó Greg con sorna —. Como al cretino de Ronald, que solo lee esa mierda.
David torció el gesto.
—Ya te vale, Greg, el chaval no tiene la culpa de tus malos rollos del trabajo.
—Ah, David, perdona, se me había olvidado que a ti te va fenomenal con el susodicho cabronazo, que, aparte de ser deleznable, lee esta misma porquería como si tuviera la edad mental de tu sobrino.
Samuel apenas tuvo tiempo de reaccionar para proteger sus ejemplares y meterlos rápidamente en la mochila. Greg había proyectado sobre ellos sus frustraciones profesionales dándoles un manotazo y arrugando una de las portadas.
—Vamos a dejarlo. —David trató de cambiar de tema—. Mira quién llega.
Valeria había entrado en el restaurante y la luz de la tarde se filtraba por su melena rubia, que Samuel le veía suelta por primera vez, dándole un matiz mágico y misterioso. Su tez casi transparente contrastaba con la camisa azul celeste y los pantalones a juego. «Es Sue», pensó Samuel con sorpresa. «Puede que sea la chica invisible», volvió a imaginar mirándola con fascinación y ruborizándose levemente.
Las palabras de Greg interrumpieron sus pensamientos.
—En mala hora decidí sentar cabeza —se lamentó el amigo de su tío.
—Aunque no lo hubieras hecho, no tendrías ninguna posibilidad —le dijo David.
—Al menos déjame soñar —respondió Greg, dando un sorbo profundo a la jarra de cerveza para luego emitir un desagradable eructo.
Cuando Samuel creyó ver en Valeria la personalidad secreta de la Sue de los Cuatro Fantásticos, la relación entre ella y Tom todavía no había prosperado, aunque ya paseaban bastante juntos. Sus encuentros eran aparentemente inocentes, recorridos circulares por el bosque que Samuel anotaba. Sin embargo, a partir de aquella entrada estelar de Valeria en el restaurante, el niño fue haciendo un diario más elaborado, insertando dibujos de Sue que copiaba de sus cómics. ¿Qué se traerían esos dos entre manos?
Un día llegó el primer beso y Samuel tuvo que aceptar que Valeria no siempre albergaba a la Sue de sus sueños. Tom no se parecía en nada a ninguno de los personajes de su cómic favorito, ni tan siquiera a algún malo que mereciera la pena mencionar. Cuando la relación se volvió más íntima, a Samuel le costaba espiarlos porque se escondían muy bien en la espesura de los arbustos. Sabía que algo estaba pasando, pero no fue capaz de verlo con todo lujo de detalle hasta dos veranos después. Se atrevió entonces a esconderse en un árbol cercano a ese lecho de agujas de pino y yedra. Samuel había perdido el miedo a ser descubierto, porque la curiosidad de la incipiente adolescencia era una energía superior a cualquier otro sentimiento. Así fue testigo de un amor apasionado con aletazos de profundos silencios que le resultaban tediosos y difíciles de entender. Obviamente, Valeria y Tom no querían que nadie supiera de estas relaciones furtivas que habían encontrado en el bosque el cobijo de su máxima expresión. Al final del tercer verano, la maestra anunció a todos su compromiso con uno de sus colegas de la escuela, y a los pocos meses se casaron y se fueron.
Samuel vivió con inquietud y mucha sorpresa estos acontecimientos. Jamás había oído a Valeria mencionar planes vitales de esa magnitud. Es más, nunca le dijo a Tom lo que pensaba; fue desde el principio una relación apasionada, pero sumisa y silenciosa. Samuel acudió a la iglesia con su madre para ver la boda. Se sintió extrañísimo porque la casualidad hizo que le tocara sentarse en uno de los últimos bancos junto a Tom. Lo observó con disimulo, tenía el gesto tranquilo y miraba fijamente a la joven pareja. Samuel sintió vértigo al pensar que él era el único que conocía los detalles del amor entre Tom y Valeria. Tres veranos de besos densos y suspiros leves que sus cuadernos recogieron con minuciosa precisión.
Valeria estaba preciosa el día de su boda. Vestida de blanco, llevaba el pelo recogido en un tocado adornado con diminutas flores silvestres. «Qué guapa está y qué sencilla va, qué bien le queda el peinado», murmuró la madre de Samuel cuando pasó por delante de ellos. Es verdad, le favorecía mucho, porque dejaba ver su hermoso cuello sin adornos. Samuel la miró fascinado y sintió una leve punzada de culpa. En una de aquellas intensas reuniones en el bosque, Valeria había perdido su colgante de oro fino, un crucifijo de brillantitos de cristal que le había regalado su abuela por la primera comunión. La joven lo buscó muchas veces mencionándola, levantando el colchón de agujas de los pinos y rastreando el camino. Nunca lo halló. Samuel lo había escondido en el hueco de aquel tronco donde todavía años después subía a fumar cigarrillos y recordaba con delicado placer las texturas invisibles de Valeria.