El mapa de los afectos
A modo de epílogo: los abrazos
—Señorita Valeria. —La voz de un muchacho saca a Valeria de su ensimismamiento en la cola del supermercado—. Señorita Valeria, es usted, ¿verdad?
Valeria mira al joven pelirrojo que la interroga y le habla en inglés. ¿Cuántos años hace que no escucha su nombre con ese acento y el «señorita» delante?
—Sí, soy yo —responde sorprendida.
La voz del muchacho está a punto de quebrarse:
—Está igual que siempre, no puedo creerlo, está idéntica.
Valeria sonríe al chico con curiosidad, el intercambio de frases en inglés la ha devuelto al pasado, pero no reconoce a su interlocutor.
—Soy Adam, señorita Valeria, el hijo de Lilian y Marcus.
Una punzada de emoción se clava en la garganta de la antigua maestra.
No hace falta pedir permiso, los dos se funden en un abrazo inmenso. Han pasado quince años desde el último. Tres lustros y mucho sufrimiento. El joven que la ha reconocido se acordaba de ella con la enigmática memoria de aquel niño de preescolar que asistía a sus talleres de arte.
Adam, a diferencia de su hermano, no quiso ser soldado. Era un niño estudioso y dotado para las ciencias y consiguió una beca para ir a la Universidad de Chicago. Ahora estaba estudiando un semestre de intercambio en la Universidad de Cádiz y había aprovechado para visitar la costa de Algeciras. Se lo veía bien. Le explica a Valeria que su hermano se alistó en el ejército y que hace dos años perdió las dos piernas en la guerra, pero que era un veterano vitalista, con ganas de salir adelante, y ayudaba a su abuela y a su padre con el restaurante. Su padre ya no bebía, había tenido muchos problemas con el alcohol, pero cuando James volvió a casa malherido, decidió dejar la bebida y centrarse en apoyar a su hijo con la rehabilitación. Se dio cuenta de que necesitaba ser un hombre nuevo para transmitir esperanza a su hijo lisiado.
—Unos leñadores encontraron a mi madre en el bosque hace diez meses.
Y Adam le cuenta a Valeria que estaba enterrada junto a un árbol gigantesco. Una fuerte tormenta lo arrancó de cuajo, y Lilian apareció en el hueco de las raíces, envuelta en una bolsa de plástico que había conseguido que se conservara casi intacta.
—Le habían pegado cinco tiros, pero su rostro tenía el gesto tranquilo. La enterramos junto a la tumba de su padre.
Valeria vuelve a abrazar a Adam.
Al muchacho se le saltan las lágrimas, los abrazos de Valeria le dan paz, le transmiten una energía luminosa que amortigua todo el dolor acumulado.
—Señorita Valeria, no sabe lo mucho que me alegra verla aquí.
El azar había juntado a Adam con su maestra de preescolar. El curioso trazo de la vida los colocaba en un punto sorprendente del mapa del tiempo y el espacio. En ese reencuentro, en esos abrazos, en las explicaciones, en los recuerdos que evocaban al mirarse había un sedimento de bondad y genuino afecto.
La gente buena tiene un don para irradiar cariño, para producir campos de fuerza donde poder cobijar a los demás, y en parte gracias a esas personas y a la constancia de sus gestos amables, la humanidad todavía no se ha extinguido.
Terminaste El mapa de los afectos
Ana Merino
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