El millón

Jerzy Kosinski · Capítulo 1 de 4 · parte 2/4

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El millón

Capítulo I

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

volver a colocarla en su lugar, un chorro de vapor hirviente salió disparado

por el agujero y estuvo a punto de escaldarle el antebrazo y el muslo. Al

precipitarse hacia atrás para escapar del chorro, tropezó con una silla y cayó

cuan largo era bajo la mesa. El vapor empezó a llenar la habitación

desdibujando los contornos. Oyó cerca la risa de Andrea pero apenas podía

distinguir su cuerpo desnudo, de pie, parecido a un fantasma, frente al haz

brillante de la lámpara de al lado de la cama. Casi en seguida dejó de verla

por completo. También él estaba de pie en medio del vapor y buscaba a

tientas el camino para llegar a la válvula que silbaba y a la ventana que

quedaba encima. Él y Andrea se llamaban uno al otro y luego, húmedos,

cubiertos por una película delgada y caliente de agua, chocaron y se

abrazaron. Finalmente Domostroy encontró la ventana y la abrió. Una

ráfaga de aire frío penetró en el cuarto y obligó a ambos a volver a la cama, temblando y riendo mientras se apretujaban debajo de la manta. Minutos

después, cuando dejó de salir el vapor acumulado en el radiador, bajó la

temperatura y se desvaneció la neblina. Como en un jardín después de

llover, caían gotas de agua, tanto del techo, como de los muebles y paredes.

—Escampó la tormenta —dijo Andrea—. Taparé el escape con una

toalla —y, sin una pausa, preguntó—. ¿Por qué crees que me metí en la

cama contigo? ¿Porque te quiero o porque quiero usarte?

—Supuse que era porque me necesitabas —dijo Domostroy.

—¿De verdad? ¿Quieres decir que no te importa que te use?

—Puedo intentarlo. Tienes una motivación clara.

—¿Qué dices del amor?

—El amor no la tiene. Y no se ajusta a los atavíos de mi vida.

 

Situado en South Bronx, a unos veinte minutos en coche desde

Manhattan, el Kreutzer había atraído en sus buenos tiempos a una clientela

realmente elegante, que acudía para escuchar a algunos de los mejores

cantantes. Domostroy se acordaba de una época, unos veinte años atrás, ya

que era más o menos cuando terminó sus estudios y su primera obra, El

pájaro del estafermo, era interpretada por las mejores orquestas, en que

solía llevar a sus conquistas al Kreutzer para disfrutar de una velada de

buena música, baile elegante y buena cocina italiana servida en la famosa

sala Borgia. Durante aquel tiempo, Kreutzer, como tantos otros clubs,

también solía discriminar a los negros. Imposibilitados legalmente para

evitar que clientes negros entraran en el local, el encargado los sentaba a las

mesas menos deseadas en las zonas más apartadas y luego daba

instrucciones a los camareros para que no les atendieran y que se fueran de

común acuerdo; y en el caso de que alborotaran, quejándose en voz alta, la

dirección llamaba a la policía, que siempre se llevaba muy bien con el

establecimiento y los echaba a la calle.

Una noche, vestido de punta en blanco, de frac y con un abrigo de

vicuña ribeteado de seda y acompañado por una joven encantadora y

elegantemente vestida, Domostroy llegó a Kreutzer mucho antes de la hora

en que empezaba el espectáculo. Con un fuerte acento de europeo del este y voz apremiante, pidió al maître que dispusiera las dos mejores mesas de la

casa para una docena de distinguidos amigos suyos de la ONU que había

invitado a comer. Incitados por las generosas propinas de Domostroy, todos

los empleados se pusieron rápidamente en acción, sacando la mejor

cubertería de plata y los manteles más finos. Encima de las dos mesas

principales del comedor colocaron jarrones con flores naturales.

Pronto el comedor se vio atestado de clientes y ante el deleite de la

administración de Kreutzer, buen número de fotógrafos de prensa, avisados

por Domostroy, llegaron a tomar instantáneas de los dignatarios extranjeros.

Justo cuando el espectáculo iba a empezar, una conmoción en la entrada

avisó la llegada de Domostroy y sus invitados. El maître y un nutrido grupo

de camareros corrieron hacia la entrada para darles la bienvenida y

acompañarles a sus mesas. Los fotógrafos presentes estaban a punto con sus

cámaras y flashes. A medida que los recién llegados avanzaban por entre las

mesas para ir a ocupar sus lugares, el maître, el jefe de camareros y sus

subordinados, descubrieron horrorizados que los distinguidos huéspedes

que con tanta ansia esperaban eran negros y, a juzgar por su acento y su

vestimenta, americanos, de Harlem. Cuando los negros se sentaron y

levantaron en un brindis sus copas de champaña, los fotógrafos dispararon

sus cámaras. A la mañana siguiente la imagen de aquellos negros, sentados

en los lugares preferentes del Kreutzer, hizo las delicias de la mayor parte

de los periódicos de la ciudad. Éstos hacían notar irónicamente, que de

todos los clubs nocturnos de Nueva York, Kreutzer seguía llevándose la

palma al atraer a la clientela más selecta de la ciudad. Con este incidente se

rompió la barrera racial en el Kreutzer y el club ya no volvió a ser nunca

como antes.

Eso había ocurrido más de veinte años atrás. Nadie en el Kreutzer se

acordaba, o en todo caso a nadie le importaba un bledo recordar el papel

interpretado por Domostroy en la historia del club. Del mismo modo que,

desde entonces, había cambiado el aspecto y la fortuna de Domostroy, había

cambiado también la fortuna y el aspecto de Kreutzer. A medida que South

Bronx se deterioraba, cada vez eran menos los clientes de Manhattan que

querían arriesgar su seguridad personal acudiendo. Y sin ellos, el club

nocturno ya no pudo mantener su lujoso nivel. Finalmente cambió de propietario y poco después se convirtió en un tugurio y, muy pronto, lo que

una vez fue reluciente pista de baile, se llenó con hileras de máquinas

tragaperras: juegos del millón, máquina tocadiscos y juegos electrónicos de

vídeo. Para atraer clientela y darle aspecto sabroso a la comida, el salón

Oboe d’Amore seguía ofreciendo un espectáculo nocturno que en aquellos

días consistía en alguna desastrada cantante de ópera, algún conjunto de

rock del barrio, artistas de strip-tease que ya no podían conseguir contratos

decentes en los centros nocturnos de Manhattan y, cuatro días por semana,

Patrick Domostroy, que acompañaba o ponía música de fondo a aquellas

actuaciones con un órgano Barbarina, una espineta electrónica con un

tablero de seleccionadores de tonadas prefijadas que proporcionaban el

sonido de la mayoría de instrumentos musicales, incluyendo el piano, el

acordeón, el saxófono, la guitarra, la flauta y la trompeta, y asimismo una

sección rítmica y un coro mixto.

 

Cuando Domostroy vio a Andrea Gwynplaine por primera vez en

Kreutzer, experimentó una angustia momentánea, consciente de la

impresión que ella le producía y de la necesidad que él sentía de

impresionarla. Pero no abrigaba ninguna esperanza, así que, cuando se le

acercó para entregarle una carta y pedirle humildemente que la leyera,

quedó sorprendido hasta la incredulidad ante el hecho de que ella hubiera

cambiado por completo su estado de ánimo.

Levantó la mirada y vio que Andrea le miraba fijamente. Se acercó más

a él, amontonó cojines y almohadas y regresó a su posición anterior. Pasaba

los dedos de una mano por entre el pelo de Domostroy.

—En ninguno de los artículos que leí se explicaba por qué titulaste tu

primera composición El pájaro del estafermo —dijo—. ¿Por qué se lo

pusiste?

Domostroy no estaba seguro de si su interés era genuino y titubeó antes

de contestar.

—En la Edad Media —explicó—, el estafermo era un poste para los

ejercicios de las justas. Tenía en su parte superior una pieza que giraba. Esa

pieza tenía forma de cruz y en uno de sus brazos había un pájaro de madera pintada y al lado opuesto un saco de arena. Un caballero cabalgando debía

acertar con su lanza al pájaro de madera y en seguida espolear su caballo y

agacharse bajo la cruz antes de que el pesado saco de arena al girar lo

descabalgara. Creí que el pájaro del estafermo era una metáfora adecuada

para mi trabajo y también para mi vida.

—Ninguno de los artículos que he leído habla de esposa, hijos o familia

—dijo Andrea.

—No tengo a nadie.

—¿Por qué?

—Me quedé huérfano desde muy niño. Más tarde, la música absorbió

todo mi tiempo y energía. Para mí, componer música era pertenecer a todo

el mundo, hablar todas las lenguas, expresar cualquier emoción. Como

compositor, era el más libre de los hombres. Una familia habría coartado mi

libertad.

—¿Y deportes, aficiones…?

—Nunca tuve tiempo para muchos.

—Excepto para el sexo, según Helero.

—Incluso el sexo: sólo de vez en cuando.

—¿Cuándo?

—Cuando tengo compañera. No lo practico solo.

—¿Quiénes han sido tus compañeras preferidas?

—Amigas: artistas, músicas, escritoras.

—¿Quiénes son tus compañeras ahora?

—Alguna instrumentista sin conjunto, de vez en cuando. Alguna

cansada intérprete de jazz. Ésas son las únicas mujeres que conozco ahora.

Andrea lo miró con tristeza.

—Parece que esos días sea amor lo único que compones. ¿No has

pensado en tener una mujer para ti solo?

—No. Al fin y al cabo, también yo soy compartido.

—¿Te importaría compartirme a mí? —preguntó, dándole golpecitos en

el cuerpo.

—¿Con quiénes?

—Con mi amante.

—Él llena tu necesidad. Tú satisfaces la mía.

Andrea rió.

—No tengo ningún amante, pero ¿no eres ni remotamente posesivo?

—Lo soy de nuevas experiencias. Del tiempo que pasa.

—Pues pásalo conmigo. Encontrando a Goddard.

—¿Por qué necesitas encontrarlo a cualquier precio?

—Obsesión. También quiero tener algún día una mansión Tudor y

llenarla de cuadros prerrafaelistas auténticos. Pero, mucho antes que eso,

quiero conocer a Goddard.

—¿Por qué a Goddard, precisamente?

—¿Y por qué no a Goddard? Soy su público. Tengo derecho a ello.

—Y él tiene derecho a esconder su nombre, su rostro y su vida.

—Pero no para mí. No lo puedo separar de su música.

—Pero es evidente que él sí lo separa.

—Peor para él —dijo, y se inclinó hacia atrás, dándole a Domostroy

otra oportunidad de maravillarse ante la suavidad de su vientre.

 

—Dime, Patrick —le dijo aquella misma semana, unos días más tarde

—, ¿te has sentido alguna vez completamente libre con una mujer? —

Estaba provocativamente estirada en la cama junto a él—. Quiero decir

libre de compartir con ella todo lo que hay de espontáneo en ti. De follar

con ella en cualquier lugar, en cualquier momento, una, dos veces o varias,

o no hacerlo en absoluto. Dejar que tu instinto te guíe a descubrir todo

cuanto quieras saber acerca de ella, todo cuanto quieres tocar y tomar y

saborear en ella.

—Me siento libre contigo.

—Si es así, es que no estás enamorado de mí. Porque no tienes nada que

perder siendo tú mismo.

—Seguramente no pretenderás que tu mantenido se enamore de ti —

dijo Domostroy, riéndose de su comentario—. Stendhal dice que «en el

amor, el dinero compartido incrementa el amor; el dinero pagado lo mata».

Y tiene razón. Piensa en lo protestón que pudiera volverme si empezara a

enojarme por tu obsesión por Goddard —terminó Domostroy.

Dejó de hablar y empezó a acercarse muy despacio hacia Andrea, hasta

que su cuerpo estuvo casi fundido con el suyo.

 

Andrea consideraba sus conocimientos en asuntos sexuales con la

misma seriedad y aplicación que ponía en la música y el arte dramático.

Estaba preocupada por el efecto perjudicial en la salud de las mujeres por el

uso de la píldora, así como de todos los demás productos obtenibles: el

diafragma, incluso la jalea espermicida, y se enorgullecía de abogar por el

uso, en lugar de éstos, del pesario, el cual se insertaba con gran cuidado y

sin asomo de rubor ante Domostroy.

Rutinariamente compraba varias revistas y periódicos sensacionalistas

dedicados a las modas rápidamente cambiantes concernientes al sexo y las

costumbres íntimas y visitaba con regularidad algunas de las tiendas más

sofisticadas que vendían artículos sexuales, atavíos y novedades. Su

armario era una verdadera arca del placer. Estaba lleno de adminículos

sexuales y Domostroy se quedó perplejo al ver que los había, incluso, de

aplicación bisexual.

A estas alturas ya sabía que Andrea era una amante eficiente, que

siempre le engatusaba y que adivinaba y satisfacía sus deseos como si

hubiera sido capaz de investigar no sólo acerca de su carrera musical, sino

también de sus apetitos sexuales. Le encantaba llevarlo hasta casi el clímax,

para entonces separarse de él con el pretexto de que debía cambiar la cinta

del estéreo o preparar unas copas.

Entonces solía sorprenderle regresando a la cama, no desnuda como

cuando la había abandonado, sino con variadas vestimentas. Unas veces

disfrazada de actriz punk, toda de negro: collar cuajado de tachuelas de

acero, chaqueta roja de gamuza bien ajustada y un falda corta de piel,

guantes del mismo material que le llegaban a los codos y botas rojas hasta

las rodillas y de altos tacones bien ajustadas a sus pies y pantorrillas. Otras

veces salía del cuarto de baño intensamente perfumada y con aspecto de

mujer que se dedica al strip-tease, con peluca platino, pestañas oscuras y

una gruesa capa de lápiz labial, vistiendo únicamente sostén negro de

encaje, bragas también de encaje y liguero, medias de seda y zapatos de tacones agudísimos con tiras de cuero que enrollaba alrededor de los

tobillos. Una noche desapareció en un abrir y cerrar de ojos y cuando

reapareció no llevaba la menor traza de maquillaje y cada centímetro, cada

poro, cada orificio de su cuerpo fresco y limpio, su pelo suave como la

seda, llevando un sencillo vestido de algodón y sandalias. Con cada cambio

de indumentaria cambiaba también su manera de ser. De repente era tan

agresiva como para absorberle a Domostroy todas sus fuerzas; totalmente

sumisa otras veces dejándole que él agotara su energía y que usara de su

cuerpo a su antojo, en cualquier forma que quisiera. Pero no importaba

cómo anduviera vestida o cómo fuera su apariencia: siempre había un aura

de sensualidad en ella, al mismo tiempo vulgar y delicada, gazmoña y

desvergonzada, tan real, tan abrumadoramente manifiesta, que él se sentía

sujeto a ella como podría sentirse ante una autoridad o una enfermedad

contagiosa.

Al principio, en vista de los grandes esfuerzos que hacía para excitarle,

sospechó que fingía, que actuaba, que creaba una mascarada sexual en la

que él era al mismo tiempo público y actor, mientras que ella sólo era un

instrumento para su diversión y su placer. Pero cuando estaban acabando de

hacerse el amor, escuchaba su respiración agitada y observaba los bien

moldeados pechos subir y bajar al ritmo de la excitación que en su interior

iba en aumento. Cuando Domostroy sentía que su pulso se aceleraba y la

oía perder el aliento y lanzar gritos en su carrera hacia el orgasmo, se daba

cuenta de que a ella le gustaba el sexo exactamente igual que a él y de que

todos sus esfuerzos para llevarle hasta la cúspide, le daban a ella tanto

placer y provocaban tanta excitación como se los daban a él.

—Cuando quiero un hombre, lo mismo podría ser el jorobado de Notre

Dame —decía Andrea—. Su apariencia, su edad o su negocio no tienen

importancia. Lo único que me importa es su mente y me importa un bledo si

la tiene retorcida. Debo llegar a él como es en realidad. Cuando lo logro me

siento libre, a salvo, abandonada a todo cuanto le guste a él, a todo lo que

me guste a mí. Es natural en mí y para lograrlo he ido detrás de todo

hombre que alguna vez he deseado. Y siempre lo he obtenido. Siempre. —

Andrea apoyaba el mentón en el hombro de Domostroy—. Excepto a uno:

Goddard. Y ahora sólo es cuestión de tiempo lograrlo.

—Recuerdo a un tipo —dijo Domostroy— que, durante años, todos los

días, lloviera o tronara, vestido con sucios harapos, solía plantarse en la

acera, frente al Carnegie Hall, y cantaba arias de óperas muy conocidas. Su

voz no era mala y bien sabe Dios que era potente: se la oía desde una

manzana más allá; pero cuando cantaba, su cara se volvía de color púrpura

encendido por el esfuerzo y hacía muecas, mostrando sus encías

desdentadas. La gente que pasaba frente a él sentía tanto asco por su

aspecto que ni se fijaba en su voz. Creía que estaba loco. En todos esos años

de cantar ópera, sólo inspiró molestia, casi temor. En cierto sentido,

Goddard es todo lo contrario de aquel hombre: no lo vemos, sólo oímos su

voz, y sin embargo deseamos saber quién es.

—¿Y no será que Goddard se ha rebelado con tanta fuerza contra la

dependencia del rock en su aspecto visual, en la apariencia, la gesticulación

y las vidas personales de las grandes estrellas, que ha decidido arrancarse de

cuajo, literalmente, de todo ello? Suponte que cree que escondiendo su cara

salva las apariencias del rock.

—Debe de tener alguna razón muy poderosa para esconderse —dijo

Domostroy—. Debe tratarse de algo mucho más importante que un mero

truco publicitario. ¡Y le cuesta muchísimo dinero, además! —hizo una

pausa—. Hace algunos años, seis millones de personas mandaron dinero

para pagar las entradas de una gira de recitales de Bob Dylan y sólo había

sesenta mil seiscientos asientos disponibles. ¿Te das cuenta de que, si

mañana Goddard fuera a dar un recital en persona, en Nueva York por

ejemplo, o en Los Ángeles o en cualquier gran ciudad, cientos de miles de

sus fans tomarían el teatro por asalto cualquiera que fuese el precio de la

entrada? Si quisiera abandonar su anonimato, cualquier cadena de televisión

le pagaría millones por una sola actuación y cualquier estudio

cinematográfico de Hollywood triplicaría la cantidad que pagara la

televisión sólo por los derechos de la historia de su vida —titubeó—.

Entonces, ¿por qué no lo hace? Tal vez sea un lisiado, de aspecto tan

repugnante, tan desagradable a la vista que tiene que mantenerse alejado de

todo el mundo.

Andrea lo miró con escepticismo.

—Probablemente es alérgico al público —dijo—. Repugnante o no —

agregó—, debemos encontrarlo. Sigo queriendo conocerlo.

Esperó que Domostroy se excitara de nuevo, que la apretara contra su

cuerpo y cuando no lo hizo, Andrea le tomó la mano como si fuera un

objeto y la empujó en su interior, retorciéndola hasta que los dedos

estuvieron bien húmedos. Luego se la sacó y lentamente la llevó hasta la

boca de Domostroy mientras con la otra mano le abría los labios. La lengua

de Domostroy sintió el sabor de la humedad de Andrea antes de que se

combinara con la propia.

La voz de Andrea flotaba soñadora.

—Un día, cuando sepa quién es Goddard, me pondré frente a él y le

sorprenderé con la verdad acerca de él mismo.

—¿Y si ya sabe la verdad?

 

Domostroy había aceptado su ofrecimiento y tomado el dinero, que era

tanto como lo que ganaría con su pesado trabajo de Kreutzer durante seis

meses; todo pagado de una vez, en efectivo, en billetes tan crujientes que

tuvo la impresión de que era el primero en tocarlos.

Pero no sabía por dónde empezar a pelar el duro hueso que le había

echado. Incluso en la cúspide de su popularidad, cuando componía, grababa

discos y actuaba con regularidad ante el público, Domostroy había sido, al

fin y al cabo, un artista creador y, como tal, relativamente aislado del

mundo. Sus relaciones en el negocio musical se habían limitado sobre todo

al personal de su editor, Etude Classics. Desde entonces, el interés del

público por la música clásica había ido en descenso y los beneficios habían

bajado hasta tal punto que Etude no podía seguir manteniendo sus propios

departamentos de ventas y distribución. Hacía ya varios años que Nokturn

Records se venía ocupando de la distribución de los discos de Etude.

Nokturn Records era una gran empresa domiciliada en Manhattan y que se

dedicaba sobre todo a la música rock. Debido a esta reciente asociación,

Domostroy había conocido en varias ocasiones a unos cuantos ejecutivos y

empleados de Nokturn, pero no había llegado a intimar con ninguno.

Otras de sus relaciones profesionales eran, sobre todo, abogados que

había consultado en el transcurso de los años para recabar su opinión sobre

los contratos. Ni siquiera tuvo nunca un agente; prefería actuar en nombre

propio y sólo consultaba a sus abogados de vez en cuando, generalmente

cuando estaba a punto de negociar detalles complicados de un nuevo

contrato.

En cuanto al resto del mundo musical, compositores, intérpretes,

empresarios, agentes y ejecutivos del sector, a pesar de que los conoció a

todos durante su apogeo, en la actualidad se comunicaba muy raramente

con alguno de ellos. Y eso a pesar de haber ocupado por dos períodos el

cargo de presidente del sindicato de músicos e intérpretes, ocupado un lugar

en la dirección de la Cámara de Solistas de Nueva York y miembro activo

de la Academia Nacional de las artes y ciencias de la grabación, de la

Asociación americana de la industria de la grabación y de la Academia

Nacional de música popular.

Si tenía que descubrir a Goddard a través de tales canales regulares,

debería intentar comprender a la industria musical como un todo y luego

decidir qué parte de él o quiénes de entre sus integrantes podrían ayudarle

en la búsqueda.

La ironía consistía en que si viviera en un estado totalitario, como había

vivido en su juventud, tratar con un monopolio dirigido por un solo

dirigente o partido, sólo necesitaría hacerse amigo o seducir a alguien que

estuviera en una posición de privilegio, o bien insinuar astutamente a los

demás que lo había hecho para tener acceso a cualquier información que

quisiera. Sería mucho más fácil encontrar la llave que le abriría todas las

puertas en un país cerrado, de un solo partido totalitario, que encontrar la de

la única puerta cerrada (la que le llevaría a Goddard) de la sociedad

americana, libre, abierta y libremente competitiva.

Además, como artista independiente, no sujeto a nadie, Domostroy

siempre había sentido desconfianza por las grandes compañías. Eran tan

organizadas y burocratizadas que sólo permitían a los individuos que las

integraban exhibir, como prueba de su adhesión, aquellas partes de su

personalidad que coincidían con la personalidad de sus colegas y nunca aquellas otras que demostraban que el individuo en cuestión tenía

verdaderamente una personalidad propia.

Así que, en vez de buscar ayuda desde dentro de la industria musical,

Domostroy se inclinaba por buscar ayuda en alguien que, como él mismo,

actuara por su cuenta, y cuyo acceso al mundo de la música estuviera libre

de consideraciones corporativas o colectivas.

Sidney Nash era el hombre. Periodista independiente, que aún no había

llegado a la treintena, hacía ya casi una década que estaba obteniendo

mucho éxito ocupándose del complejo mundo de las corporaciones

musicales. Su reciente estudio en el laberinto de la industria musical,

Música para su oído: el negocio de los discos en Estados Unidos, había

ganado el premio Pulitzer, y su obra más importante, Sonata al claro de

luna: música, egoísmo y utilidades en la sociedad americana, ya era

considerada como un pequeño clásico y un modelo de investigación y

documentación periodísticas. Gracias a sus meticulosas búsquedas y a sus

innumerables relaciones, el negocio de la música moderna no guardaba

ningún secreto para Nash.

Durante sus últimos tiempos como compositor, Domostroy había

tratado mucho a Nash y había sido objeto de la admiración del joven crítico;

pero ahora ya hacía varios años que no se habían visto. Sin embargo, sabía

que Nash, como típico neoyorquino que era, preocupado ante todo por sus

intereses del momento, seguiría aún interesado en detenerse a oír una voz

del pasado. Nash comprendería mejor que la mayoría de las personas, las

razones de la prolongada ausencia de su antiguo amigo de la escena social

de una ciudad sólo orientada al éxito.

Nash le dijo a Domostroy que se verían aquella noche en el Fuzz Box,

un club popular de Greenwich Village, en donde quería entrevistar a un

nuevo grupo punk. Cuando Domostroy llegó, vio en el diminuto escenario a

cuatro chavales con el pelo llamativamente teñido que estaban llegando al

final de su frenética exhibición. Nash, solo en una mesa, lo descubrió y le

hizo un ademán. A pesar de sus sustanciosos ingresos y de su creciente

popularidad, Nash no había cambiado. Seguía con su aspecto de estudiante

disoluto, con sus gafas de concha, su traje holgado de tweed y su camisa de

poliéster de quita y pon, que le hacía sudar.

Se levantó y saludó a Domostroy con mucho afecto, como si fuera un

alumno aprovechado que veía a su viejo profesor después de varios años.

Recordó que a Domostroy le gustaban los cubalibres y pidió uno al

camarero y otra cerveza para él. También lió un porro, que escondía bajo la

mesa después de chuparlo.

Tras haberse preguntado mutuamente acerca del estado de salud y

bienestar de uno y otro, Domostroy fue directamente al grano.

—Necesito un favor —dijo—. Estoy trabajando en un asunto con una

amiga que está metida en el negocio de discos y quiere saber todo cuanto

sea posible sobre Goddard. La verdad es que no tengo ni la menor idea de

por dónde empezar —daba la impresión de desconcierto y de pedir excusas.

Nash sonrió como perdonándolo.

—¿Qué es lo que quiere saber?

—Cualquier detalle que pueda encontrar —le espetó Domostroy

torpemente—. Siempre y cuando sea más de lo que ya se sabe.

—¿Qué es lo que ya se sabe? —preguntó Nash, extendiendo los brazos

—. Lo único que se sabe es su música, nada más. ¿Acaso tu amiga no sabe

que, cuando se trata de Goddard, más es menos? ¿No ha oído decir que es el

hombre que no está aquí?

—Desde luego que sí —dijo Domostroy—. Simplemente pensó que con

mis relaciones… comprendes… gente como tú… —su voz se fue

desvaneciendo.

—Comprendo —dijo Nash—. Todo cuanto puedo darte son los hechos

—agregó con un suspiro—. Como tú debes saber, desde el día en que la

WNEW lo interpretó por primera vez, Goddard ha vendido más discos que

cualquier otra estrella del rock. En seis años han salido seis LP, cada uno de

los cuales se ha mantenido en el primer lugar de popularidad durante varios

meses. Cuatro de ellos obtuvieron el disco de platino por haberse vendido

más de un millón de ejemplares de cada uno. Además, probablemente ha

grabado, por lo menos, una docena de singles que han sido grandes éxitos,

incluidos seis de oro, que dieron unas entradas brutas de un millón de

dólares cada uno —bebió un poco de cerveza—. ¿Qué más puedo decirte?

El tipo quiere ser un misterio.

—¿Nunca lo has conocido? —preguntó Domostroy con voz mansa.

—No, ni remotamente —dijo Nash con una sonrisa divertida—. Es un

secreto muy bien guardado. El grupo de empresas más importante del sector

y del país, la American Music Limited, creó Nokturn Records no sólo para

manufacturar y distribuir los discos de Goddard, sino expresamente para

guardar su secreto, para proteger su invisibilidad, sin mencionar la

inversión de los accionistas en él y en su música —hizo una pausa—. Ten

presente que no estamos hablando de rock de pacotilla. Estamos hablando

de gran cantidad de dinero. Las ventas de sus discos en este país equivalen a

los ingresos brutos procedentes de películas, televisión y todos los deportes

profesionales combinados. ¡Goddard es el que mayores ingresos

proporciona en todo el negocio! Siempre. Ahora dime, ¿sabías todo eso?

—Lo sabía. Lo leí en tu artículo del Times.

—Mejor para ti. Entonces también debes saber que en el rock sólo

tienen éxito los excesos. Ésa es la razón de que, mientras los discos de

Goddard se vendan a ese ritmo, nadie sea capaz de penetrar el silencio de

Nokturn y de invitar a Goddard a cenar. Es decir —se corrigió—, puedes

invitarle, escribiendo una carta a través de Nokturn Records, pero tengo la

seguridad que no acudirá a la cita —con una seña indicó al camarero que

sirviera otro cubalibre a Domostroy y para él una cerveza.

—¿Qué piensas de su música? —preguntó Domostroy.

—Buena, quizá la mejor. La grandiosidad siempre se ha comido la

grandeza, pero no la suya. Sigue haciéndolo cada vez mejor. Acepto que

puedes percibir influencias en sus obras, pero es coherente: siempre se deja

influir por lo mejor. Sabe lo que persigue y, aun basándose en fragmentos y

préstamos, compone la mejor música pop que jamás se haya oído. ¡No me

dirás que no te gusta!

—No mucho.

—Abismo generacional —replicó Nash para fastidiarle—. ¿O serán

celos tal vez? ¿Con cuántas obras de arte realmente coherentes podemos

contar?

—¿Qué me dices de sus letras? —preguntó Domostroy a la defensiva.

Nash empezó a liar otro cigarrillo.

—Hasta donde a mí me concierne, su gusto en las letras iguala al de la

música. Fíjate en la canción Brotado de la roca. ¿Qué otra estrella del pop le pondría música a las palabras de William Butler Yeats?

 

Brotado de la roca,

brotado de un manantial desolado

el amor salta sobre la corriente.

 

¿Y qué me dices de Un mundo termina? ¿Te imaginas a cualquier otro

poniéndole música al magnífico poema de Archibald MacLeish? —y

empezó a recitar fervorosamente:

 

Un mundo termina cuando su metáfora ha muerto.

Una era se convierte en una era, sin importar lo demás,

cuando sensuales poetas inventan en su orgullo

emblemas para el acuerdo del alma

que proclaman significados que el hombre nunca sabrá;

pero que las imágenes imaginadas por él puedan mostrar:

parece cuando esas imágenes, aunque vistas,

ya no significan…

 

¡Y éste es un single del que se han vendido millones de ejemplares!

¿Difícil batirlo, no crees?

—Tal vez sea así —dijo Domostroy—. ¿Pero qué me dices de una

canción como La dama del acné? Todo ese lindo juego de palabras con

productos farmacéuticos: Blondit, Nudit, Bergasol, Labios Lujuriosos,

etcétera. O ese otro titulado Pornutopía es utopía, en la que dice: La

procreación es creación, la contracepción auténtica decepción,

masturbación prueba sexual. ¿No crees que es sencillamente estúpido?

—Si lo es, también lo es la cultura que a diario promociona esas cosas

—dijo Nash—. Es evidente que Goddard se ríe de todo eso, Domostroy. Es

más: son precisamente esas cosas las que entienden sus fanáticos. A ti

podrán no gustarte, pero seguramente es debido a tu edad. Tenlo presente…

—Lo tengo presente —interrumpió Domostroy—. Los pueriles

anuncios cantados de la televisión y lo que puedes oír en las máquinas

tocadiscos no me hacen precisamente fácil el envejecer.

—No seas injusto, Domostroy. Musicalmente y hablando de las letras,

Goddard es la culminación de todos sus predecesores del rock and roll:

Elvis Presley, John Lennon, Bob Dylan, Elton John, Bruce Springsteen.

Como también de lo que es mejor en funk, reggae y soul y, desde luego, la

influencia de maestros de la canción como Nat King Cole y Tony Bennett.

En la música de Goddard puedes oír la totalidad del vocabulario de

Karlheinz Stockhausen y todos los artilugios electrónicos, desde el Sound

City Joanna y el Pianomate pasando por el Hammond, el Moog, el Buchla,

hasta llegar al ARP, el Putney, el Synthi y el Gershwin. ¡Pide lo que quieras,

él lo ha tocado!

Domostroy escuchaba atentamente. Tras una pausa dijo:

—Me resisto a creer que en esta sociedad loca por los medios de

comunicación, en esta sociedad que obra a su antojo, nadie pueda descubrir

la identidad de nuestra estrella de rock más popular.

—Todo el mundo es libre de averiguarlo —dijo Nash—. Y puedes

creerme, casi todos lo han intentado. ¿No te acuerdas cuando todas las

revistas de admiradores ofrecieron premios a cualquiera que le pusiera un

nombre a Goddard o presentara una fotografía comprobable de él? ¿Y

cuando cientos de tipos se presentaron jurando cada uno que era Goddard y

algunos incluso cantando como él? Cuando, después de que el Goddard real

no se presentó para recibir su primer premio Grammy, el primero de los tres

que ha ganado hasta la fecha, todos los servicios de prensa y radio salieron

a su caza. Es lo mismo que hicieron todos los Dick Tracy, disc-jockeys,

detectives y espías aficionados de la Asociación americana de la industria

del disco, y todos los del Tin Pan Alley, y todas las camarillas de autores de

canciones, publicitarios de la radio y compañías de discos. ¿Qué

descubrieron? Nada, aparte de las tonterías de costumbre: que no se deja ver

porque está tullido, que tiene la cara desfigurada de resultas de un

accidente, que sufre del mal de san Vito, que tuvo una premonición en sus

comienzos de que, si alguna vez salía de su anonimato, alguna de sus fans

le enviaría un balazo, en vez de flores o besos; otras, que sostienen haber

follado con él, dicen que da unos besos muy ruidosos y que es adicto a la

heroína y que no quiere curarse de su adicción. O fíjate en ésta: que es un

monstruo al que le implantaron unos alambres en la cabeza que le producen sacudidas alucinógenas que le permiten a él y a sus amantes también

alambradas fliparse durante horas en sexo electrificado. Aún hay otros que

aseguran que su invisibilidad es simplemente propaganda de la fábrica de

discos, la mejor propaganda ideada nunca. Mantiene al público excitado y a

su estrella a salvo de todos los chalados, ya que, mientras nadie sepa quién

es Goddard, nadie podrá dispararle. ¿Te acuerdas de John Lennon?

Nash apuró su tarro de cerveza y consultó el reloj.

—Si yo estuviera en tu caso, lo dejaría por imposible —concluyó—.

Todos lo hicieron. El mismo Goddard lo dice cuando canta esas líneas del

Ulises de Joyce:

 

Soy el muchacho

que puede gozar

de invisibilidad.

 

¿Y por qué no debería disfrutar de su invisibilidad? Si alguien tan bueno

como es él quiere ser un misterio, yo digo que le dejen. Y me pregunto si a

estas alturas alguien quiere saber quién es en realidad Goddard.

—Pues mi socia sí quiere —dijo Domostroy—. ¿Qué puedo decirle?

—Dile que en vez de ir tras Goddard vaya detrás de mí. Tengo una

mente sana, todo el aspecto de una estrella del rock y, lo que es mucho

mejor, ¡no me escondo!

 

En la biblioteca pública de Nueva York, Domostroy estudiaba

detenidamente un artículo tras otro y todos daban el mismo rollo sobre lo

que ya sabía sin ofrecer la menor pista fresca. Cada año, los discos de

Goddard continuaban siendo los primeros entre los de mayor venta y cada

semana aumentaba la popularidad de su música hasta parecer llenar todas

las ondas de radio. Y sin embargo nadie había logrado descubrir quién era.

Su misterio permanecía inviolable, a pesar de los esfuerzos elaborados para

romperlo. Un crítico musical de San Francisco aseguraba que Goddard era

un exestudiante suyo en Berkeley que había escrito composiciones que se

parecían mucho a las de Goddard; el crítico relataba que había desaparecido cuando él intentó ponerse en contacto con su exalumno, y que ninguno de

sus amigos fue capaz de darle alguna información válida sobre su paradero.

Un disc-jockey de Manhattan aseguró, con un aplomo similar, que Goddard

era un granjero, con mujer y tres hijos, que vivían en una remota granja

situada muy al norte del estado de Nueva York. Y un guitarrista inglés de

rock muy conocido estaba convencido de que él y Goddard solían rondar e

ir a un club de jazz londinense antes de que ninguno de los dos alcanzara el

éxito.

Los periódicos sensacionalistas y las revistas de fanáticos habían

contratado los servicios de gran número de físicos y todos habían sugerido

un hombre con componentes diferentes. Uno veía a Goddard como un joven

pueblerino patológicamente tímido encerrado en un asilo privado donde

escribía y grababa su música. Otro lo describía claramente como un

drogadicto que moraba en una gran ciudad industrial y que necesitaba ser

internado con frecuencia en sanatorios. Y un tercero decía que era conocido

en todo el mundo como un cantante de segunda fila y que solamente

mediante una conspiración de amigos influyentes y de su amante, una

famosa agente de Hollywood, había logrado permanecer tanto tiempo sin

ser desenmascarado.

 

De mala gana, Domostroy decidió echar un vistazo al Goddard Beat,

una discoteca muy popular del lado este que había sido bautizada con el

nombre de Goddard y en donde presentaban su música. El Goddard Beat

difería de la mayor parte de las discotecas en lo siguiente: en vez de

contratar a algún pincha para programar los discos, solía ofrecer

actuaciones personales de los conjuntos de rock and roll y pop más

inventivos que estuvieran disponibles. Para ellos una actuación en el

Goddard Beat era equivalente a un viaje a La Meca.

Domostroy odiaba las discotecas y siempre se había mantenido alejado

de ellas, incluso cuando, en tiempos de su propia popularidad, había sido

invitado a alguna en compañía de sus amigos. Su razón era muy simple:

mezclada en una computadora, amplificada por un robot y bailada por

autómatas humanos, la música-disco no era ningún arte.

Cuando entró Domostroy en el Goddard Beat, los integrantes de uno de

los conjuntos que se alternaban por la noche estaban quitando ruidosamente

su equipo electrónico del escenario mientras los miembros de otro conjunto

instalaban el suyo. Antes de que Domostroy pudiera abrirse camino a través

de la sudorosa concurrencia para ir a la barra a sentarse, la nueva banda

atacó su primer número y a su alrededor empezaron a oscilar las parejas,

estrechamente abrazadas, como macizos bloques de carne balanceándose en

los ganchos de un carnicero.

Cuando al fin consiguió llegar a la barra y pidió un cubalibre, el

camarero, un latinoamericano de feroces mostachos, le dirigió una mirada

penetrante y preguntó:

—¿Qué bebida es ésa?

—¡Un cubalibre! —gritó Domostroy levantando la voz.

—¿Cuba, qué? —preguntó el tipo irritado.

—Cubalibre —dijo Domostroy lentamente, controlándose—. ¿Es que

no es usted un camarero? Se trata de Coca-Cola combinada con ron.

—Sé muy bien lo que es un cubalibre. ¡Soy cubano! —espetó el

camarero—. Pero libre significa eso, libre —prosiguió—. Y resulta que yo

sé que Cuba no es libre, así que en vez de llamar cubalibre a una coca con

ron, que es mentira, le sugiero, caballero, que la llame una Gran Mentira.

¿Entendido?

—Entendido —dijo Domostroy inexpresivo—. Entonces deme una

Gran Mentira doble. Con una rajita de limón, por favor.

Una chica sentada a la barra junto a Domostroy se echó a reír.

Domostroy, a la defensiva, se volvió hacia ella. También era

latinoamericana, y tenía unos expresivos ojos castaños, cabello negro como

el azabache y unos dientes que casi parecían demasiado blancos.

Se sintió incómodo al ver que no cesaba de mirarlo y de reír. Pero

Domostroy no apartó su mirada ni descuidó contemplarla en su totalidad,

con sus pechos altos y su esbelta figura.

—¡No seas malo, papá! —le dijo—. La próxima vez pide un tequila

Puesta de Sol.

—No soy tu padre —dijo Domostroy.

—Podrías serlo —respondió ella. Girando en el taburete se volvió hacia

él, lista para empezar a conversar.

—Podría ser muchas cosas —dijo él, tratando de imaginarse si se

trataba de un flirt de solitaria, en el cual no hubiera osado pensar, o una

prostituta profesional, que él no podía pagar.

—También podrías cortarte de otro modo el pelo —dijo la muchacha,

estudiando a Domostroy.

—¿Por qué?

—Lo llevas muy corto —dijo convencida—. No le va a tu cara.

—¿Qué podría hacer sobre el particular? —preguntó con una mueca.

—Déjalo que crezca uno o dos meses. Entonces que te hagan un corte

adecuado.

—¿Quién puede cortármelo?

La joven le dirigió una mirada coqueta.

—Yo, por ejemplo.

—¿Por qué tú?

—Soy experta en belleza con licencia para cortar el pelo.

Inmediatamente metió mano en el bolso que llevaba colgado del

hombro, sacó una tarjeta y se la tendió a Domostroy.

La leyó: «Angelina Jiménez, experta en belleza. Antes en el Hotel

Excelsior, San Juan, Puerto Rico». En ella figuraba su dirección actual, en

Manhattan.

—Todos me conocen por Ángel —dijo.

Domostroy se presentó a sí mismo y le pidió disculpas por no llevar

ninguna tarjeta suya encima.

—A ésos les he cortado el pelo —dijo y señaló orgullosamente a los

componentes del conjunto que tocaba en el escenario—. Corto el pelo a la

mayoría de los músicos de la nueva ola. —Calló unos instantes, como si

esperara que él se mostrara sorprendido, pero al ver que no expresaba nada,

dijo—: En cualquier ocasión que veas un gran corte de pelo en la fotografía

que aparece en la tapa del álbum de un nuevo punk, rock o pop, puedes

estar completamente seguro de que es mío. A todos les hago parecer

originales y a todos los conozco personalmente.

—Estoy impresionado —dijo Domostroy, presintiendo una oportunidad.

Acercó su taburete un poco más al de la joven.

—No vayas a decir que tú también cortas el pelo —dijo.

—No. Solía, solía salir en los álbumes de discos.

—¡No me digas! ¿Qué clase de discos?

—Mi propia música —dijo.

La joven le dirigió una prolongada mirada.

—¿Debería conocerte? —preguntó entonces con un asomo de

admiración en la voz—. Quiero decir, ¿conoceré tu música?

—Lo dudo. Cuando la escribí aún no habías nacido.

—Pero si no eres tan viejo… —le tranquilizó. Luego agregó muy seria

—: Apostaría a que aún son tuyos la mayor parte de los dientes.

—La mayor parte —respondió—. Cubiertos con corona algunos de

ellos, pero míos.

—«Tus dientes están limpios, pero tu mente está cubierta» —recitó—.

Eso es de John Lennon. Pero háblame de tu música —prosiguió.

—No es una música que pudiera tocarse aquí —dijo con un gesto vago.

—¿Tocaste alguna vez en el Hall?

—¿El Hall?

—Carnegie Hall. Allí tocan muchas de las grandes estrellas del pop.

—Sí, he tocado algunas veces en el Carnegie Hall.

—¿Y en el Garden? —prosiguió.

—No. Allí no. Madison Square Garden es demasiado grande para mi

música.

—¿Pueden encontrarse tus discos en el comercio?

—Sí, se puede —dijo—; pero, actualmente, muchos de ellos son piezas

de coleccionista.

Domostroy pidió otra ronda.

—¿A qué te dedicas ahora?

—A beber —sonrió—. A esperar que me crezca el pelo.

—No digo en este momento. Quiero decir en la vida, ya me entiendes.

—Estoy entre —titubeó— un disco y otro.

—Está bien. Antes de que aparezca tu nuevo disco, prométeme que

vendrás a verme. Te cortaré el pelo y te arreglaré para la foto del álbum. Créeme, en una buena fotografía estriba la diferencia.

—Dime, Ángel —preguntó, mientras se tomaban su copa—. ¿Le

cortaste alguna vez el pelo a Goddard?

—Ojalá lo hubiera hecho —dijo. Al sonreír, sus dientes destellaron.

—Tal vez le has cortado el pelo sin saber quién era.

—Quizá tengas razón. Pero no lo sabría, ¿no crees? —reflexionó.

—Incluso podría ser cualquiera de esos tipos que andan por ahí —dijo

Domostroy señalando a la banda.

—Imposible —aseguró—. Cada uno de esos chicos identificaría

cualquier nota de la voz de otro oyendo el disco. ¡Identificarían a Goddard

así! —al decirlo chascó los dedos.

—¿Sienten curiosidad por él?

—Claro que sí —dijo—. Ya hace años que tratan de saber quién es. No

dejan de hablar acerca de sus palillos, sus dos tiempos y sus

improvisaciones, sus estribillos, sus éxtasis y sus sobregrabaciones, lo que

quieras. Y a pesar de todo, no pueden comprenderlo.

—¿Comprender qué?

—Por qué juega a ese mediocre billar automático, por qué nunca puede

uno adivinar qué camino sigue en una canción, igual que la bola en el juego

del millón.

—¿Qué hay en él diferente de todos los demás?

—Sus lengüetazos por una parte. Su manera de apoyarse en algunas

notas como nadie más lo hace. Algunos punk juran que Goddard ensaya

delante de público, ¿lo sabías? Juran que para que su música salga tan

fuerte y tan buena debe contar con el acicate de un auditorio en vivo.

—¿Creen ellos que Goddard tiene su propio estudio?

—¡Oh, claro que sí! —dijo—. Mira, tener su propio estudio de

grabación es lo más corriente en nuestros días. Corto el pelo a muchos

artistas en su propio hogar. Hay un tipo que toca punk y rock que vive en un

ático con todo el equipo de pistas sonoras y todo el material electrónico que

te puedes imaginar. Exactamente en la avenida York, con vistas al río. ¡Y ni

uno de esos funkadélicos ha llegado nunca a figurar en uno de los cuarenta

primeros lugares!

—¿Quiénes dice la gente que colaboran con Goddard?

—Dicen algunos tipos que contando con el respaldo de Nokturn, ha

logrado reunir a los mejores del negocio para que trabajen para él. Pero yo

corto el pelo a muchos —dijo con una amplia sonrisa—, y hay bastantes

que dicen que Goddard puede hacer buena parte del trabajo por sí solo. Si

Stevie Wonder, que es ciego, puede tocar, grabar y sacar un álbum como

Música de mi mente, solo, en su estudio, que compró con el dinero que

había ganado, ¿por qué un tipo tan listo como Goddard no podría hacer lo

mismo? ¿Por qué no podría grabar con sus propios equipos, ya sabes, sus

propios sintetizadores y ayudantes, sombrereras y galones, y ruedas y

cualquier cosa que el resto del equipo reclamara, igual que Stevie Wonder?

—¿Conoces a alguien que diga que sabe quién es Goddard? —soltó

Domostroy.

—¡Oh, claro que sí! Todos los que conozco dicen tener alguna idea —

dijo con un gesto displicente—. Pero, entre nosotros: no la tienen. Lo único

que saben es que no hay nadie como él.

—¿De dónde creen que es? —preguntó—. ¿Será blanco o negro?

—Todo el mundo se lo pregunta —dijo—. La mayoría no creen que sea

negro, pero en realidad no se puede asegurar. Yo podría ser capaz de decir si

es de habla española, pero no puedo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Domostroy.

Seguir: parte 3 de 4