El millón

Jerzy Kosinski · Capítulo 1 de 4 · parte 3/4

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El millón

Capítulo I

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

—Grabó algunas canciones en español. ¿Lo sabías?

—Lo ignoraba.

—Oh, sí. Canciones mexicanas. Volver, volver, volver y El rey. Viejas

canciones populares. Cualquier latinoamericano las conoce.

—¿Tan bueno es el acento español de Goddard?

—No es malo, pero es divertido. Algunos creen que es chicano, pero

también podría ser como yo, una norteamericana de Puerto Rico —exclamó

con orgullo—. Una vez le corté el pelo a un tipo que conoce a todo el

mundo de Billboard, CashBox y Variety, y dijo que Goddard era —estuvo

pensando la palabra— un judío intelectual y musical.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Domostroy.

—¡Que es muy listo! —Se llevó un dedo a la cabeza—. Que si escuchas

a Goddard con mucha atención, te das cuenta que ha asistido a una buena escuela de música. ¡Todo lo contrario que esos tipos! —dijo; con un gesto,

señaló al conjunto que tocaba.

Dos jóvenes del conjunto se acercaron para decirle que estaban a punto

de irse y Ángel se levantó para acompañarlos. Cuando daba las gracias a

Domostroy por las copas, dirigió a las manos y al rostro de éste una última

mirada penetrante.

—Tu piel se está poniendo seca —dijo—. Deberías ponerte una crema

hidratante. ¿Sabías que lo mejor de todo es vaselina simple? —Sonrió—.

Para las manos también sirven la glicerina y el óxido. O si quieres ser más

refinado compra alguna preparación a base de ácido esteárico, glicol,

gliceroestereatos o aceite de purcelín. —Era evidente que disfrutaba

alardeando de sus conocimientos profesionales—. El aceite de purcelín es

lo mejor de lo mejor. Se extrae de ciertas glándulas de patos y ocas. Es el

producto que hace que el agua les resbale de las plumas —y con esas

palabras fue a reunirse con sus amigos.

 

Domostroy ya estaba convencido de que era inútil buscar alguna pista

que condujera a Goddard a través de sociedades musicales, empresas

comerciales o canales gubernamentales. Aun con la ayuda de Andrea, no

contaba ni con los medios ni con la energía necesaria para emprender ese

tipo de investigación; además, no tenía ningún motivo para creer que iba a

tener éxito en donde tantos habían fracasado.

Debía haber algún camino que llevara hasta Goddard. ¿Pero cuál?

Domostroy empezó a escuchar música de Goddard, hora tras hora, con

los ojos cerrados. La forma melódica siempre era original; los ritmos

creaban una cadencia excitante; la voz del cantante era fuerte y vibrante,

con buena dicción y colorido y las letras, ora turbulentas, ora tiernas,

raramente le robaban a la música su propio dramatismo.

Al cabo de poco tiempo, Domostroy empezó a sospechar que Goddard

mezclaba con inteligencia sonidos de instrumentos en vivo con un

sintetizador, el cual, almacenando electrónicamente el sonido de esos

instrumentos, le permitía, con sólo tocar una tecla, acompañarse a sí mismo

con cierto número de instrumentos o aun una banda completa. Se fijó en que sólo en una ocasión, habría grabado Goddard música escrita por otro:

las dos canciones en español a las que se había referido Ángel. Y aun éstas

las había modificado radicalmente para que se ajustaran al famoso sonido

Goddard. En el pasado, ambas selecciones habían sido ejecutadas

incontables veces por cantantes latinos; así que, si Goddard se había tomado

la molestia de adquirir los derechos sobre la música y la letra originales y

de haber hecho después el esfuerzo de arreglarlas, traducirlas y grabarlas,

esas canciones debieron de ser importantes para él. Pero en sus otros discos

nada indicaba ninguna influencia latina. ¿Habría tal vez oído, en alguno de

sus viajes, las tonadas en algún club nocturno en México o en algún festival

de música latina y le habían gustado tanto que dedicó su tiempo, talento y

esfuerzo a popularizarlas en Estados Unidos? ¿Quién podía decirlo? Muy

bien podrían existir otra docena de razones igualmente plausibles.

 

Algunos días después de su conversación con Nash, Domostroy fue a

visitar a Samuel Scales en las oficinas de Mahler, Strauss, Händel y

Penderecki, un gran bufete de abogados que representaba a muchos clientes

en el campo de las artes y, sobre todo, en el de la música. Unos cuantos

años antes, Scales había negociado el contrato de Domostroy con Etude

Classics y por aquel entonces ambos se habían visto con frecuencia en

reuniones sociales. El bufete de Scales, que hasta recientemente estaba

domiciliado en una casa parda, de piedra, del lado este, reflejaba

perfectamente el rápido crecimiento de la industria del espectáculo en

Estados Unidos, puesto que ahora ocupaba seis plantas del edificio

Hammerklavier, una de las más altas adiciones futuristas a la panorámica de

Manhattan.

Domostroy compartía la sala de espera con una madura estrella del cine

todavía atractiva y una pareja negra de músicos de rock. Cuando seguía a la

recepcionista hasta el despacho de Scales, pasó entre hileras de escritorios y

docenas de cubículos que zumbaban con el ruido de las máquinas de

escribir eléctricas, los télex, los teléfonos y las máquinas copiadoras. Le

sorprendió ver tantas secretarias trabajando con el último grito en procesadoras electrónicas y, de repente, se sintió intimidado e incómodo

ante el pensamiento del motivo que lo llevaba allí.

Scales estaba de pie detrás de su gran mesa de palo de rosa colocada en

el centro de un ventanal que corría de pared a pared a cincuenta pisos por

encima de la avenida Madison. Scales ofrecía el aspecto de un playboy de

mediana edad de Beverly Hills: muy bronceado, su cabello canoso peinado

hacia atrás y su frente y mejillas estirados por la cirugía plástica. Con un

ademán, invitó a Domostroy a entrar.

—¡Vaya! Me sorprende verte tan en forma —bromeó—, tras tantas

cosas terribles que he oído sobre ti.

—¿Qué cosas terribles? —preguntó Domostroy, esforzándose para reír

de verdad.

—Vida de gitano. Pluriempleo en los lugares más extraños. —Rió y, en

seguida, con un ademán, indicó que ambos se sentaran—. ¿Es verdad o es

mentira?

—Es verdad —dijo Domostroy—. Eso es lo que me mantiene en forma.

Scales echó a un lado unos montones de documentos y se inclinó hacia

adelante sobre el escritorio.

—¿Qué puedo hacer por ti, Domo? —preguntó—. ¿Has compuesto

alguna otra obra maestra? ¿Algunas Octavas, por casualidad?

—Ni remotamente. Estoy metido en un asunto… con otra persona —

confesó Domostroy, armándose de valor.

—¿Colaboración musical? —preguntó Scales interesado.

—En cierto modo. Pero necesito consejo. Seré muy breve —agregó al

recordar los espléndidos honorarios que cobraba Scales en el pasado.

—Soy todo oídos —dijo Scales.

—Bueno… nos estamos preguntando… qué posibilidades tenemos de

dar con Goddard.

Scales arqueó las cejas.

—¿Goddard? ¿Con el mismo Goddard?

—Sí.

—¿Para qué?

—Por buenos motivos, créeme —dijo Domostroy.

—¿Como cuáles? ¿Asesinato? ¿Puedes probar que Goddard ha matado

a alguien? —preguntó Scales con un poco de impaciencia.

—No, pero…

—Porque si tú no puedes, mi consejo es que no pierdas el tiempo —

hizo una pausa y estuvo pensando—. En realidad, aunque pudieras probar

semejante cosa, encontrar a Goddard seguiría siendo difícil. Una vez me

ocupé de un caso muy famoso en el que aparecía envuelto un convicto de

Leavenworth. Este hombre, desde los doce años había vivido entre rejas, se

había pasado veinticinco de su vida en chirona por varios crímenes, entre

los que figuraba el de haber matado a un compañero de cárcel y haber

herido gravemente a otro. Mientras estaba encerrado, invisible para el

mundo, escribió música popular y del Oeste y mandó sus composiciones a

algunas lumbreras musicales del exterior. Quedaron convencidos de haber

tropezado con un genio y me contrataron para que obtuviera su libertad bajo

palabra. De forma que, a la edad de treinta y siete años, llegó a Nashville y

fue aclamado por el mundo de la música popular y del Oeste como un

Johnny Cash redivivo.

»A pesar de que su música, a lo sumo mediocre, era agradable, su letra

no lo era. Expresaba desprecio por las masas sin rostro, a las que veía

ignorantes, cínicas y básicamente malas. Aquel tipo creía que, para ser

hombre, para ganar prestigio, uno debía matar a quienquiera que le

amenazara. Pero una vez que su llegada se convirtió en un acontecimiento,

tanto para los desharrapados como para los ricos, todo el mundo esperaba

que el hombre para quien la violencia era música se limitaría a ser desde

ahora simplemente un músico, un noble salvaje, un amable prisionero del

teclado con un talento musical que daría alas a su alma. Ni que decir tiene

que, como bajo una orden, a pesar de sus letras cargadas de odio, su música

popular y del Oeste recibió los mayores elogios en las primeras páginas de

las revistas de la especialidad. Y tan claro como el agua: nuestro genio fue

lanzado como ningún otro a una carrera musical. Sin embargo… —Scales

se dejó caer pesadamente en su asiento.

»Sin embargo —prosiguió—, escasamente quince días más tarde,

cuando se encontraba en una cafetería, quiso entrar en el cuarto de aseo. El

empleado del mostrador, un músico de veintidós años de edad, un simpático tipo recién casado que trabajaba allí media jornada, le dijo que el

establecimiento no contaba con servicios sanitarios para el público. En

realidad no los tenía, pero nuestro noble salvaje decidió no creérselo y,

posiblemente para no perder prestigio delante de dos damas que estaban con

él, acuchilló al joven hasta matarlo. Por haberle mentido. Luego

desapareció. Se las compuso para escapar a la policía, escribir nuevas

canciones y, posiblemente conchabado con alguno de sus antiguos

patrocinadores, publicarlas bajo otro nombre y para que fueran cantadas por

algunas de nuestras mejores estrellas de la canción antes de que él mismo lo

informara a los periódicos. Hasta donde sé, sigue escribiendo aún, suelto e

invisible. Nadie tiene ni una idea de cuál es su aspecto en la actualidad, ni

de si ha asesinado a alguien más o quién, si es que existe, le está ayudando.

¡Y ese tipo es un asesino de triste fama! Si puede esconderse y escribir su

música en secreto, piensa en lo que Goddard puede conseguir —Scales

levantó hacia Domostroy una mirada de tristeza.

—¿Crees que tratar de encontrar a Goddard sería una gran pérdida de

tiempo? —preguntó Domostroy.

—En mi opinión, sí —dijo Scales—. Por lo menos ha sido una pérdida

de tiempo para unos cuantos miles de personas hasta ahora.

—¿Quieres decir que no tengo ni la más ligera oportunidad de

encontrarlo?

—Eso es exactamente lo que quiero decir.

—¿Qué me dices de Nokturn Records? Seguramente que tienen que

tratar con él, ¿no te parece? ¿Cómo? ¿Cómo les hace las entregas de sus

canciones?

—Probablemente por correo. Desde la primera conferencia de prensa

que dio Nokturn sobre Goddard, se ha mantenido firme en su historia: dicen

que nadie en la compañía ha visto a Goddard personalmente y que nadie

sabe en Nokturn quién es o en dónde está. Por lo tanto, Nokturn no podría

divulgar su secreto aunque quisiera.

—¿Los crees? —preguntó Domostroy.

—¿Tengo alguna prueba para creer que mienten?

—¿Qué me dices del gobierno? —insistía Domostroy—. Alguien en el

gobierno debe saber quién es Goddard.

—¡Vaya, vaya, Domo! —dijo Scales con brusquedad—. ¿Qué le

importa al gobierno? Goddard es un cantante de rock, no el jefe de un

gobierno extranjero de incógnito o un superespía soviético que ande suelto.

—Pero Goddard percibe dinero de Nokturn, ¿no es así? ¿Qué me dices

de los impuestos? ¿Acaso el gobierno no va tras los impuestos? Puedes

estar seguro de que venían tras los míos, comprobando mis ingresos año

tras año, cuando componía y grababa —Domostroy se sentía cada vez más

frustrado.

—Sé que lo hicieron —dijo Scales en voz baja—. Entonces te

representaba, ¿no te acuerdas? —Se enderezó en la silla—. Según creo —

dijo con calma exagerada—, alrededor de un año después de aparecer el

primer álbum de Goddard y de empezar a ingresar el dinero a espuertas, el

Congreso pidió a la inspección de impuestos que procediera a una

escrupulosa auditoría de todos los contratos entre Nokturn y Goddard. La

inspección de impuestos no encontró nada ilegal en el manejo de sus

negocios con Goddard. Por el contrario, Oscar Blaystone, el presidente de

Nokturn, reveló que la compañía pagaba todas las regalías a Goddard y que

las abonaba en una cuenta numerada suiza, pero sólo después de retener

todos los impuestos federales y de la ciudad y del estado de Nueva York.

Eso significaba, como señaló públicamente un inspector de impuestos, que,

permaneciendo incógnito Goddard voluntariamente, renunciaba a muchas

deducciones de impuestos a las que era acreedor, de acuerdo con las leyes

americanas, como artista independiente —hizo una pausa—. También

significa que mientras sus entradas sean debidamente gravadas, Goddard se

ahorra cualquier follón con los inspectores de impuestos. Y teniendo en

cuenta el extraordinario secreto que guardan los suizos respecto a las

cuentas realmente importantes, ¿puedes imaginarte lo grande que debe ser

la cuenta de Goddard? Puede transferir dinero desde Suiza con la mayor

comodidad a cuentas a su nombre, o a nombre de fulano de tal, a cualquier

parte del mundo, sin temor a ser identificado. ¿Qué más quieres saber,

Domo? —preguntó, dirigiendo una mirada a su calendario de mesa.

—Nada más, creo que ya me lo dijiste todo —Domostroy se levantó—.

¿Tienes algún consejo que darme? —preguntó mientras Scales lo

acompañaba hasta la puerta.

—Compón música —dijo Scales estrechándole la mano—. Te lo digo

en serio. Por otra parte, ¿no es aún Etude tu editora?

—Sí —afirmó Domostroy—. Siguen editando discos míos.

—Pues bien, Nokturn distribuye los discos de Etude. De forma que si

vuelves a escribir música remarás en la misma galera que Goddard. ¿Qué

mejor modo de encontrarlo?

—¿Pero cómo sabré que el que rema conmigo es Goddard? —preguntó

Domostroy.

—No lo sabrás. Y ese es el problema —dijo Scales riendo mientras

cerraba la puerta.

 

Escuchando a Goddard y reflexionando sobre su propio destino,

Domostroy recordó sus días mejores, cuando viajaba para dar conciertos o

para hacer publicidad para su último disco en una gira de propaganda.

Durante todo el tiempo en que sus discos se estuvieron vendiendo y en que

su música estaba en la cúspide de la popularidad, aparecía frecuentemente

en la televisión, en entrevistas de la radio y en programas musicales de todo

el país. La correspondencia de sus fanáticos era de tal magnitud que Etude

sólo le mandaba una selección de las cartas, puesto que nunca habría podido

leerlas todas. Una de las secretarias de Etude Classics se ocupaba de esa

selección y, por correo certificado, le mandaban únicamente las cartas de

los críticos, de los melómanos serios y de los estudiantes de música. Las

cartas que iban directamente a la papelera consistían casi siempre en

cándidos tributos de adoración, que la misma secretaria contestaba con una

carta tipo.

Domostroy dejó vagar la imaginación hasta recordar una conversación

que sostuvo con un bien parecido astro de Hollywood. El actor le dijo que

la mayoría de las cartas que recibía de sus incontables admiradoras, incluso

cuando incluían fotografías de las hermosas y voluptuosas corresponsales,

eran tan triviales y tan monótonas que nunca sintió el menor interés en

conocer a ninguna.

«Una típica carta de admiradora —le había dicho— habla de lo mucho

que te quiere, de lo mucho que desea conocerte, de lo mucho que disfrutaría pasando un momento conmigo, de lo que ansía que me meta en la cama con

ella. Siempre es a base de ella y de lo que ella quiere. ¿Pero qué acerca de

mí? ¿Estoy aquí para tirarme a todas las preciosidades americanas

simplemente porque soy el astro que ellas quieren?

»Si cualquiera de esos coños mimados hubieran pensado en mí aunque

sólo fuera por un momento —habían proseguido—, habría sabido que la

manera de conocerme no es la de ofrecerse para acostarse conmigo —puedo

tirarme a quien desee—, sino demostrarme que me entiende de alguna otra

manera. ¿Ha visto mis primeras películas, incluso aquellas donde

desempeñaba papeles ínfimos? ¿Ha leído cuanto se ha escrito sobre mí?

¿Ha pensado, leyendo mis entrevistas, por qué digo en ellas lo que digo y si

he dicho la verdad? ¿Por qué me gustan algunos de mis filmes y detesto

otros? ¿Por qué estoy orgulloso de algunos de mis papeles y no de otros?

Cuando me haya contestado todas esas preguntas, que me convenza de que

sabe lo que necesito y de que me lo puede entregar mejor que otra mujer

elegida por mi propia cuenta. ¡Sería divertido conocer a tal admiradora!

Pero si es que hay alguna así, con toda seguridad que aún no me ha escrito

y, en consecuencia, aún no he salido con ella. ¿Y qué me dices de ti,

Domostroy? ¿Has tenido alguna vez alguna admiradora que te

comprendiera?».

«Tal vez una —había respondido Domostroy evasivamente—; pero yo

no la comprendí a ella».

 

—Todos los caminos que hasta ahora he probado —le dijo Domostroy a

Andrea— eran equivocados. Y lo eran porque todos siguen la misma

dirección: de nosotros a Goddard.

—¿Es que hay algún otro camino?

—Sí. De él a nosotros. Debemos conseguir hacerle salir de su

escondrijo y desenmascararlo, en vez de hacer el camino a la inversa.

—Probablemente no tiene ningún escondite —dijo Andrea—. Todo el

mundo podría ser Goddard.

—Y es probable que lo sea. Así que entonces lo que debemos hacer es

redactar una invitación acertada tuya para Goddard, mandarla, y esperar que le intrigue tanto que manifieste su deseo de poder encontrarte.

—¿Qué puede atraer a Goddard hacia mí?

—Lo que escribieras en tu carta. Debes provocar en él un ansia de

conocerte. Por lo bien que le comprendes. Si tienes éxito en eso, Goddard

saldrá a la luz antes de lo esperado.

—¿Por lo que le comprendo? —repitió. Luego, cruzando los brazos

sobre su pecho, exclamó—: Tú eres un compositor, Patrick, puedes

comprenderlo mucho mejor que yo. En una de tus viejas entrevistas dijiste

que la música era «el único logro espiritual de tu vida». En otra decías:

«Hay una angustia que sólo los compositores pueden reconocer uno en

otro». ¡Piensa en su música, Patrick! Su música es su dirección espiritual.

¡Puede decirnos quién es! —se interrumpió, excitada. Luego siguió—:

¡Vaya! No podemos imaginarnos quién le influyó como artista. ¿Era un

compositor determinado? ¿Un profesor de música? ¿Alguien que decidió la

selección de sus instrumentos o de sus arreglos? ¿Un ingeniero concreto o

un experto en sonido o uno de esos nuevos magos de la música electrónica?

¿Puedes descubrir quién es por su música?

Su entusiasmo y su idea eran contagiosos.

—Puedo intentarlo —dijo Domostroy—. Las melodías, las armonías,

sus ritmos y formas musicales probablemente nos digan más de Goddard

que su caligrafía, que su carta astrológica o que las líneas de su mano. Igual

que sus letras —hizo una pausa—. Por ejemplo, una de sus canciones se

titula Fuga. Desde luego, en música fuga significa la repetición escalonada

de un tema; pero, en psiquiatría, significa un estado de huida de la realidad.

Tales cosas pueden decirnos mucho más acerca de Goddard que, por

ejemplo, lo que podríamos deducir de una forma verosímil de su aspecto.

—¿Qué quieres decir con eso de «su aspecto»? —Se incorporó en la

cama y se inclinó hacia él.

—Quiero decir que no se acercará a ti como tal Goddard.

Probablemente lo hará sin darse a conocer.

—¿Y si ya lo hubiese conocido? —dijo Andrea—. ¿Qué tal si ese

desgraciado larguirucho de la puerta de al lado que siempre me dice «hola»

fuera Goddard?

—Si lo fuera, puedes tener la seguridad que no lo admitiría, ni siquiera

ante ti. Si ha permanecido en un estado de fuga y secreto todo este tiempo,

no esperes que venga hacia ti, te dé la mano y se te presente como Goddard.

Y estoy seguro que su voz de cada día tiene un timbre completamente

distinto del que oyes en los discos, que por otro lado es lo mismo que

ocurre con muchos otros cantantes pop. A Goddard le ha costado mucho

trabajo permanecer escondido y muchísimo dinero sale de ahí. Él, o la gente

que hay detrás de él, no se rendirán simplemente por una inteligente carta

de una fanática enamorada. Aunque le guste tu carta y sienta la tentación de

conocerte en persona, él o sus asociados probablemente mandarían a

alguien para examinarte y asegurarse de que no le estabas tendiendo una

trampa.

—¿Mandar a quién, por ejemplo?

—¡Quién sabe! Un hombre, una mujer, tal vez una pareja. Cualquiera:

un tipo que se te insinúa en un cóctel, una vendedora a domicilio, ¡incluso

el larguirucho de la puerta de al lado! Ignoramos quién trabaja para él. En

realidad, si Goddard se chiflase por ti estoy completamente seguro de que

vendría a verte de incógnito, bajo la apariencia de un tipo cualquiera, sin

admitir el obstáculo de su éxito, de su fortuna y de su fama, ni siquiera que

sabe algo de tu carta. Puedes hacer el amor con Goddard, oírle el corazón o

la historia de su vida, sin llegar a saber que se trata de Goddard.

—¿Quieres decir con eso que, después de mandar mi carta mágica, debo

abrazar a todo palurdo que intente conquistarme porque puede tratarse de

Goddard? —preguntó Andrea.

—Sí, quizá tengas que hacerlo. Y cuando lo hagas, tratar de imaginarte

si es él quien leyó la carta.

—Pero no quiero compartir mi cuerpo con un patán cualquiera.

—En ese caso, puedes perderte por completo la oportunidad de conocer

a Goddard. ¿Quién sabe si la única razón de su invisibilidad, de su secreto y

de su éxito, es la de que disfruta siendo un palurdo cualquiera?

Andrea consideró la idea silenciosamente. Luego dijo:

—¿A dónde mandaremos la carta?

—A la atención de Nokturn Records —dijo Domostroy.

—¿Acaso Nokturn no recibe cada día cientos de cartas para Goddard?

—Sí, es probable. No hay otra dirección donde escribirle. Incluso

Nokturn confiesa que las cartas de sus admiradores son alrededor de un

millar cada semana y cuenta con un equipo especial para leerlas. De todo el

montón, tengo la seguridad que sólo mandan a Goddard un pequeño puñado

de cartas.

—¿Cómo podríamos lograr que nuestra carta fuera una de estas

últimas?

—Lo ignoro aún. Algo que escribiéramos y que hiciera que la carta se

saliera de lo corriente. Y que fuera convincente.

—Ten presente, Patrick —dijo Andrea—, que la carta incluso podría no

llegar nunca al joven invisible. ¿Qué pasaría si tuviera mejor cosa que hacer

que leer las cartas de sus admiradoras la semana que llegara la nuestra? ¿Y

si estuviera de viaje? ¿Y si…? —su voz se fue apagando.

—¿Y qué ocurriría si leyese la carta y no se preocupase demasiado por

ti?

—Además, eso, claro —dijo ella.

—Entonces lo que tendremos que hacer será mandar varias cartas —

dijo Domostroy—. Una después de otra.

 

Domostroy temía a la muerte. No a la enfermedad o al dolor o a la

humillación de la incapacidad asociada con el morir, sino a la muerte en sí

misma: al cese repentino del yo, al fin del ser, a la final y arbitraria

disolución, que eso era, de la historia entera y concreta de Patrick

Domostroy.

Le asaltaba a menudo ese pensamiento, lo mismo en horas diurnas,

durante un rato de alegría o placer, que por la noche, cuando le despertaban

unas pesadillas acerca de la muerte: y entonces sentía un miedo consciente

mientras estaba echado en la cama, solo en la oscuridad.

Todos los hombres están expuestos a la muerte en cualquier momento, y

él sabía que, para la mayoría de los hombres, su pasado, la vida que habían

vivido, era la única realidad que la muerte no podía arrebatarles. Por lo

tanto, aunque la muerte pudiera terminar con la existencia de Patrick

Domostroy como ser físico, no podría terminar con la existencia de su música que, por ser una entidad abstracta, se extendería hacia el futuro. Su

música era una sombra que se perfilaba frente a él; y, mientras compusiera,

Domostroy se consideraba a sí mismo como un hombre existente sin

historia, como un creador de los medios necesarios para sobrevivirse a sí

mismo.

En sus tiempos de compositor, Domostroy veía a su música como la

llave que podría abrirle la puerta del futuro. Dado que varios de sus

admiradores eran jóvenes, lógicamente le sobrevivirían y se convertirían así

en sus abanderados y mensajeros en los años futuros. Cuando su música fue

ampliamente conocida y él mismo famoso, mantuvo bien aceitadas la

cerradura y las bisagras de aquella puerta. Respondía a montones de cartas

de jóvenes, hombres y mujeres, que ensalzaban con entusiasmo su talento;

todas eran sinceras y algunas perspicaces. A veces, tanto por vanidad como

para asegurar su futuro, incluso las alentaba y llegó hasta el punto de

convenir una cita y hablar con uno u otro de aquellos seguidores

entusiastas.

Recordaba a una en particular: una estudiante de música de alguna parte

en Michigan. Le había escrito diciéndole que su música representaba tanto

para ella que el momento culminante de su vida sería aquél en que pudiera

discutirla con él. Le aseguraba que no le causaría ninguna molestia y que lo

máximo que le pediría sería que le autografiara sus partituras y las cubiertas

de sus discos. Iría a Nueva York en el momento que a él le conviniera. Que

la llamara por teléfono a pago revertido y que le dijera cuándo. La súplica

incluía una fotografía de la mujer, en la que parecía esbelta, joven y bonita.

Domostroy la llamó e indicó un fin de semana en que iba a estar en Nueva

York. Ella, con una voz con acento inocente, le dio las gracias con gran

profusión. Le explicó que no conocía la ciudad, de forma que convinieron

en verse en un hotel.

Cuando ella llegó, él estaba sentado a una mesa del bar del hotel y la

joven le reconoció inmediatamente. Alta y graciosa, con grandes ojos

azules y una cara ovalada enmarcada por una cabellera color castaño, fue

hasta su mesa y se presentó. Le sentaba bien su ropa sencilla y tenía una

especie de aire desgarbado. Y además, se veía a las claras que era tímida.

Estaba tan nerviosa cuando le estrechó la mano que se le cayó el montón de partituras y álbumes que llevaba aferrado. Mientras ella y Domostroy se

pusieron a gatas para recogerlos, sus cabezas chocaron debajo de la mesa.

Ella admitió que tenía miedo de que la encontrara desmañada y torpe y que,

con toda seguridad, ahora debía pensar de ella lo peor.

Domostroy trató de tranquilizarla. Pidió unas copas para ambos.

Mientras ella sorbía la suya, ruborizada de vergüenza, Domostroy le dijo

alegremente que era él quien se sentía inseguro frente a una joven tan

atractiva. Entonces, lentamente, empezó a abrirse. Habló acerca de ella y de

sus estudios, le contó a Domostroy que una condiscípula, otra de sus

fanáticas, le había hablado de él antes que nadie y le había recomendado su

música. Y le confesó que, a través de ésta, había descubierto en su interior

emociones de las que antes no había sido consciente.

Mientras la tarde pasaba lentamente, Domostroy trató de ordenar sus

sentimientos hacia la joven. Podría prolongar el tiempo que estuvieran

juntos y finalmente llevársela a la cama o despedirse de ella e irse a reunir

con un grupo de amigos que celebraban la fiesta de cumpleaños de una

violonchelista francesa, al parecer muy sexy, que ellos sabían que le

gustaría. La fiesta se celebraría en el salón Rainbow, un club nocturno

situado en el último piso del edificio de la RCA.

Domostroy era propenso a esos momentos de conflicto en asuntos de

poca importancia: dónde cenar, a quién llamar para verse con él, cuánto

tiempo quedarse en una fiesta. Sus amigos literatos encontraban un

síndrome Jekyll-Hide en su crónica indecisión y los amigos que creían en la

astrología veían en él a un típico géminis, siempre dividido entre dos

impulsos contrarios.

Desde luego que él podría llevar a su admiradora al salón Rainbow,

presentarla a sus amigos y luego llevarla de regreso al hotel. O podía ir solo

al Rainbow, conocer a la violonchelista francesa, quedar con ella para verse

dentro de dos o tres días y luego regresar y pasar la noche con su visitante.

Trató de juzgar la situación en términos de responsabilidad. ¿Era justo

para él llevar a la joven a la cama, tratar como a un objeto a una imagen de

la pureza y la juventud que podría servirle para apuntalar su amor propio?

Por otra parte, razonaba, la joven lo veía como un artista que

personificaba la madurez y la creación. Y teniendo en cuenta que se había creado un concepto de él para que le satisficiera a ella, la joven lo había

convertido en una parte suya, pero esa imagen controlaba a la joven de la

misma forma que la droga controla al adicto que la desea. Y no obstante,

buscándole, ¿no estaba declarando que era capaz de decidir por sí misma y

que deseaba tenerle a él como fuente de su obsesión, convertirle en su

amante y llevarlo a la cama como si fuera un objeto, algo creado

simplemente para satisfacer sus propias necesidades?

Pensó que la joven debía de darse cuenta de su intranquilidad ya que

consultaba su reloj y decía que ya le había robado bastante tiempo. Le dio

las gracias una vez más y luego le dijo que debía hacerle una confesión: tal

vez estaba equivocada al contárselo a él, dijo la joven, pero la razón por la

que había deseado tanto aquella visita era la de que sufría de leucemia

mielomonoblástica, una enfermedad degenerativa que ataca el tuétano así

como el hígado, el bazo y los vasos linfáticos y, de acuerdo con sus médicos

y con todos los libros que había leído sobre la enfermedad, moriría antes de

un año. En vista de que estaba segura de que sería internada en un hospital

en la fase final de su enfermedad, había decidido olvidar su timidez habitual

y hacer lo que le pasara por la cabeza, mientras aún fuese capaz, y conocer

a Patrick Domostroy, la persona que más había enriquecido su vida.

Domostroy la observó cuidadosamente. Nada en su aspecto ni en sus

maneras denunciaba los estragos de la enfermedad; al contrario, casi parecía

desbordar salud. Le dijo que, en nuestros días, podría muy bien curarse de

su enfermedad y vivir muchos años, incluso sobrevivir a sus familiares y

amigos. O su vida podía interrumpirse en su curso, no a causa de la

leucemia, sino por un accidente de automóvil, por ejemplo. Le dijo que sólo

el azar sabe de nuestras vidas; el destino, en última instancia, proporciona la

única excusa del hombre y por lo tanto su consuelo frente a lo irracional.

Domostroy observaba a la joven mientras le hablaba, fijándose en la

suavidad de su piel irreprochable, en el grosor y el brillo de su pelo. Su

respiración parecía perfectamente regular y cuando, con el pretexto de

quitarle una pelusa del cuello, rozó su cuello y mejilla, sintió su cutis seco y

frío.

Domostroy tenía la impresión de que no estaba ni remotamente

enferma; de que su enfermedad se la había inventado como pretexto para visitarlo y, a la vez, para que él la compadeciera, y provocar así su interés e

inducirle a permanecer juntos más tiempo de lo que estaría con otro

visitante que sólo pudiera ofrecerle juventud, inocencia y cándida

admiración. En consecuencia, resolvió no ser un juguete entre sus manos,

sino librarse de ella en seguida. Pidió la cuenta y, mientras la esperaba,

autografió con rapidez todas las partituras y discos que había traído. Luego,

muy Cortésmente, la acompañó al ascensor, la besó suavemente en la

mejilla y le deseó buenas noches.

Unos minutos después, el ascensor de gran velocidad del edificio RCA

le llevó hasta el salón Rainbow, sesenta y cinco pisos por encima de las

iluminaciones de Manhattan.

 

Durante los meses que siguieron en el ocupado transcurso de su vida,

escribiendo música durante el día, saliendo por las noches, viajando,

actuando, buscando mujeres con imaginación y hombres con sabiduría, se

olvidó por completo de su visitante de Michigan. Un día le fastidió mucho

que un abogado de Ann Arbor le llamara y mencionara el nombre de la

joven, sugiriendo que Domostroy había debido conocerla mucho. Le

preguntó al abogado qué era lo que le había llevado a semejante conclusión.

Después de un breve silencio, el abogado le pidió excusas por haber sido

tan atrevido y en seguida prosiguió para informar a Domostroy de que la

joven acababa de morir, víctima de una dolencia fatal de la sangre, y que,

ante la sorpresa de su familia y sus amigos, había legado todo cuanto poseía

a Domostroy. Irónica y conmovedoramente, todo cuanto poseía de algún

valor consistía en una colección de la música de Domostroy, en partituras y

álbumes, que el compositor había autografiado tan cordialmente varios

meses antes, cuando ella le visitara en Nueva York. El abogado le dijo que

la joven hacía referencia a esa visita en su testamento y que la calificaba

como la experiencia más conmovedora de su breve vida. El abogado le

preguntó a Domostroy si sabía que la joven se había gastado la mayor parte

de sus exiguos ahorros para hacer el viaje.

—Ningún artista, aunque sólo sea medianamente bueno, puede

prescindir por completo de sus admiradores —dijo Domostroy a Andrea—.

Escuchando los discos de Goddard tengo la clara impresión de que, no sólo

a veces necesita una audiencia en vivo, sino también —hizo una pausa— de

que ocasionalmente la tiene, en una actuación personal. Eso excluiría el que

se tratara de un psicópata, un ermitaño o un hombre elefante.

Andrea levantó la mirada, incrédula.

—¿Has dicho una actuación personal?

—Sí. Una joven con quien hablé en el Goddard Beat lo sugirió y creo

que es posible que tenga razón. La forma con que Goddard pronuncia las

palabras y fija la duración de ciertas frases en su último álbum, y la fuerza

de su expresión, me dice que debe haber cantado algunas de las canciones

en público antes de grabarlas.

—¿Se arriesgaría Goddard a cantar en público sólo para someter a

prueba sus canciones?

—No, no sus canciones. Para ponerse a prueba a sí mismo. —Se inclinó

sobre Andrea—: Como cualquier cantante popular, Goddard sabe que

cantar en un estudio de grabación es algo así como cantar bajo la ducha. En

vez de oír su propia voz oye la resonancia creada por la cabina de la ducha.

Lo mismo ocurre con los cantantes de sala; saben que cantar en un club

atestado no es igual que hacerlo en el Carnegie Hall, en el Kennedy Center

o en el Madison Square Garden. Un público numeroso fuerza al artista a

cantar en el tono más alto de que es capaz, ofrecer una actuación en la que

su energía debe imponerse a la energía colectiva del público. Cuando graba

en un estudio, un buen cantante tratará de imitar su propia actuación en

público, recapturar su viveza e incluso usar una cinta grabada como norma.

—¿Pero dónde podría Goddard actuar en público sin ser reconocido por

su voz?

—En realidad, en cualquier gran ciudad —dijo Domostroy—. La mitad

de los jóvenes cantantes de la actualidad hacen cuanto pueden para

parecerse a Goddard e incluso con éxito, algunos de ellos. La última cosa

que a cualquiera en el mundo se le ocurriría sería esperar a ver a Goddard

actuando en público. Además, nadie sabe su nombre real, ni el aspecto que

tiene.

—¿Dónde crees que habría podido actuar?

—Quizás en alguna ciudad mexicana, cerca de la frontera con Estados

Unidos —dijo Domostroy.

—¿Por qué allí? —preguntó sorprendida.

—Porque al otro lado de la frontera, Goddard probablemente no atraería

mayor atención que cualquier otro joven americano con una guitarra al

hombro. Pudo cantar en cualquier café, en alguna plaza o alguna terraza, y

estudiar así su impacto en el público corriendo poco riesgo de descubrirse.

—¿Entonces por qué no probar en París o en Amsterdam, donde

conocen y tocan además música americana? —preguntó Andrea.

—Sospecho que por una razón muy personal. De las siete canciones de

su último álbum, dos son adaptaciones o interpretaciones suyas de

canciones populares mexicanas, Volver, volver, volver y El rey, que Goddard

canta en inglés, excepto algunas líneas en español. El otro día fui a una

tienda de discos latinos de Broadway y compré los originales mexicanos y,

al compararlos con las adaptaciones de Goddard, descubrí que algunas de

las frases que canta en español no figuran en los originales. Goddard las

escribió, ¡en español!

—Conozco esas canciones —dijo Andrea—. Parecen mucho más

sentimentales que sus temas de costumbre.

Andrea empezó a cantar Volver, volver, volver:

 

Este amor apasionado

anda todo alborotado

por volver.

Voy camino a la locura

y, aunque todo me tortura,

sé perder.

 

Luego Andrea preguntó:

—¿Qué dicen las palabras que escribió en español?

—En El rey siguen al pie de la letra las líneas originales:

 

Con dinero o sin dinero

hago siempre lo que quiero…

y mi palabra es la ley.

No tengo trono ni reina,

ni nadie que me comprenda,

pero sigo siendo el rey…

 

entonó Domostroy. En una habla de sentirse solitario, como «del

Coronado», encantado como «los barcos inútiles —de la frontera— que

cruzo para verla a ella». En la otra habla acerca de «escondido y cantando

—en el Rosarito— donde ella regresa —regresa— y regresa —cada vez—

la última vez». También habla de sentirse «cansado de paz y silencio… el

precio del amor» y dice que «los amantes que se separan cometen un

crimen de pasión».

Andrea se estaba entusiasmando.

—¿Hay algunas pistas más? —preguntó.

—Creo que debe de haberlas. En la última parte del álbum, Goddard

entrelaza hábilmente motivos de tres piezas de Schubert: La ciudad, A

orillas del mar y El doble. Repite una y otra vez los sombríos acordes de

esta última sólo para interrumpirlos y cambiar, en una serie final de acordes,

a una armonía brillantemente entretejida aunque básicamente diferente. Su

naturaleza es claramente árabe, como si, tras su monótona ocultación,

Goddard, el doble, se hubiera revelado de repente: él mismo o sus

sentimientos —Domostroy se quedó unos instantes callado, pensando.

—¿Árabe? —preguntó Andrea.

—En efecto —respondió—. Y en música es tan reconocible como lo

puede ser un arabesco en un trabajo de filigrana o en un bordado de

fantasía.

—¡Sigue… sigue! —le apremió Andrea.

—Precisamente a unos cuantos kilómetros del viejo y famoso hotel Del

Coronado y de la frontera entre San Diego y Tijuana, hay un astillero de la

marina estadounidense. Quizá Goddard se encontraba allí por alguna razón

y tal vez sentía el afán de comunicar a alguien lo que sentía. Alguien, creo

yo, a quien quería. A lo mejor no disponía de tiempo para componer una

pieza que expresara adecuadamente sus sentimientos y en su lugar, y con

prisa, tomó algunas canciones populares mexicanas, a las que agregó un

motivo árabe y una letra nueva, su mensaje secreto.

—¿Un mensaje para una mujer?

—¿Por qué no? Y si cantó para ella en español, se trataba

probablemente de una mexicana. Pudo haberla conocido en el hotel Del

Coronado. Muchos americanos se alojan en él cuando van a San Diego, y

pasan cerca de esos barcos encantados de la frontera. Luego, ¿quién sabe?

Quizás ella estaba comprometida. O casada —hizo una pausa—. Si lo

estaba, el único medio de verla sin levantar sospechas de la familia o del

otro hombre de su vida sería actuando en lugares públicos, cafés o

restaurantes. En tu carta —dijo, siguiendo sus propias suposiciones—,

debemos preguntarle si fue su amor mexicano el que lo atrajo a esas

canciones mexicanas y le inspiró para que cambiara sus letras originales. Si

vamos por mal camino y Goddard inventó todo ese material mexicano

asistiendo simplemente al festival latino del Village Gate de Nueva York,

descartará la idea como una fantasía tuya. Pero si no, puede que hayamos

dado en el blanco.

—A propósito —dijo Andrea que ahora estaba de talante reflexivo—,

¿sabías que muchos americanos del sur de California van rutinariamente a

Tijuana para ver las corridas de toros? —sin esperar a que él respondiera,

prosiguió—: He visto corridas en España; y te diré, nunca me dieron la

impresión de un duelo entre un torero valiente y un toro feroz. No sé por

qué siempre veía al toro, con su enorme polla negra colgando, como la

esencia del macho, y al torero, como una hembra que lo cortejaba: una

doncella haciendo piruetas, caprichosamente ataviada que simula que está

cazando, pero en realidad está ansiosa de ser cogida, seduciendo y

provocando al macho, dejándolo que la roce seductoramente a cada pase,

con su capa tan roja que parece estar ya tinta en la sangre de su

desfloramiento por el toro. Y sólo cuando éste está por fin demasiado

cansado o harto del acoso, las patas firmes en el suelo y la cabeza agachada,

sólo entonces el torero, como una mujer rechazada que quiere castigar a su

amante ahora desdeñado, levanta su espada y se la hunde profundamente en

el lugar más vulnerable del mundo: el corazón.

De vez en cuando Andrea hablaba de su familia. Contaba que su abuela,

una dama vieja y terca, estaba tan orgullosa de su hermoso y grueso pelo

que durante años se negó a cortárselo. Ante la desesperación de la familia

Gwynplaine, que consideraba impropio de una dama anciana llevar el pelo

tan largo, éste acabó llegándole hasta más abajo de la cintura. Entonces

Andrea, que aún era muy jovencita, decidió por su cuenta darle una lección

a la abuela. Avanzada la noche se metió a escondidas en su dormitorio

cuando la vieja dama estaba profundamente dormida. Andrea le aclaró el

pelo con unas tijeras adecuadas dejando los mechones de pelo cortado

esparcidos por las almohadas. La abuela de Andrea fue presa del pánico al

creer que había perdido el pelo debido a su peso y su longitud, y haciendo

un esfuerzo para salvar el que le quedaba, en seguida mandó dejárselo tan

corto que escasamente le cubría el cogote.

Andrea también le contó a Domostroy un truco que solía gastar cuando

estaba en los últimos cursos del instituto. Dejaba que algún estudiante la

atrajera a su cuarto y empezaba a acariciarlo y a besarlo apasionadamente.

Luego, cuando él no lo veía, se agachaba con indiferencia y sacaba del

bolso un tapón higiénico femenino empapado en vino tinto y lo lanzaba

hacia arriba y con bastante fuerza para que llegara al techo y se quedara

pegado en él. El joven miraba horrorizado la rezumante bola de algodón y

las gotas rojas que caían al suelo. La cara del muchacho reflejaba el

irracional temor masculino a tocar cualquier cosa manchada por la sangre

menstrual. Entonces pedía excusas profusamente y la llevaba a su casa sin

tocarla.

Escuchando esta historia y otras parecidas, algunas veces Domostroy se

preguntaba si Andrea le gastaría algún día una broma pesada y, a pesar de

que le sorprendía a menudo su perspicacia, algunas veces su proceder le

dejaba desconcertado.

En una ocasión tuvo que dejar a Andrea, que estaba durmiendo, a hora

avanzada de la noche e ir en coche a la iglesia del Misterio, en Long Island,

para tocar en una misa de réquiem que se celebraba por la mañana muy

temprano. Pero a los diez minutos de haber salido del departamento de

Andrea se dio cuenta con consternación de que había olvidado la cartera.

Regresó y, ya dentro del departamento, caminó de puntillas para no despertar a Andrea. Entonces vio que la cama que habían compartido estaba

vacía; se había marchado. Se preguntó a dónde habría ido, sola, a primeras

horas de la madrugada y por qué le había mentido pidiéndole que la

despertara para el desayuno cuando estuviera de vuelta.

En la iglesia, el ataúd se alzaba en el pasillo central y, mientras tocaba,

Domostroy no podía evitar el dirigir alguna mirada a la negra presencia y el

pensar en el hombre que estaba dentro, un recordatorio para los que viven

de sólo el eslabón siguiente de la cadena de la muerte. El pensamiento, en

vez de trastornarlo, alegró a Domostroy. Confrontado con la muerte, era

feliz de estar vivo para poder aceptar los demás ultimátums de la vida.

Cuando más tarde, aquella misma mañana, regresó al departamento de

Andrea, la encontró durmiendo como si ni por un momento hubiera

abandonado la cama. Herido por su engaño, la despertó y le preguntó qué

tal había pasado la noche. Estirándose y bostezando, alargando la cabeza

para darle un beso de buenos días, Andrea dijo que, al menos por una vez,

había dormido toda la noche de un tirón. Disfrutando del calor de su cuerpo

firme y joven, él dejó que lo besara y acariciara y no queriendo mirarla cara

a cara de mala gana, nada le dijo de su visita sorpresa de la noche anterior.

En otra ocasión, Andrea le dijo que se veía, espiritualmente, mitad

hombre, mitad mujer. De vez en cuando —le confesó— le gustaba vestirse

de hombre y rondar por la parte baja del lado oeste de Manhattan y entrar

en los bares y discotecas gay en compañía de sus amigos, un conjunto de

músicos punk-rock.

Le dijo que su fascinación por la sexualidad masculina había empezado

cuando, siendo adolescente, se había enamorado de un joven que era

bisexual activo. Lo acompañaba en sus merodeos clandestinos a la

búsqueda de un amante macho y algunas veces hasta se ofrecía ella misma

como cebo para atraer a compañeros sexuales para él. A cambio, su amigo

le dejaba que lo observara haciendo el amor con un hombre. A ella le había

parecido una revelación, explicaba, que observar a los dos parecía excitar su

parte masculina. En tales momentos siempre deseaba hacer el amor con su

amigo y satisfacerle como lo haría otro hombre, un hombre que él quisiera,

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