El millón
Capítulo I
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
—Grabó algunas canciones en español. ¿Lo sabías?
—Lo ignoraba.
—Oh, sí. Canciones mexicanas. Volver, volver, volver y El rey. Viejas
canciones populares. Cualquier latinoamericano las conoce.
—¿Tan bueno es el acento español de Goddard?
—No es malo, pero es divertido. Algunos creen que es chicano, pero
también podría ser como yo, una norteamericana de Puerto Rico —exclamó
con orgullo—. Una vez le corté el pelo a un tipo que conoce a todo el
mundo de Billboard, CashBox y Variety, y dijo que Goddard era —estuvo
pensando la palabra— un judío intelectual y musical.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Domostroy.
—¡Que es muy listo! —Se llevó un dedo a la cabeza—. Que si escuchas
a Goddard con mucha atención, te das cuenta que ha asistido a una buena escuela de música. ¡Todo lo contrario que esos tipos! —dijo; con un gesto,
señaló al conjunto que tocaba.
Dos jóvenes del conjunto se acercaron para decirle que estaban a punto
de irse y Ángel se levantó para acompañarlos. Cuando daba las gracias a
Domostroy por las copas, dirigió a las manos y al rostro de éste una última
mirada penetrante.
—Tu piel se está poniendo seca —dijo—. Deberías ponerte una crema
hidratante. ¿Sabías que lo mejor de todo es vaselina simple? —Sonrió—.
Para las manos también sirven la glicerina y el óxido. O si quieres ser más
refinado compra alguna preparación a base de ácido esteárico, glicol,
gliceroestereatos o aceite de purcelín. —Era evidente que disfrutaba
alardeando de sus conocimientos profesionales—. El aceite de purcelín es
lo mejor de lo mejor. Se extrae de ciertas glándulas de patos y ocas. Es el
producto que hace que el agua les resbale de las plumas —y con esas
palabras fue a reunirse con sus amigos.
Domostroy ya estaba convencido de que era inútil buscar alguna pista
que condujera a Goddard a través de sociedades musicales, empresas
comerciales o canales gubernamentales. Aun con la ayuda de Andrea, no
contaba ni con los medios ni con la energía necesaria para emprender ese
tipo de investigación; además, no tenía ningún motivo para creer que iba a
tener éxito en donde tantos habían fracasado.
Debía haber algún camino que llevara hasta Goddard. ¿Pero cuál?
Domostroy empezó a escuchar música de Goddard, hora tras hora, con
los ojos cerrados. La forma melódica siempre era original; los ritmos
creaban una cadencia excitante; la voz del cantante era fuerte y vibrante,
con buena dicción y colorido y las letras, ora turbulentas, ora tiernas,
raramente le robaban a la música su propio dramatismo.
Al cabo de poco tiempo, Domostroy empezó a sospechar que Goddard
mezclaba con inteligencia sonidos de instrumentos en vivo con un
sintetizador, el cual, almacenando electrónicamente el sonido de esos
instrumentos, le permitía, con sólo tocar una tecla, acompañarse a sí mismo
con cierto número de instrumentos o aun una banda completa. Se fijó en que sólo en una ocasión, habría grabado Goddard música escrita por otro:
las dos canciones en español a las que se había referido Ángel. Y aun éstas
las había modificado radicalmente para que se ajustaran al famoso sonido
Goddard. En el pasado, ambas selecciones habían sido ejecutadas
incontables veces por cantantes latinos; así que, si Goddard se había tomado
la molestia de adquirir los derechos sobre la música y la letra originales y
de haber hecho después el esfuerzo de arreglarlas, traducirlas y grabarlas,
esas canciones debieron de ser importantes para él. Pero en sus otros discos
nada indicaba ninguna influencia latina. ¿Habría tal vez oído, en alguno de
sus viajes, las tonadas en algún club nocturno en México o en algún festival
de música latina y le habían gustado tanto que dedicó su tiempo, talento y
esfuerzo a popularizarlas en Estados Unidos? ¿Quién podía decirlo? Muy
bien podrían existir otra docena de razones igualmente plausibles.
Algunos días después de su conversación con Nash, Domostroy fue a
visitar a Samuel Scales en las oficinas de Mahler, Strauss, Händel y
Penderecki, un gran bufete de abogados que representaba a muchos clientes
en el campo de las artes y, sobre todo, en el de la música. Unos cuantos
años antes, Scales había negociado el contrato de Domostroy con Etude
Classics y por aquel entonces ambos se habían visto con frecuencia en
reuniones sociales. El bufete de Scales, que hasta recientemente estaba
domiciliado en una casa parda, de piedra, del lado este, reflejaba
perfectamente el rápido crecimiento de la industria del espectáculo en
Estados Unidos, puesto que ahora ocupaba seis plantas del edificio
Hammerklavier, una de las más altas adiciones futuristas a la panorámica de
Manhattan.
Domostroy compartía la sala de espera con una madura estrella del cine
todavía atractiva y una pareja negra de músicos de rock. Cuando seguía a la
recepcionista hasta el despacho de Scales, pasó entre hileras de escritorios y
docenas de cubículos que zumbaban con el ruido de las máquinas de
escribir eléctricas, los télex, los teléfonos y las máquinas copiadoras. Le
sorprendió ver tantas secretarias trabajando con el último grito en procesadoras electrónicas y, de repente, se sintió intimidado e incómodo
ante el pensamiento del motivo que lo llevaba allí.
Scales estaba de pie detrás de su gran mesa de palo de rosa colocada en
el centro de un ventanal que corría de pared a pared a cincuenta pisos por
encima de la avenida Madison. Scales ofrecía el aspecto de un playboy de
mediana edad de Beverly Hills: muy bronceado, su cabello canoso peinado
hacia atrás y su frente y mejillas estirados por la cirugía plástica. Con un
ademán, invitó a Domostroy a entrar.
—¡Vaya! Me sorprende verte tan en forma —bromeó—, tras tantas
cosas terribles que he oído sobre ti.
—¿Qué cosas terribles? —preguntó Domostroy, esforzándose para reír
de verdad.
—Vida de gitano. Pluriempleo en los lugares más extraños. —Rió y, en
seguida, con un ademán, indicó que ambos se sentaran—. ¿Es verdad o es
mentira?
—Es verdad —dijo Domostroy—. Eso es lo que me mantiene en forma.
Scales echó a un lado unos montones de documentos y se inclinó hacia
adelante sobre el escritorio.
—¿Qué puedo hacer por ti, Domo? —preguntó—. ¿Has compuesto
alguna otra obra maestra? ¿Algunas Octavas, por casualidad?
—Ni remotamente. Estoy metido en un asunto… con otra persona —
confesó Domostroy, armándose de valor.
—¿Colaboración musical? —preguntó Scales interesado.
—En cierto modo. Pero necesito consejo. Seré muy breve —agregó al
recordar los espléndidos honorarios que cobraba Scales en el pasado.
—Soy todo oídos —dijo Scales.
—Bueno… nos estamos preguntando… qué posibilidades tenemos de
dar con Goddard.
Scales arqueó las cejas.
—¿Goddard? ¿Con el mismo Goddard?
—Sí.
—¿Para qué?
—Por buenos motivos, créeme —dijo Domostroy.
—¿Como cuáles? ¿Asesinato? ¿Puedes probar que Goddard ha matado
a alguien? —preguntó Scales con un poco de impaciencia.
—No, pero…
—Porque si tú no puedes, mi consejo es que no pierdas el tiempo —
hizo una pausa y estuvo pensando—. En realidad, aunque pudieras probar
semejante cosa, encontrar a Goddard seguiría siendo difícil. Una vez me
ocupé de un caso muy famoso en el que aparecía envuelto un convicto de
Leavenworth. Este hombre, desde los doce años había vivido entre rejas, se
había pasado veinticinco de su vida en chirona por varios crímenes, entre
los que figuraba el de haber matado a un compañero de cárcel y haber
herido gravemente a otro. Mientras estaba encerrado, invisible para el
mundo, escribió música popular y del Oeste y mandó sus composiciones a
algunas lumbreras musicales del exterior. Quedaron convencidos de haber
tropezado con un genio y me contrataron para que obtuviera su libertad bajo
palabra. De forma que, a la edad de treinta y siete años, llegó a Nashville y
fue aclamado por el mundo de la música popular y del Oeste como un
Johnny Cash redivivo.
»A pesar de que su música, a lo sumo mediocre, era agradable, su letra
no lo era. Expresaba desprecio por las masas sin rostro, a las que veía
ignorantes, cínicas y básicamente malas. Aquel tipo creía que, para ser
hombre, para ganar prestigio, uno debía matar a quienquiera que le
amenazara. Pero una vez que su llegada se convirtió en un acontecimiento,
tanto para los desharrapados como para los ricos, todo el mundo esperaba
que el hombre para quien la violencia era música se limitaría a ser desde
ahora simplemente un músico, un noble salvaje, un amable prisionero del
teclado con un talento musical que daría alas a su alma. Ni que decir tiene
que, como bajo una orden, a pesar de sus letras cargadas de odio, su música
popular y del Oeste recibió los mayores elogios en las primeras páginas de
las revistas de la especialidad. Y tan claro como el agua: nuestro genio fue
lanzado como ningún otro a una carrera musical. Sin embargo… —Scales
se dejó caer pesadamente en su asiento.
»Sin embargo —prosiguió—, escasamente quince días más tarde,
cuando se encontraba en una cafetería, quiso entrar en el cuarto de aseo. El
empleado del mostrador, un músico de veintidós años de edad, un simpático tipo recién casado que trabajaba allí media jornada, le dijo que el
establecimiento no contaba con servicios sanitarios para el público. En
realidad no los tenía, pero nuestro noble salvaje decidió no creérselo y,
posiblemente para no perder prestigio delante de dos damas que estaban con
él, acuchilló al joven hasta matarlo. Por haberle mentido. Luego
desapareció. Se las compuso para escapar a la policía, escribir nuevas
canciones y, posiblemente conchabado con alguno de sus antiguos
patrocinadores, publicarlas bajo otro nombre y para que fueran cantadas por
algunas de nuestras mejores estrellas de la canción antes de que él mismo lo
informara a los periódicos. Hasta donde sé, sigue escribiendo aún, suelto e
invisible. Nadie tiene ni una idea de cuál es su aspecto en la actualidad, ni
de si ha asesinado a alguien más o quién, si es que existe, le está ayudando.
¡Y ese tipo es un asesino de triste fama! Si puede esconderse y escribir su
música en secreto, piensa en lo que Goddard puede conseguir —Scales
levantó hacia Domostroy una mirada de tristeza.
—¿Crees que tratar de encontrar a Goddard sería una gran pérdida de
tiempo? —preguntó Domostroy.
—En mi opinión, sí —dijo Scales—. Por lo menos ha sido una pérdida
de tiempo para unos cuantos miles de personas hasta ahora.
—¿Quieres decir que no tengo ni la más ligera oportunidad de
encontrarlo?
—Eso es exactamente lo que quiero decir.
—¿Qué me dices de Nokturn Records? Seguramente que tienen que
tratar con él, ¿no te parece? ¿Cómo? ¿Cómo les hace las entregas de sus
canciones?
—Probablemente por correo. Desde la primera conferencia de prensa
que dio Nokturn sobre Goddard, se ha mantenido firme en su historia: dicen
que nadie en la compañía ha visto a Goddard personalmente y que nadie
sabe en Nokturn quién es o en dónde está. Por lo tanto, Nokturn no podría
divulgar su secreto aunque quisiera.
—¿Los crees? —preguntó Domostroy.
—¿Tengo alguna prueba para creer que mienten?
—¿Qué me dices del gobierno? —insistía Domostroy—. Alguien en el
gobierno debe saber quién es Goddard.
—¡Vaya, vaya, Domo! —dijo Scales con brusquedad—. ¿Qué le
importa al gobierno? Goddard es un cantante de rock, no el jefe de un
gobierno extranjero de incógnito o un superespía soviético que ande suelto.
—Pero Goddard percibe dinero de Nokturn, ¿no es así? ¿Qué me dices
de los impuestos? ¿Acaso el gobierno no va tras los impuestos? Puedes
estar seguro de que venían tras los míos, comprobando mis ingresos año
tras año, cuando componía y grababa —Domostroy se sentía cada vez más
frustrado.
—Sé que lo hicieron —dijo Scales en voz baja—. Entonces te
representaba, ¿no te acuerdas? —Se enderezó en la silla—. Según creo —
dijo con calma exagerada—, alrededor de un año después de aparecer el
primer álbum de Goddard y de empezar a ingresar el dinero a espuertas, el
Congreso pidió a la inspección de impuestos que procediera a una
escrupulosa auditoría de todos los contratos entre Nokturn y Goddard. La
inspección de impuestos no encontró nada ilegal en el manejo de sus
negocios con Goddard. Por el contrario, Oscar Blaystone, el presidente de
Nokturn, reveló que la compañía pagaba todas las regalías a Goddard y que
las abonaba en una cuenta numerada suiza, pero sólo después de retener
todos los impuestos federales y de la ciudad y del estado de Nueva York.
Eso significaba, como señaló públicamente un inspector de impuestos, que,
permaneciendo incógnito Goddard voluntariamente, renunciaba a muchas
deducciones de impuestos a las que era acreedor, de acuerdo con las leyes
americanas, como artista independiente —hizo una pausa—. También
significa que mientras sus entradas sean debidamente gravadas, Goddard se
ahorra cualquier follón con los inspectores de impuestos. Y teniendo en
cuenta el extraordinario secreto que guardan los suizos respecto a las
cuentas realmente importantes, ¿puedes imaginarte lo grande que debe ser
la cuenta de Goddard? Puede transferir dinero desde Suiza con la mayor
comodidad a cuentas a su nombre, o a nombre de fulano de tal, a cualquier
parte del mundo, sin temor a ser identificado. ¿Qué más quieres saber,
Domo? —preguntó, dirigiendo una mirada a su calendario de mesa.
—Nada más, creo que ya me lo dijiste todo —Domostroy se levantó—.
¿Tienes algún consejo que darme? —preguntó mientras Scales lo
acompañaba hasta la puerta.
—Compón música —dijo Scales estrechándole la mano—. Te lo digo
en serio. Por otra parte, ¿no es aún Etude tu editora?
—Sí —afirmó Domostroy—. Siguen editando discos míos.
—Pues bien, Nokturn distribuye los discos de Etude. De forma que si
vuelves a escribir música remarás en la misma galera que Goddard. ¿Qué
mejor modo de encontrarlo?
—¿Pero cómo sabré que el que rema conmigo es Goddard? —preguntó
Domostroy.
—No lo sabrás. Y ese es el problema —dijo Scales riendo mientras
cerraba la puerta.
Escuchando a Goddard y reflexionando sobre su propio destino,
Domostroy recordó sus días mejores, cuando viajaba para dar conciertos o
para hacer publicidad para su último disco en una gira de propaganda.
Durante todo el tiempo en que sus discos se estuvieron vendiendo y en que
su música estaba en la cúspide de la popularidad, aparecía frecuentemente
en la televisión, en entrevistas de la radio y en programas musicales de todo
el país. La correspondencia de sus fanáticos era de tal magnitud que Etude
sólo le mandaba una selección de las cartas, puesto que nunca habría podido
leerlas todas. Una de las secretarias de Etude Classics se ocupaba de esa
selección y, por correo certificado, le mandaban únicamente las cartas de
los críticos, de los melómanos serios y de los estudiantes de música. Las
cartas que iban directamente a la papelera consistían casi siempre en
cándidos tributos de adoración, que la misma secretaria contestaba con una
carta tipo.
Domostroy dejó vagar la imaginación hasta recordar una conversación
que sostuvo con un bien parecido astro de Hollywood. El actor le dijo que
la mayoría de las cartas que recibía de sus incontables admiradoras, incluso
cuando incluían fotografías de las hermosas y voluptuosas corresponsales,
eran tan triviales y tan monótonas que nunca sintió el menor interés en
conocer a ninguna.
«Una típica carta de admiradora —le había dicho— habla de lo mucho
que te quiere, de lo mucho que desea conocerte, de lo mucho que disfrutaría pasando un momento conmigo, de lo que ansía que me meta en la cama con
ella. Siempre es a base de ella y de lo que ella quiere. ¿Pero qué acerca de
mí? ¿Estoy aquí para tirarme a todas las preciosidades americanas
simplemente porque soy el astro que ellas quieren?
»Si cualquiera de esos coños mimados hubieran pensado en mí aunque
sólo fuera por un momento —habían proseguido—, habría sabido que la
manera de conocerme no es la de ofrecerse para acostarse conmigo —puedo
tirarme a quien desee—, sino demostrarme que me entiende de alguna otra
manera. ¿Ha visto mis primeras películas, incluso aquellas donde
desempeñaba papeles ínfimos? ¿Ha leído cuanto se ha escrito sobre mí?
¿Ha pensado, leyendo mis entrevistas, por qué digo en ellas lo que digo y si
he dicho la verdad? ¿Por qué me gustan algunos de mis filmes y detesto
otros? ¿Por qué estoy orgulloso de algunos de mis papeles y no de otros?
Cuando me haya contestado todas esas preguntas, que me convenza de que
sabe lo que necesito y de que me lo puede entregar mejor que otra mujer
elegida por mi propia cuenta. ¡Sería divertido conocer a tal admiradora!
Pero si es que hay alguna así, con toda seguridad que aún no me ha escrito
y, en consecuencia, aún no he salido con ella. ¿Y qué me dices de ti,
Domostroy? ¿Has tenido alguna vez alguna admiradora que te
comprendiera?».
«Tal vez una —había respondido Domostroy evasivamente—; pero yo
no la comprendí a ella».
—Todos los caminos que hasta ahora he probado —le dijo Domostroy a
Andrea— eran equivocados. Y lo eran porque todos siguen la misma
dirección: de nosotros a Goddard.
—¿Es que hay algún otro camino?
—Sí. De él a nosotros. Debemos conseguir hacerle salir de su
escondrijo y desenmascararlo, en vez de hacer el camino a la inversa.
—Probablemente no tiene ningún escondite —dijo Andrea—. Todo el
mundo podría ser Goddard.
—Y es probable que lo sea. Así que entonces lo que debemos hacer es
redactar una invitación acertada tuya para Goddard, mandarla, y esperar que le intrigue tanto que manifieste su deseo de poder encontrarte.
—¿Qué puede atraer a Goddard hacia mí?
—Lo que escribieras en tu carta. Debes provocar en él un ansia de
conocerte. Por lo bien que le comprendes. Si tienes éxito en eso, Goddard
saldrá a la luz antes de lo esperado.
—¿Por lo que le comprendo? —repitió. Luego, cruzando los brazos
sobre su pecho, exclamó—: Tú eres un compositor, Patrick, puedes
comprenderlo mucho mejor que yo. En una de tus viejas entrevistas dijiste
que la música era «el único logro espiritual de tu vida». En otra decías:
«Hay una angustia que sólo los compositores pueden reconocer uno en
otro». ¡Piensa en su música, Patrick! Su música es su dirección espiritual.
¡Puede decirnos quién es! —se interrumpió, excitada. Luego siguió—:
¡Vaya! No podemos imaginarnos quién le influyó como artista. ¿Era un
compositor determinado? ¿Un profesor de música? ¿Alguien que decidió la
selección de sus instrumentos o de sus arreglos? ¿Un ingeniero concreto o
un experto en sonido o uno de esos nuevos magos de la música electrónica?
¿Puedes descubrir quién es por su música?
Su entusiasmo y su idea eran contagiosos.
—Puedo intentarlo —dijo Domostroy—. Las melodías, las armonías,
sus ritmos y formas musicales probablemente nos digan más de Goddard
que su caligrafía, que su carta astrológica o que las líneas de su mano. Igual
que sus letras —hizo una pausa—. Por ejemplo, una de sus canciones se
titula Fuga. Desde luego, en música fuga significa la repetición escalonada
de un tema; pero, en psiquiatría, significa un estado de huida de la realidad.
Tales cosas pueden decirnos mucho más acerca de Goddard que, por
ejemplo, lo que podríamos deducir de una forma verosímil de su aspecto.
—¿Qué quieres decir con eso de «su aspecto»? —Se incorporó en la
cama y se inclinó hacia él.
—Quiero decir que no se acercará a ti como tal Goddard.
Probablemente lo hará sin darse a conocer.
—¿Y si ya lo hubiese conocido? —dijo Andrea—. ¿Qué tal si ese
desgraciado larguirucho de la puerta de al lado que siempre me dice «hola»
fuera Goddard?
—Si lo fuera, puedes tener la seguridad que no lo admitiría, ni siquiera
ante ti. Si ha permanecido en un estado de fuga y secreto todo este tiempo,
no esperes que venga hacia ti, te dé la mano y se te presente como Goddard.
Y estoy seguro que su voz de cada día tiene un timbre completamente
distinto del que oyes en los discos, que por otro lado es lo mismo que
ocurre con muchos otros cantantes pop. A Goddard le ha costado mucho
trabajo permanecer escondido y muchísimo dinero sale de ahí. Él, o la gente
que hay detrás de él, no se rendirán simplemente por una inteligente carta
de una fanática enamorada. Aunque le guste tu carta y sienta la tentación de
conocerte en persona, él o sus asociados probablemente mandarían a
alguien para examinarte y asegurarse de que no le estabas tendiendo una
trampa.
—¿Mandar a quién, por ejemplo?
—¡Quién sabe! Un hombre, una mujer, tal vez una pareja. Cualquiera:
un tipo que se te insinúa en un cóctel, una vendedora a domicilio, ¡incluso
el larguirucho de la puerta de al lado! Ignoramos quién trabaja para él. En
realidad, si Goddard se chiflase por ti estoy completamente seguro de que
vendría a verte de incógnito, bajo la apariencia de un tipo cualquiera, sin
admitir el obstáculo de su éxito, de su fortuna y de su fama, ni siquiera que
sabe algo de tu carta. Puedes hacer el amor con Goddard, oírle el corazón o
la historia de su vida, sin llegar a saber que se trata de Goddard.
—¿Quieres decir con eso que, después de mandar mi carta mágica, debo
abrazar a todo palurdo que intente conquistarme porque puede tratarse de
Goddard? —preguntó Andrea.
—Sí, quizá tengas que hacerlo. Y cuando lo hagas, tratar de imaginarte
si es él quien leyó la carta.
—Pero no quiero compartir mi cuerpo con un patán cualquiera.
—En ese caso, puedes perderte por completo la oportunidad de conocer
a Goddard. ¿Quién sabe si la única razón de su invisibilidad, de su secreto y
de su éxito, es la de que disfruta siendo un palurdo cualquiera?
Andrea consideró la idea silenciosamente. Luego dijo:
—¿A dónde mandaremos la carta?
—A la atención de Nokturn Records —dijo Domostroy.
—¿Acaso Nokturn no recibe cada día cientos de cartas para Goddard?
—Sí, es probable. No hay otra dirección donde escribirle. Incluso
Nokturn confiesa que las cartas de sus admiradores son alrededor de un
millar cada semana y cuenta con un equipo especial para leerlas. De todo el
montón, tengo la seguridad que sólo mandan a Goddard un pequeño puñado
de cartas.
—¿Cómo podríamos lograr que nuestra carta fuera una de estas
últimas?
—Lo ignoro aún. Algo que escribiéramos y que hiciera que la carta se
saliera de lo corriente. Y que fuera convincente.
—Ten presente, Patrick —dijo Andrea—, que la carta incluso podría no
llegar nunca al joven invisible. ¿Qué pasaría si tuviera mejor cosa que hacer
que leer las cartas de sus admiradoras la semana que llegara la nuestra? ¿Y
si estuviera de viaje? ¿Y si…? —su voz se fue apagando.
—¿Y qué ocurriría si leyese la carta y no se preocupase demasiado por
ti?
—Además, eso, claro —dijo ella.
—Entonces lo que tendremos que hacer será mandar varias cartas —
dijo Domostroy—. Una después de otra.
Domostroy temía a la muerte. No a la enfermedad o al dolor o a la
humillación de la incapacidad asociada con el morir, sino a la muerte en sí
misma: al cese repentino del yo, al fin del ser, a la final y arbitraria
disolución, que eso era, de la historia entera y concreta de Patrick
Domostroy.
Le asaltaba a menudo ese pensamiento, lo mismo en horas diurnas,
durante un rato de alegría o placer, que por la noche, cuando le despertaban
unas pesadillas acerca de la muerte: y entonces sentía un miedo consciente
mientras estaba echado en la cama, solo en la oscuridad.
Todos los hombres están expuestos a la muerte en cualquier momento, y
él sabía que, para la mayoría de los hombres, su pasado, la vida que habían
vivido, era la única realidad que la muerte no podía arrebatarles. Por lo
tanto, aunque la muerte pudiera terminar con la existencia de Patrick
Domostroy como ser físico, no podría terminar con la existencia de su música que, por ser una entidad abstracta, se extendería hacia el futuro. Su
música era una sombra que se perfilaba frente a él; y, mientras compusiera,
Domostroy se consideraba a sí mismo como un hombre existente sin
historia, como un creador de los medios necesarios para sobrevivirse a sí
mismo.
En sus tiempos de compositor, Domostroy veía a su música como la
llave que podría abrirle la puerta del futuro. Dado que varios de sus
admiradores eran jóvenes, lógicamente le sobrevivirían y se convertirían así
en sus abanderados y mensajeros en los años futuros. Cuando su música fue
ampliamente conocida y él mismo famoso, mantuvo bien aceitadas la
cerradura y las bisagras de aquella puerta. Respondía a montones de cartas
de jóvenes, hombres y mujeres, que ensalzaban con entusiasmo su talento;
todas eran sinceras y algunas perspicaces. A veces, tanto por vanidad como
para asegurar su futuro, incluso las alentaba y llegó hasta el punto de
convenir una cita y hablar con uno u otro de aquellos seguidores
entusiastas.
Recordaba a una en particular: una estudiante de música de alguna parte
en Michigan. Le había escrito diciéndole que su música representaba tanto
para ella que el momento culminante de su vida sería aquél en que pudiera
discutirla con él. Le aseguraba que no le causaría ninguna molestia y que lo
máximo que le pediría sería que le autografiara sus partituras y las cubiertas
de sus discos. Iría a Nueva York en el momento que a él le conviniera. Que
la llamara por teléfono a pago revertido y que le dijera cuándo. La súplica
incluía una fotografía de la mujer, en la que parecía esbelta, joven y bonita.
Domostroy la llamó e indicó un fin de semana en que iba a estar en Nueva
York. Ella, con una voz con acento inocente, le dio las gracias con gran
profusión. Le explicó que no conocía la ciudad, de forma que convinieron
en verse en un hotel.
Cuando ella llegó, él estaba sentado a una mesa del bar del hotel y la
joven le reconoció inmediatamente. Alta y graciosa, con grandes ojos
azules y una cara ovalada enmarcada por una cabellera color castaño, fue
hasta su mesa y se presentó. Le sentaba bien su ropa sencilla y tenía una
especie de aire desgarbado. Y además, se veía a las claras que era tímida.
Estaba tan nerviosa cuando le estrechó la mano que se le cayó el montón de partituras y álbumes que llevaba aferrado. Mientras ella y Domostroy se
pusieron a gatas para recogerlos, sus cabezas chocaron debajo de la mesa.
Ella admitió que tenía miedo de que la encontrara desmañada y torpe y que,
con toda seguridad, ahora debía pensar de ella lo peor.
Domostroy trató de tranquilizarla. Pidió unas copas para ambos.
Mientras ella sorbía la suya, ruborizada de vergüenza, Domostroy le dijo
alegremente que era él quien se sentía inseguro frente a una joven tan
atractiva. Entonces, lentamente, empezó a abrirse. Habló acerca de ella y de
sus estudios, le contó a Domostroy que una condiscípula, otra de sus
fanáticas, le había hablado de él antes que nadie y le había recomendado su
música. Y le confesó que, a través de ésta, había descubierto en su interior
emociones de las que antes no había sido consciente.
Mientras la tarde pasaba lentamente, Domostroy trató de ordenar sus
sentimientos hacia la joven. Podría prolongar el tiempo que estuvieran
juntos y finalmente llevársela a la cama o despedirse de ella e irse a reunir
con un grupo de amigos que celebraban la fiesta de cumpleaños de una
violonchelista francesa, al parecer muy sexy, que ellos sabían que le
gustaría. La fiesta se celebraría en el salón Rainbow, un club nocturno
situado en el último piso del edificio de la RCA.
Domostroy era propenso a esos momentos de conflicto en asuntos de
poca importancia: dónde cenar, a quién llamar para verse con él, cuánto
tiempo quedarse en una fiesta. Sus amigos literatos encontraban un
síndrome Jekyll-Hide en su crónica indecisión y los amigos que creían en la
astrología veían en él a un típico géminis, siempre dividido entre dos
impulsos contrarios.
Desde luego que él podría llevar a su admiradora al salón Rainbow,
presentarla a sus amigos y luego llevarla de regreso al hotel. O podía ir solo
al Rainbow, conocer a la violonchelista francesa, quedar con ella para verse
dentro de dos o tres días y luego regresar y pasar la noche con su visitante.
Trató de juzgar la situación en términos de responsabilidad. ¿Era justo
para él llevar a la joven a la cama, tratar como a un objeto a una imagen de
la pureza y la juventud que podría servirle para apuntalar su amor propio?
Por otra parte, razonaba, la joven lo veía como un artista que
personificaba la madurez y la creación. Y teniendo en cuenta que se había creado un concepto de él para que le satisficiera a ella, la joven lo había
convertido en una parte suya, pero esa imagen controlaba a la joven de la
misma forma que la droga controla al adicto que la desea. Y no obstante,
buscándole, ¿no estaba declarando que era capaz de decidir por sí misma y
que deseaba tenerle a él como fuente de su obsesión, convertirle en su
amante y llevarlo a la cama como si fuera un objeto, algo creado
simplemente para satisfacer sus propias necesidades?
Pensó que la joven debía de darse cuenta de su intranquilidad ya que
consultaba su reloj y decía que ya le había robado bastante tiempo. Le dio
las gracias una vez más y luego le dijo que debía hacerle una confesión: tal
vez estaba equivocada al contárselo a él, dijo la joven, pero la razón por la
que había deseado tanto aquella visita era la de que sufría de leucemia
mielomonoblástica, una enfermedad degenerativa que ataca el tuétano así
como el hígado, el bazo y los vasos linfáticos y, de acuerdo con sus médicos
y con todos los libros que había leído sobre la enfermedad, moriría antes de
un año. En vista de que estaba segura de que sería internada en un hospital
en la fase final de su enfermedad, había decidido olvidar su timidez habitual
y hacer lo que le pasara por la cabeza, mientras aún fuese capaz, y conocer
a Patrick Domostroy, la persona que más había enriquecido su vida.
Domostroy la observó cuidadosamente. Nada en su aspecto ni en sus
maneras denunciaba los estragos de la enfermedad; al contrario, casi parecía
desbordar salud. Le dijo que, en nuestros días, podría muy bien curarse de
su enfermedad y vivir muchos años, incluso sobrevivir a sus familiares y
amigos. O su vida podía interrumpirse en su curso, no a causa de la
leucemia, sino por un accidente de automóvil, por ejemplo. Le dijo que sólo
el azar sabe de nuestras vidas; el destino, en última instancia, proporciona la
única excusa del hombre y por lo tanto su consuelo frente a lo irracional.
Domostroy observaba a la joven mientras le hablaba, fijándose en la
suavidad de su piel irreprochable, en el grosor y el brillo de su pelo. Su
respiración parecía perfectamente regular y cuando, con el pretexto de
quitarle una pelusa del cuello, rozó su cuello y mejilla, sintió su cutis seco y
frío.
Domostroy tenía la impresión de que no estaba ni remotamente
enferma; de que su enfermedad se la había inventado como pretexto para visitarlo y, a la vez, para que él la compadeciera, y provocar así su interés e
inducirle a permanecer juntos más tiempo de lo que estaría con otro
visitante que sólo pudiera ofrecerle juventud, inocencia y cándida
admiración. En consecuencia, resolvió no ser un juguete entre sus manos,
sino librarse de ella en seguida. Pidió la cuenta y, mientras la esperaba,
autografió con rapidez todas las partituras y discos que había traído. Luego,
muy Cortésmente, la acompañó al ascensor, la besó suavemente en la
mejilla y le deseó buenas noches.
Unos minutos después, el ascensor de gran velocidad del edificio RCA
le llevó hasta el salón Rainbow, sesenta y cinco pisos por encima de las
iluminaciones de Manhattan.
Durante los meses que siguieron en el ocupado transcurso de su vida,
escribiendo música durante el día, saliendo por las noches, viajando,
actuando, buscando mujeres con imaginación y hombres con sabiduría, se
olvidó por completo de su visitante de Michigan. Un día le fastidió mucho
que un abogado de Ann Arbor le llamara y mencionara el nombre de la
joven, sugiriendo que Domostroy había debido conocerla mucho. Le
preguntó al abogado qué era lo que le había llevado a semejante conclusión.
Después de un breve silencio, el abogado le pidió excusas por haber sido
tan atrevido y en seguida prosiguió para informar a Domostroy de que la
joven acababa de morir, víctima de una dolencia fatal de la sangre, y que,
ante la sorpresa de su familia y sus amigos, había legado todo cuanto poseía
a Domostroy. Irónica y conmovedoramente, todo cuanto poseía de algún
valor consistía en una colección de la música de Domostroy, en partituras y
álbumes, que el compositor había autografiado tan cordialmente varios
meses antes, cuando ella le visitara en Nueva York. El abogado le dijo que
la joven hacía referencia a esa visita en su testamento y que la calificaba
como la experiencia más conmovedora de su breve vida. El abogado le
preguntó a Domostroy si sabía que la joven se había gastado la mayor parte
de sus exiguos ahorros para hacer el viaje.
—Ningún artista, aunque sólo sea medianamente bueno, puede
prescindir por completo de sus admiradores —dijo Domostroy a Andrea—.
Escuchando los discos de Goddard tengo la clara impresión de que, no sólo
a veces necesita una audiencia en vivo, sino también —hizo una pausa— de
que ocasionalmente la tiene, en una actuación personal. Eso excluiría el que
se tratara de un psicópata, un ermitaño o un hombre elefante.
Andrea levantó la mirada, incrédula.
—¿Has dicho una actuación personal?
—Sí. Una joven con quien hablé en el Goddard Beat lo sugirió y creo
que es posible que tenga razón. La forma con que Goddard pronuncia las
palabras y fija la duración de ciertas frases en su último álbum, y la fuerza
de su expresión, me dice que debe haber cantado algunas de las canciones
en público antes de grabarlas.
—¿Se arriesgaría Goddard a cantar en público sólo para someter a
prueba sus canciones?
—No, no sus canciones. Para ponerse a prueba a sí mismo. —Se inclinó
sobre Andrea—: Como cualquier cantante popular, Goddard sabe que
cantar en un estudio de grabación es algo así como cantar bajo la ducha. En
vez de oír su propia voz oye la resonancia creada por la cabina de la ducha.
Lo mismo ocurre con los cantantes de sala; saben que cantar en un club
atestado no es igual que hacerlo en el Carnegie Hall, en el Kennedy Center
o en el Madison Square Garden. Un público numeroso fuerza al artista a
cantar en el tono más alto de que es capaz, ofrecer una actuación en la que
su energía debe imponerse a la energía colectiva del público. Cuando graba
en un estudio, un buen cantante tratará de imitar su propia actuación en
público, recapturar su viveza e incluso usar una cinta grabada como norma.
—¿Pero dónde podría Goddard actuar en público sin ser reconocido por
su voz?
—En realidad, en cualquier gran ciudad —dijo Domostroy—. La mitad
de los jóvenes cantantes de la actualidad hacen cuanto pueden para
parecerse a Goddard e incluso con éxito, algunos de ellos. La última cosa
que a cualquiera en el mundo se le ocurriría sería esperar a ver a Goddard
actuando en público. Además, nadie sabe su nombre real, ni el aspecto que
tiene.
—¿Dónde crees que habría podido actuar?
—Quizás en alguna ciudad mexicana, cerca de la frontera con Estados
Unidos —dijo Domostroy.
—¿Por qué allí? —preguntó sorprendida.
—Porque al otro lado de la frontera, Goddard probablemente no atraería
mayor atención que cualquier otro joven americano con una guitarra al
hombro. Pudo cantar en cualquier café, en alguna plaza o alguna terraza, y
estudiar así su impacto en el público corriendo poco riesgo de descubrirse.
—¿Entonces por qué no probar en París o en Amsterdam, donde
conocen y tocan además música americana? —preguntó Andrea.
—Sospecho que por una razón muy personal. De las siete canciones de
su último álbum, dos son adaptaciones o interpretaciones suyas de
canciones populares mexicanas, Volver, volver, volver y El rey, que Goddard
canta en inglés, excepto algunas líneas en español. El otro día fui a una
tienda de discos latinos de Broadway y compré los originales mexicanos y,
al compararlos con las adaptaciones de Goddard, descubrí que algunas de
las frases que canta en español no figuran en los originales. Goddard las
escribió, ¡en español!
—Conozco esas canciones —dijo Andrea—. Parecen mucho más
sentimentales que sus temas de costumbre.
Andrea empezó a cantar Volver, volver, volver:
Este amor apasionado
anda todo alborotado
por volver.
Voy camino a la locura
y, aunque todo me tortura,
sé perder.
Luego Andrea preguntó:
—¿Qué dicen las palabras que escribió en español?
—En El rey siguen al pie de la letra las líneas originales:
Con dinero o sin dinero
hago siempre lo que quiero…
y mi palabra es la ley.
No tengo trono ni reina,
ni nadie que me comprenda,
pero sigo siendo el rey…
entonó Domostroy. En una habla de sentirse solitario, como «del
Coronado», encantado como «los barcos inútiles —de la frontera— que
cruzo para verla a ella». En la otra habla acerca de «escondido y cantando
—en el Rosarito— donde ella regresa —regresa— y regresa —cada vez—
la última vez». También habla de sentirse «cansado de paz y silencio… el
precio del amor» y dice que «los amantes que se separan cometen un
crimen de pasión».
Andrea se estaba entusiasmando.
—¿Hay algunas pistas más? —preguntó.
—Creo que debe de haberlas. En la última parte del álbum, Goddard
entrelaza hábilmente motivos de tres piezas de Schubert: La ciudad, A
orillas del mar y El doble. Repite una y otra vez los sombríos acordes de
esta última sólo para interrumpirlos y cambiar, en una serie final de acordes,
a una armonía brillantemente entretejida aunque básicamente diferente. Su
naturaleza es claramente árabe, como si, tras su monótona ocultación,
Goddard, el doble, se hubiera revelado de repente: él mismo o sus
sentimientos —Domostroy se quedó unos instantes callado, pensando.
—¿Árabe? —preguntó Andrea.
—En efecto —respondió—. Y en música es tan reconocible como lo
puede ser un arabesco en un trabajo de filigrana o en un bordado de
fantasía.
—¡Sigue… sigue! —le apremió Andrea.
—Precisamente a unos cuantos kilómetros del viejo y famoso hotel Del
Coronado y de la frontera entre San Diego y Tijuana, hay un astillero de la
marina estadounidense. Quizá Goddard se encontraba allí por alguna razón
y tal vez sentía el afán de comunicar a alguien lo que sentía. Alguien, creo
yo, a quien quería. A lo mejor no disponía de tiempo para componer una
pieza que expresara adecuadamente sus sentimientos y en su lugar, y con
prisa, tomó algunas canciones populares mexicanas, a las que agregó un
motivo árabe y una letra nueva, su mensaje secreto.
—¿Un mensaje para una mujer?
—¿Por qué no? Y si cantó para ella en español, se trataba
probablemente de una mexicana. Pudo haberla conocido en el hotel Del
Coronado. Muchos americanos se alojan en él cuando van a San Diego, y
pasan cerca de esos barcos encantados de la frontera. Luego, ¿quién sabe?
Quizás ella estaba comprometida. O casada —hizo una pausa—. Si lo
estaba, el único medio de verla sin levantar sospechas de la familia o del
otro hombre de su vida sería actuando en lugares públicos, cafés o
restaurantes. En tu carta —dijo, siguiendo sus propias suposiciones—,
debemos preguntarle si fue su amor mexicano el que lo atrajo a esas
canciones mexicanas y le inspiró para que cambiara sus letras originales. Si
vamos por mal camino y Goddard inventó todo ese material mexicano
asistiendo simplemente al festival latino del Village Gate de Nueva York,
descartará la idea como una fantasía tuya. Pero si no, puede que hayamos
dado en el blanco.
—A propósito —dijo Andrea que ahora estaba de talante reflexivo—,
¿sabías que muchos americanos del sur de California van rutinariamente a
Tijuana para ver las corridas de toros? —sin esperar a que él respondiera,
prosiguió—: He visto corridas en España; y te diré, nunca me dieron la
impresión de un duelo entre un torero valiente y un toro feroz. No sé por
qué siempre veía al toro, con su enorme polla negra colgando, como la
esencia del macho, y al torero, como una hembra que lo cortejaba: una
doncella haciendo piruetas, caprichosamente ataviada que simula que está
cazando, pero en realidad está ansiosa de ser cogida, seduciendo y
provocando al macho, dejándolo que la roce seductoramente a cada pase,
con su capa tan roja que parece estar ya tinta en la sangre de su
desfloramiento por el toro. Y sólo cuando éste está por fin demasiado
cansado o harto del acoso, las patas firmes en el suelo y la cabeza agachada,
sólo entonces el torero, como una mujer rechazada que quiere castigar a su
amante ahora desdeñado, levanta su espada y se la hunde profundamente en
el lugar más vulnerable del mundo: el corazón.
De vez en cuando Andrea hablaba de su familia. Contaba que su abuela,
una dama vieja y terca, estaba tan orgullosa de su hermoso y grueso pelo
que durante años se negó a cortárselo. Ante la desesperación de la familia
Gwynplaine, que consideraba impropio de una dama anciana llevar el pelo
tan largo, éste acabó llegándole hasta más abajo de la cintura. Entonces
Andrea, que aún era muy jovencita, decidió por su cuenta darle una lección
a la abuela. Avanzada la noche se metió a escondidas en su dormitorio
cuando la vieja dama estaba profundamente dormida. Andrea le aclaró el
pelo con unas tijeras adecuadas dejando los mechones de pelo cortado
esparcidos por las almohadas. La abuela de Andrea fue presa del pánico al
creer que había perdido el pelo debido a su peso y su longitud, y haciendo
un esfuerzo para salvar el que le quedaba, en seguida mandó dejárselo tan
corto que escasamente le cubría el cogote.
Andrea también le contó a Domostroy un truco que solía gastar cuando
estaba en los últimos cursos del instituto. Dejaba que algún estudiante la
atrajera a su cuarto y empezaba a acariciarlo y a besarlo apasionadamente.
Luego, cuando él no lo veía, se agachaba con indiferencia y sacaba del
bolso un tapón higiénico femenino empapado en vino tinto y lo lanzaba
hacia arriba y con bastante fuerza para que llegara al techo y se quedara
pegado en él. El joven miraba horrorizado la rezumante bola de algodón y
las gotas rojas que caían al suelo. La cara del muchacho reflejaba el
irracional temor masculino a tocar cualquier cosa manchada por la sangre
menstrual. Entonces pedía excusas profusamente y la llevaba a su casa sin
tocarla.
Escuchando esta historia y otras parecidas, algunas veces Domostroy se
preguntaba si Andrea le gastaría algún día una broma pesada y, a pesar de
que le sorprendía a menudo su perspicacia, algunas veces su proceder le
dejaba desconcertado.
En una ocasión tuvo que dejar a Andrea, que estaba durmiendo, a hora
avanzada de la noche e ir en coche a la iglesia del Misterio, en Long Island,
para tocar en una misa de réquiem que se celebraba por la mañana muy
temprano. Pero a los diez minutos de haber salido del departamento de
Andrea se dio cuenta con consternación de que había olvidado la cartera.
Regresó y, ya dentro del departamento, caminó de puntillas para no despertar a Andrea. Entonces vio que la cama que habían compartido estaba
vacía; se había marchado. Se preguntó a dónde habría ido, sola, a primeras
horas de la madrugada y por qué le había mentido pidiéndole que la
despertara para el desayuno cuando estuviera de vuelta.
En la iglesia, el ataúd se alzaba en el pasillo central y, mientras tocaba,
Domostroy no podía evitar el dirigir alguna mirada a la negra presencia y el
pensar en el hombre que estaba dentro, un recordatorio para los que viven
de sólo el eslabón siguiente de la cadena de la muerte. El pensamiento, en
vez de trastornarlo, alegró a Domostroy. Confrontado con la muerte, era
feliz de estar vivo para poder aceptar los demás ultimátums de la vida.
Cuando más tarde, aquella misma mañana, regresó al departamento de
Andrea, la encontró durmiendo como si ni por un momento hubiera
abandonado la cama. Herido por su engaño, la despertó y le preguntó qué
tal había pasado la noche. Estirándose y bostezando, alargando la cabeza
para darle un beso de buenos días, Andrea dijo que, al menos por una vez,
había dormido toda la noche de un tirón. Disfrutando del calor de su cuerpo
firme y joven, él dejó que lo besara y acariciara y no queriendo mirarla cara
a cara de mala gana, nada le dijo de su visita sorpresa de la noche anterior.
En otra ocasión, Andrea le dijo que se veía, espiritualmente, mitad
hombre, mitad mujer. De vez en cuando —le confesó— le gustaba vestirse
de hombre y rondar por la parte baja del lado oeste de Manhattan y entrar
en los bares y discotecas gay en compañía de sus amigos, un conjunto de
músicos punk-rock.
Le dijo que su fascinación por la sexualidad masculina había empezado
cuando, siendo adolescente, se había enamorado de un joven que era
bisexual activo. Lo acompañaba en sus merodeos clandestinos a la
búsqueda de un amante macho y algunas veces hasta se ofrecía ella misma
como cebo para atraer a compañeros sexuales para él. A cambio, su amigo
le dejaba que lo observara haciendo el amor con un hombre. A ella le había
parecido una revelación, explicaba, que observar a los dos parecía excitar su
parte masculina. En tales momentos siempre deseaba hacer el amor con su
amigo y satisfacerle como lo haría otro hombre, un hombre que él quisiera,