El Rabino

Noah Gordon · Capítulo 24 de 50

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El Rabino

En Presencia de Dios

prosperes en todas tus actividades y sea bendecido el trabajo de tus manos.

Amén.

Luego, el rabino más joven le entregó el certificado de conversión. Ella lo leyó:

EN PRESENCIA DE DIOS

Y DE ESTE TRIBUNAL RABINICO

Por la presente, declaro mi deseo de aceptar los principios del judaísmo, de adherirme a sus prácticas y ceremonias y de convertirme en miembro del pueblo judío.

Hago esto por mi propia y libre y voluntad y con plena comprensión del verdadero significado de los dogmas y prácticas del judaísmo.

Ruego para que mi presente decisión me guíe a lo largo de la vida y que ésta sea digna de la sagrada comunidad en que ahora tengo el privilegio de ingresar. Ruego para que permanezca siempre consciente de los privilegios y los correspondientes deberes que me impone mi adhesión a la Casa de Israel. Declaro mi firme decisión de llevar una vida judía y de dirigir un hogar judío.

Si soy bendecida con hijos varones, prometo educarles en la Alianza de Abraham. Prometo, además, educar a todos los hijos con que Dios quiera bendecirme en la lealtad a las creencias y prácticas judías, en la fidelidad a las esperanzas judías y en la forma judía de vida.

¡Escucha, oh Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor es Uno!

Eternamente bendito es su glorioso y soberano Nombre.

Lo firmó con mano que no temblaba más de lo que era comprensible y justificado. Los rabinos firmaron como testigos y la señora Rubin volvió a besarla; ella la besó a su vez y dio las gracias a los rabinos, y se estrecharon las manos. El rabino más joven le dijo que era la conversión de aspecto más atractivo en que había esperado participar jamás. Todos se rieron, y ella volvió a darles las gracias y se marchó de la sinagoga.

Soplaba el viento, y el cielo seguía estando gris. No se sentía cambiada, pero sabía que su vida iba a ser muy distinta de cualquier existencia que ella hubiera soñado jamás para sí. Por un momento, pero sólo por un momento, pensó en su padre y la invadió un sentimiento de tristeza por el hecho de que su madre no existiera. Luego, mientras caminaba a pasos rápidos por la

calle, sintió una creciente urgencia, la necesidad de una cabina telefónica en la que pudiese abrir los labios y murmurar su tremendo secreto.

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