El Rabino

Noah Gordon · Capítulo 48 de 50

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El Rabino

Capítulo 46

–Era muy ordenado -dijo ella.

Se recostó en la silla, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados. La había dejado sola de nuevo. Pero, al poco rato, él le preguntó si quería que la acompañase al cementerio.

–Sí, por favor -repuso Leslie.

Cuando llegaron, él le indicó el lugar en que se hallaba la tumba, pero aguardó en el coche, cosa que ella le agradeció.

Se notaba la tierra todavía recién removida.

Permaneció allí, mirándola y tratando de pensar en algo que decir que le hiciera saber a su padre cuánto le había querido a pesar de todo.

Le parecía oír el sonido de su voz entonando un himno, y cantó con él en silencio.

Mora conmigo; raudo desciende el ocaso;

se espesan las tinieblas; Señor, mora conmigo cuando otros auxiliadores fracasan y no hay consuelo, auxilio del desvalido, mora conmigo.

En el cuarto versículo le empezó a temblar la voz.

Levanta tu cruz ante mis cerrados ojos;

resplandece a través de las tinieblas

y muéstrame el firmamento.

Ya apunta la mañana de los cielos

y se esfuman las vanas sombras de la tierra.

En la vida, en la muerte, oh, Señor, mora conmigo.

Lo cantó entero; ése había sido el regalo. Luego, aunque era demasiado tarde para hacerle comprender, respondió a la pregunta con las oraciones que había estado rezando por su madre durante dieciocho años.

-Yisgadal veyiskadash shamay raba, beolemo deebro hiréusay, veyamleeh malehusay…

46

La noche anterior se había acostado con una temperatura de diez grados bajo cero, pero, al despertarse por la mañana, se había producido uno de los deshielos clásicos de Nueva Inglaterra. Al cruzar en coche la ciudad, las cunetas estaban convertidas en arroyos y el suelo, a través de la nieve, presentaba manchas oscuras que semejaban agujeros de una manta.

En el templo, se reunieron a duras penas nueve hombres, uno a uno.

Finalmente, tuvo que llamar a Benny Jacobs, presidente de la hermandad, y le pidió que fuera a completar el minyán como un favor especial al rabino.

Como siempre, Jacobs fue. Era la clase de persona que le hacía fácil a un hombre el ser rabino, pensó Michael. Cuando trató de darle las gracias después del servicio, Jacobs rechazó con un gesto sus palabras de agradecimiento.

–Voy a recoger los licores para la fiesta de Año Nuevo del templo.

¿Quiere algo especial, rabbi.

Sonrió.

–Mi experiencia me hace confiar plenamente en sus gustos en materia de licores. Lo que quiera, Ben.

En su despacho, vio que no tenía ninguna cita en el calendario, por lo que salió del templo y se fue a casa para examinar el correo: facturas y el catálogo de semillas de Burpee. Pasó una hora agradable, contemplando las nuevas plantas y leyendo las seductoras promesas, antes de llenar su hoja de pedido exactamente igual al que había hecho el año anterior. Se echó un rato en el sofá de la salita de estar, escuchando la música que transmitía la radio por el programa de frecuencia modulada. Luego, el observatorio meteorológico predijo que la temperatura subiría unos cuantos grados más antes de que volviera a descender súbitamente y fuera seguida por una fuerte nevada a última hora de la tarde. Había olvidado abonar el jardín durante el otoño pasado y comprendió que tal vez no dispusiera de otra ocasión de hacerlo durante todo el invierno. Se puso unos pantalones gastados, una chaqueta vieja y los guantes de trabajo, se calzó las pesadas botas y se dirigió en coche al supermercado, donde adquirió media docena de cajas de cartón vacías.

Desde hacía tiempo, tenía un convenio con el dueño de una granja de pavos y se dirigió al campo donde, todos los años, después del día de Acción de Gracias y Navidad, el hombre levantaba una montaña de excrementos de aves. El abono estaba seco, con una consistencia que le daba aspecto de serrín, lleno de largas y fantasmales plumas blancas, que él sabía se desvanecerían en la tierra del jardín. Era inodoro a aquella temperatura, y todos los insectos que hacían desagradable el trabajo durante la primavera habían sido exterminados por el frío. Sirviéndose de una pala, fue llenando las cajas, procurando hacerlo de modo que no se derramase

nada en el coche, cuyo suelo había cubierto de periódicos. El sol era cálido, y, al principio, disfrutó con el trabajo, pero sabía por experiencia que necesitaba realizar cinco viajes con el coche para reunir la cantidad de abono que necesitaba el jardín. Cuando hubo transportado hasta la casa la tercera carga, llevándola a mano al jardín y vaciándola allí, el cielo empezó a cubrirse de nubarrones y bajó la temperatura, de modo que ya no sudaba.

Al llegar con la última carga, había empezado a nevar con pequeños copos semejantes a granos de cebada.

–¡Eh! – Max había vuelto de la escuela, y se acercó al coche y miró las ropas de trabajo de su padre-. ¿Qué estás haciendo?

–Trabajar el jardín -dijo Michael, mientras la nieve se le arracimaba en las pestañas y en las cejas-. ¿Quieres ayudarme?

Llevaron juntos la última caja al jardín, la vaciaron. Después, Max bajó al sótano, sacó las palas y empezaron a extender el abono, mientras aumentaba el tamaño de los copos de nieve, que flotaban pesadamente en el aire gris.

–Tomates como calabazas -dijo Michael, mientras arrojaba una paletada y un metro cuadrado de nieve quedaba cubierto por una oscura capa de abono.

–Calabazas grandes como naranjas -dijo Max.

¡Suush!

–Maíces dulces como besos.

¡Suush!

–Rábanos llenos de gusanos. Calabacines cubiertos de mataduras negras.

–Chicuelo inútil -dijo su padre-. Sabes que tengo un pulgar verde.

–¿Esas manchas a través de los guantes? – dijo Max.

Trabajaron de firme hasta que quedó extendido todo el abono. Michael se apoyó en la pala, como el personaje de las viejas caricaturas de WPA, y se quedó mirando cómo su hijo terminaba el trabajo. El muchacho necesitaba un corte de pelo, y tenía las manos agrietadas y enrojecidas.

¿Dónde estaban sus guantes? Más parecía el hijo de un campesino que el de un rabino. Michael pensó en cómo Max y él revolverían juntos aquello en la primavera, plantarían las semillas y esperarían como moradores de un kibutz a que brotaran las primeras espigas de la enriquecida tierra.

–Hablando de besos, ¿necesitas el coche para Año Nuevo?

–preguntó.

–Creo que no. Gracias.

Max echó una última paletada y se incorporó exhalando un suspiro.

–¿Cómo es eso?

–No tengo con quién salir. Dess y yo hemos terminado.

Michael le miró fijamente.

–La ha invitado ese otro chico mayor. Va ya a Tufts -dijo, encogiéndose de hombros-. Eso es todo. – Sacudió el estiércol de las palas-. Lo curioso es que no me importa nada. Siempre había imaginado que estaba loco por ella.

Que si alguna vez rompíamos, me dolería.

–¿Y no es así?

–Creo que no. La cosa es que aún no tengo diecisiete años; estas relaciones con Dess han sido algo sin importancia. Pero, más adelante, cuando uno es mayor, ¿cómo lo sabe?

–¿Cuál es tu pregunta, Max?

–¿Qué es el amor, papá? ¿Cómo se sabe cuándo se quiere de veras a una chica?

Michael comprendió que era una pregunta seria, una pregunta que inquietaba al muchacho.

–No tengo ninguna definición que puedas utilizar -repuso-. Cuando llegue el momento, cuando seas mayor y conozcas a una mujer con la que desees pasar el resto de tu vida, no tendrás necesidad de preguntarlo.

Recogieron las cajas de cartón y las metieron unas dentro de otras para llevarlas con más facilidad.

–¿Es tarde para que consigas otra pareja para Año Nuevo?

–Sí. He llamado a muchas chicas. Roz Coblentz. Betty Lipson. Alice Striar. Todas estaban ya comprometidas. Desde hace varias semanas. – Miró a su padre-. Anoche llamé a Lisa Patruno, pero también ella tenía ya un compromiso.

«Tranquilo, Maydeh.»

–Me parece que no la conozco -dijo Michael.

–Su padre es Pat Patruno, el farmacéutico. La farmacia Patruno.

–¡Ah!

–¿Te molesta? – preguntó Max.

–No.

–Pero… ¿algo?

–Max, eres ya mayor, aunque no un hombre maduro todavía.

De ahora en adelante vas a tener que tomar decisiones por ti mismo.

Decisiones importantes, cada vez más importantes a medida que vayas haciéndote mayor. Siempre que necesites mi consejo, aquí estoy para dártelo. No siempre tomarás la decisión acertada. Ninguno de nosotros lo hace. Pero va a costarme mucho sentirme molesto contigo.

–De todas formas, ella estaba ya comprometida -dijo Max.

–Hay una chica de Nueva York llamada Lois. Dieciséis años.

Ha venido a visitar a los señores Mendelsohn. Si quieres probar suerte, tendrás que llamar a Información. No figuran todavía en la guía telefónica.

–¿Qué aspecto tiene?

–Nunca la he visto. Su hermana mayor es lo que en otro tiempo yo habría llamado una cara bonita.

Echaron a andar hacia la casa. Max le dio una palmada tan fuerte que pareció dejarle insensible el hombro para siempre.

–Eres un tipo estupendo para ser tan viejo…

–Gracias.

–Para ser un rabino que anda por ahí tirando excrementos de pájaro en medio de la nevada.

Michael se duchó y se cambió de ropa. Cenaron sopa de lata. Luego, Max le preguntó si podía coger el coche para ir a la biblioteca. Cuando el muchacho se hubo marchado, él se quedó un rato junto a la ventana, contemplando la nieve. Al poco, se le ocurrió una idea para un sermón y se sentó ante la máquina de escribir para desarrollarla.

Cuando terminó de escribir, fue al armario del vestíbulo, encontró una lata de Brasso y la llevó al piso de arriba. La cama del zaydeh se estaba quedando deslucida. Trabajó sobre ella lenta y cuidadosamente.

Después de haber aplicado el pulimento, se lavó las manos y empezó a frotar la armadura de la cama con un paño suave, disfrutando al ver cómo desaparecía la suciedad y relucía el metal.

Aún le quedaba por hacer toda la cabecera, cuando oyó que se abría la puerta exterior y el sonido de unas pisadas en la escalera.

–¿Quién es? – gritó.

–Hola -dijo Leslie, apareciendo a su espalda.

Le besó en la comisura de los labios cuando se volvió, y, acto seguido, sepultó la cara en su hombro.