El Rabino

Noah Gordon · Capítulo 46 de 50

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El Rabino

Capítulo 45

zapatos y en los dobladillos de los pantalones; luego, pudo avanzar por el camino hasta el lugar donde se celebraba el funeral.

Se detuvo detrás de la multitud. Había mucha gente. Sin duda, ella estaría junto a la tumba. Se abrió paso hacia delante.

–Perdón… Dispense…

Una mujer se le quedó mirando.

–Miembro de la familia -murmuró él.

Pero la gente estaba demasiado apiñada y le fue imposible abrirse paso.

Oyó al clérigo recitar la bendición. « La paz de Dios, que sobrepasa toda comprensión, guarde vuestros corazones y vuestras mentes en el conocimiento y en el amor de Dios, y de su hijo Jesucristo, nuestro Señor. Y

la bendición de Dios Omnipotente. Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros y permanezca con vosotros siempre. Amén. » Pero no pudo ver cuál de los tres clérigos era, ni a nadie de los que estaban junto a la tumba, y comprendió que habría dado lo mismo que se quedase en el cementerio Bené Berit.

Se imaginó súbitamente a sí mismo metiendo la nariz entre los hierros de la verja, contemplando el funeral, un miembro del duelo igual a los demás pero separado de ellos; y, contra su voluntad y pese al horror que ello le inspiraba, sintió como si una burbuja de gas se estuviera formando en su interior: un deseo de reír, una incontrolable excitación a la risa, una necesidad de desatarse en carcajadas, mientras, a sólo unos pies de distancia, su suegro estaba a punto de ser depositado en su tumba. Se clavó las uñas en la palma de la mano, pero las cabezas que tenía delante empezaron a moverse, y pudo ver que el clérigo era el más joven. No había junto a él nadie que Michael conociese.

«Oh, Dios -clamó en silencio.

–Leslie, ¿dónde estás?»

45

Cuando bajó del tren en la Grana Central Station, se dirigió directamente al hotel y alquiló una habitación que era más pequeña que la que había ocupado en la YWCA de Woodborough, y no tan limpia, con platos y vasos usados por todas partes y toallas sucias en el cuarto de baño.

El botones dijo que llamaría a alguien para que lo pusiera todo en orden.

Pero al cabo de casi una hora aún no había aparecido nadie. Harta de la

confusión que reinaba, llamó al gerente y le dijo que por catorce dólares y sesenta centavos al día tenía derecho a una habitación limpia.

Inmediatamente, llegó una doncella.

Cenó sola en la cafetería Hector’s, frente a Radio City. Todavía era un lugar decente para comer a solas. Mientras tomaba el postre, un hombre trató de entablar conversación con ella. Era un hombre educado, sin nada repulsivo en su aspecto, aunque, probablemente, un poco más joven que ella, pero ella le ignoró hasta que hubo acabado su pastel de chocolate y, luego, se marchó. Él empezó a seguirla, y ella perdió la paciencia. Había un policía sentado a una mesa cerca de la puerta, mojando un buñuelo en su café, y ella se detuvo a su lado y le preguntó la hora, mirando al hombre por encima del hombro. Este dio media vuelta y subió apresuradamente las escaleras que conducían al segundo piso del restaurante.

Volvió al hotel, todavía furiosa, pero conscientemente halagada, y se acostó temprano. Las paredes eran muy delgadas, y en la habitación contigua oyó cómo hacía el amor una pareja. La mujer era muy ruidosa y emitía constantemente pequeños y agudos grititos. El hombre no producía ningún sonido, pero se oía el ruido de la mujer y de la cama, y a Leslie le costó dormirse. Cuando, por fin, logró conciliar el sueño, próxima ya la mañana, fue por muy poco tiempo; los ruidos la despertaron de nuevo a eso de las cinco, y no pudo hacer nada más que escuchar.

En el exterior iba aumentando la luz; el sol se remontaba sobre la ciudad, y ella se sintió mejor. Abrió la ventana, se apoyó en el alféizar y contempló, allá abajo, cómo los neoyorquinos comenzaban a abarrotar las aceras. Había olvidado lo excitante que podía ser Manhattan, y sintió deseos de salir a verlo. Se vistió, bajó la escalera, desayunó en un restaurante y leyó The New York Times, simulando que tenía que acudir al trabajo en una oficina. Después de desayunar, bajó por la calle 42 hasta el viejo edificio, pero ya no estaba allí la revista. Buscó su dirección en la guía de teléfonos y vio que radicaba en la avenida Madison. Recordó entonces haber leído en alguna ocasión que se había trasladado. De todas formas, no trabajaba allí nadie a quien conociera lo suficiente como para ir a echar un vistazo.

Echó a andar, aspirando por la nariz y espirando por la boca, y viendo cosas. Pasaba lo mismo que en la universidad; edificios que recordaba habían desaparecido y otros nuevos habían sido construidos en su lugar.

Cuando llegó a la calle 60, torció automáticamente hacia el oeste.

Mucho antes de llegar a la casa de huéspedes, ya la estaba buscando, preguntándose si la reconocería, y la reconoció al instante; los ladrillos estaban recién pintados, pero tenían la misma tonalidad de rojo. En la puerta había un letrero: Se alquilan habitaciones. Subió la escalera y llamó a la puerta del conserje, el cual la envió al apartamento 1B, donde vivía el propietario. Resultó ser un hombrecillo delgado, de edad madura, con una pecosa cabeza calva y un bigote gris de aspecto sucio, cuyas guías mordía con las comisuras de la boca.

–¿Puedo ver un apartamento? – preguntó Leslie.

La condujo escaleras arriba. Al llegar al segundo piso, ella le preguntó si estaba libre el 2C, pero él le dijo que no.

–¿Por qué tiene interés en el 2C? – preguntó, mirándola a los ojos por primera vez.

–Viví en él hace mucho tiempo -respondió ella.

–Oh.

El hombre continuó subiendo la escalera, y ella le siguió.

–Puedo darle una habitación en el tercero. Exactamente igual que la 2C.

–¿Qué fue de la mujer que tuve aquí de patrona? – preguntó.

–¿Cómo se llamaba?

Pero ella no lo recordaba.

–No lo sé -repuso el hombre con indiferencia-. Compré esta casa hace cuatro años a un individuo llamado Prentiss. Tiene una imprenta en alguna parte de la ciudad.

La había llevado a lo largo del pasillo; las paredes estaban todavía pintadas de aquel color marrón oscuro, increíblemente feo.

Leslie había decidido pasar el resto de la semana hospedada allí y pensando en cómo era cuando había vivido antes en la misma casa, pero, al abrir la puerta y ver la suciedad y la incomodidad, se sintió anonadada.

Fingió examinar la habitación, preguntándose cómo había podido soportar nunca tanta fealdad.

–Lo pensaré y ya volveré más adelante -dijo por fin.

Pero fue un error; debía haberle preguntado el precio antes de decirle aquello.

–Es usted una mujer remilgada -dijo él, mordiéndose el bigote.

Ella se despidió y, sin esperarle, bajó rápidamente las escaleras y salió del edificio.

Almorzó en un restaurante especializado en mariscos, donde tomó camarones y cerveza negra, y pasó la tarde en el Museo de Arte Moderno, pensando con regocijado desprecio en el hombre de la Universidad de Wellesley. Cenó en un pequeño restaurante francés y, después, fue a presenciar una picaresca comedia musical. Aquella noche, la pareja a la que ella denominaba mentalmente «los de la luna de miel», estaba de nuevo allí.

Esta vez, el hombre pronunciaba rápidas palabras en voz baja, mientras la mujer continuaba con sus grititos, pero Leslie no pudo entenderlas.

El día siguiente lo pasó en el Museo Metropolitano de Arte y en el Guggenheim. El otro día, se dedicó a vagabundear por las salas de exposiciones. Pagó sesenta dólares por un cuadro pintado por un hombre llamado Leonard Gorletz. No había oído jamás ese nombre, pero quería el cuadro para regalárselo a Michael. Era el retrato de una niña con un gato.

La niña tenía el pelo negro y no se parecía a Rachel, pero podía sentirse la clase de vulnerable felicidad de Rachel cuando se la miraba como ella estaba mirando al gato. Leslie estaba segura de que a Michael le gustaría el cuadro.

A la mañana siguiente vio a «los de la luna de miel». Estaba dándose unos toquecitos finales con el peine antes de bajar a desayunar, cuando oyó abrirse su puerta y, luego, cerrarse, y el sonido de sus voces. Dejó caer el peine, cogió el bolso y salió tras ellos. Quedó muy decepcionada al verles.

Había imaginado que serían hermosos animales. El hombre era regordete y de aspecto blando, con caspa sobre el cuello de su traje azul, y la mujer era delgada y nerviosa, con un rostro afilado como el pico de un gorrión. Sin embargo, mientras bajaban juntos en el ascensor, Leslie no dejó de echarle furtivas miradas de admiración recordando la notable amplitud de registros de su voz de soprano.

Dedicó los dos días siguientes a hacer compras. Adquirió varias cosas que necesitaba y contempló en los escaparates muchas cosas que no deseaba, pero que eran agradables de mirar. En Lord Taylor compró una falda inglesa de mezclilla para Rachel y un grueso suéter de casimir azul para Max en Weber Hailbroner.

Pero, aquella noche, las cosas experimentaron un sutil cambio. No podía dormir, y estaba ya harta de las cuatro pequeñas paredes de la habitación del

hotel. Era el sexto día, y quizá había llegado ya a saturarse subconscientemente de Nueva York. Para colmo, no se oían ya los apasionados sonidos de los enamorados; se habían marchado del hotel y la habían abandonado. En su lugar, había alguien que gargarizaba y accionaba continuamente la bomba del retrete, usaba maquinilla de afeitar eléctrica y ponía muy alto el aparato de televisión.

A primera hora de la mañana, empezó a llover, y se quedó hasta tarde en la cama, medio dormida, hasta que el hambre la hizo saltar de ella.

Consumió toda la lluviosa tarde en un lugar llamado Ronald’s, una especie de Playboy Club para madres de familia, situado en Columbus Circle, donde las clientas, vestidas con túnicas multicolores, pasaban de la sauna a la masajista y a la peluquera. Se coció a 85 grados mientras los Boston Pops interpretaban Fiddle Faddle y, luego, una marquesa de Sade de musculosos dedos la amasó, la abofeteó y la pellizcó. Una muchacha llamada Theresa le aplicó un champú. Mientras una crema rosada empapaba sus poros faciales, una muchacha llamada Hélene le hacía la manicura, al mismo tiempo que otra muchacha, llamada Doris, le arreglaba las uñas de los pies.

Cuando salió del salón, había amainado la lluvia, pero seguía cayendo una ligera llovizna. Las luces de Broadway rielaban sobre las carrocerías de los automóviles y la superficie de la calle. Abrió el paraguas y echó a andar por la ciudad, sintiéndose descansada y muy atractiva. La cuestión vital era dónde iría a cenar. Su estado de ánimo le pedía un restaurante elegante, pero, de pronto, cambió de opinión; le parecía estúpido estar esperando a ser colocada en una mesa y pedir una gran comida para ella sola. Se detuvo bajo una parpadeante barra de neón y atisbó a través del mojado escaparate a un cocinero de gorro blanco que estaba echando una montaña de huevos amarillos en una sartén. Estaba tratando de decidir si entraba o no. Por fin, anduvo media manzana más y entró en Horn Hardartés, un restaurante de autoservicio. Cambió en moneda suelta un billete de dólar y recogió zumo de tomate, un plato de verduras, bollos Parker House y fruta. La cafetería estaba abarrotada. Pasó junto a una mesa tras otra hasta llegar a una de dos sillas ocupada por un hombre gordo de rostro parecido al de Stubby Kaye, que leía el Daily News sobre su taza de café, con la cartera de mano apoyada contra las piernas. Leslie dejó sobre la mesa el contenido de la bandeja y depositó ésta en la carretilla de un botones que pasaba en aquel momento. Luego, se dio cuenta de que había olvidado el café. La máquina