El Rabino
Leslie
tratamiento por electroshock de Leslie, su cargo de rabino le absorbió por entero. Aquella tarde, asistió a un bris, bendiciendo a un niño llamado Simon Maxwell Shutzer, mientras el mohel cortaba el prepucio del pequeño y ensangrentado pene y el padre temblaba y la madre lloraba silenciosamente y reía luego de alegría. Después, abarcando en el breve lapso de dos horas el espacio vital que va desde el nacimiento a la muerte, ofició en el funeral de Sarah Myerson, una anciana cuyos nietos lloraron al ver que la bajaban a la tumba. Había caído ya la noche cuando regresó a casa. Estaba mortalmente cansado. En el cementerio, el cielo había comenzado a escupir una fina aguanieve que les punzaba en el rostro hasta sentirlo arder, y él se sintió helado hasta los huesos. Se dirigía al armario para tomar una copa de whisky, cuando vio la carta sobre la mesa. Al cogerla y ver la letra del sobre, la abrió con manos torpes. Estaba escrita a lápiz en un ordinario papel azul de cartas, probablemente prestado.
Mi querido Michael:
Anoche, una mujer del otro extremo del pasillo gritó que un pájaro estaba batiendo sus alas, batiendo sus alas contra su ventana, y finalmente acudieron y le pusieron una inyección, y ella se quedó dormida. Y esta mañana un ayudante ha encontrado el pájaro, un gorrión cubierto de hielo, tendido en el camino, y cuando le dieron leche caliente con un cuentagotas revivió, y se lo llevó a la mujer para demostrarle que estaba perfectamente.
Lo dejaron en una caja en el dispensario, pero esta tarde ha muerto.
Yo me tendí en la cama y recordé los sonidos de los pájaros en los bosques frente a nuestra cabaña de los Ozarks, y cómo solía acurrucarme entre tus brazos y escucharlos después de haber hecho el amor. Nuestros corazones eran la única cosa que podíamos oír en la cabaña, y los pájaros, la única cosa que podíamos oír afuera.
-Quiero ver a mis hijos.
-Están bien.
Ponte ropa interior de lana cuando hagas tus visitas pastorales. Come verduras y abstente de las especias.
Feliz cumpleaños, pobrecillo mío.
LESLIE
Entró la señora Moscowitz para anunciar que la cena estaba lista, y se quedó mirando, asombrada, el humedecido rostro del rabino.
–¿Pasa algo malo, rabbi?
–Acabo de recibir una carta de mi esposa. Va mejorando, Lena.
La cena estaba quemada. Dos días después, la señora Moscowitz anunció que la necesitaba su cuñado viudo, cuya hija se encontraba enferma en Willimantic, Connecticut. Su puesto fue ocupado por una gruesa mujer de grises cabellos llamada Anna Schwartz. Anna padecía asma y tenía un lobanillo en la barbilla, pero era muy limpia y sabía guisar cualquier cosa, incluso un lochsen kugel con dos clases de pasas, claras y oscuras, y un pan tan bueno que daba pena masticarlo.
2
Cuando los niños preguntaron qué había escrito su madre, les dijo que le había deseado, con un poco de retraso, un feliz cumpleaños. No estaba insinuando nada con ello -o tal vez sí-, pero el día siguiente le trajo una tarjeta dibujada a lápiz de Rachel y otra comprada de Max, además de una chillona corbata, obsequio de los dos. La corbata no iba bien con ninguno de sus trajes, pero la llevó al templo aquella mañana.
Los cumpleaños le hacían sentirse optimista. Eran puntos de inflexión, se dijo a sí mismo esperanzadamente. Recordó el decimosexto cumpleaños de su hijo, tres meses antes.
Aquel día, Max había perdido su fe en Dios.
En Massachusetts, un muchacho puede obtener permiso de conducir a los dieciséis años de edad.
Michael había enseñado a Max a conducir el Ford, y el muchacho debía presentarse en el Registro de Vehículos a Motor para el examen de conducir la mañana anterior a su cumpleaños, que caía en sábado. El sábado por la noche tenía una cita con Dessamae Kaplan, una joven de ojos azules y rojos cabellos que a Michael le hacía envidiar a su hijo.
Venían pensado ir a un baile en un granero de la orilla del lago. Leslie y Michael habían invitado a un grupo de amigos de su hijo a una pequeña fiesta de cumpleaños antes del baile, y habían proyectado entregarle las llaves del coche para que pudiera celebrarlo conduciendo por primera vez sin escolta paterna.
Pero el miércoles anterior al cumpleaños de Max, Leslie cayó en la profunda depresión emocional que la envió al hospital, y para el viernes por la mañana Michael había sido ya informado de que permanecería allí
durante un período indeterminado de tiempo. Max canceló su examen de conducir y suspendió su fiesta. Cuando Michael le oyó anular también su cita con Dessamae, hizo notar que el hecho de que Max se convirtiera en un eremita no contribuiría a mejorar el estado de salud de su madre.
–No quiero ir -dijo, simplemente, Max-. ¿Sabes lo que hay al otro lado de aquel lago?
Michael lo sabía, naturalmente, y dejó de instar a Max para que asistiese al baile. No sería ningún placer para un muchacho pasear con su amiga al borde del agua y contemplar en la otra orilla el sanatorio en que su madre había ingresado unos días antes.
Max se pasó la mayor parte del día en la cama, leyendo. Michael podía haber utilizado la habilidad de su hijo para hacer el payaso, porque estaba pasando un mal rato con Rachel, que quería estar con su madre.
–Si ella no puede venir aquí, vamos nosotros a visitar a mamá.
–No podemos hacerlo -le repitió de nuevo-. Va contra las reglas. No hay horas de visita ahora.
–Nos colaremos. Puedo estar callada.
–Ve a vestirte para los servicios -dijo él con suavidad-. Tenemos que estar en el templo dentro de una hora.
–Podemos hacerlo, papá. No hace falta que demos toda la vuelta al lago.
Conozco un sitio en que hay un bote. Podemos cruzarlo, ver a mamá y volver en seguida. Por favor -dijo.
No pudo hacer más que darle una palmada en las nalgas y salir de la habitación para no oírla llorar. Asomó la cabeza en el cuarto de Max al pasar.
–será mejor que te prepares, hijo. Vamos a ir en seguida al templo.
–¿Te importaría que yo no fuese?
Michael se le quedó mirando. Nadie de su familia había dejado nunca de asistir a los servicios, a menos que estuviese enfermo.
–¿Por qué? – preguntó.
–No quiero ser un hipócrita.
–No comprendo.
–He estado pensando en ello todo el día. No estoy seguro de que exista Dios.
–¿Dios es algo inventado?
Max miró a su padre.
–Quizá. ¿Quién lo sabe realmente? Nadie ha tenido jamás ninguna prueba. Puede ser una leyenda.
–¿Crees que he pasado más de la mitad de mi vida sirviendo a una nube de humo? ¿Perpetuando un cuento de hadas?
Max no respondió.
–¿Porque tu madre ha caído enferma -dijo Michael- y tú, en tu sabiduría, has razonado que si hubiera un Dios, Él no te la habría arrebatado?
–Exacto.
Su argumentación no era nada nuevo, y Michael no había aprendido nunca a refutarla, ni deseaba hacerlo tampoco. Un hombre o cree en Dios o no cree.
–Entonces, quédate en casa -dijo.
Lavó los enrojecidos ojos de Rachel y la ayudó a vestirse. Cuando, poco después, salían de casa, oyó la armónica de Max interpretando un blue. De ordinario, su hijo se abstenía de tocar el viernes por la noche por respeto al Shabbat. Pero aquella noche Michael comprendió. Si, como Max sospechaba, no existía Dios, ¿por qué observar ninguna de las reglas sin sentido garabateadas en el poste del tótem?
Michael y Rachel fueron los primeros en llegar al templo. Él abrió de par en par las ventanas, tratando de atraer una ligera brisa. Llegó después Billy O’Connell, el organista, y luego Jake Lazarus, el recitador. Como de costumbre, Jake se apresuró a entrar en el cuarto de los hombres tan pronto como se hubo puesto su túnica negra y su casquete. Siempre permanecía allí diez minutos exactamente, inclinado sobre el lavabo mirándose al espejo mientras practicaba las escalas.
A las ocho y media, hora en que estaba previsto el comienzo del servicio, sólo habían llegado otras seis personas. Jake miró interrogativamente al rabino.
Michael le hizo una seña para indicarle que comenzarían: Dios no debía tener que esperar a los rezagados.
Fue entrando gente durante los treinta y cinco minutos siguientes, hasta que fueron veintisiete personas en total; era fácil contarlas desde el bemá.
Sabía que bastantes familias habían salido de vacaciones.
También sabía que podía reunirse por lo menos un minyán en una bolera situada a poca distancia de allí, que aquella noche se estaban celebrando
varios cócteles y que los teatros ambulantes, los clubes y varios restaurantes chinos albergaban, sin duda, más miembros de su congregación que el templo.
Años antes, el conocimiento de que sólo un puñado de su pueblo había acudido a la sinagoga para recibir el Shabbat habría sido un cuchillo hincado en sus entrañas. Pero desde hacía mucho tiempo había aprendido que para un rabino hasta un solo judío constituye compañía satisfactoria en la oración. Se hallaba en paz consigo mismo mientras dirigía el servicio para un minúsculo grupo que apenas llenaba las dos primeras filas de bancos.
La noticia de la enfermedad de Leslie se había propalado, como siempre ocurre con estas cosas, y varias de las señoras se mostraron notablemente solícitas con Rachel durante el Oneg Shabbat, el período de descanso siguiente al servicio. Michael se sintió agradecido. Se quedaron hasta bastante tarde, deseando la compañía del rebaño.
Cuando llegaron a casa, la luz en el cuarto de Max estaba apagada, y Michael no le molestó.
El sábado fue una repetición del viernes. El Shabbat, por regla general, era un tiempo de descanso y meditación, pero aquel día no había paz en la casa de los Kind. Cada uno de ellos sufría a su manera. Poco después de cenar, Michael fue avisado de que había muerto la esposa de Jack Glickman. Eso quería decir que tendría que pasar la velada en una visita de condolencia. Detestaba la idea de dejar a los niños.
–¿Quieres salir? – preguntó a Max-. Si quieres, llamo a alguna persona para que se quede con Rachel.
–No voy a ir a ninguna parte. Ella estará perfectamente.
Más tarde, Max recordó que, después de salir su padre, él había dejado su libro y se había detenido un momento en la habitación de Rachel mientras iba al baño. Apenas si había oscurecido, pero ella estaba ya con el pijama puesto, echada de cara a la pared.
–Rachel -dijo con suavidad-, ¿estás dormida?
No hubo contestación, por lo que se encogió de hombros y siguió adelante. Volvió a su libro, esta vez sin dejarlo, hasta que, una hora después, sintió las punzadas del hambre. Al dirigirse a la cocina, pasó de nuevo junto a la habitación de Rachel.
La cama estaba vacía.
Perdió cinco minutos recorriendo la casa y, luego, el patio, llamándola por su nombre y sin atreverse a pensar en el lago y en el bote al que ella había estado deseando subir para lanzarse en brazos de su madre. Ni siquiera sabía si se trataba de un bote real o imaginario, pero sabía que tendría que llegarse al lago. Su padre se había llevado el coche, por lo que solamente podía disponer de la odiada bicicleta. La descolgó de los dos oxidados clavos de que se hallaba suspendida en la pared del garaje, observando, con una mezcla de ira y de miedo, que la bicicleta de Rachel faltaba de su acostumbrado lugar junto a la segadora mecánica. Luego, pedaleó a través de la húmeda noche de agosto a toda la velocidad de que era capaz Vivían a menos de ochocientos metros del lago Deer, pero sudaba abundantemente cuando llegó allí. Una carretera rodeaba el lago, pero no corría junto a la orilla, y los árboles ocultaban el agua incluso durante el día. Un estrecho sendero discurría paralelamente al borde del agua. Tenía una superficie irregular, surcada por las raíces de los árboles, y era imposible recorrerlo en bicicleta. Pero permaneció sobre su bicicleta tanto tiempo como Rachel había permanecido sobre la suya. Vio el rojizo resplandor de la luna sobre el reflector de la bicicleta de Rachel, donde ella la había dejado apoyada junto a un árbol, al borde del sendero, y dejó caer la suya a su lado.
–¡Rachel! – llamó.
Los grillos chirriaban entre la hierba y el agua chasqueaba contra las rocas. Brillaba débilmente la luna, y escudriñó con atención las aguas próximas a la orilla.
–¡Rachel!
Alguien se echó a reír debajo de un árbol cercano, y por un momento creyó que la había encontrado. Pero luego distinguió tres figuras, dos hombres en traje de baño y una mujer que no era muchos años mayor que él. Llevaba un sostén y una falda de algodón y estaba sentada con la espalda apoyada contra un árbol con las rodillas al aire. La luna brillaba suavemente en sus muslos.
Volvió a reírse.
–¿Has perdido a tu chica, hijito?
–Mi hermana -dijo Max-. ¿Han visto a una niña? Tiene ocho años.
Los tres tenían en la mano latas de cerveza abiertas. La mujer se acercó la suya a los labios y bebió, mientras su blanca garganta se movía al tragar.
–Ah, está estupenda -murmuró.
–No hemos visto ninguna niña -dijo uno de los hombres.
Echó a correr por el camino. El otro hombre dijo algo mientras se alejaba, y los tres soltaron la carcajada.
Recordó que dos veranos antes había estado nadando una tarde en aquella parte del lago, cuando se descubrió el cadáver de un hombre ahogado. El pelo del hombre chorreaba cuando lo sacaron, y su carne parecía de pasta. Rachel solamente sabía chapotear a estilo perro y cuando intentaba hacer el muerto se le metía agua en la nariz.
–¡Por favor, Dios! – exclamó-. ¡Oh, Dios, por favor, por favor, por favor!
Continuó corriendo y corriendo, tropezando en el áspero sendero, demasiado jadeante ya para gritar, rezando silenciosa e incesantemente.
El bote estaba a unos sesenta metros de distancia de la orilla cuando lo vio. Era un viejo esquife. Parecía negro a la luz de la luna y estaba mal enfilado, apuntando con la proa a la orilla próxima. Una pequeña figura con pijama blanco se hallaba sentada en un rincón de la popa.
De dos nerviosas patadas, Max se quitó los zapatos y, luego, se sacó los pantalones, que, hechos una bola cuando los apartó de sí, rodaron por la borrosa línea de la orilla y cayeron al agua, pero él no se preocupó en buscarlos. En lugar de ello, se arrojó al lago. El agua era poco profunda junto a la orilla, con un fondo rocoso a un metro y medio, a donde fue a parar en su zambullida. Su pecho rozó ligeramente las rocas; luego, se elevó y empezó a nadar hacia el bote, moviendo rápidamente las piernas. Llegó hasta él y subió a bordo.
–Hola, Max -dijo Rachel, como en sueños.
Estaba hurgándose la nariz.
Él se dejó caer despatarrado en el fondo del bote y trató de recobrar el aliento. Había mucha agua sucia en el esquife, que era muy viejo y tenía abundantes grietas.
–Mamá está allí -dijo Rachel.
Max miró la franja de luces amarillas que señalaba Rachel. Se hallaban en la orilla más alejada, a unos cuatrocientos metros de distancia. Se acercó a su hermana y la rodeó con sus mojados brazos. Los dos permanecieron inmóviles unos minutos, contemplando las luces del hospital. No hablaban.
Reinaba una gran quietud. De vez en cuando, llegaban sobre las aguas
ráfagas de música del baile que se estaba celebrando en el granero. Más cerca, una muchacha empezó a reír estridentemente, y luego, a gritar. «Los bebedores de cerveza», pensó Max.
–¿Dónde están los remos? – dijo por fin-. Los dos remos.
–Sólo había uno, pero lo he perdido. Creo que se ha hundido.
¿Por qué estás en calzoncillos? Es gracioso cómo se te pegan a la piel.
Él llevaba un rato observando el agua que había en el fondo del bote, y se advertía claramente que iba subiendo.
–Rachel -dijo-, este bote se está hundiendo. Voy a tener que llevarte nadando hasta la orilla.
Rachel miró las negras aguas.
–No -dijo-. No quiero.
Él la había remolcado muchas veces jugando en el agua, pero estaba cansado y dudaba de que pudiera llevarla a la orilla si ella oponía resistencia.
–Rachel, si me dejas llevarte a la orilla te daré medio dólar -dijo.
Ella movió la cabeza.
–Lo haré con una condición.
Max miró al agua. Estaba empezando a subir suavemente.
–¿Cuál?
–Que me dejes tocar tu armónica dos días enteros.
–Bueno, vamos -dijo.
Se deslizó por la borda del bote y se sostuvo en el agua mientras levantaba los brazos para recibir a Rachel. Ésta dio un chillido al meterse en el agua, pero se quedó quieta mientras él se ponía de espaldas, sujetándole con una mano la barbilla, y la llevaba a la orilla.
Sus zapatos estaban donde los había dejado, pero sus pantalones no se veían por ninguna parte. Se metió en el barro y tanteó el agua con las manos.
–¿Qué estás buscando?
–Mis pantalones.
–Mira a ver si puedes encontrar el remo.
Max buscó infructuosamente durante diez minutos, obsequiando a su hermana con varias adiciones a su vocabulario, y, luego, desistió.
La llevó de la mano hasta el lugar en que habían dejado las bicicletas, manteniéndose atento por si veía a los dos hombres y a la mujer, pero la