El súbdito

Heinrich Mann · Capítulo 1 de 6 · parte 1/3

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El súbdito

Capítulo Primero

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Heinrich Mann

El súbdito

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Titivillus 11.10.2020

Título original: Der untertan

Heinrich Mann, 1947

Traducción: Joaquim Vilar

Editor digital: Titivillus

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Capítulo Primero

 

Había una vez un niño delicado, a quien le gustaba soñar despierto. Se llamaba Diederich Hessling, tenía siempre miedo, y padecía de dolor de oídos. En invierno abandonaba de mala gana el saloncito caldeado, y en invierno no quería de ninguna manera dejar el angosto jardinillo invadido por el olor a trapos viejos de la fábrica de papel, desde el cual se veía, por sobre codesos y sabucos, el caprichoso maderamen de las casas antiguas. A veces, al levantar la vista de su adorado libro de cuentos, se llevaba sustos mayúsculos: ¡Un sapo, un sapo la mitad de grande que él, estaba allí a su lado en el banco! ¡Y más allá, junto al muro, medio cuerpo fuera de la tierra, un enano le miraba de soslayo!

Pero había algo mucho más temible que sapos y enanos: el padre, a quien era preciso amar devotamente. Y Diederich le amaba. Después de cada atracón de golosinas o de cada mentira daba vueltas y más vueltas en tomo al escritorio del señor Hessling, carraspeando y meneándose como un gozquecillo medroso, hasta que aquél caía en la cuenta y cogía la vara colgada en la pared. Las fechorías no descubiertas pendan sombras de duda en la confianza sumisa de Diederich. Y la vez que el padre, con su pierna inválida, rodó escaleras abajo, el hijo batió palmas como un loco y se largó luego corriendo a todo lo que le dieron las piernas.

Si, después de un castigo, pasaba por delante del taller con la cara hinchada y llorando a moco tendido, los obreros se le reían. Diederich, instantáneamente, les sacaba la lengua y entre pataletas triunfales se decía:

—Sí, he recibido una paliza, y me la ha dado mi papá. ¿Qué más quisierais vosotros que compartir conmigo estos azotes? Pero sois muy poca cosa para merecerlos.

Para con ellos era un déspota voluble, que lo mismo amenazaba con contar al señor Hessling que habían ido a por cerveza o recibía agradecidos plácemes al anunciarles la hora en que éste iba a volver. Los obreros se andaban con pies de plomo con el patrón: Hessling les conocía bien. En tiempos, el amo había arrimado el hombro como laurente en los viejos molinos, donde los pliegos se hacían a mano uno por uno. También había hecho todas las guerras de Prusia, y después de la última, que enriqueció a todo el mundo, pudo por fin comprarse una máquina papelera. Una calandra y una guillotina completaron la instalación del tallar. Hessling en persona contaba los pliegos, y no dejaba escapar ni un botón arrancado de los trapos. Su retoño conseguía, no obstante, hacerse con alguno de los que las mujeres, a hurtadillas, se llevaban a casa. Tantos reunió así que un buen día tuvo la repentina ocurrencia de cambiárselos por caramelos al buhonero. La cosa salió bien; pero esa noche, tras haber chupado con fruición los últimos despojos del botín, Diederich se arrodilló en la cama y temblando rogó a Dios terrible y misericordioso la gracia especial de encubrir para siempre el crimen. No hubo tal. El Todopoderoso sacó a luz el asunto, y el padre, siempre metódico en el uso de la vara, que administraba con dignidad y sentido del deber, sintió temblar su mano; una lágrima bajó zigzagueando entre los surcos de su erosionado rostro de sargento hasta posarse, solitaria, en una gula plateada del bigote a lo káiser.

—Mi hijo ha robado —dijo sin aliento, ahogándose, mirando al crío como a una alimaña sospechosa—. Mientes, robas… Ya sólo falta que mates a alguien.

La señora Hessling quería a toda costa que Diederich se arrodillase para suplicar perdón. ¡Pues no había llorado el padre! Un secreto instinto le dijo al niño que, si lo hacía, la cólera paterna subiría de punto. Hessling no estaba en absoluto de acuerdo con los sentimentalismos de su mujer, que según él no hacían sino estropear al niño sin remedio. También a ella la cogía de vez en cuando diciendo embustes, igual que Didi. Claro, ¡como leía novelas…! A veces llegaba el sábado por la tarde y pillaba a Frau Hessling con el trabajo de la semana sin hacer. En lugar de moverse, chismorreaba con las criadas… Y Hessling no sabía aún que su mujer era golosa: como el nene, ni más ni menos. En la mesa no se atrevía a servirse dos veces, pero luego iba a escondidas a la despensa. Si hubiera tenido ánimo bastante para acercarse al taller, habría acabado robando también botones.

Con el niño actuaba —según le salía del corazón— sin seguir norma catequística alguna. Le pegaba también, pero al buen tuntún, desquiciada por el rencor. A menudo lo hacía sin razón, y Diederich la amenazaba entonces con quejarse al padre; simulaba ir al despacho, y luego, en algún rincón, gozaba con el miedo de su madre. Cuando se mostraba cariñosa con él, Didi sacaba partido de ello; pero no la respetaba ni lo más mínimo. Eran ambos demasiado semejantes, y él no sentía por sí mismo ninguna estima, pues su vida estaba infestada de remordimientos y no era sino un desastre a los ojos del Señor.

Pese a todo tenían madre e hijo momentos rebosantes de intimidad. Juntos exprimían hasta la última gota de emotividad en las fiestas, cantando, tocando el piano y relatando cuentos. Cuando Diederich empezó a dudar del Niño Jesús, dejó que mamá le convenciera de que era preciso creer todavía un poquito, y esto le dio una sensación de desahogo, fidelidad y virtud. Creía además, tenazmente, en un fantasma que vivía en lo alto del castillo; y como su padre hacía caso omiso de tales cosas, le parecía a Didi que el señor Hessling pecaba de soberbia, haciéndose casi merecedor de un castigo. La madre, en cambio, le nutria de cuentos. Le comunicaba su miedo al bullicio de las nuevas calles y a los tranvías; solía llevárselo más allá de la muralla, a los alrededores del castillo, y allí sentían juntos el delicioso temblor del espanto.

Al doblar la esquina de la Meisestrasse, había que pasar por delante de un policía, que, si le daba la gana, podía meterle a uno en la cárcel. ¡Qué pánico! A Diederich le latía con fuerza el corazón. Le asaltaba siempre la tentación de dar un amplío rodeo, pero el policía se darla cuenta en seguida de su mala conciencia y le atraparía en el acto. Mejor demostrar que uno era puro y estaba libre de culpa. Y Diederich iba al guardia y le preguntaba la hora con voz temblorosa…

 

Después de todos los poderes implacables a que se vela sometido: el sapo de los cuentos, el padre. Dios amantísimo, el fantasma del castillo, el policía, el deshollinador que podía arrastrarle chimenea arriba hasta convertirlo en un monstruo negro, el doctor que podía darle toques en la garganta y zarandearle si gritaba; después de tantas potestades insoslayables, Diederich fue a caer en las fauces de otra todavía más terrible, que devora al hombre por completo: la escuela. Entró en ella llorando desesperadamente, y no pudo responder a ninguna pregunta, ni siquiera a las que sabía. Poco a poco fue aprendiendo a utilizar las ganas de soltar el llanto sólo cuando ignoraba la lección, pues, pese a todo su miedo, éste no le hacía ni más aplicado ni menos soñador. Así se libró de algunas consecuencias desagradables, basta que los maestros advirtieron el truco. El primero en no dejarse engañar mereció precisamente por ello todo el respeto de Diederich: calló de súbito y se lo quedó mirando por bajo el brazo torcido sobre la cara, con expresión de insólito fervor. Fue siempre complaciente y leal con los maestros duros. A los bondadosos les gastaba bromas insignificantes y difícilmente verificables, pero no alardeaba de ello en casa. Mucho más le gustaba hablar de hecatombes generales en las notas, de vastas acciones punitivas. En la cena, daba el parte:

—El señor Behnke ha apaleado hoy a tres más. —Si le preguntaban a quiénes, añadía—: Uno de ellos he sido yo.

Si, Diederich pertenecía a la especie de los que experimentaban satisfacción profunda sintiéndose parte de aquel todo impersonal, de aquella máquina antihumana y despiadada que era el instituto. El régimen de autoridad, la práctica descamada del poder en la que él mismo estaba comprometido aunque sólo fuera como paciente, eran para él motivos de máximo orgullo. Cuando algún profesor cumplía años se decoraban con flores la mesa y la pizarra, y Diederich trenzó en cierta ocasión una guirnalda para adornar la vara de castigo.

En el transcurso de sus años de colegial, Diederich pudo ver dos veces, con dulce y santo escalofrío, cómo caían los poderosos víctimas de implacables catástrofes. Un profesor auxiliar fue humillado y despedido por el director delante de la clase; un catedrático enloqueció. Así, pues, había instancias aún más altas, como el director y el manicomio, que obraban según su talante con quienes habían gozado de tanto poderío. Desde abajo podía uno contemplar los despojos, desvalido, pero ileso, y apreciar la advertencia, que hacía menos dura la propia situación.

Diederich, a su tumo, ejercía sobre sus hermanas pequeñas el poder que le atenazaba. Las obligaba a escribir al dictado haciéndoles cometer faltas adrede, para disfrutar después con la tinta roja y con el reparto de castigos a placer. Las niñas se ponían a chillar, y en esos casos, Diederich no tenía más remedio que rebajarse para no ser descubierto.

Para imitar a los poderosos no necesitaba de personas; le bastaban anímales, e incluso cosas. Se ponía junto a la calandria y miraba cómo el tambor trituraba los trapos.

—¡Para que aprendas, guiñapo! ¡Volved a las andadas y veréis, pandilla de andrajosos! —murmuraba Diederich con un hondo fulgor en los ojos.

De pronto se encogía y estaba en un tris de caer en el baño de cloro: los pasos de un operario le sobresaltaban en medio de su vicioso placer.

Por cierto, Diederich sólo se sentía tranquilo y seguro de si mismo cuando era él el apaleado. Rara vez se resistía. A lo sumo, rogaba a los compañeros:

—No me deis la espalda, que es malo para la salud.

No es que no tuviera sentido del propio derecho ni deseos de beneficio personal; simplemente se atenía al principio de que los golpes que él recibía, ni le reportaban provecho al que pegaba, ni le infligían a él ninguna pérdida real. Mucho más sería que estos valores puramente ideales fue la cuestión del pastel de merengue que en cierta ocasión le prometiera un camarero del Mesón de la Villa, que luego no lo soltaba ni a la de tres. Diederich subió incontables veces con paso enérgico la acera comercial de la Meisestrasse hasta la Plaza Mayor, para conminar a su dilatorio amigo, el del frac y el mandil; un buen día éste retiró sus promesas, Diederich se indignó, y, dando tina patada en el suelo, exclamó:

—¡Señor, esto es demasiado! ¡Si no suelta la pasta en seguida, voy y me quejo a su jefe!

Al interpelado le dio tanta risa que puso en manos de Diederich el famoso merengue.

Aquello sí fue un éxito de dimensiones concretas. Lástima que Diederich sólo pudo paladearlo a toda prisa y con el corazón en un puño, pues había el peligro de que Wolfgang Buck, que esperaba fuera, apareciera de pronto exigiendo su parte. Aún alcanzó a limpiarse los morros, y delante de la puerta soltó una diatriba violenta contra aquel camarero de pega, que era un tramposo y no tenía ni un mal pastel de merengue. El sentido de justicia de Diederich, que tan señaladamente acababa de manifestarse, se había detenido ante los derechos del otro, y esto no era nada fácil, pues el padre de Wolfgang era una personalidad digna de respetuoso acatamiento. El venerable señor Buck no llevaba cuello duro sino una cinta de seda blanca, y gastaba además un enorme bigote, blanco también, que le llenaba toda la mandíbula. ¡Con qué lentitud y majestad pisaba el empedrado de las calles, empuñando su bastón incrustado de oro! Era un señor que asistía a reuniones y se ocupaba de todos los asuntos de la ciudad. Cuando Diederich pasaba por delante de los baños municipales, de la cárcel, de todo lo que era público, pensaba: «Esto es del señor Buck». Tenía que ser inmensamente rico y poderoso. Todos —incluido el señor Hessling— se destocaban ostensiblemente ante el señor Buck. Privar a su hijo de algo, y por las malas, podía sin duda desatar un torbellino de incalculables peligros. Diederich tenía por fuerza que obrar solapadamente para no verse despanzurrado por las ingentes fuerzas a las que tanto temía.

Sólo una vez, ya en cuarto curso, se dio el caso de que Diederich prescindiera de toda reflexión, actuara ciegamente y se convirtiera en un tirano ebrio de victoria. Era de rigor burlarse del único judío de la clase, y él hasta entonces lo había hecho en la medida corriente; pero un día formó una inusitada batahola. Con los elementos de madera que servían para las clases de dibujo hizo una cruz y obligó al judío a arrodillarse ante ella. Éste se resistía con violencia, pero Diederich le tenía bien cogido y agarrotado. ¡Era de ver la fuerza que mostró! Se la daban los aplausos a su alrededor, la masa de la cual sallan brazos para ayudarle, la aplastante mayoría concentrada allí y existente fuera, pues era toda la cristiandad de la villa de Netzig la que actuaba por mano de Diederich. ¡Qué sensación más agradable de responsabilidad compartida, de culpabilidad colectiva!

Extinguida la ola febril le asaltaron ciertos temores; pero, ante el rostro del primer profesor con que se topó luego de su hazaña, recobró Intacto su arrojo. Pudo leer en aquella cara un afecto mal disimulado. Otros le declararon abiertamente su conformidad, y Diederich respondió a ese apoyo con una sonrisa de sumiso asentimiento. La clase no podía menos que respetar al favorito del nuevo catedrático, y, bajo los auspicios de éste, Diederich llegó a ser primero en todo y confidente secreto.

No pudo mantenerse mucho tiempo en ambos puestos de honor; por lo menos, retuvo el segundo. Era buen amigo de todos, y cuando otros contaban sus travesuras reía con ellos sin complicidad, pero cordialmente, muy en su papel de muchacho serio y comprensivo ante la frívola conducta de los demás. Luego, en el descanso, cuando le presentaba al profesor encargado el libro de clase, daba el parte completo. No pasaba por alto los motes puestos a los profesores, ni menos aún los comentarios subversivos. Al repetirlos, había en su voz todavía el temblor voluptuoso con que los había oído; bajaba temerosamente los ojos. Siempre que las esferas del poder eran atacadas de alguna manera, sentía una especie de maligna satisfacción, una corriente interna casi como de odio, que se saciaba engullendo, a toda prisa y a escondidas, un par de bocados. Denunciando a otros purgaba sus propios pecados.

Por otra parte, no sentía ningún rencor personal contra los compañeros a quienes perjudicaba con sus buenos oficios. Actuaba como el pundonoroso ejecutor de un deber necesario. Después podía ir tranquilamente a donde el afectado estuviese y compadecerle casi sinceramente.

En cierta ocasión lograron atrapar, gracias a su ayuda, a un alumno hacía tiempo sospechoso de copiar los deberes. Diederich le pasó, a sabiendas del profesor, un problema de matemáticas intencionadamente desvirtuado, pero cuyo resultado final coincidía con la solución exacta. El día que se produjo el aniquilamiento del tramposo, se reunió por la tarde un grupo de estudiantes del último curso en una cervecería de las afueras (se les permitía hacerlo después de pasado el festival gimnástico). Sentados en una mesa del jardín, cantaban. Diederich había escogido sitio al lado de su víctima. Cuando ya todos habían bebido sus jarras, Diederich soltó del asa su mano derecha y fue a posarla sobre la mano del otro, le miró fielmente a los ojos y entonó con voz profunda, arrastrada por el sentimiento:

Yo tenía un camarada,

entre todos el mejor…

Por lo demás, tal como iba avanzando la práctica escolar, fue aprobando todas las asignaturas, sin superar en ninguna de ellas la medida de lo exigido, ni tener conocimiento de ninguna cosa ajena a los planes de estudio. Lo que menos le agradaba eran los ejercicios de redacción, y todo aquel que se distinguiera en ellos le causaba una desconfianza inexplicable.

Aprobado el último curso, asegurado ya el título de bachiller, a los maestros y al padre se les ocurrió la idea de enviarle a la universidad. El viejo Hessling, que en el 66 y el 71 había desfilado bajo la Puerta de Brandeburgo, despachó a su hijo a Berlín.

 

Como no se atrevía a salir de las cercanías de la Friedrichstrasse, alquiló una habitación en lo alto de la Tieckstrasse. Así no tenía más que bajar en línea recta, sin posibilidad de perderse, hasta llegar a la universidad. Como no sabía qué otra cosa hacer, iba a ella dos veces al día, y el resto del tiempo a menudo lloraba de nostalgia. Escribió a sus padres dándoles las gracias por su infancia, tan feliz. Salía muy poco —sólo lo indispensable— y apenas se atrevía a comer. Tenía miedo de gastarse el dinero antes de terminar el mes y continuamente se llevaba la mano al bolsillo para comprobar si todavía estaba allí.

A pesar de su intenso desamparo, todavía no se decidía a ir a la Blücherstrasse con la carta de su padre a visitar al señor Göppel, fabricante de celulosa procedente de Netzig y proveedor de Hessling. Al cuarto domingo venció por fin su timidez y cuando vio avanzar hacia él, bamboleante, a aquel hombre rechoncho y de cara rojiza que había visto tantas veces en el despacho de su padre, a él mismo le pareció extraño no haberse presentado antes. Göppel preguntó en seguida por toda la gente de Netzig y particularmente por el señor Buck, pues a pesar de que su perilla ya blanqueaba, también había admirado como Diederich al viejo Buck, aunque al parecer por otros motivos. ¡Aquello sí que era un hombre! ¡Era preciso descubrirse ante él! Gente así había de ser tenida en muy alta estima por el pueblo alemán, mucho más que determinadas personas, que siempre quisieron arreglarlo todo a sangre y hierro y no hicieron más que endeudar a la nación. El viejo Buck había participado en los hechos del 48 e incluso lo habían condenado a muerte.

—Sí, señor, el que ahora podamos consideramos hombres libres se lo debemos a gente como el viejo Buck —dijo el señor Göppel, abriendo otra botella de cerveza—, Y ahora quieren que nos dejemos pisotear por las botas de los militares…

El señor Göppel confesó ser enemigo declarado de Bismarck, y Diederich le llevó la corriente en todo; no tenía la menor opinión sobre el canciller, la libertad y el joven Káiser. Pero de pronto se sintió ligeramente incómodo, pues acababa de entrar una muchacha que de buenas a primeras le pareció temible por su belleza y elegancia.

—Mi hija Agnes —dijo el señor Göppel.

Y Diederich se quedó allí plantado, escuálido, la levita arrugada y el rubor en el rostro. La jovencita le dio la mano. Por lo visto, quería ser afable, pero ¿qué se hacía con ella? Diederich respondió que sí, cuando ella le preguntó si le gustaba Berlín; y cuando le preguntó si ya había ido al teatro, respondió que no. Sentía un angustioso malestar y estaba plenamente convencido de que su partida era lo único que podía interesar a la niña. Por suerte apareció otro individuo, un tal Mahlmann, un tipo corpulento, que hablaba con voz atronadora y dialecto mecklemburgués, al parecer estudiante de ingeniería e inquilino de los Göppel. Mahlmann recordó a la señorita Agnes que habían acordado dar un paseo. Invitaron a Diederich a pasear también con ellos, pero éste se parapetó horrorizado tras el argumento de que un amigo estaba esperándole, y quiso largarse sin más trámite.

«¡Gracias a Dios que ya tiene con quién!», se dijo, sintiendo un pinchazo en su interior.

El señor Göppel le abrid la puerta del piso y le preguntó si su amigo conocía Berlin. Diederich mintió, diciendo que era berlinés. «Porque si ninguno de los dos lo conoce, podrían equivocarse de ómnibus. Seguro que ya se ha perdido alguna vez en Berlin». Diederich lo reconoció cortésmente, por lo que el señor Göppel se mostró muy satisfecho.

—Aquí no es como en Netzig. Cualquier cosa le lleva, medio día de camino. Créame, venir aquí, a la Puerta de Halle, desde su Tieckstrasse, es lo mismo que atravesar tres veces Netzig de lado a lado… Bueno, el domingo que viene, venga a comer con nosotros, ¿conforme?

Diederich prometió hacerlo, pero cuando llegó el momento, hubiera preferido haberse negado. Fue, pero lo hizo sólo por miedo a su padre. Esta vez debió pasar incluso por la prueba de estar un rato a solas con la niña. Diederich simuló abstraerse en sus pensamientos como si no estuviera con ánimos de interesarse por ella. Agnes volvió al tema del teatro, pero él la cortó con voz bronca: no tenía tiempo para estas cosas. Ah, sí, su papá le había dicho que el señor Hessling estudiaba química, ¿era cierto?

—Sí. Es la única ciencia que vale la pena —afirmó Diederich, sin saber de dónde le venía semejante afirmación.

La señorita Göppel dejó caer su bolso y él se inclinó con tanta displicencia, que ella ya lo había vuelto a coger antes de que él hubiera llegado con la mano al sitio. A pesar de todo, le dio las gracias muy lánguida, casi ruborizada, y esto molestó a Diederich. «Las mujeres coquetas son algo horrible», pensó. Ella se puso a rebuscar en el bolso.

—Ya lo he perdido, mi esparadrapo inglés. Ya está volviendo a sangrar…

Y desenvolvió su dedo del pañuelo. Tenía a tal punto la blancura de la nieve que a Diederich le vino la idea de que la poca sangre que de allí salía, era sólo un espejismo.

—Yo tengo —dijo de sopetón.

Cogió el dedo y antes de que ella tuviera tiempo de secar la sangre, él ya la había chupado.

—Pero ¿qué hace?

Él mismo estaba atónito, pero frunció severamente el entrecejo y dijo:

—Oh, nosotros los químicos probamos cosas mucho peores.

Agnes esbozó una sonrisa.

—Ah, sí, usted es como una especie de doctor… ¡Qué bien sabe hacerlo! —observó, contemplando cómo pegaba Diederich el esparadrapo.

—Bueno, ya está —dijo él, sin darse por aludido, retirándose a su puesto. Sentía como un sofoco y pensó: «¡Si por lo menos no hubiera que estar tocando esa piel tan fofa…!». Agnes quedó ensimismada y al cabo de un rato hizo otro intento:

—¿No tendremos acaso parientes comunes en Netzig?

Y le obligó a pasar la lista de algunas familias. Al final resultó que estaban lejanamente emparentados.

—Usted todavía tiene madre, ¿verdad? No sabe la suerte que tiene. La mía murió hace tiempo. Yo tampoco viviré mucho. Tengo como un presentimiento —y añadió una sonrisa triste de disculpa.

Diederich decidió en sus adentros encontrar estúpido este sentimentalismo. Otra pausa. En el mismo momento en que los dos iban precipitadamente a hablar, apareció el tipo de Mecklemburgo. Atenazó la mano de Diederich, y éste no pudo contener una mueca de dolor. El otro lo miró a los ojos con sonrisa victoriosa, acercó sin más preámbulos su silla a la de Agnes y se puso a preguntarle una retahíla de cosas que sólo iban con ellos dos. Diederich se quedó al margen y desde su rincón descubrió que, vista así, con tranquilidad, Agnes era bastante meaos terrible. En el fondo, no era guapa. Tenía una nariz diminuta, un poco aguileña, en cuyo dorso (muy estrechito, desde luego) había bastantes pecas. Sus ojos, de un pardo claro, estaban demasiado juntos y parpadeaban nerviosamente cuando se clavaban en uno. Los labios eran demasiado estrechos. Todo el rostro era demasiado estrecho. «Si no fuera por los mechones de pelo castaño sobre la frente y el cutis tan blanco…». También le satisfacía que la uña del dedo que él había chupado no estuviese del todo limpia.

El señor Göppel llegó con sus tres hermanas. Una de ellas traía al marido y los niños. El papá y las tías abrazaron y besaron a Agnes. Lo hicieron con afecto enfático, con una expresión tutelar en sus rostros. La chica era más alta y delgada que todos ellos y miraba distraídamente, de arriba abajo, a quien le tocaba el tumo de colgarse a sus hombros estrechos. Sólo al padre le respondió el beso con tiempo y gravedad. Diederich la miraba, y vio, iluminadas por el sol, las venas claramente azuladas que cruzaban las sienes por debajo de los cabellos rojizos.

Tuvo que acompañar a una de las tías al comedor; el de Mecklemburgo se había apoderado del brazo de Agnes. Alrededor de la larga mesa familiar crujió la seda de los vestidos domingueros. Los faldones de las levitas fueron doblados cuidadosamente por encima de las rodillas. Hubo algunos carraspeos, un frotar de manos a cargo de los caballeros, y luego llegó la sopa.

Diederich estaba sentado lejos de Agnes y no podía verla sin echarse hacia adelante, cosa que evitó a toda costa. Puesto que su vecina le dejaba en paz, comió grandes cantidades de asado de ternera y coliflor. Tuvo que aguantar profusos comentarios sobre la comida, y se vio obligado a confirmar que estaba deliciosa. A Agnes se le advirtió que no comiera lechuga, se le recomendó beber vino tinto y se le preguntó si por la mañana se había puesto los botines de goma. El señor Göppel contó, dirigiéndose a Diederich, que antes de venir (¡hay que ver!) él y sus hermanas se habían perdido por completo de vista en la Friedrichstrasse, y no se reencontraron sino en el ómnibus.

—Una cosa así no le podía haber ocurrido en Netzig —gritó muy orgulloso por encima de la mesa.

Mahlmann y Agnes hablaban de un concierto. Ella no quería perdérselo. Seguro que su papá le darla permiso para ir. Pero el señor Göppel puso juiciosos reparos y el coro de tías Herd el acompañamiento. Agnes tenía que acostarse pronto, le convenía salir al campo y tomar el aire fresco; este invierno se había esforzado demasiado… Ella replicó que no era verdad.

—Nunca me dejáis salir de casa. Sois horribles.

Diederich tomó en su fuero interno partido por ella. Le invadió una ola de heroísmo: le hubiera gustado poder hacer que a ella se le permitiera todo, que fuera feliz y tuviera que agradecérselo a él… Y en éstas, el señor Göppel le preguntó si pensaba ir al concierto.

—No sé —dijo despectivamente, mirando a Agnes, que se inclinaba hacia adelante—. ¿Qué clase de concierto es? Yo sólo voy a aquéllos en los que me sirven cerveza.

—Muy razonable —observó el cuñado del señor Göppel.

Agnes volvió a echarse atrás y Diederich se arrepintió de su chiste.

Pero el pudding, que todos estaban esperando con verdadera emoción, no acababa de hacer su aparición. El señor Göppel le pidió a su hija que fuera a ver qué pasaba; pero antes de que ella tuviera tiempo de dejar sobre la mesa su platito de macedonia, Diederich ya se había levantado de un salto, lanzando la silla contra la pared, precipitándose a la puerta con paso enérgico.

—¡Marie! ¡El pudding! —chilló en dirección a la cocina.

Volvió a su sitio con la cara encendida, sin mirar a nadie, y aun así advirtió perfectamente que los demás cruzaban miradas. Mahlmann incluso exhaló un suspiro burlón. El cuñado soltó con forzada Inocencia:

—La galantería ante todo. Así debe ser.

El señor Göppel sonrió en dirección a Agnes, que no alzaba los ojos de su macedonia. Diederich encajó con tal fuerza la rodilla bajo la mesa que ésta comenzó a levantarse.

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué lo habré hecho?», pensaba desesperado.

Concluida la cena, dio la mano a todo el mundo, deseando buen provecho excepto a Agnes, a quien evitó como pudo. En el saloncito berlinés, donde se servía el café, procuró situarse exactamente en un lugar desde el cual ella quedara cubierta por las amplias espaldas de Mahlmann. Una de las tías quiso darle conversación.

—¿Y usted, joven, qué estudia? —le preguntó.

—Química.

—Ah, ya. Física.

—No, Química.

—Ah, ya.

Y a pesar de lo bien que había comenzado, la pobre señora no pasó de ahí. Diederich la llamó, para sus adentros, pedazo de estúpida. Le desagradaba profundamente aquel ambiente. Lo estudió con amargura hostil hasta marcharse el último grupo de parientes. Agnes y su padre los acompañaron hasta la calle. Al volver, Göppel sorprendióse de encontrar todavía al joven solo en medio de la habitación, y calló interrogadoramente, llevándose por instinto la mano a la cartera. Al ver que Diederich se despedía por las buenas, sin pedir dinero, rezumó cordialidad.

—Le transmitiré sus saludos a mi bija —llegó a decir, y una vez en la puerta, añadió tras reflexionar un momento—: Espero que vuelva usted el domingo.

Diederich estaba firmemente decidido a no poner los pies en aquella casa. Y sin embargo, al día siguiente abandonó todos sus asuntos para preguntar por toda la ciudad hasta encontrar una taquilla de reventas donde comprarle a Agnes el billete para el concierto. Primero debió buscar, entre todos los carteles expuestos, el nombre del virtuoso que Agnes había nombrado. ¿Era realmente aquél? ¿Lo había entendido bien? Había que decidirse, y lo hizo; pero cuando se enteró del precio —cuatro marcos cincuenta— sus ojos se desorbitaron de espanto. ¡Tanto dinero para oír a un tipo que tocaba música! ¡Si pudiera ahora volverse atrás! Una vez en la calle, después de haber pagado, le indignó aquella estafa, pero luego pensó que todo era por Agnes y se admiró de sí mismo. Se sentía emocionado. Mientras atravesaba la muchedumbre, iba invadiéndole un arrollador sentimiento de debilidad y felicidad: aquélla era la primera vez que se gastaba dinero por otra persona.

Puso el billete en un sobre sin agregar nada más, y para no ser descubierto escribió la señas en letras de molde. Delante del buzón se le acercó Mahlmann con una sonrisa irónica. Diederich se sobresaltó, como pillado en un renuncio, y se miró la mano que acababa de retirar del buzón. Pero Mahlmann sólo quería, según dijo, echar un vistazo al alojamiento de Diederich. Una vez allí, manifestó que aquello parecía el cuarto de una vieja solterona. ¡Hasta la tetera se había traído Diederich de casa! Diederich estaba muerto de vergüenza, y cuando Mahlmann ojeó despectivamente los libros de química, se avergonzó también de su carrera. El mecklemburgués se repantigó en el sofá y soltó:

—¿Qué le parece la Göppel? Canela, ¿verdad? ¡No se me ruborice, hombre! ¡Róndela, pues! Yo me retiro, si le parece. Por mí, que no quede: traigo lo menos quince en perspectiva.

Diederich rechazó displicentemente la oferta, pero el otro insistió:

—Le digo que ahí hay tela. ¿Acaso no entiendo yo de mujeres? ¡Ese pelo rojizo…! ¿Y no se ha fijado en cómo le mira a uno, cuando piensa: a ver por dónde andará?

—A mí, no —respondió Diederich con más desprecio todavía—. Además, me importa un pito.

—Pues no sabe lo que se pierde.

Mahlmann rió estrepitosamente y propuso una ronda. Fueron varias, y de cerveza, y cuando se encendieron las primeras farolas tenían ya los dos una borrachera más que regular. Algo después, en la Leipziger Strasse, Mahlmann propinó a Diederich un soberbio e inesperado bofetón.

—¡Ay! —exclamó éste—. Esto es una…

Ante la palabra «canallada» no se atrevió a seguir… El de Mecklemburgo le dio entonces unas palmaditas en la espalda:

—¡Sin enfadarse, muchacho! ¡No es más que compañerismo!

Y como corolario le sableó los últimos diez marcos que le quedaban… Cuatro días después, Mahlmann encontró a Dlederlch arrastrándose de hambre, y con generoso gesto le entregó tres marcos, parte de un segundo sablazo dado en otro lado.

Al domingo siguiente, en casa de los Göppel (Diederich posiblemente no hubiera ido, de no tener tan vado el estómago), Mahlmann contó con desenfado que Hessling había despilfarrado todo su dinero y ahora tenía que desquitarse de su carpanta. El señor Göppel y su cuñado se rieron paternalmente, pero Diederich hubiera querido que lo tragase la tierra con tal de no soportar la mirada triste e inquisidora de Agnes. ¡SI, ahora lo despreciaba! En su desesperación sólo encontró un consuelo: «Qué más da. Nunca ha sentido otra cosa por mí». Y en ésas estaba cuando ella le preguntó si había sido él quien le enviara el billete para el concierto. Todos se volvieron hacia Diederich.

—¡Tonterías! ¿A santo de qué? —contestó él tan descortésmente que todos se lo creyeron.

Agnes vaciló un momento, antes de desviar la mirar da. Mahlmann ofreció bombones a las señoras y depositó la caja delante de Agnes. Diederich no se ocupó lo más mínimo de ella y comió todavía más que el domingo anterior. ¡Si todos creían que no había ido por otra cosa, no iba a decepcionarlos! Cuando alguien propuso tomar el café en una terraza de Grünewald, a Diederich se le ocurrió inmediatamente alegar que toda una cita «con una persona a la que de ningún modo puedo hacer esperar». El señor Göppel le puso su mano rechoncha sobre el hombro, lo miró furtivamente con la cabeza gacha y dijo a media voz:

—No se preocupe; naturalmente está usted invitado.

Pero Diederich aseguró vehementemente que no se trataba de eso.

—Como usted quiera, pero no deje por lo menos de volver cuando le parezca —dijo Göppel poniendo punto final, y Agnes asintió con la cabeza.

Pereció ir a decir algo, pero Diederich no esperó. El resto del día estuvo vagando, arrastrando su dolor con autosuficiencia, como después del cumplimiento de un gran sacrificio. A últimas horas de la tarde estaba sentado en una cervecería abarrotada de gente, con la cabeza apoyada en la mano, fijando de vez en cuando la mirada en su vaso solitario, como si comprendiera por fin la crueldad del destino.

¿Qué podía hacerse contra la forma violenta que tenía Mahlmann de tomar préstamos? Llegó el domingo y el galán de Mecklemburgo trajo un ramo de flores para Agnes, y Diederich, que se presentó con las manos vacías, podía haber dicho: «En realidad se lo regalo yo, señorita». Pero calló, alentando más rencor contra Agnes que contra Mahlmann. Éste despertaba más bien admiración cuando en la noche corría detrás de un desconocido para aporrearle el sombrero, a pesar de que a Diederich no se le escapaba que aquello representaba también una advertencia para él mismo.

A finales de mes, por su cumpleaños, recibió una suma Inesperada, que le había estado guardando su madre, y apareció en el hogar de los Göppel, con una ramillete, aunque no demasiado grande, para no ponerse en evidencia, ni provocar la codicia de Mahlmann. La muchacha lo tomó con el rostro conmovido y Diederich sonrió con una mezcla de aplomo y timidez. Aquel domingo tenía para él visos de solemnidad insólita, y no le sorprendió en absoluto que los otros quisieran ir al Jardín Zoológico.

La comitiva se puso en marcha. Antes de salir, Mahlmann contó cuántos eran: once personas. Las señoras con las que se cruzaron por el camino — como la hermana de Göppel— vestían ropas diferentes de las que usaban todas entre semana, como si aquel día pertenecieran a una clase social más elevada, o como si hubieran heredado. Los hombres iban de rigurosa levita, y aunque pocos llevaban pantalones negros (como Diederich), los más lucían sombreros de paja. Las calles laterales se velan anchas, armónicas y vacías, sin gente ni boñigos de caballo. Sólo en una de ellas jugaban al corro un grupo de niñas, todas de blanco con medias negras, exuberantes de cintas, de lazos y voces chillonas. Luego la gran avenida, dominio del tránsito, donde una patrulla de matronas sudorosas tomaba por asalto el ómnibus. Comparados con aquellos rostros insuperablemente rubicundos, los cagatintas que luchaban a brazo partido con ellas por los asientos tenían palideces mortuorias. La masa empujaba hacia adelante, la corriente se precipitaba en pos de la diversión, en todas las caras podía leerse con caracteres duros: «Venga, adelante, que bastante hemos trabajado toda la semana».

Diederich presumió de maneras berlinesas ante las damas. En el ferrocarril urbano conquistó varios asientos. A un señor que estaba a punto de quitarle uno le dejó hiera de combate con un espléndido pisotón.

—¡Bestia! —gritó la víctima.

Diederich respondió en términos parecidos, pero aquel caballero resultó ser un conocido del señor Göppel, y apenas hechas las presentaciones uno y otro dieron ejemplo de la máxima caballerosidad, negándose a tomar asiento para que uno de ellos no tuviese que viajar de pie.

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