El súbdito

Heinrich Mann · Capítulo 1 de 6 · parte 3/3

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El súbdito

Capítulo Primero

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Con los pésames, Diederich se rehízo. Ante todo, Netzig ofreció una imagen marcial y formalmente cuidada de Neoteutonia, se vio admirado y casi llegó a olvidar que se encontraba en duelo. El viejo señor Buck fue a recibirlo hasta la puerta principal. La corpulencia del gran personaje de Netzig tenía un aire majestuoso envuelta por la brillante levita. Muy solemnemente llevada por delante, invertida, la chistera, mientras la mano derecha, fuera del guante negro y ofrecida a Diederich, daba una sorprendente impresión de suavidad y cortesía. Sus cálidos ojos azules penetraron en Diederich, al decir:

—Su padre fue un buen ciudadano. Usted también debiera serlo, joven. ¡Respete siempre los derechos de sus semejantes! Su propia dignidad humana le obliga a ello. Espero que no nos faltará ocasión de colaborar juntos en nuestra ciudad por el bien común. Terminará usted la carrera, ¿verdad?

Diederich apenas pudo arrancar de su lengua un si profundamente turbado por el respeto. El viejo Buck le preguntó luego, en tono más ligero:

—¿Le ha visitado mi hijo en Berlín? ¿No? Ya lo hará, sin duda. Ahora está estudiando también él allí. Pero pronto irá al servicio militar. ¿Usted ha cumplido ya su año?

—No —dijo Diederich, enrojeciendo a más no poder. Balbució excusas. Hasta el momento le había sido completamente imposible interrumpir los estudios… Pero el viejo Buck se encogió de hombros, como si la cosa no tuviera excesiva importancia.

El testamento del padre convertía a Diederich, juntamente con el viejo contable Sötbier, en tutor de sus hermanas. Éste le puso al corriente de que existía un capital de setenta mil marcos, futura dote de las muchachas. De tal cantidad no podían ser tocados ni los intereses. Los beneficios netos de la fábrica habían reportado en los últimos años un promedio de nueve mil marcos.

—¿Sólo eso? —preguntó Diederich.

Sötbier lo miró al principio horrorizado y luego con manifiesto reproche. ¡El señorito no podía imaginarse de qué manera su padre, que en la gloria estuviese, y el mismo Sötbier, habían levantado el negocio! Claro estaba que aún era susceptible de mayor engrandecimiento…

—Bueno, bueno, ya lo veranos —dijo Diederich.

Vio que había que cambiar muchas cosas. ¿Con la cuarta parte de nueve mil marcos tenía que vivir él? Tal arbitrariedad del difunto le rebeló. Cuando su madre vino con el cuento de que aquel santo había expresado en su lecho de muerte su confianza en Diederich para sustituirle en todo, y que incluso esperaba que éste no se casase nunca para mejor cuidar siempre a los suyos, Diederich estalló:

—¡Papá no ha tenido jamás tu morboso sentimentalismo! —gritó—. ¡Y además tampoco mentía!

La señora Hessling creyó oír hablar al difunto y se batió en retirada. Esto lo aprovechó Diederich para hacerse aumentar en cincuenta marcos su cuota mensual.

—De momento —dijo con dureza—, tengo que cumplir un año de servicio militar. Cueste lo que cueste. Luego ya me vendréis con esas mezquinas historias de dinero.

Llegó incluso a sostener, terco, que se incorporaría en Berlín. La muerte del padre le había insuflado desaforados sentimientos liberadores, pero por las noches soñaba al viejo saliendo del despacho con aquel rostro descolorido que había tenido en el féretro, y se despertaba anegado en sudores.

Volvió a Berlín con las bendiciones maternas. Gottlieb Hornung y la Rosa que tenían a medias ya no le hacían ninguna falta, y en consecuencia cambió de domicilio. Participó a los neoteutones, en la forma apropiada, los cambios habidos en su vida. ¡Ceremonial de despedida! Se atizaron «salamandras» funerarias en la memoria del progenitor de Diederich, pero bien podían éstas beberse también en su honor propio, y en augurios de una inminente época de esplendor. Llevado por el entusiasmo fue a parar debajo de la mesa, como en la noche de su ingreso como cotasqueador. Ahora ya era Prócer.

Al día siguiente, todavía bajo los efectos de un incordiante resaca, se encontraba en medio de otros jóvenes en cueros, como él mismo, bajo el escrutinio del médico militar, que expresaba una hastiada repugnancia ante el tropel de carne masculina allí acumulada. Al topar con la panza de Diederich, la mirada del médico se hizo burlona, y al momento sonrieron sarcásticamente todos los que le rodeaban; Diederich no tuvo más remedio que bajar también la vista hacia su barriga, ruborizándose… El médico recobró su compostura. A un chico que no oía todo lo bien que exigía el Reglamento le fueron mal las cosas: ¡allí sabían descubrir a los simuladores! Otro, que además se llamaba Levysohn, recibió una buena lección:

—¡Otra vez que venga a molestarme, lávese por lo menos!

La protestas de Diederich fueron atajadas en seco:

—A usted vamos a curarlo de grasas. Cuatro semanas de instrucción y le garantizo que tendrá aspecto de persona decente.

Fue admitido. Los inútiles corrieron a vestirse como si hubiera un incendio en el cuartel. Los útiles se miraron unos a otros de soslayo y se retiraron indecisos, como si esperaran que una mano pesada viniera a posarse sobre sus hombros. Uno de ellos, actor, con cara de absoluta indiferencia, dio media vuelta y se plantó de nuevo ante el médico diciendo en voz alta con cuidadosa fonética:

—Quisiera advertir que, además, soy homosexual.

El oficial se echó atrás, encendido el rostro como un tomate, y articuló casi sin voz:

—Bueno, a estos cochinos no podemos alistarlos.

Diederich expresó ante sus futuros camaradas su indignación ante tan desvergonzado comportamiento. Luego se dirigió al sargento que le había tomado antes la medida junto a la pared y le aseguró con vehemencia la alegría que sentía al haber sido aceptado. No obstante envió, poco después, una carta al doctor Heuteufel, de Netzig, aquel que de niño le daba toques de yodo en la garganta, preguntándole si no podía certificar que él, Diederich, era escrofuloso y raquítico, pues no quería dejarse estropear con las penalidades militares. Pero la respuesta fue que no se remolonease; el servicio iba a sentarle estupendamente. Diederich nuevamente se dio de baja de su habitación y se fue con la maleta y todo al cuartel. Aunque sólo fuera por quince días, valía la pena ahorrarse el alquiler.

Nada más llegar tuvo que hacer gimnasia en las barras, saltar obstáculos y otras cosas sobrecogedoras. Estaban «alineados» por compañías en galerías llamadas «secciones». El teniente Von Kullerov alardeaba, arrogante, como lejano; a los que servirían sólo un año los miraba siempre con una pizca de desprecio. Gritaba de repente: «¡Alinearse!», daba unas órdenes a los suboficiales y giraba sobre los talones despectivamente. Las maniobras en el patio de ejercicios, el formar filas, disolverse y «sobre el lugar» derecha, izquierda, media vuelta, etc., no tenía otro objeto que acosar a los reclutas hasta el desmayo. También Diederich se dio perfectamente cuenta de que todo lo que allí privaba, el trato, los términos en uso, la actividad militar toda, en fin, se encaminaba a reducir al mínimo la dignidad personal. Y esto le imponía soberanamente. Pese a la miserable humillación que sentía, o quizá precisamente por ella, estaba lleno de un profundo respeto y de algo así como un entusiasmo suicida. Tanto el principio como el ideal militar sin duda alguna eran los mismos vigentes entre los neoteutones, sólo que puestos en práctica con mayor crueldad. Los agradables intervalos de trato cordial, en los que uno podía volver a sentirse como un hombre, se habían esfumado. Súbita, irremediablemente, se veía uno bruscamente despeñado a la altura de las sabandijas; era uno componente inferior, materia prima amasada por una voluntad inescrutable. Hubiera sido una locura y la mayor desgracia siquiera intentar la búsqueda de apoyo en el corazón más recóndito. A lo máximo podía uno, contra sus propios principios, escurrir el bulto una que otra vez. En una carrera, Diederich tuvo una calda y se torció un pie. No era como para cojear, pero cojeó, y le permitieron quedarse cuando la compañía salió al campo de instrucción. Para obtener el permiso se había presentado antes, personalmente, al capitán.

—Mi capitán, por favor…

¡Catástrofe! Por ignorancia había osado dirigir la palabra a un poder del que sólo podían recibirse órdenes, callar y arrodillarse mentalmente, y ante el cual era preciso ser «conducido».

El capitán rugió, y allí fueron brigadas, sargentos y cabos, demudados los rostros frente a tamaña herejía. De resultas de dio aumentó la cojera de Diederich, y se libró así de servicio otro día más.

El cabo primero Vanselow, sobre quien recaía la responsabilidad del pecado cometido por el recluta Hessling, apenas si dijo a Diederich otra cosa que:

—¡Y esto quiere pasar por una persona culta!

Vanselow estaba acostumbrado a que todas las desgracias vinieran de los señoritos que sólo servían un año. El cabo dormía en el mismo pabellón que la tropa, separado del dormitorio común por un tabique. Después de la ronda y apagada la luz, los reclutas se ponían a soltar indecencias, hasta que el cabo gritaba indignado:

—¡Y esto quiere pasar por gente culta!

Con toda su larga experiencia, aún confiaba en que los «cuotas» mostraran más educación y mejores modales que los demás, pero siempre se vela defraudado. Diederich no le parecía en modo alguno peor que los otros. Las ocasionales jarras de cerveza que aquél le convidaba no eran el único argumento a favor de Hessling, en opinión de Vanselow. Más bien se prestaba atención al espíritu militar, a la sumisión vocacional. Y Diederich tenía ambas cosas, sin género de duda. En la instrucción, podía presentársele como un ejemplo ante los otros. Se mostraba por completo imbuido del ideal castrense de entrega y lealtad. En materia de insignias y jerarquías parecía dotado de innato instinto. Si Vanselow afirmaba: «Ahora soy el Señor Capitán General», al momento, Diederich procedía como si lo creyera de verdad. Pero lo mejor de todo era cuando decía el cabo: «Ahora soy un miembro de la familia real». Entonces, Diederich podía lograr que Vanselow sonriera, poseído de delirio de grandeza.

En la cantina, Diederich manifestaba a su superior el entusiasmo que le producía la vida militar. «¡Entrega Íntegra a la grandeza absoluta!», solía decir. No deseaba otra cosa en el mundo que dedicar su vida al Ejército. Y era sincero al decirlo; pero ello no impedía que por la tarde, durante los ejercicios «a campo abierto», sólo quisiera echarse en el más hondo foso y simular no existir. El uniforme, ya de por sí demasiado estrecho, era después de las comidas un verdadero instrumento de tortura. ¿De qué servía que el capitán impartiera sus órdenes con aquella figura suya de indecible bizarría bélica a lomos del caballo, si, entre carreras y resuellos sentía uno en el estómago los zarandeos de la sopa no digerida? El entusiasmo objetivo, al que Diederich estaba por completo dispuesto, caía rendido bajo el acoso de la aflicción personal. El pie dolió otra vez; acechó su propio dolor con angustiada esperanza y roedor desprecio de sí mismo, deseando que empeorase hasta el punto de impedirle salir a «campo abierto» e incluso ejercitarse en el patio del cuartel. Quizá tuvieran que licenciarle.

Llegó a visitar al padre de uno de sus compañeros de corporación, un alto funcionario de Sanidad. Venía a pedirle que intercediera por él, le dijo Diederich ruborizado de vergüenza. Le entusiasmaba el Ejército, por su grandeza absoluta, y ansiaba dedicarle su vida entera. En él estaba uno integrado en una empresa grandiosa, era uno parte del poder, por así decirlo, y en todo momento sabía lo que tenía que hacer: un sentimiento de incomparable felicidad. Pero, por mucho que él quisiera, el pie no dejaba de doler. «No puedo permitir que se me acuse por inutilizárseme del todo. Al fin y al cabo tengo madre y hermanas que alimentar». El influyente médico se avino a examinarle.

—Alto el pendón de Neoteutonia —dijo—. Casualmente conozco al jefe de sanidad de su regimiento.

De este detalle ya estaba Diederich informado por su compañero. Se despidió con el corazón henchido de tímidas esperanzas.

Por efecto de ellas, a la mañana siguiente apenas si podía caminar. Se apuntó a reconocimiento:

—¿Y usted quién es? ¿Con qué viene a hacerme perder el tiempo? —dijo el oficial médico, mirándolo de arriba abajo—. Tiene usted un aspecto la mar de sano. Hasta trae menos panza.

Diederich se mantuvo firme y persistió en su enfermedad. El superior tuvo que dignarse reconocerle. Cuando le fue enseñado el pie doliente manifestó, que si no encendía un cigarro, iba a darle un mareo. Ni aun con la mejor voluntad pudo hallar nada particular en el pie; irritado, sacó a Diederich a empellones de la silla.

—Útil para el servicio y basta. ¡Media vuelta!

Diederich viose despachado, pero luego, en plena instrucción, dio un grito repentino y cayó al suelo. Le llevaron a la enfermería, cobijo de los casos leves, donde olla a plebe y se pasaba hambre: la comida de pago reservada a los «cuotas» era allí difícil de conseguir, y del rancho de los otros no recibía ni pizca. Esta circunstancia le hizo ponerse sano.

Exento de todo amparo humano, desposeído de todo derecho reinante en el mundo civil, Diederich se dejó arrastrar por el destino cruel. Y de pronto una buena mañana, cuando ya había perdido las últimas esperanzas, fueron a buscarlo en mitad de la instrucción y le condujeron a la sala del médico jefe.

Empleó el oficial-doctor un tono con ciertos atisbos humanitarios; cuando, de vez en cuando, volvía a la rudeza militar, ésta daba la impresión de no ser tan absoluta como antes.

No pareció encontrar tampoco nada especial, pero en todo caso el resultado de su intervención tuvo entonaciones diferentes. «De momento», Diederich tenía que seguir prestando servicio, que lo demás ya se vela. «¡Con un pie así…!».

Días después se presentó a Diederich un asistente de la enfermería y registró la huella del ominoso pie en un papel ahumado. Se le ordenó a Diederich aguardar en la sala de espera de la enfermería. El oficial médico pasaba precisamente revista por allí y aprovechó la ocasión para expresarle todo su desprecio.

—¡No tiene usted ni siquiera pies planos! ¡Lo que le pasa, es que no da un paso de vago que es!

Pero hete aquí que se abre la puerta y hace su entrada el médico jefe con la gorra puesta, el paso más firme y decidido que de costumbre. Sin mirar a derecha ni izquierda, se dirigió hacia su subordinado y se paró en silencio ante él, con la mirada ceñuda y severa clavada en la gorra del otro. Éste quedó perplejo. Algo debía de haber por medio, algo que no consentía ahora el acostumbrado compañerismo. Comprendió en seguida, se descubrió y se puso firme; el superior le enseñó entonces el papel con la pisada, le habló bajo y subrayando las palabras, como ordenándole ver en la huella lo que no había. El médico de la compañía miró alternativamente a su jefe, a Diederich y al papel. Luego dio un taconazo: había visto lo que se le ordenaba que viese.

Cuando se retiró el médico jefe, el oficial-doctor se acercó a Diederich y le dijo cortésmente, con aprobatoria sonrisa:

—El caso estaba, naturalmente, claro desde un principio, pero a causa de la demás gente… Ya comprende usted… la disciplina…

Diederich adoptó un rígido «firme» para dar a entender que lo comprendía.

—Pero ya sabía yo, claro está —repitió el médico—, cómo era su caso.

Diederich pensó: «Y si no lo sabías, ahora ya lo sabes». Luego, en voz alta:

—Con su permiso, mi capitán: ¿podré seguir cumpliendo mi servicio?

—No podría asegurárselo —dijo el oficial médico dando media vuelta y marchándose.

A partir de entonces, Diederich se vio libre de servicios pesados, no volvió a pisar el «campo abierto». Se quedó en el cuartel, dando muestras de disposición y entusiasmo todavía mayores. Cuando al toque de reunión de la noche salía el capitán del casino con el cigarro en la boca y ligeramente bebido, y comenzaba a repartir arrestos a cambio de las botas que en lugar de estar brillantes estaban limpias nada más, nunca encontraba ningún reparo que hacer a Diederich; pero su rigor justiciero se descargaba con más furia aún contra un «cuota» que, después de tres meses, todavía estaba castigado a dormir en el pabellón de la tropa porque los primeros quince días no había dormido allí, sino en su casa. Había tenido cuarenta grados de fiebre, y si hubiera cumplido entonces con su deber, acudiendo al cuartel, ahora estaría quizá muerto. ¡Pues estaría muerto! ¿Y qué? El capitán ponía cara de satisfecho orgullo cada vez que observaba a aquel «cuota». En su rinconcito, Diederich, insignificante e incólume, pensaba: «¿Lo ves? Neoteutonia y un consejero estatal de sanidad cuentan más que cuarenta grados de fiebre…». Por lo que se refiere a él, un buen día se vieron felizmente cumplidas las últimas formalidades burocráticas, y el cabo Vanselow le comunicó su licenciamiento. A Diederich los ojos se le llenaron en el acto de lágrimas y estrechó calurosamente la mano de Vanselow.

—Justo a mí viene a pasarme esto —dijo entre sollozos—, Con la ilusión que tenía…

Un momento después estaba en la calle.

Pasó cuatro semanas enteras en su piso, empollando. Cuando salía a comer, procuraba no ser visto por ningún conocido. Al fin, no tuvo más remedio que acudir a Neoteutonia.

Hizo una entrada desafiante.

—El que todavía no haya estado allí, no puede hacerse ni idea. Os lo aseguro: se ve el mundo desde otro punto de vista. Si por mi hubiera sido me habría quedado en el Ejército definitivamente. Mis superiores me lo recomendaron; dijeron que yo reunía las cualidades para ello, pero, cuando menos te lo esperas…

Se quedó con la mirada en alto, conteniendo el pesar.

—Sí, la desgracia con el caballo. Esto te pasa cuando eres demasiado buen soldado. El capitán me manda dar unas vueltas con su dog-cart para que se mueva un poco el caballo, y de la manera más desdichada se produce el accidente. Yo, naturalmente, no me preocupé demasiado por el pie y me reintegré por lo visto demasiado pronto al servicio. La cosa fue de mal en peor, y el oficial médico me insinuó que avisara a los míos en previsión de cualquier cosa.

Esto lo dijo escueto, virilmente.

—Hubierais visto al capitán. Cada día iba a verme personalmente, después de las grandes marchas, tal como estaba, con el uniforme polvoriento. Esto sólo se ve en el ejército. En aquellos días fatídicos llegamos a un auténtico compañerismo. Este puro lo tengo todavía de él. Y cuando no le quedó más remedio que confirmarme que el médico quería sacarme de allí, puedo aseguraros que fue un momento de esos que no se olvidan jamás en la vida. Tanto el capitán como yo tuvimos que hacer grandes esfuerzos para contener las lágrimas.

Estaban todos conmovidos. Diederich miró a su alrededor con valentía.

—Bueno, ahora hay que ir acomodándose a la vida civil. Y alzó la jarra de cerveza: ¡Prost!

Siguió empollando. Los sábados tasqueaba con los neoteutones. También Wiebel volvía a ir por allí. Era asesor y tenía ya una fiscalía en perspectiva. No hablaba sino de «tendencias subversivas», de «enemigos internos», de «detractores de la patria» y también de «ideas socialcristianas». Manifestaba a sus acólitos que había llegado a tiempo de los pensamientos políticos. Sabía que tales pensamientos no se habían de tener por distinguidos precisamente, pero el enemigo obligaba a ello. Señores de la alta aristocracia, como su amigo el asesor Von Barnim, estaban también en movimiento. El ilustre Von Barnim iba a honrar próximamente a los neoteutones con su visita.

Llegó aquél y conquistó todos los corazones, pues trató con todos de igual a igual. Tenía el pelo oscuro, peinado con raya, liso y apretado y los modales de un funcionario diligente. Hablaba con objetividad, si bien al final de su discurso adquirió una mirada soñadora y se despidió rápidamente, dando calurosos apretones de manos. Después de su visita, los neoteutones concordaron en que el liberalismo judío era la semilla de la socialdemocracia; todos los cristianos alemanes debían apretar sus filas alrededor del padre predicador Stöcker. Diederich, al igual que los otros, no asociaba con la palabra «semilla» ningún sentido determinado, y por «socialdemocracia» entendía algo así como un fraccionamiento general. ¿Para qué saber más, si eso le bastaba? Pero Herr von Barnim había invitado a su casa a todo aquel que deseara aclaraciones más precisas, y Diederich no se hubiera perdonado nunca desperdiciar tan halagüeña ocasión.

Herr von Barnim le concedió audiencia privada en su viejo y anticuado piso de soltero. Su objetivo político era la participación popular por estamentos sociales, como en la feliz Edad Media: nobleza, clero, empresariado, artesanado. El artesanado debía volver, como justamente había reclamado el Káiser, a la categoría que había ocupado antes de la Guerra de los Treinta Años. Los gremios debían cultivar el temor de Dios y las buenas costumbres. Diederich expresó su más calurosa adhesión. Nada más acorde con sus impulsos que desenvolverse en la vida como miembro de una casta, de una clase profesional: corporativamente y no individualmente. Ya se veía diputado del ramo del papel. A los compatriotas judíos los excluía naturalmente Herr von Barnim de su orden social, pues eran a ciencia cierta el factor primordial de desorden y disolución, de desbarajuste, de desacato: el principio del mal mismo. Su cara beata se retorció de odio, y Diederich lo sintió también.

—Después de todo —opinó—, tenemos la fuerza en nuestras manos y podemos echarlos. El Ejército alemán…

—Esta es la cuestión —interrumpió Von Barnim, que paseaba por la habitación—. ¿Acaso ganamos la gloriosa guerra para que luego mi hacienda patrimonial fuese vendida a un tal Frankfurter?

Mientras Diederich callaba, todavía bajo los efectos de aquella conmovedora revelación, sonó el timbre y Von Barnim dijo:

—Será mi barbero. También tengo que aleccionarlo un poco.

Advirtió la decepción de Diederich y añadió:

—Claro está que a esta gente le hablo de otra manera, pero cada uno de nosotros debe arrancarle un bocado a la socialdemocracia y trasplantar a la gente sencilla al campo de nuestro cristiano emperador. ¡No pierda usted ocasión alguna de hacer también lo suyo!

Con esta exhortación terminó para Diederich la entrevista. Pudo aún oír cómo el barbero decía:

—Otro cliente que se ha pasado a Liebling, señor asesor… Sólo porque Liebling ahora ha puesto mármol.

Wiebel comentó, cuando Diederich le hizo el relato:

—Todo eso está muy bien y respeto muy particularmente el idealismo de mi amigo Von Barnim, pero así no adelantaremos gran cosa. Vea usted mismo cómo ha salido librado incluso Stöcker de sus malditas experiencias en el Palacio de Hielo con la democracia, llámesela cristiana o atea. Las cosas han llegado ya demasiado lejos. Ahora no hay más que una línea posible: golpear mientras tengamos el poder en las manos.

Diederich aprobó, tranquilizado. Eso de ir de puerta en puerta reclutando cristianos le había parecido un poco embarazoso.

—De la socialdemocracia ya me encargaré yo —ha dicho el Káiser.

Los ojos de Wiebel adquirieron un brillo felino y amenazante.

—¿Qué más quiere usted? El Ejército sabe ya que podría llegar a la situación de tener que disparar sobre la querida parentela. ¿Qué me dice? Puedo asegurarle, amigo, que nos encontramos en las vísperas de grandes acontecimientos.

Como Diederich mostraba creciente curiosidad, aclaró:

—Lo que he sabido por mi primo Von Klappke… —Hizo una pausa y Diederich dio un taconazo—… todavía no puede ser dado a conocer. Sólo quiero indicar que la frase dicha ayer por Su Majestad, «menos lamentos y más sacudirse el polvo alemán de las zapatillas», hay que interpretarla como una advertencia extremadamente seria.

—¿De veras lo cree usted? —dijo Diederich—. Es realmente el colmo de la desdicha que precisamente ahora haya tenido yo que abandonar el servicio de Su Majestad. Puedo asegurarlo: no hubiera dudado un momento en cumplir plenamente con mi deber contra el enemigo interior. Por lo que sé, el Káiser puede confiar en absoluto en el Ejército.

En aquellos días húmedos y fríos de febrero de 1892 pasó Diederich mucho tiempo en la calle, esperando que se produjeran los grandes acontecimientos. En Unter den Linden se notaba algo, pero no se sabía todavía qué. Guardias a caballo estaban apostados en las bocacalles y también esperaban. Los transeúntes señalaban unos a otros la exhibición de fuerza. «¡La manifestación de parados!». La gente se detuvo para verlos llegar. Venían del sector Norte, en grupos, con paso lento y disciplinado. Al llegar a Unter den Linden dudaron un poco, como desorientados, se consultaron con la mirada y encauzaron su marcha en dirección a Palacio. Frente a éste se inmovilizaron, silenciosos, con las manos en los bolsillos, dejando que les salpicaran de fango las ruedas de los carruajes, encogidos los hombros bajo la lluvia que cala sobre sus blusones descoloridos. Algunos de ellos volvían la cabeza hacia los oficiales que transitaban por allí, las damas en los coches o las amplias pieles de los señores que se acercaban paseando desde la Burgstrasse. Sus rostros eran inexpresivos, no había en ellos amenaza, ni tan sólo curiosidad. No parecía que quisieran ver, sino mostrarse. Otros, sin embargo, no apartaban los ojos de las ventanas del Palacio. El agua corría sobre sus caras levantadas. Un caballo con un guardia vociferante los empujaba hacia el otro lado o hasta la próxima esquina, pero al poco volvían a estar allí y el mundo parecía hundirse entre aquellas caras chatas y vacías, iluminadas por el ocaso mortecino, y la fachada rígida del fondo, cada vez más oscura.

—No comprendo —dijo Diederich—, cómo la policía no actúa enérgicamente. Esto es una pandilla de insubordinados.

—No se preocupe, que todo va bien —contestó Wiebel—. Los guardias están perfectamente instruidos. Los de arriba lo tienen todo muy bien pensado, créame. No siempre resulta conveniente aplastar al principio mismo estos síntomas de descomposición en el cuerpo estatal. Se los deja madurar y luego se hace limpieza absoluta.

La maduración de que Wiebel hablaba era cada día más perceptible. El veintiséis pareció haber llegado por fin. Las manifestaciones de parados tenían un carácter más enérgico y consciente. Si se les hacía retroceder hacia una calle del Norte, volvían a desbocarse con mayor fuerza por otra antes de que hubiera tiempo de cerrarles el paso. En Unter den Linden se unificaban las comitivas. Tantas veces como eran dispersadas, corrían de nuevo a agruparse, alcanzaban el palacio, eran rechazados y volvían otra vez, como una riada silente e incontenible. El tránsito de carruajes se atascaba, los peatones eran engullidos por la lenta inundación que ahogaba la plaza, por aquel mar turbio y revuelto de brazos que avanzaba tenaz y arrollador, del que salían ruidos sordos y mástiles con banderas como restos de navíos hundidos: «¡Pan! ¡Trabajo!». Retumbando por encima de la multitud, como caído de una nube tormentosa: «¡Pan! ¡Trabajo!». Un ataque de los de a caballo, una efervescencia, un flujo hacia atrás y voces de mujeres en medio del tumulto, agudas, como toques de corneta: «¡Pan! ¡Trabajo!».

De pronto, uno mismo se ve arrollado, los mirones son barridos del monumento a Federico el Grande. Las bocas se abren con asombro. De los pequeños funcionarios, a quienes se les bloquea el camino a la oficina, salen nubecillas de polvo, como si los sacudieran. Una cara desfigurada, que Diederich no reconoce, grita:

—¡Ya cambian las cosas! ¡Ahora van a recibir los Judíos! —y desaparece en la marea antes de caer en la cuenta de que se trataba de Herr von Barnim.

Quiere seguirle; una enorme avalancha le catapulta hacia otro lado, junto al escaparate de un café; oye el estrépito de los cristales rompiéndose y la voz de un obrero que grita:

—El otro día me pusieron aquí de patitas en la calle con los cuatro chavos que tenía, porque no llevaba chistera.

Y penetra con todos los demás por la ventana, cae en medio de las mesas derrumbadas, sobre el sudo cubierto de cristales, choca con las barrigas de los otros, lanza clamores de súplica.

—¡Que no entre nadie más, que nos ahogamos!

Es inútil: no para de entrar gente. La policía empuja. Y la calzada está libre de gente, limpia, como esperando un desfile triunfal. Alguien grita de pronto:

—¡Mirad: es Guillermo!

Y Diederich vuelve a la calle. Nadie sabía cómo ni por qué, pero de pronto podía marcharse en masa por todo lo ancho de la calle y a ambos lados, hasta los ijares del caballo que montaba el Káiser en persona. Bastaba con mirarlo y uno seguía detrás. Los compactos grupos vociferantes habían sido disueltos y encauzados. Todos miraban al personaje. Un aluvión oscuro, informe, indefinido, ilimitado, y sobre él la figura diáfana de un joven señor con el casco brillante, el Káiser. Lo tenían ante sus ojos: lo habían hecho salir del Palacio. Habían gritado: «¡Pan! ¡Trabajo!» hasta que él se presentó. Nada había cambiado, salvo que él estaba allí y, sin embargo, marchaban ahora pletóricos de satisfacción.

En los flancos, donde las filas estaban menos apretadas, gentes bien vestidas se decían:

—¡Gracias a Dios, sabe muy bien lo que quiere!

—Y ¿qué es lo que quiere?

—¡Enseñarle a esa chusma quién tiene el poder! Primero ha intentado hacerlo buenamente. Hasta se le fue la mano con los decretos de hace dos años, y ésos se tomaron demasiadas libertades.

—Hay que reconocer que valentía no le falta. ¡Estamos viviendo un momento histórico!

Diederich oyó esto y sintió un escalofrío. El anciano caballero que había hablado se dirigió también a él. Gastaba patillas blancas, y llevaba al cuello la Cruz de Hierro.

—Fíjese usted bien, joven —dijo—. Esta extraordinaria proeza de nuestro joven emperador constará en los libros de escuela de sus hijos.

Muchos alzaban el pecho, radiantes las caras. Los jinetes que escoltaban al Káiser miraban a la masa con ojo vigilante y alérgico, pero conducían sus monturas en medio de ella como si a todo aquel gentío se le hubiera ordenado actuar como comparsas en una representación de alto vuelo; a veces comprobaban de soslayo el efecto causado en el público. El Káiser, por su parte, sólo se veía a sí mismo y a su propio alarde. Petrificados con profunda seriedad rasgos y figura, sus pupilas fulguraban por encima de los millares de personas que había domeñado. ¡Él, soberano por la gracia de Dios, se media con ellos, los siervos levantiscos! Solo y sin protección se había atrevido a mezclarse con ellos, con la sola fuerza de su misión sublime. Podían atentar contra él, si tal cosa estaba en los planes del Altísimo; él hacía ofrenda de sí mismo en aras de su santa causa. ¡Si Dios estaba con él, que todos pudieran verlo! ¡Que conservaran para siempre la imagen de su hazaña y recordaran que se habían visto impotentes!

Un joven con sombrero de artista caminaba junto a Diederich y dijo:

—Eso ya está visto: Napoleón en Moscú, mezclándose solo con el pueblo.

—¡Es algo fantástico! —afirmó Diederich con voz ahogada.

El otro se encogió de hombros.

—¡Bah! Teatro, y no del mejor.

Diederich le miró fijamente e intentó lanzar rayos con los ojos como el Káiser.

—Usted también es uno de ésos.

No hubiera podido decir a qué se refería con «ésos», pero sentía que, por primera vez en la vida, debía defender la causa contra las detracciones enemigas. A pesar de su nerviosismo, pudo echar una mirada a los hombros del individuo aquel: eran más bien estrechos. A su alrededor, notó también desaprobación. Diederich no lo pensó más. Con su barriga acorraló al enemigo contra la pared y asestó un porrazo al caprichoso sombrero. Otros se unieron al vapuleo. El sombrero yacía en el suelo y casi en seguida se le reunió su propietario. Reemprendiendo la marcha, comentó Diederich con sus solidarios:

—Seguro que éste nunca fue soldado. Ni siquiera tiene cicatrices que muestren que haya sido miembro de una corporación.

El respetable señor de las patillas y la Cruz de Hierro volvió a aparecer y estrechó la mano de Diederich.

—¡Muy bien, joven, muy bien!

—¿Acaso no había para indignarse? —declaró Diederich, aún jadeante—. ¡Un sujeto que quiere enturbiar nos este momento histórico!

—¿Ha sido usted soldado? —preguntó el viejo.

—Por mí, lo hubiera sido para siempre —dijo Diederich.

—Bueno, Sedan no se presenta todos los días. —DI viejo dio unos golpecitos en su Cruz de Hierro—: ¡Nosotros estuvimos allí!

—Esto es casi tan grande como Sedan.

—Hombre…, hombre… —dijo el viejo.

—¿Me permite un momento, caballero? —exclamó un desconocido, blandiendo un bloc de apuntes—. Esto tenemos que ponerlo en el periódico. Imágenes de lo vivo, ¿comprende? ¿Usted le ha dado su merecido a un camarada?

—Nada de particular —Diederich todavía respiraba con dificultad—. Por lo que a mí respecta, podría empezar ahora mismo la guerra contra el enemigo interno. Nuestro Káiser nos acompaña.

—Muy bonito —dijo el reportero y escribió—: En medio de la multitud enardecida podía oírse, en boca de gentes de toda procedencia, expresiones de adhesión fidelísima e inquebrantable confianza a la persona de Su Muy Augusta Majestad.

—¡Hurra! —gritó Diederich, pues todos gritaban lo mismo, y en medio de una avalancha de gente enardecida fue a parar impetuosamente a los pies de la Puerta de Brandeburgo.

A dos pasos de él cabalgaba el Káiser bajo ella. Diederich podía mirarlo cara a cara, ver la granítica seriedad y el rayo de sus ojos, pero todo se le hacía borroso con tanto gritar. Una embriaguez muy superior a la de la cerveza lo alzó de puntillas, lo elevó por los aires. Agitó el sombrero por encima de todas las cabezas, en una esfera de arrebato y éxtasis, en un cielo en el que giraban los más descabellados sentimientos. ¡Sobre aquel caballo, por debajo del arco de las grandes marchas triunfales, cabalgaba el poder con gesto estatuario y fulgurante! ¡El poder avanza pisoteándonos, y le besamos las pezuñas! ¡Pasa por encima del hombre, las protestas y las burlas, sin importársele nada! ¡Nada podemos contra él, porque todos lo amamos! ¡Late en nuestras venas, porque en ellas corre la sumisión! ¡No somos sino un átomo de él, una molécula dispersa escupida por él! ¡Nada somos por separado, pero nos elevamos en masas vertebradas, coniformes: neoteutones, militares, burocracia, clero e intelectuales, grupos financieros y asociaciones de poder; nos elevamos hasta la altura misma donde él está, estatuario y fulgurante! ¡Vivir en él, participar en él; inexorables contra los que son ajenos a él; ebrios de triunfo, aunque nos despanzurre, pues ello justifica nuestro fervor!

Uno de los guardias que formaban la cadena ante la Puerta dio a Diederich tal golpe en el pecho que quedó éste sin respiración; pero estaba por completo deslumbrado por el paroxismo triunfal, como si él mismo fuera quien cabalgaba sobre aquellos miserables domados, obligados a tragarse los alaridos de hambre. ¡Tras él! ¡En pos del Káiser! Todos se sentían transportados por el mismo sentimiento que Diederich. Una cadena de guardias era demasiado débil ante tanta emotividad, y fue rota vigorosamente, pero más adelante había otra. No quedó sin volverse, alcanzar el Tiergarten dando un rodeo y buscar un sitio para colarse. Pocos lo encontraron; Diederich iba solo cuando se abalanzó a la calzada en dirección al Káiser que se acercaba, solo también. Un hombre poseído del más peligroso fanatismo, con la ropa sucia y desgarrada, con un fulgor salvaje en sus ojos; desde lo alto de su caballo, el Káiser lo citó, lo fulminó, con el rayo de su mirada. Diederich levantó fogosamente el sombrero, abrió la boca a más no poder, pero no salió el grito. Al detenerse de súbito, resbaló y cayó con todo el peso de su cuerpo en un charco, las piernas en el aire, salpicando barro y agua. El Káiser se echó a reír. ¡Pero si no era más que un monárquico! ¡Un fiel vasallo! El Káiser se volvió hacia sus acompañantes, desternillándose de risa. Boquiabierto, sentado en el charco, Diederich quedó mirando cómo se alejaba su señor.