El Templo del Cielo

Enrique Joven · Capítulo 20 de 25

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El Templo del Cielo

Capítulo 19

 

La muerte del padre Giacomo Rho ha dejado casi vacía nuestra misión jesuita en Beijing. Apenas el padre Adam Schall, el veterano superior Nicolás Longobardo, y yo mismo —que todavía soy un simple escolástico a los ojos de la Sociedad, aunque un maestro jinshi a todos los efectos de la burocracia imperial china—, permanecemos aquí como únicos occidentales. De aquel lejano viaje que zarpó de Lisboa a mediados de abril de 1618, solo Schall y yo sobrevivimos. La misión subsiste y progresa gracias a los nuevos conversos, entre los que se encuentra por fin mi amada LI Tianjing, que fervientemente ha recibido el bautismo de manos de Adam Schall este año de Nuestro Señor de 1639.

Pero savia nueva jesuita continúa llegando a China a través de Macao, en parte gracias a la anulación de cualquier prohibición imperial respecto al cristianismo, y en parte debido a la anarquía imperante en muchas de las grandes poblaciones, unas en manos de grupos rebeldes —se tienen noticia de más de doscientos diferentes, algunos con miles de adeptos reclutados fácilmente entre los hambrientos e indignados campesinos—, y otras ya en poder de las tropas manchúes. Casi toda la zona norte del imperio, a excepción de las provincias lindantes con la capital, Beijing, está fuera del control de las tropas del emperador Chongzhen. Y el avance es imparable.

Las gestiones y buen hacer de nuestro nuevo procurador en Roma, Álvaro Semedo, no han tardado en dar sus frutos. Y más con el ímpetu del padre Athanasius Kircher, que ha sabido ver en China el, tal vez, mayor imperio sobre la tierra desde las primeras civilizaciones conocidas. Imperio que se mantiene casi intacto en el interior de sus murallas, y cuya historia, cultura y lenguaje le tienen fascinado. El padre Manuel Días —superior en Macao—, nos comunica la inminente llegada, entre otros muchos, del mencionado por Semedo padre portugués Gabriel de Magallanes, así como también de otro famoso experto lingüista, cartógrafo e historiador, el italiano Martino Martini, alumno y favorito del todopoderoso Athanasius Kircher.

Precisamente del padre Kircher llega hasta Beijing una nueva carta. En ella me aconseja en primer lugar —y otra vez percibo desconfianza entre sus líneas—, colaborar estrechamente con los nuevos misioneros jesuitas. Llevan consigo instrucciones concretas para proseguir con la traducción de la estela nestoriana de Xian, de la que yo no he reportado ningún progreso a Roma. Me pregunto dónde quedan los avances que supuestamente ha realizado el propio padre Kircher en este aspecto. En cuanto al padre Álvaro Semedo, se encuentra de viaje por Europa y ya se le ha puesto fecha a su retorno a China, aunque en ningún caso —me remarca Kircher — tendrá entre sus tareas volver a las traducciones, y permanecerá trabajando exclusivamente en funciones evangélicas en las distintas iglesias jesuitas fundadas en el sur de China, bajo órdenes directas del padre Manuel Días. Ignoro lo que ha podido ocurrir en Roma, pero presumo un fuerte desacuerdo entre ambos.

Con una redacción algo más amable, Athanasius Kircher me vuelve a mencionar al enigmático George Baresch. De vuelta de sus viajes, Kircher ha encontrado una nueva carta enviada por el bibliotecario desde Praga, vía Viena. El bohemio insiste en que su manuscrito debe ser traducido en Roma, y ser visto solo por los ojos adecuados. Afirma que su contenido es una mezcla no solo de copto, sino también de una antigua lengua egipcia —tal vez para captar el interés de Kircher—, y que sus extensos conocimientos en botánica le llevan a pensar que un gran herbario medicinal está contenido entre sus páginas. A buen seguro Baresch conoce que la botánica es otra de las debilidades del sabio Kircher. Y termina su misiva apremiando a este, puesto que su salud se encuentra ya muy deteriorada por la edad y difícilmente podrá desplazarse a Roma si pasa más tiempo.

Deduzco por estos datos que Kircher tiene un verdadero interés en el manuscrito, pero que por alguna razón desconfía de George Baresch. Directamente le ha solicitado el envío de unos cuantos pergaminos del libro, petición a la que, según Kircher, George Baresch no podrá negarse.

La última parte de esta extensa tercera comunicación de Athanasius Kircher conmigo es, con mucho, la más atractiva. Dejando de lado instrucciones y ruegos que son casi órdenes, se detiene en prolijas explicaciones sobre sus deducciones en el origen de la antigua lengua china.

Para Kircher, bajo ningún concepto el chino es la fuente de los jeroglíficos egipcios, sino todo lo contrario. (Creo que este asunto es la principal causa de las desavenencias con el padre Semedo, y su caída en desgracia fruto del orgullo de ambos). E intenta encajar las fechas, cuestión que tanta desazón produce en Álvaro Semedo como produjo en su amigo Nicolás Trigault. Según los cálculos de Kircher, el lenguaje chino fue inventado 300 años después del Diluvio de Noé, tal y como viene en el capítulo sexto del Libro del Génesis, y siempre tomando como base la antigua Biblia Septuaginta. En este período, uno de los descendientes de Noé —con toda probabilidad proveniente de su hijo Cam, tal vez su nieto Nemrod, «el primero que se hizo poderoso en la tierra»—, de acuerdo con el capítulo décimo del mismo libro sagrado, engendraría la nueva lengua en la lejana y despoblada China. Cam habría viajado y repoblado desde Egipto hasta Persia, posiblemente llegando hasta China él mismo o sus descendientes. Su citado nieto Nemrod habría tenido un sabio consejero que no sería otro que el antiguo filósofo egipcio Hermes Trimegisto, al que Kircher considera como el inventor de los primeros jeroglíficos y, por tanto, de la misma escritura una vez destruida Babel. Dado que los antiguos chinos cuentan y documentan que el legendario emperador Fu Hsi habría sido el inventor de este «arte escrito» —algo que no es puesto en duda por el padre Kircher—, se concluye con cierta simpleza que Fu Hsi y Hermes Trimegisto son la misma persona. Así, los caracteres recogidos en el tan conocido Libro de los cambios o I-Ching del primer emperador chino no serían algo muy diferente a los primigenios jeroglíficos egipcios, por un principio lógico de reducción y semejanza llevada a cabo por idéntico sabio.

Por más vueltas que le doy, las piezas de Athanasius Kircher no encajan en mi cabeza.

Proveniente de Macao, se recibe en nuestra residencia de Beijing un voluminoso paquete que contiene varios libros. Lo más sorprendente del envío no es solo la fecha de salida desde Praga, en el mes de enero de 1630, sino su remitente, el fallecido astrónomo alemán Johannes Kepler. El padre Adam Schall y yo nos miramos estupefactos. Si el paquete contiene lo que realmente pensamos que contiene, este ha tardado más de diez años en llegar hasta China, y a saber en qué lugares ha estado retenido. Por su aspecto ha sido abierto varias veces, así que el superior Longobardo no pone ninguna objeción a que rasguemos el envoltorio a pesar de que, lógicamente, el destinatario final de los libros no es otro que nuestro añorado Johann Terrenz Schreck.

El envío contiene una carta manuscrita en alemán de Johannes Kepler en respuesta a otra enviada por su compatriota Johann Schreck. El padre Schall la traduce con rapidez al italiano para Longobardo y para mí. En ningún momento se hace mención al manuscrito que ambos intentaban descifrar, y el texto se ciñe exclusivamente a los procedimientos para los cálculos más precisos sobre eclipses, de los que ambos eran expertos. Acompaña a la carta un breve opúsculo titulado Commentatiuncula, editado y fechado en la ciudad de Ratisbona el año 1627, en el que la solución definitiva al problema aparece con todo lujo de detalles. Por último, ante nuestros admirados ojos, extraemos del paquete un grueso volumen preciosamente encuadernado. En su cubierta, el dibujo de un frontispicio homenajeando a los grandes astrónomos del pasado: Hiparco, Ptolomeo, Copérnico y, en un lugar prominente representado utilizando un gran cuadrante, el que fuera su maestro y mentor, el danés Tycho Brahe.

El título del volumen es Tabulae rudolphinae.

No cabemos en nuestras túnicas del gozo que nos invade.

De inmediato llevamos el libro a la biblioteca de la Oficina de Astronomía y comenzamos su lectura. LI Tianjing no alcanza a comprender nuestra alegría, excepto cuando el padre Schall le muestra un conjunto de tablas conteniendo la posición exacta de la altura de la luna respecto al horizonte en su culmen, día a día, o también un impresionante atlas estelar con la posición precisa de las mismas estrellas según el curso de la eclíptica.

Al día siguiente retomamos los trabajos para el concurso astronómico del eclipse que se avecina. Apenas nos queda un año para hacer valer nuestra autoridad y superioridad.

—De lo más básico a lo más complicado, estimada LI —el padre Schall se dirige a ella como mujer dentro de la Oficina, aunque se cuida muy mucho de hacer lo mismo en público—. ¿Tenéis experiencia en el cálculo de eclipses?

Li pareció molestarse con la pregunta. Tanto que lo que siguió fue una auténtica lección en la materia ante el sorprendido Adam Schall.

—Los eclipses ocurren cuando los tres astros principales, es decir la tierra, el sol y la luna, se encuentran alineados. Según la posición relativa de los mismos ocurren eclipses solares, en los que la luna intercepta la luz del sol sobre la Tierra, o eclipses lunares, en los que la propia Tierra oscurece la luna. Lógicamente los primeros solo pueden producirse con la luna nueva, al contrario de los lunares, que acaecen con la luna llena.

—¿Por qué no tenemos eclipses todos los meses? —pregunté yo creyendo conocer la respuesta, con la aquiescencia de Schall que había tomado para sí el papel de examinador.

—Si el sol y la luna se movieran en el mismo plano, cada período de luna nueva tendríamos un eclipse solar. Pero las trayectorias de estos astros girando en torno a la Tierra están inclinadas la una respecto a la otra. Algo más de unos cinco grados occidentales —añadió con esta concesión—. Así que en la mayoría de las ocasiones la luna nueva transita por encima o por debajo de la trayectoria del sol. Y si me permitís, os diré que en nuestra cultura a estos pasos ascendentes o descendentes de la luna en el camino solar los denominamos Cabeza de Dragón o rahu y Cola de Dragón o ketu.

—Lo sabía —contestó algo molesto pero impresionado el padre Schall—. Y que cuando por fin la luna nueva consigue interponerse entre el sol y nuestra Tierra pensáis que el propio dragón ha devorado al sol. Creo, incluso —comentó con sorna — que vuestros antepasados hasta no hace mucho tiempo tenían la ocurrencia de sacrificar vidas humanas en la estúpida creencia, tan lejana a las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo, de que así amansaban a la bestia.

—No seré yo quien objete respecto a estas atrocidades —dijo LI Tianjing—, pero hasta Beijing ha llegado el insoportable hedor a carne quemada de bruja en Macao.

Adam Schall tuvo que morderse la lengua, ciertamente divertido. Adoraba la ironía. Y, en efecto, las noticias de los excesos de los cada vez más numerosos y dominantes frailes inquisidores dominicos en la ciudad costera de Macao llegaban con rapidez hasta la capital.

—Volviendo al tema de los dragones, sagaz LI, ¿sabéis decirme que es un mes dracónico?

Yo no tenía ni idea.

—Los puntos de corte de las dos trayectorias no son fijos. La cola y la cabeza del dragón se mueven. La luna tarda un tiempo algo menor en volver a estos puntos que en recuperar su posición respecto a las estrellas fijas. En concreto —y consultó un antiguo escrito chino que tenía abierto sobre las rodillas—, el mes dracónico dura algo más de 27 días, mientras que el mes sinódico, el que marca cuando se repiten las fases lunares (luna llena y luna nueva) y es la base de nuestro calendario desde tiempos inmemoriales, algo más de 29 días.

—Correcto —asintió con satisfacción Schall—. Es suficiente, LI, y os rogaría que me dejarais continuar a mí ahora. Desde tiempos muy antiguos, tanto en Babilonia según los griegos como parece que aquí también en China, se han anotado las fechas de los eclipses, buscando una periodicidad en los mismos. Parece claro que, según lo que acabáis de decir, los eclipses se repetirán cuando se produzca una fecha que, al mismo tiempo, sea múltiplo de un mes sinódico y uno dracónico. Y esto ocurre exactamente cada 6585,3 días.

—Supongo —intervine yo por primera vez—, que en ese caso podemos hablar de un ciclo completo. Que, según estos cálculos, equivale a algo más de 18 años.

—Así es —corroboró el padre Schall—. Cada 223 lunas según los caldeos se producía un ciclo llamado de Saros. O 18 años, 11 días y unas 8 horas. Pasado este tiempo las posiciones relativas de los tres astros son prácticamente idénticas. El detalle más curioso es el horario. Para observar el mismo eclipse pasados esos dieciocho años —añadió Schall—, tendremos que desplazarnos ocho horas hacia el oeste, o lo que es lo mismo, 120° en la esfera terráquea.

—Entonces si queremos repetir tanto la naturaleza del eclipse solar como su posición tendremos que esperar el triple de ese tiempo para obtener los 360° — completó LI Tianjing—. Por tanto un registro completo de eclipses se produce pasados 54 años y 34 días.

—Perfecto —sonrió Adam Schall.

—Pero… —objeté—, hay muchos más eclipses. Aquí en China han ocurrido en

1610, 1629 y, previsiblemente, en 1642[2]

—No todos han sido iguales. Unos ocultan totalmente el sol y otros dejan ver un anillo. O una forma de luna. Hay otros muchos factores a tener en cuenta para saber, por ejemplo, cuestiones tan importantes como la duración del fenómeno, la situación, el mejor emplazamiento para su observación y otros tantos. Pero para eso —añadió Adam Schall— tenemos los libros de Johannes Kepler y muchos escritos de nuestro siempre recordado Terrentius.

—Pongámonos a ello entonces —zanjamos al unísono LI Tianjing y yo mismo, en una armonía que va más allá de las propias predicciones astronómicas.

Aunque nos afanamos en nuestros estudios, no podemos ser ajenos a lo que ocurre fuera de Beijing. Hasta nosotros llegan las noticias acerca del más famoso entre los rebeldes, LI Zicheng. Ha conseguido reunir bajo su mando a más de veinte mil hombres, y tomado las principales ciudades en las provincias de Henan, Shanxi y Shaanxi, donde es aclamado como un héroe. LI Zicheng divide las tierras conquistadas entre la población y suprime los impuestos del emperador. A finales de este año de 1641 un tristísimo episodio da muestra de la ineptitud y estulticia de los generales de Chongzhen. Durante la batalla de Kaifeng, ciudad ya tomada por LI Zicheng, los militares imperiales ordenaron la rotura de los diques de la enorme presa del río Amarillo, con el único fin de atrapar así al cabecilla rebelde. Lejos de conseguir su objetivo, la gran ciudad quedó sumergida bajo las aguas del caudaloso río en cuestión de minutos. Se cree que más de trescientas mil almas han perdido la vida ahogadas, entre ellas uno de nuestros hermanos jesuitas, el padre Rodrigo de Figueredo. LI Zicheng prosigue su marcha hacia la capital Beijing casi sin oposición, puesto que la mayor parte de los ejércitos imperiales intentan detener a las poderosas tropas manchúes en las provincias norteñas, cosechando fracaso tras fracaso.

El tan reclamado concurso astronómico sobre la predicción del eclipse de este año de Nuestro Señor de 1642 apenas ha trascendido incluso en la propia corte. La superioridad y exactitud en los cálculos de los jesuitas ha sido tal que ya nadie pone en duda nuestras capacidades. El emperador Chongzhen nos ha felicitado por ello y autoriza el nuevo calendario, basado en meses solares y con las correcciones aprobadas por Gregorio XIII, en contraposición al clásico calendario lunisolar habitualmente empleado en el Imperio chino. Pero a pesar de la aprobación, ha decidido que este no es precisamente el mejor momento para su implantación, por la enorme confusión que podría producir tanto en la corte como en los ilustrados, y especialmente entre los militares y la numerosa población. En otras palabras, Chongzhen se desentiende completamente para evitar cualquier complicación, aunque manifiesta en un edicto imperial su intención de adoptar el calendario reformado por los jesuitas cuando las condiciones sean propicias. Y, obviamente, un eclipse como el ocurrido hace unos días no presagia nada bueno.

Así las cosas, nuestra Oficina de astronomía abandonará sus trabajos habituales —Li Tianjing ha sido relevado de su puesto y su situación en la corte es, cuando menos, delicada—, teniendo en su lugar que asumir alguna otra tarea inesperada. La fama del padre Adam Schall, una vez conocidos los resultados de los cálculos llevados a cabo principalmente por él, es tal que ha sido requerido de inmediato en palacio, pero no en el Ministerio de Ritos, sino en el Ministerio de la Guerra.

Adam Schall tiene que fabricar cañones.

Y esta vez no valen excusas, por mucho que el bravo jesuita alemán alegue que sus conocimientos en el arte de la fabricación de armas no van más allá de la lectura de algún pequeño tratado. De inmediato se le han suministrado todos los materiales que ha estimado necesarios, y un buen número de trabajadores están ya a sus órdenes. En un plazo increíblemente breve ha terminado veintidós cañones, y las pruebas con los mismos —en presencia de un elegido grupo de ilustrados y eunucos palaciegos— han resultado un éxito. Conocida la noticia, la euforia del emperador Chongzhen es tal que ha ordenado fundir otros quinientos, pero estos con un peso inferior a las sesenta libras para que puedan ser transportados al hombro por los soldados. El padre Schall nos confiesa que se trata de una locura, pero no puede hacer nada por evitarlo. Contra su voluntad, continúa con sus trabajos de experto artillero y consejero en fortificaciones, abandonando casi por completo sus tareas tanto astronómicas como religiosas. Como contrapartida de este, para algunos, criticable comportamiento en un sacerdote jesuita, el resto de la comunidad —el viejo Longobardo, los recién llegados Mateo Martini y Gabriel de Magallanes, así como yo mismo— podemos sentirnos seguros en Beijing.

—Paolo, estoy esperando un hijo tuyo.

Acostada junto a mí, LI Tianjing me confiesa su embarazo sin ningún temor, quizás acostumbrada como está a las durezas de su propia vida y a las de sus compatriotas, en los que resulta difícil distinguir las alegrías de las tristezas. Yo no sé qué decir. Ella continúa hablando.

—Ya no tengo ninguna obligación en la dirección de la Oficina de Astronomía, puesto que Schall ha tomado el poder aquí y allá. Es el favorito del emperador, que apenas confía en otro consejero que no sea él.

—Lo sé —contesto secamente, sin haberme podido reponer de la noticia. En realidad, lo ocurrido no resulta extraño ni se trata de un accidente, sino de una acción propia de la naturaleza para mayor gloria de Dios. Sumido en este pensamiento afectuoso, me sorprenden sus siguientes palabras.

—Amor mío, sé que no es propio de un religioso jesuita la paternidad. Además, estos no son los mejores tiempos para traer al mundo a un niño en China.

—¿Qué quieres decir? —salgo de mi ensimismamiento, temiéndome lo peor.

—En China no está mal visto abortar. Muchas familias no pueden mantener a sus proles, y si el bebé resulta ser una niña las cosas son mucho más difíciles. Haré lo que tú me digas —termina.

—Solo Dios puede disponer de la vida humana. Sea.

Me sonríe. Sabía que esta y no otra sería mi respuesta.

Un precioso niño nace en el verano de 1643. Decidimos ponerle el nombre del primer hombre sobre la tierra, Adán. Adam Arrighetti.

La noticia del nacimiento del pequeño Adam parece haber enternecido al artillero padre Schall, que se ofrece para ser su padrino en el bautizo. Se ha sentido especialmente emocionado con el nombre escogido. Entre nosotros se ha asentado una mutua confianza, y no pasa día sin que, si nuestras respectivas obligaciones nos lo permiten, charlemos unos minutos en privado. Hay un asunto del que nunca hemos hablado abiertamente, y que con la llegada del pequeño me preocupa más que nunca.

—Adam —le abordé—, ¿por qué tantas muertes?

—La guerra es así. La máxima expresión de las miserias humanas.

—No, no me refiero a la descomposición del imperio —le interrumpo—. Me refiero a nuestras propias muertes. Kirwitzer, Terrentius, Trigault, Andrade y por último Giacomo Rho, nuestro íntimo amigo. ¿No teméis que os pueda suceder también a vos?

—Sucederá algún día, amigo mío. Pero eso está en manos del Señor. Tanto vos como yo parecemos estar protegidos por Él con una devoción especial.

El padre Schall se refería a nuestras discusiones con el terrible eunuco Wei Zhongxian. En cualquiera de aquellos encuentros con él pudimos perder la vida. Pero yo tenía más argumentos que exponer.

—Todas esas muertes no fueron naturales. El diablo estuvo detrás de ellas, no Dios.

—¿Qué insinuáis, Paolo?

—Que hay un vínculo común. Y no puede ser otro que ese extraño manuscrito que el padre Terrentius recibió de Kepler y trajo a China.

—Quizás exageréis. Si no recuerdo mal, el padre Pantaleón Kirwitzer murió en Macao, estando vos allí a la vuelta de vuestra expedición al Tíbet. Y unos eunucos enviados por Wei Zhongxian robaron todas vuestras posesiones. Vuestra misma vida pendió de un hilo.

—Los soldados llegaron más tarde, Adam. Yo ya había encontrado el cuerpo.

El padre Schall puso cara de circunstancias, pero siguió con su lista de razones.

—El padre Trigault se suicidó. Semedo lo encontró colgando en su celda. Nada tenía que ver con ese manuscrito. En cambio sus dudas respecto a la controversia de los ritos con Roma le atormentaban terriblemente.

Ahí no pude replicar, y Schall continuó desgranando la lista.

—Nuestro querido Johann Terrenz murió de una larga y terrible enfermedad. ¿Qué objeción podéis plantear a la voluntad de Dios en este caso?

Volví a guardar silencio.

—Antonio de Andrade murió en Goa. Yo no lo conocí personalmente, pero por lo que vos mismo me habéis contado, su muerte tuvo que ver con el miedo de un ladrón de reliquias a ser denunciado a la Santa Inquisición.

—Pero no os lo conté todo, ni a vos ni a Roma. De igual forma que guardé silencio respecto al suicidio de Trigault, por común acuerdo entre todos nosotros para poder sepultar su cuerpo en tierra bendecida, tampoco os transmití las sospechas de su querido hermano Manuel Marques acerca de las maniobras de un desconocido eunuco.

—Más eunucos, más de lo mismo. Si bien Wei Zhongxian ya estaba muerto, no me cabe duda de que otros de su casta podían querer revelar sus secretos —replicó Schall.

—¿Y Giacomo? —le pregunté, volviendo a la carga—. ¿Cómo explicar su muerte?

—Pescado podrido. No son malos los médicos aquí.

—No, no Adam. No acepto esa explicación —me quejé amargamente—. Tanta casualidad se sale fuera de lo normal. Gozaba de una salud excelente hasta que me reveló su último descubrimiento en el manuscrito.

Tuve que sincerarme con el padre Schall. No sé qué le produjo mayor sorpresa, si la relación de las veintinueve doncellas con los meses lunares chinos o su propia muerte. Por fin noté su preocupación.

—¿Teméis por vuestra vida, Paolo?

—No tanto por el aprecio a la misma, sino por la suerte que pudieran correr LI y el pequeño Adam si algo me ocurriera.

—El pequeño todavía tiene padre. Y un padrino que fabrica cañones con tanta facilidad como si fueran buñuelos —bromeó con esfuerzo el incorregible jesuita alemán—. ¿De quién sospecháis? O, mejor dicho, ¿de qué?

Hice un tremendo esfuerzo para poder seguir hablando.

—Hasta hace solo unos días, de vos.

Adam Schall me miró sin atisbo de rencor. Incluso se permitió sonreír.

—Soy un buen candidato, aunque si realmente hubiera tenido esas intenciones criminales seguramente habría sido más expeditivo. No me prodigo en venenos — continuó y rio—. Ya sabéis que lo mío es jugar con fuego y con pólvora. ¿Qué os hizo cambiar de idea respecto a mí?

—A decir verdad, no lo sé —dije—. Aquella confesión tan sincera, vuestra ternura en el bautizo de mi hijo. Dios no puede poner sangre en estas manos —añadí, tomándolas entre las mías.

—Por desgracia, ya están llenas. Mis cañones me salpican —se lamentó.

—Adam, ¿puede la Inquisición estar al corriente de nuestras traducciones?

—Aquí, en Beijing, tan lejos de Macao y de Goa... no. No es posible. Si existe algún culpable de una o varias de las muertes de nuestros hermanos, lo más probable es que se encuentre entre los muros de la Ciudad Prohibida.

—Entonces, ¿eunucos?

—¿Quiénes si no? Debemos abrir los ojos más que nunca, Paolo, tal y como acabas de hacer tú conmigo.

Terminamos la conversación estrechándonos los dos en un fuerte abrazo. Su enorme carácter, y su cada vez mayor peso en la corte de Chongzhen, hacían de él la mejor de las defensas.

No parece que los esfuerzos militares del padre Adam Schall vayan a poder cambiar el rumbo de los acontecimientos. Las traiciones en Beijing y en su Ciudad Prohibida están a la orden del día. En esta primavera de 1644, LI Zicheng ha llegado hasta aquí y acampa a sus rebeldes frente a la puerta oeste de las murallas. El emperador Chongzhen dispone de más de setenta mil hombres comandados por tres mil eunucos para defender la ciudad. LI Zicheng, sabedor de la potencia artillera de los cañones del padre Schall, aguarda. Su prudencia no tarda en ser recompensada. Uno de los principales comandantes entre los eunucos traiciona a su emperador y abre las puertas de las murallas. Chongzhen intenta huir a caballo por la puerta sur de la ciudad. Pero los cañones disparados por sus propios hombres le detienen. De vuelta en palacio, el fatídico 24 de abril ordena a la emperatriz suicidarse, para luego emborracharse y acabar cortando con su propia espada la vida de al menos dos princesas, escondiendo a sus hijos varones. Sin escapatoria posible, Chongzhen sube a una colina cercana a la Ciudad Prohibida llamada Mei shan donde, con su propia sangre, escribe una carta dirigida al rebelde Li Zicheng en la que suplica perdón y clemencia para su pueblo y su familia. Y más tarde se cuelga de una viga en la pequeña fortaleza que corona la colina. De esta trágica forma se pone fin a 276 años de reinado de la dinastía Ming en China.

Gobierna el caos en Beijing y, por ende, en todo el imperio. Las hordas de Li Zicheng roban y matan a su paso. El líder rebelde se proclama a sí mismo nuevo emperador en este mes de abril, y pretende fundar una nueva dinastía, la Shun. Pero los manchúes han llegado ya a Beijing, y en este caso no se trata de unos miles de campesinos rebeldes hambrientos y sedientos de sangre, sino de un ejército bien organizado. El 27 de mayo derrotan a LI Zicheng en la batalla del paso de Sanhai. Hasta doscientos mil hombres había conseguido juntar el nuevo y breve emperador, pero las fuerzas combinadas de los manchúes, en especial las comandadas por el general Wu Sangui y el noble Dorgon, trituran a los rebeldes. Se dice que LI Zicheng ha logrado huir, no sin antes ordenar a su retaguardia de tres mil hombres volver sobre la ciudad de Beijing y arrasarla. No ha tenido tiempo ni de coronarse emperador.

A nuestro alrededor solo hay ruinas y desolación.

Muchos chinos acuden a nuestra modesta residencia en busca de refugio, pues creen que los manchúes nos respetarán. Otros tantos lo hacen para saquearnos, pero la imponente figura del padre Adam Schall en la entrada, con su espesa barba y espectacular altura —y con una enorme espada japonesa entre las manos—, les persuade de cualquier intento. A los ojos de los chinos, Schall es indestructible.

Poco a poco la calma vuelve a las calles. Definitivamente, los manchúes toman la capital el 7 de junio. El 30 de octubre se proclama en una ceremonia celebrada en el Templo del Cielo de Beijing al nuevo emperador, Fu-lin, noveno hijo del ya fallecido rey manchú Hung Taiji y sobrino del noble Dorgon, uno de los artífices de la conquista. Dorgon gobernará como regente, puesto que Fu-lin solo tiene seis años de edad. El niño será emperador con el nombre de Shunzhi, comenzando así la época de la nueva dinastía Qing. La primera decisión del regente Dorgon será trasladar la capital del nuevo Imperio chino-manchú desde Mukden a Beijing.

Pero esa no es la única decisión de importancia que adopta Dorgon. Suprime un gran número de ilustrados y eunucos chinos y los sustituye por manchúes. Muchos maestros jinshi dejamos de serlo de la noche a la mañana. LI Tianjing adopta de forma definitiva atuendos propios de mujer, y ambos decidimos con Adam Schall que nos haremos pasar como sus sirvientes. A nadie le extrañará que convivamos junto con nuestro hijo en la residencia jesuita, y yo no puedo predicar. Sin embargo, la purga imperial ni tan siquiera ha rozado al padre Schall. Al contrario, el príncipe regente Dorgon le pide una y otra vez que acepte la dirección absoluta de la unificada Oficina de Astronomía, a lo que Schall se niega hasta que el padre Manuel Días, superior jesuita desde Macao, se lo ordena. La fama del padre Schall, antes y después del cambio de gobierno y de dinastía, ya no conoce fronteras. Se convierte así en el primer europeo en ostentar tan importante cargo.

Nicolás Longobardo parece no envejecer. Ha cumplido ya ochenta y cuatro años, pero cada día madruga para salir a predicar el Evangelio, sin importarle ni la climatología, ni los achaques, ni los cambios de gobierno. Los manchúes nos permiten continuar ejerciendo nuestro magisterio, puesto que no representamos peligro alguno para ellos, y más siendo Adam Schall uno de los nuestros. No sin pocos problemas, tanto Gabriel de Magallanes —que manifiesta una especial animadversión hacia el padre Schall—, como Martino Martini, comienzan a trabajar en nuestra misión.

—Os supongo al tanto del nuevo edicto de Dorgon, amigo Paolo —me interpela Martini, que se encarga desde su llegada de compilar las crónicas históricas de esta nueva China por orden del padre Athanasius Kircher. Quien no parece confiar mucho en mí, por otra parte.

—No, no estoy al tanto, padre Martini —contesto educadamente.

Una vez rebajado de mi grado chino jinshi, e incluso de mi tarea de cronista jesuita, me siento menospreciado. Tampoco me ayuda mucho el fingir ante los ilustrados manchúes mi posición de criado. Y a los recién llegados jesuitas mi paternidad les resulta escandalosa. Solo el enorme carácter y la sincera amistad del padre Adam Schall hacen que me sienta tranquilo.

—El príncipe Dorgon ha ordenado que toda la población china adopte el peinado manchú, con su ridícula coleta y la cabeza afeitada. Aquel que no lo haga será considerado desleal a la nueva dinastía. Y, como consecuencia, apaleado.

—Pero eso es... humillante —apostilla su acólito Gabriel de Magallanes—. ¿No pensáis hacer vos nada al respecto, padre Schall?

—Dejarme la coleta —contesta con sorna el aludido—. No tengo ganas de recibir una tunda por resistirme a cambiar de peinado.

—Los chinos lo consideran una deshonra —sigue comentando Martino Martini —. Los ilustrados que me han transmitido la noticia están más afligidos por ello que por la propia pérdida del imperio. Podría decirse que preferirían perder la cabeza completa antes que su propio pelo.

—Más les hubiera valido usar la cabeza cuando tuvieron oportunidad —resuelve Schall—. Los manchúes han demostrado mucha mayor pericia militar, habilidades en el uso de las armas, orden y liderazgo. Mucho mayor talento, lo que implica mucha mejor cabeza. Igual la coleta —añade sonriendo— les hace pensar mejor.

—Entonces —inquiere Magallanes—, ¿apoyáis esta invasión, padre Schall?

—Desde nuestro punto de vista, tanto da Ming que Qing, puesto que nuestra misión en China es llevar la palabra de Nuestro Señor Jesucristo por todos los rincones del imperio. La nueva dinastía nos ha concedido la libertad de predicar, así como la responsabilidad completa de los trabajos astronómicos en palacio. ¿Qué más queréis?

Adam Schall no recibe contestación por parte de Magallanes. Ni de Martini.

—Entonces —zanja Adam Schall el asunto—, que cada uno trabaje en sus tareas. Yo tengo mucho que hacer en la Oficina de Astronomía.

Y sale de nuestra residencia. Y como viene siendo costumbre, dando un sonoro portazo.

No tenía noticias directas del padre Kircher —salvo las traídas desde Roma por los padres Martini y Magallanes— desde su última carta hace más de cuatro años. En estos últimos meses de agitación en China, especialmente en la capital Beijing, hemos estado casi incomunicados con el mundo occidental, a excepción de esporádicos correos traídos en mano por nuestros amigos ilustrados —que aún son muchos— y los conversos. Todo este desorden parece estar terminando, y los burócratas manchúes nombrados por el príncipe regente Dorgon encargados de restablecer la normalidad —tanto en la Ciudad Prohibida como en toda la capital—, poco a poco empiezan a conseguir su objetivo.

No es de extrañar, por tanto, que el valiosísimo paquete enviado desde Praga por Johannes Kepler se hubiera perdido en el largo viaje hasta Beijing, a buen seguro interceptado en el camino por algún eunuco curioso o ambicioso, que ahora quizás haya corrido esquiva suerte. Es lo que tanto el padre Adam Schall como yo pensamos, y me reafirmo en esta idea nada más comenzar a leer la recién llegada carta desde Roma de Athanasius Kircher.

El director del Colegio Romano —y ahora parece que también principal promotor del que empieza a ser denominado como Museo Kircheriano—, me explica con falso entusiasmo su estudio del manuscrito enviado parcialmente por su otrora amigo George Baresch. Deduzco de esta frase que otras cartas antes que esta se han perdido, y que el anciano bibliotecario a cargo de los tesoros de la antigua corte praguense ya hace tiempo ha fallecido. Como ocurriera en anteriores epístolas, me afirma estar cerca de la traducción —me pregunto nuevamente qué ha sido de los textos de la estela nestoriana de Xian, aunque parece querer hablarme de ella al final de sus notas esta vez—, y quiere cotejar los mismos con los que tenemos nosotros en China, habida cuenta de que el astrónomo Kepler nos remitió en el pasado una traducción bastante aproximada.

Releo lo escrito por Kircher para cerciorarme, pues no salgo de mi asombro.

Tengo que deducir —pues, como digo, carezco de las anteriores cartas del padre Kircher—, que finalmente se reunió con George Baresch, o que tuvo tiempo de mantener con él la suficiente correspondencia como para conocer por este que el famoso astrónomo alemán había sido el encargado por el mismo emperador del Sacro Imperio Romano, Rodolfo II, de traducir el extraño texto alquímico. Si Jacobus Sinapius conocía las tareas asignadas primero a Tycho Brahe y luego, a su muerte, heredadas por Johannes Kepler, probablemente esta información había sido revelada a su sucesor, el citado Baresch. En mis conjeturas cabe que el propio Johannes Kepler, tras recibir el ejemplar completo desde Goa reenviado por el malogrado Kirwitzer, habría podido llevar a cabo su traducción, pero que esta no habría sido entregada con la devolución del manuscrito, sino enviada a su amigo en China Johann Terrenz Schreck.

Probablemente en el mismo paquete tantas veces abierto en el que hemos recibido las esperadas Tablas rudolfinas.

A estas horas, el invaluable trabajo de Kepler debe de permanecer escondido en algún lugar insospechado de la Ciudad Prohibida por el eunuco ladrón de turno. Y la historia se repite, puesto que no solo Matang robó uno de los ejemplares a nuestro viejo maestro Matteo Ricci, sino que su hijo, el también eunuco de infausto recuerdo Wei Zhongxian, robó y mató por obtenerlo y traducirlo. Decido comentar mis sospechas con el padre Adam Schall cuando este regrese de sus trabajos, pero antes me dispongo a terminar de leer la larga carta recibida. En efecto, Athanasius Kircher dedica un par de páginas de su abigarrada escritura a la cuestión lingüística de la enigmática tableta nestoriana desenterrada en Xian en el año 1624. Han pasado más de veinte años desde entonces.

El sabio alemán comienza reconociendo que nada ha podido colegir de los renglones escritos en el mismo lenguaje que el manuscrito de George Baresch. Sin embargo, extrae una serie de conclusiones hasta cierto punto interesantes de la estela. Para facilitar su manejo, Kircher efectúa una exhaustiva división de los caracteres de la lápida, incluyéndolos en una especia de cuadrícula para su mejor identificación. No muy diferente a lo que el propio padre Álvaro Semedo —ya de vuelta en Macao— y yo mismo habíamos realizado en el pasado. Y distingue una primera parte que se centra en la teología nestoriana, presenta la doctrina de Dios como creador, la encarnación de Cristo, la trinidad y la ascensión. En el segundo bloque de caracteres se narraría la llegada del misionero Alopen en el año 635 de Nuestra Era, y el crecimiento con él de la llamada «religión iluminada», que gozaría de los favores imperiales hasta el año 781 que conmemora la propia inscripción (aquí se incluyen nombres tanto de emperadores chinos como de obispos cristianos). Por último, la tercera parte, la más interesante, la forman un conjunto de oraciones en forma de verso. Como ejemplo, la misma que yo había tenido que traducir durante mis exámenes a maestro jinshi.

En todo esto no hay grandes avances respecto a Semedo, y mi primera impresión es que Athanasius Kircher se ha servido de todo el trabajo del padre portugués para publicar prontamente la traducción de la lápida en su tan esperado próximo libro acerca de China. Lápida que me llevaría junto con el padre Kirwitzer a explorar los templos del Tíbet y descubrir una segunda estela de piedra de la que Kircher no ha recibido información relevante alguna. Ni podrá recibirla nunca, porque toda esta se ha perdido y la piedra fue pulverizada. Empero, me fijo con atención en uno de los versos que Kircher dice haber podido traducir del antiguo dialecto chino, y que Semedo no pudo comprender:

¡Cuán difícil es nombrarlo!

 

Uno y Trino,

un día con sus horas,

loado sea en todas.

 

El padre Schall frunce el ceño al leer la carta del sabio Kircher. Levanta la vista al techo, dibuja unos números en el aire y posteriormente me espeta:

—Está claro, Paolo. Pero no nos ayuda mucho respecto a los manuscritos.

—¿Claro? Extraño concepto tenéis de la luz, amigo Adam.

—En cierto modo —continúa Schall ignorando mi queja— es una pista más en la misma dirección que marcaron los padres Álvaro Semedo y Nicolás Trigault. La obsesión de este último respecto al primer nombre de Dios era patente. No en vano fue censurado una y otra vez desde Roma por la traducción que hizo al lenguaje chino del nombre de Nuestro Señor. Sobre todo para evitar confusiones e inútiles problemas con la denominación del emperador.

—¿Y qué tiene que ver con estos versos?

—Tal vez el padre Trigault los interpretó como yo lo estoy haciendo ahora. Ello unido al desacuerdo de las fechas chinas con las fechas bíblicas, y a la búsqueda del lenguaje adánico, pudo muy bien desencadenar su locura.

—Adam, ¿tenéis la bondad de explicarme los versos? Sois buen maestro y yo no soy tan mal alumno. Recordad nuestra primera lección mnemotécnica en los jardines de la residencia de Goa.

Sonríe y accede.

La explicación era rabiosamente sencilla.

—Los versos se refieren lógicamente al nombre de Dios. Si debemos loarle cada hora, y suponiendo que los cristianos nestorianos siguieron manteniendo en China la división occidental diaria en veinticuatro horas, multiplíquese por el número trinitario y tenemos el cabalístico resultado de setenta y dos. La cifra primera y principal.

—Que es…

—Obviamente hace referencia a los setenta y dos nombres de Dios que los judíos le asignan a Yahveh en la tradición hebrea. Sin conocerse su pronunciación es, según los judíos, la frase que utiliza Dios para referirse a sí mismo. Sus cuatro consonantes Y, H, V, H suman juntas un valor numérico de, precisamente, setenta y dos, puesto que desaparecen las vocales en la Tora judía.

—Entonces supongo que las setenta y dos lenguas babélicas de las que habla el libro del Génesis…

—Como imaginas —me interrumpe el padre Schall— corresponden con cada una de las posibles pronunciaciones del nombre sagrado.

—A falta de la original —añado.

—En efecto. Pero estas cuestiones distraen la cabeza de problemas más importantes, mi querido Paolo. Por ejemplo —pregunta Schall—, ¿qué tenemos hoy para cenar?

—El hombre del saco —bromeo.

—Perfecto —y ríe sonoramente—. Me encantan los guisantes.