El Templo del Cielo

Enrique Joven · Capítulo 6 de 25

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El Templo del Cielo

Capítulo 5

 

La vida en China del padre Matteo Ricci fue fascinante. Casi siempre las historias que de él se cuentan se quedan cortas, o no hacen suficiente justicia a su proverbial capacidad de adaptación —la cualidad esencial a la que aludían los padres Longobardo y Terrentius— y a su excepcional inteligencia, unida a un inusual sentido de lo útil y lo práctico. No son pocos los que creen, dentro y fuera de la Sociedad, que difícilmente los europeos hubiéramos podido romper las murallas chinas —los prejuicios son mucho más firmes que las rocas— de no haber sido por él. Sin embargo los jesuitas nos vemos abocados nuevamente a una difícil etapa de rechazo por parte de los chinos. Tal vez por eso mismo el estudio de su vida y su obra, de su forma de proceder, de su manera de afrontar los problemas, son una guía de más valor si cabe para dar nuevos pasos en la dirección correcta hacia un nuevo intento de evangelización.

Durante estas primeras semanas voy acumulando toda la información que sobre él pueden proporcionarme los otros padres jesuitas aquí en Macao. Como punto de partida he vuelto a leer, cómo no, su famoso diario sobre China que ha recopilado, ordenado, traducido y puesto en las imprentas de media Europa nuestro procurador. El libro, elaborado por el padre Nicolás Trigault a partir de docenas de notas, cartas y escritos —la mayor parte de ellos en italiano— que Matteo Ricci dejó en Beijing a su muerte, es una descripción pormenorizada de la cultura, la historia, el arte, el lenguaje, las costumbres, las religiones, los pueblos y las ciudades, la arquitectura, la agricultura, la técnica, la filosofía, la política, la administración, el gobierno y cualquier cuestión que el padre Ricci observara y estudiara en China. Algunos lectores europeos lo han comparado con los Viajes de Marco Polo, pero la mayoría de los que disfrutan con su lectura están de acuerdo en que De Christiana expeditione apud Sinas es una auténtica obra magna del saber acerca de este casi desconocido imperio, y no un mero libro de viajes como el antes citado. Es una forma inmejorable de conocer cómo es realmente China antes de que podamos entrar en el continente. Por eso mis propios lectores verán cuán frecuentes en mis cartas son las citas a los escritos de Matteo Ricci. Todo resulta más fácil de comprender así. Los jesuitas que aquí estamos sabemos que la mejor forma de volver a rehacer el camino de entrada en China pasa por hollar en las mismas pisadas que él dejó marcadas en el sendero.

Matteo Ricci nació en la pequeña población de Macerata, muy cerca del mar Adriático, en el año 1552. Dicen que su familia era acomodada y gozaba de buena reputación, y que su padre pretendía que, como él, estudiara leyes. También cuentan que su vocación religiosa le hizo escaparse de casa para hacerse jesuita primero y misionero después, y que esa fue la causa de una pretendida desavenencia con su progenitor que duraría gran parte de su vida. No parece desprenderse esto de sus cartas, muchas de ellas dirigidas con gran cariño a su propio padre. Teniendo en cuenta la complicada comunicación epistolar entre Italia y Macao, y mucho más con el interior de la propia China, cualquier elucubración acerca de este asunto es pura anécdota. Sí es cierto que el joven Matteo estudió en el Colegio Romano de los jesuitas, especialmente teología pero también leyes, así que no tuvo por qué contravenir necesariamente la voluntad de su noble padre. También puso gran esfuerzo en el estudio de matemáticas y astronomía, sintiendo gran admiración por su maestro, el padre Christopher Clavius, con quien también intercambiaría frecuentes cartas. De su vida en Europa cabe mencionar que, tras ingresar como jesuita en 1571, pidió ser destinado a las misiones de Asia en 1577. Solo un año después viajaría desde Lisboa a Goa. Allí, tras cuatro años de estudios y habiendo sido ya ordenado sacerdote, partiría en 1582 hacia Macao.

Ese mismo año se enfrasca en el estudio de China, tanto de su lengua como de sus costumbres. La oportunidad se la brinda —como nos narraba el superior Nicolás Longobardo— el padre Michelle Ruggieri, que lo lleva consigo a la recién fundada misión en Zhaoqing en 1583. Durante cinco años ambos trabajan codo con codo, y a ellos se debe la elaboración del primer mapamundi que contenía no solo el Viejo y el Nuevo Mundo, sino también a China en su centro, todo dibujado según la más comprensible cartografía occidental para admiración de los eruditos orientales. El padre Ruggieri, como ha quedado escrito, fue enviado de vuelta a Roma, y el padre Matteo Ricci tuvo que afrontar una primera expulsión de Zhaoqing en 1589. Su ya incipiente fama y sus amistades entre algunos poderosos ilustrados chinos le permitieron establecer de nuevo la misión en la ciudad de Shaoguan, en el norte de la misma provincia de Guandong.

Ayudado por sus influyentes amigos chinos, Matteo Ricci viaja por el interior de China y llega a donde ningún otro lo había hecho antes: Nanjing, la antigua capital del sur del imperio. El visitador Alessandro Valignano, consciente de la gran valía de Matteo, le nombra superior de los jesuitas en China el año 1597 y le pide algo muy especial: alcanzar la corte de Beijing y entrevistarse con el emperador chino, Wanli. En el fondo subyace la idea de Francisco Javier: si somos capaces de convertir a los más importantes, los demás no tardarán en imitarles. O en el peor de los casos, obedecerles. Pero las intrigas de palacio son demasiado complicadas como para poder ni tan siquiera acercase a la Ciudad Prohibida. Todavía en esas fechas Matteo Ricci infravaloraba el poder real. Y no llegaba a comprender totalmente el carácter chino…

Un criado me avisa de que el padre Terrentius quiere verme con urgencia, así que dejo para mejor ocasión la narración de la prolija vida en China de nuestro maestro y precursor Matteo Ricci.

En la biblioteca alguien rugía.

—Johann, esto no es suficiente.

Era Adam Schall quien gritaba, al tiempo que agitaba un par de folios del manuscrito. Por primera vez vi a Terrentius fuera de sí.

—Adam, os guste o no, es lo que hay. Solo veinte páginas.

—Necesitamos el manuscrito completo —volvió a hablar Adam Schall—. Giacomo cree haber encontrado un patrón común en la estructura de los textos, pero es imposible desmenuzarlo con tan pocas páginas.

Terrentius se mesaba los cabellos. Parecía estar ocultando algo.

—Antes de hacer o decir nada, quiero que me especifiquéis hasta dónde habéis llegado en vuestras deducciones.

Se hizo la calma durante unos instantes. Fue el padre Giacomo Rho quien habló, mucho más sosegado que los dos alemanes.

—Por descontado, padre Schreck, que no descartamos el origen oriental del manuscrito. Hemos observado que muchas palabras tienen solo una sílaba; dos o tres a lo sumo. Esto no ocurre en los lenguajes occidentales. Podría pensarse en un lenguaje nuevo, exótico, basado en tonalidades pero, en este caso, escritas. Como el chino hablado, sin ir más lejos, si pensamos en él como si fuera una música. Por el aspecto de los caracteres —añadió— habríamos de comparar lo que vemos aquí no solo con las variedades de chino que existen en todo el imperio, también con el tibetano por sus dibujos y con el birmano por sus trazos. Los dialectos manchúes también son excelentes candidatos. Carecen de artículos y de conjunciones, así como de numeraciones.

—Sugerís una mera transcripción sonora —acotó Terrentius, más calmado y parcialmente convencido—. Es la hipótesis en la que vengo trabajando desde que recibí el sobre enviado por Kepler. Él mismo pensaba que era un extraño dialecto y no un texto cifrado —se excusó a sí mismo haciendo esta afirmación—. Si un sabio como él no ha podido dar con las claves, si es que las hay, es que no se trata de un conjunto de anagramas o algo parecido.

—Veo que tenéis en mucha estima a Johannes Kepler —intervino el padre Adam Schall—, por eso quizás os dejáis llevar por razones más subjetivas que objetivas. Como este no es mi caso —añadió con su habitual sorna—, ni comulgo con sus ideas copernicanas, bien puedo dudar de sus palabras.

—¿Adónde queréis ir a parar? —preguntó Terrentius tan intrigado como intrigante, pues saltaba a la vista que Schall guardaba para sí información valiosa.

—Veréis, mi querido Johann. Si dejamos de lado por un instante la hipótesis del origen oriental del manuscrito, y razones tenemos para ello, el horizonte se hace mucho mayor. Esto complica la traducción, en efecto, pero también nos permite indagar otras posibilidades.

—¿Qué razones habría para rechazar el origen oriental? —quiso saber Terrentius en primer lugar.

—Una evidente: en ninguna de las ilustraciones que contiene este manuscrito aparecen motivos chinos ni orientales. Los rasgos de las mujeres son occidentales, hay castillos y fortalezas y fosos y puentes, incluso baños, que recuerdan a los de nuestras tierras. También escudos que parecen nobiliarios con animales como el águila o el león, cuando aquí son mucho más frecuentes entre la nobleza los dragones, las serpientes y las grullas, por ejemplo. No hay nada, salvo los propios caracteres de los textos, que recuerde ni a China ni a Oriente.

—Es solo una pequeña parte del libro, recordad —objetó Terrentius.

—Por eso mismo, y por las razones esgrimidas por Giacomo, no hemos descartado de plano vuestra hipótesis. Vuestra y de Johannes Kepler —añadió en forma en exceso burlesca el padre Adam Schall. Terrentius se mordió la lengua. Quería saber más—. De ahí que hayamos comenzado los trabajos siguiendo dos hipótesis más. Por una parte, el padre Giacomo Rho, como experto calculista, está analizando los posibles métodos de cifrado conocidos para recomponer el texto.

—Aunque de momento sin grandes resultados —tomó la palabra Rho—. Estoy intentando aplicar en primer lugar los métodos del gran bresciano Giovanni Battista Bellaso, publicados en Italia en el año 1553. Básicamente consiste en ordenar un alfabeto, supongamos que latino, deslizando las letras tantas veces como nos indique una palabra clave, a menudo contenida en el propio texto. Añadir una clave es una modificación muy sencilla, y compleja de resolver, al conocido cifrado de Johannes Trithemius, que se explica en su excelente libro Polygraphia. Usando solo Polygraphia, las traducciones son costosas pero relativamente fáciles, puesto que si consideramos solo las veintiséis letras latinas y movemos una cada vez, solo tenemos veintiséis posibles cifrados.

—Supongo que ya lo habéis intentado —preguntó Terrentius.

—En efecto. En equivalencia con los caracteres latinos, asigné los veintiocho caracteres diferentes que aparecen en las páginas del manuscrito. Y fui realizando de forma sucesiva primero las sustituciones del cifrado y posteriormente las reasignaciones al latín. Sin resultados.

—Lo hizo sin pluma ni papeles, solo de cabeza —quiso remarcar un ahora entusiasmado Adam Schall.

—Eso es muy fácil —le quitó importancia Giacomo Rho—. Ni siquiera es necesario recurrir a la mnemotecnia para hacerlo: solo hay que cambiar letras por números. Pero por el contrario estoy completamente perdido para aplicar el método de Bellaso. Necesito las claves —añadió compungido.

—¿Y la otra hipótesis? —preguntó Terrentius dirigiéndose esta vez a Adam Schall.

—Trabajo en ella yo mismo. Y también, como el padre Rho, estoy apoyándome en los magníficos trabajos de Johannes Trithemius, querido compatriota de ambos. En este caso —levantó en alto un pesado libro— en su maravillosa Steganographia.

—¿Estáis loco, Adam? —gritó Terrentius—. Ese libro tardó solo tres años en ser incluido en el Index del Santo Oficio desde que se publicara en Fráncfort en 1606. ¡Es un libro de magia y brujería para conjurar espíritus!

—Estamos en China, amigo Johann, no lo olvidéis. Aquí en Macao bastante tienen los dominicos con aguantar el tipo, no están mucho mejor que nosotros. No van a montar una hoguera en las narices de los mandarines.

—¿Qué es la esteganografía? —pregunté ingenuamente. Giacomo Rho y Adam Schall se miraron de manera cómplice. Querían dejar que fuera Johann Schreck, mi estimado Terrentius, quien me lo explicara.

—He leído ese libro por simple curiosidad —reconoció—, y buena parte del mismo me resultó escandalosa. Sin embargo, hay algunas ideas sugerentes. En especial la primera y principal, querido Paolo. Es una técnica que sirve para enmascarar mensajes, pero no mediante el cifrado como han explicado los padres Rho y Schall, sino mediante el ocultamiento. En pocas palabras, se trata de esconder el mensaje a transmitir dentro de otro mensaje portador, que no tiene ningún sentido aparente.

Puse cara, como venía siendo habitual, de no entender nada.

—Te lo explico muy fácilmente.

Terrentius tomó una hoja de papel y le hizo cinco agujeros en sitios dispares. Luego la apoyó sobre otra en blanco y, con su pluma, escribió en cada hueco las letras de mi nombre, P-A-O-L-O. Al levantar el primer papel, mi nombre era legible, pero algo desordenado.

—Y ahora viene el mensaje portador —añadió.

Terrentius rellenó la segunda hoja de papel, la que contenía mi nombre, con letras al azar hasta que no cupieron más.

—¿Qué pone aquí? —me preguntó. Pero no esperó mi respuesta—. Imposible saberlo de no tener el primer papel con los agujeros marcando los lugares con las letras de tu nombre —dijo—. Tan fácil y tan complicado a la vez.

—Excelente explicación, Johann —dijo Adam Schall—. Por todo esto necesitamos el libro completo. Si estamos ante un mensaje cifrado, Giacomo tendrá que hacer uso de algunas claves, quizás el propio título del libro o el nombre del autor, que son de uso frecuente. Si por el contrario en el manuscrito se esconden mensajes de tipo esteganográfico, como yo creo, la mayor parte de estos garabatos no son más que basura. Y los de interés solo se revelarán siguiendo instrucciones que, tal vez, también puedan hallarse en el resto del volumen.

—Y supongo que también querríais añadir que, incluso en el caso de tratarse de un libro alquímico chino, o lo que fuere, será necesario encontrar rastros de cultura oriental en sus símbolos, dibujos y diagramas —añadió Terrentius, visiblemente superado en sus argumentos—. Bien, pues si eso os tranquiliza, sabed que ya había pensado en ello.

—¿Tenéis el resto del manuscrito y no lo habéis compartido con nosotros? — vociferó Adam Schall—. De ser así, no contaréis con mi ayuda ni un minuto más.

—Espero seguir contando con la ayuda de todos y cada uno. El cuerpo principal del manuscrito llegará en unas semanas, o en unos pocos meses en el peor de los casos, a Goa.

—Pero ¿por qué? —pregunté intrigado.

—Me hice las mismas preguntas que tan bien ha explicado el padre Adam Schall, Paolo. No aparecen símbolos de la cultura china, no hay estructura en el lenguaje, las plantas y diagramas son contradictorios y, en algunas ocasiones, imposibles. Cuando me di cuenta de ello en Roma, antes de partir hacia Lisboa, le pedí más explicaciones en una carta a Kepler. A pesar de su amistad, supuse que por prudencia no estaba compartiendo conmigo todo lo que sabía. Me contestó que no podía conseguirme el resto del libro, que el emperador Rodolfo II no había confiado en nadie y que no estuvo dispuesto en momento alguno a compartir con otros el presumible hallazgo de la piedra filosofal. Quería saber cómo traducirlo, pero no permitiría que nadie salvo él llevara a cabo la traducción final. En el momento de morir legó el libro, que guardaba bajo su propio lecho, a su amigo y médico personal, Jacobus Sinapius.

—¿Cómo podrá llegar hasta vos? —seguí preguntando ante el asombro de los padres Rho y Schall.

—Jacobus Sinapius de Praga resulta ser un buen amigo mío y un antiguo escolástico jesuita. Experto en medicina natural y botánica, a menudo hemos intercambiado pareceres y conocimientos. Me envió el libro discretamente a Lisboa, pero llegó allí una vez habíamos embarcado. He juzgado prudente que me lo envíen en la próxima expedición portuguesa que salga hacia Goa. Es solo un préstamo y respondo por él.

—¿Y luego podéis hacerlo llegar hasta aquí? —preguntó Rho.

—Sí, pero como os dije no en un plazo breve de tiempo. Dejé sobre aviso al padre Pantaleón Kirwitzer. Vendrá con él cuando termine sus trabajos de astronomía cometaria.

—¡Por Dios, Johann! Espero que tenga más cuidado con este ejemplar que el que tuvo con el panfleto copernicano —rio y gritó a la vez Adam Schall—. Entre tanto seguiremos trabajando con lo que tenemos hasta que llegue.

—Gracias, Adam. Gracias a todos —terminó Terrentius.

Y dimos por finalizada la reunión. Aunque yo presumo que, aunque mi admirado Terrentius se haya sincerado con nosotros, no lo ha hecho totalmente.

Página 70v del Manuscrito Voynich, mostrando el signo zodiacal de Capricornio.

 

Las semanas se van convirtiendo en meses a la espera de noticias en Macao. Pero las ilustres amistades cultivadas por el padre Matteo Ricci —del que sigo haciendo anotaciones, cada vez más sorprendido de su inteligencia y capacidad de persuasión — comienzan a dar sus frutos. El superior Nicolás Longobardo nos ha hablado con gran entusiasmo de los que fueran sus tres grandes amigos, a los que aquí han rebautizado con el nombre conjunto de los tres pilares del cristianismo en China. Son Pablo Xu Guangqi —convertido y bautizado en 1603—, León LI Zhizao —en 1610— y Miguel Yang Tingyun. De este último hemos recibido ya su invitación y protección, por lo que algunos se disponen a partir discretamente hacia Hangzhou, capital de la provincia costera de Zhejiang, territorio situado más al norte que Guandong. Podemos empezar a pensar con prudencia en retomar nuestro apostolado en el interior de China. Irán a Hangzhou, entre otros, el propio padre Nicolás Longobardo, el procurador Trigault y mi maestro Johann Terrentius Schreck. La presencia de este ha sido reclamada con gran insistencia por Yang Tingyun, sabedor de lo importante que es para nuestra misión comenzar a impresionar en la corte con la erudición de los jesuitas, puesto que el recuerdo de Matteo Ricci podría debilitarse e incluso apagarse por la sucesión de acontecimientos que se están desencadenando. De no poca importancia es la progresiva pérdida de influencia del viceministro Shen Que, el causante de nuestras desdichas, pero no puede compararse esta con la degradación y el vacío de poder que se llena de pútrida ambición dentro de la Ciudad Prohibida de Beijing, donde el actual emperador Ming, Wanli, languidece víctima a partes iguales de su edad y de su incapacidad ya conocida para gobernar. Yang Tingyun, nuestro benefactor, ha entusiasmado con su carta a Terrentius. En ella narra, con absoluta pasión no exenta de humildad, su conversión del budismo al cristianismo, y cómo desde su importante puesto de inspector —obtenido después de haber superado con una extraordinaria brillantez los exámenes imperiales con solo treinta y cinco años—, puede hacer frente a las ambiciones y el odio anticristiano del propio viceministro Shen Que, del que se dice que podría retirarse de la política precisamente a esta misma ciudad de Hangzhou. Nicolás Trigault me cuenta que él mismo asistió a la conversión de Miguel Yang Tingyun tiempo atrás, el año de su llegada a China — 1611—, después de quedar impresionado por el respeto de los cristianos hacia sus ancestros. Fue en el funeral católico del padre de su amigo, el ya converso León Li Zhizao, donde se dio cuenta de cuál era la religión verdadera. Convencido por este, fue capaz de rechazar a su concubina para recibir el bautismo —la situación era inaceptable para los jesuitas, aunque costumbre común entre los ilustrados y nobles chinos—, e incluso con su ejemplo ha sido luego capaz de convertir al cristianismo a más de cien allegados entre familiares y amigos, tanto es el respeto que le profesan.

La llegada de la noticia de la muerte del emperador Wanli en Beijing nos ha cogido a todos por sorpresa mientras realizábamos los preparativos para el viaje del primer grupo. Según la comunicación oficial del gobernador de Guandong, así como las muchas noticias que los mandarines locales están difundiendo —y también nuestras propias fuentes, especialmente las cercanas a Miguel Yang Tingyun—, el fallecimiento tuvo lugar hace una semana, en concreto el 18 de agosto de este año del Señor de 1620. El reinado de Wanli ha sido el más largo en la historia de la dinastía Ming, me apunta Terrentius, algo confundido por la noticia, cuya cabeza se encuentra ya más en la ciudad de Hangzhou que en la de Macao. Wanli ascendió al trono chino sucediendo a su padre Longqing a los nueve años, y ha permanecido en él durante cuarenta y ocho.

—Posiblemente los años más penosos, duros y tristes para el sufrido pueblo chino —me cuenta Terrentius—. Ya era emperador cuando el padre Matteo Ricci llegó a China. Ni siquiera tuvo el respeto y la cortesía, quizá las mayores virtudes de este noble pueblo, de recibir en audiencia a uno de los sabios más importantes durante su reinado. El padre Matteo Ricci permaneció largos años esperando en la capital a que llegara el momento. Con respeto y cortesía, como había aprendido de sus años de integración y convivencia.

—De acomodación, como bien decís habitualmente —completé a Johann Schreck. El padre Nicolás Longobardo entraba en la biblioteca en ese instante y se unió a nuestra charla.

—Puede que ahora cambien algo las cosas, pero lo dudo mucho. De todas formas, habrá que esperar nuevos acontecimientos —comentó—. El emperador estaba dominado por sus eunucos, su burocracia y, sobre todo, por sus vicios. Que no eran pocos.

—Irónicamente su reinado era conocido como «el de los diez mil años». O las diez mil calendas, según como hagamos la traducción. Imagina, Paolo —siguió Terrentius fijándose en mí.

—Calendas, claro —dije, y por una vez no tuve que avergonzarme—. El primer día de cada mes. Importantes en el calendario gregoriano, que quizá podamos promocionar en la corte. Estoy estudiando tanto como me es posible.

—Ahora no es el asunto que nos ocupa. Ni los años bisiestos ni los meses intercalares que tantos problemas les causan en sus predicciones —interrumpió el superior Longobardo cambiando el sentido de la conversación—. Tal vez deberíamos llamar a los demás y analizar la situación. Yo llevo muchos años aquí y algo conozco de lo que se cuece en la capital del imperio. Desconfío de los burócratas, pero muchísimo más de esa casta de alimañas que forman los eunucos. Si de algo tenía miedo el padre Matteo Ricci era de estos últimos. De su avaricia y maldad sin límites.

Me quedé sorprendido por el duro comentario de Nicolás Longobardo.

 

A la llamada del superior fueron apareciendo poco a poco en el refectorio —lugar que escogió para la reunión— los demás hermanos jesuitas en Macao. Después de contarnos a todos lo que ya, en menor o mayor medida, conocíamos, abrió el turno de palabra. Invitó primero a Nicolás Trigault a trazar una semblanza del emperador fallecido. El padre Trigault se levantó y después de carraspear varias veces —quizá para dar más importancia al acto— habló:

—Wanli comenzó su reinado con una prosperidad nunca vista hasta entonces en China. Con diecinueve años se deshizo de su estricto mentor Zhang Juzheng que, en la práctica, gobernaba y administraba el imperio, hay que decir que con austeridad y buen juicio. El entonces joven y dinámico Wanli, aun habiendo defenestrado a quien durante años había sido su maestro, demostró en sus inicios como gobernante que tenía destreza, diligencia y decencia en los temas de Estado. Despachaba a diario con sus ministros, y su pericia en los asuntos militares fue tal que defendió China con éxito de los ataques mongoles y ayudó sin reparos a Corea durante la invasión japonesa comandada por Toyotomi Hideyoshi. Corea, siendo como es un pueblo agradecido, siempre estará en deuda con Wanli. Y le guardará eterno reconocimiento por su apoyo frente al tirano japonés.

—Toyotomi Hideyoshi, el auténtico demonio —intervino por unos instantes Nicolás Longobardo—. Recordemos aquí a los veintiséis mártires cristianos de Japón, crucificados por orden suya el año 1597 en Nagasaki. Entre ellos a nuestro amado hermano Pablo Miki, el primer religioso jesuita oriental, cuyos restos descansan precisamente en Macao.

—Su brutalidad no tuvo límites, padre superior —acotó la voz erudita de Terrentius—. Para evitar problemas de sucesión al nacer su segundo hijo, y habiendo muerto el primero con solo tres años, ordenó a su sobrino y hasta entonces heredero legítimo que se suicidara. Y no solo a él. Todos sus familiares fueron obligados a seguir la orden, y quien no lo hizo o no pudo fue asesinado. Incluyendo más de treinta mujeres y niños.

Los murmullos de espanto invadieron el refectorio. La voz calmada de Longobardo pidió silencio.

—Por favor, padre Trigault. Continuad. Volvamos al emperador Wanli.

—Pero todo lo que hasta entonces había sido buen juicio y prosperidad para China se tornó en locura y pobreza. El emperador se fue corrompiendo por el excesivo poder y las riquezas, extorsionando a su pueblo, cegándose con la obsesiva idea de construir para sí la mayor tumba que jamás un emperador chino hubiera tenido. Los últimos veinte años han sido la ruina para China. En todo este tiempo no ha concedido audiencias en palacio, ni ha despachado con sus ministros, ni ha atendido a los asuntos de Estado. Y sus bajas pasiones eran desmedidas —Trigault añadió esto último casi en susurros.

El siempre vehemente padre Adam Schall no quiso dejar la narración inconclusa:

—Lo que nuestro buen procurador quiere decir es que el otrora prudente emperador Wanli se había convertido en un monstruo —dijo, sin sentir el más mínimo pudor—. Comía como un cerdo, bebía como una ballena, se atiborraba de opio y sus excesos con las mujeres son, por vergüenza, inconfesables. Hacía años que no era capaz de levantarse por sí mismo, tal era su gordura.

—Así es, lo habéis descrito de forma cruda pero exacta —volvió a tomar la palabra Nicolás Trigault—. En cuanto a la estabilidad del imperio, que es lo que finalmente nos interesa, es muy delicada. Los manchúes poco a poco se adentran por el norte de China, y los ejércitos chinos, mal preparados y peor dirigidos, cosechan derrota tras derrota.

—¿Qué está previsto para la sucesión, Terrentius? —preguntó el superior Longobardo.

—El elegido es Taichang, el hijo de su segunda y legítima mujer, la emperatriz Xiao Jing. Pero será emperador con muchos problemas.

—Explicaos algo más, por favor —rogó Longobardo.

—El emperador Wanli había elegido en un principio como sucesor al tercer hijo tenido con su concubina favorita, Lady Zheng. Y esta elección era firmemente apoyada por los intrigantes eunucos, que veían en él a un títere fácil de manejar. Pero las presiones de los ministros y los mandarines ilustrados, que todavía sienten y aman China, hicieron que Wanli desistiera de su primera intención y aceptara como heredero al legítimo Taichang. El problema es que este ha sido educado tardíamente para la difícil empresa que se le viene encima, y también es acusado de haber provocado el desinterés de su padre en la política china y, por tanto, de su desgobierno. Al ceder en este importante asunto, el débil Wanli consideró que ya podía desentenderse de cualquier otra cosa que no fuera su propio interés personal de enriquecimiento, vanidad, gula y lujuria.

—Además —terció Trigault—, sigue latente la guerra abierta entre la casta de los eunucos que controlan la Ciudad Prohibida y los ilustrados. Hace apenas tres años, un asesino enviado y adiestrado por dos eunucos al servicio de la concubina Lady Zheng intentó acabar con la vida del heredero, el entonces príncipe Taichang. Con los manchúes a las puertas del imperio, con el pueblo muriendo de hambre y con los gobernantes locales abusando de los impuestos y las tasas y esclavizando a los campesinos, el panorama se presenta desolador.

—Mala cosa, entonces —sentenció Longobardo—. Malos tiempos para todos. Por eso ahora más que nunca tenemos que volver allí.

De esta reunión dos cosas me han impresionado enormemente. La primera, sobre la que tengo que ponerme a trabajar de inmediato para comprenderla en su integridad, es el papel que juega en palacio la llamada casta de los eunucos. De los escritos del padre Ricci deduzco que tienen un gran poder, pero quizá sea este incluso mayor de lo que Ricci llegó a conocer e incluso imaginar. La segunda es la sensación de enorme inestabilidad del Imperio chino. Una fragilidad que parece transmitirse desde los débiles juncos que los nativos utilizan tanto para la navegación fluvial como para construir los más altos palacios. Fragilidad unida a fatalidad. Viéndoles encorvados arrastrar sus magros enseres junto con sus miserias no puedo sino sentir lástima por ellos. Condenados a vender a sus hijos, cuando no a matarlos, para poder subsistir, parecen enfrentarse a la vida con una resignación absoluta. Ahora más que nunca — como bien dijo nuestro superior Longobardo— tiene que llegar a ellos el mensaje de Nuestro Señor Jesucristo.