El Templo del Cielo
Capítulo 1
Como yo, la mayoría de los pasajeros de la nao Nuestra Señora de Jesús nunca antes han rodeado el cabo de Buena Esperanza, nombre con el que este lugar fue rebautizado cándidamente por el rey Juan II de Portugal. Los navegantes portugueses siempre tuvieron la fe y la esperanza de poder llegar a la India circunvalando África hacia el este —de ahí el nombre—, pero hubo que esperar al justamente afamado Vasco de Gama para conseguirlo. Aunque para mí, y supongo que igualmente para casi todos mis compañeros de travesía, el antiguo nombre de cabo de las Tormentas —el que le diera su descubridor en 1488, el también portugués Bartolomé Díaz—, se ajusta mucho mejor a la realidad.
Navegamos con destino a Goa, en la India. Partimos de Lisboa el 16 de abril de este año del Señor de 1618, de la playa de Restelo, donde a orillas del Tajo se alza imponente la nueva Torre de Belém. De este incierto viaje solo Dios sabe cuál será el final. Casi todos los pasajeros permanecemos amarrados a los mástiles o al maderamen del barco, a cualquier cosa que parezca firme si es que algo en esta carraca merece tal adjetivo, tal es la fuerza de los embates de las olas. El capitán del navío y comandante en jefe de la expedición, don Cristóbal de Noronha —que parecía un hombre equilibrado y sensato, avezado y curtido en estas lides—, hizo repartir sogas y cuerdas a tripulación y pasajeros y luego desapareció, supongo que a emborracharse en su camarote. No es él quien dirige ahora los movimientos de la nao Nuestra Señora de Jesús, sino el piloto, también como nosotros amarrado —en su caso al timón— y cuyo nombre me es desconocido. Parece ser natural esta práctica, la de delegar en los peores momentos de navegación el gobierno del barco al más experto entre los inexpertos, al héroe anónimo armado de brújula, cuadrante y astrolabio sobre cuyas espaldas pesará la responsabilidad de salvar de quedar hechas jirones en las rocas las más de quinientas almas agolpadas a bordo.
Quizá no sea una carraca el mejor navío para afrontar un temporal, pero sí el más adecuado para transportar gran cantidad de mercancías y personas en una travesía tan larga como la que intentamos llevar a cabo. Nuestro objetivo primero es alcanzar la India y, más tarde y siempre con la ayuda de Nuestro Señor, llegar hasta las costas de Macao en China. Ni castellanos ni aragoneses gustan de usar estos barcos, pero cosa distinta son los genoveses o portugueses. Los veintitrés jesuitas que nos hemos unido a esta expedición —formada por cinco carracas: Buen Jesús, San Carlos, Santa Ana, San Mauro y Nuestra Señora de Jesús, que es la mayor de ellas— navegamos juntos en el mismo barco, y nos hacemos cruces pensando en la suerte de los viajeros de las carracas menores. Siguiendo la decisión papal del año 1494 firmada en Tordesillas hemos embarcado en nave portuguesa. Según este acuerdo de los dos grandes imperios marítimos católicos, el español y el portugués, quien viaje hacia el oeste con dirección a América, el Pacífico o las Filipinas debe hacerlo en buque español, mientras que el viajero con dirección este —hacia la India, Macao o Japón—, lo hará bajo bandera lusa. La ruta más segura para llegar a Goa partiendo de Lisboa, y siempre que los vientos acompañen a los barcos, pasa por seguir la costa occidental africana hacia el sur y rodear el cabo de Buena Esperanza. Si finalmente lo conseguimos, los monzones deberían llevarnos a Goa antes de octubre.
En el puerto de Lisboa la reluciente nao Nuestra Señora de Jesús tenía un aspecto poderoso. Su casco redondo fabricado en teca india mostraba su gran calado y destacaba su imponente castillo de proa, con varios puentes superpuestos. Igual aspecto presentaba el alcázar de popa, con su temida dotación de cañones, imprescindibles por la cada vez más frecuente amenaza de los piratas ingleses y sobre todo holandeses. Barcos similares a este pueden mover dos mil toneladas y llevar hasta mil personas, pero el nuestro —aun con su admirable prestancia y sus veintiocho cañones— no es de los mayores. La capacidad de los buques, además, ha sido limitada con buen juicio por el rey Sebastián de Portugal a raíz de la tragedia del San Luis, barco en el que más de la mitad de las mil ciento cuarenta personas anotadas a bordo perecieron debido a fiebres y enfermedades provocadas por la suciedad y la asfixia. La falta de espacio es uno de los grandes problemas de las expediciones a Oriente, lo que unido a la inexperiencia de las tripulaciones y a la imprecisión en los métodos de navegación hace que las catástrofes marítimas sean frecuentes a poco que las condiciones climatológicas se tuerzan. Ahora la nao Nuestra Señora de Jesús no es más que una cáscara de nuez brincando en medio de un océano embravecido. La noche se cierra y la altura de las olas parece aumentar con la oscuridad, rompiendo contra el casco del barco con un ruido atronador. Que el Señor tenga piedad de todos nosotros y mañana sigamos a flote.
Al este, las primeras luces del sol naciente marcan nuestro destino. Veo dibujadas las sonrisas en las caras de mis compañeros cuando hago este comentario, algunos de ellos —como los padres alemanes Terrentius y Adam Schall— tan amigos de la astronomía como enemigos de la astrología. Lo peor de la travesía del cabo ya ha pasado, y tanto tripulantes como pasajeros comienzan a deshacer los nudos de sus amarres y a estirar sus maltrechos miembros. La normalidad vuelve a la nao Nuestra Señora de Jesús, y ya se hace difícil ponerse de nuevo en pie y dar unos pasos sin tropezar con personas o bultos. La sobrecarga roza lo insensato, tal es la avidez de los armadores portugueses. Si todo va bien y el barco alcanza su destino sin mayores percances —y en esto de los percances el mal de la piratería supera al de las tempestades y epidemias, incluso considerando que estos dos últimos contratiempos se produjeran en el mismo viaje—, los beneficios serán enormes. Sobre las cubiertas se amontonan baúles, cajas y fardos con los contenidos más dispares para su venta o intercambio en el Lejano Oriente. Nuestro bien protegido equipaje es quizás uno de los más singulares: se trata de docenas de cajas conteniendo centenares de libros, muchos de ellos religiosos pero la mayor parte de temática científica, que son ansiosamente esperados por nuestros hermanos en Goa y Macao. Estos volúmenes son fundamentales en la estrategia para la conversión al cristianismo de los habitantes de China. También instrumentos tales como sextantes, esferas armilares y relojes, muy admirados por los mandarines y los hombres de letras orientales. Y un telescopio de factura holandesa perfectamente empaquetado que trae consigo el padre Johann Terrentius Schreck, construido al modo y manera de los usados por su amigo, pisano como yo, Galileo Galilei. Junto a los equipajes y mercancías, los enseres y víveres necesarios para la travesía: barriles con galletas, cebollas, manzanas, guisantes o garbanzos; pescados y carnes salados. También se embarcaron en Lisboa algunos animales, principalmente gallinas ponedoras, pero son pocas las que han sobrevivido, y quizá ninguna consiga poner un huevo en Goa. Pareciera que por cada una de ellas que se asfixia o es sacrificada por un marinero sin escrúpulos, una docena de ratas ocupa su lugar en el barco. Su número y voracidad comienza a ser preocupante, así que el comandante ha organizado concursos periódicos de caza con premios en forma de ración extra de comida para aquellos marineros más hábiles en el lanzamiento de cuchillos o arpones. La sustitución de unos animales por otros no hace sino empeorar el hedor imperante en todo el barco, y los baños de las cubiertas con vinagre —para evitar las temidas enfermedades que, por el momento, nos han respetado— hacen que el aire, especialmente en la sentina, sea absolutamente irrespirable. Casi todos hemos optado por colgar nuestras hamacas en la cubierta exterior y dormir allí siempre que la pertinaz lluvia lo permite.
La codicia de los armadores no termina en el hacinamiento de personas y mercancías dentro de los barcos. Muchas veces —y nuestra expedición en este aspecto no es diferente a otras anteriores— la tripulación ha sido reclutada entre los propios viajeros que no disponen de dinero suficiente para pagar el pasaje y que buscan en las lejanas tierras de Asia la fortuna que se les niega en su Portugal natal. Con nosotros viajan un buen número de campesinos, zapateros, curtidores, lacayos y gente sin oficio ni saber alguno. Incluso ladrones, timadores y toda calaña de criminales que huyen de la justicia. Entre ellos pocos alcanzaban a distinguir antes de embarcar babor de estribor o proa de popa. Con frecuencia venden su exiguo espacio en el camarote a los mercaderes o a los viajeros más ricos para obtener algo más de dinero. Y el escaso sitio disponible mengua hasta el mínimo con la inclusión a última hora de prostitutas para la marinería y amantes de los oficiales, habitualmente miembros de la pequeña aristocracia portuguesa. Además nunca faltan unos cuantos polizones. Con respecto a ellos, diez en total en la nao Nuestra Señora de Jesús, describo aquí que nos tienen especial afecto, puesto que gracias a nuestra intervención —aunque principalmente a la divina— se libraron de ser arrojados al mar, que no era otra la intención del comandante cuando fueron descubiertos. Cristóbal de Noronha aceptó que permanecieran a bordo siempre y cuando los jesuitas repartiéramos nuestras raciones con ellos. Por supuesto, también hay un buen número de soldados y artilleros pagados por el rey portugués que compensa así los regalos y tasas exigidos al armador. En total, emprendimos viaje seiscientas treinta y seis almas en Lisboa. Hasta el momento, solo seis personas han perdido la vida en la travesía, tres de las cuales ya embarcaron enfermas. Un número casi increíble para los peligros que conllevan estas largas navegaciones.
Por todo nos consideramos muy afortunados. En un principio habíamos sido asignados a la pequeña carraca Buen Jesús, que formó parte de la expedición del padre Matteo Ricci en el año 1578. Este navegó junto a Michelle Ruggieri —él y sus compañeros fueron los primeros jesuitas autorizados a viajar al interior de China—, si bien afortunadamente Dios quiso que nuestros predecesores lo hicieran también en la nao principal de la expedición, la San Luis, más cómoda después de su reforma tras la tragedia referida y además muy bien armada, tanto que fue capaz de repeler el ataque de buques piratas franceses y holandeses a la altura de las Islas Canarias. Otros jesuitas que sí han viajado en la Buen Jesús hablan de condiciones terribles: camarotes toscos y rotos con el espacio justo para permanecer tendidos, por lo que el simple acto de dormir es imposible. Sus crónicas lo explican de forma terrible: los pasajeros eran víctimas fáciles de los piojos y las chinches, de dolores insoportables en encías y dientes, la cabeza entera parecía explotar; no se salvaba de la podredumbre general la tinta de los libros y el óxido en navajas y cuchillos, incluso el agua dulce se convertía en puro veneno.
Una vez rodeado el cabo de Buena Esperanza, y con excelentes vientos a favor, la parte más complicada del viaje hacia Goa y Macao parece superada.
Mi nombre es Paolo Arrighetti. Soy el menor de una familia de tres hermanos nacida en Pisa. Nicola, catorce años mayor que yo, estudió astronomía con Galileo Galilei en Florencia y su devoción por él es absoluta. También la de mi hermano mediano Andrea, que, como Nicola, estudió matemáticas con el sabio pisano. Incluso nuestro primo Filippo —cuyo futuro en el campo de las leyes se augura espléndido— ha sido alumno suyo. En cambio yo, nacido con el siglo en el año 1601, no he disfrutado de esa oportunidad. Al contrario, dada mi condición de hijo menor y ya menguada en exceso la escasa fortuna familiar, fui enviado por mi padre a Roma, a estudiar con los jesuitas. Mi estancia en el Colegio Romano fue asombrosamente breve, quiero pensar que debido a mi habilidad con las matemáticas y a mi innata intuición en las observaciones astronómicas. Nunca pensé que mi solicitud para viajar a Oriente —a India, China o Japón— sería considerada, teniendo en cuenta mi juventud y el gran número de voluntarios excelentemente preparados. Voy a cumplir dieciocho años.
Antes de partir de Roma hacia Lisboa, donde me embarcaría en la nao Nuestra Señora de Jesús, dispuse del tiempo necesario para reunirme con mi familia en Pisa. Fueron días de discusiones intensas al amor de la lumbre, disfrutando de los guisos de mi madre y las chanzas de mi padre, entusiasmado por el espectáculo que sus hijos le brindamos, enzarzados como estábamos en una lucha dialéctica en la que se pretendía dirimir qué organización celeste es la correcta: si el nuevo sistema heliocéntrico propuesto por el polaco Nicolás Copérnico y defendido a capa y espada por nuestro ilustre vecino Galileo —compañero de juegos infantiles de mi padre—, o bien el antiguo sistema de Ptolomeo y Aristóteles, con la Tierra en el centro del universo, dogma oficial de la Santa Iglesia Católica. Solo han transcurrido dos años desde que el Santo Oficio convocó a Galileo para exponer y definir su concepto de sistema copernicano como una hipótesis —y no como un hecho demostrado— en equivalencia con la de Ptolomeo, pero el duro carácter de Galileo se negó a ello. El resultado ha sido nefasto para él: la teoría copernicana ha quedado condenada y su censura ratificada por el papa Pablo V y la misma Inquisición. Nada que hacer a pesar de los intentos y la actitud conciliadora del cardenal Roberto Belarmino.
Belarmino no es santo de la devoción de Nicola y Andrea. Le achacaban debilidad de carácter por no haberse atrevido a luchar contra la presión de los dominicos y librar de la hoguera a Giordano Bruno. Me opuse con fuerza a las razones de mis hermanos. Roberto Belarmino es un hombre modesto, cardenal a pesar de sus deseos, y uno de los jesuitas de mente más preclara. Cualquier otra persona al frente de los procesos de la Inquisición relacionados con los sistemas celestes hubiera sido fatal para Galileo, que bien podría haber terminado ardiendo como el loco de Bruno. Defendí también delante de mi familia al ya fallecido Christopher Clavius, padre de la reforma del calendario gregoriano, maestro de matemáticas y astronomía en el Colegio Romano de muchos jesuitas como el padre Matteo Ricci. Me consta que el genio intelectual de Clavius admiraba a Galileo, al que quería ver explicando su teoría en nuestro Colegio; en el fondo, ya no podía seguir manteniendo el geocentrismo de Ptolomeo por más que enseñara lo contrario en sus clases. Johann Terrenz Schreck, un médico alemán que también estudiaba en el Colegio Romano y que sobresale por su erudición en casi cualquier campo del saber, es de la misma opinión que yo. Schreck, al que algunos llamamos con respeto a su edad y sapiencia como a él le gusta, Terrentius, viaja conmigo hacia China. Es buen amigo de Galileo. En la medida de lo posible, no me separo de él.
Los veintidós jesuitas que me acompañan han sido elegidos por el padre Nicolás Trigault, siempre bajo la aprobación final del padre general de la Compañía de Jesús, Mutio Vitelleschi. Trigault es, a pesar de su relativa juventud, un hombre sensato y experimentado. Y uno de los pocos que ha vuelto de China. La misión que el padre Nicolás Longobardo, superior jesuita en esas tierras, le ha encomendado es la de procurador. A Trigault le ha correspondido la difícil tarea de encontrar recursos humanos y materiales en Europa para volver a China y fortalecer y reimpulsar la misión jesuita de evangelización. Viajó a Oriente por primera vez en 1610 y se estableció en Nanjing al año siguiente. Pero Longobardo lo eligió para regresar casi de forma inmediata a Europa, donde ha pasado los últimos tres años viajando de norte a sur, estimulando vocaciones y buscando ayuda financiera y material. Trae consigo valiosos tapices donados por María de Médicis, ornamentos de iglesia, cuadros religiosos y relicarios regalados por Isabel de España, así como una cantidad ingente de libros que le han procurado personalmente en Roma nuestro general Mutio Vitelleschi y el mismísimo papa. El propio Trigault, durante su viaje de regreso a Europa, tradujo del italiano al latín las experiencias vividas en China por el padre
Matteo Ricci que, bajo el título de [1] De Christiana expeditione apud Sinas, se están publicando en toda Europa con una gran acogida. Trigault ha llegado a contar con más de cincuenta candidatos a voluntarios entre los jesuitas de la Compañía, especialmente entre las comunidades del norte de Europa, pero las suspicacias de los portugueses —responsables de la travesía— le han obligado a dejar a un buen número de aquellos atrás en beneficio de las vocaciones lusas. Finalmente, el grupo está formado por diez portugueses que seguirán viaje hasta Japón, bajo la tutela del desconfiado padre Gabriel de Matos; cinco de los Países Bajos, entre los que incluyo al propio Nicolás Trigault, nacido en Flandes; tres paisanos italianos, tres alemanes y un bohemio.
De entre todos ellos he trabado pronta amistad con el grupo de astrónomos, formado, por un lado, por el jesuita bohemio Wenceslas Pantaleón Kirwitzer que, para sorpresa del resto, se declara sin tapujos abiertamente copernicano, y Giacomo Rho, nacido en Milán y siete años mayor que yo, que pese a su aparente torpeza está dotado de una facilidad para el cálculo matemático que raya con lo increíble. Y por otro, los ya mencionados sabios alemanes Johann Terrentius Schreck —antes médico que astrónomo, pero igualmente capaz en ambas materias y en muchas otras— y el frecuentemente airado Johann Adam Schall von Bell. De mis escasas conversaciones con él me ha quedado clara su postura firmemente ptolemaica, aunque con derivas hacia el esquema celeste propuesto por el danés Tycho Brahe, que sigue manteniendo la Tierra en el centro del universo pero con el Sol girando alrededor de ella arrastrando al resto de planetas en su movimiento. Terrentius no se pronuncia abiertamente delante de Adam Schall —a pesar de hablar el mismo idioma, no parece haber nada en lo que estén de acuerdo—, pero me ha confiado discretamente su agrado por el modelo defendido hasta el extremo por su amigo Galileo. Mi juventud e inexperiencia hacen que no me pronuncie en mis preferencias astronómicas con ellos como lo hago delante de mis hermanos, pues temo perder su estima. Además, soy el único del grupo que no es sacerdote, sino un modesto escolástico. Tengo que añadir que, además de la ayuda que pueda prestar a mis compañeros en China con mis magros conocimientos en astronomía, me ha sido encomendada directamente por el padre superior Vitelleschi una tarea adicional no menos importante: transcribir y transmitir con absoluta discreción todo aquello de lo que sea testigo en este, presumo, largo viaje. Deberé hacerlo con regularidad y sin cortapisas ni medias tintas, de tal forma que los hermanos y padres de la Sociedad en Europa puedan conocer con celeridad —si es que realmente la presteza es algo que pueda lograrse en este tipo de campañas tan lejanas como inciertas—, las vicisitudes y los progresos evangelizadores de sus hermanos en Cristo destinados en Asia. Y, como es habitual en este tipo de correspondencia para garantizar la seguridad, el envío habrá de ser duplicado, utilizando los dos caminos posibles: el primero por México en los galeones españoles que zarpan de Manila, y el segundo por Goa en las carracas portuguesas que salen de Macao, en trayecto inverso al que ahora mismo seguimos.
Espero con toda mi alma que Nuestro Señor Jesucristo me dé las fuerzas suficientes para llevar a cabo con éxito esta ardua misión a lo largo de los años que dure mi estancia en la lejana China.