El Templo del Cielo

Enrique Joven · Capítulo 5 de 25

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El Templo del Cielo

Capítulo 4

 

Las malas noticias no solo estaban llegando a Goa desde China. Las provenientes de Japón eran aún peores. Un edicto de Tokugawa Hidetada —actual sogún, cargo que detenta el poder militar casi absoluto en nombre del emperador— había prohibido también el cristianismo en el imperio del Sol Naciente. Si en China la prohibición afectaba a las cinco residencias y otras tantas iglesias que los jesuitas teníamos en el interior del país, en Japón estas eran más de ciento veinte. Lo que ha seguido a estas prohibiciones es una avalancha de cristianos buscando refugio, que van a parar primero al enclave de Macao —a salvo de momento de expulsiones inmediatas—, y más tarde a Goa como lugar seguro. No era fácil la decisión de navegar contracorriente.

Sin embargo, Nicolás Trigault estaba decidido a ello.

Embarcamos en la misma carraca, debidamente reparada, que nos había traído hasta Goa, la Nuestra Señora de Jesús, un soleado día de primavera. Y después de varias semanas de tranquila navegación, sin temporales ni piratas que pudieran hacer fracasar la segunda y más corta etapa del viaje, arribamos a Macao el 22 de julio de 1619. Nuestra llegada ha sido considerada por los hermanos jesuitas residentes en Macao, así como por los refugiados, como un acontecimiento salvador. No solo no se va a abandonar China, sino que la propia misión —con la ayuda humana y material recién llegada— se reorganizará para adaptarse a las nuevas circunstancias. El padre procurador Nicolás Trigault llega con siete nuevos sacerdotes —y este humilde escolástico pegado a ellos—, dinero para las arruinadas residencias, valiosos presentes para los mandarines amigos de los jesuitas y otros cercanos al emperador Wanli, una gran cantidad de objetos para el culto donados principalmente por la aristocracia y casas reales europeas y, lo más importante, casi siete mil libros que serán usados para impresionar a los chinos más ilustrados. Los siete sacerdotes jesuitas son los portugueses João Frois, Simão da Cunha, Rodrigo de Figueiredo y Francisco Furtado —que, en otras condiciones más propicias, hubieran continuado camino a Japón—, y los ya conocidos astrónomos Adam Schall, Johann Terrenz Schreck y Giacomo Rho.

Macao es nuestra puerta para entrar en China.

Las costas de la provincia marítima sureña de Guandong fueron testigo de los primeros intentos de los extranjeros —no solo de los jesuitas, sino en general de cualquier otro europeo—, de residir en el interior de este gran imperio que es China. En la isla de Shangchuan, a solo catorce kilómetros de distancia de la costa, había muerto de necesidad esperando un salvoconducto mi admirado Francisco Javier. Tomó su relevo el padre Melchior Nunes Barreto, quien navegó en 1555 hasta la ciudad principal de Cantón acompañando a una embajada comercial portuguesa. Nuevamente fuimos rechazados por la intransigencia de los mandarines de Guandong, que hacían cumplir inflexiblemente las leyes Ming acerca de la prohibición para los extranjeros de residir en China. Ni siquiera lo logramos por las bravas, como intentó en solitario el español Juan Bautista Ribeira, que fue expulsado por los chinos y más tarde desautorizado en su acción por el general de la Sociedad. La solución para forzar la estancia en China habría de llegar como consecuencia de los intereses comerciales de los portugueses, a los que, aun expulsados de Cantón, se les permitió residir y usar Macao para sus negocios con los chinos. Tanto Macao — una reducida península con apenas una pequeña franja de tierra fronteriza de trescientos metros en la provincia de Guandong más un par de islas, Taipa y Coloane —, como la gran ciudad de Cantón más al norte, se levantan en las orillas del río de la Perla. En el año 1552 ya pudieron los portugueses realizar tratos comerciales en Macao, aunque solo desde sus barcos y nunca desde almacenes o negocios en la orilla. Pero en 1557, habiendo acordado el pago de una elevada renta en concepto de uso del enclave costero, los lusos se establecieron de forma permanente. Años más tarde el papa Gregorio XIII daría el impulso para fundar en 1576 la diócesis católica de Macao, e incluso los chinos permitieron la creación de un senado occidental para manejar todos los asuntos referidos a los intercambios comerciales, siempre bajo la moderada supervisión de las autoridades locales chinas. Aunque no se trata de una transferencia de la soberanía de la ciudad, en la práctica los portugueses ejercen un control casi absoluto en el lugar. Podríamos decir que aquí estamos a salvo del capricho del mandarín de turno. Es mucho dinero portugués el que entra en las magras arcas imperiales como para ser escrupuloso en exceso con unos pobres religiosos inofensivos.

La China que nos encontramos hoy los jesuitas —regida por la dinastía de emperadores Ming desde el año 1368, como me apunta Terrentius según voy resumiendo la historia de este maravilloso país— es un lugar en verdad complicado para una misión evangelizadora cristiana. Los misioneros aquí no solo tenemos que enfrentarnos a una gran y antiquísima cultura, sino además a una entidad política sólida, aislada y encerrada. El emperador vive recluido en su Ciudad Prohibida, y el propio imperio ha sido amurallado en toda su enorme extensión. China es más que un país o un imperio: es un mundo encerrado en sí mismo, que solo mantiene el mínimo contacto posible con otros reinos. Para los chinos fuera de sus fronteras no existe otra cosa salvo bárbaros. Y de ningún modo están dispuestos a contaminarse.

Terrentius me hace notar que, en la actualidad, la dinastía regente Ming no pasa por su momento más vigoroso. Demasiado anclada a su espléndido pasado, su cultura está quedando obsoleta, y el agotado calendario imperial es solo uno de sus graves problemas. Hay amenazas de invasión por parte de los manchúes en el norte del país, la corrupción de la corte —controlada por los eunucos, una casta tan extraña como perniciosa, como bien describió el padre Matteo Ricci en sus crónicas— es escandalosa, y el desánimo de la enorme población causa continuas revueltas, principalmente durante las épocas de hambruna, que acontecen cuando las cosechas no son abundantes. Terrentius no sabe precisarme el número pero parece que Ricci calculó que en China pueden vivir casi doscientos millones de almas. El Hijo del Cielo, que es como aquí denominan al emperador, no parece ser amado por su pueblo. Wanli hace años que ni despacha con sus funcionarios ni recibe ningún tipo de visita. En las audiencias públicas su silla imperial permanece siempre vacía.

Nicolás Longobardo —superior de la provincia jesuita en China— nos recibió con una gran alegría. Especialmente efusivo estuvo con su querido Nicolás Trigault, a quien había encargado la misión de procurador. Su vuelta, con aires renovadores y el barco cargado de sacerdotes, regalos, dinero, libros y por encima de todo ilusión, volvió a dibujar una sonrisa en la cara del veterano misionero. Hace más de veinte años, desde 1597, que este siciliano ejerce su apostolado en Asia. Y desde 1610, el año en el que murió el padre Matteo Ricci, dirige la misión.

—Me siento tan feliz y tan cansado a la vez —nos habló a todo el grupo— que no sé cuál de las dos sensaciones dominará a la otra.

—No digáis eso, padre Nicolás —le contestó su tocayo Trigault—. Tenéis mucha vida por delante.

—Ojalá tengáis razón, mi buen Trigault. Hubo momentos en los que pensé que no volvería a veros. Han sido unos meses muy difíciles en China.

—Siempre ha sido difícil vivir aquí —concedió Trigault—. Desde que el padre Alessandro Valignano llegara a Macao con aquellas ideas tan audaces. Era el año... ¿1578? —preguntó.

—En efecto, en septiembre de ese mismo año ese napolitano tozudo y brillante llegó a China como visitador de la Compañía, aunque ya antes había pasado por la India. Y de aquí partió hacia Japón, dejando todo bien pensado para arrancar la misión. Primero fundó esta casa jesuita en Macao y más tarde lo dispuso todo para que fuera posible entrar en el continente.

Todos nosotros conocíamos en mayor o menor medida la historia de la misión jesuita en China, especialmente Terrentius, meticuloso hasta el extremo en cualquier asunto. Pero el oír de primera mano cómo había empezado todo nos complacía en extremo, y nadie quiso dejar de escuchar al superior provincial. Además, a partir de ese instante ya todos estábamos sujetos a su autoridad; si bien juzgamos como más que llevadera esta obligación desde el momento en que conocimos a Nicolás Longobardo, dado su carácter abierto y afable.

—El padre Valignano sabía que la clave de todo estaba en el aprendizaje del chino. Suponía, con buen criterio, que si a los toscos portugueses que apenas se hacían entender con intérpretes se les había permitido llegar hasta aquí, qué no harían las autoridades chinas con hombres ilustrados, conocedores de las costumbres locales y hablando su misma lengua. Seguramente —añadió— no pondrían objeciones a su entrada en el imperio.

—Fue entonces él quien sugirió adaptarse al entorno —interrumpió brevemente Terrentius, aunque conocía de antemano la respuesta.

—Tanto aquí como en Japón la Sociedad de Jesús ha practicado lo que muchos han dado en llamar exactamente así: adaptación. También lo llamamos acomodación. Las órdenes mendicantes como los franciscanos y los dominicos siempre nos han repudiado por esto. Pero los resultados ahí están. —Sonrió el superior—. Volviendo al padre Valignano, este, dándose cuenta de los enormes obstáculos existentes para relacionarnos con los nativos, sugirió que algún padre jesuita con capacidad suficiente como para comprender y aprender el chino viajara desde la ciudad india de Goa hasta Macao.

—El padre Matteo Ricci —interrumpí yo torpemente, llevado por el entusiasmo de la narración.

—No, joven muchacho. El padre Michelle Ruggieri.

Enrojecí de vergüenza. Hice el firme propósito de no volver a abrir la boca hasta que no hubieran terminado los mayores.

—No te venza el apuro, Paolo —dijo Longobardo, dirigiéndose a mí—. La fama del padre Ricci fue tal que muchas veces nos olvidamos de que el primer jesuita en conseguir el permiso para entrar en la China continental fue Michelle Ruggieri. Dedicó tres años aquí en Macao a aprender a leer y hablar su lengua, no sin gran dificultad, y no le importó juntarse con niños y estudiantes chinos para repetir lo mismo que ellos hacían a diario. En el año 1580, y ya con la confianza suficiente en el equipaje, intentó lo que ya habían intentado sus predecesores: viajar a Cantón, al norte del río, en compañía de comerciantes portugueses. Pero a diferencia de los otros, el padre Ruggieri se dirigió a los sorprendidos mandatarios locales, los mandarines, en su propia lengua. Esta habilidad le valió para fijar su residencia en Cantón y servir de intermediario entre comerciantes portugueses y chinos, al tiempo que comenzó a trabar amistad con importantes mandarines, como el propio gobernador de la provincia de Guangdong. Se dice que el regalo de un reloj al gobernador, algo de enorme valor para el ilustrado mandarín, le abrió las puertas del imperio continental. En el año 1582 se le permitió residir en la capital de la provincia de Guandong, Zhaoqing. Y además se le dio la autorización para que otros dos jesuitas establecieran con él una misión ya en el interior del país.

—Uno de aquellos padres fue, obviamente, Matteo Ricci —ayudó Nicolás Trigault en la historia a un aparentemente fatigado Longobardo—. Ricci y Ruggieri permanecieron seis años allí, continuando sus estudios sobre la lengua china y pensando en la mejor manera de introducir el mensaje religioso cristiano a los chinos.

—Así es —afirmó Longobardo—. Juntos escribieron el primer catecismo en chino, así como el primer diccionario de traducción del chino al portugués. Hasta que en el año 1588 el padre Ruggieri fue enviado a Roma por su superior el padre Valignano. Ya no volvería a China.

—Quizás a nuestro joven escolástico Paolo le interese saber el porqué —intervino repentinamente Adam Schall, hasta entonces absorto y silencioso y ahora en apariencia displicente y malicioso.

—No sé a qué historia podéis hacer mención, padre Schall —contestó un sorprendido Longobardo.

—Si me permitís, os la referiré con el mismo detalle con que a mí me fue contada —contestó Adam Schall, evitando la furibunda mirada de Terrentius, seguramente conocedor como él de la auténtica historia. Un leve movimiento de cabeza de Longobardo fue tomado como signo afirmativo por parte de Schall, que prosiguió—: Entre los jesuitas que arribaron a China para fortalecer la misión se encontraba un imprudente español, el padre Alonso Sánchez. Su encargo era abrir el camino para la invasión española del imperio Ming.

—Exageráis —intervino Terrentius—. Nunca se pudo probar que el padre Alonso Sánchez siguiera órdenes del emperador Felipe II.

—Tal vez porque no tuvo éxito. O no tuvo suerte. Lo que sí que está probado — prosiguió un vehemente Schall— es que Ruggieri fue llamado a Roma para preparar con el papa una misión embajadora que pudiera ser recibida por el emperador chino Wanli, una vez abiertas confiadamente las puertas del continente y conocida la debilidad tanto del Imperio chino como del propio emperador.

—Pero el papa murió, y tres más después de él en rápida sucesión, así que esa disparatada idea que plantea el padre Schall no tiene visos de ser real —completó Terrentius—. Por lo que sé, también el padre Ruggieri enfermó y se retiró para dedicarse a la oración en la ciudad siciliana de Salerno, donde murió.

—Así es la historia jesuita en China —terció Nicolás Trigault, para luego continuar—: Bien, amigos, creo que ya es suficiente por hoy. Nuestro superior necesita descansar de tantas emociones, y nosotros tenemos que hacer lo propio. No es momento ahora de entrar en política, que tiempo tendremos de hablar de las cosas humanas y de las divinas. Quizás al bueno de Paolo le interesará más saber del inmenso legado del padre Matteo Ricci que de las inconfesas ambiciones expansionistas de los españoles.

—El padre Trigault me ha leído el pensamiento —dijo Longobardo levantándose —. Lo dejamos aquí por hoy. Nos esperan días intensos.

A pesar de la prohibición que recae sobre nosotros en la China continental, la persecución no tiene efecto en Macao. Podemos incluso pasear con absoluta tranquilidad por sus abarrotadas calles, con sus mezclados colores, aromas y sabores, sus variopintos mercadillos llenos de tenderos y artesanos y la increíble diversidad de sus habitantes. Se pueden contar unos quince o veinte chinos por cada occidental, principalmente portugueses pero también judíos, asimismo hay un gran número de esclavos negros traídos para trabajar aquí desde otras colonias portuguesas, hindúes o incluso árabes. De entre los chinos, los más privilegiados son los traductores, unos quinientos según ha calculado Terrentius, que no quiere dejar ningún cabo suelto en los planes de reentrada. La península está aislada del continente en sus trescientos metros por una muralla fuertemente vigilada por soldados, que solo los propios chinos pueden cruzar —dos veces por semana como máximo— y aun así les es necesario un salvoconducto firmado por el mandarín local. Hay tres iglesias principales —cada una perteneciente a una congregación religiosa distinta: jesuita, dominica y franciscana— y una iglesia menor —propiamente una capilla— de los recién llegados agustinos. Además hay un gran hospital con su fundación benéfica y, por supuesto, la recientemente levantada catedral de la diócesis dedicada a san Pablo.

El comercio es fundamental en este enclave, y del éxito o del fracaso de las transacciones de los portugueses dependen en gran medida las opciones evangelizadoras de las órdenes religiosas. Normalmente, y si exceptuamos los casos de naufragio o piratería —y parece ser que ahora se cierne de nuevo la amenaza holandesa sobre Macao—, los beneficios para los nobles de la corona portuguesa dueños de las flotas de naos y carracas son inmensos. El negocio es tan sencillo como próspero. En China se utiliza la plata como metal de intercambio, tan escasa como valiosa en el imperio. Sin embargo, en Japón es abundante y se extrae a granel. Por el contrario, en Japón hace falta seda en abundancia, y China la produce en grandes cantidades. Chinos y japoneses son enemigos irreconciliables, como así ellos mismos cantan: «Mientras el sol y la luna den luz, los chinos y los japoneses no podrán vivir bajo el mismo cielo ni beber la misma agua». Al no tener ningún tipo de relación comercial directa, necesitan que alguien haga de intermediario entre ambos imperios. Si bien algo de este ventajoso comercio portugués se ha desviado hacia Filipinas y está ya en manos españolas, el trasiego de mercancías aquí es tan enorme que la economía no corre peligro en Macao.

Además, y gracias al fundador de la misión jesuita en China, Alessandro Valignano, nosotros mismos hemos sido partícipes de este negocio, no sin graves críticas y acusaciones desde Roma, provenientes principalmente de los dominicos. El padre Valignano, que viajó de Macao a Japón, estableció una red de almacenaje de sedas y otros valiosos productos entre este enclave chino y el japonés de Nagasaki, ciudad que era considerada de alguna forma casi como propiedad de los jesuitas. De esta manera tenía control sobre excedentes y precios, equilibrando el mercado. En el Concilio de Trento nuestros detractores consiguieron prohibir estas prácticas, bajo amenaza de excomunión, por considerarlas inmorales. Esto, con ser más que discutible, no consiguió poner punto y final al comercio gestionado por los jesuitas. Nuestro anterior general, el padre Claudio Acquaviva, ha reavivado las inversiones con la aquiescencia papal, basándose en sólidas razones: los jesuitas no tocamos materialmente las mercancías, no pisamos tierra china —no hay comercio, entonces — y, la más importante, es necesario el dinero para la financiación de las misiones y la ayuda a los pobres que aquí son multitud.

Ahora, tras la reciente prohibición imperial a los jesuitas de entrar en el continente chino, todo queda en el aire. Lo que una vez fueron buenas razones para acogernos, ahora se han vuelto en nuestra contra. El padre Matteo Ricci dejó escrito que los chinos abrían los brazos a los jesuitas por tres motivos principales: su interés por nuestras matemáticas y nuestra astronomía —clave en nuestra reentrada, si es que conseguimos llevarla a cabo—, su entusiasmo por la mnemotecnia —que tanto me ha enseñado el padre Schall von Bell, y que tan útil les resulta especialmente en los dificilísimos exámenes para entrar en la selecta burocracia china—, y la creencia de que podíamos convertir otros metales vulgares en la valiosa plata. Esta última superstición, la alquímica, no es de extrañar que haya calado entre la población, puesto que los chinos nos han visto durante años almacenar y cargar grandes cantidades de plata en gruesas barras provenientes del comercio de la seda con Japón, ignorantes de dónde procedían. El padre Ricci también habla en sus cartas de que él mismo era considerado por los ilustrados como una especie de alquimista, pero que prefería que fuera así antes que desvelar que su propio dinero provenía de aquí, de Macao, lugar que detestaban los chinos continentales.

La constatación de que el bello Macao se ha convertido en la práctica en un enclave extranjero independiente está haciendo que los chinos ilustrados le sean hostiles. El carácter de estos —aunque el padre Valignano lo describiera en sus crónicas de Macao de forma muy positiva, alabando su gusto por el aprendizaje, su indumentaria pulcrísima, la timidez de sus mujeres o la prohibición de usar armas en lugares públicos en comparación con la extrema belicosidad japonesa— fue puesto en entredicho en algunos aspectos por el propio padre Ricci, que remarcó especialmente su naturaleza pusilánime. Esta y otras opiniones acerca de la debilidad de carácter china puede que hubieran animado en su momento al emperador español Felipe II a emprender —como bien había especulado el padre Adam Schall— la conquista del imperio Ming. Ahora, el declive de ambos imperios —especialmente en lo económico—, desaconseja cualquier aventura bélica de este tipo. Sin embargo, no todo fueron palabras críticas de Ricci en relación con la naturaleza de los chinos. Más bien al contrario, prodigó toda suerte de alabanzas hacia aquellos entre los que vivió y murió feliz. Si bien los consideraba pusilánimes, amén de lujuriosos —otra característica que el padre Ricci rechazaba con gran dureza—, admiraba las dimensiones y la diversidad de China, la gran variedad de sus cultivos —tanta que solo echó a faltar olivos y almendros—, sus huertos amorosamente cuidados, sus jardines primorosos, la excelencia de sus porcelanas, el hábil uso del carbón y el bronce, sus pinturas, tintas y caligrafía y todo lo relacionado con su escritura, que le fascinaba. Incluso su ética, basada en las enseñanzas del antiguo sabio Confucio, le resultaba apropiada y compatible con las enseñanzas del cristianismo.

Durante estos días continuamos con nuestros estudios. En mi caso, estoy casi por completo dedicado al aprendizaje del chino hablado y escrito, tan distinto del italiano y del latín. Los padres Terrentius y Schall, dada su formidable capacidad intelectual, se permiten dedicar también algunas horas al extraño envío de Johannes Kepler. Hoy me he encontrado al padre Terrentius absorto en la bien surtida biblioteca de nuestra residencia de San Pablo.

—Buenos días, Paolo. No te he oído entrar —dijo, levantando la cabeza y haciendo parpadear con rapidez sus enrojecidos ojos—. Siéntate conmigo si quieres.

—Todavía no ha amanecido, padre Terrentius —contesté tomando una silla y acercándola a la suya—. Si bien no tardará en hacerlo.

Me miró extrañado. No se había acostado en toda la noche y había perdido la noción del tiempo.

—Cada día estoy más intrigado con este manuscrito —se excusó, volviendo a inclinarse sobre los papeles. Tenía tres libros abiertos al mismo tiempo—. Mira esto. —Me señaló varios grabados de plantas—. Recordarás que estoy trabajando en una traducción del tratado Botánica y fauna de la Nueva España, que escribiera el erudito español Francisco Hernández, médico personal de Felipe II.

—Ajá —contesté—. Recuerdo que habíais encontrado similitudes entre las plantas de aquel y las que aparecen en el libro enviado por Kepler.

—En efecto. Hay tres muy parecidas. Y de las tres dice Hernández lo mismo. — Me miró como si yo supiera el qué—. Son excelentes medicinas tomadas en las dosis correctas, pero…

—¿Pero? —inquirí.

—Pero altamente tóxicas si se ingieren en exceso. Puro veneno. Mira ahora esta lámina del manuscrito —me señaló el extraño libro.

—Parecen raíces de mandrágora —dije, pues conocía la extraña planta tan frecuentemente usada en rituales de brujería.

—Posiblemente lo sean. Como médico y botánico puedo decirte que la mandrágora, tomada en pequeñas dosis, es excelente para las úlceras y las purgas, pero principalmente se utiliza para anestesiar el dolor intenso, paliar las convulsiones e inducir al sueño profundo. Es muy útil cuando hay que realizar amputaciones, por ejemplo. Sin embargo —añadió el experto cirujano—, si se administra una cantidad mayor de la necesaria lleva al enfermo al delirio, la locura y a una muerte horrorosa. Ahora fíjate en estos grabados chinos.

Terrentius me mostraba unas páginas de papel de seda llenas de dibujos, rodeados estos por todas partes de caracteres chinos de los que yo tanto luchaba por comprender. Para Johann Schreck, el padre Terrentius, no parecían tener ya secretos.

—Este es el libro más completo de medicina china. Se llama Bencao Gangmu, y ha sido escrito por el sabio chino LI Shizhen. Contiene todas las plantas que supuestamente tienen propiedades beneficiosas en la medicina china. Hay casi dos mil hierbas, raíces y frutos descritos aquí. Este sabio ha recopilado en treinta años el contenido de más de ochocientos libros, así como su propia experiencia. El primer ejemplar vio la luz en los años en los que el padre Ricci vivió en China.

La cantidad de información que contenía era enorme. No me extrañaba que Terrentius hubiera pasado la noche en vela, entusiasmado con aquellos volúmenes inabarcables.

—De momento, he encontrado otras dos nuevas similitudes. Y apenas he comenzado a leer. Aquí y aquí —me dijo, y señaló dos dibujos. El segundo me resultaba familiar y se lo hice notar.

—Parece… ¿anís?

—Lo parece en su forma, sí. Y también en su sabor. Nuestro sencillo anís es muy corriente en las tierras mediterráneas, como la tuya, y también lo es en Asia. Pero esto que te estoy señalando no es una planta, sino un fruto con forma de estrella. Verás que LI Shizhen hace dos comentarios.

Yo veía dos columnas de caracteres chinos, pero no entendía el significado de ninguna. Con la consiguiente vergüenza, lo reconocí.

—Yo te lo aclaro, Paolo. LI Shizhen distingue entre dos plantas parejas. A la primera, a la que llama variedad china, le concede un gran valor medicinal, y explica que es idónea para hacer bajar las fiebres más altas. Pero a la segunda, a la que denomina variedad japonesa, le atribuye un poder insano, capaz de causar graves problemas tanto en los riñones y en la vejiga como en los principales órganos digestivos, pudiendo provocar la muerte en pocas horas, después de grandes dolores y padecimientos.

—Son muy parecidas. Casi idénticas —dije.

—¿Y qué te parece esta? —Terrentius me mostraba ahora una página del manuscrito.

—No podría distinguirla de las anteriores —reconocí con gran asombro.

—Pues bien, joven Paolo. Sea lo que sea este antiguo legajo, y esté escrito en el lenguaje que sea, me empieza a quedar claro que la parte que dedica a la botánica es muy, pero que muy peligrosa —dijo Terrentius cerrándolo con mucho cuidado, como si temiera que los dibujos de las plantas pudieran por sí mismos exudar su veneno—. Tenemos que comentárselo a los demás cuanto antes.

Página denominada 16v del Manuscrito Voynich, mostrando una planta desconocida.

 

Adam Schall no daba crédito a lo que Terrentius le mostraba.

—¿Me estáis diciendo, Johann, que este antiguo grimorio está lleno de venenos? ¿Que en él aparecen plantas del Viejo Mundo, del Nuevo Mundo y de este continente tan aislado como cerrado durante siglos a los ojos occidentales? —bramó lleno de excitación.

—Así parece, Adam —contestó Terrentius.

—¿Qué podremos esperar entonces, por ejemplo, de las páginas que dedica a la astronomía?

—No lo sé, pero tenemos mucho trabajo por delante con los diagramas astronómicos, y también con el resto de diagramas. Si estos dibujos siguen el mismo criterio común que la parte dedicada a las plantas, podrían mezclarse conceptos occidentales y orientales, amén de otros más antiguos de quién sabe dónde. Es muy importante que, más pronto que tarde, nos familiaricemos con la antigua astronomía china. Y también con la moderna, por supuesto.

—Astronomía china antigua y moderna, para ellos es casi la misma cosa — ironizó Adam Schall—. Esta gente no ha mirado al cielo desde que inventaron los palillos para comer el arroz.

—Sabéis que no es del todo así, Adam —le recriminó Terrentius—. Además, si tienen problemas con sus cálculos, es mejor para nosotros. Ese calendario obsoleto es nuestra gran oportunidad para volver a ganarnos su confianza.

—¿Tan importante es el contenido de ese viejo manuscrito? —terció el superior Longobardo, atento a la conversación.

—Sincera y humildemente, no lo sé —contestó Terrentius—. Quizá me esté comenzando a obsesionar con él.

—Es un desafío intelectual para nosotros, padre Longobardo —ayudó a Terrentius con voz conciliadora un melifluo Adam Schall—. Resolver un jeroglífico como este nos daría la confianza necesaria como para enfrentarnos con cualquier problema intelectual que se nos planteara en China.

—Entonces no deja de ser un pasatiempo como otro cualquiera —dijo de forma algo despectiva Nicolás Longobardo—. ¿No estaréis pecando de vanidad?

—No, no. Por favor, no lo entendáis así —Terrentius volvió a tomar la palabra, temeroso de que el padre superior pudiera prohibir trabajar sobre el manuscrito—. Es también parte de un intercambio de favores. Mi buen amigo Johannes Kepler, del que seguramente habéis oído hablar, pues se ha convertido en el mejor astrónomo europeo, necesita la traducción. Si somos capaces de proporcionársela, nos podrá ser de mucha ayuda. Está terminando de compilar unas nuevas tablas de efemérides astronómicas a partir de los datos del danés Tycho Brahe, las más precisas que puedan encontrarse. Cualquier conjunción planetaria, cualquier ocultación y, por supuesto, cualquier eclipse podrán predecirse en cuestión de minutos con un margen de error mínimo. Imaginaos lo que sería capaz de concedernos un emperador chino, entronizado como el verdadero Hijo del Cielo, si pudiese hacerse valer ante sus súbditos con un conocimiento semejante. Un emperador infalible gracias a nosotros.

—Tal vez exageráis respecto a esto último, padre Schreck —replicó Longobardo —. Y vuelvo a notar vanidad en vuestras palabras. No obstante, si así es vuestro deseo, podéis continuar indagando en su contenido. Respecto a la pregunta que me hicisteis el otro día —el superior se refería al posible lenguaje de los textos del manuscrito—, prometo buscar algunos ejemplares de libros antiguos escritos en variedades ininteligibles para mí de chino y manchú, y así podréis comparar ideogramas y caracteres. En un primer vistazo, no he reconocido nada familiar en los que me habéis mostrado, pero ya sabéis de la gran cantidad de dialectos en las escrituras asiáticas y de su complejidad. Tal vez si aún viviera el padre Ricci —se lamentó— os sería de mucha más utilidad que yo.

—Todo lo que podáis facilitarme me será de una gran ayuda. Estoy seguro — agradeció Terrentius, enormemente aliviado.

—Entonces no os interrumpo más —se levantó Longobardo—. Voy a seguir con mis asuntos. Estoy esperando noticias de nuestros amigos chinos conversos, los ilustrados amigos del padre Ricci, y de sus consejos para recomenzar la evangelización. Y seguro que todo pasa por corregir ese dichoso calendario.