El tesoro de Morgan
13 de Agosto
hoguera varios asadores, cavaron alrededor una fosa circular en cuyo borde se sentaron, con los pies descansando en el fondo de la zanja.
Pero entonces el horror nos sobrecogió, el horror y la repugnancia, pues descubrimos que los cuatro sacrificados iban a ser los manjares de aquel odioso festín.
Poco antes del crepúsculo, y no sin antes haber arrojado al mar las sobras de su comida, los caribes regresaron a bordo de sus naves. Esa partida tan temprana nos hizo suponer que su territorio no debía de estar muy alejado, una constatación poco tranquilizadora, y nos quedamos bastante preocupados. Ahora ya no podremos vivir en paz.
13 DE AGOSTO
No hay nada más increíble que las ironías del destino. Ayer pudimos comprobarlo una vez más; hicimos un descubrimiento sensacional.
Decididos a no reconstruir nuestras cabañas por miedo a los indios, anteayer por la noche decidimos instalarnos en la caverna que Brice descubrió por azar, pues ha resultado ser un excelente refugio. La poca altura del techo de la gruta no nos permite estar de pie, pero podemos remediar ese inconveniente cavando en el suelo, pues está constituido por una espesa capa de arena traída de afuera por el viento o caída poco a poco de las paredes hasta llenar la cueva y su entrada. Primero sondeamos esa capa blanda. De una profundidad de aproximadamente siete pies, parecía tener en su base unas ocho toesas de largo por seis de ancho, lo suficiente para improvisar una estancia no muy grande, pero cómoda.
Ayer por la mañana, mientras Will Whale y algunos otros iban a trabajar en la balandra, cinco nos quedamos excavando con nuestras layas de madera, y luego echamos afuera los escombros. Arrodillado como los demás, y usando las manos a modo de pala, estaba lanzando hacia afuera la arena cuando me pareció ver rodar algo verde que brillaba. Era una fabulosa esmeralda, perfectamente pulida y tallada.
Llegamos a la conclusión de que debía provenir de la sortija de alguno de nuestros predecesores. En una isla que servía de cayo a los Hermanos de la Costa, era lógico que no fuéramos los primeros en visitar esa gruta. Pero al poco rato, cuando volvimos al trabajo, encontré un gran diamante, y luego, rodeado por la curiosidad de los
demás, otra esmeralda, y más tarde, un rubí. Ya no podía tratarse de una sortija extraviada y hallada por casualidad. Todos nos dedicamos a buscar minuciosamente el origen de aquella eclosión de piedras preciosas. Brice dirigió las operaciones.
Partiendo del punto donde yo había hecho los primeros hallazgos, excavando aquí y allá, después de algún tiempo de búsqueda, cosechamos una docena de gemas muy bellas, y delimitamos una superficie dentro de la cual se hallaban las piedras finas; fuera de esos límites, no había nada. Presentando más o menos la figura de dos óvalos cuyos arcos de circunferencia se cortaban entre sí, el área medía cuatro toesas de largo por dos de ancho. Brice marcó los contornos en el suelo.
-Ahora -dijo-, disgreguemos suavemente la arena, la cogeremos por puñados e iremos amontonándola afuera. Ya veremos qué aparece.
Lo que apareció, lo confieso, era para dejar estupefactos a unos pobres diablos como nosotros. Al principio seguimos encontrando una gema por aquí, otra gema por allá; pero a medida que nos acercábamos al centro de la figura, los descubrimientos se hacían más abundantes.
Muy pronto, en cada puñado era la arena lo que empezaba a escasear; los diamantes, los rubíes, los topacios, las perlas, las esmeraldas y los zafiros rutilaban en nuestras manos. Casi todos estaban tallados, mejor dicho, están tallados, en tamaños medianos, algunos muy grandes.
A fuerza de rebajar el nivel del terreno, encontramos la llave del misterio al descubrir los restos de dos cubas parecidas a las que se usan en los navíos para conservar el agua. Bajo el peso de la arena y carcomidas por la humedad, las duelas se habían separado. Una delgada envoltura de plomo que protegía el contenido también se había agrietado dejando que se derramaran las gemas que llenaban ambas cubas. ¡Unas cubas de cincuenta celemines cada una! Y eso no era todo, muy cerca había otra intacta.
En dos palabras, cuando terminamos el desplazamiento de la masa de arena, estábamos en posesión de ciento cincuenta celemines de piedras preciosas,* más treinta y seis lingotes de plomo alineados en forma de banqueta a lo largo del fondo de la caverna y que menospreciamos hasta que, hiriendo profundamente uno de ellos con su cuchillo, Brice descubrió que debajo de aquella capa de plomo eran