El tesoro de Morgan

Robert Margerit · Capítulo 31 de 33

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El tesoro de Morgan

Capítulo IX: La Fuga de Brice

El capitán me dejó a bordo, bien custodiado, toda la mañana. Desde la cubierta yo veía a los hombres que estaban en la isla dedicarse, bajo la dirección de Darby Mac Graw, a un trabajo de demolición sistemático.

Las estacas de nuestros corrales fueron extirpadas, los cerdos echados a patadas, los frijoles colorados y las patatas arrancados y arrojados al mar. Las vallados, los rústicos aperos fabricados por Will Whale, que de tanta utilidad le fueron al industrioso Michel Pantaragat, las canastas, las esteras, las redes, las provisiones, las semillas, todo lo que podía quedar de nuestro trabajo del año anterior, sirvió para alimentar un fuego en el que también se consumió el naranjal. Los piratas recogieron las armas de los muertos. Registraron los cadáveres. Luego los vi llevar dos barriles hasta la entrada de la gruta. Por último, se reagruparon en la playa. Mac Graw, que se había quedado solo un instante, corrió a reunirse con sus hombres.

Cuando llegaba a la orilla una poderosa explosión resonó sordamente. Un trozo de peñasco se desplomó con una especie de lentitud, se partió en dos y formó un amontonamiento de piedras en el sitio donde estaba la entrada de nuestra caverna tapiándola para siempre.

-Así es como entiendo la sentencia -me dijo Flint-. No hay que dejar nada, absolutamente nada que pueda permitirles subsistir en la isla. Ni siquiera te dejaré tu cuchillo. No estoy empeñado en que mueras, pero no quiero que él viva. Pero, en fin, ya que tanto te gusta ese ataúd, vete con él.

Ya no había en sus palabras esa especie de simpatía desdeñosa que yo había sentido por la mañana. Me trataba con su habitual maldad.

Era Flint en cuerpo y alma, genio y figura hasta la sepultura.

Embarcamos en su bote. Cuando íbamos a separarnos del barco, se oyeron unas rápidas pisadas en la escala real. Mañuela saltó a popa.

Flint no dijo nada; le gritó a George Merry que estuviera preparado para hacer girar el cabrestante y alzar velas. En ese momento todas las embarcaciones regresaban.

Unos cuantos golpes de remo nos llevaron a la playa. A Brice lo habían atado otra vez a la columna. Me pareció muy pálido, los labios descoloridos, ojeroso, sacudido por escalofríos, pero consciente y dueño de sí mismo.

Cuando caminamos hacia él, el capitán cogió por la cintura a Mañuela. Ella hizo un gesto brusco para zafarse de ese abrazo. Flint agitó en el aire burlonamente la pistola que acababa de quitarle.

-¡Por si acaso te arrepientes de la sentencia, querida! Es mejor que no tengas este remedio a mano. Lo despacharía demasiado pronto…

Ahora voy a ver si Mac ha hecho bien su trabajo.

La muchacha lo siguió con la mirada. Luego observó a Brice, quien no había dejado de contemplarla desde que la vio llegar en el bote. Lo observó detenidamente, sin pestañear, aparentemente impasible. No dijo nada. Brice tampoco habló. La elocuencia de ambos estaba en sus pupilas.

Flint no tardó en regresar y, cogiendo a Mañuela por el brazo, dijo:

-Pues bien, querida mía, vamos a despedirnos de estos muchachos.

Antoine, ¿hay que darle algún recado a tu mujer…? No, tú no quieres deberme ni siquiera eso. ¡Peor para ti! Vamos, querida…

Cuando entró en el agua se volvió, y por última vez nos mostró su sonrisa a medio camino entre la fiera y el pastor protestante. Luego subió al bote dejándonos en nuestra agonía.

Vimos desplegarse las velas cayendo de las vergas, azotadas por el viento, tensadas. Vimos subir la vela cangreja y los foques. El navío se cubrió con sus blancores. Izaron el bote, recogieron la escala real. Al compás de una canción que nos llegaba vagamente junto al ruido del cabrestante, sacaron el ancla chorreando y la levantaron hasta la serviola, donde la trincaron. Poco a poco empezó a aparecer detrás del

Walrus una estela blanquecina.

El bricbarca se alejaba sin que pareciera moverse. Hubiérase dicho que la luz lo difuminaba, devorándolo. Al cabo de una hora su casco desapareció. La gavia todavía centelleaba, como si se transparentara en la pulverización reverberante del horizonte. Por último, se evaporó y ya no hubo nada frente a nosotros.

Hacía rato que yo había desatado a Brice. Ahora estaba acostado en la arena, extenuado por la pérdida de sangre, lo que no era tan grave.

Pero la presión de las cuerdas en su brazo herido, al impedir la circulación de los humores, había provocado una acre purulencia.

Tenía un hueso roto más arriba del codo y la llaga presentaba un aspecto muy feo.

Sólo pude desbridarla un poco y luego rociarla con agua de mar.

Con dos trozos de ramas y unas tiras de mi camisa a guisa de vendas, traté de entablillarle el brazo. Lo conseguí pero al precio de hacerle sufrir cruelmente. Sin embargo, se encontró un poco mejor. Lo dejé para ir a buscar algunas frutas, único alimento que nos quedaba.

La noche cubrió nuestro infortunio sin mitigarlo ni traernos sosiego. Adonde quiera que me volvía no aparecía ninguna alternativa para nosotros, como no fuera la muerte. En la oscuridad, animada por mil sonidos, el monótono estruendo de las olas en las rompientes inclinaba nuestras almas hacia aquel abismo de eternidad donde desaparecen los cuerpos. Le envié todo mi amor a Soledad, con mi agradecimiento por las horas maravillosas que me había regalado.

Durante toda la noche Brice respiró con dificultad, a veces gimiendo y revolviéndose. Al amanecer me llamó para enseñarme una mancha blanca en la orilla. Era un mantón de Manila, medio hundido en la arena.

-Dámelo -dijo mi camarada.

Reconocí el pedazo de tela que Mañuela llevaba echado a los hombros, la víspera, cuando bajó a tierra. Debió de caérsele cuando Flint la estrechó por la cintura para quitarle la pistola.

Inspeccionando el brazo de Brice, lo encontré extremadamente hinchado. Rodeada de una aureola negra, la llaga adquiría un aspecto repugnante. Un tumor dos veces mayor que el pulgar le salió por la noche en el sobaco, y extendía su dolor por la parte inferior del brazo ardiente y enjuto. Repetí las abluciones con agua de mar, pero sin esperanza. Me parecía necesario cortarle el brazo, completamente infectado. Sin ningún instrumento a mano, era imposible.

Brice sufría de una sed permanente. Al no tener con qué traerle agua, lo ayudé a arrastrarse hasta el Alguna para que pudiera beber en el cuenco de mis manos. Luego, llorando lágrimas de sangre, fui a

buscar unas frutas con las que llené mi camisa. ¡Ah, cuánto maldije mi necedad! Una vez más había obedecido estúpidamente a mis impulsos condenándome sin poder hacer nada por mi amigo. De haber sido más inteligente, por lo menos hubiera conservado mi cuchillo escondiéndolo en la isla antes de dejarme conducir a bordo.

Poco después del mediodía Brice empezó a temblar dejando escapar unas frases entrecortadas por los quejidos.

-Fui yo -decía-… fui yo quien os traicionó… yo lo confesé todo… la isla, el tesoro, la cueva… Yo os obligué a jurar, y fui yo quien faltó al juramento… ¡Es que ella es tan hermosa! ¿Por qué te has quedado aquí, Antoine? Te lo dije bien claro… Yo os quería mucho a todos. Os he traicionado, maté a Frémin. No soy yo, no soy yo… ya no soy dueño de mí mismo.

-Claro que sí -le respondí cogiéndole la mano-. No podías hacer nada; tenía que ser así. Nada de eso tiene importancia, ya ves que sigo aquí contigo.

Se calmó, cerró los ojos y se quedó mucho tiempo inmóvil, como entumecido. Las sombras se alargaban girando, las perdices piaban en la pradera. Brice estaba tendido de espaldas entre las hierbas del río.

De rodillas a su lado, sumido en la tristeza, lo sentía alejarse poco a poco, sin moverse, del mismo modo que la víspera se había ido el barco.

Todavía estaba en este mundo y ya no le pertenecía; resbalaba, se escapaba, empezaba a desaparecer él también en la inmensidad.

Sus ojos negros se abrieron, hermosos como siempre, pero ahora patéticos en la oscuridad de sus órbitas. Me miraron con esa amistad burlona que me había subyugado en un tiempo ya lejano a bordo del

Walrus. En ellos leí todo lo que nuestro pudor masculino no nos permite decir.

-Vamos, tienes que ayudarme un poco más -dijo.

-¿A qué?

-A subir allí arriba -dijo indicándome con la barbilla el acantilado.

-¿Allí arriba?

Bajó los ojos afirmativamente. Reunió todas sus fuerzas.

-No te niegues a entenderlo… No tengo tiempo… Tú sabes muy bien que hay que acabar de una vez. – Un escalofrío lo sacudió-. No voy a quedarme aquí esperando como un cobarde.