El tesoro de Morgan
-¡Bah -respondió-, me da lo mismo! Estoy cansado...
Necesitó un buen rato para calmar su panza agitada por las sacudidas de la risa. Finalmente volvió a ponerse serio, reflexionó un instante y añadió con cautela, como si entrara a tientas en unas aguas traicioneras:
-De todas maneras, ¿qué pasaría si no me diera la gana de ir a hacer el papel de marino del rey de Inglaterra en las mismas narices de esos insulares, eh?
-En ese caso -replicó Brice fríamente-, el Consejo os mandará la marca negra, capitán.
¡La marca negra! Un movimiento de terror y, a la vez, de secreta satisfacción se produjo en la cubierta al oír una amenaza tan directa que ponía a Flint en su lugar, en su verdadera condición de capitán elegido, responsable ante nosotros y susceptible de ser sancionado.
Instintivamente todas las manos empuñaron las pistolas metidas en los cintos. Todos esperábamos oír un disparo. Flint miró a Brice, pálido y resuelto, arqueó la espalda, se cruzó de brazos.
-¡Bah, la marca negra! ¿Y después qué? ¡Enseguida recurrís al voto decisivo! – El capitán sonrió con aire bonachón-. ¡Condenados pazguatos, habrá que tolerar todos vuestros caprichos! ¡Vamos-ordenó-, moveos! ¡Zafarrancho! ¡Los artilleros a sus piezas! Fuego a discreción. Will, listo para desarbolar al enemigo a cañonazos. Bill, pon a tus hombres a bracear las vergas. ¡Vamos, vamos, el Consejo del castillo no admite que le demos largas a este asunto!
-Vas por un camino peligroso -le dije a Brice.
-¡Bah -respondió-, me da lo mismo!
Estoy cansado de la vida que
llevamos.
Pese a estar anclado en el antepuerto de Galapas y listo para huir en cualquier instante, el Walrus no parecía dispuesto a volver a largar las velas jamás. La situación nos presionaba para partir. Nuestra seguridad era demasiado precaria y no podíamos conseguir en Galapas otra cosa que no fuera un collar de cuero alrededor del cuello en cuanto nos reconociera algún cofrade de la fe.
Sin embargo, la idea de zarpar no nos pasaba por la cabeza; estábamos bajo el embrujo de Mañuela o, mejor dicho, de los
fantasmas que ella hacía revivir en nuestros corazones. Si Flint hubiera levado anclas, habríamos dejado alejarse ese velero (nuestro único refugio en el mundo) sin dedicarle ni una mirada. A decir verdad, el
Walrus no amenazaba con irse; a bordo sólo quedaban Flint, George Merry, Darby Mac Graw, Israel Hands, el tuerto, y unos cuantos ingleses que evidentemente hacían causa común con ellos. Hasta Bill Burke había desertado.
Cuando tenía tiempo para ello, y no sin terror, imaginaba la rabia que debía de estarse incubando bajo la aparente bondad del capitán.
Pero ahogaba esas preocupaciones en la quietud del momento, en la vibrante temperatura que nos envolvía, incapaces de concebir cualquier designio, como si convencidos de la fragilidad de nuestro sueño tuviéramos miedo de que un gesto demasiado definitivo lo disipara para siempre. Ya no subíamos a bordo; cada cuaderna, cada cabo del Walrus, nos recordaba una condición que se nos había hecho odiosa. Nos alojábamos cerca de la casa de la señora Encarnación, en una posada atestada de cucarachas, chinches y ratas.
Todos los días veíamos a Mañuela. Sentados en el patio, a la sombra del colgadizo, gozábamos de la pureza de su mirada, su sonrisa, sus hermosos ademanes en los que se mezclaban la dulzura de la mujer y la espontaneidad de la niña. Excepto Brice Coquelle, los demás nos conformábamos con eso. Ella nos recibía a todos por igual con las mismas muestras de amistad; ninguno parecía conquistar su corazón, ni siquiera Brice, principal artífice de su salvación.
Brice la amaba, era el único que verdaderamente la amaba, el único que no amaba en ella otra cosa que no fuera ella misma. Nosotros sólo amábamos en ella nuestros recuerdos, y también esos viejos emblemas inventados para engañarnos: la inocencia, el candor, la pureza. La habíamos salvado de nuestra propia avidez y éramos prisioneros de las consecuencias de ese acto, lo que nos confería algo parecido al sentimiento de nuestra propia dignidad. Así son las cosas del alma humana, una buena acción ata más al benefactor que al que está en deuda de gratitud. La tía Encarnación aprovechaba para cobrarnos su ron y su Amor Perfecto a un precio oprobioso, sin dejar de abrumarnos con las efusiones de su agradecimiento.
En cuanto a Flint, los encantos de Mañuela parecían hacerle tanto efecto como el que produciría un emplasto en la pata de marfil de Tom Hawkins. No le prestaba ninguna atención a la adolescente, y la trataba como si todavía fuera la chiquilla de otros tiempos.
-¡ Muchachita -gritaba aposentado en un banco del patio-, tráeme un ponche, y date prisa si no quieres que te tire de las orejas, potranquita!
Cada vez que la trataba así, yo veía a Brice apretar sus mandíbulas.
Flint acudía todas las noches, con una moza en cada brazo, flanqueado por George Merry, Mac Graw, Israel Hands, Ballater y algunos otros representantes del hampa de Picadilly. Jugaban al treinta y cuarenta vaciando los vasos de ron, y nos flagelaban con sus indirectas cargadas de ironía mientras nosotros escuchábamos a Mañuela lanzando al crepúsculo sus desgarradoras saetas que Jak Groove acompañaba con el banjo. El capitán nunca hablaba de zarpar, ni aludía a nuestra deserción; y tan grande era su prestigio que nos sentíamos vagamente avergonzados en su presencia. Al cabo de un par de horas, cuando la tía Encarnación, con mil zalamerías, pero con firmeza, nos hacía salir de la casa («señores, la niña tiene que dormir -
decía-, no querrán que mañana tenga sus bellos ojos enrojecidos»), él regresaba al Walrus con sus acólitos, o bien se iba a una especie de serrallo al que acudían forasteros de distintas nacionalidades, un sitio lleno de mozas de cascos ligeros donde había establecido su cuartel general en tierra. Lo conocían por el señor Rojo, tanto por su casaca de color fuego como por sus accesos de violencia y sus exigencias con las mujeres.
-Mac Graw se jactó -le comenté a Brice- de que ayer por la noche encendieron cien velas y obligaron a las mozas a desnudarse para que bailaran ante ellos en medio de esa iluminación. Hubo una que se negó; Flint la persiguió a latigazos hasta que se quitó las ropas y danzó con las demás. Es una mala bestia, ándate con cuidado.
-No hago otra cosa desde que lo conozco. ¡Bah, ya no nos puede hacer nada; y que me lleve el diablo si vuelvo a poner un pie en ese maldito velero! Mira, Antoine, lo que me gustaría es quedarme aquí, comprarme un lugre para vivir como un honesto capitán, con mi mujer esperándome en casa. Recuerdo, de niño, las veladas a la luz de la lámpara. Mi madre ponía en marcha el huso y la rueca al pie de la gran
chimenea, mientras nosotros, reunidos alrededor de su falda, reíamos oyendo las crepitaciones de las piñas que enterrábamos en la ceniza para hacerlas estallar y luego coger los piñones. Sentado en un banco, en la otra esquina del hogar, mi padre leía. De vez en cuando alzaba la cabeza, posaba las manos sobre el libro y nos contemplaba risueño.
Luego miraba a mi madre, y ella le devolvía la sonrisa con su rostro dulce y sereno. ¡Esa sonrisa, Antoine, la confianza de aquella mirada…
somos tan miserables que no somos dignos de ella! ¿Acaso los crímenes que hemos podido cometer no incluían ya en su propio horror un castigo lo bastante terrible? En el cielo hay más compasión para un pecador que se arrepiente que para un justo que persevera. Eso es lo que dice el Evangelio. Yo soy un pecador, ¿qué puede hacer Flint contra eso?
Como cada noche cuando el bodegón cerraba, Brice Coquelle y yo deambulábamos por las calles. A esas horas, Mañuela dormía.
Emocionado por la confidencia de Brice, evocando la época en que yo acariciaba proyectos similares con Marion, deprimido por la tristeza de esa esperanza extinguida y sustituida por el horror de la ferocidad, yo caminaba en silencio junto a mi amigo. Iba a preguntarle si había obtenido de Mañuela alguna señal favorable a sus deseos, cuando, bruscamente, algo pasó silbando entre nosotros. Un crujido que conocíamos bien. Nos paramos en seco. En un santiamén corrí hacia el lugar donde había resonado el crujido. Un cuchillo vibraba todavía en el tronco de un zapote que agitaba su follaje transparente bajo la pálida claridad de la luna.
-Un cuchillo de marinero -dijo Brice.
-Sí. Ya te lo dije, que te anduvieras con cuidado. Querían clavarte esto en la espalda.
-¿Tú crees? – dijo con ironía-. ¿Y erraron el blanco por seis pies de diferencia! ¿Tú crees…? ¡Chist! Escucha.
Unas piedras rodaron, luego oímos el ruido de pasos apresurados.
-Vamos -dijo Brice-, muévete, muchacho.
Seguimos el ruido. Por momentos, cuando la oscuridad era menos compacta, me parecía distinguir una silueta huyendo a lo lejos y rozando las murallas. Poco a poco nos acercamos a ella. Frente a la
tarima del garrote, abandonó la protección de los muros para atravesar la plaza en diagonal en medio de la luz difusa.
-¡Que me lleve el diablo si ese no es George Merry!
Corría directamente hacia el bodegón.
-Aquí hay gato encerrado -dije-. Si quieres, persigue a ese miedica, pero yo no me aventuro hasta que no vengan los demás. Voy a buscarlos. Ese tipo no se esconde mucho, fíjate, parece que nos espera.
Es un señuelo.
Cuando volví con nuestros amigos, Brice ya no estaba donde lo había dejado. Prudentemente dimos la vuelta a la casa y, trepando por la tapia puesto que la verja del portal estaba cerrada, avanzamos sin hacer ruido por el patio. El eco de una música muy acompasada parecía venir del piso de arriba. Una luz pasaba a través de los listoncillos de una celosía donde una sombra arrimada a la ventana se recortaba contra la pared. Cuando estuve más cerca, reconocí a Brice.
Le toqué el hombro; no se movió. La música discurría, más estridente, a través del enrejado de madera. Imitando a Brice, asomé el ojo por la rendija de un listoncillo roto.
No podía dar crédito a mis ojos. Ante mí tenía la sala principal donde, servidos por la tía Encarnación y alrededor de la exquisita Mañuela, tantas veces nos habían agasajado. Ahora la estancia estaba brillantemente iluminada, y encima de la enorme mesa donde se reflejaba su forma, Mañuela, poco menos que desnuda, danzaba ante seis oficiales de los dragones amarillos, que la aplaudían.
Bailaba una jota endemoniada, con unos estremecimientos de cadera y unas ondulaciones que hubieran sacado de quicio a un santo.
Los zapatos de piel que le había regalado Georges Nightingale martilleaban la mesa en un taconeo histérico; las medias de seda purpúreas incrustadas de encajes que Michel Pantaragat había sacado de su cofre trepaban a lo largo de sus impúdicos muslos. El abanico de Brice Coquelle revoloteaba en sus dedos, cubriendo y descubriendo sus ojos, sus senos, su vientre. La mantilla de Bill Burke se arremolinaba como una aureola negra alrededor de la transparencia de su cintura, y entre los pechos sacudidos por la danza saltaba mi cruz de zafiros.
Peor que si estuviera totalmente desnuda, mucho más impúdica, entregaba cada fragmento de su carne a aquellos hombres que
gritaban, con los ojos enloquecidos, marcando el compás de su danza con palmadas, mientras la vieja Encarnación, sentada en las baldosas y fumando un puro, hacía girar el manubrio de un organillo sin dejar de tocar las castañuelas con la otra mano.
Me separé de la ventana para respirar una bocanada de aire puro.
Nuestros amigos estaban asomados a la celosía como un enjambre de abejas, atiborrándose con ese veneno. La pata postiza de Tom Hawkins, quien se había deslizado boca abajo por entre las piernas del gran Georges, se alargaba hacia el cielo como si fuera el mástil roto de ese naufragio donde zozobraba la última ilusión.
Todos permanecimos jadeantes, contemplando los restos de ese hundimiento esparcidos en la sala vibrante. Nos parecía que aquel salón no era de este mundo, como esas estancias pobladas de fantasmas que vemos confusamente en sueños. ¿Y qué recibía de la realidad aquella mujer desnuda con sus serpenteos? Ni siquiera la apariencia de Mañuela, porque sus pupilas en llamas girando en sus órbitas, los labios retorcidos en un rictus de depravación, ese cuerpo tiznado de púrpura y carbón, no pertenecían a la que nosotros habíamos amado.
Mientras bailaba, Mañuela se rozaba con los oficiales, huyendo de uno al otro, dejando que cada cual oliese el perfume exasperado de su carne. Ellos alargaban las manos. Uno la cogió por la cintura. Brice, clavando su puñal en la juntura de la celosía, la desencajó del marco.
Bill Burke ya había roto otro listoncillo, y con el mismo ímpetu, cayó sobre el hombre. Cuando el soldado se puso de pie, con la espada desenvainada, el cuchillo de nuestro compinche fulguró en el aire.
-¡Déjamelo a mí! – gritó Brice.
Otro dragón lo atacó. Georges Nightingale lo apresó, y luego a un tercero, entre sus brazos gigantescos, les quitó las espadas como si fueran mondadientes y los proyectó aturdidos contra la pared por encima de la señora Encarnación, que consideró oportuno desmayarse.
Los otros tres no tuvieron tiempo de desenvainar; acorralados en una esquina, llamaban a la guardia a voz en cuello. Tras cubrirla con la capa de uno de los soldados, Brice agarró a Mañuela por las muñecas, probablemente oscilando entre la cólera y la desesperanza. Con las aletas de la nariz palpitantes, ella forcejeó con la mano que la sujetaba, empinándose para ver a Bill y al oficial batiéndose.