El tío del Conquistador y otros cuentos
La selva peruana ―y, en especial, el…
PRÓLOGO DEL AUTOR
La selva peruana ―y, en especial, el esmeraldino Valle del Alto Mayo― es muy rica y diversa en lo que a tradición oral se refiere. Cada pueblo de este valle tiene sus propias historias, leyendas y mitos que son contados, por lo general, por los pobladores más entrados en años y experiencias, en donde cada cual resulta más fantasioso, mágico e ingenioso para hacer sus narraciones. De allí que cada historia sea, a veces, muy disímil de otra que sobre lo mismo se cuente en otro lugar, aunque con características propias y sui géneris, que las hacen originales y únicas.
Mi abuela doña Isolina Escalante Rojas, era shishaca de nacimiento, por ser natural de la región de la sierra, es decir, por ser de Huacapampa, Celendín, o sea, de una provincia de Cajamarca. Ella, por añadidura, me crio a partir de uno hasta los doce años. Desde que tengo uso de razón, la escuché con mucha curiosidad e interés, narrarme la particular odisea que fue su vida, pintoresca y aventurera, además de muchas otras historias ocurridas en La Ochora, pueblito de la provincia de Moyobamba que se caracteriza por encontrarse ubicado en las faldas de un Morro ciclópeo; pero, solitario, en toda esa planicie verde esmeralda que es el Valle del Alto Mayo. Claro que, junto con las historias ocurridas en La Ochora ella me contó, también, las que sucedieron en los pueblos de la sierra y la selva que ella visitó o vivió. Resulta evidente que, ella, por ser natural de Celendín, escuchó esas historias de las personas que, en su andariega vida antes de anclar en La Ochora, conoció en su algo andariega vida.
Así es cómo me enteré de lo que le ocurrió al conquistador Alonso de Alvarado, que fundó la ciudad de Moyobamba, cuando se rozó con las ramas de un árbol de ítil. Todo el mundo sabe en La Ochora y Moyobamba que, ese árbol pareciera que tiene un ser maligno viviendo dentro de él, el mismo que por haber sido confinado allí, debido a sus malas acciones en alguna otra vida, hasta la fecha no mejora su actitud hacia las personas, a las que sin motivo y sólo por el hecho de haber rosado su cuerpo con alguna parte de él, de inmediato los cubre de ronchas que producen mucha comezón y un terrible escozor hasta doler. Lo anecdótico de esta situación resulta que su odio se aplaca, como por arte de magia, cuando la persona le saluda respetuosamente llamándole “tío ítil”.
Igualmente, así es como supe de otras historias algo tenebrosas o fantásticas, cada cual más misteriosa a la par de verosímil. El libro incluye, así mismo, otras narraciones que han surgido como producto de mi experiencia personal. Viví en La Ochora con mi abuela, primero 12 años, luego tres años más, después de estar con mi madre en Cajamarca durante un año ―que fue en 1955―. El lector, seguramente, después de leer cada uno de los cuentos, sabrá discriminar cuál es cuál. La narración “Cualquiera”, por ejemplo, narra lo que le ocurre a un simplón cauchero que, por no pensar su respuesta al ser interrogado por un cacique, encuentra en la cama donde acostumbraba dormir, a una perra que se llamaba “Cualquiera”. En la historia “Cuando el tunchi silba” que resulta anecdótica, se narra como un pihuicho es causante de que un tunchi persiga a los protagonistas el cuento durante un último tramo de su caminata de La Ochora a Moyobamba. Por su parte, en “El Chapanero” se narra las peripecias que tiene que pasar un cazador de chapana, frente a las bromas, no de un Chullachaqui sino de varios; y, cómo… los vence a todos gracias a una argucia muy ingeniosa de su mujer.
“La finada no quería madrastra pa’sus hijos” es la historia de un huérfano que, frente a la desgracia de perder a su madre en un naufragio en el río Mayo, es criado por la cuñada de su padre que se había quedado solterona, al ser “salada” por su hermana menor que se casa antes que ella. Con el tiempo y las aguas el cuñado se acostumbra a vivir con su cuñada y, después que él y su cuñada tienen un sueño en la que se les aparece la muerta, deciden vivir juntos y darle algunos hermanitos al huérfano. En “El fisgón” se narra lo que le pasa a un mirón que muere botando espuma por la boca, después de observar una procesión de almas, la noche de difuntos.
“Runamula”, en cambio, es una historia de compactados con el diablo, que por la selva le llaman “Shapingo”. Como se sabe, la sociedad crea formas de control social como “no convivas con un cura, porque te convertirás en runamula y te chalaneará el mismo Shapingo los viernes de luna llena”. En el “Ayay mama” se narra la historia de dos hermanitos, hombre y mujer, que sin darse cuenta resultan bogando de su cuenta en el río Indoche y luego en el río Mayo, sin que sus padres los puedan rescatar. Con grandes esfuerzos logran atracar la canoa en la orilla derecha del río Mayo, pero al caminar por unos purmales llegan a una selva donde se pierden, irremediablemente. Al quedarse completamente solos y abandonados, lloran pidiendo ayuda a Dios, pero quien les ayuda es el chullachaqui que, en un acto poco común de compasión de este ser sobrenatural que habita los cortaderales y renacales, los convierte en una pareja de pajaritos. Pero, como tienen pena por sus padres, los pajaritos por las noches lloran diciendo lúgubremente “ayay mama”.
Finalmente, en “El Huinsho” se narra los sufrimientos que tiene que pasar un niño antes de protagonizar el cuento: “De Capitán a Subprefecto” que cuenta la odisea de un capitán instructor de cadetes que, después de protagonizar una rebelión contra el golpista Francisco Morales Bermúdez en la Escuela Militar de Chorrillos, es cesado en su cargo. La vida dura con una pensión magra le hace aceptar un cargo de subprefecto en Tocache, donde es abatido por un sicario pagado por los narcotraficantes que, por ese tiempo, reinaban allí.
El autor
EL “TÍO” DEL CONQUISTADOR
A Juan de la Serna Torroba
― Me han comunicado que, ―y, por supuesto, creo que la información es fidedigna― yendo hacia oriente se encuentra escondido en medio de la selva un tesoro inca de valor incalculable al que llaman “El Dorado” y que, además, por allí se encuentran también inmensos territorios que tenemos la obligación y el deber de ocupar o conquistar para la Corona Española. De no hacerlo, o si sólo nos demoramos en cumplir esa urgente tarea, los portugueses la ocuparán y colonizarán sin más trámite ni remedio y sin que ya nada nos quede a nosotros por hacer, de allí en adelante. Como yo, por orden directa del Señor Gobernador de Perú don Francisco Pizarro, tengo que ir a tomar el Santuario de Pachacamac y, de allí, pasarme a Lima para informarle de todo personalmente a él, usted y sólo usted, capitán don Alonso de Alvarado Montoya González de Cevallos y Miranda se encargará de cumplir esa importantísima y urgente misión ―le ordenó en Trujillo don Diego de Almagro tratando de dar la solemnidad necesaria a sus palabras, refiriéndose a él sin omitir todo su frondoso abolengo―.
― Pero armar una expedición de tal magnitud es algo que está fuera de todas nuestras posibilidades, don Diego. No disponemos de hombres suficientes ni mucho menos del dinero necesario para financiar los gatos que tal viaje demandaría ―le replicó con un halo de preocupación bien fundada el Capitán Alonso de Alvarado al señor Adelantado don Diego de Almagro―.
― ¡Eso es lo de menos, hombre! ―Le contestó de inmediato el aludido, y palmeándole uno de los hombros agregó―: recuerde usted capitán que todo lo que hemos logrado hasta ahora se ha hecho, prácticamente, a la buena de Dios. Así que, como entre los que se encuentran acantonados acá en Trujillo está el fiel y leal soldado don Juan Pérez de Guevara, por allí comience a hacer el reclutamiento de la gente que le acompañará y con lo que logre juntar, inicie la expedición de conquista del oriente de Perú lo más pronto que le sea posible ―le respondió esta vez, tajante, su jefe el Adelantado aquel―.
El año de 1534 estaba ya por acabarse. Pocos días antes, un caluroso miércoles 6 de diciembre, don Diego de Almagro con la preeminencia de su cargo de “Adelantado” fundó la Villa de Trujillo de la Nueva Castilla en lo que, hasta ese entonces, fue el hermoso y próspero valle del río Moche que comprendía los territorios de Chimú, Moche, Huanchaco, Huamán y Mampuesto. Posteriormente, el 05 de marzo de 1535, el Gobernador del Perú, el marqués don Francisco Pizarro González, instaló en la recientemente fundada Villa de Trujillo el primer Cabildo, con lo que la pérdida del acta original de fundación de la ciudad, acto que realizara su socio don Diego de Almagro sin cumplir con las formalidades debidas, quedaría ya subsanada en forma definitiva y para siempre.
Bien mandado y mejor aleccionado por don Diego de Almagro, el capitán Alonso de Alvarado logró reunir apenas trece soldados, eso sí, bien aprovisionados de armas, armaduras y cabalgaduras y, tan pronto le fue posible, inició la expedición dispuesta por el fundador de Trujillo, partiendo desde esta villa con dirección al cacicazgo de los Chachapoyas que, según lo que le informaran muchos nativos de Moche era comparable tan sólo con el grandioso Tahuantinsuyo. Además de los trece soldados españoles, logró que le acompañaran en esta nueva aventura más de cien nativos, de Moche y Huamán en su mayoría, que se encargarían de servir como guías e intérpretes en el viaje, además de proveedores de agua y comida.
Como bien le indicara su jefe el Adelantado Diego de Almagro, don Alonso de Alvarado cuidó de incluir entre sus 13 expedicionarios al soldado Juan Pérez de Guevara. Él, por su parte, sabía que iba a ser un largo y penoso viaje el que estaba iniciando; pues, tenía que llegar primero al cacicazgo de los huamachucos y de allí, por un camino inca que iba por las cumbreras de la cordillera de los Andes del Norte, alcanzar las nacientes del río Utcubamba. De este lugar, a su vez, según le indicó el jefe de sus guías nativos que pasaban de ciento cincuenta hasta ese momento, porque se le fueron uniendo más de estos guerreros voluntarios por los caminos que recorrió, sólo habría una jornada hasta el fabuloso reino de los Chachapoyas.
Lo que más le asombró al experimentado y audaz capitán Alonso de Alvarado en todo este singular recorrido, además de notar un deslumbramiento total de los naturales que llegaban a verlos, fue el singular hecho de que sólo con su presencia les infundían un temor casi absoluto, junto con todas las formas de desconcierto y estupefacción que hubieran conocido, lo cual, sin duda, se tradujo en otro hecho más singular todavía: no haber hallado ninguna clase de resistencia armada de cierta envergadura y, sobre todo, organizada. Salvo ciertas escaramuzas con algunos grupos de nativos que se concretaron a atacar a sus guías, pero no a ellos; y, prácticamente, sin mayor resistencia armada Alonso de Alvarado llegó hasta los territorios de los aguerridos Chachapoyas en donde fundó la ciudad de San Juan de la Frontera de los Chachapoyas, el 5 de setiembre de 1538.
Allí en la recientemente fundada ciudad a la usanza española, el capitán Alonso de Alvarado se enteró que, en el siglo trece después del nacimiento de nuestro señor Jesucristo, se desarrolló en toda esta región, de una orografía muy accidentada, de climas y pisos ecológicos muy cambiantes y de una diversidad biológica asombrosa ―debido a la presencia de los colosales contrafuertes de la cordillera oriental de Los Andes del Norte―, la milenaria civilización de los Chachapoyas que legara a la posteridad, como vestigio imperecedero de su grandeza cultural, la formidable fortaleza de Kuélap y; si bien existían evidencias de que hubo presencia humana en dicha región desde siete mil años antes de Cristo, el legado más rico y representativo de la zona lo constituían las construcciones circulares y las paredes decoradas con frisos romboidales y en forma de zigzag de los ya mencionados Chachapoyas, mágicos vestigios que, mediante sucesivas y pequeñas expediciones él mismo Alonso de Alvarado pudo verificar, por lo que ordenó al sacerdote que le acompañaba, registrar todo eso en alguna forma por escrito.
Allí también se informó que, estos pobladores anteriormente rindieron culto a los muertos y que, la prueba de ello, eran las momias de la Laguna de los Cóndores y los sarcófagos de karajía que se encontraban enclavados en los acantilados. Le contaron igualmente que, los Chachapoyas opusieron una tenaz resistencia a la expansión inca; pero que, finalmente, después de un largo y ardoroso sitio de la fortaleza de Kuélap fueron derrotados por el inca Túpac Yupanqui.
Que, también, después de aquella carnicería sin nombre, Huayna Cápac sucesor de Tupac Yupanqui consolidó la supremacía inca imponiéndoles su lengua, su religión y su cultura en general, a sangre y fuego; por lo que, desde esa infausta época, Kuélap fue la punta de lanza para las demás conquistas incas de la mágica región amazónica; pues, se sabía que llegaron a tomar posesión de todos esos territorios hasta lo que actualmente es Lamas, después de cruentas guerras con los mayorunas o pobladores nativos del valle del río Mayo a los que, finalmente, doblegaron e hicieron huir hasta las márgenes del río Ucayali y del río Yavarí donde hasta la fecha existen.
Sobre la base de este conocimiento, el fundador de la españolísima Chachapoyas juzgó oportuno que esta ciudad debía constituirse en “La Capital del Oriente Peruano” con cuyo objeto, sus dominios comprenderían desde la margen derecha del río Marañón hasta donde sus expedicionarios encontraran colonias portuguesas formalmente establecidas; pues, sabía a ciencia exacta que el reino de Portugal estaba tratando por todos los medios posibles a su alcance, incluyendo el financiamiento económico de expediciones descubridoras en base a mercenarios, de ampliar su colonia de Brasil hasta donde encontrase, en contrapartida,. colonizadores españoles ya establecidos.
En razón de todo eso es que, desde San Juan de la Frontera de Chachapoyas el Capitán Alonso de Alvarado da inicio a una serie de expediciones de descubrimiento y conquista de los territorios de oriente o selváticos, de la gobernación del marqués don Francisco Pizarro; porque, justamente, allí le dieron noticias de que tales selvas hostiles fueron conquistadas anteriormente por el inca Túpac Yupanqui y su hijo Huayna Cápac y que, el capitán Alvarado consideraba que le correspondían a Francisco Pizarro por derecho de dominio, fundamentalmente. Al parecer, la Corona Española al no tener claras las dimensiones reales de los territorios conquistados por sus huestes invasoras, concedió a Francisco Pizarro casi toda Sudamérica o, por lo que es de entenderse, todo lo que comprendió el avasallado Imperio del Tahuantinsuyo, sin precisar lo que tendría que corresponderle a Diego de Almagro. En esta repartija, de Hernando de Luque ni siquiera se acordó.
Es en ese tiempo cuando, bajo las órdenes de Francisco Pizarro y ya no de Diego de Almagro, porque este se encontraba tratando de conseguir sus propios dominios territoriales al sur de Cusco es que, don Alonso de Alvarado funda, siempre a la usanza española, la ciudad de Moyobamba porque fue Alvarado y no otro ―según la usanza española, el jefe de una expedición era quien fundaba una nueva ciudad, jamás esta función era delegada a un soldado, ni siquiera al lugarteniente― quien sentó las bases y levantó el plano de la ciudad de Santiago de los Ocho Valles de Moyobamba fundándola oficialmente el 25 de julio de 1540. El nombre de Santiago de los Ocho Valles de Moyobamba, se debió a que la nueva ciudad comprendería desde su fundación y, para siempre, los valles que forman hasta la fecha los afluentes del gran río Mayo como son: el valle del río Yuracyacu, el valle del río Negro, el valle del río Tónchima, el valle del río Indoche, el valle del río Rumiyacu, el valle del río Gera, el valle del río Huascayacu y el valle del río Juningue. Como el río Mayo es afluente del río Huallaga, la meseta donde se ubicó la ciudad de Moyobamba quedaba y queda hasta la fecha en lo que ha dado en denominarse valle del Alto Mayo.
Desde Moyobamba esta vez, Alonso de Alvarado comenzó a explorar los nuevos y recientes territorios incorporados al dominio español. Se sabe que, en la primera oportunidad, para lograr este menester envió en comisión a Juan de Rojas, ex soldado español al que hizo traer desde Chachapoyas, por ser de su entera confianza, para que viese lo que hay adelante y, después, informarle de los nuevos descubrimientos en forma detallada y exhaustiva. La expedición de Rojas compuesta de 40 hombres se internó en esos parajes selváticos durante cerca de 40 días sin comer otra cosa que pescado, inguiri, sachapapa, michucsi, cocos, wikungos y agua, logrando llegar hasta una región maravillosa llena de montañas y cruzada por muchos ríos, algunos muy hondos y caudalosos que no tenían vados conocidos, en razón de lo cual decidió volver a Moyobamba donde se encontraba acuartelado su jefe, el capitán Alonso de Alvarado para cumplir con el encargo de informarle de lo que vio. Aquí en Moyobamba es, también, donde Alvarado se entera que Juan Pérez de Guevara, a quien dejara en Chachapoyas con un pequeño contingente de soldados y ya con el rango militar de capitán, se encontraba luchando a las órdenes de Cristóbal Vaca de Castro, para develar la sublevación de los almagristas que, al mando de Diego de Almagro El Mozo buscaban vengar la muerte de su padre, que fuera decapitado tan ignominiosamente con juicio sumario, en el mismo campo de batalla, después de su derrota en la batalla de Salinas, con lo cual el inmenso poder que ya tenía Pizarro quedo más que consolidado.
En base a las informaciones de Juan de Rojas; pero, más que todo, en base a lo que él mismo llegó a indagar de boca de su amigo el cacique de Yuracyacu Atok Shupingahua Huancahuire acerca de lo que existía al oriente de Moyobamba, él mismo, con un contingente de 70 hombres se internó en la selva, siguiendo al comienzo por la orilla derecha del río Mayo, llegando hasta la región de los Motilones que comenzaba en las márgenes del enorme río Huallaga y que, para su asombroso y estupefacción, le dijeron que era sólo un afluente del río Marañón. Allí, Atok Shupingahua, que le acompañaba, le refirió a su vez que, de la otra parte del río, andando 15 jornadas y traspasando las montañas de Angaiza, se llegaba a una gran tierra llana donde había un gran lago, en cuya rivera vivía un orejón del linaje de los incas llamado Ancoallo y que éste era conocedor donde se hallaba, a su vez, El Dorado. Pero, como a partir de allí sólo encontró enormes selvas y ríos, decidió regresar a Moyobamba, ciudad en la cual le gustaba estar por su clima suave.
Con el cacique Atok Shupingahua Alonso de Alvarado después de su expedición a las tierras boscosas del oriente de Moyobamba hizo gran amistad. Él le enseñó a degustar el caldo de carachamas que pescaban en la desembocadura del río Gera sobre el río Mayo, donde abundaban. Con él aprendió que la leche de ojé depuraba el organismo de toda clase de bichos intestinales. Pero; lo más anecdótico de todo fue que, con su amigo Atok, don Alonso de Alvarado encontró que por esas selvas tenía un tío.
― Este es un asunto de creer y no también ―le dijo ceremoniosamente Atok a un incrédulo Alonso, la vez que se fueron a pescar yuquillas o camaroncillos en el río Rumiyacu―; pero, si ve usted que junto a la trocha hay un árbol que tiene manchas marrones en su carapa, debe pararse usted de inmediato y con mucho respeto saludarle antes de pasar junto a él. Si es de mañana deberá usted decirle: muy buenos días tío ítil y si es de tarde, muy buenas tardes tío ítil. Si se olvida usted de cumplir con este ritual, va usted a coger una fastidiosa enfermedad en su piel que le producirá una comezón loca y un escozor que, por su intensidad, usted no va a parar de rascarse hasta hacerse heridas en la piel. Después, estas heridas se infectan y usted padecerá de fiebres, hasta morir.
― Esta tonta cosa sí, no te la voy a creer Amigo Atok. Pues hombre, no faltaba más. Yo, el capitán Alonso de Alvarado saludando de ese modo a un árbol, a un árbol… qué barbaridad ―en contrapartida, se encontró con un Atok seguro de lo que decía que, de yapa, agregó lo siguiente:
― Como ya le dije amigo Alonso, eso es cosa de creer y… no también. Pero, si encontramos en nuestro camino a ese maldito árbol, haga lo que le estoy diciendo. De lo contrario, yo no respondo. Resulta que, saludarle a aquel arbolito sería lo de menos, si así se libra de esa picazón y las ronchas que, estoy seguro, le van a salir por todo el cuerpo.
― Pero, hombre, tu si que eres terco, porfiado y encima creenciero, además de necio e ignorante. Ya te dije que yo no pienso hacer la tal cosa esa de saludar a un árbol. Éstos son seres vivos, claro que sí; pero, no oyen ni ven, ni mucho menos sienten la presencia de un ser humano. Por lo tanto, le salude o no, eso le va a tener a él sin cuidado.
― Yo no más le digo para que evite, de encontrarnos con el tío ítil, esa rara enfermedad de la piel que es muy fastidiosa.
― Y yo te digo que esa bobería no pienso hacerla y… ¡sanseacabó! ―Su amigo Atok calló, pero pensó para si: “ojalá que no hallemos ningún ítil en nuestro camino, por lo que es de verse, este hombre es más testarudo que yo…―”.
Y se fueron caminando por los bordos del río Rumiyacu cubiertos de variada vegetación, hasta que por allí apareció un pequeño arbolito con las características que el curaca Atok le describiera a don Alonso. Como Atok lo reconoció de inmediato, con mucho respeto antes de pasar a su lado le dijo:
― Muy buenos días tío ítil.
El capitán Alonso de Alvarado, en cambio, siguió de largo haciendo con la mano derecha el ademán de que no le importaba para nada cumplir con aquel mentecato ritual, con tan mala suerte que, encima de no saludar al ítil, su mano derecha rozó el bendito árbol. Para dar más solemnidad a lo que hizo, le dijo a su amigo Atok:
― Ya verás, hombre creenciero y supersticioso que no me pasará nada de lo que me has dicho. Para qué lo diría. En menos de cinco minutos la piel de su brazo que rozó al ítil, se le cubrió de infinidad de manchitas parecidas a las que tenía la corteza de aquel árbol. Luego le sobrevino el escozor ya avisado. Antes de que pudiera evitarlo, todo su cuerpo se hallaba engranujado y él, por más esfuerzos que hizo, no pudo evitar rascarse como un loco.
― Vaya pues, hombre. Veo que tuviste razón. Pero, ahora ¿qué podemos hacer para que este mal se me pase?
― Es muy simple amigo Alonso. Tienes que ir a donde está el tío ítil, en mi compañía por supuesto, y decirle compungido y con mucha sinceridad y respeto: “Perdóneme tío ítil por no haberle saludado, pero ahora lo hago con mucho respeto: ¡Buenos días tío ítil!”