El tío del Conquistador y otros cuentos
Si te dan a elegir entre varias cosas, escoge una.
CUALQUIERA.
Si te dan a elegir entre varias cosas, escoge una.
Es tu prerrogativa. No digas nunca: ¡Cualquiera!
Hace mucho tiempo, cuando los caucheros con la ilusión de hacerse ricos de la noche a la mañana, comenzaron a extraer la savia de los árboles de shiringa de los bosques de la Amazonía, Amadeo Tuesta Rodríguez, huérfano de madre moyobambina y huérfano de padre de Juanjuí, se perdió sin remedio en un bosque de árboles de caucho que en ese entonces había surcando el río Mayo, por los montes cercanos a lo que ahora es Yuracyacu.
Al no poder hallar el camino de regreso que lo llevara a Moyobamba, agotado por el cansancio, el hambre y la sed, ya casi moribundo, apostrofaba mentalmente de su mala suerte porque, dado su estado, eso era ya lo único que podía hacer. Estaba echado, justo encima de un gran caserón de hormigas curohuinses que, gracias a que Amadeo no hurgó o dañó su caserón, ni tuvo la menor intención de cazar a las “siquisapas” o reinas de estos insectos, que ellos cuidan con su vida, menos mal que no le hicieron nada, aunque sí se pasearon sobre su cuerpo casi exánime:
― Carajo, ―decía para sí― para qué diablos mi madre me traería a este mundo. Desde que recuerdo, sólo sufrimientos me ha dado, esta vida de perros que he llevado siempre. Al perder a mi madre me crie como muchacho de manos en la casa de los señores Del Águila. Allí, los viejos eran buenísima gente; pero, sus hijos me sacaban la mierda por cualquier adefesio que yo hubiera tenido y ellos no. Luego, cuando ya me hice hombre me “levaron” para el ejército, que de bueno tampoco tuvo nada. La comida era pésima y el trato era muy duro. Pero, allí aprendí como se junta la leche de shiringa y se hace las pelotas de caucho que se comercializan en Iquitos…
Antes de perder el conocimiento y mientras trastabillaba, al tratar de levantarse, Amadeo se pisó sobre un montículo de tierra cubierto en su totalidad por la maleza, y allí, resultó picándole una isula, negra como su suerte, en la pierna derecha. La picadura de este insecto si bien no es mortal, produce fiebre muy alta en todo el cuerpo e hinchazón y dolores atroces como punzadas, en la zona afectada por la picadura, durante veinticuatro horas. Adolorido y con fiebre cómo estaba, por la picadura de la isula y creyendo que, dadas las circunstancias, su hora le había llegado, se desmayó y ya sin conocimiento de nada, cayó como en cámara lenta sobre la poca hierba del suelo. Pasados dos días, con la pierna derecha hinchada todavía, fue encontrado por unos cazadores nativos, para su suerte, antes de que las tangaranas y otros insectos carnívoros hicieran lo propio. Respetuosos como siempre de la vida de un semejante, tuvieron que hacer una angarilla cortando palos con los filudos machetones 128 que compraron en Moyobamba, la vez que fueron a hacer trueque de sus productos con los de la gente de ese lugar. En esa angarilla lo llevaron a rastras hasta el simulacro de pueblo en la que su tribu vivía. Allí fue acogido por el curaca Juan Amasifuén, que le dio posada y dispuso que la curandera lo cuidara hasta que sane.
Esto último fue cumplido al pie de la letra por aquella, porque le iba la vida si a ese hombre blanco le hubiera pasada una desgracia. Sin embargo, la tarea le resultó fácil porque una pócima a base de ajo macho, fue suficiente para curar al enfermo. Cuando Amadeo estuvo totalmente restablecido, agradeció de la mejor forma que pudo a la curandera y al buen curaca, manifestándole de la forma más amable y suplicatoria que pudo, su deseo de regresar a su tierra: Moyobamba.
― Ahhh, ese pueblo grande poblado de blancos que
hay rio abajo ―entre que le aclaró y le preguntó el curaca―. Luego, entre curioso y rebuscador, le observó de arriba para abajo y de abajo para arriba, le palpó los muslos, las caderas, la panza y el pecho, comprobando que era un buen ejemplar de varón, aunque muy flaco. Hecho todo esto, se le quedó mirando como buscando una respuesta del hombre que él había salvado de la muerte. Ante tal actitud, Amadeo Tuesta sólo atinó a contestarle:
― Si señor curaca. Esa es mi tierra y allí está mi
familia, esperándome.
Al ver el tono humilde y lleno de sinceridad de Amadeo, al que desde que lo conoció lo consideró un hombre de buenos sentimientos, el curaca le aceptó este pedido, con la condición de que antes de partir se empadrara con una de sus dos hijas, porque quería tener un nieto cruzadito con blanco, del mismo modo que ansiaba mucho, también, que su perra le diera cachorritos para convertirlos en perros de caza, curándolos a su usanza. La “usanza” aquella consistía en instilar jugo de pucunuchu mezclado con ayahuasca en las dos fosas nasales del perro.
Amadeo, ansioso como estaba por regresar al lado de su familia, aceptó la oferta de encamarse con una de las hijas del curaca, sin dudarlo un solo momento. Para él, en su situación, cualquiera de las hijas del curaca, estarían bien. ¿Para qué diablos iba a estar escogiendo, todavía? Estaba seguro que el curaca Juan no le obligaría a nada más, pues “sólo quería un nieto cruzadito con blanco ―eso dijo con sus propias palabras y, ese pedido, él supuso que podía satisfacer sin elegir a alguna de ellas en particular, total que era sólo para dejarle un nietecito al viejo curaca―.
Sin embargo, lo que le preocupó más era la parte de: “tanto como unos cuantos cachorritos en su perra” ―pedido que estaba lejos de su alcance y, seguro que, como él no podría satisfacer tal cosa, el curaca ya vería como lograría satisfacer esa necesidad suya―.
Sabía por las historias que le contaron sus antepasados que, a los curacas; y, en general, a los nativos de esta parte de la selva les gustaba, según ellos, “mejorar” su descendencia cruzándose con gente blanca. Sabía también, que jamás se les debía negar un pedido u ofrecimiento, porque de hacerlo, ellos se negaban a satisfacer lo que sus huéspedes les pidieran.
Por la consideración que le llegó tener a Amadeo, quien le enseñó a usar armas de fuego para cazar animales de monte, entre otras cosas que él no conocía, el curaca en una especie de deferencia especial hacia él, le preguntó:
― Y… ¿A cuál de mis dos hijas preferirías para que
me des el nieto que deseo? ¿A la primera que es hermosa, ya entradita en años, aunque, no vieja todavía?; o ¿A la segunda que es todavía una huambrilla ya que recién no más se ha convertido en mujer? ―le planteó el curaca a Amadeo, más como pedido que como una orden―.
― A “cualquiera” ―respondió en forma apresurada
Amadeo porque, según él, si era para cumplir sólo con darle un nieto a este curaca, le daba igual la primera o la segunda de sus hijas―.
El curaca no sin poca estupefacción y asombro, dispuso de inmediato que atendieran el pedido de su huésped. Grande fue la sorpresa del simplón Amadeo cuando esa noche, dispuesto para cumplir su compromiso y regresar libre a su casa, encontró en su camastro bien acomodada a la perra del curaca Juan…
La perra de aquel curaca se llamaba “Cualquiera”.