El tío del Conquistador y otros cuentos
Cuando el Tunchi Silba
Mamerto Chanzapa Shupingahua llegó hasta donde nos encontrábamos jugando fútbol ocho contra ocho en la cancha del Sport Dos de Mayo que, en La Ochora, se encontraba camino a El Chorro. El gras allí era natural y la altura del pasto diríase que, también, era reglamentario. De esa labor se encargaban los caballos, los burros, los mulares, las vacas y los pocos carneros que la gente criaba en el pueblo, sueltos en la gran pampa que lo circundaba. Tan pronto llegó a donde jugábamos suplicó a gritos, para que todos lo oyéramos:
― ¡Ya pue cumpitas, déjenme entrar en alguno de los equipos para poder jugar yo también!
― Tienes que conseguir que alguien haga yunta contigo pue, Mamerto, para que entren uno por cada equipo pues, cumpita, y para que sigamos parejos como estamos. Así como propones no funciona la cosa, hay una apuesta de por medio y ya sabes que cuando pasa eso nadie da ventajas ―le contestó Edison Torres, nieto de la señora Carmen Torres y, desde hace un mes, recién llegado de la ciudad de Lima, la gran capital de la república, dando de ese modo por denegada su petición, pero él siguió insistiendo en su súplica―:
― Entro en el equipo que está perdiendo, para compensar pue cumpitas. No sean malos pue. Además, yo prometo pagar también la cuota para la apuesta.
― Estamos empatados a uno. No se puede ―le volvió a negar tajantemente Edison Torres que era el dueño de la pelota y el capitán de uno de los equipos―.
― Que entre en el equipo de los de la parte baja del pueblo, o sea los del equipo de Edison; y, tan pronto venga otro jugador lo incorporamos a nuestro equipo que se quedaría con ocho, que somos los que vivimos desde el jirón Leoncio Prado hacia el Chorro ―medió a favor de su amigo Mamerto, Alfredo Izaguirre que, por ese entonces, era el único ochorino que estaba estudiando la secundaria en Moyobamba―.
― Que así sea, si tú lo pides, Alfredo. Pero la apuesta sigue en pie, no te “paltees”. El equipo que pierda pagará la apuesta que consiste en un vaso de chicha dulce de cinco centavos para todos y cada uno de los ganadores, en la tienda de doña Valdramina Sandoval que queda a una cuadra de aquí ―volvió a aclarar Edison―.
― No creo que haya problema con respecto a eso ¿no es cierto cumpitas? ―contestó Alfredo a Edison y, a la vez, consultó a sus compañeros de equipo. Mientras tanto, el juego que se hubo detenido, comenzó de nuevo ―.
Al final del partido, que ocurrió cuando la oración se cerró y sólo los ninacuros o luciérnagas eran la única luz que alumbraba el campo de juego, los equipos quedaron empatados dos a dos y cada jugador tuvo que pagar su propio vaso de chicha, en la tienda de doña Valdramina, para aplacar su sed, como era la costumbre en este tipo de situaciones. Aunque… hubo algunos casos en los que alguno de los jugadores invitaba a su rival de juego, y allí quedaba todo.
Era domingo por la noche y Alfredo tendría que madrugar a Moyobamba para estar en clases el lunes a las ocho de la mañana, después de tres horas de caminata a pie. En esos casos, su abuela era su despertador; pero, a ella, a su vez, le despertaba el primer canto del gallo, cosa que ocurría a las tres de la mañana, a las cuatro o, por lo general, a las cinco; pero ella, no siempre lo escuchaba a una misma hora. Solía despertarse al primer canto a las tres de la mañana, al segundo a las cuatro o al tercero, a las cinco de la madrugada.
En la madrugada el cielo de la selva casi siempre está despejado, aunque durante el día tenga la apariencia de panza de cuy blanco, y allí se puede distinguir bien claro a los planetas Venus y Mercurio. Este último cuando ya va a comenzar el día, comienza una carrera desesperada para recorrer una parte del firmamento y esconderse en uno de los extremos del cielo que sólo él sabe en dónde está.
Cuando Alfredo llegó a la casa de su abuela para bañarse, consumiendo el agua de por lo menos un cántaro traído sobre su cabeza y encima de una humallina desde El Chorro, por alguna mujer que le hacía a ella este servicio a diez centavos por viaje, allí encontró haciendo lo mismo a su amigo Nelson López Seminario. A él no le gustaba jugar fútbol, pero estaba sudado del viaje a pie que había hecho desde Rioja a La Ochora, a donde se había ido a buscar un pihuicho para su hermana Zoila.
― Fíjate pues Alfredo, tuve que viajar a Rioja ahora bien temprano desde Moyobamba, para buscarle un pihuicho a mi hermana Zoila. Mi cuñado Severo me ha dado diez soles para el mandado, porque uno de sus pihuichos, el sábado, amaneció muerto sin saberse de qué. Dice él que, si no consigue pronto pareja para el que ha quedado vivo, pronto se morirá también. Lo malo es que, a Rioja, saliendo de Moyobamba a las cuatro de la mañana, llegué ya a eso de las once. A esa hora la pihuichera ya no tenía pihuichos ni para remedio. Después de buscar por todos los sitios posibles tuve que almorzarme un juane en el mercado, ya cerca de las dos de la tarde, después de lo cual me vine a La Ochora con las manos vacías.
― Vaya hombre, ¡qué problema! Pero, aquí en La Ochora mi amigo Mamerto Chanzapa también vende pihuichos y hasta loros y guacamayos, cuando tiene, claro está. Hoy he abogado para que le dejen entrar a jugar fútbol a pesar de que se vino solo y estábamos con ocho jugadores en cada equipo. Si tiene por lo menos un pihuicho, no creo que me niegue si le pido que te lo venda. Bien bañados y oliendo a jabón de pepa, que era el único jabón que por costumbre dejaba mi abuela a disposición de todos en su casa, ―ya que, si bien tenía jabón de olor marca “Reuter”, ella lo sacaba sólo cuando tenía visitas―, nos fuimos a buscar a Mamerto. Enterado de la situación por mí, aceptó venderle un pihuichito tiernito, que era el único que le quedaba, haciéndole esta aclaración:
― Si es macho el pihuicho que ha quedado vivo de la pareja que tuvo tu hermana, va a matar a este ashirillo en la primera que se queden solos. Si en cambio es hembrita, no habrá problema amigo. Lo criará bien a este chiquitillo, como una verdadera madre hasta que se haga lo suficiente mayor y se convierta en su macho. Así que, cuando lo pongas en la jaula tienen que hacerse los que se van a otro sitio y estar atentos de esta situación que les estoy diciendo.
― No se preocupe amigo, en Moyobamba mi cuñado Severo sabrá qué hacer. Cría pihuichos desde hace bastante tiempo; pero, le voy a pasar el consejo que usted me acaba de dar de todas maneras. Un buen consejo vale, aunque sea de un conejo, dice el refrán ―le contestó Nelson para luego preguntar―: Ahora, dígame amigo Mamerto: ¿en cuánto me venderá este pihuichito llullo?
― Ya no está llulo, maltoncito sí. Que sean tres solcitos ya pue, por eso. A cinco los vendo cuando ya están lograditos. Pero, por ser mi amigo Alfredo quien le ha traído hasta mí, que quede en el precio que le he dicho. Difícil se ha puesto últimamente encontrar pihuichos en el monte. Mucha gente los busca para llevarlos a la sierra y a Lima, especialmente. Y… ¿cuándo viaja de retorno a Moyobamba con su pihuichito, amigo?
― Mañana bien temprano es seguro; pero, de repente le convenzo a Alfredo para irnos más de un ratito no más, aprovechando la fresca de la noche ―le contestó Nelson, como si fuera natural irse caminando en plena noche por esos caminos casi cubiertos por la tupida maleza y durante tres horas hasta Moyobamba―.
― No se vayan de noche. Ayer por la tarde yo he visto y oído que canta el urcututu sobre el techo de don Desiderio. Me han dicho que mañana a las cuatro de la madrugada se va a la “mina de sal de cerro” a comprar un par de arrobas. Pero, según mi experiencia, ese pobre viejo ya no va a volver ni vivo ni muerto, creo. Por Dios que el urcututu no falla y cuando aletea… es para muerte violenta o rara ―les aconsejó Mamerto, más de buen corazón que queriendo infundirles miedo―.
― En todo caso eso será, pues, válido para el pobre viejo de don Deshico, pero no se vale para nosotros, que somos harina de otro tiesto. Por nuestra casa el maldito urcututu no se ha echado todavía ni una pechada… ―le contestó escéptico ante esas cosas Alfredo Izaguirre a su amigo Mamerto, que fuera su compañero de estudios en primaria―.
― Bueno pue, amigos ―les retrucó de inmediato éste―; pero, si escuchan silbar al tunchi por allí, no se les ocurra remedar su silbido, porque si lo hacen les va a perseguir por un canto del camino hasta Moyobamba y… seguro que el pihuichillo que llevan, esta vez, si ocurre lo que les digo, se va a morir del susto; aunque, existe también la posibilidad de que se ponga a silbar igual que él sólo por fastidiarle al tunchi. Estos pajaritos no sé qué bronca le tienen ala tunchi amigos, porque sólo es cosa de que le oigan silbar una vez, para que se pongan a imitarlo sin motivo aparente.
― No va a pasar nada Mamertito. Ya lo verás ―le tranquilizó Alfredo a su amigo Mamerto como darle unas palmaditas en el espalda―.
Y Nelson pagó el pequeño lorito sin regatear y sin hacer ningún otro comentario más. Al llegar a la casa de mi abuela lo acomodamos en una canastita y le aprovisionamos con un pedazo de maduro muro-muro, para que coma si tiene hambre. Luego nos fuimos a la cocina donde mi abuela nos dejó nuestra comida como ella acostumbraba: en platos de fierro aporcelanado envueltos en un mantel sobre una olla con agua caliente, al filo del fogón.
― Así que, ¿te animas a irte a Moyobamba conmigo hoy en la noche no más? ―le preguntó Nelson a Alfredo―.
― Claro. A mí me parece mejor irme en tu compañía a esta hora de la noche, que irme sólo a las dos de la mañana. Mi abuelita, una vez, me ha despertado a esa hora y, a esa hora tuve que irme. Llegué a Moyobamba a las cinco de la madrugada y ya no pude dormir nada.
― Ya van a ser las diez de la noche ―me contestó Nelson mirando su reloj pulsera marca Silvana enchapado en oro, para luego continuar―, si salimos de viaje ahorita no más, después que cojamos de la huerta unas naranjas para el viaje, estaríamos llegando a eso de la una de la mañana a Moyobamba, de sobra para dormir un buen rato todavía.
― Está bien. Le avisaré a mi abuelita ―esa hora solía ella plancharme el uniforme comando de la secundaria de ese entonces, con su plancha de carbón con un gallito en la parte frontal del artefacto. Cuando le dije lo que iba hacer, me contestó―.
― Si te vas acompañado de Nelson ―me contestó mi abuela, como si hacer un viaje de tres horas en la noche por la selva fuera una cosa sencilla y natural―, da igual que te vayas ahorita o de madrugada.
La luna llena alumbró el camino, por lo que casi en todo el recorrido no fue necesario utilizar las linternas de mano que cada uno llevábamos. Solo tuvimos que alumbrarnos con ellas para pasar el monte alto de almendras que existía entre la Pampa del Morro y el manantial de Mishquiyacu, monte que, hasta en pleno día, era completamente oscuro.
Por su parte, el río Indoche estaba bajo de caudal y lo vadeamos sin mayor inconveniente. Después que pasamos la quebrada de Indaña había una cuesta para llegar a la meseta en donde, hasta hoy, se encuentra ubicada la ciudad de Moyobamba, a la misma que, por las torrenciales lluvias, se le habían formado grandes barrancos. Dejamos al lado derecho de nosotros una fábrica de tejas y ladrillos y, cuando todo hacía suponer que el viaje de tres horas a pie iba a concluir sin ningún contratiempo, escuchamos el harto conocido, para nosotros, silbido del tunchi:
― Fin, fin… fin, fin, fin.
Por lo menos en mi caso, todos los pelos de mi cuerpo se erizaron y mis piernas se volvieron de piedra negándose a caminar. A Nelson no sé qué le pasaría, porque se quedó mudo. Pero, el bendito pihuicho que él llevaba dentro de una canastita, se sacudió las alas y silbó imitando al tunchi:
― Fin, fin… fin, fin fin.
Fue suficiente. El tunchi se iba silbando a nuestra derecha entre las arboledas del monte y el pihuicho contestándole desde dentro de la canasta que Nelson llevaba con mucho cuidado cogido de su asa con la mano izquierda. Cuando por fin llegamos a Moyobamba, la silbada del tunchi se realizaba en la esquina paralela a la nuestra. Así recorrimos todo Llullucucha.
Cerca ya del jirón Alonso de Alvarado donde el padre de Nelson vivía y yo me hospedaba, a la altura del club deportivo “San Martín” nos encontramos con una casa con una lámpara “Petromax” que pendía del dintel superior de la puerta y que, según la costumbre, señalaba que allí había velorio. El tunchi no pasó de allí, pero el desgraciado pihuicho siguió silbando igual a él hasta que entramos a la casa donde dormiríamos esa noche, casi muertos del susto. El pihuicho se calló por fin, cuando Nelson cubrió la canasta en la que lo habíamos transportado, con una toalla que dejó a la verde avecilla, completamente a oscuras, signo inequívoco para él que era hora de dormir.
Cuando el siguiente domingo le conté a mi amigo Mamerto Chanzapa lo que nos ocurrió cuando llevábamos al pihuicho a Moyobamba, él sólo se limitó a aclararme lo siguiente:
― Un maldito pihuichito ya vuelta ha resultado el que les vendí. El alma de don Deshico seguro que le ha enseñado a silbar como tunchi. El día que ustedes me compraron el pihuichito, amaneció con las plumas erizadas, seguro del susto ―tosió, y luego continuó―:
― Como al pobre de don Deshico se lo comió enterito una enorme mantona antes de su llegada a la mina de sal en Pilluana, seguro que cuando su alma ha venido a despedirse, ha silbado, y el pihuichito, rapidito no más, ha aprendido a imitar su silbido. El tunchi que les ha seguido desde la entrada de Moyobamba hasta donde se velaba su cuerpo en Llullucucha, ha sido seguramente de otro muertito y no de don Deshico, entonces… ¡Clarito como el agua, amigo Alfredo!
― ¿Cómo? ¿Dices que a don Deshico se lo ha comido entero una mantona allá por las cercanías de la mina de sal? ―le preguntó Alfredo como pidiendo a su interlocutor un poco más de “relleno” ―.
― Eso mismo te estoy diciendo, Alfredito ―le aclaró, escuetamente el interrogado, cómo quien ya no tiene nada más que contar sobre el espinoso asunto―.
― ¿Y ahora quien va a tocar el arpa en los entierros?
― Eso sí que no lo sé, cumpita. Dios proveerá, dice el refrán. Porque en esa faena, don Deshico con su arpa, reemplazó a Don Ubaldo López y su famoso violín…
― Yo todavía he tenido la suerte de conocer a don Ubaldito y su violín llorón, cumpa Mamerto. Todo el trecho que hay desde la casa del muerto hasta el cementerio, don Ubaldo tocaba y tocaba el violín. Yo creo que el violín de don Ubaldo es lo que hacía llorar más a la gente en los entierros, que la pena por el que se iban a enterrar en el cementerio.
― Don Ubaldo murió ese año que usted, cumpa Alfredo, se fue a Cajamarca junto a su mamá.
― Claro que así ha tenido que ser. Después de pasar un año en Cajamarca, regresé otra vez con mi abuelita; pero, ya no estaba vivo don Ubaldo. Para mi sorpresa, don Deshico acompañaba los entierros con su arpa, que era un tremendo armatoste y que hasta ahora no sé cómo la cargaba y encima la tocaba.
― Amarraba el arpa a su espalda con una pretina pues cumpa, de esas que se usa para cargar leña del monte.
― La cosa es que ahora no habrá violín ni arpa en los entierros, mi querido amigo.
― Lajuá los muertitos. Así es la vida, cumpita.