El tío del Conquistador y otros cuentos

Wilson Izquierdo González · Capítulo 6 de 13

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El tío del Conquistador y otros cuentos

La Finada No Quería

MADRASTRA PA’SU HIJO.

Sin explicarse bien cómo ocurrieron las cosas, Silverio Torres se vio casado y conviviendo ―como lo hace un marido con su mujer―, con María Elizabeth Cortegana que, para variar, era su cuñada, pero que estuvo libre como el viento hasta ese momento. Su anterior esposa: Gabriela, descansaba ya en la paz que da la muerte, desde hacían más de dos años, fecha en que sucumbió trágicamente al virar la canoa en la que bogaban río abajo, en un meandro del río Mayo, más o menos a la altura de Yuracyacu.

Decían que Silverio Torres, aquel día trágico en que se quedó viudo, salió del atracadero de su canoa que daba a su chacra, muy de madrugada, cargado de seis racimos grandes de plátanos “primerales” ―o de la primera cosecha―, yucas en dos canastas de izanas de bombonaje, un costalillo de maní verde, más un racimo de plátanos de seda a medio madurar; acompañado de su mujer y de su hijito Ampelio, apenas de tres años de edad. Bajarían por el río Mayo que, en ese tramo y hasta el puerto de Tahuishco es manso y tranquilo, bogando él desde la popa solo con un remo y sin la ayuda de un “botador”, ya que su mujer nunca le había ayudado a bogar con ese instrumento. El viaje sería lento, pero seguro. Ya lo había hecho muchas veces.

Como para tapia, tan pronto subieron a la canoa y comenzaron a bogar río abajo, se encontraron con una espesa neblina en el primer recodo. Sin saber cómo, resultaron subidos a un gran “tronco de madera” que, mucho después, se llegó a saber que “el tronco aquel” fue una enorme yacu-mama, la misma que al moverse y girar, hizo que su canoa cargada de provisiones y hundida por el peso casi hasta el borde en el agua del río, resbalase de lado, naufragando todos sus ocupantes y hundiéndose todos ellos, irremediablemente.

Misteriosamente Gabriela Cortegana, esposa de Silverio Torres, según lo que pudo ver éste entre la neblina, se hundió en el río como una piedra y no volvió a salir del agua jamás. Sabía nadar un poco, por lo que esperaba que salga a flote. Pero eso no ocurrió. Con las justas pudo salvar de puro milagro a su hijo, que flotaba sobre dos racimos de plátanos enredados entre sí.

Con mucho esfuerzo y sin liberar a su hijito de tres años y dos meses de nacido de los dos racimos de plátano, nadó hasta una parte de la orilla del río que no estuvo cubierta de caña bravas y por allí pudo salir a tierra firme. Cargado sólo de su hijo, buscó el camino de regreso a Yuracyacu y de allí, en otra canoa que le prestaron, regresó a Moyobamba, donde vivía con la familia de su mujer. Sabía que a su canoa alguien la recuperaría en el puerto de Tahuishco. Esa era la costumbre y tenía la seguridad de que así sería también esta vez.

Dos meses después de ocurrido este lamentable suceso, la enorme yacu-mama fue localizada en una gran “cocha”, cerca de la desembocadura del río Tónchima en el río Mayo, como dueña y señora de ella, es decir, “como su madre”. La “cocha” ésta, no era otra que, una parte del río Tónchima que se formó, cuando al ocurrir una gran torrentada, el río enderezó su cauce en alguno de sus meandros. Las yacu-mamas eligen justamente estas cochas porque en ellas encuentran mucho pescado ―que no puede huir a ninguna parte―, para su alimento.

Cuando dos montaraces la cazaron a balazos y abrieron su panza y la pelaron para aprovechar su piel, encontraron adentro algunos restos de lo que fuera Gabriela Cortegana, la esposa de Silverio Torres, a la que reconocieron como tal, por el aro de oro que todavía estaba en uno de los huesos de sus dedos de la mano derecha.

Era el único esqueleto humano que encontraron a medio deshacerse por los potentes ácidos del aparato digestivo de la serpiente y, aunque no a ciencia cierta, por el aro de oro, infirieron que aquellos restos podrían ser de la infausta náufraga Gabriela Cortegana. Tal deducción la hicieron porque, al parecer, la occisa Gabriela fue la primera y única persona que, por hambre extremo, la enorme yacu-mama aquella, se tragó entera después de triturarla. El pequeño Ampelio casi de modo natural, fue criado en Moyobamba por su tía María Elizabeth, la misma que, a falta de su madre biológica, tuvo que asumir el papel y los roles de la finada. El niño congenió con ella muy bien y la tía, también, en una afectuosa reciprocidad que sólo las grandes desgracias familiares hacen posible. Pasados dos años y faltando un año solamente para que el niño sea matriculado en transición, a los seis años cumplidos de edad, en la escuela elemental de Llullucucha más cercana a su hogar, Ampelio en sueños “habló” con su madre muerta, hacía ya más de dos años. Su madre le dijo:

― Hijito, no sabes lo feliz que soy al saber que, tu tía Ely te está criando muy bien. Lamento mucho que al casarme antes que ella, la haya salado, por lo que se ha quedado solterona, la pobrecita. Pero, así salada y todo, creo que ella lo está haciendo mejor que yo, porque ella no tiene que irse a la chacra con tu papá y está más tiempo contigo hijito, atendiéndote.

― No mami Gabriela. La verdad es que yo te extraño a ti, porque tú eres mi madre. Mi tía Ely me cuida y me atiende en todo, pero es mi tía, no mi madre, además, no es tan cariñosa conmigo como lo fuiste tú ―le contestó su hijo, al parecer, sin demostrar miedo alguno―.

― Quizás te parece, hijo mío. Tu tía siempre ha sido parca de afectos. Decía la gente que se quedó así porque me casé antes que ella, con lo cual yo “la salé” y, según la creencia, nunca se casará y se quedará solterona a vestir santos todo el resto de su vida, como se dice por acá. Quizás no sea tan cariñosa como yo, pero yo sé que sí te quiere y… mucho.

― Yo sé que me quiere, mamá. Pero a mí me gustaría que fuera más cariñosa conmigo y con mi papá. Ella lo atiende, pero no lo hace como tú lo hacías.

― No te preocupes hijito, como tu tía Ely no se ha casado todavía, eso es cosa que yo puedo arreglar. Ahora duérmete, porque yo te lo pido, hijito lindo.

Y tan pronto Ampelio se durmió profundamente ella desapareció de allí como por arte de magia, es decir, que simplemente desapareció sin que se sepa cómo. Pero, esa noche, Gabriela se apareció también a su hermana María Elizabeth. Contra lo que pudiera suponerse, la visitada tampoco se asustó ni tuvo miedo. Sabía que su hermana estaba muerta, que posiblemente la yacu-mama después de triturar todos sus huesitos se la engulló entera con ropas y todo, en fin, sabía que ella no era un ser de este mundo, pero no le tuvo miedo y después de despertar y abrir los ojos, la miró con mucha serenidad y ternura.

― ¿Se puede saber para qué has venido a este mundo hermanita?

― Quiero conversar contigo mi querida Ely. Tengo que aclararte que todavía estoy en este mundo. Hasta ahora no he podido descansar en la eternidad, por la sencilla razón de que, mis restos o lo que queda de mi cuerpo, no están en tierra sagrada. Es decir, no he recibido sepultura en un cementerio. Entre las otras cosas que quiero hablar contigo está el pedirte perdón por haberte “salado”, ya que, al casarme antes que tú, hice que esa creencia o maldición recayera sobre ti. Pero no lo hice a propósito, hermanita. El otro asunto del que quiero hablarte es sobre mi hijito Ampelio. Has de saber que, antes de venir a verte, fui a conversar con él y, por eso estoy aquí. Quiero que escuches con mucha atención, lo que voy a decirte.

― Te escucho hermana.

― Mi hijito, que ahora es todo tuyo, me ha dicho que tú no eres tan cariñosa con él, como yo lo fui. Y que, con Silverio, siempre estas algo distante y, que él te necesita no para olvidarme, sino para criarlo con más amor a él.

― Oye Gaby, tú sabes que yo no soy amiga de hacer arrumacos a nadie. Más todavía en la condición de solterona en la que me encuentro. Yo quiero mucho al niño, lo quiero como si fuera mi propio hijo, aunque no sepa cómo pueda ser ese sentimiento. No he tenido nunca un hijo. Con respecto a Silverio, es mi cuñado y sigue siéndolo, aunque tú hayas muerto. Así debe ser mi relación con él y eso, creo, con sinceridad, que no debe cambiar, por respeto a tu memoria.

― Te comprendo más que nadie, hermanita. Pero, nuestro hijo quiere tener un papá y una mamá, no un papá y una tía. Él siente que tú podrías llenar el vacío que yo he dejado, al morirme de ese modo tan escalofriante, tanto en él como en su papá.

― Y de concretarse eso, qué crees que va a pensar la familia y toda la gente que nos rodea y nos conoce, ¿Ahh?

― Hablarán un tiempo hermana y… De allí en adelante, será para ellos una cosa normal. Yo creo que no debes preocuparte por el qué dirán, uno no vive de eso.

― La idea no me parece tan descabellada. El niño necesita tener a dos padres. No a una tía y a su padre que ve los fines de semana, cuando viene de la chacra. Pero, yo no podría seducir a Silverio. Eso nunca podría hacerlo. No va conmigo. Tú me conoces más que nadie.

― No te preocupes por eso hermanita. Ahorita mismo me traslado hasta Yuracyaquillo ―así se llamaba el lugar donde Silverio tenía sus chacras― y, así como he conversado contigo, sin asustarte, conversaré con él. Les quiero encargar, además, que recojan mis restos que están a la intemperie y los sepulten en el cementerio.

― Te prometo que voy a cumplir lo que me pides; pero, ¡yo no lo seduciré! Que te quede eso muy claro, seas de este o del otro mundo.

Y así como desapareció de la vista de su hijo, esta vez también hizo lo mismo frente a su hermana, que se durmió profundamente tan pronto se esfumó. Era viernes, el sábado por la mañana Silverio bogaría río abajo hasta Tahuishco, con la canoa llena de las provisiones que todas las semanas acostumbraba traer de la chacra.

Por ese motivo, a las cuatro de la madrugada la difunta Gabriela se apareció ante su ex marido Silverio. Frente a lo que podría suponerse, tampoco éste no se asustó ni se inmutó lo más mínimo, al presentarse ante sus ojos su difunta Gabriela, que llegó hasta el terrado del tambo donde dormía solo y solo Dios sabe cómo. Al saberse observada por su marido comenzó a hablarle así:

― No te asustes esposo mío. Soy tu Gaby. No tienes por qué tenerme miedo. Escúchame con atención…

― Dime solamente si estoy soñando o acaso, esto que me está ocurriendo es real.

― Ni lo uno ni lo otro, Silverio. No puede ser real lo que ves; pues, como tu bien sabes, yo ya estoy muerta. Tampoco estás soñando porque yo, ahorita, estoy delante de ti debido a que mi alma no puede hallar el descanso eterno todavía, porque mis huesos se encuentran tirados junto a las de la yacu-mama que me tragó después de triturarme en las profundidades de esa poza.

― Y se puede saber qué quieres que yo haga para que tú puedas descansar en la paz de nuestro Señor. Te estoy viendo como si fueras una persona viva que está ante mí, diciéndome que todavía no halla la paz.

― Si pues, Silverio, he venido a entrevistarme contigo porque quiero que hagas por mí, solamente dos cosas. Yo sé que las podrás hacer si tienes la buena voluntad de hacerlo…

― Entones dime qué quieres que haga, que ya va a amanecer y tengo que cargar la canoa.

― Uno de mis pedidos es que te cases con mi hermana María Elizabeth y, tú y ella, se conviertan en padres de mi hijo Ampelio. Ya lo son en la práctica, pero quiero que sea por matrimonio. El otro pedido es que rescates mis huesos de donde los encontraron al matar a la yacu-mama y los entierres en el cementerio.

― Con respecto a que me case con mi cuñada Ely, no creo que sea cosa que pueda cumplir, aunque tenga la voluntad de hacerlo. Yo la respeto por ser mi cuñada, la quiero casi como a una hermana y por ayudarme a criar a nuestro hijo Ampelio le tengo mucha gratitud. Creo que no podría faltarle el respeto pidiéndole que se case conmigo. Tu segundo pedido, claro que sí podré cumplirlo y lo haré con la ayuda de mis amigos tan pronto llegue mañana a Moyobamba ―le contestó Silverio, a su esposa muerta, como si lo haría con una persona viva―.

― Antes de venir a verte, mi querido Silverio, he conversado primero con nuestro hijo y, luego, con mi hermana. Fíjate que Ampelio quiere que su tía Ely se convierta en su verdadera mamá, para lo cual, piensa que tendrías que casarte con ella. Por su parte, mi hermana dice que ella no podría insinuarse a ti, porque también te respeta, pero si tú tomas la iniciativa… creo que la cosa estará solucionada. No creo que sea cuestión de que abras la boca para declararle tu amor y, ella, te acepte a buenas y primeras. Pero, acuérdate que, la continua gota labra la piedra.

― Pero; ¿Qué va a decir la familia y la gente?

― Silverio… ¿y a ti que te importa lo que la gente diga? Nadie vive de lo que la gente dice. Más bien preocúpate en decirle que tú quieres que ella se convierta en la verdadera mamá de Ampelio. Habla con tu hijo primero y después de contarle lo que piensas hacer, pídele que te ayude a convencer a su tía María Elizabeth para que sea su mamá de verdad; pero, para lo cual, ella tiene que casarse contigo. En esos casos, la ayuda de un niño es algo que no tiene igual. ¿Quién se podría negar?

Silverio conversó “largo y tendido” con su hijo Ampelio sobre lo que le pidió en sueños su esposa Gabriela, precisándole que, a él, también, le parecía una buena idea. Así, su tía Ely se convertiría en su mamá, legalmente. El niño aceptó lo que le propuso su padre e hizo su parte para que su tía acepte convertirse legalmente en su mamá.

Obviamente, Silverio también le habló a su cuñada sobre lo que había conversado con su difunta esposa. Después de muchas dudas y de reflexionar a solas por varias semanas, Ely aceptó convertirse en la madre de Ampelio y en la esposa de su cuñado Silverio, aunque la gente murmure lo que le venga en gana, como ocurrió en la realidad. Pocos fueron los que, comprendiendo la situación en su real dimensión, les dieron su aprobación, pero la familia fue la que más desaprobó el hecho.

Para casarse el cura les exigió que se confiesen y comulguen. El cura después de escuchar en confesión a Silverio y María Elizabeth, les dio la absolución; pero, con unas dudas tremendas sobre la veracidad de la historia. Sus dudas desaparecieron cuando el mismo Ampelio, que también pidió confesarse y realizar su primera comunión el día del matrimonio de su nueva mamá, le contó al cura que su madre, en sueños, le pidió a él que intercediera con su tía Ely, para que acepte que su padre se case con ella.

Después del matrimonio no hubo fiesta con derroche de mistela, bizcochuelos, rosquetes, tortillas de yuca y guisos de gallina, como se acostumbraba en Moyobamba. La comitiva conformada por algunos amigos íntimos, después de que el cura bendijo con agua bendita el ataúd conteniendo los huesos semi desgastados de Gabriela, partió hasta el cementerio llevando en hombros sus restos para darles cristiana sepultura. El espectro nunca más volvió a aparecerse a ninguno de sus familiares más queridos. Ahora descansaba en la paz del Señor…